TODOS LOS DERECHOS DE LOS PERSONAJES LE PERTENECEN A SU CREADOR ALEXADER ROBERT HIRSCH
HERMANDAD
Stanford
Qué diablo de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, desprecia a Caín*.
Por fin me había atrevido a mandarla, esa postal en la cual encontraba una esperanza, aunque pasó incluso más de un año desde que comencé a escuchar las primeras voces, ahora simplemente estas no se callaban. Sentía que mi cordura lentamente se diluía, que poco a poco se me escapaba.
-Él no vendrá, él te dejo sólo – decía la voz dentro de mi cabeza.
-¡Stan vendrá! ¡Stan me ayudara! –dije gritando hacia la nada porque ahí tenía muchos años estaba solo.
Subí a la habitación y me deje caer sobre el sillón, destapé el coñac que desde hace tiempo parecía siempre estar a la mano.
Pero era verdad Stan me había dejado solo, él se buscó lo que había pasado, incluso se llevó mi oportunidad de salir de New Jersey, mi sueño de ser alguien. Si, así había sido él porque incluso había pensado en convencerlo para que se fuera conmigo al West Coast Tech, algo podíamos hacer juntos pero no, lo arruino todo y me mando a esa universidad de mierda.
Nunca se lo dije pero siempre lo envidie, deseaba tener eso que al se le daba con tanta facilidad, odiaba su capacidad de ser feliz, de sortear los problemas, de seguir a pesar de que no pudiera, él era lo que yo nunca seria. Conforme íbamos creciendo lo veía jugar con otros, siempre tuvo la oportunidad de hacer amigos pero regresaba conmigo, iba hacia el rincón del patio de la escuela donde me encontraba leyendo solo, me miraba, sonreía y sabía que Stan era mi amigo.
-¿Por qué me dejo solo? –dije en voz alta para mí mismo.
Cazadores de tesoros, que ilusos éramos en ese entonces, ahí estábamos el uno para el otro sumidos en nuestra fantasía de mujeres y paisajes paradisiacos. Pero la vida no puede resultar tan fácil, tan simple, tan feliz. ¿Cuándo fue la última vez que me sentí feliz? No lo recuerdo, sin duda fue hace muchos años. Me quite los lentes, toque mis sienes y quise rememorar ese último instante de felicidad que se negaba a aparecer, y ahí estaba él, más bien estábamos los dos en ese tonto baile escolar, riendo por nuestra falta de suerte con las mujeres. Eso también resultaba ser una mentira, él había conseguido una cita pero no me dejo solo, no era tan mal hermano después de todo.
-¿Por qué me dejo solo? –dije otra vez en voz alta.
Era extraño creí que toda la vida estaríamos juntos, éramos hermanos, éramos gemelos, éramos familia, éramos amigos y ahora unas décadas después éramos un par de desconocidos. ¿Tal vez siempre lo fuimos? ¿Tal vez así tenía que ser? Logre muchas cosas solo aunque tuve que esforzarme al doble, pero esa era mi especialidad, logre lo que me propuse, logre ser alguien. ¿En serio lo logre?
Seguimos existiendo el uno sin el otro, encontré todas estas cosas a las que dedique mi vida. Esos diarios eran la muestra mi genio, la evidencia de mis hallazgos, eran mi vida. ¿Por qué esta vida sabia tanto a fracaso?
El día que lo hechó mi padre simplemente cerré las cortinas, esa noche fue la primera de muchas que pase solo. Tras dieciocho años de compartir la habitación, de escuchar sus ronquidos en la noche, de contarle mis miedos nocturnos, de compartir nuestros sentimientos, esas cuatro paredes se llenaron de silencio. Del silencio que tantas veces le exigí, del silencio y la penumbra que dejaba escapar a mis demonios, en este lugar incluso esos demonios tenían nombre y voz, miles de voces que gritaban dentro de mi jodida cabeza.
Mis padres discutieron al respecto durante todo el día siguiente y muchos otros, mi madre quería que fuera por Stan, por su hijo de espíritu libre, siempre le quise preguntar que se supone que significaba eso, donde me dejaba a mí. Acaso era esclavo de mis propias ideas, abrí los ojos y mire alrededor, atrapado en este infierno que yo mismo construí del cual no era capaz de dejar y sonreí, ¿acaso al enviar esa postal espero que él me rescate?
