La regla 34.
"Si existe, entonces debe tener una versión porno."
Placer
Con la horrible ola de calor asolando toda Australia, Rin se sintió morir cuando el casero le anunció que el aire acondicionado de su departamento estaba averiado y que habría que cambiarlo. Lo peor de todo es que, por mucho que se apuraran, lo mínimo que tendría que esperar, sería alrededor de una semana, y, a dos días de que Aiichirou arribara en la ciudad para visitarlo, eso no le hizo mucha gracia.
Tuvo que comprar un ventilador de piso para poder dormir y las sábanas no se le pegaran a la piel. De hecho, para el amanecer, se descubría a sí mismo durmiendo en el piso, que era más fresco, sin recordar siquiera cuando se había bajado de la cama con todo y almohada.
A la llegada de su novio a la ciudad, los arrumacos quedaron prohibidos, en un acuerdo tácito pactado en el momento en que se sintieron horriblemente pegajosos con tan sólo un abrazo.
Claro estaba que, de vez en cuando, a Rin se le escapaban las manos. Si Ai se distraía y se colocaba en alguna posición descuidada pero antójable, el pelirrojo dejaba ir sus dedos hacia su amante, quien lo separaba apenas volvieran a sudar de más.
Toda esa situación era desesperante. Acalorados, con sus aromas maximizados y sin poder darse un "arrimón" decente, Matsoka se encontró, para el final de la semana sumamente frustrado.
Para la noche del sábado, decidido a esa racha de tener cerca al peligris sin hacerle nada, le encerró en el baño mientras éste se duchaba y decidido se metió con él a la fuerza.
Se besaron a la fuerza bajo el la lluvia de agua caliente que la tubería, soldada por el sol, hacía imposible que el líquido siquiera llegara fresco al caer. El tacto ávido y torpe de su pareja, lo enloquecieron rudamente, cansado de esos seis meses de abstinencia y esa tortuosa semana infernal. Rin perdió el conocimiento de sí mismo y, ni lento ni perezoso, como despertado en una siguiente escena de una película cualquiera, recobró la cordura cuando ya tenía a Nitori contra las baldosas del baño, gimiéndole a la loza bastante urgido. Ni siquiera le importó que había dicho al casero que Aiichirou era sólo un amigo.
Cuando se lo llevo fuera, cargándolo sin dejar de penetrarlo, lo arrojó contra la cama sin distraerse de su labor, que poco pudo darse cuenta de que el aire acondicionado había comenzado a funcionar de nuevo.
Tan metido estaba en el estímulo de sentir la apretada cavidad de su novio, olvidada por tantos meses, que pensó que era mentira el frío que se pegó a su espalda mojada. Era delicioso ese contraste de placer sexual con el placer mundano de refrescarse con una brisa helada.
Empapados secando sus cuerpos con el aire frío mientras el sudor caliente les rebosaba de los poros. Jamás, en su vida, había estado ante el abrazador placer de encontrarse en el medio de dos temperaturas.
—Mmmh…Ai.
Le gruñó en la oreja, con el interior del cuerpo caliente como una caldera. Y bastó que su amante dijera tímido su nombre, para que, de una forma que jamás le había pasado, venirse en un raudal de sensaciones psicodélicas que el frío y el calor le provocaban. De hecho, no se dio cuenta que el pleigris también se había corrido, hasta que el semen, que le había embarrado el pecho, comenzó a congelarse dándole un espasmo exagerado que lo regresó a la realidad.
—Eso…e-so— habló con dificultad, sus pulmones subiendo y bajando demasiado rápido, buscando recobrar el aliento.
—...fue increíble, senpai — le completó el otro, acurrucando a su pecho.
— ¿Cuándo comenzó a funcionar otra vez del aire acondicionado?
—Desde que comenzó a "cogerme" en el piso del baño, senpai. — le contestó un adormilado Nitori.
Rin tembló, por mero instinto. Si el sexo era bueno, ahora practicarlo en un caluroso verano con el aire fuertemente encendido y con su recatado amante diciendo palabrotas…eso era, sin duda alguna, todo un placer.
おわり
Me demoré un poco hoy. Me llené de trabajo, ni modo.
En fin, nos leemos en unas horas.
.Misao Kirimachi Surasai.
