Disclaimer: Todos y cada uno de los personajes de la siguiente historia han sido creados por la maravillosa Suzanne Collins.
.VI.
BOLLITOS DE DESPEDIDA
No podría haber creado un ambiente más tenso. Y me sentía bastante culpable por ello. Durante la cena, Peeta se mantuvo callado y serio todo el rato. Removiendo la sopa con la cuchara pero sin ni si quiera probarla, miraba a un punto fijo sobre la mesa de madera. Yo intentaba alcanzar qué era lo que tanto observaba pero rápidamente supe que su mirada estaba perdida. Quizás no debería haber metido a Gale, fue una respuesta inmadura e infantil por mi parte. Me había arrepentido al instante, sin embargo algo en mi interior decía que había valido la pena.
Mi chico del pan nunca me había demostrado sus celos por mi amigo durante los primeros juegos y el Vasallaje de los Veinticinco. Al menos, no lo había expresado con tanta evidencia como aquella tarde. Su rostro y su actitud habían cambiado al completo e intentaba con disimulo reír ante el monólogo de Haymitch. No obstante lo conocía lo suficiente como para saber que sus sonrisas eran forzadas. Nuestro ex mentor sabía que algo ocurría, pero él seguía hablando sólo para que el silencio incómodo no reinara en la cocina.
De vez en cuando Haymitch me dedicaba alguna que otra ojeada y me invitaba a que entrara en la conversación. Aunque mi cabeza echaba humo por todas las cosas que tenía que decir y preguntarle, de mi garganta no salía nada. Solamente un suspiro nervioso que se iba incrementando conforme pasaba la noche.
Peeta no me ayudó en la cocina y decidió quedarse con Haymitch en uno de los sofás. Volví a sentir aquella opresión en el pecho mientras me quitaba la venda de la mano para poder fregar los platos y vasos. Con mis manos bajo el agua caliente, comencé a realizar mi tarea. Escuchaba murmullos que no lograba entender por el ruido del agua cayendo en el fregadero. Mis oídos intentaron deducir las palabras exactas de la conversación pero nada más lejos de la realidad. Así que decidí cerrar el grifo para poder escuchar con claridad.
- ¿Y cuánto tiempo vas a estar?
- Hasta pasado mañana. Así tendré todo el día para poder reorganizar las cosas que tengo en casa… desde que me fui no he vuelto a entrar y debe estar hecho un desastre. Me supo mal decirle a Sae que se encargara de ella mientras yo no estaba… – dijo Peeta con un tono apenado que pude conocer.
- Tranquilo chico, date el tiempo que quieras. Si quieres puedes dormir hoy aquí…
- Preferiría dormir en tu casa, si no te importa.
Algo en su voz me hizo saber que actuaba con indiferencia. Y eso me había enfadado, mucho. Fruncí el entrecejo y decidí no escucharlos más. Abrí el grifo y cogí uno de los platos con fuerza. Si no quería quedarse en mi casa ya tardaba en irse al Capitolio, donde lo esperaba su prometida.
Su prometida.
Aún se me hacía imposible pensar en aquella locura. Porque era una estúpida e incoherente locura. ¿Quién cojones se casaría siendo tan joven y sin apenas conocerla? Porque estaba cien por cien segura de que no la conocía ni la mitad de lo que llegaba a conocerme a mí.
Apretando el estropajo contra la mancha de la vajilla, Haymitch me asustó por detrás.
- Cómo sigas lavando así los platos, se van a desintegrar.
Maldije cuando se resbaló el objeto de mis manos y cayó al suelo haciéndose pedazos. Me giré lentamente y aniquilé a mi antiguo mentor con la mirada.
- Será mejor que te vayas ya a la cama porque es la tercera cosa que rompes hoy...
- Sí y a lo mejor tu cara se convierte en la cuarta cosa que rompa hoy – susurré mientras recogía los trozos del suelo. Esta vez sí que no había sido culpa mía. El maldito de Haymitch me había dado un buen susto y aquel plato no entraba en la lista de cosas que había roto durante el día.
- Hey hey hey…– contestó acercándose – ¿volvemos al humor de perros y la agresividad que tanto había echado de menos?
