Disclaimer: Todos y cada uno de los personajes de la siguiente historia han sido creados por la maravillosa Suzanne Collins.
.II.
RECUERDOS LLENOS DE HARINA
Podía notar como Haymitch no paraba de mirarme de reojo. Su preocupación era perfectamente visible ante mis ojos ya que lo conocía demasiado bien. Mientras íbamos camino a la estación de trenes, me preguntó un par de veces si estaba segura de lo que hacía y que en el caso de que fuera así, estaba muy orgulloso de mí. Por supuesto, acabando la frase con un «preciosa» que tanto lo caracteriza. Yo sólo sonreí, no tenía fuerzas y tampoco ganas para decir y hacer nada más. Por un momento pensé que mis piernas no querían avanzar y actuaban por su propia libertad. Tenía la sensación de que mis pies pesaban toneladas y se me hacía un mundo poder llegar a nuestro destino. Era como si mi cuerpo hubiera obtenido un poder infrahumano que no me dejaba seguir el ritmo de Haymitch, que al estar nervioso, caminaba más rápido de lo normal dejándome unos pasos atrás. Frené en seco y suspiré al ver la puerta principal de la estación. Mi antiguo mentor se encontraba a unos metros de mí y al no notar mi presencia se giró levemente. Me dedicó una mirada de apoyo para continuar y levantó su mano para hacer el gesto de que me acercara. Recordé la conversación de esa misma mañana en la cocina dónde le hice prometer que, durante todos estos días en los que nuestros invitados se hospedaran en mi hogar, no bebería ni una gota de alcohol. Lo necesitaba sereno y entero por si ocurría cualquier cosa. Su respuesta fue una especie rugido el cual tomé como un sí con desganas.
Al llegar hasta Haymitch, no me dijo nada. Y así estuvimos unos cuantos minutos. Había un silencio ensordecedor que creí que me iba a volver loca por un momento. Aunque no se presentaba un día soleado, no hacía mucho frío pero el viento era bastante notable. Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta apretando los puños a la vez que mordía mi labio inferior. Mi oscuro cabello se movía a causa del aire y eso provocaba que unos mechones chocaran contra mi rostro. Bufé mientras me los apartaba y maldije en mi interior al no haberme hecho mi trenza particular. Hasta que un agudo chillido proveniente de al otro lado de la acera hizo que me desconcentrara de mis pensamientos. Una pequeña silueta iba acompañada de tres figuras adultas, una destacando más que las otras a causa de la altura. No podía ser otro, Gale. Su mirada grisácea era inconfundible a metros e incluso kilómetros. Hacía más de tres años que no lo veía y parecía que sólo hubieran pasado tres míseros días. Estaba prácticamente igual, aunque su barba había crecido y su pelo se veía más corto y oscuro que la última vez. ¿Cuántas cosas le habrían pasado durante todo este tiempo? ¿Sería capaz de contarme todas y cada una de sus nuevas experiencias? ¿Me daría alguna explicación de porqué ni si quiera llamó para preguntar cómo estaba? La verdad es que tampoco la quería. Quizás a la antigua Katniss sí le hubiera gustado tener esa conversación pendiente, pero a la Katniss de hoy en día no. No por rencor, sino por temor a volver a revivir todo aquello que ya había dejado atrás. Y Gale formaba parte de ese "aquello".
Volví a despistarme con un segundo chillido. No podía ser otra que Annie acompañada de Johanna, la que llevaba de la mano a un pequeño hombrecito con una cabellera rubia. Me fijé en este último y me sorprendí de lo mucho que se parecía a Finnick. Su sonrisa y sus ojos eran idénticos a los de su padre. Pero su mirada tímida e inocentona sin duda alguna era de su madre. Mientras se acercaban a donde nos encontrábamos Haymitch y yo, sólo tragué la poca saliva que me quedaba. Volví a meter mis puños en la chaqueta, para sentirme más segura. Era como si fuera un escudo que me protegiese, que me iba a salvar de cualquier situación. Aunque sonaba bastante estúpido, me reconfortaba.
- ¡Katniss! ¡Haymitch! – volvió a gritar la pelirroja mientras se acercaba animada - ¡Cuánto tiempo sin veros! – y dicho esto, me abrazó tomándome desprevenida. Quise responderle de la misma forma pero algo en mi interior no me dejó moverme del sitio. Mientras Annie se separó de mí, mis ojos no pudieron evitar cruzarse con aquellos que me habían observado durante tantos años. Pero las palabras de la chica morena, que se encontraba junto a mi ex mentor, me hicieron romper el contacto visual.
