Disclaimer: Todos y cada uno de los personajes de la siguiente historia han sido creados por la maravillosa Suzanne Collins.


.III.

SU VOZ

El viento retumbaba contra la ventana de mi habitación haciendo que esta temblara y produjera un ruido que llenaba toda la habitación. Mi cuerpo se encontraba entre esas cuatro paredes físicamente pero sabía que mi cabeza no estaba ni en funcionamiento. Sé que es raro puesto que es difícil pensar que alguien pueda dejar la mente realmente en blanco, como se suele decir. Por muchas veces que lo intenté en los momentos de crisis, nunca sabía cómo hacerlo. Hasta ahora. Una de las lámparas que adornaba mis mesitas de noche estaba apagada, la otra encendida. El cuarto estaba envuelto de un ambiente bastante reconfortante ya que la luz tenue provoca ese tipo de sensación de calma y tranquilidad. Podía visualizar mi rostro y parte de mi cuerpo al otro lado de la pared gracias al espejo que estaba situado justo delante de la cama. Me observaba durante largos minutos pero ahí no había nadie. Una chica de pelo revuelto castaño oscuro, unos ojos grises poco dinámicos que se encontraban más claros que nunca a causa de no haber derramado ni una sola lágrima. Incluso hacían juego con mi camiseta de manga larga y cuello redondo de un grisáceo casi blanco. Seguí observando y vi unas mejillas coloradas a causa del acercamiento al fuego de la chimenea del comedor y también la parte superior de mi pecho, que subía y bajaba al compás de mis latidos. Volvía a tener aquella sensación de respirar, de vivir, pero de estar muerta. Hacía bastante tiempo que no la experimentaba, pero ahí estaba otra vez llamando a mi puerta para quedarse. Cerré los ojos y me hundí entre mis piernas, donde mis rodillas y parte de mis muslos reposaban en mi pecho. Me agarré del pelo acariciándolo con el objetivo de tranquilizarme pero estaba claro que aquello no funcionaba. Y lo supe en cuanto mis ojos comenzaron a aguarse de manera incontrolada. No lloraba desde la muerte de Prim, no lloraba desde que Peeta se fue.

Joder, cómo dolía. Quemaba. Escocía. El mundo podría acabarse y yo podría acabar junto a él sin ningún problema. Y qué más da, me preguntaba. ¿Tiene algún sentido seguir luchando por algo que sabes que ocurrirá de todos modos? ¿Por algo que cambió y que irremediablemente no podrás recuperar? Tantas preguntas sin respuesta que me dejarían peor de lo que estaba. Los minutos de mente en blanco no habían servido para nada ya que ahora mi cerebro trabajaba como nunca antes. Cuestiones sin resolver y jeroglíficos que yo misma me creaba, sin obtener una puta contestación. Que alguien me explique cómo se puede dejar de querer a esa persona, a esa persona que…sin querer, se mete dentro de ti, coge un pedacito de tu corazón y se lo lleva con él. Cómo se puede dejar de querer a alguien que te entregaba todo y tú, que en aquel momento no tenías ni idea de lo que querías, retornabas todo lo entregado sin una pizca de agradecimiento. Necesitaba una fórmula para todo aquello, la estaba pidiendo a gritos porque si no me iba a estrellar contra un muro de hormigón. Iba a toda prisa y sin frenos y el golpe podría ser fatal. Y ahí venía el interrogante principal de toda la historia. ¿Casarse? Aún no me entraba en la cabeza. Es que ni con un calzador podría llegar a comprenderlo. ¿Tan desesperado estaba para salir completamente de mi vida? O… a lo mejor se había enamorado perdidamente de alguien. Porque no todo en su vida gira en torno a mí. No, por supuesto que no. Y de eso me había dado cuenta esa misma noche. El dilema era que en mi vida sí giraba todo en torno a él. Maldito destino, seguramente se estaría riendo en ese momento de mí. Mírala, ahí está la tal Katniss Everdeen, llorando entre unas sábanas blancas y arrugadas. Hundiéndose en ellas como si fuera la propia agua del mar, creyendo así que podría sumergirse y no salir nunca más al exterior.

