Hello beautiful sinners! Vuelvo por aca despues de muuuuucho tiempo (creo que incluso mas de un año) de ausencia. Ante todo debo disculparme por este hecho y seria algo afortunado que aun alguien me leyese. En fin, aqui dejo la actualizacion de este fic que garantiza mas una perdicion que cualquier otra cosa, y este capitulo, bueno, creo que este es sin duda el climax.
Las advertencias son las mismas que ya conocen: citas biblicas, temas religiosos y una historia que en realidad pertenece a akira hilar (brillante mente).En fin mis apreciadas espanglish fans, espero esto sea de su agrado y recuerden que el primer paso para redimirnos, es estar conscientes de nuestros pecados.
Capitulo VI: El Valle de la Perdición"
"...y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío." Romanos 1:27
Antonio nunca había sido muy metafórico, pero para ese momento solo podía imaginar una representación tan adecuada como una chispa. Una chispa que encendió la rama seca, seca y totalmente dispuesta a calcinarse al mínimo fragor. La chispa encendió una llama, la llama se extendió por la superficie, trastocó los átomos de la pequeña vara marchita y empezó a calcinarla, millares de electrones moviéndose frenéticamente en una combustión que planeaba arrasarlo todo, dejar cenizas.
Antonio era esa vara y la chispa, la lengua de aquel que se adentraba en sus recovecos sin demora.
Su espalda chocó de nuevo contra la madera que lo tenía confinado a aquella realidad de la cual le costaba zafarse. Su mano ahora libre se encontraba totalmente inmóvil, superado aún más por la conmoción y las corrientes que navegaban por su torrente sanguíneo, como para pensar en usarla de palanca y alejar a ese cuerpo de su espacio, de su piel, de su boca. Aquello estaba dominándole incluso la habilidad del pensamiento, desbaratando toda la red neuronal al punto que lo único que podía hacer era sentir: su lengua dando vueltas dentro de su boca, su mano estrujando su mandíbula con brusquedad, el sabor de la saliva caliente conjurándose con la suya, el respirar ardiente contra su rostro, sus poros dilatándose buscando absorber todo ese aliento excitado, sus piernas perdiendo toda fuerza como si el hueso se derritiera al paso de su sudor, cayendo en largas gotas tras su espalda y su corazón, latiendo tanto que era capaz de sentir que golpeaba no su pecho, sino el de él, cada vez más plegado contra sí.
Un murmullo salió de su garganta y murió justo entre sus dientes que temblaban sin poder cerrarse y evitar que aquella lengua siguiera trastocando límites inciertos. El calor sofocaba la vista de sus verde aceitunas, nublándola, cubriendo así toda su visión en un manto de frenesí que estaba empezando a ahogarle el vientre y que le había hecho olvidar el ardor estomacal que había sentido segundos atrás. Un momento, un minuto, un segundo quizás de debilidad que su cuerpo le permitió a su alma en esa minúscula fracción de segundo en que su espíritu dejó de ser escuchado y su mente renunció a trabajar, imposibilitando así que viejas creencias apartasen su atención en algo distinto a simplemente percibir el musculo caliente moviéndose con ansías dentro de su cavidad.
Y así pareció, tan frágil y sumiso, tan simple y expectante como aquella vara abandonada en un bosque; inhóspita, reseca, observando como el fuego poco a poco empezaba a tostar sus extensiones y ésta simplemente se dejaba, seducía, esperando que al final le llenara de todo ese color naranja y rojo fluorescente hasta que no quedara de ella nada más que cenizas. En eso se había convertido, en aquel instante solo era eso; y para ese segundo donde el agarre en su rostro pareció haberse suavizado, quizás al darse cuenta de la poca o nula resistencia, Antonio no podía tener nada más en mente que la sensación húmeda y rasposa de otra lengua ajena a la suya haciendo vueltas dentro de su paladar, derritiéndole, violentamente. Siquiera trataba de asimilar ni donde estaba, ni que hacía, ni porque estaba ocurriendo: simplemente ocurría, y él estaba tan absorto en aquello que nada más parecía tener importancia. No allí, aunque de la misma forma se había mantenido inmóvil, sin responder.
¿O sí?
-Antonio…- esa voz, ese acento. No podía caer en el abismo, no podía terminar en cenizas.