- Vaya Katniss…sigues siendo igual de fría y sosa que la última vez que nos vimos… – dijo Johanna mirándome de reojo mientras saludaba a Haymitch.
- Y tú sigues siendo igual de impertinente – la observé con una mirada desafiante. Ya me había desacostumbrado a los comentarios típicos de Johanna Mason. Pero a pesar de todo, sabía que la admiraba profundamente por todo lo que vivió junto a Peeta y junto a Annie. Sé que nuestra espera era agoniosa e insoportable. El no saber nada de ellos nos mataba cada vez más, el no saber nada de Peeta era como una tortura que no podría soportar por mucho tiempo. Pero siempre me he preguntado a mí misma que qué tan duro sería lo que ellos vivieron y tuvieron que experimentar. Estaba segura de que se debería de multiplicar por mil comparándolo con nuestro dolor.
- Bueno, ya está bien…- dijo Haymitch – aunque tenía ganas de volver a escuchar uno de vuestros piques tan famosos – comentó riéndose ante su propio comentario – además este pequeñín está delante y no tiene por qué ser testigo de esta tontería que tenéis entre vosotras.
- ¡Yo ya no soy ningún pequeñín! - Finnick Jr. frunció el ceño con exageración y con cara de pocos amigos. Había quedado claro que al niño de melena rubia no le gustaba que se le tratara como si fuera un bebé y quería que se le hablara y nos dirigiéramos a él como un adulto.
- ¡Por supuesto que no! – Exclamé observándolo y agachándome hasta llegar a su altura – No te preocupes Finnick, mientras yo esté aquí, nadie te hablará como si fueras un bebé…es más, ya veo que estás hecho todo un hombrecito hecho y derecho – sonrió mientras yo le guiñaba un ojo de forma cómplice.
- Gracias tita Katniss… - susurró tímidamente.
- Oh, vamos Gale…acércate, no te va a comer – gritó de repente Johanna. Al levantarme y volver a mi posición inicial, pude darme cuenta de que el cuerpo de mi antiguo amigo se encontraba a unos cuantos centímetros más apartados que el resto, justo detrás las maletas como si fuera un ejército que iban a defenderlo. Lo miré mientras él observaba a Johanna con un rostro serio y se acercó más a donde yo estaba dejando el equipaje atrás. El contacto visual volvió a estar presente y nuestros ojos grises empezaron una batalla que habían dejado atrás hace exactamente tres años. Pestañeé un par de veces inconsciente y susurré un inaudito «hola» que ni yo misma escuché.
- Katniss… - Y sus siguientes pasos chocaron junto a mis pies, con sus brazos rodeándome. Sentí frío y dolor al mismo tiempo. Mi corazón no lo pudo evitar y mis propios latidos retumbaban con fuerza en mi cabeza. Cerré los ojos e inspiré en su hombro derecho. Olía a Gale, olía a infancia, olía a pasado. Pasado. Abrí los ojos e inmediatamente me separé de él, necesitaba espacio y tiempo para poder estar así con él. Sé que solamente era un abrazo y que yo ni si quiera le había tocado, porque mis manos se encontraban en mis bolsillos una vez más, pero nuestros cuerpos se habían chocado y mi respiración ya me estaba jugando una mala pasada. Después de aquello me susurró un «lo siento» que no le tuve en cuenta. No tenía por qué decirlo, estaba segura de que ni lo sentía de verdad. Me di cuenta de que Haymitch le dedicó una mirada un tanto extraña, como pidiéndole tiempo para mis posibles reacciones. Gale pareció entenderlo y tan sólo asintió con unos ojos llenos de tristeza.
