Iba a disculparme por la tardanza, pero sé que me odiarán de todas maneras. ¡Es que soy distraída! ...ysoymuyflojatambién. Bien, el título del fic y éste capitulo está inspirado en una película, si adivinas, te doy una mordida del chocolate que le robe a Mello. Vale, basta.
II
Cuando despertó, encontró a la misma enfermera de antes, a la que leía las novelas mientras le cuidaba, pero ésta vez no tenía ninguna al alcance, solamente le miraba. Mail supo al instante lo que ella ansiaba preguntarle con tantas ganas, y fue entonces cuando supo la respuesta a la pregunta que antes le hubieran hecho constantemente.
Tuvo que esperar hasta que el doctor decidiera darle de alta, el día se le hizo eterno, y por la noche no fue capaz de dormir bien. La enfermera iba y venía durante la tarde, y por la noche tuvo que irse, no sin decirle antes que alguien más iba a mantener la guardia. Mail no quería hablar con nadie más. Le pidió que se quedara, alegando que era el único rostro conocido, pero ella se negó. Se acercó para darle un beso en la mejilla y luego se despidió de él. Mail esperó más tranquilo hasta que una enfermera diferente llegó para cuidarle. Esa noche se la pasó pensando en una realidad que fuera diferente a la suya, se inventó un alias. Un alias para usar donde nadie le conociera, y pudiera empezar desde cero sin tener que estar constantemente vigilado por doctores que no hacían nada por ayudarle en realidad.
-o-
En casa escuchó la plática que sostenían el doctor que alegaba iba a ayudarle y la pareja que antes fueran sus padres. Mail había decidido que era ahora un huérfano, y que esa familia que vivía en la casa y le cuidaba ya no era la suya.
En la sala los tres hablaban, mientras el doctor lo hacía en un tono considerable, el hombre de apellido Jeevas hablaba como si Mail no existiera ahí, y por lo tanto no le importaba si le escuchaba hablar de aquella forma. Repitió cinco veces que él estaba enfermo, y desorientado. Dijo también que no era su hijo, y que aunque no debería ya responsabilizarse por ello, iba a hacerlo por última vez con la esperanza de que Mail mejorara, al menos, para pasar por un muchacho normal frente a los demás. Dijo que no era normal. Mail estaba escuchando todo desde las escaleras, con unos goggles puestos sobre los ojos, viendo todo en tonos naranjas y completamente diferente. Le hacía ver las cosas menos crueles, pero las palabras eran las mismas.
Desorientado era una nueva clasificación, y aunque Mail no estaba completamente seguro de estarlo o no, no pudo objetar nada.
La mujer pelirroja casi no habló, y Mail desde arriba no era capaz de notar si en su rostro ella opinaba lo mismo de él.
—Sé que está preocupada, señora, pero le aseguro que Mail estará muy bien ahí.
¿Ahí dónde?
—¿Cuánto tiempo? —la voz de la mujer se rompió al final, Mail se encontraba confundido. Se suponía que no se preocupaban por él, que lo que les importaba era verse bien con sus amigos, y en las cenas ofrecer una buena comida y la suficiente cantidad de alcohol como para que las personas empezaran a elogiarse sin sentido, pero sin llegar a decirse lo que en verdad opinaban del otro. Se suponía que no se preocupaban, porque no eran sus padres, y cada vez esa pareja le parecían más y más desconocidos. ¿Por qué se escuchaba así? ¿Qué era lo que le dolía? Si es que le dolía, o era una actuación.
—Hasta que se cure. —fue la respuesta.
El auto en el que había llegado el doctor olía a viejo. Mail estaba ahí, en el asiento de adelante, porque debían cuidar que no hiciera nada indebido. La mujer casada con Jeevas había entrado a la habitación de Mail y había hecho una maleta con la ropa del armario, y todo eso sin decir una palabra, pero bajo el casi inaudible sonido de sus sollozos. Mail pretendía no prestar atención a eso mientras tecleaba en su portátil, y de vez en cuando la miraba de reojo, todavía con los goggles puestos. Eligió la ropa de rallas que tanto le gustaba, sus botas favoritas y un par de abrigos. La maleta no era muy grande, luego de eso la había bajado y metido en la cajuela del viejo auto. Ahí, cuando el motor arrancó y Mail se sumergió en un estado de trance, mientras el doctor conducía a quién sabe dónde, y la pelirroja y el hombre de ojos verdes miraban desde la puerta de la casa, sin tocarse, como si fueran repelentes, olvidaron despedirse de él.
Mail soltó un suspiro, casi no había hablado en días. Si apenas un par de sís unos nos, y encogerse de hombros le habían servido como comunicación, pero había tenido tan poco tiempo en casa que no le había dado oportunidad de absolutamente nada. Se había guardado una consola en el pantalón, y una cajetilla de cigarros y un encendedor en la otra. Esa fue la que sacó mientras el viejo conducía, y le miraba atento, como encendía el famoso tubo de cáncer y lo llevaba a sus labios, haciéndole sentir un alivio que no encontraba ya en muchas otras cosas.
