¡No me maten! Soy un buen perro...trato de serlo asdkjasd okay. Eh, les dejo un capi un poquito más largo que los anteriores, ¡espero que les guste! Por ahí me dijeron que olvido poner los disclaimers y que me quitaran esto así que
¡LO SIENTO!
Disclaimer: Death Note no es mío, pertenece a sus respectivos creadores, ya que si fuera mío, se basaría en este par de idiotas de inicial M y sería puro yaoi, yo solo tomo esto para mi placer y si tengo suerte el de ustedes.
Bueh, ahora debo disculparme por la tardanza, aunque no me quieran perdonar. *les da chocolate para sobornarlas*
¡Gracias a quien me lee! Miles de gracias, las adoro mucho mucho! Quiero dedicarle este cap a mi Mello~ MxM's Holic, (vayan a leerla si no lo han hecho, aunque sé que con las maravillas que hace ustedes ya lo hicieron) dios, o sea ella es DIOS y yo no soy más que su perro.
Los dejo con los loquitos encerrados en el Wammys, quiero hacer tantas cosas y asdkhaskd no me alcanzan las hojas, ok enjoy!
PD: a quien me ha preguntado, no sé contesté, pero ya agregé al summary que sí habrá yaoi, despuesito (si tengo suerte, en el capi que sigue) así que si no les gusta, mil perdones, pero sí habrá.
Había llegado a Wammy's media hora atrás, y Mail ya se encontraba sentado en una de las mesas del comedor con su plato de comida enfrente, jugando con ella un poco y luego tomando un bocado. No sabía mal, no era la que le hacían en donde antes vivía, ese lugar ya no es mi casa,pero la comida era bastante decente. Terminó luego de haber visto a la niña castaña de antes y al chico alto y delgado de cabello negro revuelto, él de la nada se había puesto a cuatro patas en el suelo, como si nada, y nadie ahí se atrevió a decirle algo. Estaba comiendo algo que se lamía de los dedos, Mail sintió un ligero escalofrío ante la escena y luego terminó su comida sin volver a mirarle.
Salió como Roger le había dicho, un rato para "despejarse" mientras los demás parecían disfrutar de los rayos de sol que les tocaban diariamente, y se sentó bajo el árbol que antes había visto.
Tenía ganas de sacar la consola que escondía en sus pantalones, pero decidió no hacerlo y guardarse ese momento para alguna emergencia, iba a ser como su salvavidas...un rato sin él no le afectaría, ¿no? Solo un rato...
Una hora más tarde les llamaron adentro, cerraron las puertas del Wammy's y el sol comenzó a descender. Mail se metió a la sala donde todos se reunían, algunos miraban la tv, otros estaban en unas mesas con algunos juegos de mesa, bastante tranquilos. Mientras Mail estaba en uno de los sofás pudo ver como las enfermeras entraban a las habitaciones cada cierto tiempo, y se daban una vuelta para mirar a todos los que se encontraban en la sala. Había estado observando a los demás en silencio, cómo algunos se perdían mirando la tv, en ella había un programa de concursos donde tenías que responder preguntas. Él sabía algunas respuestas, sabía bastantes a decir verdad, y a veces le daban ganas de gritarlas, y luego recordaba que no quería llamar la atención. Iba a quedarse ahí y hasta después de ver cómo funcionaba el lugar, decidiría si hacerse notar o no.
Otra hora, tiempo que a Mail se le pasó bastante rápido y Roger regresó para verificar que no hubiera problemas, habló con una de las enfermeras y miró a Mail de reojo. Él se dio cuenta, aunque pareciera que estaba mirando a la nada, en realidad estaba bastante consciente de que le miraban. ¿Tengo algo raro?
