Disclaimer: Todos y cada uno de los personajes de la siguiente historia han sido creados por la maravillosa Suzanne Collins.


.IV.

EL NARANJA DE PEETA

Mis ojos se mantenían fijos en el suelo mientras oía como Haymitch absorbía con mucho cuidado el caldo del cocido que había preparado Sae con la ayuda de Annie y Johanna. De aquel tazón salía un abundante humo vaporoso, por lo que supuse que la lengua de mi antiguo mentor no debía de estar pasándolo nada bien. Aquel caldo debía de quemar y bastante. Seguramente sus papilas gustativas ya no sabían diferenciar de lo salado a lo dulce o incluso lo agrio. Que por cierto, así era como me encontraba yo. Con un gusto agrio en el paladar que no me dejaba ni tragar saliva. Escuché un murmullo quejoso de mi acompañante y observé como dejaba el cuenco al lado de la cama, junto a la mesita. Su aspecto había mejorado en la última hora de una forma brutal. El amarillento semblante que poseía apenas unos minutos, había desaparecido. Un lila azulado continuaba como protagonista en la zona de sus párpados pero en sus ojos había vuelto el color que me hacía saber que se encontraba mucho mejor. Y por su postura y sus ganas de zamparse aquel cocido también lo supe. Mi madre y mi hermana Prim siempre decían que una buena recuperación iba de la mano del retorno de un buen apetito. Parece ser que las pastillas le habían hecho efecto, tal y como él mismo me dijo al encontrarle retorciéndose de dolor ese medio día. Haymitch me observaba recostado sobre la cabecera de su cama, con un cojín de por medio para que su espalda no sufriera.

- Deberías empezar con las verduras y el pollo – manifesté al ver su frustración por no poder seguir comiendo.

- Ese caldo casi me mata, ¡quema cómo el mismísimo demonio! – dijo destapándose con el edredón y llevando su mano a la frente para retirar las pequeñas gotas de sudor que comenzaban a caer. – ¿Y tú? ¿Es que no piensas comer? Sae nos trajo casi la mitad de la olla…

- No tengo hambre.

- Esa frase la he escuchado tantas veces saliendo de tu boca que ya me resulta hasta normal. ¿Se puede saber qué te pasa? Llevas un gran rato callada y mirando al suelo.

- Peeta ha llamado. – dije sin ni si quisiera pensarlo. – Y…he hablado con él.

Mi antiguo mentor me observaba con gran expectación. Si no fuera porque sé que es imposible, creería que sus ojos iban a salir de sus propias orbitas.

- Pero… ¿cómo? ¿Ha llamado aquí? – Asentí lentamente – ¡Maldición! Ya le dije que la próxima vez le llamaría yo…

No quise hacerlo pero le dediqué una mirada llena de rabia. Tanto secretismo estaba acabando con la poca paciencia que quedaba en el interior de mi ser, pero al fijar mis ojos en los de Haymitch, mis ganas de replicar se esfumaron en milésimas de segundos. Exhalé el poco oxígeno que parecía haber en la habitación y me levanté de aquel silloncito feo de un color ocre espantoso. "Pero no olvides lo cómodo que es…" me decía Haymitch más de una vez. Ahora la que se sentía frustrada era yo. Caminé de un lado a otro, cabizbaja. Realmente parecía un león enjaulado muerto de hambre y ansioso por cazar una de sus ricas víctimas.

- Suéltalo. – dijo leyéndome el pensamiento. – Estoy bien, no te preocupes por mí.

Sabía que no quería discutir a causa de su reciente estado. Pero me paré en seco y esta vez, fui como un huracán invencible. Expulsando toda la bilis que tenía guardada desde hacía mucho tiempo. Y la conversación con Peeta había sido la gota que colmó el vaso.

- Estoy harta. Harta de todo esto. – Confesé – Harta de que todos vosotros sepáis de él y yo…sea la última en enterarme de cualquier cosa que lo relacione. ¿Cuándo pensabas decirme que…que se iba a comprometer? – Nadie sabría nunca cómo dolía soltar aquella última frase. Por eso tuve que inspirar con fuerza para poder decirlo. Porque hay veces en la vida que no estás preparada para que de tu boca salgan ciertas palabras. Porque al pronunciarlas, las haces realidad. Y te lo crees. Más bien, tienes que empezar a creértelo, porque es verdad. Aunque tú no quieras. Como cuando murió Prim. Cuando me desperté en aquella cama de sábanas blancas después de la explosión y mis ojos se encontraron con los de mi madre. Miré a Haymitch y la volví a mirar a ella. Y lo supe. Llamé a mi madre, preguntándole de manera indirecta por mi hermana. Pero ella seguía hablándome de la curación de mis quemaduras, evitando cualquier tipo de contacto visual. Y en aquel momento noté como un trozo de mi alma escapaba por mi garganta.