El camino hasta la Aldea de los Vencedores fue bastante tranquilo. Annie, Finnick Jr. y yo íbamos un tanto atrasados respecto a Gale, Haymitch y Johanna. La pelirroja me preguntó acerca de Effie y Portia, las cuales no veía desde hace muchísimo tiempo. Sólo le respondí que algunas veces venían a visitarme, pero que ellas se encontraban viviendo felizmente en el Capitolio. A Finnick Jr. parecía encantarle la tranquilidad y la placidez el lugar. No podía controlar su emoción al explicarle que Haymitch tenía como compañía unos odiosos gansos que yo iba loca por cocinar. Y mucho menos cuando le prometí que le llevaría junto con su mamá al bosque para cazar algunas ardillas. Sin duda alguna, aquel niño de cabellos rubios no echaría de menos el Distrito Cuatro y aquellos días serían como una nueva aventura para él. Mientras Finnick corría hacia mi ex mentor para preguntarle acerca de los dichosos gansos, Annie me explicaba cómo se sentía al criar un hijo sin su padre. Realmente no estaba sola ya que tenía la ayuda de la loca de Johanna, pero el no tener la presencia de la figura paterna hacía que todo le pareciera un poco más difícil.
- Le echas de menos, ¿verdad? – le pregunté arrepintiéndome al instante por formularle aquella pregunta tan estúpida.
- Más de lo que puedas imaginar… – Joder. La culpabilidad volvía a mí de forma instantánea, con unas ganas de llorar que ni yo misma podría controlar. – Pero Katniss, te prometo que soy feliz... – dijo mirándome a los ojos como si supiera lo que estaba pensando – no te sientas culpable nunca de lo que pasó…es más, debería agradecerte que repitieras tres veces la palabra "jaula". Al menos tú cambiaste el destino de la que iba a ser una dolorosa muerte…
- Ojalá hubiera podido bajar aquellas escaleras y salvarle… - comenté con un nudo en la garganta, volviendo a mirar al frente.
- Quizás eso no hubiera servido para nada e igualmente habría muerto, alimentando a los mutos…y no sólo con su cuerpo, sino con el tuyo también – no sabía que responderle a eso. Quizás yo hubiera muerto y él no, quizás nos hubiéramos salvado los dos, quizás hubiéramos muerto los dos. Quién sabe.
Dimos por acabada la conversación en cuanto vimos que el pequeño Finnick corría hacía nosotras explicándonos emocionado que Haymitch le había prometido que le llevaría a ver los gansos después de cenar. Nosotras sonreímos ante el grado de excitación y felicidad que presentaba el niño de ojos color miel. Y ahí fue cuando entendí el porqué de todo lo que me había dicho Annie. Es cierto que no tenía a Finnick a su lado y que lo necesitaba más que a nadie en el mundo, pero tenía a su hijo y con eso podía sentirse eternamente satisfecha.
Al llegar a casa, nos encontramos a una Sae concentrada en la cocina preparando uno de sus deliciosos platos. Observé que la mesa de la cocina estaba recubierta de harina y había como una especie de bola enorme que adornaba el centro del trozo de madera. Sae estaba preparando pan y había dejado reposar la masa mientras ella echaba un vistazo a la olla enorme que estaba encima de los fogones. Sae al darse cuenta de que habíamos llegado, dejó de lado sus quehaceres y se acercó a Annie, Johanna y sobre todo a Gale para darle una calurosa bienvenida. Abrazó a Finnick Jr. y le pidió que le ayudara a masar el pan que aún quedaba por cocinar. El niño no dudó ni un instante y feliz de que fuera tratado como una personita mayor, se convirtió en el perfecto pinche de Sae. Junto a Haymitch, intentamos planificar las habitaciones para que los invitados estuvieran lo más cómodos posibles. Y no sólo ellos, yo también necesitaba estar relajada para que todo fuera bien. Así que ambos estuvimos de acuerdo en que Annie y Finnick Jr. dormirían en mi casa, justo en la habitación de mi madre; mientras que Gale y Johanna se quedarían en casa de mi antiguo mentor. Al comentárselo a los chicos no hubo quejas, a excepción de Johanna claro está, que replicaba con rebeldía que quería dormir con el pequeño Finnick. Annie le miró con desaprobación y le dijo que estando con su propia madre y conmigo no le pasaría nada. Johanna gruñó de manera infantil pero acabó conformándose con la contestación de la pelirroja. Me sorprendió aquel acto de protección hacia el niño por parte de la morena delgada, como si fuera su segunda madre. Pero después entendí que al estar tanto tiempo con él y criándolo durante todos estos años, era una reacción lógica e indiscutible. Probablemente yo también hubiera reaccionado así si se tratara de Prim. Mi Prim.