Una enfermera se sentó en el sofá frente al televisor, Mail extrañó por un instante a la joven que le había cuidado en el hospital, a la que observaba mientras leía, nunca había sentido el interés de una persona hacia él de aquella forma y él no se habría atrevido a hablarle a nadie más. La que miraba el televisor, quien en realidad no se parecía en nada a la otra, cruzó las piernas y algo cayó al suelo con un sonido metálico, Mail quiso levantarse y tomarlo cuando se dio cuenta que era un encendedor negro. Tenía sus cigarrillos en el bolsillo, y sentía la necesidad de encender uno, ya fuera o no a escondidas, ya fuera o no con el permiso de los demás. Ella se inclinó para levantarlo y se cruzó con la mirada del pelirrojo. Se detuvo un instante, no dejó de mirarle. Luego le sonrió. La enfermera le sonrió un segundo y luego guardó el encendedor en su bolsillo mirándole de reojo como si estuviera tentándole. Mail alzó una ceja, en ese momento se habría bajado los goggles para cubrirse los ojos y que nadie le mirara, como si fuera una barrera, pero no pudo hacerlo, ya no los tenía. Debía conseguir ese encendedor, u otra cosa con qué poder fumar lo que guardaba en su pantalón.
El reloj de la sala sonó anunciando otra hora, y una voz femenina y claramente cansada comenzó a llamar nombres desconocidos para él. Los que estaban en la sala se levantaron y uno a uno caminaron por el pasillo hasta donde les guiaba la voz.
—Jeevas, Mail.
Silencio, él volteó al pasillo y nadie más avanzó. Volvieron a llamar su nombre, las enfermeras le miraron.
—Jeevas. Mail.
—Tienes que ir. —le dijo la del encendedor. Él se puso de pie y caminó por el pasillo. La mujer que le había llamado estaba en una oficinita detrás de una ventana, le dio un pequeño vaso blanco de plástico y él lo tomó sin decir nada.
—Bébelo con esto, rápido.
—¿Qué es?
—Tu medicina.
—Eh...¿para qué? —miró las pastillas, tres, una blanca, una roja y una azul.
—Tómalo, son las órdenes.
La última vez que había tomado pastillas había terminado en el hospital con un lavado de estómago. Supuso que como no había alcohol ahí no le iba a pasar nada igual, de todas formas, las ganas de matarse parecían habérsele escapado hacía un rato. Las tomó y bebió un trago de agua de otro vasito igual, luego otro chico hizo lo mismo. Y así pasaron todos y luego entraron a sus habitaciones. Desde que había llegado al Wammy's había olvidado la idea de desaparecer, otras cosas le habían distraído, como lo bonita que se veía la casa desde afuera, y Mihael y el golpe de bienvenida. Sonrió ante eso, el dolor en sus ojos ya se había ido en su mayoría aunque el color oscuro no.
Volteó al pasillo como esperando a que el nombre de Mihael fuera llamado y él saliera de la nada. ¿Le golpearía de nuevo? Lo golpeo yo. Se mintió, pues no estaba seguro de poder hacerlo, los ojos azules de Mihael le habían dicho que no iba a ser nada fácil, se veía la locura en ellos.
Locura en todos lados, era eso. Pero la de Mihael era como la que se ve en alguien más astuto que los demás, alguien listo que es llamado loco solo por ser listo. ¿Cierto?
Mail fue llamado loco por el hombre que alguna vez llamó padre y luego dejó de serlo.
¿Soy igual que él?
Sus ojos se cerraron en algo más largo que un pestañeo y tuvo que sostenerse contra la pared que tenía a un lado para no caer. Se sintió cansado de pronto, malditas pastillas. Era demasiado temprano para tener sueño. Tuvo que ir hacia la habitación que compartía con Nate, entrando cuando el albino iba saliendo luego que su nombre fuera llamado. No le dijo nada y no escuchó lo que el otro le decía, se tumbó en la cama y volvió a pestañear. No abrió los ojos hasta el día siguiente.
-o-
La puerta se abrió, una enfermera asomó la cabeza y luego salió. Mail apenas se dio cuenta, volteó la cabeza, se había dormido boca abajo, y buscó al otro lado de la habitación. La cama de Nate estaba tendida y perfecta, vacía, el albino no estaba ahí. La luz entraba por la ventana, todavía tenía sueño. ¿Drogas? Se volvió a dormir.
La puerta se abrió de nuevo, Mail volteó a ver, la enfermera del encendedor se asomó y luego se dispuso a salir.