- Te lo iba a decir pero… – continuó Haymitch incorporándose en la cama.

- ¿Ah sí? ¿Cuándo? – reí amargadamente. Después se produjo un silencio sepulcral. Miré hacia el otro lado de la pared y me centré en el dibujo del papel pintado que decoraba las cuatro paredes. Apreté mis labios con fuerza y volví a mirar a mi ex mentor.

- Fue hace dos semanas – me sorprendió – dijo que tenía algo que decirme, algo que me iba a chocar. Y joder si me chocó. Es demasiado joven como para casarse con alguien que conoce de apenas hace unos meses. Le pregunté que si estaba seguro de todo aquello y me dijo que sí, que sabía lo que hacía. Le pregunté por ti pero…

- Decidió esquivarme. Como lo ha hecho antes, en el teléfono. – Interrumpí.

- No creo que sea eso. Sólo que el chico te ha querido demasiado. Y estoy cien por cien seguro de que lo sigue haciendo. Aun teniendo una nueva vida en el capitolio y aun teniendo a alguien nuevo a su lado. Significas tanto para él que ha querido salir de tu vida de la forma más rápida posible.

- No sé qué significa eso. – contesté con sinceridad.

- Ya conoces a Peeta, preciosa. Su inseguridad siempre lo ha caracterizado, nunca ha confiado en sí mismo. Ni si quiera saliendo vivo dos veces de la Arena. Ni si quiera enfrentándose a tributos profesionales que podrían haber acabado con vosotros incluso con los ojos cerrados.

- Ya veo la confianza que nos tenías… – sonreí con una mueca.

- Al principio no daba nada por vosotros pero en seguida supe que eráis especiales. Los dos. Oye Katniss… – continuó – Sé de primera mano que tú lo necesitas a él, pero él necesita estar lejos de ti para estar bien. Eso es todo.

¿Y por qué tenía que ser así? Me quedé con ganas de lanzarle aquella pregunta. Todo era demasiado complicado para lo sencillo que podía llegar a ser. Pero nadie sería el mismo después de lo que ocurrió hacía tres años, porque eso lo cambió todo. Lo fácil se hizo difícil y lo asequible se hizo inalcanzable. En Panem reinaba la tranquilidad y la paz que buscábamos durante muchos años, es cierto. Pero todas las consecuencias de aquello, ardía en cada una de las víctimas de la rebelión. Miles de familias habían perdido a sus seres más queridos, habían perdido sus hogares y sus objetos más preciados. Por mucho que todo aquello se reconstruyera, los recuerdos iban a perdurar para siempre en aquellos cuerpos. Por ejemplo, los míos se encontraban en cada una de mis cicatrices y quemaduras. Una me recordaba a Prim, otra a Finnick, otra a Rue, otra a Boggs y podría continuar nombrando a cada uno de ellos. Lo único que pudo consolarme es que no lucharon en vano, puesto que conseguimos nuestro objetivo. Al menos el infravalorado Sinsajo hizo algo de provecho.

Decidí que ya estaba cansada de aquella conversación. No quería pensar en nada más. Recordé a Haymitch que debía de acabarse todo el plato para recuperar fuerzas y también de que me avisara por teléfono en el caso de que le pasara cualquier cosa. Me despedí de él y me dirigí a mi hogar donde todos me esperaban. Le pedí a Gale y a Johanna que acompañaran a Haymitch para no dejarlo solo y ellos sólo obedecieron. Después Finnick Jr. me convenció para pasar la tarde junto a él y llevarle a cazar aquellas ardillas que le había prometido. Annie decidió acompañarnos y dimos un largo paseo por el bosque. Mi amiga pelirroja me preguntó varias veces por mi estado puesto que se había percatado de que algo no iba bien. Pero sinceramente, no me apetecía en absoluto explicarle la conversación con Peeta. Ya le informaría más adelante, si eso. El niño no paraba de correr y de vez en cuando se paraba para coger algunas de las piedras y lanzarlas al río. Se le veía feliz e inevitablemente me recordó a mí cuando tenía su edad y mi padre me recargaba en sus hombros mientras dábamos largos paseos por la misma zona. De mientras, Annie me hablaba sobre una historia que Johanna le había contado esa misma mañana, pero yo no la escuchaba. Sólo asentía con la cabeza y mis ojos no se apartaban del pequeño Finnick por si…Exacto. Lo que más temía en aquel momento se había hecho realidad. Corrí hacia Finnick gritando su nombre cuando vi su piernecita metida entre unas rocas del río que tenían una pequeña separación. El niño de pelo rubio empezó a llorar desconsoladamente y algo en mí hizo un click extraño. Quizás un instinto protector incontrolable que hacía demasiado tiempo que no se apoderaba de mí. Retiré cuidadosamente la pierna de Finnick y la saqué de aquel agujero. Levanté al niño del suelo y lo llevé a mi pecho, reposando mi mano en su cabecita. Annie llegó segundos después preocupada y dejé que me arrebatara al niño de los brazos. Finnick Jr. seguía llorando pero supuse que era por el susto que se había llevado ya que su pierna no presentaba ninguna señal de que estuviera rota o dañada. Nos aseguramos de que estuviera bien y decidimos que lo mejor era volver a casa. Nuestro plan de cazar esas ardillas ya lo haríamos más adelante.