Me quedé quieta, sin ganas de seguir en aquella posición. Me tumbé e intenté ponerme más cómoda y cuando ya iba a dormirme por el cansancio de todo lo vivido durante el día, noté como la puerta de la habitación se abría tímidamente. Yo sólo abrí los ojos esperando por algo o por alguien. Y fue cuando Annie me preguntó en un susurro si estaba despierta. Asentí lentamente y me di la vuelta para que pudiera comprobarlo por ella misma. La chica de pelo castaño rojizo me observó durante unos segundos con sus ojos color marrón vivo pero entristecido a la vez. Se sentó al otro lado de mi cama y comentó que Finnick Jr. ya estaba durmiendo plácidamente, después de toda la exaltación a causa de los gansos. Intenté sonreír pero no pude, era imposible.

- ¿Quieres hablar de ello? – me preguntó dudosa.

Negué con la cabeza pero a los segundos me arrepentí. Volví a mi posición inicial, con las rodillas en mi pecho y la miré directamente a los ojos preguntándole por qué. Necesitaba saberlo ya que después de la confesión no me atreví a articular palabra; sólo recogí la mesa, me fui a bañar y me metí en la cama. Johanna y Annie se quedaron preocupadas esperando a que los demás regresaran de casa de Haymitch. Cuando mi ex mentor se enteró de mi reacción, subió las escaleras y se quedó detrás de la puerta de mi habitación, esperando a que yo le abriera. Pero no ocurrió ya que en ese momento no quería decirle nada y tampoco quería que él me contara nada. Así que en el último momento se dio la vuelta y se marchó escaleras abajo, avisando a Gale y a Johanna de que ya era hora de irse.

- Bueno, él no nos ha contado mucho sobre ella…– comenzó a explicar Annie.

- No quiero que me hables de ella, quiero que me digas las razones que ha dado por las que ha decidido casarse. – "Ella". Nombrarla sin conocerla me atormentaba de manera atroz.

- Tampoco es que haya explicado mucho… y por lo que nos intentó decir, tampoco es que esté perdidamente ilusionado. Sólo es alguien que parece ser una pieza clave en su vida.

- ¿Te lo dijo él eso?

- Algo así…no recuerdo bien. Primero nos dijo que la había conocido en la panadería que creó en el Capitolio y que todo con ella estaba yendo demasiado rápido. Según él, allí las cosas se viven de diferente manera, ya sabes…

- No, no sé. – Pestañeé un par de veces – ¿Qué coño significa eso? – dije estirando las piernas bruscamente y golpeando el colchón con mis manos a los lados. Me estaba desesperando y la poca paciencia que me quedaba se iba a ir por el retrete.

- No lo sé, Katniss. Yo me casé con Finnick porque lo amaba y con eso bastaba… – contestó con una mirada llena de tristeza y melancolía.

- ¿Crees que él a ella…? – tragué saliva.

- Tampoco lo sé. Peeta es un poco complejo, lo conozco bastante bien por todo lo que llegamos a vivir juntos pero…creo que tú lo conoces más.

- Yo también pensaba que lo conocía bien. Pero está claro que no es así… – en aquel momento un nudo se formó en mi garganta de forma casi inesperada. Noté como si unas manos me estrujaran fuertemente y la voz desapareciera de inmediato. Intenté hablar, gritar, llorar. Pedir socorro o auxilio. Pero tan sólo dos frías lágrimas rodaron por mis mejillas, acabando sobre mi camiseta.

- Katniss… cuando nos lo dijo, Johanna no pudo evitar preguntarle por ti. – reí con un poco de angustia.

- No sé si quiero que me digas que fue lo que contestó… – susurré.

- Al principio intentó evitar el tema pero ya sabes cómo es Johanna, insistió tanto que no pudo negarse. Nos dijo que para él siempre serías importante pero que lo vuestro ya era imposible.

- Es un egoísta – murmuré cortándola - ¿Imposible? ¿Por qué? ¿Por qué él no quiere acercarse a mí? ¿Por la estúpida idea de no querer hacerme daño? Estoy cansada de que repita siempre lo mismo – alcé un poco la voz, quizás estaba siendo un poco infantil e inmadura pero era lo que sentía en aquel momento.

- Escúchame. Para él es importante, jamás se perdonaría si…

- Sí, lo he escuchado tantas veces que me cansa.

- Él te quiere Katniss. Nunca ha dejado de hacerlo. – mi amiga pelirroja sonrió de manera que levanté mi rostro y la miré extrañada – Aún recuerdo cuando estábamos celda con celda y me hablaba de ti… diciéndome que daría lo que fuera por saber de ti, por saber que estabas bien. Estaba casi seguro de que no estabas muerta como el Presidente Snow nos dio a entender. Sus palabras exactas eran "algo en mi interior dice que está viva Annie, lo sé." – mis ganas de llorar volvieron a florecer. Aun estando en aquellas condiciones pensaba sólo en mi bienestar. – Recuerdo cuando vino y lo dejaron en la celda después de haberte visto y oído cantar. Estaba feliz, volvía a ser el Peeta que daría su alma al diablo con tal de tenerte entre sus brazos. Después de aquello se lo volvieron a llevar y…nunca más volvió a ser el mismo.

