Hola, pues esto, que aquí les dejo el capítulo tercero. Recordando que en el pasado lo dejamos con un poco de tensión entre Sasuke y Sakura, sobre todo por parte de él que la miró dormir. Éste tiene drama, pasión y hasta una parte de comedia. Espero que lo disfruten.
Capítulo III: No es culpa de nadie.
Suponía que las personas cuerdas poseían un recoveco de locura en su cerebro, igual que aquellos que estaban locos tenían un espacio de cordura en sus mentes. Pero eso no parecía cumplirse con su antiguo compañero. Apartó las ganas de arrugar, quemar y destruir la carta que tenía en sus manos. Orochimaru estaba consumido por la maldad, no había compasión en su alma.
Releyó la carta, con aire meditabundo. De manera cínica el sannin le informaba la casi infinita cantidad de formas que conocía y que usaría para torturar y matar a los aldeanos y ninja que tenía secuestrados en su propia aldea, si algún shinobi o aliado de Konoha asomaba sus narices por la frontera. Tsunade le creía. Además de eso, comentaba felizmente lo muy útiles que le estaban resultando los pergaminos con técnicas de Konoha, incluyendo por supuesto las prohibidas. La cara le ardía, el patrimonio de Konoha.
Estaba obligándolos a violentar una regla shinobi milenaria; mezclar los sentimientos en una misión era lo peor que se podía hacer. Y él estaba arrastrándolos a un huracán de emocionalidad, estaba utilizando como escudo a los familiares de los que poseían las armas y el poder ninja. La Quinta sabía que no estaba enfrentándose a un rival ninja común, era más una especie de bandido inescrupuloso sediento de poder. Como todos los de su calaña. Volvió a leer las líneas en las que amenazaba con destruir cualquier documento o pergamino en el que hubiese evidencia de que en ese lugar había existido una aldea con formación shinobi, eliminaría todo cuanto hubiese que pudiese servir para enseñar a próximas generaciones. Jadeó, había tantos jutsus ninja allí, tantos que podrían perfeccionarse y que aún no se le habían enseñado a los niños. Era la gente, la historia, la cultura de Konoha lo que Orochimaru amenazaba con destruir. Era todo. Borrarlos del mapa. Si hacían algo, si se movían, perderían demasiado.
Ceñuda miró al vacío, quizás estaba siendo testigo de la pequeña porción de lucidez que le había tocado a su ex compañero.
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Las respuestas aún estaban siendo muy esquivas para ella, los días que habían transcurrido había estado prácticamente sola y encerrada. La rutina se repetía ese día; Sasuke salía con el cabello humedecido del pequeño cuarto de baño que había al fondo del lugar, terminando de arreglar sus ropas se marchaba sin siquiera dirigirle una palabra. Por supuesto que a ella no se le permitía asomar ni la nariz. La parte más o menos buena del día era cuando regresaba. Reiteradamente había estado teniendo gestos con ella. Alguna palabra, algún comentario que lograra generar integración y compañerismo entre ellos. La última vez le había traído unas frutas muy frescas y jugosas.
―Estás aquí por tu propia voluntad.
Sakura lo miró irresoluta, él comenzaba las conversaciones de formas poco convencionales.
―Te vi peleando aquel día. Podrías irte de aquí caminando si así lo desearas ―continuó ―. Claro, eso habría sido posible antes de que Orochimaru montase la barrera humana que se ha montado.
Demasiada información. Las preguntas brotaron a borbotones de sus labios y él se limitó a responder:
―Los aldeanos fueron trasladados a las fronteras de Konoha, junto a ellos están los guardias de Orochimaru, si cualquiera de la aldea de la hoja que esté afuera, o algún aliado, intentase entrar... los aldeanos serían exterminados sin piedad, frente a sus ojos, a modo de escarmiento. ¿Queda claro que tampoco se puede salir de aquí?
La ironía en su pregunta iba aderezada con ira. Sakura se llevó las manos a su cabeza, obligándola a mantenerse fría. Sentía tanto haber enviado a sus padres así… solos. ¿Y si habían sido capturados?
Sasuke le dedicó una mirada tan gélida como la noche que amenazaba con abarcar el cielo.
Él se lo había advertido, se lo había repetido incluso, la acusó mentalmente. Ahora todo esto se les había venido encima sin darse cuenta. Ella estaba destrozándole los nervios gracias a la carga emocional que representaba tener a alguien tan cercano viviendo allí mismo. Y ahora, hasta las preocupaciones que no hubiese sentido estando solo se agolpaban en sus sesos, justo como le ocurría a ella, que estaba allí masajeando sus sienes como si eso fuese a darle la salida mágica a la tragedia que se acercaba.