- Déjame Haymitch, no estoy de humor – mi tono había sonado demasiado cortante para mi gusto – Y tómate la pastilla.
Después de mi autoridad al hablar, cogí el trapo del suelo y lo lancé sobre el mármol de la encimera con un gran impulso. Haymitch me seguía con la mirada hasta la puerta de la cocina e intentó detenerme, pero hice oídos sordos a su llamamiento.
Al subir el primer escalón me paré durante unos segundos y eché un vistazo al salón. Peeta me observaba con inquietud, preguntándome a la vez qué era lo que había pasado. Pero sin decir ni una sola palabra, claro. Aquel azul intenso era capaz de hablarme sin ni si quiera pronunciar una sílaba. Desvié mis ojos de los suyos para dirigirlos hacia el suelo y recé para que mis piernas cogieran fuerzas para poder subir las escaleras. Una vez arriba cerré los ojos e intenté calmarme. Volví a mirar aquella foto de Prim junto a Buttercup y la acaricié al instante. Cuánta falta me hacía y cuánto la echaba de menos. Ahora sería un gran apoyo para mí y me daría unos buenos consejos. Extrañaba esa capacidad que tenía de ponerse en la piel de los demás con una facilidad asombrosa. Esa empatía que había heredado de papá, por supuesto. A pesar de su edad, siempre había sido más madura que los otros de su generación. Sobre todo por lo que habíamos vivido y por lo que habíamos pasado.
En ese aspecto, yo también sufrí lo mismo. Al tocarme el rol de madre sabía que Prim era mi única prioridad y maduré en un espacio de tiempo realmente corto. A veces, no entendía cómo había conseguido sacar esa fuerza para que mi familia siguiera adelante. Esa fuerza que hoy necesitaba y que no era capaz de hacerla resurgir. Pero sabía que mi hermana fue el motor principal, la pieza clave que hace que todo se mueva y funcione correctamente. Esa pieza que ya no estaba o que yo pensaba que no estaba. Porque en el fondo de mi ser, sabía que aquella pieza ahora estaba en manos de Peeta, aunque tenía miedo de reconocerlo.
Miedo. Esa era la palabra exacta y la que había gobernado mi vida durante los últimos años. Y ahora volvía a estar. Repasando mentalmente, podría haber hecho una infinita lista de cosas que me daban pavor. Aunque sabía cuál era el miedo que encabezaba la lista. El que estaba en primer lugar. El que sabía que no me recuperaría en cien años si terminara ocurriendo.
Miedo de perderlo.
Con esa conclusión, decidí meterme en la cama y cerrar los ojos para intentar dormirme. A pesar de saber que mi chico del pan estaba abajo y de que respirábamos casi el mismo aire después de tanto tiempo, conseguí caer en un profundo sueño. Milagrosamente.
–––
Aun siendo de noche, me desperté y me aseé para ir a cazar. El dolor en la planta del pie por el corte con aquel maldito jarrón no me lo iba a impedir. El sol no había salido aún y el fresco viento recordaba el día anterior, protagonizado por una gran tormenta. No me acordaba de aquella sensación de necesitar cazar. Desahogarme. Corrí hacia La Veta y cuando llegué a mi destino, me incliné para esquivar las vallas que tanto había cruzado durante muchos años. Recorrí la pradera y me adentré en el bosque para llegar al tronco dónde se encontraba mi arma más preciada. Junto con las flechas, me lo deposité en el hombro y comencé a caminar sigilosamente para adquirir unas cuantas presas.
La mañana se había pasado demasiado rápido y sin darme cuenta, el sol ya se encontraba casi en la mitad del cielo. Volví a casa puesto que mi estómago rugía por no haber desayunado nada, mientras llevaba un faisán y tres ardillas gordas en una bolsa. Sae se encontraba en la cocina y me dedicó una sonrisa mezclada con una mueca de preocupación. Intenté decirle que todo estaba bien así que me sirvió una taza de café y dos tostadas con mermelada, sin haber dicho una sola palabra. Aunque sabía que quería avisarme de la llegada de Peeta pero no sabía cómo.
No lo había visto en el comedor, así que supuse que estaría en casa de Haymitch.