- Bueno Gale, ¿por qué no me echas una mano con el fuego mientras ellas ayudan a Sae a preparar la cena? – le preguntó Haymitch después de un silencio incómodo que se había producido justo después de la pataleta de Johanna.
- Claro – contestó.
- ¿Qué te crees Haymitch? ¿Qué nosotras no podríamos encender el fuego y nuestro lugar es la cocina? – preguntó Johanna con cierto humor en su tono de voz.
- La verdad es que yo no he dicho eso…
- ¡Lo has dado a entender diciéndoselo solamente a Gale! Maldito borracho machista…
- ¡Eh! Lo de borracho te lo acepto pero lo de machista, nunca. – Johanna y Annie rieron ante el último comentario. – Pues venga ven, haz tú el fuego si quieres…- y Johanna se fue hacia el comedor con aires de ser superior mientras Haymitch y Gale le seguían. Annie me miró divertida y yo sólo sonreí y me encogí de hombros. Daba por hecho que las conversaciones entre Haymitch y Johanna iban a estar más que graciosas durante los siguientes días.
Nada más llegar a la cocina, Annie gritó de una manera que hizo que me asustara. Sae no se encontraba en el lugar y lo único que me llamó la atención fue una pequeña figura encima de la mesa con la bolsa del ingrediente principal en la cabeza. Al ver tal escena, sólo me entraron ganas de reír. Finnick Jr. estaba cubierto de harina. Y cuando digo cubierto, quiero decir, de los pies a la cabeza. Su rubio había desaparecido por completo y había sido substituido por un polvo blanquecino que, al moverse, caía en su pequeña nariz y eso le provocaba estornudar estrepitosamente. Toda su ropa había quedado llena de harina y sus manitas estaban pegajosas por el contacto con los mocos provenientes de su nariz. Annie regañó al niño, me preguntó por el lavabo y al indicarle, subió las escaleras rápidamente para darle un buen baño. Mientras sonreía y pensaba en lo travieso que era Finnick, me senté en una de las sillas de madera y acerqué a mis manos aquella bola de masa que dentro de muy poco iba a ser nuestro pan para cenar. No pude evitar hundir mis dedos en ella, amasándola lentamente y con mucha delicadeza. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que comí pan, concretamente uno que me cocinó Peeta en una de sus visitas. Recuerdo que una vez Sae me preguntó si quería que hiciera uno para la hora de la comida y yo le contesté que no. Por aquel entonces, hacía poco que mi chico del pan se había despedido de mí y no quería que nada hiciera que me acordara a él. Ni si quiera era capaz de comerme un trozo de un alimento tan básico. «Por dios, eso es patético Katniss». Sae nunca más me lo volvió a preguntar y tampoco lo cocinó, hasta esta noche. Supongo que la razón era por la visita de Annie y los demás. Al concentrarme en mis manos llenas de harina, no pude impedir que mi memoria viajara al tiempo y me proyectara una de esas imágenes que perduraría años y años en mi cerebro.
Yo me encontraba justo en el mismo sitio, justo en la misma silla. Peeta llevaba una camiseta básica de cuello de pico de color blanco, la cual hacía que sus manchas no fueran tan llamativas y evidentes. Pero en sus tejanos se podía observar las marcas de sus manos en la zona de los muslos, al intentar limpiarse más de una vez. Era un día soleado y hacía demasiado calor para estar amasando con fuerza, así que no podía evitar que las gotas de sudor le recorriesen la frente. En más de una ocasión intentaba secarse con su antebrazo pero era inútil. Yo lo miraba mientras trabajaba y justo en el momento en que él fijó sus ojos en mí, llegué a la conclusión de que lo admiraba incondicionalmente. La delicadeza de sus ásperos dedos al mezclarse con la masa me tenía mucho más que embaucada y era como un embrujo del que no podía salir con facilidad.
- ¿Quieres intentarlo? – me preguntó con una sonrisa encantadora.