- ¿Cómo…es posible…que me quisiera tanto? – le pregunté casi sin voz.

- Te quiso desde aquella vez que te vio con cinco años y tus dos trenzas. – Dijo mientras cogía una de mis manos – Katniss, durante todo este tiempo él ha luchado por lo vuestro.

- ¿Qué quieres decir? – cuestioné extrañada.

- Quiero decir que él siempre ha peleado por ti. Por conseguirte. Aquella rivalidad, ya sabes, entre él y Gale. Sin saber a quién ibas a elegir… - bufé cansada del tema tan típico.

- Creo que es bastante comprensible ya que no tenía tiempo de pensar en todo aquello y menos en mitad de la rebelión.

- Sí, estás en lo cierto. Pero por alguna razón, siempre ha sido él el que ha tirado del carro. ¿Nunca has pensado que es hora de que seas tú la que tire de él ahora?

- ¿Y volver a entrar en su vida así como si nada? No sería justo para él…ni para ella. – quizás aquello último lo dije por decir. La verdad es que "ella" no me importaba en absoluto. Y Annie pareció notarlo ya que me miró levantando una de sus cejas, diciéndome con la mirada que no se creía ni una sola palabra.

- Ahora mismo Johanna diría algo así como: ¿Ella? ¡Qué le den ella! ¿A quién cojones le importa? – dijo gritando y haciendo gestos exagerados con los brazos. Yo sólo me reí ante la interpretación de mi amiga. – Oh vamos Katniss…ahora en serio. Si esto me estuviera ocurriendo a mí, te aseguro que lucharía por Finnick hasta el final de mis días.

No lo dudé nunca. Admiraba la forma en que aquella pareja se amaba. Y aún lo seguían haciendo aunque él no estuviese aquí. Yo había sido testigo de aquel amor que, desgraciadamente, tuvo que desaparecer por la gran valentía que presentó Finnick el día que nos adentramos en los pasillos subterráneos del Capitolio. Había sido testigo del cariño y el respeto entre ambos, había sido testigo de sus miradas el día de su boda. Aunque de aquel día no tengo muy buenos recuerdos, ya que sólo podía pensar en una persona que se encontraba en una de las habitaciones, atado en la cama sin poder moverse. Queriéndome matar y yo queriéndolo a rabiar. Y volviendo a Finnick…tan sólo hacía falta ver su estado cuando Annie estaba secuestrada junto con Peeta y Johanna. Fueron unos días durísimos en los que Finnick y yo nos intentábamos animar el uno al otro. Diciéndonos que estarían bien, que no les pasaría nada malo, que estarían sobre todo vivos. Desde luego el Presidente Snow estaba jugando con nosotros con una de las peores formas; nos atormentaba haciendo daño a las personas que más queríamos. Aún puedo memorizar cuando él me hablaba de la pelirroja como si no existiera otra mujer en el mundo, como si su vida sólo dependiera de aquel ser tan excepcional que era Annie. Sin pensarlo, me decía que la amaba y que la quería como mujer de sus futuros hijos. Recuerdo que yo reí ante tal confesión y rodé los ojos burlándome de él. Y ahora sólo puedo tener ganas de llorar. He de confesar que incluso tuve cierta envidia del amor que se tenían ambos. "Quién iba a decir que se iba a terminar enamorándose de mí...una pobre loca desquiciada" me decía siempre Annie. Y el que acabó loco por ella fue él.

Pero lo que más me llegó a sorprender era la facilidad que tuve para abrirme al cien por cien con Finnick. A mi manera, por supuesto ya que yo era un hueso duro de roer. Intentaba desahogarme con mi madre, con Prim e incluso con Gale. Todos me repetían que Peeta estaba bien, que iba a volver. Las típicas palabras de consuelo que estaba harta de escuchar y no me calmaban en absoluto. En cambio, las palabras que un día me dedicó Finnick calaron de una manera tan profunda que me dejaron sin palabras. Fue cuando me dijo que sabía que yo quería a Peeta. Era obvio que lo quería, pero él no se refería a ese querer. Lo supe por la manera en que me lo dijo. Así que lo miré, con los ojos bien grandes y entonces creí que no hablaba en serio. Pero cuando me devolvió la mirada y me explicó por qué pensaba eso, supe que no bromeaba.

