Sus manos y nariz se habían vuelto rojizas. Era un esfuerzo que hacía su cuerpo para intentar mantenerle a una temperatura considerable. Había perdido ya el sentido del tacto. Pasó bastante tiempo de estar entre la ventisca y la fría nieve. Parpadeaba, sabía que ya no servía de nada seguir ahí pues la noche se volvería mucho más violenta. Sería mejor escapar de ella, de eso se convenció.

Arrastraba sus pies y tenía la cabeza gacha al caminar. Su estado físico era terrible, sin embargo no se comparaba con lo incompleto que se sentía por dentro.

Se tomó de sus propias manos, palpó la venda que tenía. Suspiró, exhalando gradualmente. El invierno siempre podía hacerse más gélido. Apenas y lograba abrir sus ojos, el aire arreciaba también.

Llegaba al pueblo, saltando algunos arbustos. Notó que no había nadie fuera de su morada. Sólo un loco como él saldría con lo horrible que se había vuelto el día, mejor, no le gustaría que alguien lo topase así.

Aún sollozaba, no estaba seguro de cuánto se quedó solitario en el bosque, sólo tenía en mente regresar a casa.

Pocos coches pasaban, la luz no alumbraba demasiado por la neblina que se había posado en aquella zona. Se empezaba a recuperar corporalmente. Podía mover más sus extremidades, no obstante, seguía algo decaído. Sus temblores aumentaron, era obvio que se estaba enfermando cada segundo que seguía fuera, estornudó un par de veces.

Debido a que sus pasos eran paulatinos, antes de dar vuelta en una esquina pudo escuchar dos personajes discerniendo.

"¡Hace mucho frío! ¿Estás seguro que salió?"

"Más que seguro, y no está en su casa, fui a comprobarlo… Sus padres se quedaron ahí a esperarlo ¡Tenemos que buscarlo, joder!"

"Aigh, qué niño tan problemático… vayamos a buscarlo entonces."

Tweek le echó una mirada al alboroto. Observó a Craig y al oficial Barbrady discutiendo. Se paralizó en ese instante, captó pronto que de quién estaban discutiendo era a él. No tenía idea de qué hacer en ese momento ¿sería acertado acercarse? ¿Decirles que paren una absurda búsqueda porque su estado físico era bueno?...

La presencia de Craig Tucker no le permitía pensárselo correctamente. Aquel chico era la raíz de su incertidumbre, le traía recuerdos amargos y dulces. Se le bloqueaba la mente cuando le veía persistente, desgraciadamente, Tweek no podía luchar con todo el desastre en su cabeza, los estragos de las épocas más difíciles eran un obstáculo grande, no tenía armas y por lo tanto, no podía combatirlo.

Empezó a trotar directo a su hogar, en lo que proseguía tosió, su malestar ya le estaba afectando.

Entretanto, el joven de suéter y gorro azul se cuestionaba demasiado impacientado lo que acababa de pasar hace unas horas.

Necesitaba oírle calmado, de frente, con esas pupilas encantadoras, sonrisa, entrañable que mostraba sólo en ocasiones especiales, espetándole un "todo está OK.". Desde que le abandonó arbitrariamente en la recámara de Clyde, sólo deseaba una explicación. Supuso inocentemente, que lo hallaría en su propia casa, sin embargo, el rubio desapareció sin dejar avisos conclusos. Lo que todavía le ponía más ansioso, era que notó que el menor de los Tweak volvía con su descontrol corporal: esas heridas plagadas por tantos lugares no eran normales, desplomarse de la nada tampoco lo era ni, por sobre todo, abalanzarse a una tempestad invernal.

Un resbalón, de esos en los que la planta del calzado se desliza y salpica con el agua que hay alrededor, se escuchó. Craig colocó mucha atención ello, una silueta borrosa marchó entre la niebla, la logró divisar. Se quedó unos minutos atónito, al final se dispuso a seguirla con cautela. Avisó al policía y corrió detrás de los ecos de los pasos que se volvían más diligentes.

—¡Tweek! ¡¿Eres tú?! ¡Tweek! ¡Por favor contéstame!

No, por qué.

Por qué otra vez usaba su nombre en su boca. Por qué insistía en hacerlo. Sabía que se enteraría de su presencia y le seguiría como ahora estaba pasando. Fingió que sus oídos ya no funcionaban, lo ignoró lo mejor que pudo, aunque los anhelos de parar a charlar de forma clara, nunca se fueron.