Sabía muy bien que de no estar Sakura allí no le hubiese preocupado la vida de los aldeanos, o al menos no a la escala en la que le estaba mortificando aquella situación. No hubo un solo momento en su pasado en el que no estuviese consciente de que los sentimientos que, especialmente ella, producía en él lo hacían…
Débil.
Cuanto odiaba sentirse así, pensó con amargura.
Quizás ya hubiese acabado con Orochimaru, y hasta la posible masacre no hubiese podido ser imaginada por sus cabezas. Sin embargo, había algo que lo detenía: ¿Cómo lo hacía si Orochimaru la estaba utilizando como escudo frente a él? No podía pelear mientras tuviese que estar cuidando de ella.
Su parte racional estaba abandonándolo. Mientras más lo sopesaba, más sentido le encontraba. La culpable de la gravedad de los acontecimientos que estaban ocurriendo era ella. Solo había sido útil para el Sannin.
Y él estaba siendo todo lo que siempre intentó no ser. Sus nudillos se tornaron de un blanco mucho más pálido que el resto de su piel. Sus ojos, de un color carmesí aterrador.
Débil, incapaz, inútil, un simple observador ante la tragedia. Los recuerdos vívidos de su pasado concurrían en su mente y se mezclaban con los rostros de pavor que había visto en la gente que era llevada a la frontera, sin saber su destino, sin otra cosa que esperanzas de poder proteger a los niños.
El mundo era un lugar horrible.
Inesperadamente, sintió una masa de calor agolparse contra su pecho, abrazándolo cálidamente. Sakura estaba sollozando y sus lágrimas mojaban la camisa de Sasuke, que estaba aún impresionado por la invasión a su espacio personal.
Ella no tenía la culpa de nada, aceptó con pesar. Lo que le sucedía a él con ella no era culpa de nadie.
Lo observó a través de las pestañas, con los ojos verdes rutilantes.
―Sasuke Uchiha ―pronunció de manera solemne―. En este momento, mi vida parece no tener muchas esperanzas de ser duradera… así que solo quiero decirte que… nunca… yo nunca he dejado de amarte.
Se sentía estulta, necia, imposible ante él que estaba inmaculado como siempre. No pretendía responder, porque no había respuesta a sus ilusiones, ella lo presentía.
Sus orbes ya estaban lacrimosos así que sabía que no sería gran hazaña que se llenaran nuevamente de lágrimas. Intentó contenerlas. Ninguno de los dos supo si fue la cercanía o la tensión que estaban atravesando, pero repentinamente ambos estaban mirando los labios del otro, y el beso comenzó.
El acto se fue alimentando de las ansias de ella y el deseo acumulado de él. Cuando alcanzó el punto álgido estaban enredando sus manos en el cuello y los cabellos del otro, hasta que la necesidad de respirar de Sakura los separó.
Sin pensarlo demasiado la arrimó bruscamente a su cuerpo que comenzaba a elevar su temperatura, y entre el asombro de ella y el anhelo de su boca se fundió una novedad entre ellos.
Una nueva forma de expresarse. Más temprano que tarde su boca se volvió aventurera y decidió explorar el cuello y el pecho de la muchacha. Sus manos reposaban en las caderas, ocasionando que se calentara todo lo que había debajo de ellas.
El camino que estaban siguiendo los labios masculinos era marcado por la longitud y suavidad de la piel del delicado cuello, que se abría hacia aquel pecho que prometía aventuras todavía más audaces. Y además, en su mente estaba instalado de manera repetitiva el recuerdo que logró capturar con su Sharingan mientras ella dormía.
Sin titubear y guiado por el arrebato que se arremolinaba en su interior, su boca esquivó la blusa y beso la curva de los senos, que increíblemente le resultaban más que apetitosos. Sentía un impulso desconocido por descubrirlos y tocarlos, acariciarlos de todas las maneras posibles y todo el tiempo que pudiera.
Pero Sakura no estaba siquiera sopesando lo mismo. Posando las manos sobre sus pectorales lo apartó con cuidado. Estaba casi pidiendo disculpas, pero cuando se negó era indiscutible que no cedería.
El moreno estaba fuera de lugar, se había dejado ir, había perdido el control de sus pensamientos y obviamente hacia donde lo dirigían. Solo quería más. Con el ceño fruncido la encaró, tratando de comprender por qué lo había rechazado, pero ese pensamiento lo enfureció, él no debía pensar en algo como eso. Era irrelevante. Sin duda cabreado, se dio media vuelta y entró al cuarto de baño.
