Hola! ¿Recordáis que en el capítulo anterior dije que quedaban pocos capítulos pero no sabía cuántos? Bueno, pues resulta que este es el penúltimo. ¡Nos acercamos ya al final de la historia! Me gustaría agradeceros a quienes habéis comentado uno, dos, más, o tooodos los capítulos del fic, y también a quienes lo leéis aunque no digáis nada. Gracias por seguir esta historia y espero que este capítulo os guste.


Confusión

17

Si algo era seguro, es que Emma Swan era una cabezota. Y como cabezota que era, siempre conseguía lo que se proponía. Esta vez no iba a ser menos. El objetivo estaba claro, salvar a Regina. Pero para eso, debía retrasar cualquier efecto de la enfermedad lo máximo posible.

Llevaba cuatro días de intensa búsqueda, pero aún no había logrado hallar ninguna respuesta. Se iba a volver loca.

La morena, por su parte, había recobrado fuerzas gracias a los cuidados de Emma y Henry. No había agradecido demasiado las visitas de Mary Margaret y David, pero tampoco podía quejarse. Quería hacer cosas, quería ir a trabajar, que su día a día fuese normal y no tener encima a su novia y a su hijo diciéndole qué debía y no debía hacer. Lo estaban haciendo por su bien, lo sabía, pero Regina era una mujer independiente.

También seguía confundida, pues la rubia no le había dado demasiadas respuestas sobre su enfermedad mágica, y eso la preocupaba. Emma estaba ocultándole algo, y debía ser algo grave. Estaba segura de que haría cualquier locura por ella, hecho que no la tranquilizaba para nada.

- Eh, Regina, ¿qué haces levantada? – preguntó Emma nada más entrar por la puerta de la mansión, después de una rápida visita a casa de sus padres.

- Me voy a trabajar. – respondió la morena, como si fuese lo más normal del mundo.

- No, ni hablar, te quedas aquí. No pienso arriesgarme a que te pase algo.

- Pero Emma, estoy aburrida, tengo ganas de hacer más que estar en la cama todo el día esperando a que encuentres una cura o lo que sea que estés buscando. Además, este pueblo necesita a su alcaldesa.

- Está bien. Es verdad. – admitió la rubia, pensando. – Pero trabajarás desde aquí. Te traeré todo lo necesario.

Regina suspiró. Discutir con Emma no iba a servir para otra cosa que acabar con las pocas fuerzas con las que se había levantado esa mañana, así que solo asintió y dejó que la rubia la acompañara al estudio.

- Tengo que dejarte otra vez. – se quejó la sheriff. – Odio hacerlo, pero creo que estoy cerca de algo. Al menos eso espero. Cualquier cosa me llamas, ¿vale?

La alcaldesa asintió y Emma se despidió de ella con un beso rápido. Últimamente su vida iba a contrarreloj.

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Regina estaba tan concentrada en su trabajo que no oyó el timbre sonar un par de horas después. Emma le había llevado esa mañana un montón de papeleo y un donut, que aunque lo rechazó en un principio, terminó comiéndoselo. Desde entonces, se había mantenido ocupada.

El timbre volvió a sonar varias veces, hasta que la morena notó un ruido que no provenía de su mente y se dirigió a abrir. La sorpresa fue mayúscula cuando en su puerta se encontró con Zelena.

- Hola hermanita.

- Hola. – saludó secamente Regina.

No se llevaban mal. La pelirroja había desistido de su plan hacía bastante tiempo y la había dejado en paz, pero no había intentado acercarse a ella. Simplemente se había mantenido al margen. Eso podía ser bueno, pero también podía ser malo, así que Regina prefería tener ciertas precauciones con ella.

- ¿Qué querías? – preguntó, intentando ser amable, pero su tono de voz denotaba todo lo contrario. Zelena se había mantenido en silencio frente a ella por unos segundos.

