Y...¡hemos llegado al final! Una vez más, agradeceros las reviews, la presencia, y el haber leído el fic. Espero que lo hayáis disfrutado al igual que lo he hecho yo, y que este capítulo os deje un buen sabor de boca. Muchas gracias por todo :)


Confusión

18

Emma se despertó desorientada. La persiana estaba abierta y la luz del sol iluminaba toda la habitación, pero no sabía qué hora era. Inconscientemente tanteó el otro lado de la cama con la mano, pero estaba vacío. Por eso nunca quería despertar. Por eso le dolía abrir los ojos. Porque Regina ya no estaba ahí. Era difícil, y cada mañana aquel lugar vacío le destrozaba un poco más el alma. Todas las noches, sin excepción, la morena se colaba en sus sueños y podía jurar que se sentía tan real que siempre creía que estaba despierta. Sin embargo, tan solo era un juego que su propia mente creaba, que la hacía sentir bien durante breves momentos, para después arrebatárselo todo de nuevo con la salida del sol. Y cada día alargaba más el despertar. Cada día intentaba aferrarse más a esos sueños, en los que Regina estaba con ella.

Se sentó en la cama y se desperezó, que estuviera triste no quería decir que no tuviese trabajo que hacer, aunque ahora todo fuera un caos. ¿Cómo podía concentrarse cuando la persona con la que pensaba compartir el resto de su vida ya no estaba ahí? Una lágrima silenciosa de deslizó por su mejilla, seguida de otra, y otra, y otra…hasta que terminó cubriéndose la cara con las manos mientras lloraba desconsoladamente.

- Mamá, ¿ya estás despierta? – preguntó Henry entrando a la habitación que antes compartían sus dos madres. – Mamá… - susurró sentándose a su lado, abrazándola para consolarla.

Henry era ahora su único apoyo, su única fuerza, lo que la hacía levantarse cada mañana y seguir adelante con su vida. Sus padres también eran de gran ayuda, pero el chico sabía por lo que estaba pasando, compartía su dolor y la entendía.

- Todo va a estar bien, mamá. – intentaba calmarla Henry, sin obtener mucho éxito. – Yo…estoy seguro de que todo saldrá bien.

La rubia dejó de llorar unos minutos después, se secó las lágrimas que le quedaban con ayuda de su hijo e intentó sonreír.

- ¿Sabes, Henry? Admiro tu esperanza y tu fe, siempre la he admirado. Yo solo… - suspiró – me duele despertarme y darme cuenta de que no está aquí.

- Lo sé, mamá. Yo también la echo de menos. Pero la vamos a encontrar.

- Ojalá chico, ojalá.

Se tomó un momento para estabilizarse, se levantó y palmeó el hombro de Henry.

- Venga, ve yendo a la cocina que ahora bajo. Hay que ponerse en marcha, la Operación Cobra parte II no va a avanzar si nos quedamos aquí.

La segunda parte de la Operación Cobra se había puesto en marcha enseguida. Cuando el humo blanco apareció en el hospital y se extendió por la ciudad de Storybrooke, todo parecía haberse solucionado. Pero para sorpresa de Emma y todo el que estuviera pendiente de Regina, las cosas no eran lo que parecían. Aquella espesa bruma había cubierto por completo su cuerpo, y de un momento a otro, ya no estaba. Regina había desparecido.

Así que ahora, el nuevo objetivo que tenían Henry y Emma, era encontrar al miembro que faltaba en la ecuación Swan-Mills. La rubia trataba de pensar positivamente que "desparecido" es mejor que "muerto", y que había posibilidades de que Regina estaba en algún lado, sólo tenían que buscarla bien. Pero lo cierto era que en todo el mes no habían conseguido ni una sola pista. Ningún resultado. Y sí, ya había pasado un mes, aunque se sentía como si fuera un año.

-x-

David entró en la comisaría agitado, como si hubiera ido corriendo desde su casa – o desde cualquier otro punto del pueblo – hasta allí. Emma ya estaba allí, mirando al techo sin nada que hacer, aguantándose las ganas de darse contra la pared como si así fuera a encontrar respuestas.