El sonido de las gotas de agua chocando contra el suelo le recordaba que ella también necesitaba una ducha muy fría para calmar su cuerpo inquieto. Su cara estaba hirviendo por la vergüenza y no entendía muy bien por qué, si ella conocía todo acerca de sexualidad. Al menos lo que respectaba a la teoría lo sabía de pies a cabeza, más que una persona común de su edad. Y no solo en el ámbito estrictamente biológico, conocía todas las implicaciones sociológicas y psíquicas que tenía el sexo. No era ni por asomo malo, era placentero; casi artístico, todo dependía de los amantes. Había leído eso en Icha, Icha Paradise. Afirmación que en particular consideraba bastante acertada. Debía ser hecho, no temido. Se preguntó si le temía, y concluyó que no, pero sí a lo que pudiese ocurrir después. Sin embargo no le había temido a lo que Sasuke pensara de sus sentimientos, pero eso había sido fruto de la repentina y mortal situación en la que estaban, que la hacía pensar que tenía altas probabilidades de morir. Y en ese momento cayó en cuenta de la línea que estaban siguiendo sus pensamientos.
No era el momento para pensar en eso. En cambio, para lo que era imperioso que pensara y más valía que rápido, era para la situación de la aldea.
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―¡Naruto Uzumaki irá a la frontera!
―¡Naruto! ―lo reprendió Tsunade.
―Ni lo pienses, vieja. He dicho, y si esta ha de ser mi última maldita voluntad, tú la respetarás.
La rubia soltó un jadeo de susto, exaltada por la ira y el pánico que le producían las afirmaciones ―que le parecían no menos que brutales― de Naruto.
―¡Niño estúpido! ―rugió, incrédula.
―Naruto… ―empezó Kakashi, en tono cansino y masajeando una de sus sienes.
―Deben volver a confiar en mí. ¿Por qué no quieren volver a confiar en mí? ―preguntó con cara de consternación.
―Porque, muchacho idiota, no has terminado de leer la maldita misiva. Si lo hicieras entenderías que si asomas tu culo por allá Orochimaru comenzará a matar aldeanos a diestra y siniestra. Matará a los familiares de muchos ninja, incluso a ellos, a los que se habían quedado en la villa cuidándolos. ¿Entiendes ahora? ―le gritó al final, totalmente sulfurada.
Agachó la cabeza, comprendiendo las palabras de la Hokage. Naruto Uzumaki era demasiado inquieto, era hiperactivo.
Terminó de leer la carta, más calmado, pero su mente no había cambiado demasiado.
―¿Y? ―gritó―. Se supone que debemos quedarnos de brazos cruzados para siempre ―concluyó irónico.
―Está en manos de los Nara, más pronto que tarde ellos nos darán las directrices acerca de lo que debemos hacer. No es mi intención quedarme a ver cómo el malnacido acaba con la aldea.
Shikamaru hizo acto de presencia en la habitación de hospital donde estaban Tsunade y los demás reunidos, alrededor de la cama donde la mujer estaba conectada a una bolsa de suero. Los aliados del Rayo estaban siendo muy amables al permitirles ocupar su aldea durante días tan difíciles como esos.
El rubio no pudo evitar el impulso y tomó a Nara del cuello de su chaqueta, zarandeándolo bruscamente.
―¿Cuál es el plan? Vamos, pensar no lleva tanto tiempo.
El muchacho se lo sacudió y lo fulminó con la mirada, exasperado por las palabras tan poco verídicas que había soltado Naruto. Él sabía muy bien que pensar podía llevarse toda la vida si uno se lo ponía como meta, pero pocos seres humanos realmente se dedicaban a la profundización y a la meditación. Pensaba que era esa precisamente una de las razones, sino la principal, por la que el mundo era tan horriblemente problemático. La gente no pensaba, no pensaba en absolutamente nada, solo se dedicaban a copiar comportamientos que veían en la mayoría; lo socialmente aceptado, lo fácil, lo aparentemente bueno. No se preguntaban los por qué, solo iban a ello como si tal cosa estuviese perfectamente justificada. Reprimió las ganas de darle una extensa reprimenda a Naruto.
―Un túnel ―fue breve, siendo condescendiente con la poca capacidad de esperar de Naruto.
―¡Un túnel! ―exclamó el rubio, como si hubiese dicho: eureka.