- ¿Haymitch está durmiendo? – pregunté a Sae mientras absorbía con cuidado el café caliente.
- Sí… fui a avisarle de que ya era tarde pero me refunfuñó diciendo que anoche se acostó muy tarde.
- Ah. Por cierto, ¿cómo está tu nieta?
En verdad me interesaba porque Haymitch me había dicho el día anterior que había caído enferma.
- Oh, niña… está hecha un verdadero bicho – sonreí ante aquel comentario – la fiebre ya le está bajando y está como una rosa. Gracias por preguntar.
- No es nada… me alegro Sae – dije saboreando la mermelada de melocotón – Hoy ya haré la comida yo, así podrás irte antes.
- Gracias – me dedicó un gesto de agradecimiento – Katniss… Peeta ha venido esta mañana temprano y ha desayunado conmigo – cogió una de las sillas y se sentó a mi lado.
- Oh… – es todo lo que me atreví a responder cuando observaba con detenimiento la tostada.
- Me dijo que estaría todo el día en su casa, arreglándola y organizando cosas para llevarse a su apartamento del Capitolio. Me dio una de las llaves para que me pasara luego y le ayudara si quería… pero me temo que yo no podré hacerlo.
Y dicho eso, me tendió las llaves, mirándome fijamente. Las observé durante unos segundos y después le devolví la mirada a Sae con el ceño fruncido. Sabía lo que quería decir. Dejé la tostada que tenía en la mano y las cogí sin vacilar. Sae se levantó y me acarició la cabeza sonriendo antes de salir por la puerta de la cocina.
No iba a permitir que me ignorara durante todo el día. Tenía sólo veinticuatro horas para poder hablar con él y decirle todo lo que pensaba. Bueno, casi todo. Porque aún no me veía con la suficiente valentía como para preguntarle por esa ceremonia sin sentido.
Decidí ducharme para quitarme cierto barro del bosque del cuerpo y al salir, me vestí y me dejé el pelo suelto en vez de la típica trenza. Así también se secaría antes y me dejaría esas ondulaciones que no me quedaban nada mal, para ser sinceros. Antes de bajar las escaleras, asomé mi cabeza por la puerta de Haymitch para ver si todo iba bien. Mi mentor dormía profunda y sonoramente por sus ronquidos rutinarios. Ya me había acostumbrado a ellos así que ni si quiera me molestaban.
Cuando no quise darme cuenta, estaba en la puerta de la antigua casa de Peeta, que quedaba justo dos pasos más allá a la de Haymitch. Dudé en tocar a la puerta o abrir directamente. Si consideraba la primera opción, corría el riesgo de que me abriese y cerrase de golpe. O que no me abriera. Y la segunda opción… podría asustarlo. Entonces metí una de mis manos en el bolsillo del pantalón y cogí las llaves. Las miré por unos segundos sobre la palma de mi mano y sin más, las introduje en la cerradura.
La casa tenía la misma distribución que la de Haymitch y la mía, así que no habría problema para encontrar cada estancia de la casa. Olía a cerrado y por los muebles destacaba cierto polvo que me hizo estornudar. Suerte que me tapé las manos en seguida y conseguí no hacer mucho escándalo. El sofá del salón estaba cubierto por una sábana blanca, las cortinas estaban cerradas y había muchas cajas precintadas encima de la alfombra. Me quedé con el detalle de que todas las fotos que adornaban muebles y paredes habían desaparecido. Seguramente Peeta ya las estaba guardando en las cajas para llevárselas a su apartamento.
No lo encontré en la cocina, ni tampoco en el salón. Decidida, subí las escaleras y me fui a la que era su habitación principal. Pero allí tampoco había nadie. Cuando llegué a la segunda puerta del pasillo, miré por el rabillo de ésta y me quedé unos minutos observando. Peeta estaba de espaldas a mí, sentado en una de las cajas y agachado hacia delante, como si estuviera haciendo algo en el suelo. Me tensé al ver como su camiseta negra se levantaba por detrás al realizar movimiento y dejaba ver cierta parte de su columna. Tragué saliva y piqué a la puerta con los nudillos para no ser descortés.
