La regla 34.

"Si existe, entonces debe tener una versión porno."


Cadenas.

El rechinido de metal rozando contra metal le recordó a Ai que todo eso era una mala idea.

No sólo por verse a sí mismo a merced del pelirrojo justo como tantas veces se lo había pedido, sino por esa vulnerabilidad emocional a la que constantemente estaba expuesto con él.

Aspiró profundo reconociendo un olor dulce y su cabeza giró en un par de direcciones, con la nariz en alto para poder captar más de ese aroma y saber de dónde venía. El metal volvió a sonar y por un momento deseó otra vez no estar encadenado a la pared, con los ojos vendados.

Escuchó entonces pies descalzos cerca de él y el aroma dulce aún más próximo a su olfato. Un escalofrió le recorrió l sentir la presencia a lado suyo y unas manos que acariciaban sus muñecas unidas, sobre su cabeza. El frío golpeaba su cuerpo desnudo, sentado sobre una almohada en el piso, pero lo que sentía por dentro era el calor propio que el miedo te caldera con la incertidumbre.

—Quiero darte las gracias, Ai. —Rin le habló con una voz profunda que le estremeció los sentidos —Sé que estas cosas no te gustan, por eso me haces tan feliz. — Quiso contestar, aprovechando que al menos la mordaza no había sido parte de la fantasía de su pareja, más un beso le frenó el intento, luego el susurro en el oído —…Y te prometo que yo también te haré feliz…

El olor dulzón se juntó con un sonido acuso y un tiró en el cabello, demasiado brusco para el acuerdo que habían planteado, le obligaron a levantar la barbilla. Entre su expresión de asombro se coló un miembro ajeno dentro de su boca, aprovechando que la tenía entre abierta.

El sabor artificial a fresas le amenizó un poco la labor, que difícilmente le era agradable con el vaivén cada vez más desenfrenado de su amante, que le tiraba del cabello por tener donde agarrarse. Los gemidos contenidos y el golpear de las cadenas eran su música de fondo.

Y aunque se entregó a la labor, arrodillado luchando con el frio y ese desagradable golpetear contra su garganta, se preguntó qué tan enamorado estaba del Matsuoka. La respuesta le llegó con el ahogado quejido de su amante, junto con la espesa semilla que le calentaba las mejillas, luego de que su novio se viniera en su cara.

Tanto así le amaba, tanto le adoraba como para dejarse hacer de esa manera. Peor aún, como para intentar no transformarse en el estorbo de Matsuoka y su ascenso a la cima, haciendo que éste se convirtiera, de hecho, en su propio grillete.

Dejó aplazado sus sueños y su realización personal verdadera para poder moldearlas a las del nadador profesional.

Una lengua paseando por las fosas en una de sus orejas y el frío conocido del lubricante colocado en su esfínter antes de la intromisión de unos dedos que le preparaban, acompañado del sonido del metal, le hicieron sentir mucho más encadenado que nunca. Y aunque realmente sentía que amaba a Rin, a su mente saltó una duda, ironizando las palabras que le hubo susurrado un poco antes, acompañadas con la impotencia de tener las manos atadas a cualquier cosa que quisiera de él el pelirrojo, justo como ahora, que le lastimaban sobre la cabeza.

¿Realimente me hará feliz, Rin-San?

Por fin aceptaba que Matsuoka era realmente una cadena.

おわり


No hay mucho que decir. Sólo que se me hace tarde para irme al ensayo de coro de la iglesia.

Soy un monstruo.

Sean perversos.

.Misao Kirimachi Surasai.