Al llegar, Annie metió a Finnick Jr. en la ducha ya que se había manchado de barro durante el paseo. Siempre me había preguntado cómo un niño podía ensuciarse tanto en unos pocos minutos. Supongo que era porque nunca estaban realmente quietos. Recuerdo cómo mi madre me decía que yo misma la sacaba de quicio porque siempre volvía del bosque hecha un desastre. Pero casi todas las veces que ocurría era porque Gale me tiraba en la tierra y jugábamos a luchar como si fuéramos salvajes.

Mi cuerpo también me pedía a gritos un baño relajante así que me dirigí a mi habitación y me adentré al lavabo. Llené la bañera con agua caliente, me desnudé y me metí sintiendo cada uno de mis poros abrirse. Me recogí el pelo con un moño mal hecho y cerré los ojos adentrándome en las profundidades de mis pensamientos. Sentía la calidez del agua caliente que cubría la zona de mis pechos y eso me reconfortaba. Pasaron unos minutos cuando escuché como la puerta se abría paulatinamente. Sospeché que era mi amiga pelirroja, por lo cual no me asusté ni me extrañó. Seguramente iba a preguntarme donde había toallas limpias o donde podía encontrar más pastillas de jabón. Pero justo cuando iba a preguntar a Annie qué era lo que necesitaba, pude comprobar por mí misma de que no era ella. Era él.

Me ahogué justo en el instante que tragaba mi propia saliva y me giré lo más rápido posible para cerrar los ojos y musitar un «Esto no es real». Claro que no era real. Estaba dándole la espalda a aquella puerta que se había abierto por arte de mi imaginación. Volví a asegurarme de que estaba en lo cierto y que estaba delirando pero él seguía allí parado, observándome. Mi piel respondió de forma instantánea y todo aquel calor vivificante a causa del agua caliente, desapareció convirtiéndose en un frío prácticamente entumecido. Mis brazos se pasaron por encima de mis pechos, ocultándome. Aunque el jabón hecho por Sae había creado un burbujeo blanco bastante denso y la bañera estaba cubierta de una capa completamente opaca. Si era verdad que él, mi chico del pan, se encontraba a un metro de mí en el cuarto de baño, le sería imposible ver mi cuerpo desnudo. Mi cuello estaba a punto de romperse por la posición en la que me encontraba, mirándolo de arriba abajo. Él notó mi incomodidad así que avanzó un par de pasos y se puso justo a mi lado. Sus ojos azules que tanto me habían embaucado, no se apartaron de los míos. Pero es que los míos tampoco querían apartarse de los suyos. A pesar de no poder verme a mí misma, sabía que estaba temblando. Y no precisamente por baja temperatura. Me fijé en aquella línea de su mandíbula que…Oh Dios. Él mismo percibía que me sentía demasiado débil con tan sólo mirarlo. Peeta no se movía. Es más, parecía que ni respiraba. Se agachó de cuclillas de repente para ponerse a mi misma altura. Intenté tragar otra vez pero mi laringe estaba completamente seca. Sus manos se posaron al filo de mi bañera y yo sin ni si quiera cavilar, puse una mano mojada encima de la suya. Mi mirada se fijó en aquellos dedos ásperos pero sabía que sus caricias eran de lo más dulces y delicadas. Suena contradictorio, lo sé. No obstante con Peeta sentía todo aquello, sentimientos que chocaban constantemente, que me dijeron un día no pero hoy me dicen sí. Abrí la boca para intentar decir una palabra, sin embargo su dedo índice de la mano derecha lo evitó. Me tocaba el labio inferior observándolo como si él mismo lo estuviera estudiando detenidamente. Como si supiera que era de su propiedad. Por un segundo pensaba que me iba a desmayar allí mismo, en la bañera. Aquellos movimientos lentos y persuasivos me aniquilaban de manera inconsciente. Y ni si quiera habíamos pasado más allá de unos pequeños e insignificantes mimos. Insignificantes pero tan intensos como los besos en la Arena. Aquellos besos que Gale podría haberme dado pero necesitaba unos mil años para superar las sensaciones que afloraban en mi cuerpo. No mil años, una eternidad. No supe cómo ni cuándo pero sus manos ya se encontraban en mis hombros, masajeándolos. Se había arremangado las mangas de su camisa de cuadros abierta, dejando ver la camiseta blanca de cuello de pico.