- Sae, menos mal que… – comenzó a decir pero justo al girarse y al ponerse de pie, se paró en seco.
- Sae me dijo que no… que no podía venir – logré decir – Así que he venido yo. ¿Quieres que te ayude?
Suspiró y después de unos minutos de silencio asintió lentamente con la cabeza.
- ¿Qué estás haciendo? – le pregunté mientras caminaba a donde estaba él.
- Pintando – me miró y yo también lo hice – hacía mucho tiempo que no lo practicaba…
Bajé la cabeza para admirar su obra y me quedé con la boca entreabierta.
Había dibujado el bosque, mi bosque. Mi lugar favorito en el mundo. Con el verde que tanto me gustaba. Y por supuesto, su cielo favorito con su naranja. El naranja de Peeta. Había mezclado los colores exactos para crearlo y revivirlo en una simple hoja de papel. Pero lo que más me había llamado la atención eran unas figuras pequeñas que corrían entre los árboles.
- ¿Quiénes son?
- Son niños – dijo él mirando el cuadro – niños felices, disfrutando de su infancia. Corriendo por el bosque, sin problemas, sin cosechas, sin juegos…
Levanté mi rostro y le dirigí una mirada llena de ternura. Pestañeé un par de veces para evitar que mis ojos se aguaran en aquel momento y sólo disfruté de su manera de admirar su propio cuadro. Cuando vi que tensó la mandíbula y puso los brazos cruzados, girando la cabeza para dirigirse hacia mí, desvié mi mirada rápidamente para que no me pillara.
- ¿Qué haces aquí? – me preguntó sin más.
- Ya te lo he dicho… he venido a ayudarte.
- ¿Realmente has venido para eso? – Peeta levantó una de sus cejas.
- Sí… – «Mentira».
- Katniss te conozco. Mira si es por lo de ayer, lo de Gale, yo no…
- ¿Tú no qué? – cuestioné al ver que no continuaba con la frase.
- Yo no me quiero meter en donde no me llaman.
- Es que no hay nada en donde meterse. No hay nada. – Y esta vez, bufé desesperada hablando demasiado rápido.
- Pero tú ayer… me diste a entender…
- Sí, lo sé – le interrumpí – pero no era cierto. Peeta… – le cogí una de sus manos aparentando estar completamente serena, cuando en realidad estaba como un flan y las piernas me temblaban – ¿De verdad crees que después de todo, lo elegiría a él?
Peeta no dijo nada. Sólo se dedicaba a acariciarme la mano con su dedo pulgar y respiraba profundamente, haciendo que su camiseta pegada al pecho subiera y bajara al compás de sus latidos. Porque sin estar pegada a él, lo sentía como nunca antes.
- ¿De verdad crees que… lo antepondría a ti? – Y al ver que no se atrevía a reunirse con mis ojos grises, con la mano libre alcancé su barbilla y la elevé para que tuviéramos aquel contacto visual que le pedía a gritos.
Después de unos segundos sin decir ni media palabra, con nuestros ojos admirándose por completo, entendí que sin él la vida no tendría sentido. Azul y gris chocando en una batalla en la que estaba claro que la perdedora sería yo. Porque si alguna vez me juré que jamás volvería a tener una debilidad en lo que me quedaba de existencia, se había ido todo a la mierda nada más mirarnos.
Le apreté la mano con fuerza y la otra que se encontraba en su barbilla, acabé depositándola en su pecho. Él cerró sus ojos y apoyó su frente sobre la mía. Yo le imité en el gesto y también cerré los ojos, inhalando ese aroma que me iba a volver más loca.
- Nunca podría volver a aquello que un día dejé atrás con Gale. No mientras tú estés aquí… – susurré acordándome de sus palabras en la tarde anterior.
Era una sensación extraña. No hacía falta que me pensara las frases que tenía que decir porque éstas salían solas. Era como una especie de causa-efecto. Él me rozaba y yo soltaba todo lo que sentía por la boca. En mis veinte años de vida nunca me había pasado algo parecido. Ni si quiera con mi hermana Prim. Yo siempre había sido de las que se guardaban cada una de sus emociones en el lugar más escondido del mundo. No me gustaba que la gente pudiera leerme con facilidad y que pudieran adivinar de qué pie cojeaba. Todo aquello que no estaba fuera de mi control me llevaba a la desesperación y me frustraba cuando alguien conocía mis puntos débiles. Y el más grande de todos ellos lo tenía enfrente de mí.
