La regla 34.
"Si existe, entonces debe tener una versión porno."
Esposas.
Un centelleó le nubló la vista por la milésima de un segundo y el sonido constante de los metales rosándose entre sí le hicieron presa de su propia decadencia. Casi no importaba como había llegado ahí, sino lo que estaba haciendo.
La noche había comenzado con un atraco y había terminado en un interrogatorio que lo había llevado a eso. A verse esposado a una varilla de una celda provisional, con el oficial Matsuoka, si mal no recordaba, recorriendo su interior con sus dedos enguantados en látex, y a su compañero Yamazaki, por fuera de la reja, colando su miembro entre los barrotes, hacia él.
Básicamente, le tenían acorralado por delante y por detrás, sin nada que él pudiera hacer, salvo, perderse a sí mismo y moverse contra esos dígitos en su interior y abrir paso en su garganta para acunar húmedamente al falo erguido que le picaba la nariz.
Una hora antes, si su percepción del tiempo no le fallaba, había sido encerrado, víctima de su mala planeación y de las torpezas de su compañero de fechorías, quien, dicho sea de paso, descansaba absuelto de todo crimen gracias a su hermano, el teniente. Él, por otra parte, había absorbido todos los cargos de ese crimen.
Y a pesar de la reputación que le precedía como "El Pato Fantasma", el oficial de policía de rostro atractivo y cabello borgoña se adentró con él en la celda, le sometió con una llave y esposó sus muñecas a la reja, sin temor alguno a su estatus de malhechor. Y como si no fuera eso lo suficientemente humillante, le acorraló contra los barrotes y con la rodilla le separó las piernas.
Le respiró en el oído mientras se colocaba los guantes.
—Revisión de protocolo —murmuró muy bajo mientras, sin que él pudiera hacer nada, le desabrochaba los pantalones y los deslizaba muy por debajo de sus muslos. Con una punzada fría, sintió entonces un dedo introducirse en él y una mano tapar su boca. La nariz puntiaguda apoyada en su oreja, resoplando con una malicia sensual. Para el segundo dedo, que se movía con el primero imitando una tijera, cayó en la cuenta de que el gendarme le besaba la nuca. Ya para el tercero, Nitori admitió su derrota y sucumbió al placer.
De hecho, en cierta forma, se alegraba de estar apresado ahí. Siendo muy franco, desde el inicio de su vida como delincuente, ese policía había llamado su atención de una forma más allá de la que en su oficio se podría catalogar como "profesional". Le había observado de lejos más de una vez y ahora se daba cuenta, había sido observado también.
Y no sólo por el pelirrojo, al parecer. Sus modos extraños y su estrambótica forma de vestir para alguien de su profesión, habían llamado la atención de la bina del oficial a quien él había puesto el ojo, porque, apenas relajado la guardia para dejarse hacer, el sonido de la llave trabando la entrada a esa sección de las celdas y la aparición del apuesto policía alto de cabello negro, le hicieron ver que todo esto iba más allá. El sonido del cierre de un pantalón le confirmó la teoría y de ahí, ya más nada le importó. Dejó que Matsuoka le empujara por la espalda para inclinarlo a una altura que resultara conveniente para todos.
Comenzó a moverse contra el oficial que tenía detrás, y, mientras el otro colocaba su miembro entre las barras de metal, presionándolo contra su rostro, él abrió la boca y sacó la lengua para dar a entender que lo recibiría también.
Un bramido grave resonó en cuanto sus labios envolvieron la hombría roja y palpitante del pelinegro y Nitori, con las manos apresadas sobre su cabeza, se felicitó por ello. Mas la acción que le hizo sentir realmente orgulloso fue el sentir los dedos remplazados por un falo que de inmediato se comenzó a mover.
Ese arresto era una locura, pensó, con unas uñas clavadas en su cadera y una mano aferrada a su flequillo, sintiendo los empujes disparejos de ambos lados de su cuerpo. Una locura y una tontería y que de haber sabido que eso pasaría, se hubiese dejado atrapar desde hacía mucho antes.
Con ese pensamiento sostenido y dos gemidos agudos que se escucharon como un eco, el policía tras de él se derramó en sus entrañas mientras el otro le llenaba el interior de las mejillas. Él, sintiendo que se ahogaba, le salpicó de semen los zapatos al oficial Yamazaki. Matsuoka, sin salir de él ni dejarle enderezarse, le empujó. El ladrón se golpeó la nariz con los barrotes mientras escuchaba un click que le liberaba de las esposas.
Media hora después, con los cargos retirados, Nitori se marchó a su casa. Dos horas después, cuando hubieron terminado el turno, los oficiales Matsuoka y Yamazaki tocaron a la puerta. El pelirrojo girando las esposas en sus dedos con una sonrisa predadora, el pelinegro, con una expresión entre seria y libidinosa, argumentó un cateo domiciliario. Al final, con mueca satisfecha bailándole en los dientes, el "Pato Fantasma" les dejó pasar.
おわり
Al fin pude publicar algo de esto. Ahora sólo me falta un montón muchas otras cosas, pero al menos ya va una menos.
Aún con mucho cariño para Japiera.
Besos y sean perversos.
.Misao Kirimachi Surasai.