Pero aquella imagen desapareció de repente. Ahora me encontraba con los ojos cerrados y con el sonido de mis gritos bajo el agua. Intenté respirar pero no pude. Sus manos ahora posadas en mi cuello me hundían en el interior de la bañera, apretando con una fuerza indomable. Esta vez sería imposible escapar. Forcejeé todo lo que pude para que mi cabeza sobrepasara aquella capa opaca pero se me hacía inalcanzable. De unas caricias que me estaban dejando casi sin respiración, a intentar quitarme la vida de una de las formas más angustiosas.

¿Sería siempre así con él?

Sin embargo, cuando mi cerebro no pudo aguantar más por la falta de oxígeno, comprendí algo que estaría conmigo eternamente. Llegué a la conclusión de que no me importaba irme al otro lado si me encontraba entre los brazos de Peeta. Aunque él fuera el propio causante de ello. Resultaba patético pensar así pero era lo único importante que me quedaba. Junto a Haymitch, claro. Pero este último se las apañaría sin mí. Yo en cambio, no podría apañármelas sin Peeta. Es como un pez que se muerde la cola y gira una y otra vez. Mi forma de ser me hizo odiar a aquellas personas que se encontraban como yo me encontraba ahora. En mi madurez, siempre me había preguntado cómo alguien podía depender tanto de otro alguien, cuando lo único que necesitamos es a nosotros mismos y algún que otro pilar. Que en mi caso eran mis padres y por supuesto Prim. Pero pender de un hilo porque otra persona no esté contigo es bastante duro. Y vergonzoso. Aun así, ya me daba igual. Cualquier persona podía ser testigo de que yo necesitaba a Peeta, tanto como respirar.

Y con ese pensamiento, sólo presentí la oscuridad.

«Katniss».

«Katniss, joder».

«¡Katniss despierta!».

Inspiré profundamente adueñándome de todo el oxígeno que reinaba en el cuarto de baño. Allí volvía a estar, pero esta vez con las manos mojadas de Annie en mis mejillas. Estaba completamente aturdida y desorientada. Tosiendo sin control, volví a mirar a mi amiga que me acariciaba y me observaba con los ojos aguosos. Al respirar el pecho me dolía y sentí que todo lo de mi alrededor daba vueltas. Cerré los párpados intentando tranquilizarme. Después de unos segundos, Annie comenzó a hablar pero yo ni si quiera podía oírla. Sólo me giraba de un lado para otro buscando aquel cuerpo que estaba conmigo hacía apenas unos segundos, el mismo que con sus brazos fuertes había intentado matarme.

- …Y joder, creía que te habías ahogado – me despertó Annie con una voz llena de ansiedad y pesadumbre.

- ¿Qué…qué ha pasado? – pregunté mareada.

- Pues lo que te he dicho. Que te encontrado bajo la bañera, y al ver que no subías me he asustado y he podido ver como estabas ahogándote tú misma. ¡Te he sacado en cuanto me he dado cuenta! Joder Katniss…te has desmayado en la bañera y podrías haber muerto.

Y me abrazó sin importarle que se estaba llenando de agua. Yo temblaba, esta vez de frío ya que el agua estaba congelada. ¿Tantos minutos había estado así?

- No vuelvas hacerme algo así. Por favor te lo pido. – suspiró deshaciendo el abrazo y levantándome de la bañera para envolverme con una toalla grande de color crema. – Tápate bien, voy a buscarte algo cómodo. – dijo mientras cerraba la puerta del baño.

Así que todo había sido un sueño. Bajo mis pies se encontraba un gran charco de agua formado por las gotas que nacían de las puntas de mi cabello y resto de mi cuerpo. Di unos pasos y me acerqué al espejo para observar las posibles marcas que tenía en el cuello. Pero no encontré nada de eso. Mi cuello seguía intacto, con mis lunares decorando la zona y parte de las clavículas. Nada de todo aquello había sido verdad. Peeta no había venido, no me había rozado y tampoco me había estrangulado. Algo en mi interior se decepcionó y sentí un pinchazo en el estómago. Recordé que llevaba todo el día sin haber probado bocado y en un segundo mi mano se posó en mi barriga para masajearla. Justamente Annie llegó tras Finnick Jr., orgulloso de su pijama de piratas; y me tendió una camiseta ancha vieja y unas mallas de color negro con mi ropa interior debajo de éstas.

- ¿Tienes hambre tita Katniss? – Preguntó el pequeño Finnick – ¡Mami ha hecho sopa! ¡Y carne!

- Un plato caliente te irá bien para recuperar fuerzas – continuó Annie – por cierto, Johanna y Gale han llamado.

- ¿Y? – la miré preocupada.

- Tranquila, Haymitch está estupendamente. No han querido venir a cenar, se quedan allí con Haymitch y con Sae.

- De acuerdo… – suspiré aliviada.

