Hola :)

Ya estoy por aquí de nuevo con un capítulo. Este será el último en el que me centro en la perspectiva de Emma (o por lo menos por el momento), así que en el próximo sabremos muchas más cosas de Regina y habrá muuuuuuuchas respuestas.

Muchas gracias por vuestras reviews y espero que os guste el capítulo.


Confusión

12

25 de diciembre

Había dormido de maravilla. La sensación del cuerpo de la morena junto al suyo había creado una paz que nunca había sentido. Había abrazado a Regina, la había besado y le había dado las buenas noches, sin abandonar la postura en que se había quedado… junto a ella. Definitivamente, era la mejor noche que pasaba en toda su vida – o dentro de sus recuerdos -.

Se despertó buscando calor con su brazo en el otro lado de la cama, pero estaba vacío. Sin embargo, un olor a tortitas invadió sus fosas nasales y sonrió. Regina era una excelente cocinera, y Emma se encontró deseando que la avisara para ir a la cocina y al fin poder probar aquel delicioso desayuno. Lo que la sorprendió fue, después de sentir los pasos de la morena dirigiéndose a la habitación, verla entrar con una bandeja en sus manos.

- Genial, estás despierta. – dijo Regina, sonriendo. – Henry aún está profundamente dormido.

- Entonces déjame disfrutar de ese delicioso desayuno antes de que despierte. – rió la rubia, sentándose sobre la cama para poder sostener la bandeja. - ¿Y mi beso de buenos días?

Regina se sentó a su lado y le dio un beso rápido en los labios.

- Buenos días, cielo.

- Mm… - refunfuñó Emma suavemente – por ahora me vale, pero luego no te me escapas. – Volvió su vista a la bandeja – Chocolate con canela, tortitas y… ¿pastel de manzana? – casi gritó de la emoción. – Pensé que también se había acabado.

- Después de tu rabieta de niña pequeña por la lasaña tuve que guardarte un trozo.

- ¿Cómo que de niña pequeña? – se quejó.

- No importa, Emma. Sigues siendo adorable. – respondió Regina mirándola con una sonrisa, lo que hizo a la rubia sonreír con entusiasmo. – Se te va a enfriar el desayuno.

- ¿Compartirás la tarta de manzana conmigo?

- No esperaba menos.

La morena le dirigió una mirada traviesa antes de robarle un trozo de pastel, gesto ante el cual ambas rieron, para seguir con aquel maravilloso desayuno que le había alegrado tanto la mañana a Emma.

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En la televisión solo emitían programas de Navidad. Películas de Navidad, programas de cocina de Navidad, noticias sobre las Navidades, y más películas sobre lo mismo. Aunque Emma y Regina estaban prestando poca atención al televisor. Esperaban acurrucadas en el sofá a que Henry despertase, mientras hablaban de lo que había vivido la morena cuando estuvo fuera.

- ¿Dónde fuiste exactamente? - preguntó Emma curiosa, solo esperaba que su estancia lejos de ella hubiera sido cómoda, pero no lo suficiente como para que quisiese volver.

- Estuve en Boston. Pude alquilar un pequeño piso allí y me fui bien. Un poco aburrido, tengo que reconocerlo. Os echaba de menos… - dijo culpable - mucho. Pero tenía cosas que hacer.

- Eh… ya no importa, estás aquí. Y lo que sea que hayas estado haciendo, ha salido bien, ¿no es así?

Regina asintió, sin dar más detalles de aquel mes. Era un poco confuso y misterioso para Emma, pero decidió darle el espacio que necesitaba. Sabía que la morena se lo terminaría por contar, pero debía ser paciente.

- Emma… me gustaría saber una cosa. ¿Has dejado las pastillas?

- Completamente. – respondió la rubia asintiendo. – Tenías razón, me estaban haciendo daño. Era una maldita droga.

- Bien. Me alegro que hayas podido con ellas tan rápido.

- Fue gracias a ti. A la esperanza que tenía de volver a verte… - Emma agachó la cabeza sonrojándose un poco debido a la confesión que acababa de hacer.

Regina no pudo reprimir una sonrisa, tomó a Emma de la barbilla y dirigió su cara a la de ella, para juntar los labios de la rubia con los suyos.

- ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Feliz Navidad!

De nuevo las interrumpían en el mejor momento. Tan frustrada se sentía Emma por la interrupción que ni se dio cuenta de que Henry también había llamado mamá a Regina. No se lo planteó siquiera, le pareció un acto tan normal y lógico que no se cuestionó.

- Feliz Navidad, Henry. – Regina se dirigió hacia él y lo saludó con un beso en la cabeza, seguida de la rubia, que hizo lo mismo.

- ¿Podemos abrir los regalos ya?

- Primero el desayuno, chico. – lo reprendió Emma dulcemente.

Henry desayunó a toda prisa a pesar de las advertencias de Regina y las pequeñas regañinas de Emma, y en menos de diez minutos estuvo junto a ellas en el sofá, listo para abrir sus regalos, como si aún tuviera 5 años.

- Bien, empecemos por el mío. – comenzó Emma. - Llevabas mucho tiempo dando la lata, chico, pero lo has conseguido. Aquí tienes.

Henry tomó en sus manos el paquete que le dio su madre y lo agitó suavemente, intentando descubrir qué había dentro. Como no lo adivinaba, decidió pasar al plan B, que era abrirlo.

- ¡Una Xbox! – gritó emocionado. - ¡Gracias mamá! – volvió a gritar abrazándola.

Los tres rieron y fue el turno de Regina. Su regalo tenía forma de caja, algo alargada y ancha. Henry tampoco tuvo idea de qué se trataba a primera vista, ni sacudiéndolo. Intentó adivinar con un par de opciones, pero no acertó.

- Está bien, basta de adivinanzas. Ábrelo, Henry. – dijo Regina.

- Oh. – el chico se quedó sin habla tras abrirlo. Era un libro de tapa gruesa. Un libro de cuentos. En su portada se podía leer claramente Once Upon a Time. Se quedó unos segundos contemplando aquel tomo, sin abrirlo.

- ¿Y bien? ¿No te ha gustado?

- Claro que sí. Me encanta, mamá. – dijo Henry finalmente, para fundirse en un caluroso abrazo con ella y agradecerle por el regalo.

Esta vez Emma sí que se dio cuenta de cómo Henry se había dirigido a Regina. ¿Por qué la llamaba mamá? Entendía que el niño se hubiera encariñado con ella, que Regina también lo cuidaba con cariño maternal, pero… ¿podría considerarla una madre? Henry la sacó de sus pensamientos enseguida, con tres regalos en sus manos.

- Uno es para las dos. Ahora que estáis juntas, no creo que tengáis problema. –sonrió. Era una foto de ellos tres, colocada en un bonito marco con detalles que tenían el estilo de ambas.

- Nos encanta, Henry. – dijo Emma, con una sonrisa y secándose unas lágrimas rebeldes que resbalaban por sus mejillas. – Muchísimas gracias.

Los siguientes regalos fueron dos colgantes. Uno con una "E" para Regina y otro con una "R" para Emma. Y no, Henry no estaba confundido. Estaba completamente seguro de para quién era cada colgante.

Después fue el turno del regalo de Regina para Emma. Un vestido. La rubia se divirtió viendo la cara de miedo que tenía la morena mientras lo abría y lo observaba. Luego se rió de cómo se explicaba por haberle comprado aquello, alegando que nunca la había visto con falda y que quería que lo usara para cuando salieran en una cita. Pero no hacía falta que la convencieran, a la rubia le había encantado desde el primer momento. Regina tenía buen gusto y había captado muy bien su estilo.

El regalo de Emma quedó para el final porque tenían que salir a la calle. Bien abrigados bajaron hasta el portal, y Emma señaló su propio coche.

- ¿Ves mi coche?

- Sí, Emma. Veo tu coche. Veo ese ataúd de metal sobre ruedas de color amarillo. ¿Qué ocurre?

- Eh, oye, no insultes a mi coche. Mira al lado.

- No, Emma, no…

- Shh, no voy a aceptar ninguna queja. Es tuyo.

Regina se acercó al coche. Parecía un poco antiguo, pero se veía que estaba en buen estado, bastante cuidado y limpio, a pesar de la leve capa de nieve que lo cubría. Era un Mercedes de color negro. Perfecto para ella.