Sólo asentí y rápidamente me coloqué a su lado, preguntándome por dónde debía empezar o qué es lo que tenía que hacer. Peeta negó con la cabeza al verme tan perdida y me posicionó justo delante de él sin vacilar. Sus brazos rodearon mi cuerpo y sus manos cogieron las mías para guiarme y amasar de la misma forma en que él lo hacía con anterioridad. Si dijera que fue una de las experiencias más extrañas de mi vida, ¿podría alguien creerme? El cosquilleo en el estómago fue demasiado evidente así que no duré muchos minutos en aquella posición. Su respiración en mi oído me desconcentraba y mi trabajo iba a ser un maldito desastre. Jamás llegaría a tener el talento de Peeta, ni aunque pasaran millones años. Él tenía tantas cualidades…y me hubiera encantado repetírselas todas las noches. Cada una de ellas. Pero cuando yo intentaba alagarle, él siempre me replicaba con un «olvídate de lo bueno y no te confíes, recuerda que algún día yo mismo podría matarte». Cómo odiaba que intentara recordarme cada dos por tres que en cualquier instante podía darle uno sus ataques y hacerme daño. Lo tenía siempre tan presente que a veces me daban ganas de pegarle porque no dejaba que ninguno de los dos disfrutáramos de nuestra compañía a solas. Y bueno, el daño ya me lo había hecho, pero de otra forma. Marchándose. Y eso era más doloroso que cualquier golpe en la cara.
Un ruido hizo que volviera al presente.
- Katniss, ¿te pillo en un mal momento? – preguntó Gale asomándose por la puerta de la cocina – llevaba rato observándote y…tenías mala cara.
Por la forma que tuvo al preguntarme, supe que quería hablar conmigo a solas. ¿Las primeras horas juntos después de tanto tiempo y ya quería que tuviéramos aquella conversación? Por dios, aún tenía tres días más para intentar convencerme. ¿Tan importante sería para él? Mi opción fue pensar durante los pocos segundos que me quedaban, cómo podía huir de aquella encerrona. No me encontraba bien para enfrentarme de nuevo a todo lo que ya había superado. Bueno, a lo que aún intentaba superar. Tampoco quería engañarme a mí misma porque si ya hubiese pasado página, no tendría ninguna negación a esa charla pendiente.
- ¿Katniss? – preguntó sentándose justo en una de las sillas de enfrente. Yo lo miré de forma que daba por hecho que no quería que continuara, pero aun así sabía que Gale era más o tan tozudo como yo y no se iba a rendir tan fácilmente – Escucha, sé que tenemos muchas cosas de las que hablar…pero no he venido aquí para eso.
- ¿Ah no? – le cuestioné sorprendida – Entonces, ¿a qué has venido?
- A ver cómo estabas... – una risa irónica escapó de mis labios.
- Vaya Gale, ¿ahora te preocupas por mí?
- Nunca he dejado de hacerlo…
- Durante estos tres años sí. – soné demasiado cortante. – ¡Ni si quiera una maldita llamada! Y sabías que no estaba en mi mejor momento después de la muerte de…- no pude acabar la frase.
- ¡Necesitaba tiempo! No tenía ni idea de cómo ibas a reaccionar y después de todo lo sucedido…tú me dejaste ir con un simple adiós. Ese adiós que fue definitivo para mí y creo que también para ti. ¿De verdad querías que te llamara? Piénsalo por un segundo.
Es cierto. Si me hubiera llamado, ¿cuál hubiera sido mi reacción? Probablemente le hubiese insultado o le hubiese preguntado que cómo se atrevía a hablarme. Pero al menos sería una señal de que se preocupaba por mí; mi estado o mi manera de actuar tampoco importaba mucho porque no era al cien por cien yo. Mi yo interior estaba totalmente exhausto y adormilado, eso es lo que suele ocurrir durante las depresiones según el doctor. Podría decir que durante aquella época era como una especie de zombie que sólo permitía a mi familia estar cerca de mí. Y cuando digo a mi familia, me refiero a Haymitch y a Peeta.
- Podrías haber hablado con Haymitch…eso no es excusa. – le solté.
- Es verdad, tampoco me atreví a hablar con él… – dijo apenado – pero sí llamé a Peeta. – Lo miré confundida. Vaya, en eso sí que no había pensado. – Sí…hablé con Peeta. Sabía que él nunca te dejaría sola y era la única persona que sabría con exactitud sobre tu estado aparte de Haymitch. Le pedí que no te dijera nada…y por tu cara de ahora, sé que no lo hizo.
