Capítulo VII:
La verdadera muerte
Orochimaru miró con altivez la escena. Los bandidos todavía estaban vivos, cuánto le cabreaba que no machacara a sus oponentes. Sabía por qué; eran esos rostros en su mente. Ese Naruto y la niña de cabello rosa, sobre todo ella.
―Deja de pensar en esa niñita, ¿acaso no eres consciente de la maldición que se cierne sobre ti y tu clan maldito?
―¿De qué hablas? ―preguntó el niño de doce años.
―Solo digo que mires tu pasado, Sasuke. A tu clan las masacres y las miserias siempre lo han perseguido. No se puede ser feliz siendo un Uchiha...
Siendo un Uchiha...
Sasuke no estaba en desacuerdo, él no era precisamente la imagen de la felicidad. Ya había sido testigo tantas veces de la desgracia que perseguía a los suyos que no dudaba que fuese cierto.
Su clan había sido relegado y apartado, habían sido vejados y vistos como representantes de un gen maldito que convertía a los hermanos en seres inescrupulosos que se sacaban los ojos los unos a los otros... y él, para todos en Konoha era un criminal. Eran demasiados pecados, al recordarla se preguntaba cómo podía encajar ella en eso. No, la Sakura que él conocía no tenía cabida en su vida. Para ella eran otras cosas, no alguien como él.
El silbido del viento que provenía del bosque danzaba sobre sus oídos con una rima diferente. Parecía avisar que el verde ahora era más turbio y que su espesura solo podría dirigirlo a una terrorífica muerte. Parpadeó, en un intento vano de divisar algo fuera de lo común. Pero esa noche parecía más negra que de costumbre. Quizás era su imaginación jugando con la realidad ya de por sí bastante atrofiada.
Volvió a saltar de tejado en tejado hasta llegar a la casa del rubio. Recordaba muy bien que siempre estaba hecha un desastre. Por alguna razón no dudaba que siguiera así. Confirmando lo que creía, regresó al tejado; se le ocurrió que así pasaría su última noche en Konoha. En el cielo la dueña era la luna, muy pálida y con aspecto gélido. Era una buena habitación para su última noche: con las estrellas como techo y la brisa como un susurro. Intentó que aquello la apartara de su mente.
A pesar de sus esfuerzos, escena por escena fueron reconstruyendose las noches que pasaron juntos, las caricias y los contactos más íntimos, que alguno que otro no era más que una simple mirada, pero que bastaba para ambos. Evocó la última expresión que vio en su rostro al marcharse esa mañana, cuando la dejó encadenada nuevamente. Todas esas cosas lo dañaban, lo modificaban y lo volvían vulnerable.
Orochimaru siempre había logrado esquivar el tema de sacar a Sakura de la aldea, dejándole claro que retenerla allí era parte de su estrategia. Después de tantos años husmeando en su cabeza entendía cuáles eran sus debilidades, no era para menos. Con ella había logrado distraerlo de su objetivo y había ganado tiempo. Su plan ya no podía ser el mismo, tendría que reajustarlo y atacar lo más pronto posible, concluyó.
Si tan solo ella le hubiese hecho caso desde un principio Orochimaru no hubiera podido utilizarla a su favor. Ahora solo encadenada y débil podría quedarse quieta y no interponerse.
Aspiró el aroma nocturno de Konoha, como se aspiran las flores, absorbiendo las estrellas que titilaban en su horizonte. Consciente era de que empujando los recuerdos fuera de su mente y cerrando los ojos tampoco lograría nada. Lo que había hecho lo perseguiría por lo que le quedaba de vida, y las cosas eran lo que eran, aunque corriera y se escondiera. Sus excusas para no pensar en ella estaban desgastadas. Tenía que aceptar que después de haberla dejado de la manera en que lo hizo era muy probable que no siguiera creyendo en él…
Pero era así como debía ser. Duele menos ver a un criminal muerto que a alguien con quien se mantienen lazos. Pronto lo olvidaría y seguiría con su vida…
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Kurenai llevó el dedo índice a su boca, avisándoles que guardaran silencio. Los hombres de Orochimaru afortunadamente no advirtieron sus presencias. A través de la pequeña rendija en la vieja puerta de madera pudo verlos alejarse. Afuera la luz lunar bañaba la noche.