Luego de un rato, el auto se adentró en un gran terreno luego de cruzar una reja metálica. Había un gran jardín y guardias que cerraron la reja inmediatamente después. Flores, que hacían ver el lugar tan tranquilo, que Mail tubo que asomarse por la ventanilla del auto para poder mirar mejor. Era una gran casa, algo que parecía en verdad una mansión. Las letras grandes y doradas se leían reflejando el brillo del sol: "Wammy's House".
Bajaron del auto, entraron a la recepción. Mail miró todo, y le gustó tanto que se quitó los goggles del rostro y los dejó colgando en su cuello. Estaba imaginándose tantas cosas ahí…
Detrás de la recepción había una mujer mayor, de poco cabello y lentes cubriendo sus ojos azules, casi grises por la edad. El doctor le entregó una carpeta con papeles, ella la abrió, eran las formas firmadas que daban la autorización de encerrarle ahí. Volteó la mirada mientras ella le comentaba algo al doctor, con una sonrisa. Mail notó a las enfermeras, se les notaba diferente a la enfermera que le atendió antes en el hospital. Las de ahí se veían cansadas, como si claramente su trabajo fuera más demandante. ¿Qué era ahí, realmente? El doctor con el que había llegado, del cual no sabía su nombre, ni le interesaba saber, se acercó a otro hombre mayor que se acercó por el pasillo. Le saludó, le dijo algo sobre Mail, pero él no quiso escuchar. Caminó hacia adentro, de la recepción se iba a un pasillo que daba a una reja que dividía eso de un área más grande, llena de gente. Escucha voces de aquel lado, voces que le intrigaban, y risas. Mail se asomó, había otro pasillo muy largo, todo era blanco y color crema, se veía extraño.
—Mail. —le llamaron haciéndole sobresaltar. Se giró para ver al doctor junto con el otro hombre. Lo presentó como Roger, le dijo que él se iba a encargar de su cuidado a partir de ese día.
Le guió adentro, cuando el otro doctor se fue. Roger le dijo que ahí tenían 3 zonas diferentes donde residían los pacientes y que a él le había tocado en el de bajo riesgo, por suerte. Mail sonrió y cambió esas palabras en su mente; en lugar de pacientes, alumnos. Y en lugar de bajo riesgo, imaginó…imaginó que decía alto rango. Mail sonrió todo el camino luego de cruzar la reja e ir por el largo pasillo de color crema. En las habitaciones había más chicos, algunas de las puertas estaban cerradas, otras entreabiertas. Un par de chicos se encontraban detrás de ellas, mirando al nuevo pasar. Casi al final del pasillo estaba la habitación que compartiría con alguien más. Roger lo llevó y abrió la puerta. En el piso de la habitación, entre las dos camas sencillas, había un muchacho completamente blanco jugando con un rompecabezas. Camisa blanca, pantalones blancos, calcetines blancos, cabello blanco, rompecabezas blanco. Alzó la mirada, sus grandes ojos negros se posaron sobre Mail y luego le sonrió. Roger dijo que iban a ser compañeros, y lo presentó como Nate. Mail iba a acercarse, a saludarle y darle la mano para presentarse cuando escuchó un alboroto afuera.
Roger volteó, saliendo de la habitación para encontrar a alguien que pudiera informarle lo que pasaba.
—Acaba de llegar. —dijo una de las enfermeras, y el rostro de Roger se contrajo. Mail le miró y luego el viejo se disculpó diciendo que era un asunto importante.
—Nate, por favor explícale, confío en ti. —luego de eso salió hacia el pasillo. La calma que antes hubiera ahí, se había convertido en un extraño ambiente de tensión. Mail vio a los enfermeros ir hacia la salida, y las puertas abrirse y los pacientes—alumnos salir de sus habitaciones para asomarse y enterarse también.
La habitación tenía una ventana, Mail escuchó ruidos por ahí y corrió a subirse a la que sería su cama, para poder asomarse. Afuera había una patrulla de policía y dos de ellos. Uno sostenía a alguien de cabello rubio, delgado, vestido de negro. Parecía una chica delgada, ¿o era un chico? Roger salió de la casa al jardín para hablar con los policías, y luego llevaron a quien traían como preso hasta adentro. Podía escuchar los gritos pasar del jardín a la recepción y luego adentro. Al parecer por la voz, Mail dedujo que era un chico, quizá de su misma edad. Un policía lo arrastró, Mail se asomó después al pasillo, Nate no se levantó ni para eso, en cambio siguió jugando. Mail se quedó adentro, pero con la cabeza afuera, observando. Se puso los goggles, como si con eso no fueran a mirarle. Pero el chico rubio, una vez que gritó que le soltaran y el policía hiciera caso, se acomodó la ropa, le escupió al policía y luego miró al pasillo. Estaba ya del otro lado de la reja, encerrado de nuevo. Roger se acercó para tranquilizarlo, y lo hizo. Tenía el rostro fino y los ojos brillaban turquesa. El cabello rubio estaba con un corte recto, le hacía lucir extraño, e incluso viéndolo así, todavía le hacía pensar que parecía una chica. Mail se contuvo una sonrisa, porque el rubio se acercó por el pasillo hasta donde él estaba, casi corriendo. De la nada se le puso enfrente, se veía enojado. Roger llegó a detenerlo demasiado tarde.
