A mi parecer, ni siquiera tengo excusas por la tardanza, pero les juro que estuve ocupada.
Advierto, que no fue demasiado el empeño que puse en la corrección, así que si ven algún error pueden comentarlo que no me ofendo ni nada ;D
No les jodo más y espero que disfruten el capítulo.
Contrariamente atrayente
-Lujuria-
Para cuando Kardia Salió de una larga ducha –producto de un enmarañado cabello que al final no pudo terminar de domar-, Dégel había salido de la cocina portando una taza humeante que de inmediato llegó a los sentidos del otro identificándolo como un fuerte café negro que en realidad, no tuvo voluntad de rechazar. Le venía mejor que bien ahora que se sentía más despejado.
Dégel dio un sorbo al suyo, pausadamente, y Kardia lo imitó quejándose con un siseo cuando el líquido humeante rozó su labio superior, apartándolo instintivamente de su boca. Observó a Dégel degustar el suyo indemne, haciéndole arquear una ceja con extrañeza.
—Prefiero el café helado—respondió éste adivinando sus pensamientos. ¿A quién demonios podría gustarle el café frío? Ah, claro, al Monsieur. Comenzó a soplar el contenido de su taza y cuando creyó que la temperatura no le pelaría la piel, probó el revitalizante líquido—. Lo mejor para una resaca es un café fuerte.
—No, sino me quejo—contestó tranquilo aunque de un momento a otro sus cejas se unieron, faltaba algo sin duda—. Me gusta así, aunque creo que le negaste algo de azúcar.
Dégel decidió despegar la vista de su teléfono, el cual había tomado para revisar las últimas noticias, y prestarle atención a su inesperado invitado. Después de todo, no parecía haber nada que mereciese especial atención. Señaló un rincón de la cocina en donde descansaban, por orden de tamaño, un trío de contenedores que hacían un sobrio juego en colores opacos.
—El del medio es el que tiene azúcar—no era que no fuese afecto a cantidades generosas de glucosa, pero no era necesario observar durante mucho tiempo a Kardia para entender que a éste sólo debía proveérsele lo estrictamente necesario. Dio un último vistazo a las aplicaciones de noticias diversas de economía y fluctuación de la moneda y se fue a la pantalla principal, pero antes de bloquear, el gadget del clima atrajo su atención—. Umh hoy habrá lluvia…
Kardia se había acomodado frente al otro trayendo consigo el contenedor de azúcar, del que tomó sin titubeos ni dilación tres cucharadas y comenzó a remover llenando el ambiente de un fuerte tintineo que amenazaba con descompletar el juego de tazas de su anfitrión.
— ¿Estás pendiente de esas cosas?—preguntó tras beber de un solo sorbo la mitad del café, ahora tibio— Eres raro.
Dégel le miró, pero no se sintió ofendido—Las personas normales deben estar al pendiente de estos detalles para evitar inconvenientes en sus planes.
— ¿Y tú tienes planes para hoy?
Había sido una pregunta espontánea, no obstante la misma fue suficiente para que el francés dejara la expresión en blanco por unos momentos. Tras hacer un par de parpadeos rápidos, desvió la vista a la negra pantalla de su celular—…No.
Kardia sonrió ampliamente, sin tener muy en claro porqué—Eso es lo de menos, podríamos ir por ahí y enseñarte la ciudad. Seguro que sólo conoces la zona burgués.
Dégel se apresuró a negar—No. El hecho de que no tenga planes no significa que quiera salir en primer lugar—Kardia por supuesto que tenía una réplica para eso, pero el otro le envió una mirada que no retrocedía en lo previamente afirmado—. Hay unos libros que he adquirido recientemente y quería aprovechar el fin de semana para disfrutarlos.
Bueno, debía admitir que le habían atrapado. Kardia dejó caer los hombros en algo parecido a una postura de derrota y movió la taza de manera circular para diluir el poco contenido, el cual no era más que una masa gelatinosa negra y viscosa; consecuencia del edulcorante en el fondo que no logró disolverse. Lo llevó a sus labios mientras golpeaba la parte posterior para obligar a eso a precipitarse hasta su boca.
Dégel le observaba como si fuese un curioso espectáculo.
—No insistiré—dijo el griego mientras limpiaba la taza con los dedos distraídamente —, pero en caso de que cambies de opinión y te aburras de ser un ratón de biblioteca, te dejaré mi teléfono—La expresión de Dégel fue traducida por Kardia como un "No entiendo de lo que hablas".