- He venido a decirte que te quiero ayudar. No es justo que el único miembro que queda vivo de mi familia también se muera.

- ¿Por qué? Quiero decir…¿por qué ahora?

- Porque Regina, yo mantuve mis recuerdos durante la maldición. Por eso creían que estaba loca. Incluso tú lo creías, cuando en el fondo sabías que era verdad. – suspiró e hizo una pausa. – El tiempo que pasé en el manicomio me hizo pensar. Más de lo que hubiese querido, la verdad. Y aunque había dejado mi venganza de lado, seguía odiándote. Pero allí…finalmente, después de reflexionar, me di cuenta de que no te odiaba a ti. Odiaba a madre. Tú no tienes la culpa de nada, y te debo una disculpa.

Regina analizó sus palabras lentamente, mientras salían de su boca. No parecía estar mintiendo. Parecía ser completamente honesta. Y ella también se merecía una segunda oportunidad.

- Acepto tus disculpas, Zelena.

- Gracias. – dijo la pelirroja. - ¿Sabes dónde podría encontrar a Emma?

- Por la hora que es… - respondió la morena, tras pensarlo unos segundos. – debe de estar en la biblioteca.

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Al final se había decidido por Bella. Necesitaba su ayuda, sin lugar a dudas. Y si Mr. Gold presentaba algún problema, no le importaba. Se encargaría de él, como ya había hecho otras veces. El hombrecillo podía ser muy listo, pero ella estaba enamorada, y si algo había aprendido de sus padres es que el amor verdadero siempre ganaba. Vaya, estás bastante cursi hoy, ¿eh, Emma?, se regañó mentalmente, dejando escapar una sonrisa al pensar en Regina. Iba a salvarla, no importaba el precio.

- Bella, ¿has encontrado algo?

- Nada nuevo, Emma. – respondió la bibliotecaria. – Lo que teníamos al principio. La enfermedad de Regina es muy rara…y no se ha encontrado cura para ella.

"No se ha encontrado cura" eran palabras mucho más alentadoras que "no existe cura", lo que daba un margen, aunque sea mínimo, de posibilidades para salvarla. Storybrooke seguiría teniendo a su alcaldesa de siempre, pues nadie podría reemplazarla jamás, así como Henry tendría a sus dos madres y ella seguiría teniendo a su pareja.

- ¡Espera! Aquí hay algo nuevo… - exclamó Bella de pronto.

- ¿Qué has encontrado? – preguntó Emma corriendo hasta ella, casi abalanzándose sobre la pobre mujer.

- Tengo que traducirlo, espérame cinco minutos.

Esos cinco minutos se transformaron en dos gracias a los brazos cruzados y al ceño fruncido de la rubia.

- Ya está. – anunció la bibliotecaria. – Dice que…que la enfermedad no se contrae naturalmente, alguien tiene que lanzarla sobre ti. Como una maldición, sólo que esta es inmune al beso de amor verdadero.

- Mierda. Voy a ver a Regina. Descubriré quién ha sido.

Emma cogió su chaqueta de cuero roja y salió de la biblioteca, siendo interceptada por Zelena antes de llegar a su coche.

- Emma.

- Hola, Zelena. ¿Qué ocurre? – la rubia fue más amable que Regina, pero su tono de voz también mostraba estar a la defensiva.

- Escucha, he venido a hablar contigo porque quiero ayudar a Regina. Acabo de ir a visitarla, y… me temo que su estado es peor del que creía.

- ¿Qué? – preguntó nerviosa la sheriff. – Explícamelo todo por favor, voy a ir a verla ahora mismo.

- No es la primera persona a la que conozco con esa enfermedad. Yo misma hice que una mujer enfermara de la misma manera hace mucho tiempo. – ante la mirada de Emma, siguió explicándose rápidamente – Esta vez yo no he sido, si es lo que estás pensando. Existe una cura para ella, pero es muy arriesgada.

- No me importa. – dijo duramente la rubia. – Correré el riesgo que haga falta para salvarla.