—Mmpera —quiso gritar, y aunque ella apenas entendió, no se fue—. Espera, —volvió a decir y ella se quedó parada bajo el marco de la puerta. Mail trató de levantarse, se talló los ojos sintiendo un ligero dolor, y luego miró a la mujer.
—Tú tienes algo...
Ella sonrió.
—Lo necesito. —le dijo, ella negó.
—No puedo dártelo.
—En verdad lo necesito...
—Puedo prestártelo, encenderlos si quieres, pero no tengo permitido dártelo.
Mail suspiró. Ahora debía depender de una enfermera. Se hundió en la cama, y miró al techo, luego asintió. La mujer entró a la habitación dejando la puerta entreabierta y se acerco a la cama.
—Si las enfermeras te ven no te dirán nada, pero que no te encuentre Roger, ¿está bien?
La miró, asintió una vez más y se sentó en la cama. Sacó del bolsillo los cigarros, por suerte los tenía dentro de una cigarrera de metal, así que en la noche no les había aplastado; sacó uno, ella lo encendió y luego salió de ahí. Que no me encuentre Roger, es fácil. Sonrió al dar una calada y se recostó de nuevo, se sentía bien.
Cuando terminó, dejando caer simplemente las cenizas al suelo, se puso de pie, y salió de la habitación. Eran los mismos chicos del día anterior, la misma rutina de centrarse en la sala. Quizá más tarde podría entrar a la biblioteca si Roger lo permitía, tenía ganas de ver qué clase de libros tenían ahí.
Salió por el pasillo y se detuvo al verlo. Roger estaba hablando con otro hombre, alto y vestido de traje. Sostenía un sombrero ente sus manos, Mail no podía verle el rostro completamente, pero su cabello y bigote eran blanco puro. Se quedó mirándolos y luego vio a otra persona. Era un hombre delgado, bastante, pero lo que le había extrañado no era eso, sino la forma en la que estaba parado, mejor dicho, encorvado. Estaban en la recepción, del otro lado de la reja que los separaba de la salida, Mail se acercó. Pegada a la reja estaba la niña castaña que había encontrado el día anterior.
—¿Quién es?
—Él es el señor Wammy. —su voz era de niña pequeña, tierna. Respondió sin despegar su mirada de los hombres que charlaban del otro lado, Mail se acercó también poniéndose a su lado, era más alto que ella por casi una cabeza, coló sus dedos por la reja y pegó su frente a ella sin dejar de mirar. El que estaba encorvado no había hablado desde entonces, los que mantenían la plática eran los otros dos mayores. ¿Él es el dueño de esto?
—¿Y el otro? —como si hubiera escuchado su voz, aun lejos, el hombre delgado volteó a verle. Debajo de sus ojos se notaban unas ojeras tremendas, sus ojos eran enormes y oscuros como su cabello. ¿...qué no duerme?
—¿Vendrá a vivir aquí?
—No. Ya ha venido antes, entró un rato a hablar con un par de pacientes; con Nate y Mihael. —soltó ella, pronunciando los nombres con un tono extraño, uno muy parecido a la admiración.
—¿De qué? ¿Es doctor? —aunque Mail no pensaba que fuera un doctor, y más bien le veía pinta de alguien que debería estar encerrado con ellos.
—No lo sé...—dijo la chica y se despegó de la reja dando media vuelta.
—¡Espera! ¿Cómo te llamas?
—Soy Linda. —le contestó dedicándole una pequeña sonrisa y luego se fue, como bailando por el pasillo. Mail volteó de nuevo, pero los hombres ya iban de salida.
Se quedó mirando hasta un poco después de que salieran y luego se dio la vuelta cuando sintió una presión extraña, una presencia detrás de él. Al voltear se encontró frente a frente con Mihael, quien le hizo pegar un brinco del susto y se azotó contra la puerta de reja, golpeándose la cabeza.
—¡Mierda! —Mihael comenzó a reír descaradamente, burlándose de la forma en que se había sorprendido el pelirrojo y luego negó dándose la vuelta. Mail era apenas un poco más alto que él, si bien ambos eran delgados y altos esa pequeña diferencia se notaba.