El griego bufó exasperado y estiró la mano arrebatándole el móvil al francés, el cuál desbloqueó y procedió a teclear hasta que un sonido distorsionado irrumpió en el ambiente por algunos segundos antes de quedar todo en silencio de nuevo, a excepción de los pitidos del veloz tecleo que Kardia ejercía en la pantalla.
—Éste es mi número—explicó mostrándole la pantalla y luego haciéndose algo de espacio e inclinándose en la silla, sacó del bolsillo su propio móvil— y yo grabaré el tuyo.
—Eso no era necesari-
—Tampoco era necesario que me trajeras y lo hiciste. Estamos a mano.
En la cabeza de Dégel la situación tenía otra lógica, pero ni siquiera se molestó en intentar entender cómo funcionaba la mente de Kardia. Viendo en retrospectiva el estado en el que se encontraba la noche anterior, lo necesario tal vez no hubiera sido traerlo a su departamento sino dejarlo en algún centro clínico para evitar una intoxicación etílica. Dégel intentó alcanzar su teléfono, por algún motivo le alteraba los nervios que tocaran sus pertenencias con tanta libertad, y ver la manera tosca en la que Kardia lo manipulaba no colaboraba en lo absoluto a la creciente ansiedad.
—No—detuvo Kardia alejando el aparato del alcance del francés, quien le miró con algo de seria confusión—. No hasta que prometas que si quieres salir, me llamarás a mi primero.
— ¿Qué clase de petición es esa? —inquirió sin comprender esa necesidad de su compañero de obstaculizar incluso en las situaciones más triviales. Le parecía que el asunto tomaba un tinte irritablemente personal.
—Sólo no quiero que lo borres cuando apenas me largue—acompañó la explicación con una sonrisa divertida—. Es sólo una broma, pero de cualquier forma si te aburres del encierro puedo crear un plan para diferentes gustos—agregó mientras deslizaba el aparato al alcance del otro.
—No sé cómo interpretar esa propuesta.
—Como mejor te parezca—el griego se puso de pie y tomó tanto cartera como móvil dejándolos caer en sus bolsillos para luego encaramarse el saco sobre el hombro, que aunque estaba perfectamente limpio e impoluto, no le apetecía estar con ropas formales un sábado. A la rebeldía sabatina le acompañaban los botones de su camisa abiertos hasta la mitad del pecho—, lo de los planes no era una broma.
Dégel no respondió, pero Kardia no pasó inadvertida la manera en la que había desviado la mirada. Se rascó la nuca unos instantes de forma distraída y en ese momento sus ojos se dirigieron a la ventana, confirmando que unas nubes comenzaban a opacar los rayos solares—Bueno, no te quito más tu tiempo. Nos vemos.
Dégel asintió y se incorporó acompañándole hasta la puerta. Sintió el impulso de proponerle que se quedara hasta el almuerzo, pero la parte lógica de su cabeza actuó negándose a establecer conexiones ajenas a las necesarias. Kardia fuera del departamento le guiñó un ojo y comenzó a andar hacia el ascensor reiterándole animadamente la propuesta de llamarle si quería salir de la rutina.
.
.
Un timbre se dejó oír a lo lejos.
No podía identificarlo del todo, pero poco a poco su cabeza se fue abriendo paso a la consciencia, a un paso innecesariamente lento cabía destacar. El sonido era cada vez más claro y el volumen incrementaba a medida que recuperaba los sentidos y unos pocos segundos más le bastaron para reconocer la melodía de Paranoid que identificaba el tono de llamada entrante y que en ese momento interpretaba escandalosamente su teléfono móvil.
Resoplando más por fastidio que por molestia, se incorporó lentamente sobre un codo, estirando su brazo para alcanzar el aparato del mal que había colocado en la mesita que tenía en el centro de su sala. Su espalda se quejó del movimiento con un crujido sordo, recordándole por-quién-sabe-qué-vez que el sofá no era un buen lugar para descansar y mucho menos para dormir. Sin embargo el auto-reproche fue recibido tarde y dicha acción tampoco iba a espantar la puntada que en ese momento comenzaba a someter a su coxis a una tortura.
—Mierda…—farfulló con incomodidad mientras abría la llamada haciendo caso omiso al identificador, evitando así el castigo de sus ojos a la incandescencia lacerante de la pantalla tras una larga siesta que se sumaba a la oscuridad en la que se encontraba sumido el espacio— ¿Buenas noches…?—el saludo salió áspero haciéndole aclarar la garganta ruidosamente.
— ¿A qué se debe tanta educación?—se escuchó una escandalosa y divertida exclamación al otro lado del auricular.
Kardia esbozó una sonrisa perezosa y adormilada mientras su cerebro hacía las conexiones necesarias para tratar de coordinar sus pensamientos con los sentidos vocálicos.