- Vamos cariño, mientras Katniss se viste, nosotros vamos a poner la mesa.

Después de la cena, Annie no me dejó ayudarle a recoger la mesa. Ni tampoco a recoger la cocina. Fruncí el ceño enfadada puesto que ella era la invitada y yo me encontraba bien. Lo de antes no había sido nada. Sólo un desliz y un sueño que, esperaba que se volviera a repetir. Sólo para poder verlo. Pero Finnick me pidió que le acompañara a la cama donde dormía con su madre para que le leyera un cuento. Entré en la habitación de Prim y cogí uno de los libros de la estantería. No sin haber dejado la puerta tal y como estaba. Finnick Jr. no duró ni unos cinco minutos después de la lectura, su pequeño pecho subía y bajaba lentamente. Con la boca abierta y un poco de baba saliendo de sus extremos y el acompañamiento de pequeños ronquidos. Reí con una carcajada sonora pero me tapé la boca para que el niño no se despertara. Salí de la habitación y me encontré con Annie que justamente iba a entrar. Le avisé de que su hijo ya estaba durmiendo profundamente y le pedí perdón lo que había sucedido en la bañera. Dicho aquello, con un "Buenas noches" me adentré en mi habitación y me tumbé en la cama, tapándome con las sábanas y mirando al techo.

Se me hizo casi imposible no recordar la voz que mis oídos habían atendido con atención aquel mismo día. Seguía acordándome de la conversación e intentaba memorizar palabra por palabra. Él ya sabía que yo lo sabía. Y se había sorprendido al saber que Gale estaba aquí también. Después me confesó que era duro para él todo esto. Y por último, que no podía quedarse conmigo. ¿Qué no podía o que no quería? Porque eran verbos diferentes y no significaban lo mismo.

Si tan solo oyendo la voz de Peeta había soñado de esa forma con él, no quería ni imaginarme el día que lo tuviera frente a frente. Pero esta vez siendo real.

Los siguientes días pasaron a una velocidad indescifrable. Yo no le había contado a nadie de mi conversación con Peeta, excepto a Haymitch. No quería que Annie y Johanna me acosaran a preguntas y tampoco tenía ganas de que Gale insistiera en algo que no tenía sentido. Ya no había tenido más sueños como el que tuve en la bañera, ni tampoco me había vuelto a desmayar. Pero todas las noches me acordaba de su voz a través del teléfono.

Cuando me encontraba sola en la estación de trenes para despedirme de los chicos, le di las gracias a cada uno por haber venido. Annie me abrazó con fuerza y me hizo prometer que las iría a visitar dentro de poco. Yo sólo asentí con la cabeza y sonreí al imaginarme en aquellas playas que caracterizan el Distrito Cuatro. Johanna se despidió llamándome descerebrada y yo le di en el hombro con un suave codazo. Del que más me costó despedirme fue de Finnick Jr. ya que se aferraba a mi pierna llorando porque no quería irse. Según él, el Distrito Doce le gustaba mucho más porque tenía bosque y más animales. Parece ser que el pequeño no era un fanático de la pesca como principal oficio de su distrito y los peces le aburrían. Reí y le di un beso sonoro en el gordo moflete. A Gale sólo le di la mano y también le avisé de que podía venir siempre que quisiera. Él hizo un amago de abrazarme pero yo lo rechacé indirectamente. Posteriormente, los vi subirse en el tren que los llevaría de nuevo a sus hogares.

Al regresar a la Aldea de los Vencedores, suspiré mientras caminaba observando aquel cielo rosa con una mezcla de naranja. El naranja de Peeta, como siempre decía. No podía haber un color más bonito. Aparte de mi verde, claro está. Estaba atardeciendo y el sol caía en todo su esplendor. Aquella noche cenaría en casa de Haymitch ya que esa mañana nos había confesado que volvía a encontrarse un poco mal. No divisaba los síntomas del otro día pero su declaración hizo que me preocupara de todas formas. Por eso no dejé que me acompañara a la estación e hice que se despidiera de todos en su propia casa. Me alegré de llevar llaves para así poder entrar por la puerta principal, estaba cansada de entrar por la zona de los estúpidos gansos. Me tranquilicé al ver a Haymitch en su sofá favorito y sin ninguna botella en la mano. Su cabeza descansaba en el reposabrazos respirando sonoramente, señal de que estaba durmiendo como un bebé. Uno de los efectos secundarios de aquellas pastillas es que lo dejaban cao a cualquier hora del día. Lo que aún no sabía es que qué era exactamente lo que curaban aquellas pastillas. Sólo me había dicho que se las tomaba cuando le daban aquellas fiebres pero nada más. Y si había ido al médico a por la receta de aquel medicamento, es porque tenía algo que le habían diagnosticado. ¡Tan absorta en mis pensamientos y no me había dado cuenta de todo aquello! Joder. Estaba demasiado empanada. Me hice prometer que después de la cena le preguntaría por ello.