Sus ojos se abrieron de nuevo tanto que creyó que sus parpados habían entrado dentro de su misma piel por la agresividad del movimiento. La venda cayó, o sus pensamientos empezaron a moverse justo cuando escuchó ese jadeo de él sobre sus labios llamándolo con su nombre. Antonio… escuchar la voz de él ronca musitar esas tres silabas habían sido suficiente para hacerle entender que estaba haciendo, con quien y lo que significaba, las enormes consecuencias entonces se vistieron de verdugo, presentándose una al lado del otro en trajes negros y miradas oscuras con una mueca de burla que heló cada una de sus fibras nerviosas. De repente empezó a temblar, más ya no de excitación; un miedo cruel y pérfido se había apoderado de sus sentidos, endureciendo sus piernas y provocando ondas de espasmos en toda su piel al tiempo que alejó de nuevo su boca de la de él, sin resultado. Arthur le perseguía, le demandaba, estrujaba su cuerpo contra la madera y sus uñas contra la piel áspera de su mandíbula obligándole a sentir lo que ya no podía sentir, no así, no de esa forma… no…
-Basta…
Su mano de nuevo opuso resistencia, pegó su rostro contra su pecho buscando escapar de la boca venenosa de ese hombre que lo buscaba, como si eso fuese suficiente. Arthur era un demonio con acento inglés.
—¡Basta ya!—gruñó envuelto en miedo y furia, en terror e ira, de nuevo tratando de imponer su fuerza para liberarse de los brazos de él.
—No, Anthony, ya no…—le aplastó de nuevo, tomó sus muñecas presionándola con fuerza hasta enrojecerle la piel por la sangre acumulada.
¿No? ¿Qué quería decir con ello?
—No te atrevas a más…—suplicó, sintiendo como uno de los dedos que le sujetaban la muñeca en su espalda le acariciaba arriba de su camisa, justo en el desliz de su cadera. El olor de él se fue esparciendo como una nube de humo por su cabeza, su aroma y su respiración golpeando contra su cabello castaño y su cuello mientras él le olfateaba y sometía, apretaba su muslo contra sus piernas intentando excitarlo…
Lográndolo, al mismo tiempo que el pavor y la ansiedad tomaban terreno en él.
—Te haré sentir…—le advirtió con su voz rasposa brotando más bien de sus intestinos—, lo que he cargado estos meses y después…
Antes de terminar de hablar lo tomó del cuello de su camisa y lo empujó hasta el mueble cercano, trastabillando el español contra el respaldo de la abrazadera y reincorporándose lo más pronto posible para huir del lugar, más sin embargo ya el inglés había ido tras él y le detuvo la huida, abrazando su cintura con fuerza con uno de sus brazos y forcejeando con los de Antonio hasta inmovilizarlo contra su pecho. Se estaba haciendo presa del desespero.
—¡BASTA YA!—gritó azorado el creyente en español, no tenía la coherencia suficiente para pensar en otro idioma mientras estaba asustado, y enfurecido al mismo tiempo de no entender como ese hombre cuya estatura no es superior a la suya podía tener tanta fuerza acumulada.
—Te haré sentir, Antonio—le susurró contra su oído, filtrando su aroma caliente, su excitación de hombre refregándose contra sus glúteos.
—Me da asco…—murmuró entre dientes, temblando y conteniendo dentro de él la repulsión que se tejía en su estómago. El agarre de sus manos se tornó más agresivo al musitarlo, y Antonio pensó que quizás el decirle aquello sería la llave para salir con vida e ileso de ese lugar; decirle que le asqueaba, demostrarle que él no sentía lo mismo aunque su cuerpo reaccionara a su presencia, hacerle saber que para él era un pecador…
—Cállate…—le escuchó gruñir tras su nuca, mientras olfateaba su cabello y sentía el ligero temblor que se había apoderado de él. Habia alterado algo en el interior de Arthur, algo que tal vez estaba dislocando las intenciones perversas de este.
—¡Es repugnante!—prosiguió, cerrando sus parpados con fuerza y desviando sus pensamientos de aquello recuerdos que lo llevaban a sus propias noches satisfaciéndose con el recuerdo del hombre que ahora quería ahuyentar. Sintió como Arthur apretó su muñeca hasta enrojecerla, empezando a percibir un hormigueo en esa extremidad de seguro producto por la falta de circulación—. ¡Suéltame antes de que me vaya en vomito, Arturo!—y aquel tembló—. ¡Antes de que deje toda mi cena sobre el mueble donde compartes con tu esposa mientras piensas en mí!—y le escuchó crujir sus dientes—. ¡SUÉLTAME YA! Siento a mi estomago revolverse ante tu presencia ¡DÉJAME IR! ¡Y quizás el Señor en su infinita misericordia te salve!
Silencio… un largo y extenso silencio.
