Disclaimer: Todos y cada uno de los personajes de la siguiente historia han sido creados por la maravillosa Suzanne Collins.


.V.

NUEVAS DEBILIDADES

El olor a café recién hecho me despertó de repente. Mis piernas, enrolladas entre las sábanas blancas, se estiraron mientras mis brazos repitieron la acción. Me desperecé y bostecé sonoramente. La luz del sol no había traspasado aún la ventana lo cual me extrañó ya que no pensaba que fuera tan temprano. Miré por la ventana y entonces vi que el cielo estaba oculto bajo una capa de un gris muy oscuro. Las nubes sombrías se movían con rapidez a causa del viento y los árboles de alrededores bailaban al son de la corriente. Era uno de esos días en que la tormenta no iba a ser precisamente pequeña. Debí de haberme dado cuenta la noche anterior justo cuando salimos del hospital y nos dirigimos a casa de Haymitch para recoger algunas de sus cosas. Aquel cielo avisaba de que el día siguiente acabaría en borrasca. Y aquí la teníamos.

Me estiré la camiseta ancha, que llegaba un poco por encima de mis muslos, aunque decidí ponerme unas estrechas mallas negras. Me resultaría incómodo bajar a desayunar sólo con aquella camiseta, pese a que me fuera enorme. Además, tenía un poco de frío. Me peiné mi cabello castaño oscuro con los dedos y me aseé para estar un poco presentable. Bajé las escaleras y el olor a pan recién tostado se hizo con mis fosas nasales.

- ¡Buenos días, Sae! – dije a mi ayudanta que recogía algunos platos del fregadero tarareando una canción.

- Buenos días Katniss.

- ¿Dónde está Haymitch? – pregunté mientras me llevé una de las tostadas con mermelada a la boca.

- Bajó a tomar café y subió de nuevo a la cama. Tenía mala cara y le obligué a que se acostara. – en su cara observé un gesto de preocupación.

- No es para menos… Lo de ayer no fue un simple desmayo. ¿Ya sabes qué tiene?

- Sí, me lo ha confesado esta mañana. Ya le he dicho que me encargaría personalmente de sus comidas.

- Sí…de vigilarlo ya me encargaré yo. Teniéndolo aquí es más fácil, ¿sabes?... En su casa puede tener botellas de alcohol escondidas. – Más de una vez me acuerdo que sacaba alguna que otra botella de los rincones que menos te esperabas. Debajo del sofá, entre las plantas, en la caseta de los gansos o incluso en la tapa superior del retrete.

- Yo sé dónde las guarda porque soy, digamos, su proveedora. Después iré y se las requisaré todas. – manifestó Sae guiñándome un ojo y riéndose.

- Gracias Sae – contesté con sinceridad – Te haces cargo de nosotros a cambio de nada y tú tienes bastante trabajo ya con tu nieta…

- No te preocupes Katniss – cogió una de mis manos – Estoy justo donde quiero estar.

Le dediqué una de mis forzadas sonrisas aunque realmente estaba bastante agradecida con Sae. Lo que pasa es que yo no soy de esas personas que van demostrando su gratitud tan a la ligera. No obstante, Sae ya me conocía y no hacía falta que le justificara nada. La mujer nos cuidaba y nos protegía como si fuéramos de su familia. La verdad es que Haymitch y yo no hubiéramos durado mucho sin ella.

Me preparé una tila bien caliente y avisé a Sae de que iría a ver cómo se encontraba mi ex mentor. Con la taza en la mano, me dirigí a las escaleras no sin antes tropezarme con Buttercup que se encontraba en el primer escalón. Gran parte del líquido de la taza se derramó mojando toda la moqueta del suelo y por supuesto mi mano que la sujetaba. Exclamé un sonido de queja y solté la taza de inmediato haciéndola caer al suelo. Corrí a la cocina para meter la mano bajo el grifo y sentir el agua fría en mi piel. Era desmesurado lo que llegaba a escocer.

- ¿Qué te ha pasado niña? – cuestionó Sae intranquila.

- Nada… me he tropezado con el estúpido de Buttercup y he derramado toda la tila en el suelo y en mi mano. – Hice una mueca de dolor mientras me secaba con un trapo de la cocina.

- Ahora mismo te traigo la crema de las quemaduras y la venda.

- No, no hace… – pero Sae ya se había marchado.