Arribó a su casa, el de camisa mal abotonada ahora se frustraba averiguando en donde había dejado su llave. En las bolsas del pantalón, no. En los bolsillos de la camisa, no. No la encontraba por ningún sitio reconocible. Hasta trató de hallar la copia, bajo el tapete de entrada, en alguna parte del patio, de las macetas, pero nada.

—¡Tweek, dime que estás bien!

Se alteró, comenzó a tocar frenéticamente la puerta, como si se tratase de un filme de terror.

—¡Madre! ¡Padre! ¡ALGUIEN ABRA!

—¿Estás ahí? ¿Eres tú? No puedo ver nada, contesta.

Pedía al cielo, el de pelo blondo, que no le pudiera mirar, evitar a toda costa el contacto sería lo mejor. Siguió estrellando su puño contra la madera de la entrada. Dos pies corriendo se presentaron con intención de acercarse.

—¡Tweek! ¡Volviste! — Comentó Richard Tweak, aliviado al abrir la puerta.

—¡Debo pasar pronto! —Tan rápido como entró, se dirigió a su cuarto, el que se convertiría en su nuevo refugio.

Jadeando por intentar alcanzarle, apareció el otro muchacho de cabellos negros. —¡Señor Tweak! ¿Está Tweek?

—Ah, Craig, sí, acaba de llegar. ¿Estás bien?

—Sí, yo sí, sólo estoy algo cansado. ¿Él está bien? —Frunció el ceño.

—No lo sé, sólo pasó muy rápido… pero tranquilo, no se veía mal. —Forzó una sonrisa.

—Uhm. Ya veo… —Lo meditó un poco. Era obvio que con lo desagradable que se volvió la tormenta, lo mejor era regresar a su casa y encontrarse con él, más tranquilo, en otra oportunidad. Tucker prefería no meterse en problemas evidentes. Sólo quería deshacerse de sus dudas. —Dígale de mi parte que ojalá se ponga mejor, por favor.

—Eso haré, muchas gracias por todo, no sé qué haríamos si tú no lo hubieses visto antes.

—No hay de qué. Nos vemos.

—Con cuidado.

El adolescente retornó, justo detrás de él, llegaba agitado el oficial Barbrady. —¡Niño, corres demasiado rápido! —Después de tomarse unos respiros, prosiguió. —¿Encontraste al raro tembloroso? ¿Ya está en su casa?

Por alguna razón, Craig sintió que la palabra "raro" estaba de más. —Sí, ya está ahí.

—Ves, te dije que no te preocuparas. Vamos, te llevaré con tu familia, seguro los alarmados ahora son ellos porque no estás en tu casa.

—…vamos.

Craig caminó junto con el oficial sin decir algo. Se relamía los labios, el frío los había quebrado. Enclaustraba su mirada en sus pies, la impunidad le llenaba el pecho. ¿Tweek lo odiaba? Porque eso parecía. Se frotó la cara, recorriéndola con sus palmas, malograba cada diminuta cosa que hacía con él. Craig sólo aspiraba con hablarle luego de tanto tiempo. No comprendía las razones que tenía el rubio para portarse así.

—Ya llegamos, pásala bien en tu regreso a South Park y ya no te preocupes por ese tal Tweek Tweak, se ha vuelto problemático desde hace algunos años.

—Lo que sea. —Contestó mostrando desinterés a lo que parlaba el otro. Se sentía molesto por todo lo malo que había dicho acerca de Tweek. Procuró ignorarlo lo más posible, entró a su viejo hogar.

La casa estaba igual que antes, sólo que menos poblada de muebles y atiborrada de cajas. Su progenitora se encontraba lavando los trastes que quedaron luego de la cena.

—Ah, ya llegaste ¿qué pasó? ¿Quieres comer?

—Muchas cosas. Él está bien, creo. Quiero dormir.

—Descansa.

Se trasladó aprisa a su recámara. Para su enorme descontento, su hermana se hallaba ahí, cargando su propio celular, con su cargador.

—¡Serena! ¡Vete de aquí!

—Aigh, ya llegaste. Creí que tardarías más.

—Pff, di lo que quieras, sólo vete.

—Bueno, sólo si me prestas tu cargador, no sé dónde dejé el mío luego de la mudanza.

—No. Es mío, vete. —El mayor le enseñó el dedo de en medio.

—Entonces no me voy. —Le replicó con la misma seña.

—¡Vamos, lárgate! Mañana tengo que ir a la escuela a presentarme y tengo que dormir.

—Uuuy ¡Perdone usted señor universitario!

—Jódete.

—Préstame tu cargador o me verás aquí toda la noche.

—A la mierda.

—Cargador.

—…Joder bien, llévatelo pero aléjate de mí vista.