- Emma, ha pasado algo.

- ¿Qué ocurre? – preguntó entre intrigada y nerviosa, levantándose rápidamente de su silla. - ¿Es sobre Regina?

- No, sobre ella no tenemos novedades. Es Henry.

- ¿Qué pasa con Henry? Lo dejé con mamá esta mañana.

- Mary Margaret me acaba de llamar. Se descuidó un momento y Henry ya no estaba.

- ¡Joder! Se ha ido a buscar a Regina por su cuenta. Por eso no quería que no estuviese vigilado.

Maldecía a Henry. Lo quería con todo su corazón, era verdad, pero odiaba sus momentos de valentía. El chico podía meterse en problemas, y aunque era consciente de que con tan solo diez años había conseguido encontrarla en Boston, su instinto protector no se desactivaba.

- Vamos a separarnos. Busca por donde se te ocurra que pueda estar. Yo iré al bosque, a los límites de la ciudad, a donde sea. Necesito encontrar a mi hijo.

No podía perderle. A él no. No podía arriesgarse a perder a otro miembro de su familia. Ya era suficiente con uno. Le había repetido una y otra vez al chico que no se le ocurriera ir solo a investigar, que estaban los dos juntos en eso, que contara con ella para cualquier cosa que pasara. Pero, una vez más, había hecho oídos sordos y la había ignorado.

No estaba. No estaba en Stroybrooke, en ningún lado. Es como si se hubiese esfumado. Y aun así, había algo que no encajaba. Al igual que con Regina, pero ella sí que no estaba en la ciudad. La había inspeccionado a conciencia, incluso había descubierto lugares que no conocía. ¿Qué estaba pasando? No podía sentirse más frustrada. Cuando estaba a punto de explotar, de destrozar lo primero que encontrase a mano, su móvil sonó. Su padre.

- Emma, tienes que venir inmediatamente. Henry ha salido de Storybrooke.

Cuando la rubia se reunió con David, él estaba frente a su propia casa. El escenario era completamente normal, no había nada que llamara la atención. A menos que fueras Emma Swan. O el dueño del coche que había desaparecido, que en este caso no era otro que David.

- Sabía que tus lecciones de conducir no iban a traer nada bueno. – amenazó la sheriff, señalando a su padre de manera amenazadora.

- Eh, cálmate, te estás pareciendo a Regina. Solo te ha faltado insultarme. – bromeó él, tiñendo de tristeza la mirada de la rubia, que se dejó caer sentándose sobre la acera, mirando a la nada. – Lo siento.

- No, no pasa nada. Puedes mencionarla. No es como si estuviera muerta, ¿sabes? Sólo…está desparecida, eso es todo. Verás cómo Henry aparece esta noche en la puerta con ella del brazo.

Tras esto último soltó un suspiro, dejando escapar una sonrisa triste. Que pasara eso sería fantástico, demasiado para ser real, lamentablemente. ¿Y ahora qué? ¿Debía seguirle la pista a su hijo? ¿Debía esperar? ¿Debía ponerse histérica? ¿Debía estar furiosa? Por suerte para ella, no pudo decidirlo.

- Ni te atrevas a salir del pueblo, Emma. Estás demasiado alterada y podría pasarte algo. Con o sin Regina, Henry va a volver sin ningún tipo de problema. Él siempre consigue lo que se propone.

No pudo replicar, pero tampoco quería. Sabía que David estaba en lo cierto, y ella estaba demasiado cansada, así que simplemente le pidió que la llevara a casa.

-x-

Mary Margaret se había quedado con ella casi toda la tarde, cuidándola y también vigilándola por si se le ocurría cometer alguna locura. David, por el contrario, había estado de aquí para allá, intentando averiguar si Henry habló con alguien antes de irse, si había dado datos…pero no halló ninguna respuesta. Sin duda, era un chico inteligente.