Le volvió a exigir una vez más que trajera de vuelta a Stanley, incluso lo abofeteo un par de veces, él bebé lloraba ella también, yo fingía no escuchar ni darme de cuenta de nada. Mi madre me grito para que la apoyara, suponía que extrañaba a mi hermano, no respondí nada únicamente tome mis cosas y me fui a mi habitación. Soy un gran bastardo.
Después de eso nada fue igual, no se hablaban, no se miraban, sólo se dejaban romper por lo que había pasado, en ese momento supe que dejamos de ser un familia. Lo maldije varias veces, resultaba que ese imbécil era quien nos permitía estar juntos, ahora simplemente éramos un grupo de personas que compartían el mismo techo.
En cuanto me gradué me fui, los deje, deje a mis padres para que pudieran lidiar ellos solos con sus propias acciones, yo ya no quería saber más de todo eso.
En la universidad recibía una carta de él de vez en cuando, una que otra llamada, pero cada vez era más difícil mantener una conversación que no terminará en pelea o en un silencio insoportable, al final dejo de buscarme y yo a él.
-¿Por qué me dejo solo? –volví a repetir.
Cuando llegue a este lugar todo parecía pintar diferente, era el lugar que había soñado, el que me proporcionaba el material y los recursos para no detenerme. Cada día me llenaba de conocimiento, de cosas que jamás imagine que existieran, vi seres, vi cosas que nunca otro humano había presenciado todo aquello era mío, se convertía en parte de lo que yo era.
Incluso la soledad parcia despejarse un poco cuando Fidds decidió trabajar conmigo, compartí esos descubrimientos, construiríamos eso que nos daría respuesta, eso que yo desesperadamente buscaba, eso que me impedía detenerme, quería darle significado a mi asquerosa vida.
Casi estaba listo, ya únicamente faltaban algunas cosas, esto nos pondría en otro nivel, nos llevaría al nivel de auténticos científicos, pero aquel maldito accidente tenía que ocurrir. Me dijo que tenía que destruir el portal, pero ese artefacto era el objetivo de mi vida, el trabajo de muchos años, ¿cómo se atrevía a pedirme eso?
-¡Esta máquina es peligrosa! ¡Vas a traer el fin del mundo con esto! ¡Destrúyela antes de que nos destruya a todos!–dijo conmocionado.
Era algo en lo que había trabajado tanto y por tanto tiempo, ya ahora él me media desecharlo, me negué, dijo que quería pronto olvidar todo y renuncio.
-¡Bien! ¡Lo hare sin ti! ¡No te necesito! ¡No necesito a nadie! –le grite antes de que se fuera, sin embargo el nombre de Stanley llego a mi cabeza.
También fue la primera vez que escuche las voces, que comencé a dudar de mi cordura, la primera noche que me di cuenta de lo mucho que lo extrañaba, de lo mucho que lo necesitaba y pese a eso me tarde en contactarlo, yo y mi maldito orgullo.
-¿Qué es lo que pretendes? ¿Qué es lo que buscas? ¿Quién eres tú? ¿Estás listo para las respuestas? ¿Qué estás dispuesto a pagar? ¿Todo tu trabajo ha valido la pena? ¿Conseguiste lo que querías? ¿Qué es la realidad? ¿Acaso no vez la ilusión? ¿No te das cuenta que sólo eres una oveja que camina al desfiladero? ¿Eres feliz? ¿Quién eres tú Stanford Pines?
-¿Quién eres tú Stanford Pines? –Se repetía en mi cabeza. -¿Quién eres tú Stanford Pines?
-Tú no eres nada…
Abrí los ojos súbitamente, me había quedado dormido en esos momentos las voces se intensificaban, me atormentaban, pero sobre todo me hacían dar cuenta de mis errores, de todo lo que había perdido.
-¿Quién eres tú Stanford Pines? –me pregunte a mí mismo. Que irónico es que conociera las respuestas a tantas cosas, esa era una pregunta para la cual ni siquiera tenía palabras.
Tome de mi saco las pastillas para dormir que me permitían descansar por una par de horas, le di un trago al coñac, me deje caer en el sillón y antes de perder la conciencia dije.
-Por favor Stanley no me dejes sólo.
CONTINUARA…
*Fragmento del libro "Caín" de José Saramago.
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