—Hecho. —Se levantó, ya que estaba sentada y salió del dormitorio con la seña que le había hecho hace rato. —Fuck you.

Fuck you, bitch. —Le contestó.

Dio el portazo para asegurarse de que su pariente no ingresara de nueva vez. Se quitó sus tenis, su suéter, su gorro, que rara vez quitaba de su cabeza, y así, se cubrió por completo entre las cobijas.

Se percató de que su ventana reflejaba el brillo de las luces contrastadas con la niebla y se paró a cerrarla para que no le perturbara más. No podía concentrarse si la luz no le permitía adentrarse en la lobreguez.

Emprendiendo su sesión de recapacitación; pensaba que el haber conseguido una beca para la Universidad de South Park no era su meta, para nada. No es la mejor institución, mas era lo que le quedaba.
Su único sueño real, fue tocar las estrellas, viajar por donde casi nadie, hundirse en esa atmósfera desconocida. Le inquietaba, el hecho de que el lapso en el que sus estudios empezaron fuera de su pueblo natal no obtuviese las calificaciones necesarias para entrar en una escuela de mayor prestigio para la NASA.

Ser astronauta, surcar el espacio, todas las noches se idealizaba en esa situación. En la infinita nada, rozando los astros.

Le dolía que todo eso se derrumbara tan pronto. El firmamento ahora parecía más inaccesible a sus manos, sin embargo aún lo imaginaba cuando se ubicaba en la oscuridad de su pieza. Nunca le dijo a nadie, por supuesto, de aquel plan de vida. Se mostraría estúpido si no lo conseguía, como era el caso.

Siempre lo hacía, aparentarse frío ante su propia familia y amigos, sólo para no verse estúpido y defenderse de las burlas. Actualmente suspiraba más de lo que le gustaría. Guardarse tanto a veces era dificultoso. Anhelar es dificultoso. Si no fuese así, él podría ser tan feliz…

Durmió luego de divagar demasiado.

Su maldita alarma le obligó a levantarse en la mañana, temprano. Se vistió con lo mejor que tenía, sin olvidar su gorro, tomó un autobús a su nueva Universidad. En el pasaje, observaba como dejaba atrás árboles y condominios. Aunque su travesía no duró tanto: lo único que hizo fue entregar documentos de ingreso en persona, en una semana ya entraría oficialmente a estudiar.

El día, en esos instantes, estaba despejado. En la entrada de su hogar, reconoció a su hermana saliendo, pero casi retractándose, se idealizó que por el frío que se experimentaba en la calle. Bajando del transporte se dirigió hacia ella.

—Apenas amanece y ya piensas irte. —Comentó y comenzó a abrir la puerta principal de la casa.

—Quiero un café.

—…Ah. —Estaba fatigado como para replicar algo mejor formulado.

—Acompáñame por un café.

—… ¿No tienes pies para ir tú sola? —Se preparó para adentrarse en su vivienda.

—Anda, ven conmigo. —Le jaló del suéter.

—Hey, hey no me toques.

—El chico de la cafetería me da miedo.

—Pues ve a otra cafetería, no te compliques la existencia. —Forcejeó con ella para que le dejara libre.

—Pero es que…

—¿Es que qué? Dilo y déjame.

—Es que me gustó.

—… Ah, Serena, no empieces.

—Es que, creo que yo le gusté a él. Mierda ¿Por qué no lo entiendes?

—Lo entiendo, pero es tonto. Si tanto se gustan, sólo háblense.

—Es que él no parece bueno en eso y si lo ven otra vez haciendo tonterías, se reirán de él.

—Bien, no me incumbe, voy a entrar.

—¡Craig! ¡Acompáñame!

—No quiero, joder.

—Te compraré algo si me acompañas. Lo que quieras.

—No quiero nada.

—Craig, maldito… ayúdame. —Contrajo su rostro en una faceta de tristeza. —Anda...

—…— Rodó los ojos, quizás estuviese él ajetreado, pero lo que menos soportaba era la infelicidad de su pequeña Serena. —Si es lo que sea, vamos.

Su hermana menor brincó de la emoción, se aferró a su brazo y le condujo hasta la dichosa cafetería.

La veía y notaba cuanto había crecido, al fin en sus dieciséis primaveras. El tiempo era mentiroso y cuando menos se enteraba, ora hubiese transcurrido casi una década desde que la miraba pequeñita, casi sin hablar, demostrando lo que aprendía en casa, como su gran habilidad para las matemáticas y las groserías espontáneas.