Pero aquello nunca sucedió. Después de haber preparado el pollo con las especias que había dejado Sae en el mármol de la cocina de Haymitch, lo llamé para poner la mesa. No obstante, no obtuve respuesta. Corrí para el salón y me lo encontré en la misma posición de hacía unos minutos. Le di toquecitos con mis manos temblorosas, pronunciando su nombre. Pero Haymitch no se movía. Los ojos se me aguaron al instante y lo primero que hice fue desplazarme hasta el teléfono y llamar a una ambulancia. La señora del hospital sabía perfectamente de quién se trataba y no tuvo que pedirme ningún tipo de localización. Haymitch Abernathy, la única persona en ser cosechada dos veces para el Vasallaje de los Veinticinco y el tributo que a los dieciséis años ganó los quincuagésimos juegos del hambre, estaba inconsciente en aquel sofá de un tapizado antiestético. No me aparté de él en todo el recorrido hasta el hospital, tampoco podía ya que mi mano parecía estar pegada a la suya por un pegamento extrafuerte. El naranja de Peeta del cielo había desaparecido y estaba siendo sustituido por el oscuro característico de las noches. Intentaba no derramar las lágrimas pero verlo en aquel estado, en aquella camilla de la ambulancia, con mil tubos alrededor…no podía rehuir de aquello. Haymitch me sacaba constantemente de quicio y la mayoría de tiempo decía cosas sin sentido. Pero era parte de mi familia. Aquel borracho de pelo canoso no me había dejado en ningún momento sola cuando nadie daba nada por mi estabilidad mental. Y esta vez no sería yo quién lo dejara desamparado y abandonado, cuando él nunca lo hizo.

En la arribada del hospital, se lo llevaron sin darme ningún tipo de explicación. Sólo tenía que esperar y esperar en aquella sala vacía de una luz tan blanca que deslumbraba y dañaba mis ojos grises. En aquel instante me acordé de que tenía que haber avisado a Sae y a…Peeta. Tal y como se lo prometí, me dijo que en el momento en que le pasara algo a Haymitch le avisara sin dudarlo. ¿Debía esperar? Quizás no era nada, quizás sólo estaba desmayado y desvanecido. No le haría venir hasta aquí sólo por eso. Seguro que tenía cosas mejores de las que preocuparse. Como la boda. Me senté en una de las sillas blancas, como las cuatro paredes que me rodeaban y hundí mi rostro entre mis manos apoyando los codos en mis rodillas. Aquel silencio me mataba poco a poco. No escuchaba ni si quiera pasos de los enfermeros y el hospital parecía estar deshabitado. No me gustaba nada encontrarme allí, sin nadie más. Me traían demasiados recuerdos y no podía evitar pensar en cómo mi madre podía pasar tantas horas en un lugar donde nada más entrar ya te dolía la cabeza. Pero ella siempre me dijo que era por vocación, una vocación que heredó Prim. Si todo hubiera sido diferente quizás mi hermana se encontraría por uno de estos pasillos, trabajando. O estaría a mi lado, con su bata de ayudante y animándome. Diciéndome que todo estaría bien y que Haymitch era duro como un roble. Después de haber avisado a Sae, llamé a Annie y a Johanna que ya se encontraban en casa. Les dije que las llamaba sólo para informarlas puesto que aún no me habían confirmado nada. Johanna se maldijo entre dientes porque había pasado el mismo día que ellos se habían ido y no estaban aquí para acompañarlo. Yo sólo le dije que no se preocupara porque Haymitch no iba a estar solo. Aunque el cansancio o el hambre me consumiera poco a poco. No pensaba moverme de allí. Y lo más probable es que iba a pasar toda la madrugada entre esas paredes tan deprimentes. Cuando Annie volvió a ponerse al teléfono, no dudé en pedírselo.

- Annie necesito que me hagas un favor… – le dije sonando como una súplica.

- Dime, Katniss…lo que quieras.

- Necesito que llames a Peeta y le informes de esto. – Paré por unos segundos – Sé que te preguntarás el porqué pero creo que tiene derecho a saberlo. Haymitch es su familia.

- No te preocupes – me contestó – pero podrías hacerlo tú, así…

- Annie – le corté – por favor.

- Está bien. Perdona – lamentó – ahora mismo le llamo.

Bastante cobarde. Cargándole el muerto a Annie. Pero es que no me veía con fuerzas de volver a hablar con él. No quería volver a decaer y a decirle cuanto lo echaba de menos. Y en estos momentos me hacía demasiada falta. Después de aquello, llamé a Effie porque sabía que si no la avisaba se iba a enfadar y de verdad. Casi me dejó sorda por el grito agónico que salió a través del teléfono, pero sonreí al volver a escuchar aquella voz gritona y de pito. Le dije que no hacía falta venir y que en cuanto me informaran de algo la llamaría sin vacilar.