—Espera. —le dijo, Mihael no se detuvo. Mail dio dos pasos largos para alcanzarlo y le sostuvo del brazo, intentando detenerle. Mihael volteó, con los reflejos más rápidos que Mail haya visto en una persona (al menos en alguien tan cerca de él) y le tomó de la muñeca con su mano libre, girando y torciéndole el brazo hasta que el pelirrojo le soltó y luego llevándolo hacia su espalda para que se diera la vuelta, y sin detenerse, aunque Mail se quejara e intentara zafarse sin lograrlo a causa del dolor, Mihael subió el brazo del pelirrojo aún más, como si quisiera rompérselo, y se acercó a susurrarle al oído.
—No me toques. —luego le soltó. Mail cayó al piso, con los ojos llorosos y se agarró con la otra mano el brazo lastimado, le dolía como una mierda, eso era lo que quería gritar, que le dolía, pero no pudo. No hizo más que quejarse hecho ovillo en el piso, mientras Mihael se alejaba de ahí por el pasillo, sin dignarse a mirarlo.
-o-
—¿No irás por el almuerzo? —preguntó Nate. Mail estaba acostado sobre su cama, dándole la espalda. El albino iba de salida, le miró desde la puerta. Mail negó, todavía se sobaba el brazo.
—Roger vendrá por ti si no te encuentran en el comedor. —dijo antes de salir y cerrar la puerta. Mail suspiró y se sentó en la cama, ya eran el golpe y la llave en el brazo, apenas llevaba un día metido en Wammy's, ¿cuántas cosas más le iban a pasar hasta que saliera? Si es que salía...
Se puso de pie, aseguró su cajetilla y su consola en los bolsillos grandes de sus pantalones de mezclilla y luego salió sosteniéndose el brazo derecho con el otro. Se sentó en el comedor en el mismo lugar que el día anterior, pegando a la pared a un lado de una de las ventanas, sin nadie más en la mesa, sin mirar a nadie. Comió con la mano izquierda mientras tenía la derecha sobre su regazo, y no hizo más que escuchar las pláticas de los demás a su alrededor. Luego las puertas del comedor se abrieron y Mihael entró. Mail casi se ahoga con el bocado que tenía en su boca, se quedó mirando mientras el rubio entraba y avanzaba hasta donde iba a recibir su comida, una enfermera entró después de él y le miró desde lejos, hasta que él se sentó en una de las mesas. Los demás le miraban, claramente Mail también, pues parecía ser el centro de atención. Nadie se le acercaba, y en realidad había dos que no le miraban. El chico alto y delgado que a veces se ponía a cuatro patas en el suelo solo le había visto entrar y luego se había ido a otro lado a terminar de desayunar; y el único que no le miraba en absoluto, ni siquiera al haber entrado, era Nate.
Mail se quedó en silencio mirándole hasta que Mihael alzó la vista, molesto por la comida que tenía enfrente y haciendo el plato a un lado, para luego cruzarse con la mirada de Mail justo al otro lado del comedor. El pelirrojo tragó saliva, sin moverse. El rubio se levantó de su silla y fue hasta donde él. Mail se removió en su propia silla, algo nervioso. ¿Iba a golpearle otra vez?
La enfermera que había entrado detrás de Mihael al principio le había seguido, el rubio se sentó en la silla frente a Mail, y la enfermera se paró a un lado de él. El ojiazul alzó la mirada hacia la mujer.
—No voy a hacerle nada, solo quiero presentarme. —su voz había cambiado a la de antes. Mail le había escuchado gritar de rabia al llegar y luego susurrar grave y hasta un tanto escalofriante. Ahora su voz era suave, sin enojo o preocupación. Mail sintió el vello de su nuca erizarse, dudaba que fuera la misma persona.
La enfermera asintió luego de mirar al rubio unos segundos.
—Pero no estaré lejos, son órdenes.
—Te prometo no hacer nada. —dijo Mihael con una pequeña sonrisa y la mujer fue a sentarse a otro lado del comedor. Mail no quería mirarle, pero al final lo hizo.