―Dios mío, Kurenai, te ves muy cansada, basta ya.
La ninja hizo caso omiso y siguió vigilando, procurando no ser vista. Al fondo del sótano se encontraba la madre de Shikamaru; clásica mujer testaruda que no se daba por vencida fácilmente. Kurenai estaba comenzando a crisparse, además, el embarazo no le ayudaba mucho a controlar sus estados anímicos.
―Señora Nara, estoy calificada para protegerlos.
―Pero por kami-sama, niña, estás embarazada, ¿te has dado cuenta? ―caminó con rapidez hacia ella, olvidándose de guardar silencio alguno― vamos, vamos, siéntate y duerme un poco, es tarde.
Se fijó en la señora Yamanaka, que estaba al fondo, discutiendo con un niño de corta edad que parecía ser su hijo menor. El niño tenía un gesto resignado y ella solo repetía una y otra vez la misma idea. Cielos, ¿ella iba a ser así?
Kurenai se obligó a cerrar los ojos un momento, no quería ser descortés con la madre de Shikamaru, lo que se estaba convirtiendo en un reto. En menos de dos minutos el sueño la absorbió y la apartó de su terrible realidad.
―Pobre muchacha. Debemos ser agradecidos ―la madre de Chouji les mostró la bolsa de comida que había estado guardando para cuando se les acabaran las reservas. Siempre la tenía lista para su pequeño en caso de que por alguna razón se acabara la comida en casa. Era una madre precavida y era notorio el orgullo que le causaba que todos halagaran tal virtud.
Cuando la ninja de ojos rojizos despertó, observó cómo los rayos de sol entraban a través de la madera en el pequeño lugar. Una patadita en su barriga la terminó de sacar del reino de Morfeo. Tenía hambre, mucha hambre. Cuando giró la cabeza vio a la madre de Ino junto a la de Ten Ten, ambas mirándola con ternura. Frente a sus ojos apareció la madre Nara, ofreciéndole ramen instantáneo. En sus manos tenía un aspecto diferente, parecía más apetitoso, más como… de hogar.
―Gracias ―sonrió con sinceridad.
¿Qué tenían todas esas mujeres? Reflexionando un poco se daba cuenta de cuanta luz desprendían. Cuanta belleza. El pequeño sótano incluso lucía más acogedor. ¿Qué le habían hecho?
Al terminar de devorar su ramen lo entendió, como si un rayo de sol hubiese entrado a su cabeza para llenar todo de luz. No parecía de hogar... parecía de mamá. Sí, eso era. Sonrió dulcemente. Volteó a verlas y con un gesto sincero les obsequió la misma sonrisa dulce. Esperaba representar eso para su bebé. Que sintiera que todo era más bonito, más sabroso, más familiar… que la vida afuera podía ser cualquier cosa, pero allí con ella estaba bien, estaba seguro. Sus ojos se aguaron. Brillantes y cristalinas lágrimas chocaron contra su vestido.
Todas esas mujeres se acercaron de inmediato, consternadas por la preocupación.
―Es el embarazo, es el embarazo… ―repitió y todas sonrieron porque sabían de lo que hablaba.
Era reconfortante contar con personas así en momentos tan duros, solo por un momento olvidaba que afuera había un infierno y recordaba que allí ella era una mujer, una madre.
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Karin miró con horror la cara del Uchiha. No podía ser cierto.
―Hazlo ―ordenó el Sannin.
¡Claro que no!La pelirroja se mordió el labio desesperadamente. ¿Qué pretendía Sasuke con todo eso?
―Sasuke, pero…
―Karin.
El gesto duro en su rostro no mostraba ni un gramo de duda.
Con manos temblorosas y contra su voluntad comenzó con su tarea.
Aquel horrible jutsu por fin sería llevado a cabo. Orochimaru ocuparía el cuerpo de Sasuke Uchiha.
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Perdió la fuerza en sus piernas y cayó sobre sus rodillas, impresionada por lo que veía y rogando porque no fuese verdad. Alrededor de Sasuke descansaba la antigua piel de la gigantesca y abominable serpiente blanca. No había rastro del Sannin, solo aquella horrible cascara daba fe de que había existido.