- Después de los primeros juegos…siempre creí que vuestra historia había sido un fraude. Una mentira. – Dijo observándome fijamente – pero cuando en el Vasallaje…el corazón de Peeta se paró, supe que lo querías. De alguna manera u otra, o quizás ni lo sepas aún – continuó haciendo una sonrisa – pero lo quieres, Katniss.

Yo no pude decirle que no era cierto, pero tampoco pude decirle que era verdad. Sólo, no lo negué. Mi silencio fue una respuesta que sabía que Finnick aceptaría, un silencio que para él tenía mucho significado. Pero para mí también porque aquella noche no pude pegar ojo.

- ¿En qué piensas? – me preguntó Annie, volviéndome a mi habitación de paredes blancas.

- En lo bien que me conocía Finnick.

Cuando mi amiga cerró la puerta de mi habitación y me susurró un "descansa", yo apagué la lámpara de mi derecha y me tumbé en la cama recordando cada palabra de la conversación. Ahora tenía que tirar del carro yo, según Annie. Pero, ¿cómo demonios se hace eso? Quiero decir, yo jamás me había preocupado por eso. Nunca. Había tenido a Gale que, a pesar de pensar en él como amigo, siempre había creído que de alguna forma u otra acabaríamos juntos en un futuro. Pero vino la Cosecha, vino Effie leyendo el nombre de Primrose, vino mi intervención para presentarme como voluntaria y vino el nombre de aquel chico que me había salvado la vida aquel día lluvioso. Y a partir de ahí todo cambió, dando un giro de 180 grados.

Con Peeta casándose con alguien que ni conozco. Con alguien que no soy yo.

Y con aquel pensamiento, agarrándome a la almohada con fuerza, caí en los brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente, la luz del sol me despertó cegándome. Sabía que era tarde puesto que el astro se encontraba en la posición más alta. Supuse que ya era medio día y me asusté. Me levanté rápidamente de la cama y sin siquiera mirarme al espejo, bajé las escaleras corriendo para ver si Haymitch se encontraba en mi casa. Quería hablar con él. Pero no fue así, solamente había una nota de Annie en la mesa del comedor diciendo que todos estaban en la casa de mi ex mentor. Parece ser que el pequeño Finnick se había encariñado de aquellos gansos y quería darles de desayunar. Pensé que ya era bastante tarde como para comer algo así que tan solo me hice un café bastante corto. Mientras me llevaba la taza a la boca, mis ojos recorrieron la encimera de mármol en busca de aquel animal peludo que tanto criticaba. La ventana estaba cerrada, así que no podría haber pasado toda la noche en la calle. Y si era así, me preocuparía de verdad.

- ¿Buttercup? – pregunté alzando la voz.

Al terminar el líquido de la taza, la dejé en el fregadero y salí de la cocina dispuesta a buscarlo. Cuando llegué a la planta de arriba, vi como la puerta de la habitación de Prim estaba entreabierta. Yo siempre la había dejado así porque no me gustaba cerrarla, simplemente con una línea que no dejaba ver nada en el interior del cuarto. Podía sonar estúpido pero, al tener la puerta de esa manera, me hacía pensar que Prim no se había ido jamás y que se encontraba en su cuarto leyendo un libro. Ese pensamiento me calmaba. Pero esta vez aquella línea sí que se había abierto más de lo normal y me dejaba ver una parte de la cama de mi hermana. Al entrar en ella, la luz del sol alumbraba esas cuatro paredes de una manera especial. Mis ojos se fijaron en aquella estantería llena de libros y aquel tocador con fotografías que ya me sabía de memoria por las tantas noches que me pasé en vela, tocándolas y acariciándolas. Con mi mano aún puesta en el pomo de la puerta, mi gris se encontró con aquel color berenjena podrido. Buttercup se encontraba tumbado en la parte superior de la cama de Prim, observándome expectante. Le sonreí y me imaginé a Prim al lado, acariciándole el lomo y dándole un beso en la cabeza como siempre solía hacer.

- Tú también la echas de menos, ¿verdad gato estúpido?

Maulló enseñándome sus colmillos largos y puntiagudos. Y lo tomé como un sí. Volví a dejar la puerta como solía dejarla. Me adentré en mi habitación para ducharme y vestirme y así poder dirigirme a casa de Haymitch.

