La regla 34.

"Si existe, entonces debe tener una versión porno."


Húmedo.

Colocó sus manos en las pequeñas caderas y le estampó contra el escritorio, donde el filo se le clavó en el coxis. Aiichirou se quejó en sus labios, mas jamás interrumpió el beso. Al contrario, ese dolor pequeño le incitaron a iniciar un nuevo contacto. Aferró más el abrazo cerrando los brazos tras su cuello y enredó su pierna izquierda por sobre su cadera. Rin pudo sentir su erección rozar con la suya.

Las cosas se estaban tornando peligrosas, y de seguir así, llegarían a correr por terrenos peligrosos.

No, Ai…no debemos…no aquí.

Murmuró, pero contrario a sus palabras, su mano, con vida propia, paseaba por debajo de la playera infantil y fea que el peligris llevaba en turno. Sus dedos delineando las costillas flacas, deseosos de llegar a los botones color marrón.

Sen…senpahi…

El gemido le hizo separar los labios de nuevo, esta vez, completamente perdido como para intentar seguir luchando. Le retiró la playera para poder acariciarle, sus dedos soltando el pequeño tesoro recién tomado y pasear por el terreno de su piel.

Aiichirou, tan o más desesperado que él, aprovechó para sorprenderlo con descaro, sacando su apretada erección del pantalón deportivo que usaba para ir a correr. Y si con sólo tocarlo se sentía vulnerable, las piernas le flaquearon débiles en cuanto Nitori comenzó a masturbarle con lentitud, aún un tanto inseguro de hacer lo que hacía.

¿Le gusta, Senpai? —Susurró, sugerente. Rin, incapaz de poder tenerse en pie y seguir con su reciente amante colgándose de él, le recostó sobre el escritorio y mientras le retiraba la ropa hasta los muslos, Nitori tomó la iniciativa y acercó su miembro hacia sí, tomándole del tronco y girando la muñeca, bombeándole de una manera hilarante, acariciando su entrado con el glande enrojecido del tiburón.

Lo demás fue difuso. Le penetró de una estocada y se movió como si quisiera romper a Nitori en dos. El muchacho gimiéndole en el oído y el escritorio repiqueteando sonoro contra la pared, al ritmo de sus embestidas, que eran cada vez más fuertes y veloces, le inundaban la cabeza, incapaz de pensar en nada más que la sensación tan placentera que era su amigo bajo él, gimoteando su nombre una y otra vez.

En mí, senpai…dentro de mí.

Rin gruñó con un bufido y se desplomó, dejando que toda su pasión inundara las entrañas de un acalorado Aiichirou, quien le lamía cariñosamente el sudor, recuperándose de su propio orgasmo. Cerrando los ojos, le besó el cuello blanco a su amante.

—Oi ¿Estás bien, Rin?

La pregunta le llegó lejana. Matsuoka abrió ligeramente uno de sus ojos. Todo estaba oscuro. Abrió el otro, acostumbrándose a la penumbra. Buscó a Nitori a su lado, preguntándose cuando se habían pasado a la cama, pero se encontró solo en ella. Se secó el sudor de la frente.

— ¿Estás bien? —Sousuke asomaba la cabeza por el barandal de su propia litera —. Te quejabas como si tuvieras una pesadilla — comentó, luego miró las sábanas entre las piernas del pelirrojo. Sonrió sardónicamente antes de ridiculizarle —, pero veo que más bien era todo lo contrario. Mira, si quieres ir al baño ahora, no te juzgaré.

Rin le lanzó una almohada dispuesto a darle en la cara, más Sousuke la esquivó con facilidad. Yamazaki podía jurar que en la oscuridad de la habitación, el rojo de la cara de su mejor amigo brillaba con mayor intensidad.

おわり


Dejo esto por aquí antes de irme a trabajar.

.Misao Kirimachi Surasai.