Joder. Con todas las quemaduras que había en mi cuerpo y aquella sin duda alguna era ridícula en comparación con las otras. Sae llegó, me esparció la crema y me vendó la mano sin cubrirme los dedos. Pero todo el dorso, palma y parte de la muñeca estaban escondidos bajo el vendaje. Le agradecí con un susurro y me dirigí a la zona de la escalera para recoger el desastre. Buttercup debía odiar las tazas puesto que no era la primera vez que era el causante de hacer mil pedazos una de ellas.

- Debí cocinarte en cuanto tuve la oportunidad – le dije mirándole directamente a los ojos mientras me agachaba para recoger los trozos. "Cuidadosamente" me recordó Sae al pasar, cuando se dirigía la puerta para irse a hacerse cargo de su pequeña nieta.

La despedí con mi mano y subí las escaleras para llegar hasta la habitación de Haymitch. No era suya pero podría llegar a serlo. Mi madre nunca venía a visitarme y dudaba mucho que lo hiciera.

Ni si quiera llegué a picar a la puerta porque los ronquidos se escucharían desde su casa seguro. Sonreí y me asomé por el rabillo para asegurarme de que todo estaba bien. Su boca se encontraba abierta y de esta salía un poco de baba que subía y bajaba al compás de su respiración. Una de sus manos descansaba en su barriga y la otra en su pecho. De repente una cosa proveniente de fuera alumbró en un segundo toda la habitación. Un rayo. Y al instante un trueno. Me fijé en aquel cuerpo que se hallaba en la cama pero no se había movido ni un poco. Estaba profundamente dormido. Quizás no habría pasado buena noche y necesitaba descansar. Volví a entornar la puerta y me fui a mi habitación para cambiarme. Ese día lluvioso me pedía a gritos un jersey de lana gris, pantalones estrechos de un color oscuro y mis cómodas botas que llegaban hasta por debajo de la rodilla.

Al llegar abajo encendí la chimenea para que la casa se mantuviera en un ambiente cálido. De repente algo vino a mi cabeza. No recordaba cada cuanto Haymitch debía tomarse sus pastillas. Dudé si era después o antes de la comida y de la cena. Pero en el papel de la receta debía de ponerlo, así que no habría problema. Me dirigí a la mesa del comedor para buscar el dichoso papel pero no había rastro de él. Repetí la acción en la cocina sin embargo allí tampoco había nada. Maldije cuando respiré y supe dónde estaba. La noche anterior, al ir a casa de Haymitch, lo dejé olvidado en su mesita de noche. Bufé malhumorada porque no tenía ganas de mojarme. Desde el comedor se escuchaba como la fuerte lluvia chocaba contra el tejado, las paredes y las ventanas. Ni un paraguas podría protegerme de quedar empapada. Cogí mi chaqueta, me puse la capucha y abrí el paraguas.

Corrí con todas mis fuerzas para llegar hasta casa de Haymitch y refugiarme en su porche. Estaba totalmente mojada. Desde la cabeza hasta los pies. Notaba como caían gotas por mi rostro hasta llegar a mis labios. Abrí la puerta con las llaves y entré cerrándola tras de mí. El pantalón húmedo me calaba hasta los huesos así que no pude evitar temblar. Debería haberme esperado un poco antes de venir. Me quité la chaqueta y las botas. Mis calcetines estaban empapados y hacían que mis pies estuvieran congelados, así que también me deshice de ellos. El jersey mojado me molestaba tanto que decidí quedarme en camiseta de tirantes. No dudé en encender por segunda vez en el día la chimenea de casa de Haymitch, así toda la ropa se secaría y yo aprovecharía para recogerle un poco todo el desorden del lugar. Pero primero debía de ir a por la receta, no fuera a ser que me la dejara otra vez al irme.

- Vale, Katniss… – dije al coger el papel con la mano sin vendar. Se encontraba justo donde había pensado. – Es después de comer y después de cenar, lo sabías. – Me podría haber ahorrado venir hasta aquí y ya de paso ahorrarme la pulmonía que seguramente iba a pillar.

Cuando salí de la habitación me di cuenta de que la luz de abajo estaba encendida. Fruncí el ceño desconfiada. ¿Acaso yo le había dado al interruptor de la lámpara? Y fue entonces cuando escuché una tos de hombre en la cocina. Bajé las escaleras corriendo y asustada. ¿Quién había entrado en casa de mi ex mentor y por qué tenía llaves? Como un reflejo, cogí el jarrón que se encontraba justo en la entrada. Sin duda alguna me ayudaría a protegerme en el caso de que fuera alguien que iba a atacarme. De hecho, no era la primera vez que lo hacían si ese era el caso. Habían intentado matarme tantas veces que ya era inmune a ello. Pero ahora no tenía mi arco a mi alcance así que tenía que defenderme con cualquier cosa. Y esa cosa era un jarrón, horrible por cierto.