- Bien. Entonces debes darte prisa. Hoy puede tener más fuerzas, pero enseguida recaerá.

- ¡Joder! ¿Qué hago? Zelena, ¿qué hago?

- Llévala al hospital. Ahí podrán ralentizar lo máximo posible los síntomas y los efectos de la enfermedad.

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La respiración de Emma era completamente irregular cuando llegó corriendo a la mansión de nuevo, después de no pisarla durante horas. Había dejado el coche aparcado frente a la biblioteca y se había ido corriendo hasta la casa que ahora compartía con Regina porque no se sentía capacitada para conducir.

- ¿Regina?

La morena salió de la cocina con una sonrisa en el rostro, aunque se notaba forzada. En su cara se notaba el cansancio que estaba sintiendo, por mucho que quisiese ocultarlo. De un momento a otro se iba a desmayar, Emma lo sabía. Zelena le había explicado lo que tenía que hacer para salvarla y sí, era complicado. No el proceso en sí, sino el momento en que tenía que hacerlo. Tenía que esperar al momento en que Regina estuviese entre la vida y la muerte, y no estaba segura de poder hacerlo en el momento exacto. Y además, necesitaba conocer al culpable de todo aquello. Todo eso sin tener en cuenta el gran riesgo que tenía de morir por salvarla.

- Emma, ¿qué ocurre? ¿Te encuentras bien? – preguntó preocupada.

- Sí, solo…un poco cansada. Necesito un vaso de agua.

- Oh, te lo traigo en un segundo.

Ese segundo fue el que necesitó Regina para casi caer en el suelo, de no ser por los brazos de su novia. Había perdido el equilibrio solamente, y Emma agradeció que no fuera un desmayo. La ayudó a llegar hasta el sofá de la sala y se sentó junto a ella.

- Regina. Hay cosas que tengo que contarte, pero primero voy a llevarte al hospital. El Doctor Whale se hará cargo de ti. Allí estarás segura.

- Si quisiera que un inútil me cuidase, habría llamado a tus padres. – refunfuñó la morena, descontenta con esa decisión.

- Por favor. – pidió Emma, tomando su mano derecha entre las propias. – Necesito que hagas esto.

- De acuerdo. – Regina no podía rechazarla, no si se ponía de esa manera. Prácticamente le rogaba con la mirada.

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Odiaba aquel hospital. Odiaba el color blanco que tenían las paredes. Odiaba a todos los médicos y enfermeras que trabajaban allí, incluido a Whale. Especialmente a Whale. Y ahora, tenía que depender de sus cuidados. Ella había sido la reina malvada, ¡por el amor de dios! Su yo del pasado se avergonzaría al verse en ese estado. Lo triste es que no podía hacer otra cosa.

Al menos, Emma estaba a su lado. Le había asegurado que no se iba a mover de allí a no ser que fuera absolutamente necesario, y que le diría toda la verdad. Una vez que las dejaron solas, Regina habló.

- Estoy preparada para escuchar. – dijo, mientras la rubia acomodaba un par de almohadas detrás de ella para que pudiese sentarse cómodamente.

- Vale. Esto no es fácil, Regina, y puede que me odies. Yo también me odio, porque me equivoqué.

- Emma, déjate de rodeos, por favor.

- Sí, sí, lo sé. Verás…cuando descubrimos lo de tu enfermedad, acudí a Gold, aunque sabía que era peligroso, y que querría algo a cambio. Entonces, me comentó que solo había una forma de salvarte.

- Saliendo del pueblo con una maldición.

- Sí, pero esta era diferente. No requería el corazón de lo que más amase.

- Entonces, ¿qué?

- Él insistió que al ser la salvadora, podía lanzar hechizos y maldiciones de manera diferente, sin sacrificar a nadie. Y lo único que necesitaba para ello era…mi magia. Esto jamás lo supiste, desde el momento que te dije que iría a Gold me pediste que no lo hiciera, que no confiara en él. Pero no veía otra manera Regina, y yo deseaba salvarte de todas formas.