Cuando el agarre de Arthur cedió, el ibérico se permitió suspirar aliviado, como si el peligro para él hubiera se hubiera diluido. La desesperación para él claudicó, dando paso a una sensación de paz con la que se percibió seguro, como si por fin las garras del enemigo hubieran abdicado y le dejarían libre, con la libertad de escapar de aquel lugar y meterse debajo de las alas del Altísimo a recuperar fuerza y fe.
Más no fue así… Antonio no sabía cuan equivocado estaba.
Apenas delineó con sus labios un "Gracias a Dios" que no obtuvo sonido, porque en el momento en que lo pronunciaba un fuerte golpe en su mandíbula lo hizo caer justo en el mueble. Su cabeza dio vuelta, la visión giraba sobre él en el mismo eje observando la lamparilla del techo y el vacio del color blanco a la lejanía, sintiendo retumbar a su vez todo sobre su cráneo: las voces, sus argumentos, las sensaciones mezclándose en un solo lienzo negro…
El peso cayó sobre él antes de tan siquiera poder hacer algo para levantarse. Pronto fue una garra que se apoyó en su cuello y clavó su cabeza contra la dureza del cojín del mueble, aplastando su piel al hueso y coartando la posibilidad de respirar. Sus ojos se abrieron apresurados tratando de poder dilucidar lo que había pasado, por un momento se sentía totalmente desubicado en el espacio, como si todo se hubiera reseteado de su cabeza. El aire le faltaba, a pesar de abrir su boca no era capaz de enviar suficiente a sus pulmones y sintió sus ojos humedecerse al mismo tiempo que la figura frente a él se visualizaba, cada vez más nítida, mostrándole así que ocurría y quien era su verdugo.
—A-arth…—balbuceó imponiendo con sus manos en vano esfuerza una distancia que no llegaba a ser suficiente para evitar que aquella mano le cortara el aire. Había desatado a la furia.
Sus manos entonces se tomaron del rostro de él, le apretaron con violencia intentando infringirle dolor, le veía mover los labios y al parecer gritarle cosas que no llegaban a ser comprendidas. Su expresión, sus ojos, la ira. Movía sus piernas de un lado a otro intentando patearlo aunque no sabía que llegaba a golpear, sus sentidos se fueron apagando poco a poco conforme el oxigeno dejaba de viajar por su cuerpo. El frío penetró por sus pies, inmovilizándolos, empezando a sentir un hormigueo que le dio la señal de debilidad a todo su cuerpo.
Moriré…
Pensó en ese momento… Arthur lo iba a matar, iba a morir en manos de él y con los últimos pensamientos lascivos en su cabeza condenándolo. Sentía el fuego rodeándole ya, las voces de los coros ancestrales abrirse tras su oído y cantarle viejos himnos olvidados en algunos de los cánones bíblicos. Iba a morir en tierras extranjeras, que historia escucharía su familia en España? Que se inventaria Arthur? Lo descubrirían?...
Perdóname por pensar en él…
Meditó cerrando sus parpados con fuerza, arañando y trayendo en sus uñas rastro de piel, sudor y sangre de él, jaloneando aún pero perdiendo cada vez la capacidad de precisión en sus movimientos. Su derecha entonces se empeñó contra el cuello de la camiseta de él, su izquierda jaloneó los cabellos rubios de su nuca, llevándose algunas hebras apretadas en su puño y volviendo a tomar otro mechón.
Perdóname por haberlo deseado a él…
Abrió su boca buscando gritar el nombre de su señor en vano. Se llevó en una jalada de su brazo un collar que Arthur colgaba sobre su cuello, arrancándolo a su paso y quedándose con él clavado en su palma. Tuvo vértigo, sintió que estaba cayéndose a un vacío pese a tener el mueble sosteniendo su espalda y la mano de él estrujando su cuerpo; por un momento se sintió suspendido en la nada, como si volara y levitara y estuviera libre de toda atadura. Fue solo una fracción de segundo donde él se dejó ir, obediente, ser arrancado de su cuerpo y esperando que sus últimos pecados fueran perdonados para no ser arrojado al infierno.
"No te acuestes con un hombre como si te acostaras con una mujer. Eso es un acto infame."Levítico 18:22
Como una corriente que empezó desde su vientre y arrasó contra su cerebro, aquellas palabras bíblicas volvieron a él como una sentencia palpitante. Antonio musitó un "perdona mi pecado" a sus adentros, pensando que ya había llegado al fin y que esas corrientes estaban turbándole el inconsciente. Se removió inseguro sintiendo que poco a poco tomaba más aire aunque la tos que le aquejaba no le permitía llenarse los pulmones con tranquilidad. Tampoco podía mover sus manos y sus piernas yacían inmóviles en algún lugar; estaba preso de algún maleficio que no le permitía dilucidar sus circunstancias, ahogado, abrumado y sudando fríamente con un leve temblor en sus extremidades inferiores.