Me asomé por la puerta de la cocina y cuando mis ojos se encontraron con aquella espalda, el jarrón resbaló entre mis manos y chocó contra el suelo haciéndose pedazos. Segundo objeto hecho de cerámica que se me había caído y había roto en una mañana.

Mi acompañante se giró inquieto y su cara palideció de inmediato. Inspiré lo más profundo que pude y cerré los ojos. ¿Otra vez estaba teniendo un sueño? ¿Me encontraría en la habitación de Haymitch desmayada? Pero sabía que no. Aquello sí que era real. Lo sabía por sus ojos azules y por su expresión en el rostro. Lo sabía por aquella respiración entrecortada y el nerviosismo que se mostraba en cada rincón de su cuerpo. En el temblor de sus manos, en los pequeños suspiros que salían de sus labios. Sus finos labios que habían tocado los míos demasiadas pocas veces para mi gusto. Volví a abrir los ojos y pude ver cómo me observaba de arriba abajo. Con un gesto de preocupación, se fijó en la mano que tenía vendada y eso hizo que me estremeciera. Aún necesitaba protegerme. O tal vez era lástima.

Yo me dediqué todo el tiempo del mundo para mirarle y no perderme ni un detalle de todo su ser. Tenía miedo de que se fuera corriendo y no me dejara ni si quiera hablarle o tocarle. Pero no se movía puesto que él me observaba con la misma intensidad que yo. A pesar de estar empapado de arriba abajo, su pelo seguía igual aunque un poco más largo; su rubio había pasado a estar un poco más oscuro pero era igual de atractivo. Sus pestañas y sus cejas perfectas, intactas. Su mandíbula estaba cubierta de una fina barba que lo hacía más varonil; Y su cuello, donde me di cuenta como le costaba tragar saliva por el movimiento de su nuez. Nada más asomarme por la puerta, sabía que su espalda se había ensanchado pero al tener sus hombros en frente, lo confirmé al instante. Sus brazos fuertes, su torso, sus piernas. Todo él. Y después de casi dos años estaba ahí delante de mí, como si nada hubiera pasado. No obstante, los dos habíamos madurado. Tanto física como mentalmente.

Si él hubiera querido le hubiera abrazado en el mismo momento en el que el jarrón chocó contra el suelo. Pero mi cuerpo esperaba una señal de su parte, aunque fuera un movimiento hacia delante con la pierna. Sin embargo no lo hizo, así que yo no decidí dar un primer paso. Cuando por fin estaba dispuesta a hablar, él decidió adelantarme.

- Katniss… – bisbisó – ¿Qué haces aquí?

Joder. La pregunta no era esa. La pregunta era qué hace él aquí.

- Pues… vine a por la receta que… nos la dejamos ayer en la habitación de Haymitch. Y no me acordaba de si tenía que tomar la pastilla antes o después de comer y de cenar. – Esa última frase había sonado demasiado rápido.

- ¿Qué pastilla? – preguntó perplejo.

- Pues las que le han recetado… – parpadeé un par de veces confusa – Oye, ¿qué haces tú aquí?

- Vine a ver a Haymitch. Annie me llamó y me dijo que estaba ingresado en el hospital.

- Es cierto. Yo le avisé y le dije que te llamara – contesté bajando la mirada – pero tampoco hacía falta que te presentaras, él está bien. Sólo ha pasado una noche ingresado.

- Ya te avisé de que vendría pasara lo que le pasara. Haymitch es la única familia que me queda. – Sonaba enfadado. Pero algo en sus ojos me hacía saber que estaba ilusionado por volver a verme.

- Lo sé. – susurré. Quería preguntarle que qué pasaba conmigo. ¿Yo no era de su familia? Pero no quería empezar una conversación de aquella manera.

Justo di un paso atrás para moverme un poco ya que me encontraba bastante tensa. Necesitaba descansar todo el peso en la otra pierna y relajarme un poco. Y ahí fue cuando volví al presente, descalza y rodeada de pequeñas piezas de cerámica que estaban hechas para cortarme gustosamente.

- ¡Mierda! – grité sintiendo el tajo en la planta de mi pie izquierdo. Lo levanté con cuidado y vi como la sangre corría por toda la zona hasta que las gotas caían al suelo.

- No te muevas – me dijo Peeta – ¿Se puede saber qué haces descalza y en camiseta de interior? – preguntó mientras se acercaba.