El cuerpo de Sasuke quedó casi hecho piedra, mirando fijamente a algo inexistente en la habitación. Dentro de él acontecía la batalla, de nuevo se enfrentaban, pero esta vez no dejaría que quedara nada del que había sido su maestro.
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―Dios, por favor…
Contuvo el llanto. Su alma estaba esparcida por todas partes, como pequeños trozos de un astro muerto hace millones de años. ¿Trozos? No, era polvo cósmico, restos de estrellas flotando en la nada, en el vacío que iba multiplicándose y expandiendo el universo. ¿Cuánto de nada soportaría su cuerpo? Respiró, al menos aún estaba viva.
Pero vivir así era… ¿Había algo más miserable? Tenía incertidumbre acerca de todo cuanto le importaba; su aldea, su gente, sus padres, sus amigos, el hombre al que amaba… por vez primera ese verbo le pareció fuera de lugar.
Shisuke entró en la celda, quizás no era justamente la hora a la que Sasuke se lo había pedido, pero no podía combatir las ansias de ver que todo estaba bien para su nueva amiga.
Nunca había tenido una amiga, y se sentía muy bien tener una.
A pesar de que la imagen que Sakura veía estaba enmarcada de lágrimas que entorpecían su visión, pudo descifrar la figura del pequeño.
―¡Shisuke!
En sus manos tintinearon las llaves que le darían la libertad.
Clic clac, clic clac. Separó los pies sintiendo gran alivio. Clic clac, clic clac. Frotó sus muñecas. Acto seguido abrazó al pequeño dándole las gracias por su valentía. Pero él se apresuró a mover las manos en señal de negación.
Se acercó a la oreja de Sakura y comenzó a cuchichearle la razón de que estuviera allí. Mientras lo hacía cubría su boca con su mano, como si alguien fuese a leer sus labios.
―Sasuke-Sama me pidió que viniera a liberarte cuando bajara el sol, aún es muy temprano para eso, pero yo tenía muchas ganas de verte bien ―sonrió sincero, apartándose un poco―. Ustedes son mis personas importantes.
―Gracias, Shisuke, y tú lo eres para nosotros, eres muy importante, por eso no te dejaré aquí. Te llevaré conmigo. Cuidaré de ti y te enseñaré muchas cosas, ya verás.
Sus ojos brillaron intensamente. El color miel hablaba de la dulzura y, era ese justamente el tono de sus irises. Sin razón alguna para Sakura, Shisuke lució contrariado.
―Sasuke-Sama me pidió que te cuidara. Yo te cuidaré, no tú a mí. Me iré contigo y no te pasará nada.
Hubiese reído en otras circunstancias, no en éstas. Que Sasuke enviase al niño a liberarla no la sorprendía demasiado. No quería darle la cara, suponía, y le estaba diciendo, a su modo, que debía irse. Pero algo allí le resultó inquietante.
―¿Es que algo malo va a pasar Shisuke? ¿Sasuke dijo algo más?
Una máscara de madurez se hundió en su cara.
―Que era la última vez que nos veríamos. ―Susurró, antes de que la escena se cerniera sobre él cubriéndolo de recuerdos.
Shisuke pensó en esas palabras por unos segundos, porque las había escuchado antes.
Eso quería decir una cosa… esa cosa… esa palabra fea: despedida.
―¿Es como… como cuando la gente se muere? ―preguntó con el pequeño puño cerrado.
A Sasuke la actitud casi clarividente del niño le daba a entender que ya se había enfrentado con la verdadera muerte. La que no es de uno mismo, sino de aquellos que uno quiere.
―Exacto.
―Está bien ―los hombros le temblaban, pero no se atrevió a contradecirlo, simplemente aceptó sus peticiones con resignación.
Sakura parpadeó, intentando mantener la cordura después de conocer los hechos. Este juego malsano iba a acabar con su sensatez, pero era inevitable para su cerebro conectar los cabos sueltos. En el fondo de su cabeza, entre la lógica que seguía su juicio y la insensatez ocasional, como un mantra se repetía, una y otra vez: La última vez que nos veremos. Estaba de acuerdo con que era una frase digna de él, criptica y enigmática, y que cada vez más le perforaba el cerebro.
Al tiempo que iba razonando acerca de las intenciones de Sasuke, iba poniéndose en pie. Arrastrando al niño caminó fuera de la celda y se dirigió hacia donde sus pies le aconsejaban. Aceleraba el ritmo de sus pasos y lucía agitada a medida que avanzaban.