Mis nudillos chocaron fuerte contra la puerta de madera para que pudieran oírme. Pero nadie me abrió. Volví a insistir obteniendo la misma respuesta. Quizás habían ido a dar una vuelta por el Distrito, o quizás habían ido al prado para que Finnick Jr. jugara tranquilamente. Decidí caminar y sin darme cuenta, llegué al bosque, uno de mis lugares favoritos. Rodeada de mi verde favorito y escuchando los pequeños sonidos de la naturaleza, avancé hasta el árbol que contenía mi herramienta más personal. Cogí el arco de un color plateado a causa del metal y las flechas que se encontraban en lo más hondo del tronco. Agradecí en silencio que aquel día me hubiese puesto ropa cómoda y mis botas, así podría cazar sin inconvenientes. Cuando me adentré aún más en el interior del bosque, me concentré totalmente para realizar mi actividad favorita. Mis pasos eran sigilosos y mi cuerpo estaba rígido y tenso, manteniendo el control para que mi objetivo no escapara. Por un ruido casi inaudible supuse que habría una presa por ahí cerca, así que intenté buscarla con mis oídos, siguiendo cada uno de mis sentidos. Hasta que mis ojos grises toparon con un rumiante de pelo áspero y corto de color pardo rojizo. Levanté el arco colocando una de mis flechas en posición, sin apartar la vista de él. Justo antes de soltar la flecha para que ésta llegara a su destino, un sonido de un golpe seco hizo que el animal se asustara y se marchara corriendo.

- Mierda. – susurré.

- Lo siento, Catnip.

Mi cuerpo se tensó aún más por aquel mote que solía decirme. Observé con enfado a mi acompañante que estaba parado justo detrás de mí.

- ¿Otra vez disculpándote? – le pregunté mirándolo de arriba abajo.

- ¡Venga ya! Vengo en son de paz…- Mis ojos se fueron directos a una de las piedras que sostenía en la mano y lo miré con el ceño fruncido – sí, el ciervo escapó por culpa mía. Lancé una piedra al otro lado de aquella roca y se asustó. Te juro que no os había visto…

- Está bien, está bien… – dije sin querer escuchar más - ¿Qué haces aquí, Gale? ¿Dónde están los demás?

- Echaba demasiado de menos esto. – contestó mirando a su alrededor y levantando la vista hacia las hojas de los árboles – Y los demás están dando un paseo por el Distrito. Yo es que ya lo conozco y bueno, preferí venir aquí. Tengo muy buenos recuerdos.

- Yo también…– dije en un murmullo, como diciéndolo para mí misma. Parece ser que a Gale le gustó mi respuesta porque sus ojos se chocaron con los míos.

- Me alegra oírte decir eso.

- Será mejor que volvamos, ya debe ser la hora de comer. – Estaba empezando a estar un poco incómoda en ese contexto. Me recordaba a aquellos días en los que mi amigo y yo nos escapábamos al bosque y no volvíamos hasta la hora de comer, donde mi madre me esperaba enfadada junto con Prim.

- No, espera – dijo rápidamente – me he enterado… – lo miré asustada por lo que sabía que iba a decir – de lo de Peeta.

- No por favor, no quiero hablar de eso. – Empecé a caminar por el mismo recorrido que me había llevado hasta allí, pero Gale me cogió de la mano y yo me aparté bruscamente. No quería ningún tipo de contacto con él, aún no estaba lista. Bastante era que pudiéramos mantener una conversación a solas.

- Katniss, de verdad quiero ayudarte.

- No debes de ayudarme en nada. No necesito ayuda de nadie…esto, no me afecta en absoluto. – Y me giré para continuar con mi propósito, salir de aquel verde que me rodeaba. No quería tener un disgusto en uno de los sitios donde más paz recibía, no.

- ¡No sé a quién pretendes engañar! – Gritó Gale – llevo tres años sin verte pero te conozco demasiado bien... – por su voz y el ruido de sus pasos, supe que había acelerado para llegar hasta mí. Pero nuestra conversación siguió en ese ritmo, yo caminando deprisa y huyendo de él, que iba detrás de mí.

- Pues…poco me conoces entonces.

- ¿En serio no te molesta ni un poco que Peeta se vaya a casar con otra?

- No. – ¿Pero a qué venía este comportamiento de "me resbala todo" cuando la noche anterior sentía morirme al escuchar las palabras de Annie? Estaba claro que lo mío no era ser actriz.