- Emma, ¿cómo has…? – empezó a preguntar Regina.

- Ahorrando. – respondió esta, encogiéndose de hombros. - ¿Para qué te crees que hice tantas horas extra?

En realidad, Emma había conseguido el coche muy barato para ser el que era. Demasiado barato. Al principio sospechó, pero parecía que todo estaba en orden. Funcionaba y estaba en buen estado. Además, era el regalo perfecto para Regina.

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29 de diciembre

Había intentado que Regina se pusiera uno de sus gorros, pero había sido imposible. Se había negado rotundamente, y era lógico. Lo había intentado y se había probado uno, pero las carcajadas de Emma la hicieron quitárselo en menos de dos segundos. Definitivamente, no era su estilo. Aunque tampoco era su estilo ir a una pista de patinaje sobre hielo, y hacia allí se dirigían.

Le había jurado y perjurado que lo hacía por ella y Henry, que si no ella se quedaría en casa envuelta en una manta viendo una película, que prefería mil veces no hacer el ridículo delante de cientos de personas. Pero ellos dos la habían conquistado y convencido, usando la técnica "cara de perrito triste", en la que eran bastante buenos.

Así se encontraron amarrándose los patines de manera que estuvieran fijos y no corrieran tanto riesgo a caerse. Henry fue el primero en entrar a la pista, seguido por Emma y finalmente Regina, quien se había quedado atrás, andando a trompicones sobre aquellos patines. La rubia estuvo pendiente de ella todo el tiempo, ayudándola a entrar a la pista y ofreciéndole la mano para patinar juntas, lo que la morena agradeció enormemente.

- ¡Eh! Mamá, mamá, ¡mirad!

Otra vez aquel mamá hacia las dos. Esta vez Emma no pudo contenerse y preguntó.

- Te está llamando mamá a ti también.

Oh, sí. Lo hace desde hace tiempo, pero nunca me lo había dicho frente a ti hasta el otro día… yo… si te molesta, puedo decirle que deje de hacerlo.

- No me molesta. – se encogió de hombros. – ¿Puede parecer extraño que me guste que lo haga?

Como se habían entretenido en la conversación no vieron venir a una pareja de jovencitos que se dirigían a gran velocidad hacia ellas, volviéndose imposible que frenaran y provocando que los cuatro cayeran al suelo. Emma prácticamente se lanzó contra Regina y la protegió de cualquier golpe que pudiera recibir.

- Au. – se quejó, de forma infantil. – Regina, me duele. ¿Me das un besito?

La mirada preocupada de la morena se desvaneció después de escuchar esa frase, pasando a convertirse en una mirada divertida que terminó en una carcajada limpia.

- Vamos. Te daré los besitos que quieras si te portas bien. – la reprendió de broma, con voz maternal.

Observaron a Henry patinar durante un rato más desde las gradas, para después dar un paseo juntos mientras pequeños copos de nieve caían sobre ellos.

Emma se sentía feliz, pues estaba en familia y Regina caminaba junto a ella agarrada de su mano. Hizo una suave presión sobre ella y cuando la morena le dirigió una mirada, la rubia sonrió.

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31 de diciembre

El bar fue el lugar elegido para celebrar la fiesta de fin de año. Ruby decía que le encantaba ese día, ya que podía celebrar sin tener que faltar al trabajo y además ganaba dinero extra.

Se terminaba 2014 y el 2015 prometía ser un año magnífico, quizás con algunas piedras en el camino, pero bueno al fin y al cabo. Emma había aceptado ayudar a su amiga con los preparativos, y después se les unieron Regina y Henry, aunque estos últimos pasaron el rato tomando café y chocolate y riendo entre ellos.

- Em, ¿estás ahí? Emmaaaaaaaa… - la llamó Ruby por enésima vez, rodando los ojos con una expresión divertida.

- Sí, perdón. ¿Qué quieres que haga ahora?