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Orochimaru se relamió los labios, no podía tener tanta suerte. No, claro que no la tenía, todo aquello era fruto de su pericia.
La pelirroja lo miró a través de los anteojos, nerviosa.
―Orochimaru… Sama.
Éste sonrió ladino, interpretando a fondo su vacilación.
―Karin, tiempo si verte. Me comentaron que no fue nada fácil… a ver, ¿Cuál fue la palabra que utilizaron? ̶ divagó, disfrutando de aquello―. Ah, sí, sí. Atrapar, tuvieron que atraparte. Cosa que, como te imaginarás, me sorprendió mucho. ¿Por qué alguien no querría formar parte de mi gran imperio Shinobi? Es decir, quien no quiere ser parte de la realeza.
Karin sabía del estado puro de maldad y locura en el que se mantenía el Sannin, pero escuchándolo era totalmente consciente de que estaba demente. Su ego se había disparado por los cielos y sus aires de grandeza lo obnubilaban, el poder que tenía estaba logrando su cometido. El poder corrompe, sea quien sea esa persona, tener demasiado poder u ostentarlo durante demasiado tiempo solo traía resultados como ese.
Y más si era alguien como Orochimaru, alguien que había pasado la mayor parte de su vida relegado.
La falsa amabilidad pareció lavarse del rostro blancuzco del hombre, dejando una expresión seria tan repentina que la pelirroja sintió pánico.
―¿Sabes a quienes tengo allá abajo? ―señaló el suelo con el índice.
Karin agrandó los ojos. El hombre mitad serpiente asintió, seguro de que obedecería cada una de sus ordenes.
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Sakura estaba al borde de un ataque de claustrofobia. Ya no soportaba estar encerrada allí sabiendo lo que sabía. Y para colmo Sasuke no le había dirigido la palabra desde hacía ya dos noches, lo cual la hacía sentir sumamente incomoda y molesta. No era obligación suya darle sexo.
Pensó un poco en eso. Él ni siquiera la miraba, parecía haber pasado a ser la cosa más insignificante y poco deseable del planeta. Miró al cielo, exasperada por esa clase de pensamientos, su ego estaba sentido, eso era todo. ¿Qué quería ella? ¿Que el se pavoneara constantemente a su alrededor para que luego ella lo rechazara? Aceptó con sinceridad que eso era lo que quería, y cuán poco probable era que sucediera otra vez.
Él simplemente había perdido el interés luego del rechazo. Así era él. No tenía una lucha interna, como ella; que pasaba las pocas horas que compartían en la habitación conteniendo las ganas de volver a rozar sus labios.
Sasuke hizo acto de presencia, ya se había bañado y detrás de él entró una mata de pelo rojo con labios brillantes. Karin observó la habitación, miró detenidamente a Sakura y luego, apartándose el cabello del hombro, dio media vuelta y salió de allí con un paso muy exagerado para el gusto de la Haruno.
Parece que ya le ha perdonado. Pensó estupefacta, al recordar cómo Sasuke había herido de muerte a la joven que acababa de cruzar la puerta.
―Sasuke-Kun, necesito… ―se detuvo cuando lo vio dirigirle aquellos orbes negros directo a la cara― necesito que hagas que salga a la intemperie. Quiero examinar el terreno, quiero ver cómo se mueven los guardias de Orochimaru ―terminó, ignorando la sensación que le recorría el vientre cuando volvió a mirar sus profundos pozos negros.
―Hm.
¿Hm?
―¿Eso es un sí o un no?
―Ya deberías saberlo.
―Pues no, no sé nada, no se absolutamente nada Sasuke. ―y puso un brazo en forma de jarra.
El Uchiha alzó una ceja, atento a la brusquedad repentina en las palabras de su antigua compañera de equipo.
―Sí ―respondió con voz grave, zanjando la conversación de una vez. Era la primera vez que hablaban luego de su imperdonable descontrol.
Ella creyó que le reñiría, y estaba dispuesta a reñir en ese momento, estaba muy dispuesta, pero él estaba mudo otra vez. Por alguna razón su sangre se había calentado cuando lo vio entrar recién bañado junto a esa mujer. Cuando se dio cuenta de la posición que había adoptado su cuerpo se dijo mentalmente que aquello podría haber sido una potencial escena de celos. Aquel pensamiento la escarmentó. No, ella no era así. ¿Cierto?
Ella era una muchacha dulce, inteligente, racional, valiente y sobre todo, tranquila. Y estornudó, al terminar ese pensamiento.