- ¿No? – Preguntó siguiéndome – Oye mira, quizás esto que te vaya a decir suena un poco raro… – llegó hasta mi lado porque yo decidí bajar el ritmo, mis fuerzas por huir se habían esfumado –…pero, jamás me he imaginado a Peeta con una chica. A no ser que esa chica fueras tú, claro.

Lo miré de reojo y suspiré mientras dejaba mi arco y mis flechas en el árbol en el que siempre las depositaba. Él se paró esperando a que yo dijera algo pero no fue así y continué con mi camino.

- Katniss, sé que duele. – dijo volviendo otra vez a mi lado. La verdad es que me estaba poniendo enferma.

- ¿Ah sí? – Le grité girándome, tomándole desprevenido y parándome en seco - ¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que eso duele, eh? – mi respiración había aumentado en cuanto a intensidad a causa de mi enfado.

- Porque yo sé lo que es eso. – Mi mirada resultó impaciente por conocer su respuesta – no hablo de bodas. Hablo de…saber que no vas a ser el elegido.

No sé porque ni cómo. Pero me sentí la peor persona del mundo en aquel momento. Había sido un golpe bastante duro y no era justo que jugara con eso. No en una circunstancia como esa, en la que mi estado de ánimo colgaba de un hilo. No quise mirarlo con resentimiento pero no pude evitarlo. ¿Quería echarme en cara que él no había sido el elegido? ¿Justo ese día? Podría haberse esperado para así hundirme del todo.

- No me mires así. No lo digo para que te sientas mal, si no para que entiendas lo que quiero decir. Por eso no creo que te importe una mierda todo eso de la boda.

Aun así sus palabras me habían dolido y me habían hecho sentir culpable de algo que ni si quiera había hecho. Porque yo no elegí. No elegí a quién necesitaba para sobrevivir, como una vez dijo Gale. Simplemente, el transcurso del tiempo hizo que me diera cuenta de lo que me aportaba uno y otro. Y había muchas diferencias. Lo de Peeta siempre estuvo ahí, sólo que tardó en resurgir de mi interior y yo no me daba cuenta. Pero eso ya da igual, porque mi chico del pan no está aquí y se va a casar con otra chica.

Miré a Gale por última ocasión y decidí avanzar para llegar a casa de una vez por todas. Gale se quedó atrás por lo que supe ya no estaba siguiéndome. Al abrir la puerta de mi hogar, Finnick Jr. corrió para abrazarme y yo lo cogí para llevarlo hasta mi pecho. Un sonoro ósculo reboto en mi mejilla, lo miré extrañada y le pregunté el porqué de aquella bienvenida tan cariñosa mientras me dirigía a la cocina.

- Es que Jo me ha dicho que tita Katniss está triste… - me dijo en el oído.

Lo que me faltaba. Visualicé como Johanna estaba cortando zanahorias al lado de Annie y Sae y le dediqué una mirada de odio que no alcanzó ver.

- Eh, ¡Katniss! – Me gritó Annie – Perdóname por no despertarte esta mañana, es que te veías tan tranquila y tan a gusto que…

- Tranquila – dejé a Finnick Jr. en el suelo para que este pudiera correr hacia el comedor - ¿Dónde habéis estado?

- Hemos estado dando una vuelta por el Distrito – dijo Sae mientras echaba trozos de verdura en la olla hirviendo – podrías haberte venido.

- ¿Y Haymitch? – pregunté con extrañeza.

- A mitad del paseo se fue – declaró Annie mientras pelaba una cebolla – dijo que se encontraba mal.

- Pues en ese caso voy a su casa a ver qué hace. Ahora vuelvo.

Y sin dudarlo, crucé mi puerta de madera para dar unos cuantos rápidos pasos y llegar hasta la suya. Volví a picar de la misma manera que en la mañana, pero Haymitch no me respondía. Me estaba empezando a preocupar porque mi antiguo mentor siempre me avisaba con un "Ya voy, preciosa" en los casos que tardaba en abrirme. Pero esta vez no tuve contestación y eso me molestó. Hasta que se me ocurrió la idea de entrar por la puerta de atrás, no sin antes pasar por la zona en la que aquellos malditos gansos habitaban. Corrí todo el recorrido, como si un campo de minas se tratara, no quería que aquellos gansos me vinieran a pedir comida. Subí los dos escalones y abrí la puerta que se encontraba sin el cerrojo puesto. Cuando dejé detrás la cocina y llegué al comedor, mi mirada se fijó directamente en el sofá en el que Haymitch siempre estaba. Por supuesto con una botella, no precisamente de agua, en la mano. Pero en ese sofá no había nadie.