Ya en la escuela superior se hallaba, orgullosa de su intelecto y aspecto. A decir verdad, le envidiaba. La chica sí que conseguía buenas calificaciones, y si seguía a ese paso podría convertirse en una increíble profesionista, para lo que sea que quisiera estudiar. Ojalá fuese lo mismo para él.

Arribaron a dónde comprarían la taza de café. Sacado de órbita, Craig miró a su alrededor. Su memoria no le apoyaba demasiado, sólo estaba enterado de que antes había pasado por ahí. Viró al cartel del negocio. Quedó en shock. Ese apellido, era imposible encontrarlo tan fácilmente, dudar de quién era incluso era hacerse el ingenuo.

—Serena, tomemos el café en otro lado.

—¿Eh? ¿Por qué? Pero aquí está ese muchacho… del que te hablé.

—Vámonos.

—¡No! ¡Quiero entrar!

—No lo entiendes, debemos irn-

—¡Nada de que "no entiendo"! ¡Nunca entiendo! Creí que en verdad me ayudarías en esto.

—Es que… ¡agh! ¡No sé cómo explicarte!

—Ni me importa, voy a entrar. —Dio media vuelta y caminó veloz hasta la pequeña empresa.

Lo reflexionó durante un minuto. —¡Serena Ruby! —Le acabó alcanzando detrás.

—Buenos días. —Pasó gustosa de la vida al café, saludando.

Tweek le identificó de inmediato. —Días…—Luego de lo de anoche, era de esperar que se sintiese de lo peor, le dolía el cuerpo, no durmió casi, su garganta carraspeaba, tosía continuamente y los dolores de cabeza eran mortales. Ni si quiera traía su uniforme para laborar, su estado de salud era lamentable. Sólo fue a la cafetería por, básicamente, granos de café que requería para acompañar su desayuno. Todo en sí estaba normal hasta que la muchacha se presentó.

—Tú… te recuerdo.

—N-no lo creo. —Se mordió el labio inferior. No estaba como para una conversación y no sabía cómo evitarla.

—¡Sí! Eres el del otro día. ¿Cuál es tu nombre?

—Y-yo…—Sonó la campanilla que estaba en la puerta, notificando la llegada de un nuevo cliente. Aprovechó ese chance, a pesar de que no estaba trabajando, sin voltear los ojos fue a atender al nuevo individuo. —¡B-bienvenido a Tweak's Coffee!

—Serena, te dije que nos fuéramos. —Vio a su hermana amenazadoramente. Atareado, escaso tiempo transcurrió para que lo notara, notara que a quien tenía en frente era nada más ni nada menos que la persona que había permanecido en sus pensamientos durante los últimos días. Ancló su mirada en el de pupilas como el olivo, él le correspondió. Ninguno supo qué decir, parecía telepatía. El lugar cambió a un ambiente espeso. ¿Qué hacer? Craig tomaba aire para hablar, pero ni una sola palabra soltaba con su voz.

—No…—Se alejó paulatinamente.

—¡Espera Tweek! — Antes de que el otro acelerara su andar, Tucker le agarró la mano con fuerza. Sus palmas se tocaban y su corazón se encendía, ambos recordaban con sutileza ese tacto tan delicado. Las manos de Craig eran tibias, mientras que las de Tweek eran frías. Se calibraba su temperatura. Los dos recibieron un brusco escalofrío pero no dejaron de sujetarse.

El miedo en el chico de la camisa verde subía y era constante, de nuevo se cuestionaba si irse o quedarse donde estaba. Sus tiriteos reaparecieron con más potencia, se tapó la cara con su otra mano por la vergüenza.

Estuvieron así bastante rato, la gente que los observaba, al igual que ellos, no sabía cómo reaccionar. Cada segundo era mayormente incómodo al pasado y todo aquello hubiese acontecido de la misma manera si Tweek no se atreviera a romper el hielo. —…Craig ¿Me puedes soltar?

El pelinegro se exaltó, le costaba tragarse que después de lo que había sucedido, Tweek al fin había dicho su nombre. Se veía nervioso, sí, pero ya no tan asustado como antes. Le brillaron los ojos de la emoción, mas no movió ni un músculo.

—Hermano… déjalo…—No cabía en duda que la más conmocionada era Serena. De verdad que ahora se arrepentía de haberle gritado a Craig, él tenía razón, ella no sabía nada. Ahora entendía por qué tomar café en otro lado hubiese sido lo más indicado.

El más grande de los Tucker observó a su alrededor, aflojó el agarre hasta que le posibilitó la libertad de moverse. Tweek estaba desahuciado y anonadado, miró a todos decidiendo al final apresurarse a ocultarse en su casa.