- No, nunca me dijo nada. O sea que él te mantuvo informado durante aquel tiempo…
- Sólo hablamos un par de veces. En la primera conversación comentó que no estabas muy bien que digamos. No comías y tampoco podías dormir a causa de las pesadillas. – mi mirada se fijó en el suelo e inspiré profundamente - Y en la segunda me explicó que ya no iba tanto a visitarte ya que tenía miedo de hacerte daño…oye, Katniss… – lo volví a mirar levantando una de mis cejas – ¿Peeta volvió a…? Ya sabes.
- Sólo una vez. Pero ni si quiera me hizo daño, simplemente me empujó con fuerza contra la pared y caí al suelo. – Maldita la hora en la que ocurrió ese desastre. – Haymitch se encontraba fuera pero llegó a tiempo para calmarlo. Después tardó tres meses en volver a visitarme y ahí fue cuando se despidió y no volvió nunca más. Aunque sé que mantiene contacto con Haymitch…
- Vaya…oye, yo…lo siento.
- No digas lo siento tan a la ligera, ¿vale? – eso ya me estaba poniendo enferma. – Sé que te sientes culpable y todo eso pero, lo que pasó ya ha pasado y no podemos volver atrás.
- De acuerdo. – Suspiró – entonces…gracias. Por dejarme estar aquí y por dejarme al menos intentar hablar contigo.
- De nada.
Y dicho esto, me levanté y salí de la cocina dejándolo en aquella silla de madera. Al subir las escaleras pude ver como Haymitch y Johanna me observaban desde la otra punta del sofá con gran expectación. Mi antiguo mentor hizo el amago de levantarse pero su compañera lo cogió del brazo y lo volvió a sentar. Parece ser que Johanna entendió que necesitaba estar un rato sola, incluso sin conocer la pequeña conversación que había tenido con Gale apenas hacía unos minutos. Al llegar al pasillo, me apoyé en una de las paredes justo al lado de una fotografía colgada con un marco. Mi rostro se giró y se topó con aquella imagen tan enternecedora. Salía mi hermana Prim, sonriendo junto a Buttercup en sus brazos. Al principio, quité todas las fotos y todo lo que pudiera hacer que me recordara a ella. Pero en la etapa en la que volví a ser un poco más yo, empecé colgando algunas en el pasillo de arriba. Y una de ellas era esa, la que salía con el maldito gato. Sonreí y supe que todo lo que había conseguido hasta ahora era gracias a ella.
- Eh, Katniss… ¿estás bien? – me preguntó Annie que se encontraba con Finnick Jr. en brazos en medio del pasillo. Éste tenía el pelo húmedo ya que estaba recién salido de la bañera y llevaba puesto un pijama con temática de piratas. Nada que ver con la imagen que me había encontrado en la cocina hacia un rato. Yo sólo asentí con la cabeza y le contesté que después le explicaría. No sabía la razón exacta, pero Annie me daba tanta confianza y me hacía sentir tan bien, que tenía la sensación de que le debía contar cada detalle.
- Oye Finnick, ¿tienes hambre? – le pregunté al niño con un tono gracioso. Él me respondió con un divertido "sí" y un gesto que me indicaba que se moría por cenar. – Pues vayamos a ver si Sae ha aparecido de una vez y nos alimenta con uno de sus platos, ¿te parece?
Annie dejó a Finnick Jr. en el suelo y éste se dirigió a mí para cogerme de la mano y bajar las escaleras. Justo cuando llegamos, Sae entraba por la puerta y se disculpó por haberse marchado. Se ve que necesitaba una especie que yo no tenía en mi cocina, así que tuvo que ir por ella a su casa. Le explicamos la trastada de Finnick Jr. y Sae volvió a disculparse por haber dejado al niño solo. Mi amiga pelirroja le sonrió diciéndole que no pasaba nada y que igualmente habría tenido que bañar al niño más tarde. Haymitch, Johanna y Gale ponían la mesa en la zona del comedor mientras Annie y yo ayudábamos a Sae con la cena. Me gustaba aquel nuevo ambiente que se había creado en tan pocas horas. Normalmente la casa sólo estaba acompañada de Haymitch y de Sae, pero ahora al ser tantos, me recordaba a las cenas familiares que tenía con papá, mamá y Prim. Y me sentía feliz al volver a experimentar una de aquellas sensaciones que no aparecían desde hace mucho tiempo. El calor humano volvía a reinar en mi hogar y por eso sabía que, ocurriese lo que ocurriese durante los siguientes días, jamás me arrepentiría de haber dejado que se hospedaran conmigo. Ni si quiera me había arrepentido de haber dejado venir a Gale. Porque al tenerlo ahí, enfrente, serio y sereno, observándole mientras se lleva un trozo de su plato a la boca mientras cenábamos, sabía que todo iba a estar bien. Quizás no mañana, quizás no hoy, ni tampoco dentro de un año. Pero sabía que todo el cariño que le tenía no iba a desaparecer de la noche a la mañana, aunque he de confesar que tampoco desapareció en los últimos tres años. Probablemente debía aceptar de una vez por todas de que Gale no tuvo nada que ver con la muerte de mi hermana y más cuando sabía de primera mano que él intentó proteger a mi familia como si fuera la suya durante la revolución. Sé que no podríamos ser los amigos que un día fuimos, pero…había algo entre nosotros que siempre iba a estar ahí.