- Que dejes de mirarla embobada. – dijo riendo. - Me alegro mucho por ustedes, pero prometiste que me ayudarías y si te distraes lo único que haces es retrasarme. Venga, ayúdame con estos adornos. – continuó dándole una caja, antes de empezar a canturrear, ganándose un codazo de la rubia – Emma está enamorada, Emma está… ¡ay!

- Cállate ya, Ruby.

La noche empezó bien, la cena estaba exquisita y el tiempo que transcurrió hasta que tomaron las uvas pasó rápidamente. El año nuevo, irónicamente, no lo empezó tanto. Cuando Emma vio aparecer a Robin por la puerta del bar, borró la sonrisa de su cara automáticamente. Se fijó en que Regina había hecho lo mismo, pero la morena tenía un motivo distinto. Killian.

- Oh, ¡mierda! – exclamó Emma, la copa que tenía en su mano se le había resbalado y ahora estaba en el suelo hecha añicos.

- ¡Enseguida me encargo! – gritó Ruby desde el otro lado de la sala.

Vio como Robin se acercaba a Regina y no pudo hacer nada por evitarlo, ya que cuando quiso Killian se plantó frente a ella.

- Feliz año nuevo, Emma. – la saludó este con una sonrisa, para seguidamente darle un beso en la mejilla y un abrazo, que la rubia tuvo que corresponder.

Se sentía incómodo. Bastante incómodo. Ella no tenía nada contra Killian, no había vuelto a intentar salir con ella y se había comportado educadamente, pero Emma prefería guardar las distancias. Después de todo, seguía siendo su jefe. Dirigió un momento su mirada a Regina, quien reía de algún comentario que Robin estaba haciendo. Odiaba a ese hombre. Lo quería lejos de Regina. Lo más lejos posible. Y lo iba a alejar en ese mismo momento.

- Emma, ¿no tienes ganas de bailar? – preguntó, antes de que la rubia se pudiera escapar.

- ¿Bailar?

- Sí, esto es una fiesta. En las fiestas se baila… además todo el mundo lo está haciendo.

- Sí, claro. – sonrió Emma. – Pero ahora mismo estoy algo cansada. Quizá más tarde. Pregunta a Ruby, a ella seguro que le apetece.

La conversación entre Regina y aquel odioso hombre parecía ser divertida. Hasta que Emma llegó. La rubia lo miró seria y Robin le dirigió una mirada que correspondía a su reacción. Vaya, así que ahora ella tampoco le simpatizaba. Bien.

- Emma. – la saludó él amablemente.

- Robin, no te imaginaba por aquí. – dijo la rubia forzando una sonrisa. - ¿No tienes familia?

- ¡Emma! – la reprendió Regina.

- Perdón, sólo pensaba que un hombre de su edad, tan simpático que siempre te está haciendo reír, tendría una esposa a la que también le contaría historias divertidas y… pasaría tiempo con ella.

Regina se disculpó con Robin antes de tomar a Emma del brazo y llevarla a un lugar más apartado.

- ¿Qué es lo que te pasa?

- Robin… no me cae bien. Está intentando ligar contigo.

- Pero, ¿qué dices? – rió Regina. – Él solo está intentando ser amable. No está intentando más que ser mi amigo.

- ¡Sí que lo está! Me lo confesó él mismo cuando no estabas, ¡hasta te trajo una carta cursi! Le tuve que decir que éramos pareja para que te dejara en paz, pero parece que no se ha dado por vencido…

- ¿Le dijiste qué?

- Que… -contestó con temor - tú y yo… - tragó saliva - ¿éramos pareja?

Regina empezó a reír con fuerza, una reacción que Emma no se esperaba para nada. Esperaba que le reprochara haberle dicho eso cuando no era verdad. Ni siquiera ahora sabían lo que eran.

- No sabía que eras tan celosa, Swan. Entre él y yo no pasará nada. Al igual que entre tú y ese tal Killian.

- ¿Y entre tú y David? Me contó que te besó.

- Emma, ¿cómo es posible que pienses eso? Estoy contigo, ¿es que acaso no es suficiente? – su rostro estaba serio. Se estaba enfadando.

- Claro que es suficiente Regina, solo que…

- ¿Qué? Emma, no me apetece empezar el año peleando. ¿Podemos tener la fiesta en paz? No te he dado ningún motivo para desconfiar de mí.