Y fue cuando me cogió de la cintura con una delicadeza extrema. Esa delicadeza que sólo él sabía transmitir. Me levantó lentamente mientras yo estaba rígida como un palo y me llevó lejos de aquel jarrón hecho pedazos para sentarme en el sofá que tanto odiaba. Seguramente, después no lo odiaría tanto. En aquel corto trayecto de cuatro pasos, mantuve la respiración cuando mi nariz topó con su cabello.

La sensación aquella de debilidad, sólo la había experimentado con Prim. Y ahora, con el olor del pelo rubio de Peeta. No es que oliese a flores, ni tampoco a chocolate. No olía a ninguno de los olores irresistibles que la gente estaba acostumbrada a decir cuando le preguntan por su olor favorito. No era nada de eso. Su cabello, húmedo por la tormenta, olía a él pero multiplicado por cien. O por mil.

Dios. Podrían haberme partido por la mitad mientras aspiraba aquel aroma y yo no habría sentido ni un poco de dolor. Ni si quiera la planta de mi pie era prioridad. A partir de ahora ya sabía qué responder si me preguntaban por mi olor favorito. Había aparecido justo esa mañana.

Al colocarme en el sofá, fue directamente a la cocina. En mi interior algo se oprimió y supuse que sería por su inmediata lejanía. Empezábamos bien. No me había tocado ni si quiera y al alejarse ya lo echaba de menos. Esto ya rozaba la exageración y casi la enfermedad. Volvió con un bote de desinfectante, varios trozos de algodón y gasas. Parecía que sabía con exactitud dónde guardaba las cosas nuestro antiguo mentor. Se sentó a mi lado y con la mano desocupada, cogió mi tobillo y colocó el pie encima de sus piernas pero sobresaliendo para poder desinfectarlo bien. Eso hacía que parte de mi pierna quedara encima de sus muslos y me arrimara más a él.

Lo observé mientras me curaba. Ni si quiera percibía el escozor que provocaba el desinfectante con el algodón sobre mi piel. Peeta estaba concentrado en su tarea, como en todo lo que hacía. Era una de las cosas que más me gustaban de él. Con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, dedicando toda su atención a lo que estaba realizando. Lo mismo hacía cuando pintaba o cuando amasaba el pan. O como cuando miraba el pan a través del horno, contando los minutos que faltaban para sacarlo. Me fascinaba su saber estar y su completa dedicación a todo lo que hacía. Verlo de esa manera, podría ser otra de mis nuevas debilidades.

- Por lo que veo, últimamente estás muy torpe – dijo sonriendo mientras echaba un rápido vistazo a mi mano vendada pero sin dejar de lado su tarea.

- ¿Qué? – pregunté desconcentrada. Yo desde luego era todo lo contrario a él. Podía empanarme muy fácilmente. Aunque todos tenían que aceptar que en el bosque y en cuanto a supervivencia, mis cinco sentidos eran superiores a los de cualquiera. Pero cuando se trataba de Peeta, podría caer una bomba y yo ni me enteraría.

- Tu mano… – dijo presionando una de las gasas y retirando parte de los trozos que habían quedado incrustados.

- Ah – bramé – ha sido esta mañana… me tropecé con Buttercup y toda la tila ardiendo cayó en mi mano. Me quemé… ¡Uf, cuidado! – Eso me había dolido.

- Lo siento, es que te tengo que quitar todos los trozos. O sea, que hoy no es tu día…

Lo era. Aunque ahora mismo me rompiera una pierna, aunque ahora mismo me volviera a quemar con otra cosa. Era mi día. Lluvia y Peeta. No podía pedir más.

- Digamos que no… – mentí – Será porque no he tenido a mi compañero de juegos durante todo este tiempo… – Y una risa se escapó de sus labios. Vale, pensaba que aquella confesión se lo iba a tomar a mal. Pero estaba relajado y concentrado en algo, así que era el momento de soltar frases que en otras circunstancias hubieran sido incómodas.

A Peeta le ocurría muchas veces. Cuando sabía que su humor estaba cambiando de forma repentina y para mal, decidía irse a hornear. O a pintar. Aquello era como una vía de escape para él. Y ahí es cuando aprovechaba yo, para observarle y admirarle cuanto quisiera. En aquellos tiempos en los que estaba tan deprimida, mi única vía de escape era esa. Él realizaba la acción y yo alababa cómo la realizaba.

- Esto ya está – dijo presionando la gasa contra la planta y volviéndolo a desinfectar – ¿Y cómo está Buttercup? ¿Sigues odiándolo? – Preguntó mirándome a los ojos y medio burlándose.