- Entonces, has sacrificado tu magia por mí y aun así no ha servido de nada.

- Si lo dices así suena a que he sido muy estúpida.

- Y lo has sido. Emma, ¡no tenías que sacrificar nada por mí!

- Yo…Regina, pienses lo que pienses, yo sacrificaría todo lo que soy por ti.

La morena apartó su mirada, su rostro llenándose de lágrimas. Emma quiso acercarse a consolarla, pero no la dejó. Estaba enfadada. Muy enfadada. Ella no merecía nada de eso, tenía que haber muerto y todos los demás haber seguido con su vida. El mundo no debía pararse por ella.

- Eso no es todo… - continuó Emma. – Sé que estás enfadada y quizás quieras que me vaya, pero tengo que explicarte lo que he descubierto hoy.

Regina no dijo nada, sabía que la rubia iba a continuar dijese lo que dijese. Y la realidad era que, por muy furiosa que estuviera, no quería que se fuera.

- Alguien tuvo que hacer que te enfermaras así. Es como un hechizo, una maldición. Algo así me explicó Bella. Y por si te interesa, hay una forma de salvarte. – decidió omitir los riesgos. – Pero para eso necesito saber quién lo hizo.

- Sólo puede haber una persona que me hizo esto. – respondió Regina. – Rumpelstiltskin.

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Emma se abofeteó mentalmente. ¿Cómo no pudo haberse dado cuenta? Para Gold todos los habitantes del pueblo eran sus marionetas, siempre terminaban haciendo lo que él quería. Ese hombrecillo solo se preocupaba por sí mismo. La había engañado para lanzar la maldición y quedarse con su magia – que no sabía que querría hacer con ella – y disfrutar de su sufrimiento. La maldición solo había sido un entretenimiento para él, sabía que iban a romperla y que volverían. Como también sabía cómo se podía salvar a Regina.

Había dejado a la morena en la habitación del hospital, confusa y acompañada de sus padres y Henry, cuando salió a toda velocidad en busca del culpable de su dolor. Como siempre, este se encontraba en la tienda de antigüedades, limpiando el polvo inexistente de uno de los cientos de objetos que conservaba allí.

- Tú. – gruñó Emma enfadada.

- Vaya, iba a negarlo pero no serviría de nada. Además, no sería tan divertido, ¿verdad? – dijo Gold, soltando una risita.

- ¿Por qué le has hecho eso? – gritó la rubia, enfadada, acercándose a él dando grandes zancadas. – Contéstame.

- Oh, querida, llevo muchos años intentando acabar con Regina. Pensaba que después de tanto tiempo le tendría cariño, pero no. Entre tú y ella no paraban de acabar con mis planes, y estaba cansado.

- Pienso salvar a Regina y seguiremos destruyendo tus planes, maldito cabrón. – dijo agarrándole del cuello de la camisa, amenazándole. – Y eso si somos benevolentes y no acabamos contido.

- Suerte con eso, querida. – respondió, repitiendo su risita tan molesta.

Emma se dio la vuelta unos segundos, antes de girarse de nuevo sin que el hombrecillo tuviera tiempo de reaccionar y le dio un golpe tan fuerte que este fue a parar al suelo.

- ¿Cuánto tiempo le queda? – preguntó, poniendo un pie sobre el pecho de él, sonriendo victoriosamente.

- Siendo muy, muy, muy optimista…una hora.

- Tiempo suficiente.

Puede que ya no tuviese magia, pero seguía teniendo recursos. Uno de esos recursos, la fuerza bruta y todo aquello que había aprendido mientras robaba con Neal. Después de otro golpe a Gold, abrió su caja fuerte y encontró justo lo que estaba buscando.