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―¿Sakura, tranquila? ¡Si es una fiera! ¡Es un PUTO MONSTRUO! ―el rubio soltó una risotada.
―¿QUÉ? No hables así de mi flor de cerezo, ¿O.K.? O te voy a… te voy a tener que poner la carota esa tan fea como te dejaré el culo ―balbuceo Lee casi ininteligiblemente, con una cara de enojo exagerada, a la par que alzaba su bebida.
Kakashi y Shikamaru miraron consternados la deplorable escena. No había quedado otra opción. Era eso o arriesgar el plan.
―¿Más sake? ―ofreció Kakashi con resignación, mostrándoles una sonrisita falsa con sus ojos.
―¡Claro, puto pervertido! JAJAJA.
A Kakashi casi se le salen los ojos de las orbitas ante aquel insulto, que no sabía si Naruto pretendía volverlo un gesto de amabilidad con las insoportables palmadas que le estaba dando y que amenazaban con expulsarle los pulmones por la boca.
El de cabello gris cruzó una mirada lastimera con Shikamaru, que entendía muy bien que aquella complicada situación era necesaria para salvaguardar el plan que habían urdido. Pero no se animaba a ser parte del circo. Aquellos dos se habían puesto muy irracionales e incapaces de esperar todo lo que requería esperar para atacar. Parecían toros viendo rojo. Si algún otro tomaba esa actitud, la Quinta había dado la orden de que fuesen emborrachados hasta el punto de no poder interferir. Sí, eran tejemanejes muy al estilo de esa problemática mujer, resolvió Shikamaru.
Sin hacer alboroto se levantó de la mesa y se marchó del lugar, decidido a hacer cosas más importantes, como pensar.
―Guy.
Saludó Shikamaru al salir del bar en la aldea del rayo.
―Jovencito Nara. ―correspondió haciendo su peculiar entonación al hablar. Cuando entró al bar y se encontró con aquella escena infame sintió la sangre de la juventud burbujear en sus venas―. ¡LEE!
El antes mencionado no tenía idea ni de su nombre; con los parpados caídos sobre los ojos rojizos, la cabeza bamboleándole sobre los hombros y una sarta de palabrotas sobre la lengua, no había espacio para bestias verdes ni juventudes efímeras.
La bestia de Konoha recorrió el lugar corriendo, se detuvo a unos pasos de los alcoholizados y respiró fuerte, haciendo casi visible y muy sonoro el aire que salió por sus fosas nasales. Jadeó al ver a Kakashi, totalmente despeinado y con el protector de la Hoja en cualquier sitio menos en el habitual. Naruto tenía una de sus manos en la cabeza de éste, acariciándolo como si fuese un perro.
Su rival rodó los ojos con desgana, y de inmediato volvió a cruzarse de brazos como un niño regañado.
―Todos, he dicho TODOS mis MAESTROS han sido unos PUTOS PERVERTIDOS. En serio, no estoy de BROMA ―el hipo hacía que algunas palabras que el rubio no pretendía decir con mayor entonación fuesen soltadas como gritos― ¡Aahh! ¿No me crees? ―se respondió a sí mismo― pues mira a éste, el mejor ejemplo, el tío es tan pero tan PUTO que se pasa leyendo el LIBRO PERVERTIDO del ermitaño pervertido que en paz descanse AMÉN ―y juntó las palmas frente a su rostro como si estuviese haciendo una plegaria, asintió y cerró los ojos.
Kakashi negó con la cabeza, horrorizado. Guy no daba crédito.
―Mi maestro… ―intervino Lee, arrastrando la lengua― mi maestro tiene revistas. Hay culos y tetas por todas partes, sip, brindemos por los culos y las te… ahp, pero ―pareció recordar algo. Guy lo miraba alarmado―, también tiene unas de "caballeros" ―e hizo un gesto pervertido con sus expresivas cejas. Naruto le respondió poniendo cara de asco― seh, al viejo le gusta mirar pitos. Brindemos por lo piiitos.
―¡BASTA! ―el grito histérico parecía no tener final, fue un intento de opacar la última palabra de su alumno. Guy recorrió como un rayo el corto espacio que aún lo separaba de la mesa donde estaban, gritando como un loco. En aquel momento Lee pareció recobrar un poco de consciencia, pues le tembló hasta el último cabello. Sin embargo, el puñetazo total y endemoniadamente violento que recibió lo devolvió a la inconsciencia.
Los vicios de un shinobi eran, naturalmente, su destrucción.
Muchas gracias por leer. ¡Abrazos!