- Sí… pero no tanto como antes – admití con una sonrisa – Bien. Igual de feo y de demacrado. Con su oreja rota… la verdad es que no sé qué le veía mi hermana a ese gato. Aunque quizás yo esté empezándolo a ver de la misma forma… – por su expresión noté cierto orgullo. Había nombrado a Prim delante de él por primera vez sin ni si quiera esforzarme. Se había dado cuenta.

Los chispazos que sonaban a causa de la chimenea quedaban perfectamente con la lluvia y los truenos de fuera. Y con la respiración de Peeta sonaba el doble de bien.

- Tranquilo – manifesté cuando me di cuenta de que aún aguantaba la gasa – Ya lo hago yo… – Y quité la pierna sobre sus muslos para ponerla sobre el mío y así sujetar la gasa con más facilidad.

- No me molestaba. Pero si a ti sí pues…

Mierda. ¿En serio se lo había tomado así?

- No no no... – Me apresuré a decir – era para que estuvieras…más cómodo.

- Lo estaba. – me contestó. Se levantó y se acercó a la chimenea para secarse.

Otra vez aquella opresión en el pecho.

Debería haberme quedado quieta, joder. Estábamos yendo por el buen camino. Dejé la gasa en el sofá y me levanté sin apoyar el pie en el suelo. Di pequeños saltitos hasta llegar detrás de él y mi mano descansó en su hombro, a la par de que me servía de apoyo.

- Por lo que veo tú también te has empapado… – Tendría que romper el hielo para volver a la conversación de antes.

- Sí, vine directamente aquí porque pensé que estaría Haymitch.

- Haymitch estará unos días en mi casa. Tengo que vigilarlo, ya sabes…

- Sí, ya me lo he imaginado – continuó – ¿Es grave? – Por su cara sabía que estaba preocupado.

- No… podría llegar a serlo pero eso no va a pasar mientras yo le vigile. Ahora está durmiendo en la habitación donde dormía mi madre, no ha pasado muy buena noche.

Miró mi mano en su hombro y luego fijó sus ojos en mí. Eso me puso bastante nerviosa así que la quité con rapidez. Pero él ni si quiera tardó en coger mis dedos y volverlos a colocar donde estaban. Y esta vez dejó su mano encima de la mía, dándome un pequeño apretón.

Con su mano libre, alcanzó una de mis mejillas. Al tacto, yo sólo pude cerrar los ojos y disfrutar de aquella maravilla. Si me despertaban en el aquel momento, juré que mataría al que lo hiciera. Se sentía tan bien. Y maldita sea, lo había echado mucho de menos.

- Has cambiado un poco…

- ¿A qué te-e re-efieres? – tartamudeé.

- No sé. Estás más…mujer.

- Tonterías. Sólo han pasado dos años…

- Yo te veo distinta. – Y retiró su mano haciéndome abrir los ojos. Me sonreía tranquilo y después fijó sus ojos en la chimenea. Pero esta vez, ya no sonreía. Algún pensamiento le había entristecido. Lo supe por la forma en que sus cejas se movieron y sus labios finos se apretaron.

- ¿Qué ocurre? – me atreví a preguntar.

- Katniss, me voy a casar.

Ahí viene la bomba.

- Ya lo sé…

- Ya sé que lo sabes.

Minutos después era yo la que observaba la chimenea. Callada. Sin saber qué decir o qué hacer. El silencio con la lluvia de fondo me estaba asfixiando.

- ¿Por qué? – le interrogué sin más. No quería saberlo pero no significa que no lo necesitaba.

- ¿Por qué qué? – Y esta vez, volvió a mirarme con el ceño fruncido.

- ¿Por qué te vas a casar? ¿La quieres?

Si me contestaba que estaba enamorado, me iba a sentar como una patada en el estómago. Así que inconscientemente llevé una de mis manos a la zona de éste para que el dolor no fuera tan profundo.

- Katniss… me voy a casar porque tengo una nueva vida en el Capitolio. He cambiado. – No sé porque pero sonaba a auto convicción. Y no me había respondido bien a la pregunta.

- ¿Te vas a casar porque tienes una nueva vida en el Capitolio? ¿Qué clase de vida?

- Pues no sé, la normal. Estoy con una chica maravillosa… – «Duele». – Que me hace reír… – «Duele mucho». – Que me cuida y me hace feliz… – «Duele mucho más fuerte».

Y sonó un trueno que me hizo cerrar los ojos. Parecía que había sonado en la ocasión perfecta, como una película.