Luego sintió que le dieron vuelta tan rápido que no pudo oponer resistencia.
—¡No!—gritó, removiéndose asustado ante lo que le iba generando un roce tan agresivo y traicionero que permitía moverse, sintiendo las rodillas de él sujetando sus pantorrillas. La presión contra sus muñecas le obligó a morder sus labios para ahogar un murmullo de dolor.
"Si alguien se acuesta con un hombre como si se acostara con una mujer, se condenará a muerte a los dos, y serán responsables de su propia muerte, pues cometieron un acto infame." Levítico 20:13
La otra cita trastabilló contra su temple mientras trataba de zafarse de la presa humana en la que el británico lo había convertido. Escuchaba su respiración agitada y rápida contra su hombro, sentía a su vez como la tela del pantalón cedía y los dedos lograban entrar hasta debajo de su vientre, enredándose aquellas uñas con su vello púbico, desquiciándolo y amenazándolo con quemarle, con condenarle para la eternidad. Se sobresaltó contra su propio cuerpo pese a que el movimiento lastimó sus muñecas; quería liberarse, se removía ansioso aunque la fricción en algún momento se hizo más ardiente y peligrosa, así lo sentía, cuando entre tanto meneo de los cuerpos le escuchó a él jadear en un claro gesto de placer. Peligroso… destructivo para su alma y para sus fuerzas escucharlo gemir por sobre su hombro mientras las yemas ásperas tentaban la base de su sexo.
Peligroso… y placentero.
Tembló, asustado. Mordió el cojín del asiento cuando aquella marejada de energía le turbo cada musculo de su cuerpo, cuando el sudor de su propia piel se unió al de aquel creando un espeso aroma a sexo que le revolvía las entrañas, pero que estás no devolvían, más víctima del placer arrollador que una caricia en su pene le había entregado. Su cuerpo se arqueó de tal forma que pensó sus huesos se descoyuntaría de sus ligamentos y se partiría cuan cuerda de violín con exagerada tensión. La mandíbula se mantuvo rígida, conteniendo dentro de él el gemido que amenazó con brotarle y quemándose las retinas por el sudor que cayó en sus ojos en ese mismo instante.
Y aquel estrujaba, acariciaba, apretaba, jalaba… arriba… abajo… ¡de nuevo!
—Te has puesto duro muy rápido…—siseó contra su espalda morena medio desnuda, los botones desechos, el sudor de su espalda humedeciendo la tela y transparentándola, en exceso señal de transpiración—. Te haré sentir… lo que yo siento por ti, spaniard—repitió su amenaza que cada vez era más que certera.
—No…
Rio roncamente, su risa hizo eco dentro de sus propios pulmones y así llegó el sonido hasta él, áspero y malvado, corroyendo sus neuronas. Antonio solo sintió sus dientes crujir en movimiento uno sobre el otro, mientras dominaba con poca maestría las corrientes que esos dedos creaban al jalar tan solo un poco uno de sus testículos, ahogándolo de jadeos atrapados en su faringe. Sus muñecas clavadas contra el mueble, enrojecidas por la presión, empezó a mojarse de sangre por la fricción que un objeto le estaba entregando a su piel. Un calor, una quemada en su dermis sudada que ardía y le obligó a abrir sus ojos un poco mientras intentaba en vano no sentir, lo que todo su cuerpo sentía a ciencia cierta.
Allí estaba, el crucifijo… Entre sus dedos, el oro de la cadena lastimando su mano izquierda, la cruz inerte sobre el dorso de su mano atada por la de él. La cruz, que le había regalado su mujer.
La cruz, su salvación, su fe…
La cruz…
"¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios." 1 Corintios 6:9-10
Cada vez estaba más lejos de la cruz…
Al parecer nuestro joven cura no ha hecho mas que liberar a la bestia, que pasara con Antonio? cedera? probablemente no, todos sabemos que el españolito es mas terco que una mula. En fin, esto es todo mientras tanto, solo quedara estar a la espera de una proxima actualizacion. Nos estamos leyendo mis estimadas y recuerden, no pueden bailar con el diablo y luego quejarse de estar en el infierno, ciao.
Little Monster.