—A que interrumpiste un sueño y aún no despierto.
— ¿Erótico?
—Déjame ver…—se removió, fingiendo revisar dentro su pantalón—. Me parece que no me dejaste terminar.
Manigoldo volvió a reír tan fuerte que Kardia tuvo que apartar un instante el celular para evitar una jaqueca, tarde fue para ello. A veces tenía verdadera compasión por Albafica, quien soportaba más de lo necesario a su irremediable amigo, aunque él no era un caso muy distante según varios testimonios. La verdad no lo comprendía.
— ¿Y cómo te terminó de ir?
Kardia tardó más segundos de los necesarios en que la pregunta del otro cobrara algún sentido. Sus cejas se fruncieron involuntariamente a la par que pensaba en los últimos acontecimientos para poder interpretar la pregunta de su amigo. El viernes habían estado en el bar hasta que sus recuerdos le abandonaron, el sábado salió del departamento de Dégel tras aceptar de muy buena gana un café expreso –«café para ebrios» categorizó el francés en los recuerdos de Kardia aunque no fue así como lo llamó precisamente- que le activó los sentidos lo suficiente para volver a su casa, y tras otra ronda de café luego de una visita a la tienda de la esquina al conjunto, pasó el resto de su tarde entre frituras, manzanas, películas, pensamientos difusos y divagaciones, lo último en realidad era normal.
—Si te refieres a tu auto, sigue intacto—probó.
—No me refiero a eso—chaqueó el italiano y en su cabeza Kardia pudo divisarlo rodando los ojos, cosa que le causó bastante gracia—. No te hagas el recatado. ¿Avanzaste con carita bonita?
— ¿Debía pasar algo? —preguntó de vuelta. El resoplido de Manigoldo reveló una profunda decepción que no pasó desapercibida.
—No me digas que te quedaste dormido—una ceja enarcada fue su única reacción ante la aseveración—. Parecía que eso iba a algo más.
—No creo estar siguiéndote.
—Qué novedad—bufó Manigoldo —, por algún motivo no me extraña. Bueno, ya que no hay nada que contar entonces te dejo seguir con las mujerzuelas de Morfeo. Te aconsejo que uses crema hidratante en las manos para que no te salgan ampollas de tanta jalada.
— ¿Tips aprendidos en tu convivencia con Albafica?
—Con algo uno tiene que sobrevivir a la abstinencia obligada.
Kardia tensó un extremo de sus labios en una sonrisa torcida ante la idea—Tomaré en cuenta tus sabios consejos. Ahora—enfatizó y Manigoldo sólo rio entendiendo la indirecta.
—Procura dejar algo para cuando no tengas que consolarte a solas.
—Tengo suficiente.
—Ya quisieras, bastardo—refunfuñó el italiano antes de cortar la llamada.
La mano que aún sostenía el móvil cayó perezosamente a un lado. El mueble le seguía pareciendo sumamente incómodo pero aún se negaba a la idea de despegarse de él en busca de su propia cama hasta el día siguiente. La oscuridad aún seguía bañando la estancia interrumpida por los halos luminosos que se colaban de los faros de los autos que transitaban cerca, pero aparte de ello, todo quedaba sumido en una oscuridad soporífera que le hacía renunciar a cualquier intención de moverse.
Kardia exhaló todo el aire de un solo golpe, desinflándose con el áspero sonido de sus pulmones vaciándose. Para él no era difícil volver a cerrar los ojos y abrirlos cuando la luz diurna le obligara a ir a trabajar, pero la idea de que su espalda resintiera su poca disposición de buscar acomodo, le mantuvo despierto algunos minutos más, al menos los suficientes como para repasar sucesos carentes de importancia y otros no tanto.
El timbre volvió a despabilarle sobresaltándole y ya, tenso, estampó el móvil contra su oreja una vez deslizó el botón que contestaba la llamada, entrecerrando los ojos para no lastimarse con la pantalla como minutos atrás.
—Joder, maldito cangrejo ¿qué parte de "una paja" no entiendes? ¿Tan siquiera podrías calcular algunos minutos para que me dejes terminar?—contestó falsamente indignado, pues las bromas entre ellos tomaban rumbos que para el entorno siempre eran incompresibles hasta que alguno de los dos terminaba estallando en risas.
