La regla 34.
"Si existe, entonces debe tener una versión porno."
Luna.
Se lo entregaron como esclavo y no tuvo más remedio que aceptarlo. Fueron sus propios padres quienes lo llevaron a las puertas del palacio y lo echaron a los guardias, presentándolo como una aberración. Cabello gris y piel lechosa, de ojos azules como el cielo ardiente del desierto. Débil, escuálido y sin don para el trabajo pesado que sus padres, agricultores los dos, necesitaban en un hijo. Menos en esos tiempos duros de sequía.
En cuanto la guardia lo arrojó a los pies, esperando su designio para el demonio de piel pálida, apenas verlo le arrojó al calabozo en la celda más oscura que hubiera en palacio, asustado por el mal augurio que pudiera traerle al reino. Los padres de la bestia habían dicho que los años de sequía habían comenzado cuando la campesina le dio a luz.
El sultán le tuvo miedo hasta que la adivina real entró en sus aposentos con una terrible fiebre y le vomitó en los pies. Sus ojos blancos murmurando sandeces ininteligibles y lanzando una y otra vez los guijarros adivinatorios reclamando por el albino de ojos azules. Él se espantó ante ello, puesto que el cautiverio de la criatura había sido secreta. Entonces su madre le hizo traer de prisión y la vieja oráculo volvió en sí, como si nunca se hubiese puesto loca, se arrodilló frente al adefesio y le besó los pies llenos de inmundicia.
Le anunció, entre cánticos egipcios, como el hijo de la luna.
Rin, de hecho, le había conocido en un sueño de opio. En la visión que el humo le daba, la luna bajaba del cielo y se acomodaba entre sus piernas. Le cubría con los brazos y se convertía en un sol abrasador.
Por pedido de la anciana se lo llevaron lejos, le bañaron y acicalaron y le enseñaron a leer. Para sorpresa de todos, resultó ser un chico listo. El Sultán, por un tiempo, no volvió saber del muchacho lunar, aunque la visión de la pipa comenzó a ser un sueño recurrente en su descansar nocturno.
…
— Hijo mío, siéntate a mi diestra — su madre le mandó a llamar un día, le esperaba fumando sola en su salón de descanso, acomodada entre cojines —. Seré franca. Las predicciones han hablado, pero quería consultarlo contigo primero — le extendió su pipa y el mandatario fumó de ella, agradecido. Luego se mantuvo expectante a lo que su progenitora tuviera que decir — Es necesario que, ya sean tú o tu hermana, desposen al hijo de la luna. Las lecturas dicen que en cuanto pase a ser compañero del trono, la sequía y la hambruna pararan. La luna está molesta por la forma en que hemos tratado su querido hijo desde el momento en que fue parido. Tan enojada está, que ha retenido las mareas y las nubes de lluvia para matarnos de hambre.
El Sultán agachó el cabeza, consternado. Miró a su madre por una vez, reconociendo en ella ese ceño fruncido que él mismo tenía.
—Mi hermana es muy joven.
—Lo sé. Y tú aún no tienes esposa legal. Podrías desposarlo y hacerlo parte de tu harem.
El hombre se fue de ahí, callado, pensando en qué hacer. Al día siguiente le dio el sí.
La boda se hizo secreta, aunque el pueblo supo que su Rey lo hacía por el bien de su gente. No hubo más muchedumbre que la necesaria y él no vio al hijo de la Luna hasta que le trajeron, cubierto hasta la cara, con sedas finas y perfumes exquisitos.
El Sultan, al mirarle con ojos nuevos, sin los harapos ni la inmundicia pegada a la piel, menos pálido y un peso más compuesto, se enamoró inmediatamente de él. Por ello dijo los votos con más entusiasmo de lo que se imaginó esa mañana, en la que se creía condenado. Ahora se veía a sí mismo bendecido.
Por eso, apenas terminado el banquete conmemorativo a las nupcias del regente, no tardó nada en dirigirlo a las habitaciones reales, donde le recostó entre sábanas de satín y cojines de seda. Le desnudó con parsimonia, intentando guardar en la memoria la piel recién redescubierta del menor y entonces le atrapó entre sus brazos, notado la figura completamente masculina que sostenía entre ellos.
De musculatura débil, pero marcada constitución, le tomó de las caderas. Le besó en la boca y se descubrió adicto a ella y a la lengua que penosa le daba la bienvenida con un saludo cordial. Se fundió en él con apenas palpar por su pecho plana, igual al suyo, alucinado por el reflejo de los móviles de cristales coloridos arrojando la luz del atardecer sobre su piel, haciéndolo multicolor. Decorando la lechosa existencia del Hijo de la Luna como una explosión de caleidoscopios. Entendía ahora la majestuosidad de s frágil existencia.
Le lloró en el hombro, pidiendo perdón arrepentido. Para su sorpresa, su consorte le consoló, besando su coronilla y paseado sus manos por su melena roja. Afirmando que todo estaba bien y perdonado.
El Sultán terminó entregándose a él con cariño. Le recorrió con la lengua el cuerpo entero y se dedicó a darle placer con la boca. Le acarició los costados níveos, le masajeó las mejillas y le hijo suyo con cuidado.
Lamió las lágrimas en sus ojos y se meció sobre de él, delicado, besando sus cabellos cuando las estocadas se hacían reacias, murmurándole palabras amorosas. El Hijo de la Luna jamás las devolvió. Le sonrió entre el desazón del dolor que le rompía el cuerpo pero le sumergía en el placer.
Y así, entre cojines mullidos y sudores compartidos, mientras hacían el amor, comenzó a llover.
おわり
No estoy concretamente convencida con el resultado. Más porque tuve que acortar mucho. A decir verdad, este drabble lo había pensado para una historia larga, pero no estoy segura que pudiera hacerlo en regla, con capítulos enteros y todos. Algún día, si el tiempo y Japiera (porque al ser un regalo, este pasa a ser de tu pertenencia) me lo permite, lo desarrollaré como Dios manda (yo pidiendo permiso a Dios para hacer algo antinatural y blasfemo ¡Jáh!).
Como habrán notado, es un Árabian AU. Me gusta mucho ese universo, pero no he podido hacer nada de ello.
Por cierto, sonará muy Yugi Oh!, pero en sí, los albinos en tierras lejanas de África, eran considerados un mal augurio. Pero de eso ya hablaremos después.
Nos leemos. Lamento que no haya habido mucho lemon, sino más bien lime. También los errores ortográficos o gramaticales. Este fin de semana depuraré las historias para que estén bien escritas y redactadas.
Sean perversas.
. Misao Kirimachi Surasai.