- Lo siento. – suspiró Emma. – Ya lo sé, pero Robin no me gusta y no quiero que esté cerca de ti. Tampoco tengo la intención de estar con Killian. No desconfío de ti…

Se quedaron un momento en silencio, después Regina suspiró con resignación y trató de sonreír.

- Está bien. Tratemos de calmarnos y de dejar los celos a un lado, ¿sí? – Emma asintió a las palabras de la morena. – Vamos a seguir divirtiéndonos y no dejemos que nos arruinen la noche.

- Sí, tienes razón. Perdón. ¿Me das un besito para saber que todo está aclarado?

Esta vez la sonrisa fue sincera, y Emma se contagió de ella. Regina le hizo caso y dejó un suave beso sobre sus labios que, aunque discreto, hizo a todo el bar girarse a verlas. Era la primera vez que la besaba en público.

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12 de enero

El ambiente se había vuelto tenso desde que Emma y Regina no se hablaban. Intentaban no encontrarse, comían a distintas horas y siempre mantenían sus habitaciones cerradas. Estaban volviendo loco a Henry, lo sabía.

Todo había ocurrido porque el día que Regina decidió darle una sorpresa a Emma e ir a buscarla al trabajo, la había encontrado hablando con Mr. Gold. El hombre se había presentado de nuevo en el supermercado para hablar de la rutina que seguiría con Emma durante ese mes, pero la morena ni siquiera la había dejado explicarse.

En el fondo Regina tenía razón, la rubia sabía que Gold la había encerrado en aquel terrible hospital mental, y aun así lo consideraba su médico.

- Emma, ¡tú lo sabías!

- Sí, pero no lo entiendes. Fui a una consulta con Gold antes de conocerte y…

- ¡No me importa! Después supiste que era él y volviste a ir. Y no has dejado de hacerlo. Incluso tomabas las malditas drogas que te daba.

- ¡Que dejé por ti!

Era una suerte que Henry no estuviera en casa en ese momento, porque la escena no era nada agradable. Emma podía sentir la decepción en la mirada de Regina y no pudo sentirse más culpable. Ella podía haberse negado a seguir con la consulta, pero tenía miedo de que pasara algo parecido a la desaparición de Ruby. Y si no tenía pruebas, no podía excusarse ante Regina.

Todavía podía sentir la rabia y la impotencia que se había apoderado de ella en aquel momento. Quería abrazar a Regina, decirle que todo estaba bien y que no volvería. Pero no podía. Quería darle una explicación. Pero lo que más quería, era que esa situación se resolviera, porque no aguantaría más tiempo con la culpa si seguía oyendo los llantos de la morena tras la puerta.

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14 de enero

Su hijo era un pequeño diablo. Su hijo, y su amiga Ruby. No sabía cuál de los dos era peor. Se había dejado llevar por su juego y allí estaba. En el bar, porque necesitaban urgentemente su ayuda y no podía ayudarles otra persona sino Emma. Era la indicada para realizar aquel favor y no existía otra persona en el mundo que pudiera hacerlo.

La excusa había sido buena, admitió. Y las intenciones, dedujo que también. Pero la insistente mirada seria de Regina sobre ella la mantenía intranquila. Estaban encerradas allí dentro, castigadas hasta que se reconciliaran. Lo sabían. Incluso les habían preparado la cena, y decorado una mesita con un par de velas.

- ¿Y bien? – la primera voz que se oyó esa noche fue la de Regina, que sobresaltó a la rubia mientras esta buscaba algo que picar.

- Tengo hambre. – dijo Emma, encogiéndose de hombros. Esperaba que Regina se ablandara un poco y sonriera, pero eso no ocurrió. – Escucha… - continuó – a lo mejor…no, seguro que no quieres escucharme. Pero necesito explicarte por qué sigo yendo a terapia con Gold.

La expresión de la morena seguía siendo aterradora para Emma. Tomó aire, antes de empezar a contarle.