- ¿Haymitch? – grité dudosa.

Un sonido proveniente del piso de arriba me hizo correr. Subí las escaleras de dos en dos, hasta que llegué a la puerta de su habitación que se encontraba medio abierta. Ni si quiera pedí permiso para entrar, así que la abrí de un golpe que asustó al hombre que habitaba en el cuarto.

- ¡Haymitch! – exclamé hasta sentarme en el filo de la cama.

Mi antiguo mentor estaba con los ojos cerrados y con un gesto de dolor que me resultó impactante. Jamás lo había visto así. Bueno, había visto vídeos suyos en sus juegos donde había recibido millones de heridas que parecían doler. Y bastante. Pero nunca lo había visto con ninguna dolencia así, en vivo. Haymitch siempre alardeaba de su bienestar a pesar de beber como un cosaco. Pero esta vez su aspecto no era para nada como el que solía tener. Su piel se caracterizaba por un tono amarillento que me espantó a simple vista. De su frente no paraban de caer gotas de sudor y su respiración se veía entrecortada por los escalofríos que iban y venían.

- ¿Haymitch? – Volví a llamarlo - ¿Te encuentras bien?

Abrió los ojos y tosió gravemente.

- Te voy a…denunciar…por allanamiento de morada. – dijo en un susurro.

- Oh, vamos… deja de hacer el imbécil. ¿Qué te pasa?

- Nada – volvió a toser.

- ¿Nada? ¿Te has visto la cara?

- Tú tan amable como siempre, preciosa.

- Yo nunca fui amable…para eso estaba Peeta. – le dije mientras le deposité una mano en su frente. – Haymitch estás ardiendo.

- Sí lo sé…son como…ataques que me dan pero se me pasan rápido.

- ¿No es la primera vez que te ocurre?

- No.

Bufé enfadada.

- ¿Y por qué nunca me dijiste? Estoy cansada de que ocultéis cosas y luego me entere así, pum. De golpe.

Por su mirada supe que se arrepentía de no haberme contado lo de Peeta. Me bisbisó un "Lo siento" y yo negué con la cabeza. Sabíamos de lo que hablábamos sin ni si quiera nombrarlo.

- ¿Esas son las pastillas que te tomas? – le pregunté tomando una caja que se encontraba en la mesita de al lado con un vaso de agua.

- Sí…ya me las he tomado.

- Bien, pues…no me moveré de aquí.

- Oh vamos. Estoy bien – dijo levantando la voz y volviendo a toser. – Mañana estaré como nuevo ya verás. Y ahora ves a atender a tus huéspedes.

- No, Haymitch. Hasta que no esté la comida no me iré… y así podré traerte un plato de estofado que están preparando Sae, Annie y Johanna.

- Eres muy tozuda – refunfuñó entre dientes.

- Ahí sí que te doy la razón – sonreí – espera, voy a ponerte una toallita húmeda en la frente.

Y dicho eso, fui al lavabo y cogí una de las toallas para mojarla con agua fría. Al volver a la habitación se la coloqué en la zona y apreté levemente. Haymitch había vuelto a cerrar los ojos y supe que realmente no se encontraba nada bien. Fruncí el ceño con desasosiego y fue cuando el sonido del teléfono me estremeció. Susurré un "ahora vuelvo" a mi antiguo mentor que, parece ser, que no se enteró de la llamada y bajé corriendo las escaleras.

Sin pensar en las consecuencias, ni en quién podría ser, lo descolgué.

- ¿Sí? – pregunté agachándome para colocarme bien los cordones de las botas pero con el aparato aún en mi oído.

- ¿Haym…? ¿Katniss?

Y me levanté de golpe con los ojos muy abiertos dejando los cordones tal y como estaban. El corazón me iba a salir por la boca en el instante en el que pronunció mi nombre. Su voz. Era él. Era Peeta. Mi Peeta. Mi chico del pan. Dios. Tan solo él podría hacerme temblar de la manera en la que lo estaba haciendo en ese instante. Mi nombre en su boca era música para mis oídos y hacía bastante tiempo que no lo escuchaba. Tragué saliva inconscientemente y cerré los ojos.

- Hola Peeta… – contesté nerviosa.

¿Cuántos minutos pasaron? ¿Dos, tres? Pero fueron unos minutos de un silencio que retumbaba en mi oreja y me hacía estremecer. Hasta que por fin habló.

- Perdona es que…Haymitch siempre suele coger el teléfono.