—No tiembles, no voy a hacerte nada. —su voz cambió de nuevo, más grave, sus ojos también diferentes.
Estaba mintiendo...
—¿Qué quieres?
Mihael sonrió.
—Ya dije que quiero presentarme.
Mail tensó la mandíbula, cómo iba a estar seguro de que no estaba mintiéndole con eso también. Se sobó inconscientemente el brazo lastimado y Mihael le miró con una sonrisa burlona.
—¿Te duele?
Por alguna razón Mail pensó que esa no iba a ser la única vez que escuchara esas palabras, y le dieron escalofríos. Negó, tratando de ocultarlo, sí le dolía aunque ya no tanto. Mihael volteó a ver sus ojos, se quedó clavado en ellos, hasta que Mail se puso incómodo y volteó el rostro.
—¿Qué tengo, o qué?
—Tienes un moretón. ¿Dónde quedaron tus goggles? —sonrió de nuevo con malicia.
—Roger se los llevó...
—Claro, ese viejo amargado. —Mihael se cruzó de brazos y se recargó en el respaldo de la silla, sentandose cómodamente con las piernas abiertas. Mail trataba de ponerse a la defensiva, aun cuando el rubio parecía no querer atacarle, al menos no pronto.
—¿Cómo te llamas?
—M-mail...
—¿Cómo?
—Mail. —repitió luego de aclararse la garganta.
—¿No tienes apellido?
—¿Eh, para qué quieres saber? —el rubio soltó una risita y acercó la silla para quedar a un lado del otro. Mail se hizo instintivamente hacia atrás para esquivar lo que viniera, Mihael no le hizo nada más que mirarlo.
—Eres de los pocos que se atreve a hablarme así. Si no es que el último que todavía tiene dientes como para poder hablar —le sonrió—. Creo que me agradas.
Mail tragó difícilmente saliva y Mihael se acomodó para mirar al mismo lado del comedor que él.
—¿Ya conoces a los demás?
—Eh, no...
—¿Tu compañero es el pendejo enano, verdad?
—Hmm, ajá.
—Es un idiota, no te juntes con él.
Curioso era que ambos hablaban mal del otro, pensó Mail, definitivamente se odiaban.
—Eh, no hablo mucho con él.
—Bueno, no lo hagas. O no hables conmigo de nuevo.
—Él no me golpea. —susurró bajo con intenciones de no ser escuchado, pero fallando en el intento. Mihael le miró y luego se soltó a reír fuertemente. Los demás lo miraron, Mail cerró los ojos esperando un golpe que nunca llegó.
—¿No te gusta que te peguen?
—No...¿a quién le gusta que le peguen? —le miró.
—Puedo hacer que te guste. —respondió encogiéndose de hombros. Mail pudo sentir como si todo el calor de su cuerpo se concentrara en su rostro y tuvo que desviar la mirada.
—D-dijiste que ibas a presentarte, y no lo has hecho. —habló mirando el plato de comida casi vacío delante de él, quería evitar el contacto con sus ojos.
—¿Apoco nadie te ha dicho nada de mí? Si estás con Nate seguro ya te dijo mierda y media sobre mí, o puedes preguntarle a cualquiera.
—O puedes decírmelo tú. —se encogió de hombros él. Podía sentir la mirada del rubio clavándose en su nuca, no quiso voltear. Jugó con el tenedor y le miró de reojo.
—Hmm, soy Mihael Keehl, aunque supongo que ya lo sabes. Y no estoy loco como todos los idiotas de aquí.
—¿Qué haces aquí entonces?
Mihael abrió los ojos de par en par y se puso de pie.
—No voy a contestar eso aquí, mejor termina de comer, y deja de jugar con tu comida, maldito perro. —luego se fue.
La enfermera le siguió hasta su mesa de donde recogió su comida para irse, Mail se quedó mirando hasta que desapareció por la puerta que le llevaba a la sala de estar. Tragó saliva una vez más, no estaba seguro de lo que había ocurrido ahí, ni de lo que pasaría después.
¿Cuándo me convertí en un perro?