- Todo son suposiciones y tal vez locuras mías, pero te juro que tiene sentido. Él se presentó en mi trabajo un día, pero yo rechacé su oferta… entonces me habló de acciones y consecuencias, lo que no entendí bien hasta que Ruby desapareció. Entonces fui a verle. Nunca supe bien qué es lo que quería de mí, solo sé que varios días después Ruby volvió y… tuve miedo. No quise que Gold hiciera algo a Henry o a ti. A lo mejor para ti no tiene sentido pero….

- Sí que lo tiene… -la interrumpió Regina, acercándose a ella. – Sí que lo tiene. Emma… siento no haberte dejado darme una explicación.

- No, perdóname a mí por habértelo ocultado.

Se habían acercado lo suficiente como para tocarse si hacían un movimiento mínimo con sus manos, así que Emma aprovechó para atraer más aún a la morena hacia ella y abrazarla.

- No quería hacerte daño Regina, lo siento mucho.

- Emma, ni se te ocurra llorar. – advirtió Regina, mirándola a los ojos y sin apartarse del abrazo. – Somos unas idiotas.

- Sí. – rió Emma. – Ojalá no hubieran tenido que encerrarnos aquí para darnos cuenta.

Cuando las vieron hablando tranquilamente y abrazándose, Henry y Ruby hicieron de nuevo aparición para abrirles la puerta, y luego decirles que las dejarían solas e irían a casa de Ruby a ver películas toda la noche.

Quizás su hijo y su amiga no eran unos demonios. Quizá eran ángeles.

- ¿Quieres que vayamos a casa? – preguntó Emma dulcemente.

- Sí. Vamos a casa. – respondió Regina.

Lo cierto era que ambas estaban cansadas. De haber estado peleadas, de haberse evitado durante aquellos días, de estar separadas. Descansar y estar juntas era lo único que querían, y les estaban haciendo un favor enorme. Lo que necesitaban era la habitación de Emma, silencio, besos, caricias y… quizá algo más.

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1 de febrero

Era el cumpleaños de Regina y Emma intentó levantarse temprano para darle una sorpresa a la morena, pero esta se le adelantó. Cuando se despertó y no la encontró a su lado se dirigió a la cocina, que de no ser porque Regina podía con todo aquello, pensaría que era un completo caos.

La morena iba de un lado a otro, sin parar, dejando cosas a medio preparar para ir a por otras y luego volver, y repetir el proceso. Estaba visiblemente nerviosa, ella no solía comportarse así. Y Emma dudaba que fuese solo el simple hecho de que fuera su cumpleaños.

- ¿Qué haces despierta tan temprano? Es tu cumpleaños. Anda, siéntate y deja que me encargue de todo.

- Emma. – dijo sorprendida, como si no la hubiera notado. – Yo, es solo… no puedo estar quieta.

- ¿Qué ocurre? – preguntó, yendo hacia ella y tratando de calmarla.

- Tengo una sorpresa.

- Se supone que YO debería tener una sorpresa para ti. – rió - ¿Qué te pasa?

No quiso responderle. Regina siguió con el misterio e incluso lo hizo mayor cuando se despidieron de Henry frente al autobús. Al parecer él también sabía algo. Joder, ¿por qué siempre era ella la que se enteraba la última? Emma cada vez entendía menos, pero prácticamente obedeció a todo lo que le dijo la morena y sin darse cuenta se encontró dentro del coche de esta con el diario en sus manos. El diario.

- Pero… el diario… estaba vacío, ¿no? Por qué me lo das ahora.

- No lo estaba. Lo he descubierto.

Emma lo comprobó y era cierto. Al parecer, las páginas estaban pegadas entre sí y solo había texto en la parte que no era visible. Regina había sido astuta, pero ¿por qué no se acordaba?

- ¿Puedo leerlo?

- Claro que puedes. Por eso te lo he dado. Lo escribí para ti. Tienes todo el camino para leerlo, así que adelante.

La rubia se dispuso a comenzar con aquel enigmático diario, que tantos dolores de cabeza le había dado y que tanto la intrigaba, pero antes tenía una duda más.

- ¿A dónde vamos?

- A un pueblo que no recuerdas, pero lo harás. O eso espero. Se llama Storybrooke.

- Storybrooke. – repitió Emma, una vez en alto pero mil veces en su mente.

Storybrooke. Se dirigían a Storybrooke.