―¿A dónde vamos?
―No lo sé ―golpeó una puerta, derribándola. No había nadie allí, continuó.
Solo seguía su intuición. Una pesada sensación de gravedad la empujaba.
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Sasuke cayó sobre sus rodillas, llorando sangre.
Desde la alargada garganta serpentina salió una enorme y misteriosa espada. Transmitía un poder humano, parecía estar viva.
A pesar de la ceguera repentina que sufría percibió cómo se acercaba por un costado. Lo había esquivado, bien. Pero un súbito dolor lo petrificó. Aquel lugar oscuro dentro de su técnica ocular parecía todavía más sombrío. La demoníaca espada estaba encajada en su cuerpo y parecía estar devorándole las entrañas, como en sus pesadillas más deformes, las que a causa del poder maldito que guardaban sus ojos había concebido su mente. Pero esto, pese a estar sucediendo en su cabeza, no era nada que se le pareciera a una pesadilla… estaba muriendo allí… no volvería a dominar su cuerpo.
La risa odiosa del otro llenó su cabeza.
―Has sido el mejor alumno que he tenido, Sasuke ―lo miró desde arriba, viendo cómo se desangraba―. Pero no has superado a tu maestro.
Afuera del cuerpo de Sasuke, Karin lo observó moverse nuevamente. Estaba inmaculado, parecía el de siempre.
No obstante, el terror ocupó cada una de sus células cuando miró bien la expresión en la cara del Uchiha. Había algo sumamente deforme en él, la sensación de desfiguración era palpitante y producía un desagradable rechazo. Sus rasgos, que seguían siendo los mismos, y que antes transmitían la sensación de armonía, ahora, pese a no haber cambiado en nada, emitían algo despreciable y abyecto. Ese hombre no era Sasuke Uchiha.
La pelirroja gateó hasta poder esconderse en alguna parte del laboratorio. Escuchó como aquel ser con cuerpo y voz de Sasuke Uchiha llamaba a los guardias. Los hombres entraron, Karin los miraba desde su escondite. Al igual que a ella la criatura frente a sus ojos les causó un temor inimaginable, podía verlos temblar. Ella misma temblaba al percibir el poder de aquel hombre, era ruin e infame. Nunca Sasuke había desprendido tanta repugnancia, definitivamente el dueño de aquella presencia era Orochimaru, un Orochimaru mucho más poderoso.
Se apretó las manos contra las orejas cuando los alaridos desgarrados inundaron la sala. Estaba masacrándolos sin piedad alguna. Dios, no podía descubrirla.
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El sentimiento de soledad se volvió más intenso después de aquellos fuertes gritos de dolor. Sakura miró ceñuda hacia el fondo del pasillo, de donde provenían, la negrura lo volvía más terrorífico.
―Shisuke, tienes que salir de aquí y esperarme en el lugar que te dije, ¿está bien?
El niño no estaba de acuerdo. Tomó la mano de Sakura con más fuerza.
―Yo te cuidaré.
Suspiró, era inamovible, aunque pequeño, pero inamovible.
Sigilosamente llegaron hasta la puerta de donde provenían los sonidos, y antes de que pudieran hacer cualquier movimiento una voz conocida los invitó a pasar.
Era Sasuke, estaba bien, pensó aliviada.
Al mirar sus ojos inyectados de sangre la estremeció un sentimiento que él nunca le había producido. Algo que la hacía sentir sucia.
―Sasu...
En un parpadeo el Uchiha había acribillado al pequeño Shisuke, dejando boquiabierta a Sakura que no pudo ni siquiera presentirlo.
Estaba perpleja ante la escena, la crueldad en su rostro y la manera en que caminaba hacia ella... sintió muchísimas ganas de huir.
Iba a matarla.
¿Qué les ha parecido el capítulo? Creo que ha estado un poco fuerte ese orochi-Sasuke. Ahora creo que se justifica el cambio a rated M, ¡que no es solo por el lemon!
Estaba desesperada por subirlo, la verdad es que saber que hay gente que lee y espera por mis actualizaciones me motiva mucho a sacarlas adelante, así que espero poder seguir el ritmo, ¡y no los estoy chantajeando! Claro que no...
¡Abrazos!