Silencio…
Kardia entrecerró los ojos extrañado por el repentino mutismo, él podría jurar que a Manigoldo se le había olvidado decirle que lo pasara buscando ya que se había quedado con su auto el fin de semana como solía pasar cuando se iban de juerga y dormían en casas distintas. La llamada seguía activa, podía saberlo por una silenciosa y desacompasada respiración al otro lado. A nada estuvo de hacer el primer llamado cuando una idea como relámpago irrumpió en su cabeza haciéndole caerse del mueble dándose un fuerte golpe que le aturdió más por la sorpresa que por el dolor.
— ¡Mierda! —vociferó más avergonzado que adolorido.
Asumiendo el hecho de que acababa de cagarla, se decidió a enfrentar la pantalla de su teléfono y menos decepcionado de lo que esperaba se animó a hablar mientras se dejaba caer –esta vez sentado- en el sofá con un brazo extendido sobre el espaldar.
—Sólo bromeaba, pensé que era Manigoldo con ganas de molestar de nuevo y a veces tengo que ser un tanto brusco para que deje de joder—repuso rápidamente con un temblor en el tono de voz que se escuchó bastante torpe para su gusto.
—Ah…—atinó a responder Dégel, sintiéndose tonto al no ser capaz de reunir todos sus procedimientos mentales para elaborar una respuesta menos mecanizada.
Kardia comenzaba a sentir que la vergüenza le ganaba, pero prefirió ignorarla yendo directamente al grano. La verdad es que era víctima de una sorpresa tan abrumadora al tener por sentado que Dégel nunca tomaría la iniciativa de llamarle. ¿Habrá tomado en consideración su propuesta? No, no lo creía pero ¿por qué mejor no le preguntaba y salía de dudas? Sí, eso—Y… ¿a qué debo el honor de tu llamada?
Por su parte, Dégel seguía experimentando un espasmo que le hacía cerrar su mano libre en un puño repetidas veces para sacudirse el sopor, ignorando el cosquilleo en los pómulos que era un indicativo de una repentina concentración de sangre que delataba una inusitada vergüenza.
—La verdad no era muy importante…—comenzó suavemente, en algún momento sus pensamientos habían perdido la elaborada disculpa por la llamada a deshoras, pero ya no había tiempo para algo así—. Te quería escribir un mensaje, pero no me pareció apropiado. Puedo llamar en un rato si lo deseas—propuso al recuperar la compostura.
Kardia resopló una risilla—No tienes que ser tan formal y como ya te dije, no estaba ocupado, sólo fue una broma. ¿No estarás pensando que soy un adolescente hormonal que necesita de eso?
—No he dicho nada—se apresuró a afirmar Dégel ligeramente ruborizado—. En ese caso, me disculpo por llamarte en tu día de descanso, pero quería asegurarme de decírtelo antes de mañana.
— ¿Um?—murmuró Kardia ahora enterrando los dedos entre su cabello para aplacar el desastre que la siesta había hecho en él. Por extraño que parezca, no dejó que en esta ocasión la ansiedad le venciera y se dispuso a esperar una respuesta que no tardó en llegar.
—El día que fuimos al bar—comenzó suavemente Dégel, buscando apoyo recargándose contra la pared— llevaba un folder con varios archivos que estoy analizando. Recuerdo que los dejé en el auto para no olvidarlos o arruinarlos al tenerlos conmigo.
—Si son de la compañía, deberían estar en tu correo—recordó Kardia al tanto de los procedimientos burocráticos con los que lidiaba a diario.
—Lo están—afirmó Dégel—, pero en esos, específicamente, había resaltado muchas correcciones y sería tedioso para mí volver a estudiarlos desde el principio.
—Oh, entiendo—dijo Kardia con un asentimiento comprensivo—. No te preocupes, ahí deben seguir. Lo dejaré en tu escritorio apenas llegue—dejó escapar un suspiro dramático que para su sorpresa, generó curiosidad al otro lado de la línea.
— ¿Ocurre algo?
Si la pregunta fue realizada por educación, a Kardia le tenía sin cuidado ese fútil detalle. Sonrió —Sólo que pensaba en que es un poco decepcionante que tu primera llamada sea para asuntos de trabajo.
—No veo para qué otra cosa podría llamar.
—Para muchas cosas. Para recomendarme la película del domingo, contarme una anécdota, insultarme por inundar tu baño, pedirme una cita…
Pasaron algunos segundos en los que Kardia se limitó a esperar una reacción. Desde su perspectiva, no había sido para tanto a menos que el otro muchacho fuese especialmente susceptible a esos temas, de cualquier modo, no pensaba retractarse de lo dicho, así era su estilo y lo mejor sería que se fuese acostumbrando a sus dobles sentidos. Resopló y decidido a tomar de nuevo la palabra para eliminar la tenue tensión, fue interrumpido por su interlocutor.