- ¿En serio quieres que te hable de ella?

Pues claro que no, imbécil. Quiero que me digas que todo es una puta broma y que vienes para quedarte conmigo.

- Si tú quieres… – mi voz estaba a punto de romperse.

- Yo no quiero. Mi vida del Capitolio está allí y no la he traído aquí. Para mí son mundos diferentes y no los quiero mezclar. ¿Entiendes?

- Sí… – No podía ponerme a llorar así que para disimular, me senté de nuevo en el sofá.

Él volvió a girarse y me siguió, poniéndose de cuclillas en frente de mí. Colocó una de sus manos en mis rodillas y me la acarició suavemente.

- ¿Tú has estado bien?

- Sí. – otra vez mintiendo. Ya era compulsivo.

- ¿Has estado comiendo bien?

¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Qué era, mi padre?

- Sí. – respondí un poco seca.

- Bien… – suspiró – ya sabes que sigo preocupándome por ti.

Pues eso no me servía para nada. Tenía la sensación de que me estaba tratando como a una cría de cinco años y eso me enfurecía desmesuradamente. A lo mejor el que actuaba como un niño era él, que se iba a casar por "tener una nueva vida en el Capitolio."

- ¿Qué ocurre ahora? – Me conocía demasiado bien y sabía que me estaba enfadando.

- Nada. Si quieres ir a ver a Haymitch, ten. – Le tendí las llaves que tenía en mi bolsillo – Yo me quedaré un rato aquí, aún tengo mi ropa empapada. – dije señalando el jersey y los calcetines que se encontraban al lado de la chimenea.

Indirectamente lo estaba echando porque necesitaba estar sola.

- Joder, Katniss – elevó su voz. – Yo también sigo empapado y además está lloviendo igual de fuerte. Hasta que pare un poco no me iré.

- Pues bien. Iré a preparar café.

Me levanté dejándolo allí, mirándome desde abajo en el suelo. Cojeando, me dirigí a la cocina evitando los trozos rotos del jarrón. Podía sentir su mirada clavada en mi espalda. La verdad es que café al medio día no me apetecía en absoluto, pero era lo primero que se me había pasado por la cabeza para huir de allí.

Me apoyé en el fregadero y cerré los ojos. Lo de "la chica maravillosa que le hacía reír y ser feliz" había dolido. Y mucho. Nunca me había imaginado a Peeta con una chica hasta que me enteré que se casaba. Quizás por la seguridad de que sabía que siempre había estado enamorado de mí. No enamorado, pero sí tenía algo conmigo. Incluso él me lo confesó en la cueva, dónde nos besamos por primera vez. Aunque fuera una mentira, pero aquel beso había sido muy diferente a todos los pocos besos que me había dado con Gale anteriormente. Annie me dijo que desde los cinco años se había fijado en mí. Y puedo recordar aquella vez, cuando nuestras miradas se encontraron en el patio del colegio y él la desvió porque no era capaz de aguantar. Y fue cuando vi aquel diente de león en el suelo.

Habíamos cambiado. No éramos los mismos. Peeta no era mi chico del pan. No era el que me besó en la arena, no era el que me regaló aquella perla que me sirvió para no perder la poca cordura que me quedaba cuando él estaba raptado. Cuando hacía los nudos con Finnick para distraerme con algo y no pensar.

De repente, sus manos se posaron en mi cintura. Ni si quiera me había dado cuenta de que había entrado en la cocina y había recogido el destrozo del jarrón. Me giró y yo me tapé el rostro con las manos. No quería que me viera con esas ganas de llorar tan fuertes. Y sin más, me abrazó.

Me rodeó con sus abrazos, inspirando profundamente sobre mi pelo. Mis manos se posaron en su pecho y con los dedos agarré su camiseta como si mi vida dependiera de ésta. Escondí mi rostro en el hueco de su cuello y sentí que me iba a desmayar. Todas las noches había soñado con aquello pero ninguna lo superaba. Las piernas me temblaban y el corazón iba a mil por hora. Estar ahí era como una montaña rusa que bajaba justo en la bajada más empinada. No obstante, era el lugar más seguro en el que yo podría estar.

¿Se puede morir alguien de un abrazo?

- Te he echado mucho de menos. – susurró contra mi pelo.

- Yo también a ti.

- Cuando te dije que también era duro para mí, lo dije en serio. – dijo con el mismo tono de voz.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Y fue ahí, en ese instante, cuando supe que Annie tenía razón. Ahora era yo la que tenía la pelota en mi tejado. Debía de mover ficha y tirar del carro. No lo iba a dejar marchar nunca más.