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Tenía que marcar la fecha en el calendario, porque ese día había hecho más ejercicio que nunca. Y solo podía recuperarse con un chocolate caliente, pizza, donuts y cualquier comida basura que se le ocurriera. Y con Regina a su lado. Viva. Pero también con Henry, claro.

Entró en la habitación del hospital causando un estruendo, se había chocado con todo a su paso y tiró al suelo todo lo que se interpuso en su camino.

- Estoy aquí.

- Nos hemos dado cuenta, cariño. – dijo Mary Margaret. - ¿Por qué has venido así?

- Tengo que salvar a Regina. Dejadme a solas con ella, por favor.

-Tanto su madre como David asintieron, seguidos por Henry. La morena no había dicho ni una sola palabra, estaba tumbada en la cama con los ojos cerrados, pero estaba despierta. Emma lo sabía.

- Regina. – dijo susurrando, acercándose a ella despacio. – Estoy aquí. He vuelto. ¿Cómo te encuentras?

- Mal.

- Lo sé. Pero he encontrado la solución, ¿sabes?

Regina hizo su mejor intento por sonreír, pero no lo logró. Miró a la rubia con dificultad, intentando agradecerle sin palabras, mientras esta le acariciaba el pelo suavemente.

- Ten, tienes que beber esto. – le mostró un pequeño frasco con un líquido blanco.

- ¿Qué es?

- Esencia de salvadora. – rió para levantarle el ánimo a la alcaldesa. – Es lo que queda de mi magia.

- Pero, Emma…yo no…no puedo beber eso.

- Sí puedes, y lo vas a hacer. Aun no sabemos si funcionará, pero tenemos que intentarlo.

Quiso rechazarlo, quiso decirle a Emma que no quería beberlo, quiso que lo bebiera ella y recuperase sus poderes, pero estaba muy cansada, se sentía fatal. No tenía fuerzas para contradecir a nadie. Así que cuando Emma acercó aquel líquido a sus labios, bebió, sin remedio. Pero no sintió nada.

- ¿Ha pasado algo? – preguntó la rubia, ilusionada, pero al ver la expresión negativa de Regina, su expresión cambió totalmente. - ¡Joder!

Esperó cinco minutos. Diez. Quince. Seguía sin ocurrir nada. Se supone que debía funcionar. Al menos, debía hacer sentir a Regina mejor, pero no había tenido efecto, y quedaba poco tiempo para el final. Su esperanza disminuía a cada segundo. La morena la reclamó, alargando un brazo hacia ella.

- Emma…me gustaría que fueras tú…quien se quedase aquí mientras…me muero.

Aquello le partió el corazón a la sheriff. Que se creía ella que la iba a dejar morir. Si le quedaba un mínimo de esperanza, se iba a aferrar a ella. No iba a dejar de luchar hasta el último momento, hasta que ya no hubiese remedio. Y no se había dado cuenta, pero su rostro empezaba a empaparse con lágrimas.

- Me voy a quedar. Siempre voy a estar aquí. – dijo Emma, secándose las lágrimas. - Pero tú no te vas a morir. Eres la madre responsable. Henry te necesita. Tú no te das cuenta, pero sin ti, todos estamos perdidos.

Había llegado el momento. Regina respiraba cada vez con más dificultad, sabiendo que se acercaba el final de su vida. Y Emma, negándose a que no hubiese otra alternativa, hizo lo único que podía hacer. Intentarlo una vez más. Se acercó al cuerpo de la morena todo lo que pudo, casi cubriéndola con un abrazo, para luego darle un beso, uno que sabía a certeza de ser el último. Y de repente, una especie de humo blanco surgió desde un punto inexacto entre los cuerpos de ambas mujeres y se expandió por toda la habitación, rompiendo ventanas y puertas, todo lo que encontraba a su paso, con la intención de llegar hasta el último rincón de la ciudad.


Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Qué habrá pasado con Regina? ¿Y con Emma? ¿Y con el resto del pueblo?