- Em…sí, ya. Es que… – tartamudeé – no se encuentra bien y está en su cama.

- ¿Qué le pasa? – preguntó preocupado. No pude evitar que el sentimiento de ternura me invadiera. Peeta quería mucho a Haymitch. Habíamos pasado demasiado cosas juntos y para mí, ellos dos eran mi verdadera familia.

- No lo sé – le dije con sinceridad – hoy mismo me ha confesado que no es la primera vez que le ocurre.

- Por favor… – me cortó – si empeora o le pasa algo, avísame. No dudaré en volver.

- C-Cla-ro… – dije otra vez balbuceando – yo…te avisaré.

- ¿Cómo has estado? – cuestionó sorprendiéndome.

«Mal. Fatal. Echándote de menos».

- Bien. – Mentí – con Sae y con Haymitch, ya sabes. ¿Y… tú? – me atreví a preguntar.

- Bien, también.

- ¿No tienes nada que contarme? – le pregunté sin ni si quiera haberlo pensado. Cerré los ojos arrepintiéndome en el acto.

- No – mintió – bueno…por tu forma de preguntar, creo que ya sé a qué te refieres.

¿Por mi forma de preguntar? ¿Qué demonios quería decir con eso? ¿Tal vez mi molestia se había notado?

- Uh… ¿por qué lo dices?

- Así que ya lo sabes – dijo evadiendo mi pregunta.

- Sí…- musité.

- Ah. ¿Y quién…?

- Annie. Han venido a pasar tres días conmigo. – contesté cambiando de tema. No quería hablar de eso con él, bastante ya la había cagado insinuándole que me lo confesara.

- ¿Quiénes? – sonaba interesado.

- Annie, Finnick Jr., Johanna y…Gale. – este último lo mencioné con cierta duda.

- ¿Gale? – Oh, eso sí que no me lo esperaba. Su voz había cambiado por una mucho más dura y…me atrevería a decir que sonó como molesto.

- Sí, estamos intentando arreglar las cosas. Bueno…yo estoy intentando arreglar las cosas conmigo misma. Ya me entiendes.

- Supongo que sí – dijo apenado.

Y otra vez aquellos minutos de silencio incómodo.

- Peeta… ¿Te das cuenta del tiempo que hace que no escucho tu voz? – le confesé sin poder evitarlo. Sin querer, me apoyé en la pared y dejé que todo mi cuerpo se relajara soltando un suspiro. – Es duro para mí…

- Lo sé. Para mí también es duro Katniss… – Mi estómago me estaba jugando una mala pasada. Y esa contestación la recibí como una suave caricia de sus ásperos dedos. – pero es lo mejor.

La caricia se convirtió en un puñetazo. Y vuelta a la realidad.

- ¿Lo mejor para quién? ¿Eh, Peeta? ¿Para ti? Porque para mí no… – me atreví a responder.

- Para los dos – concluyó.

- ¿Para los dos? – Reí irónicamente – Para los dos… si para ti lo mejor es no poder dormir por las noches, no poder ni si quiera…

- Yo aún no duermo bien por las noches – me cortó. – Pero sé que es la única manera de protegerte. No hay otra forma.

- ¿Sabes cuál es la única forma de protegerme? – le pregunté con un nudo en la garganta. Sentía que no iba a poder más, las lágrimas ya se estaban acumulando en mis ojos. – Estando aquí…conmigo.

- No.

- ¡Sí! – Grité – Peeta…

- No, Katniss…

- Quédate conmigo… - le rogué con desesperación.

- No pu-e-edo. – balbuceó. – debo de colgar Katniss.

- Está bien… – ya estaba cansada. No podía luchar más contra algo que no estaba a mi alcance.

- Si ocurre algo con Haymitch…mantenme informado.

- Sí, no te preocupes.

- Adiós…

- Adiós. – y colgó.

Dejándome allí, escuchando el pitido típico que suena detrás del interfono cuando acaba una conversación. Dejándome con mis lágrimas involuntarias cayendo por mis mejillas. Dejándome rota y desvalida.

Colgué el teléfono y me fui cayendo lentamente apoyada en la pared. Al topar con el suelo me agarré a mis rodillas y hundí mi rostro mojado en ellas.


¡Hola! Aquí tenéis el tercer capítulo. Espero que os haya gustado.
¡También espero que disfrutéis del día de mañana y que tengáis un muy buen inicio del nuevo año!
Muchas gracias por dedicar vuestro tiempo para leer mi historia, para mí significa mucho.

¡Feliz 2016! Saludos.

M.A.