Durante los siguientes treinta minutos, no dijimos nada más. Esperamos a que nuestra ropa se secara bien y para cuando eso ocurrió, la lluvia había disminuido bastante así que con los paraguas ya tendríamos suficiente para no mojarnos. Al llegar a casa, me acordé de que Sae nos había preparado la comida para ese día así que decidí ir a la cocina para calentarla. Avisé a Peeta de que podía subir a ver a Haymitch mientras preparaba la mesa.

Me hubiera gustado ver la cara de Haymitch al encontrarse con Peeta. Seguro había sido un poema. Al poner la mesa, subí las escaleras decidida para entrar en la habitación. Escuchaba risas así que supuse que Haymitch se encontraba bien. Abrí la puerta y vi a Peeta sentado en la cama con Haymitch al lado.

- Preciosa… - me dijo Haymitch al darse cuenta de que estaba allí.

- Vaya horas de levantarte, eh? – contesté burlona. – Cuando queráis comer, bajad. Os dejaré tranquilos…

Peeta y Haymitch asintieron sonriendo.

Bajé las escaleras y fui a sentarme en una de las sillas de madera de la cocina. No podía creer que volviésemos a estar los tres aquí. Debería de haber sido así siempre, no se tendría que haber ido a ningún Capitolio. Lo podríamos haber arreglado. Con todo lo que habíamos avanzado respecto a sus ataques y después de todo lo que habíamos pasado, nos los merecíamos.

A los diez minutos, ya había servido los platos y los tres estábamos en la mesa.

- Así que… me has roto un jarrón. – me dijo Haymitch haciéndose el enfadado.

- Sí. Te he hecho un favor porque era feo no, lo siguiente.

- Me alegro de que los dos hayan decidido actuar como adultos. – dijo de repente. – No, en serio. Siempre creí que vuestro reencuentro sería desastroso.

- ¿Por qué lo dices? – preguntó Peeta quitándomelo de la boca.

- No sé. Habéis estado un buen rato en mi casa y ahora estáis bastante relajados.

- Eso es porque estábamos esperando a que parara de llover y… estábamos mojados. – contesté sonrojándome y devolviéndole la mirada a Peeta.

- ¿Mojados? – Y una sonora carcajada salió de la garganta de mi ex mentor. – Uy uy uy…

- ¡Haymitch! – le regañó Peeta riéndose con él.

Me había perdido. ¿De qué cojones hablaban estos dos? Odiaba cuando hacían eso y me dejaban de lado. Pero hacía demasiado tiempo que no lo vivía así que sonreí pensando en lo mucho que lo extrañaba.

- Acuérdate de la pastilla. – dije a Haymitch cuando vi que se había terminado su plato.

Después de recoger la mesa, Peeta me ayudó a limpiar la cocina mientras Haymitch reanimaba el fuego de la chimenea del comedor. Era agradable sentir el tacto de su piel cada vez que le pasaba un plato para que él lo secara con el trapo. Podría acostumbrarme a ello y deseé que hubieran más platos para lavar sólo para sentir el roce de sus dedos.

Posteriormente, fuimos a reunirnos con Haymitch al sofá y comenzamos a hablar de mil cosas. Peeta nos explicó toda su vida en el Capitolio, pero sin pronunciar a su chica. Nos habló de su panadería la cual tenía un grandísimo éxito. Tenía a varios chicos contratados y las cosas le iban bastante bien. Al menos todo el dinero que habíamos ganado con los juegos le había servido para algo. Aunque gran parte de éste, tanto él como yo, se lo dimos a la Comandante Paylor para la reconstrucción de los distritos. Nos contó que de vez en cuando visitaba a Effie y también a Portia. Incluso a veces se tomaba cafés con Octavia y Flavio. Nos dijo que después de la rebelión, ya no había gente tan excéntrica como antes. Muchas personas de varios distritos se habían ido a vivir allí y ahora todos estábamos mezclados. El Capitolio ya no era aquel lugar donde la gente que habitaba se sentía superior a la gente de los distritos. Ahora todos convivíamos en paz y armonía.

Peeta nos comentó que vivía justo en el apartamento encima del local de la panadería. Así que era perfecto porque al levantarse de madrugada, no tenía que moverse mucho. Me atreví a preguntarle si vivía solo y como una melodía para mis oídos, susurró un sí. Respiré de manera sosegada y vi como Haymitch me miraba desde el otro lado del sofá. Por lo menos, no estaba conviviendo con ella.