- Tita Katniss… ¿me pasas el pan, por favor? – me preguntó mi pequeño acompañante que estaba sentado a mi derecha. Yo asentí entregándole un trozo pequeño.
- Eh, Finnick…al final me voy a poner celosa – le dijo Johanna desde el otro lado de la mesa. – como prefieras a esta loca antes que a mí, lloraré toda la noche…
El niño rubio rió a carcajadas mientras yo sólo la atravesaba con la mirada por haberme llamado loca.
- Tita Katniss, te ha llamado loca. – me chivó Finnick llevándose su pequeña mano a la boca con un gesto de sorpresa.
- Sí, lo sé…pero es lo que tienen las descerebradas Finnick. Se creen que todos los que le rodean están igual de locos que ella. – contesté desafiando a Johanna.
- Wow, veo que las bromas te siguen sentando igual de bien, ¿eh? – contraatacó Johanna.
- Hay cosas que no cambian… - le dije casi cortándola.
- Ay chicas, ya está bien…- amenazó la pelirroja de mi izquierda con una sonrisa en la cara. – Por cierto Haymitch, Katniss me comentó viniendo de la estación que Effie y Portia están en el Capitolio… ¿podrías llamarlas para que vinieran algún día de estos? Me gustaría volver a verlas.
- Claro, es una gran idea. Estoy seguro de que a ellas les encantará veros…Effie se pondrá furiosa seguramente por no haberla avisado.
- Te dije esta mañana que le avisaras – le dije a mi antiguo mentor.
- Espera un momento – saltó Johanna con una cara extraña – Annie, ¿cómo que no sabías que estaban en el Capitolio? Si justamente el otro día Peeta nos comentó que las había visto…
Annie la fulminó con la mirada en cuanto pronunció su nombre. A Johanna se le escapó un "ups" de su boca, cosa que entendí como que había cometido una cagada monumental. El ruido de hace unos segundos se había esfumado dejando como sustituto las llamas de la chimenea chocando sin parar. Yo solamente me dediqué a observar mi plato y dejé la cuchara a un lado para asimilar lo que Johanna había dicho. Así que Annie y ella tenían contacto con mi chico del pan y parece ser que nadie me lo había contado. Miré a Haymitch para buscar algún tipo de información y claramente vi que él también lo sabía.
- ¿Tenéis contacto con Peeta? – preguntó Gale de manera inocente, mirándome indirectamente.
- Sí…bueno, lo justo. – dijo Johanna nerviosa.
- El tito Peeta viene todos los meses a visitarme – dijo con una sonrisa orgullosa el pequeño Finnick. – Y me trae bollos de chocolate…
- ¡Finnick! – le gritó Annie.
- Tranquila Annie – dije sin pensar – podéis hablar abiertamente de él si queréis, no me afecta en absoluto.
- Preciosa…
- No Haymitch, lo digo en serio. De verdad que sí. – le corté tragando saliva. Entonces miré a Annie y a Johanna que me observaban con los ojos bien abiertos – Y… ¿cómo está? – Sí, me había atrevido a preguntar. Quería saber de él, debía ser valiente.
Annie en seguida contestó un bien muy rápido para que Johanna no volviera a meter la pata.
- Tiene una panadería y la verdad es que le va bastante bien. – concluyó la pelirroja.
- Nos ayuda bastante con Finnick Jr., le tiene un gran cariño – continuó Johanna – todos los meses nos hace alguna visita y se queda en el Distrito Cuatro unos cuantos días. Y cuando no viene pues…hablamos por teléfono.