Pero lo más cierto de todo aquello era que, aunque había disfrutado de sus cuidados, la sheriff quería estar sola y hundirse en su dolor, por lo que pidió a sus padres amablemente que la dejaran, y les prometió que les llamaría si ocurría algo. Sabía que aun así no los tranquilizaba, pero había conseguido que la dejaran en paz. Quería llorar, meterse en la cama, y también quería atiborrarse a helado de chocolate.

Cuando se dirigía a la cocina a por el enorme bote de helado que, a pesar de las quejas de la morena, siempre había en el congelador, el sonido del timbre la sorprendió, pero no tanto como lo que se encontró tras abrir la puerta.

Frente a ella, sonriente, se encontraba Regina. Parecía cambiada. Parecía una Regina nueva. Se veía más joven, más feliz, más… ¿ingenua? ¿Realmente podía parecer ingenua? Estaba vestida con la ropa que la caracterizaba, siempre elegante, pero había algo diferente en ella, solo que no lograba identificar el qué. Y sobre todas las cosas, Emma la vio más guapa que nunca.

Como ninguna de las dos decía nada, la morena carraspeó y acabó con aquel silencio.

- ¿Eres la madre de Henry?

- Hola.

Hola. Igual que la primera vez que se vieron, la rubia solo pudo soltar el estúpido hola que la había hecho querer abofetearse sin parar. Otra vez. Pero, ¿qué otra cosa podía decir? Nada. No cuando la voz de Regina sonaba tan suave, dulce, tan perdida. Entonces entendió que la morena no recordaba nada. Por enésima vez. Quien hubiera inventado esa maldición se debía estar llevando mucho dinero por los derechos de autor.

- Quiero decir… - se corrigió Emma – sí, soy la madre de Henry. ¿Quieres pasar? Tengo sidra de manzana, si te apetece.

- ¿No tienes nada más fuerte?

La sheriff no pudo hacer otra cosa sino sonreír. Vaya, parecía que se habían cambiado los papeles por un momento. Asintió y la hizo pasar, para servirle una bebida de lo primero que encontró y guiarla hacia el estudio, donde podían hablar cómodamente.

- Henry me ha encontrado. – Explicó Regina. – En Boston. Me…dijo que mi familia me esperaría aquí, y como no tenía a nadie confié en él. Parece un buen chico.

- Lo es. – respondió Emma. – Lo has educado bien.

- ¿Perdona?

- Henry. Es mi hijo biológico, pero tú lo criaste. Yo aparecí por aquí cuando él tenía 10 años. También me trajo hasta aquí. También para encontrar a mi familia.

- No estoy entendiendo nada. ¿Nos conocemos de antes? – preguntó la morena, frunciendo el ceño, visiblemente confundida, pero sin perder esa nueva amabilidad con la que había aparecido.

- Sí, claro. – sonrió la rubia. – Regina, es muy importante para mí que me dejes intentar algo. Si no funciona, te prometo que te pediré perdón mil veces. Un millón si hace falta. Pero necesito hacerlo.

- ¿A qué te refieres?

Emma no respondió, porque sabía que iba a negarse. No la iba a dejar besarla así, simplemente por las buenas. Así que se aceró despacio, intentando no asustarla, y en un ágil movimiento atrapó sus labios con los suyos. Entonces, una onda se expandió desde esa sala hasta el resto del pueblo, como había supuesto.

- ¡Hemos roto otra maldición! – gritó la sheriff, levantándose y arrastrando a Regina con ella, dándole vueltas en el aire.

- Emma, suéltame, no es gracioso. – se quejó la morena.

La rubia la soltó, pero luego volvió a abrazarla, abrazo que Regina correspondió de la misma manera. Porque ella, al igual que Emma pero inconscientemente, también la había necesitado.

- Me has salvado, Emma. Lo has hecho. Lo has conseguido. – agradeció Regina, sin separarse de la rubia.

- No he sido yo. Hemos sido las dos.

- No Emma, has sido tú. Solo tú. No perdiste tu magia, ¿sabías? Todo era un truco, siempre estuvo ahí. ¿No la sientes ahora? Gracias a ella pudiste salvarme.