- Y una vez al mes, voy a visitar a Annie, Johanna y a mi pequeño Finnick. – dijo con satisfacción y sonriendo. Por la forma de decir "mi pequeño" se notaba que le quería demasiado. Y a mí me había dado un vuelco al corazón porque sabía que a Peeta le encantaban los niños.

- Sí, lo dijeron cuando vinieron a visitarnos… – le contestó Haymitch. – El niño se obsesionó con mis pobres gansos. Que por cierto, después tendré que ir a darles de comer…

- Sí, a Finnick Jr. le encantan los animales. No se parece a ti en eso, eh Katniss? – manifestó Peeta contemplándome.

- No, la verdad es que no… – mostré una tímida sonrisa.

- Y… ¿Qué hacía Gale con ellas? – Aún no había apartado los ojos de los míos.

- Yo no lo sabía – Eso sonaba a justificación innecesaria – Es decir, me llamaron un día antes y me dijeron que venía… le pasaron del Distrito Dos al Cuatro y se encontró con Johanna. Ésta le dijo que vendrían a visitarme y él insistió en venir…

- Ah – musitó – Y… ¿Tú y él?

- ¿Qué? – pregunté nerviosa.

- ¿Ya lo habéis arreglado?

- ¿A qué te refieres?

- Bueno bueno bueno… – dijo Haymitch poniéndose de pie – He pensado que ahora es el momento perfecto para dar de comer a aquellos gansos. Después os veo y… no discutáis. – dijo guiñándome el ojo.

Al irse Haymitch volvimos a quedarnos en un silencio molesto.

- ¿A qué te referías con lo de "nuestro"?

- Pues si ya estáis bien. Desde lo de… – dudó en seguir pero yo le animé con la mirada – Prim. No sabía si continuaríais con la relación.

- Y no la continuamos, tú por aquel entonces también estabas.

- Sí, pero me refiero justo después de marcharme yo. ¿Volvisteis a hablar? – preguntaba con cierta angustia.

- No. Sólo hablamos cuando vino con Johanna y Annie. Era la primera vez que lo veía después de tres años…

- Ah – repitió. Y otra vez silencio. – ¿Cómo estáis ahora?

La insistencia con Gale me estaba desesperando. No obstante, me esperanzaba a la vez. ¿Es que acaso estaría celoso de Gale? Podía ser algo que podría utilizar para empezar a mover ese carro.

- Estamos bien. Mejor de lo que esperaba – mentí. – Siempre creí que no lo iba a perdonar nunca pero… después de un abrazo lo arreglamos y quedó todo claro entre nosotros.

Su cara. Un poema. Estaba funcionando.

- Me alegro. – Eso había sonado muy forzado. Yo lo miré levantando una de mis cejas – No en serio. Me alegro. Quizás podríais volver a aquello que dejasteis un día atrás… – Y eso último lo dijo sin mirarme y dedicando toda su atención los cordones de sus zapatos.

No podía creer lo que estaba escuchando. Lo miré incrédula sin que él pudiera verme porque estaba agachado. No hablaría en serio. Jamás tendría algo con Gale, jamás. Primero por todo lo que nos había pasado, segundo porque él siempre había sido mi amigo. Nos habíamos besado y yo tuve mis dudas pero eso fue todo. Dudas que no volveré a tener en lo que queda de mi existencia. Porque todo lo vivido con Peeta, me hizo saber que yo no necesitaba a alguien como Gale. No lo necesitaba y tampoco lo quería. Gale y yo nos parecíamos en muchas cosas y siempre habíamos chocado. Con mi chico del pan había sido distinto desde el minuto cero.

Yo era la tormenta y él era la calma después de ésta.

Si yo estaba loca de atar, él era la cuerda que me ataba.

Encajábamos a la perfección, joder.

- Sí, puede ser. – solté finalmente.

Llegué a la conclusión de que justo la cara que puso después de haberle dicho aquello, la añadiría sin pensarlo a la lista de las nuevas debilidades que había creado ese mismo día.


Hello again! Aquí tenéis el quinto capítulo y espero que lo disfrutéis mucho! Tenía tantas ganas del reencuentro entre estos dos... y por fin Katniss se da cuenta de que tiene que luchar sí o sí. El tema de los celos no lo utilizaré mucho porque no va con mi Katniss... Sólo lo he utilizado aquí para que se vieran reacciones de Peeta. Pero esto no va a ser pan comido.

Le doy la bienvenida a las nuevas lectoras.

Un besito, nos leemos pronto! :)

M.A.