—De todas las opciones que has dicho, la última es la que me parece más propia de ti.
Ante tal respuesta dejó ver un súbito parpadeo frenético antes de mostrar los incisivos en una sonrisa altanera—Aún no has visto lo que verdaderamente es propio de mí.
Le pareció escuchar una risilla amortiguada y no le costó imaginarse el dorso los dedos del otro apoyados suavemente contra los delgados y pálidos labios—Entonces ejercitaré mi imaginación—cerró Dégel—. Buenas noches.
—Sí…—respondió Kardia picado por aguantarse las ganas de preguntar hasta dónde llegaría la imaginación del otro, asunto que irreprimiblemente potenció la suya.
La llamada fue cerrada sin demasiado preámbulo, y Kardia aún reaccionando -y asimilando lo ocurrido-, dejó caer el móvil mostrando una sonrisa ladina. No podía creer que tan rápido hubiera tenido una conversación telefónica y que terminaría siendo el francés quien requiriera llamarle primero. Mentiría si dijera que eso no le provocaba una morbosa satisfacción. Lejos de estar apenado por la inusual manera en la que contestó la llamada de su compañero, hubiera pagado lo que sea con tal de haber tenido la oportunidad de vislumbrar el rostro de éste. No le costó imaginarlo estupefacto, desencajado, parpadeante.
Era un hecho que la voz temblorosa, las pausas y las dudosas respuestas eran suficientes pruebas para entender que no estaba muy ajeno a esa realidad; aunque la conversación tomara un inesperado rumbo. Él jamás había pensado que aquel impulso de arrebatarle el móvil a Dégel y grabar su número en él, sería provechoso, pero resultaba lamentable que algún comentario desdeñoso al respecto, moriría en sus pensamientos y nada más.
Varios minutos habían pasado desde que la llamada había culminado y Kardia se hallaba en la misma posición. Los ojos fijos en las siluetas de la oscuridad, tomando otras formas, transfigurándose en dibujos que inconscientemente había querido ignorar. Se pasó las manos por la frente, eliminando una pequeña capa de sudor que se había acumulado sin que reparara en ello, pero eso no había sido suficiente, las reacciones de su cuerpo hablaban más que su transpiración.
A pesar de que el día había sido frío tras la lluvia del anterior, la temperatura de su sistema se empeñaba en aumentar, aturdiéndole, embotándole de un impulso nervioso que aceleró su ritmo cardíaco a un nivel frenético que se repetía en las venas de su cuello y bramaba injurias en sus sienes, como si quisiera buscar un escape. Los constantes vapores que expedía su nariz en una respiración que se agitaba progresivamente. Le costó percatarse que sus manos habían comenzado a sudar y fue víctima de unas irreprimible ganas que le obligaban a deslizarlas hacia las zonas erógenas que alimentaban el incesante fluir de su sangre.
Todo aquello iba acompañado de una llamativa erección que se veía obligado a consolar como había bromeado Manigoldo minutos atrás. Si tan sólo supiera.
Sobraba decir que había fallado.
Había fallado al ignorar las imágenes de la piel expuesta de su contrincante; aun así, no se sentía confundido ni tampoco en él reinaba una imperativa necesidad de alejar la nívea epidermis de su cabeza, las sombras que proyectaban los contornos de su cuerpo y las fantasías que fraguaba su mente del rostro inexpresivo rendido a las emociones primitivas. Kardia dejó caer la cabeza hacia atrás, hundiéndola con ímpetu en el cojín del espaldar como si quisiera fundirse con éste mientras su boca exhalaba un suspiro satisfecho al sentir los gruesos dedos bordeando su eje en un masaje compensatorio y anticipador a las ilusiones alicientes, que le acompañarían los siguientes turbulentos segundos.
Jadeó con la voz estrangulada por el ansia contenida y los músculos de su pelvis se contrajeron al sentir el firme agarre alrededor de su falo, palpitante y ansioso. Un instante dedicado a sus recuerdos evocando la media desnudez del protagonista de su fantasía y el siguiente, al vertiginoso ritmo con el que su muñeca comenzó a mecerse por su hombría, atragantándolo de un éxtasis efervescente que amenazaba con consumirle, sumergiéndole en un vaho nebuloso con una imagen en sus pensamientos y un nombre en sus apretados labios.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, otros labios pronunciaban el suyo.
Quizás se esperaban un capítulo candente y toda la cosa, pero lamento decirles que yo no soy de esas, no sé nada de escribir sexo y esas cosas de adultos. Ay, sí.
Los reviews serán agradecidos.
Hasta la próxima.