Las horas pasaban lentas y aquella noche se me hizo eterna. No podía parar de dar vueltas por la sala. Me sentaba y me levantaba a caminar. Y así unas cuantas veces. Varias enfermeras se acercaron para preguntarme si quería café, pero yo negué con la cabeza. El café sólo me pondría más nerviosa. Maldito Haymitch, me las iba a pagar pero bien. Todo aquel sufrimiento para que luego fuera un tonto desmayo. «Ojalá» pensé en mi interior.

Mientras observaba por el ventanal del pasillo como las nubes iban apareciendo mientras la oscuridad de la noche desaparecía a causa del inminente amanecer, alguien tocó mi hombro haciendo que me espantara. No es que hubiera sido una buena noche, pero supe que con aquel tacto me avisarían de que algo no iba bien. Me volteé para ver de quién se trataba y detrás de mí se encontraba un señor de pelo canoso con barba extensa y ojos azules de un mar intenso. Me sacaba bastante altura por lo que mi cabeza tuvo que levantarse levemente para poder ver su rostro con precisión. El hombre me conocía, sabía perfectamente quién era por su forma de mirarme. Pero yo a él no, ni si quiera me sonaba su cara. Y me extrañaba, porque no lo había visto en ningún hospital anteriormente. Supuse que sería el doctor puesto que llevaba una larga bata blanca y en su cuello colgaba un estetoscopio de metal.

- Katniss Everdeen – dijo con cierto orgullo en sus ojos – Al fin la conozco. Es un honor.

Yo lo miraba de arriba abajo con el ceño fruncido. ¿Iba a tardar mucho en decirme dónde estaba Haymitch?

- No creo que sea un honor conocerme. – le repliqué.

- Hombre…usted es el Sinsajo, es el símbolo de la rebelión.

- Fui – corregí. – Mire Doctor… – achiné los ojos para poder leer bien la placa que estaba enganchada cerca del bolsillo de la bata – Doctor Benjamin. Sólo estoy aquí para saber cómo está Haymitch, lo demás es secundario. – dije con una mirada que le hizo saber cuan desesperada estaba.

- Lo sé. El señor Haymitch se encuentra estable, pero necesita descansar. Lo hemos ingresado en una de las habitaciones para que esté en observación las veinticuatro horas. Supongo que usted es la única que acompaña al paciente – asentí con tristeza. Haymitch no tenía a nadie. Su madre y su hermano menor estaban muertos y los únicos que estábamos con él éramos Peeta, Effie, Sae y yo. – También supongo que estará al corriente de su expediente clínico.

Esta vez negué con la cabeza y mis facciones de desconcierto le dieron la respuesta de mi malestar.

- Sabrá que no es la primera vez que le pasa…

- Sí, eso ya lo sé – interrumpí – pero jamás me comentó nada de lo que tiene. Porque tiene algo, ¿no? – pregunté con un murmullo.

- El señor Haymitch ha venido más de una vez para hacerse pruebas y exámenes del funcionamiento de su hígado. Por los síntomas que presenta, está claro que es una enfermedad hepática. Y los resultados han dado positivo.

Vaya, eso sonaba mucho más grave que lo de un simple desmayo.

- Por la mierda del alcohol…- susurré sin que el propio doctor me escuchara.

- Las náuseas junto con los mareos, las fiebres y la ictericia son clave en este tipo de dolencias.

- ¿Se…pondrá bien? – pregunté rápidamente.

- Pues si no hace reposo y no hace exactamente lo que nosotros le digamos, una enfermedad hepática crónica de este tipo puede acabar en cirrosis. Y señorita Katniss, la cirrosis es la última fase.

- Está bien. Lo entiendo. – no quería escuchar más. Quería largarme de allí y salir a tomar aire. Lo necesitaba.

- Haymitch ha de recurrir a un cambio de vida completamente nuevo. Por supuesto que nada de alcohol, una dieta saludable con poca sal en las comidas y tomarse los medicamentos que le hemos recetado.

- Sí…de acuerdo. – Ahora tendría que estar cuidando de él y hacer de vigilante todo el día. Eso nos iba a llevar a más de una discusión por su maldita cabezonería, joder. Me mandará a la mierda en cuanto le diga que se tiene que venir a mi casa por unos días, porque es lo que tenía pensado hacer.

- Puede irse a casa si quiere a descansar. Haymitch no despertará, por el momento.

- No, me quedaré aquí.

- Tiene una cafetería disponible en la planta cero del edificio. Por cierto, soldado Everdeen, ha sido un placer conocerla – me sorprendió tendiéndome la mano. Yo la acepté sin ganas agradeciéndole el trato hacia Haymitch y me di media vuelta para salir de aquella sala que cada vez se me hacía más pequeña.