- Eso está bien… – susurré. Por unos minutos tuve envidia, no era justo que el resto de la mesa hubiera escuchado su voz en los últimos días y yo no. Y cuando quise darme cuenta, noté una mirada de Haymitch hacia Annie que me llamó la atención. No eran unos ojos de preocupación, sino de angustia. Como si ambos quisieran ocultarme algo que se me escapaba entre los dedos. Era la misma mirada que me dedicó cuando me recogieron en el Vasallaje de los 25 y no quería decirme donde se encontraba Peeta. Fruncí el ceño y Haymitch pareció darse cuenta porque su cara palideció.
- ¿Qué? – pregunté a mi antiguo mentor con impaciencia. Volví a mirar a Annie que agachó la cabeza e intentaba ignorarme - ¿Qué pasa? ¿Le ha pasado algo a Peeta?
Annie miró a Haymitch cómo para pedirle permiso para avanzar y contarme de una vez por todas qué era lo que pasaba. Mi ex mentor asintió lentamente con los ojos tristes, sabía que me conocía y también sabía a la perfección de que insistiría sin parar hasta que no me contaran todo.
- ¿Le ha pasado algo al tito Peeta? – preguntó con preocupación el niño de mi derecha.
- No cariño…Haymitch, ¿por qué no te lo llevas a ver los gansos que le prometiste antes? – la cara de preocupación de Finnick Jr. se transformó en una cara de extrema ilusión.
- Sí claro…Gale y Sae me ayudarán a sujetarlos para que los puedas ver bien. – se levantó lentamente y se llevó al niño de la mano seguido de Sae y Gale, no sin antes dedicarme una mirada de apoyo que no entendí en aquel momento.
Una vez me quedé a solas con Annie y Johanna, el silencio duró tan solo unos pocos minutos.
- ¿Y bien? Sólo espero que no me engañéis, os lo pido por favor. – dije enfadada. Si algo no soportaba desde que tengo uso de razón, es que la gente que me rodeaba me ocultara información de algo que me repercutía directamente. Y más sabiendo que el tema principal era Peeta.
- A ver, descerebrada…tranquila. – Me dijo Johanna – Joder, es que sabiendo todo lo que ha pasado entre vosotros…no es fácil decirte esto.
- Lo que quiere decir Johanna es que nos preocupas – Annie cogió mi mano y me dedicó una mirada llena de compasión. ¿Tan difícil era entender que no quería eso? Compasión, pena o llamarlo como queráis. Retiré la mano bruscamente y me levanté de la silla para sentarme en uno de los sofás, cerca de la chimenea.
- Solamente necesito saber qué pasa. – Dije en un tono suplicante – Nada de lo que me digas me va a doler tanto como la muerte de mi hermana, créeme.
Y fue justo ahí cuando Annie se levantó de su silla y se acercó para sentarse a mi lado.
- Verás Katniss…Peeta… - miró a Johanna buscando su apoyo pero negó con la cabeza y directamente me miró a los ojos – Peeta se va a casar.
«Ahí lo tienes Katniss, justo lo que no querías oír».
¡Hola! Aquí está el segundo capítulo, espero que os haya gustado.
Antes que nada, ¡Feliz Navidad y felices fiestas! No pude subir este capítulo antes porque he tenido unos días movidos…mucha comida y mucha familia, supongo que ya sabréis de lo que hablo. Quería deciros que normalmente subiré dos capítulos por semana, así que es casi seguro que durante esta semana, antes de acabar el 2015, tendréis el capítulo tres subido.
También os quería preguntar acerca de la trama de la historia. ¿Os gusta? ¿Debería cambiar algo? No sé, simplemente quería cambiar un poco porque todas las historias post-sinsajo suelen ser de lo mismo: se casan, tienen hijos y blablabla. Aquí no, aquí he querido que haya un poquito de drama y se inviertan los papeles. Es decir, ahora es Katniss la que tiene que currarse la vuelta de Peeta. Considero que él ha luchado por ella en todos los libros y ahora le toca a ella hacer algo al respecto. Quería agradeceros también que invirtáis aunque sea un poco de vuestro tiempo en leer mi historia, gracias de verdad. Me hace mucha ilusión. Espero que sigáis disfrutando de estos días de fiesta, ¡Saludos!
M.A.