Nuevamente se alejaba, la oportunidad de hablarle se le había escapado otra vez. Craig Tucker no se acostumbraba a esto. No podría. El anhelo de platicar con él era enorme, soportar no lograrlo le provocaba un desengaño terrible.

Retornando sin haber comprado un café o algo, iban los dos miembros de la familia Tucker, con las miradas gachas, sin desear mucho departir acerca de lo acontecido. No obstante, la curiosidad de Serena le estaba carcomiendo por dentro, a mitad de camino, osó en exclamar a su pariente. —Craig…

—¿Huh? —Espetó no muy agradecido de que ella se dispusiera a cortar el silencio.

—Yo… lamento que hallamos ido… debí hacerte caso y… ugh…

—Ya da igual. —Contestó pragmático.

—Es que, no creo que te dé igual…—No hubo respuesta, reanudó su diálogo. —Tú… ¿Cómo es que lo conoces?

—Serena, en serio no quiero hablar de eso.

—…Es que no sé cómo explicarlo, vi algo en ustedes que soltó una chispa, fue extraño… ¿Por qué no me dijiste que tenías problemas con ese chico? Sabes que te habría hecho caso o dejado en paz de habérmelo dicho.

—¿Sabes? Estoy harto, regresa tu sola. —Se encaminó en una dirección distinta y se fue lo más rápido que pudo.

Como era de esperar, su hermana se molestó por abandonarle en media plática. —¡Bien! ¡Me quedaré sin saber nada nunca! ¡Haz lo que se te dé la gana, jodido insensible! —Siguió por la senda irritada, ni se percató de que su hermano le hizo de nueva vez el típico gesto obsceno.

Regresaba a ser así, de frío y apático. Incluso aquello le fastidiaba a sí mismo. El de particular gorro azul, hastiado y confundido, fue a averiguar por respuestas al único lugar donde sabía que las podía hallar.

Esperaba que se encontrara ahí, tocó la puerta de su casa, no le importó si molestaba mucho en su residencia, requería una resolución, razones, necesitaba la verdad con respecto a todo.

Abrió y apareció el de pelo castaño. —¿Craig? ¿Qué pasó? No me llamaste ayer sobre lo que pasó con Tweek…

—Eso es precisamente de lo que quiero hablar. —Replicó hacia su amigo Clyde. —¿Puedo pasar?

—Ya veo… mi padre salió a trabajar, entra. —Suspiró Tucker, pasó y se talló la cara para despabilarse. Donovan le invitó a acomodarse en el sofá. —… ¿Está él bien?

—Sí. Me sorprende que no le haya pasado nada muy grave. Hoy lo vi, sólo lo noté bastante enfermo de resfriado.

—Oh, entonces ayer lo encontraron.

—No es que nosotros lo llevásemos a su casa… él fue por sí mismo. Cuando le vi e intenté alcanzarlo, huyó de mí.

—Oh…—Clyde le vio bastante decaído.

—…Clyde, dime ¿qué ha pasado con Tweek? Ya no quiere ni sentir mi presencia…—Se tomó de la frente, frunció el ceño.

—No sé acerca de eso… sólo sé que él ha pasado por cosas difíciles. Desde que me cambié a una escuela cercana cuando apenas teníamos quince, ya no supe nada exacto de él. Lo único que te puedo decir es que esa personalidad preocupada, ansiosa aumentó para mal. —Hizo una breve pausa. — Aparecieron rumores por todo el pueblo de que se había vuelto agresivo, pero yo le seguía hablando y no notaba ningún cambio grave… excepto el de sus abundantes heridas por la ansiedad… Siempre he querido preguntarle, pero no sé cómo se pondría y no quiero que le pase nada malo.

—Entiendo…

—Je… me imagino que tú estás igual o peor de preocupado... ¿Por qué no tratas de hablarle en privado?

—¿Pero cómo? Me procura evitar como sea. Qué mierda... —Jugaba con sus manos, aparentando no tener nerviosismo.

—Tienes que volverte a ganar su confianza. Creo que la ha perdido en la mayoría... ¿Dices que está muy enfermo, no? ¿Por qué no vas a visitarle? Sus padres te conocen y así él no podrá huir.

—¡Claro! Por qué no se me ocurrió…

—Craig, te soy sincero y nunca te había visto preocuparte tanto por alguien. —Rió un poco.

—Cómo no preocuparse, joder. Todo lo que pasó fue muy anormal.

—Jaja, bueno, eso sí tienes razón ¿entonces hablarás con él?

—Iré mañana a su casa y veré qué pasa.

Los dos muchachos siguieron conversando hasta que llegó la tarde y el pelinegro tuvo que regresar a su morada.