- Pero… ¿cómo? Necesito que me lo expliques todo, Regina. Al igual que cómo apareciste en Boston.

- Cuando…desaparecí de aquí, aparecí en un hospital de Boston. Estaba bastante enferma, pero ya no era una enfermedad mágica. De alguna manera u otra, hiciste que me pudiese curar. Pasé varios días en cuidados intensivos, pero por suerte todo salió bien y durante todo el mes estuve recuperándome. No sé cómo, pero Henry me encontró. El resto ya lo sabes.

Flashback

A pesar de no recordar nada, por primera vez en un mes Regina se sentía bien. Al fin estaba totalmente recuperada, y el médico le había dicho que le daría en alta en unas horas. Lo había pasado realmente mal. Hubo momentos en los que creyó que no iba a seguir adelante, que su vida acabaría ahí mismo, en un hospital, con el único recuerdo de haber despertado enferma. De resto, todo era blanco.

Estaba emocionada por salir de aquella habitación, por ver la luz del sol y conocer algo más que esas cuatro paredes blancas. Aunque si lo pensaba bien, no sabía dónde ir. Entonces, para su suerte, un joven chico tocó a la puerta. Parecía conocerla.

- Hola. Parece que ya te encuentras bien. – saludó educadamente, sin besos o abrazos, era evidente que la conocía pero que no quería presionarla.

- Hola. Perdona, ¿nos conocemos? – preguntó confusa, no lo había visto en su vida.

- Claro que sí. He venido para llevarte a casa.

- Pero…los médicos dijeron que no tenía familia. O que no la habían encontrado…

- Entonces tienes suerte de que te haya encontrado yo. ¿Estás lista para irnos? Toda la familia te está esperando. Te hemos echado mucho de menos.

¿Quién era ese chico? Muy dentro de ella, sabía que le era familiar, pero no lograba recordarle. Así que ella tenía una familia, una que la quería y la había echado de menos. Se preguntaba por qué no la habían encontrado antes, por qué no habían ido a verla, pero supuso que encontraría las respuestas después. Así que confió en el chico y lo acompañó.

- ¿Cómo te llamas?

- Henry. Cuando veas a mi madre Emma, te ayudará a recordar. Todos lo haremos si hace falta.

Fin flashback

Emma solo sonrió. Al final, Henry lo había conseguido. Operación Cobra completada. En cuanto lo viera se iba a llevar un beso y una reprimenda. Conociéndole, seguro que se habría ido con sus abuelos.

- ¿Cómo es que tenemos un hijo tan listo? – preguntó, sin ocultar su sonrisa.

- Créeme querida, no es gracias a los genes. – respondió Regina, también riendo.

La sheriff se hizo la ofendida y le dio un pequeño codazo.

- ¡Eh! Me gustabas más cuando eras la dulce Regina que no recordaba nada.

- No es verdad.

- Tienes razón. No es verdad. Te quiero, Regina. Nunca más te vayas de mi lado.

A la morena la conmovieron esas palabras, lo que la hizo acercarse a Emma de nuevo y darle un beso.

- No lo haré. Y tú tampoco, o si no te buscaré, sacaré ese precioso corazón que guardas en tu pecho y lo aplastaré.

Esa amenaza era totalmente una broma, pero la rubia no dudó que la, de nuevo alcaldesa de la ciudad, no tendría reparos en hacerlo si le daba suficientes razones como para volver a convertirse en la reina malvada que una vez había sido.

- Sabes que no necesitas sacármelo del pecho para tener mi corazón.

- Lo sé. Y aunque siga un poco ennegrecido, tú tienes el mío. Te quiero, Emma.

Y era verdad. La quería. La quería demasiado. Tanto que el amor le oprimía el pecho hasta el punto de dolerle. Pero era de esos dolores buenos, que te calientan el corazón y te hacen sentir feliz. Eso era lo que ahora Regina tenía. Una familia, y una historia que, sin duda, tendría un final feliz.