El aire fresco de la mañana me llenó los pulmones nada más pisar la calle. Me hundí en mi propia chaqueta poniendo mis manos en los bolsillos para entrar un poco en calor. El sol comenzaba a salir y sonaban los pájaros cantarines que siempre me daban los buenos días. Me di la vuelta para observar aquel bloque con paredes blancas y ventanales enormes. Lo habían reconstruido después de todo lo pasó, justo cuando nos enviaron al Distrito Trece. Los recuerdos volvieron a mi cabeza sin quererlo y me jugaron otra mala pasada.

El Distrito Ocho. Aquel distrito que se levantó y se rebeló justo el día en que Peeta me pidió matrimonio. Aquel distrito al que fui para visitar a las víctimas de los bombardeos por parte del Capitolio. Dónde aquellos bombardeos no iban ni si quiera dirigidos a mí, pero sí al hospital donde se encontraban los heridos de la rebelión. Aún siento dolor por haber presenciado esa escena en la cual no pudimos rescatar a ninguno de ellos. El edificio se derrumbó ante mis ojos y yo por mucho que corriese, no conseguiría nada. Aquellos heridos no eran ninguna amenaza y me enfurecí como nunca antes lo había hecho. La cólera me quemaba por dentro y me juré a mí misma que mataría a Snow y que bajo mi responsabilidad, ningún inocente más moriría. Por supuesto, esto último no fue así.

Cuando comenzó a hacerse de noche, mis fuerzas estaban completamente anuladas. Durante todo el día sólo había comido un sándwich, aunque tampoco es que tuviera un gran apetito. Me llamaron para avisarme de que Haymitch ya se había despertado. Al entrar en la habitación, vi cómo discutía con una de las enfermeras ya que ésta le obligaba a orinar en una cuña que sostenía en la mano. No pude aguantar la risa ante tal espectáculo porque la cara de Haymitch era un verdadero poema. Gritaba enfadadísimo, preguntándole a la enfermera si ésta la veía como un anciano que no podía ni si quiera ir al lavabo. La enfermera lo intentaba tranquilizar diciendo que no se alterara, que tomara reposo. Al verme en la puerta le hice un gesto para decirle que no se preocupara y que ya me encargaba yo. La mujer de pelo corto rubia bufó cansada y salió de la habitación.

- ¡Lo que me faltaba! – Continuaba Haymitch - ¡Qué me trataran como si fuera un puto viejo!

- Escúchame Haymitch, más vale que no te alteres – le amenacé sentándome al filo de la cama – Menuda nochecita me has hecho pasar…

- Lo sé. Perdóname, preciosa. No volverá a ocurrir. – No sé por qué pero me acordé de Finnick Jr. Aquel comportamiento era de un crío que prometía algo que de ninguna manera iba a cumplir.

- Ya sé lo que te pasa – dije seria – y supongo que tú sabrás lo que va a pasar a partir de ahora.

- No… - me observó extrañado – ¿el qué?

- Que te vas a venir a mi casa y me voy a encargar personalmente de que lleves el estilo de vida que deberías de llevar.

Su cara palideció.

- Eh eh eh, ¿qué quieres decir? Yo no soy ningún bebé, puedo cuidar de mí mismo – me replicó enfadado.

- No vamos a discutir esto Haymitch. Si tú eres testarudo ya sabes que yo lo soy más. Cuando yo estaba…ya sabes, tú te viniste unos días conmigo y dormiste en la habitación de mi madre. Pues esta vez será igual. Sólo que ahora soy yo la que se va a ocupar de ti. – Por su cara supe que iba a decir algo pero no lo dejé – Y me da igual lo que me vayas a decir.

Después de unos minutos de unas miradas un tanto odiosas hacia mi persona, se levantó de la cama y yo lo miré preocupada. Iba a replicarle pero me interrumpió.

- ¿Qué? ¿También me vas a acompañar al váter? – cuestionó con cierta irritación.

Carcajeé ante tal pregunta y antes de que cerrara la puerta del cuarto de baño le dije:

- No, eso lo puedes hacer tú solito.

No iba a ser fácil la convivencia con ese hombre. Pero para nada fácil.


Hello! Aquí os dejo el capítulo cuatro. Tranquilas que en el siguiente va a ver encuentro Peeta/Katniss sí o sí. Y esta vez será real y no un sueño.

Doy la bienvenida a las chicas nuevas que han decidido empezar a leer mi historia. Espero que os esté gustando tanto como a mí escribirla. No sé por qué pero no está teniendo mucho éxito, no? O sea, por los reviews y tal me refiero. A los fantasmitas, les animo a que me dejen al menos un comentario. Acepto las críticas abiertamente y si algo no os gusta podéis decírmelo. Pero bueno, de momento no quiero ni pienso en abandonarla.

¡Espero que hayáis tenido una entrada de nuevo año fantástica!

Besitos.

M.A.