Peeta se separó y me acarició la mejilla con sus dedos ásperos.
- ¿Me ayudas a colocar algunos cuadros en las cajas? – me preguntó dejando escapar un suspiro de sus labios.
- Cla-aro… - bisbiseé.
Me mantuve quieta hasta que él no se movió, que por cierto, se me hizo eterno. Me señaló algunos cuadros que tenía recostados en la pared y me dijo que los fuera metiendo en una de las cajas. Asentí con tristeza, no quería que se llevara todos. Incluso me mordí la lengua un par de veces para pedirle que me los dejara a mí. Al menos tendría algo de él en el caso de que se fuera. Caminé con pesadez hasta el lugar de las pinturas y las puse en orden para ir colocándolas una a una. No sin antes echar un vistazo y admirar los trabajos de mi chico del pan.
Las imágenes eran espectaculares. Inmejorables. Peeta era un gran pintor porque plasmaba la realidad tal y cómo la veía a través de sus ojos. Con su delicadeza, todo aquello que parecía completamente difícil, lo convertía en fácil. Algunos de ellos me impactaron y me llevaron a la rabia ya que reflejaban sus pesadillas posteriores al secuestro de Snow. En muchos salían sombras oscuras que lo llevaban a una especie de agujero negro, en otros lo envenenaban y en otros lo torturaban con aparatos que descargaban electricidad. Cada vez que los observaba antes de dejarlos en el interior de la caja, un pinchazo me inundaba el corazón. Y ese pinchazo dolía mucho más si yo salía en uno de ellos y lo maltrataba. Éstos los pasaba rápidamente y ni si quiera les prestaba atención porque si no me pondría a llorar. Cuando veía a una chica con trenza y los ojos rojos, como el mismísimo diablo, sabía que se trataba de mí.
Yo, sólo que convertida en muto.
Yo, sólo que reflejada en una imagen distorsionada y manipulada.
Cuando giré mi cabeza para mirar a Peeta, éste no se encontraba en la habitación. No me había dado ni cuenta de que se había ido. Volví a mi tarea y cuando ya había colocado casi todos los cuadros, divisé uno de ellos boca abajo al otro lado de la habitación. Me levanté para caminar hasta a él y le di la vuelta.
Apreté los labios para que el sollozo no se escapara de mi garganta. Éramos Prim y yo, camino a la escuela. De espaldas, cogidas de la mano, caminando con una mochila en su diminuta espalda. Con dos trenzas hechas en su cabellera rubia y en medio de la carretera. Supuse que sería cuando llevaba a mi hermana pequeña al colegio y después, como cada mañana, me dirigía a casa para ayudar a mamá. Recordaba a la perfección ese vestido azul de Prim, su preferido. Siempre lo lucía orgullosa y se sentía toda una princesa. Y para mí, siempre lo fue. Todo lo contrario a mí.
Toqué la pintura con los dedos, acariciando el pelo de Prim y me fijé en cada uno de los detalles. El efecto del movimiento de los árboles alrededor de la calle, las nubes y el sol acompañando la mañana de una primavera. Las flores de mil colores al pie de los troncos y acompañando a las raíces que sobresalían de la tierra. Peeta me había traspasado a aquel lugar con tan solo unas pinturas. Y sus manos. Sus manos que habían creado aquel paisaje fascinante.
El labio inferior me tembló y agarré el cuadro con todas mis fuerzas para llevarlo al pecho.
- Si quieres puedes llevártelo… – me sobresaltó su voz.
Me giré para mirarlo y negar con rapidez.
- No, no… es tuyo.
- La protagonista del cuadro eres tú junto a Prim – dijo con un tono que me impuso – así que es tuyo.
- Gracias… – balbuceé – es precioso.
- Lo recuerdo como si fuera ayer – continuó mirando fijamente el cuadro – te observaba siempre que llevabas a tu hermana pequeña al colegio.
- Era cuando mamá no… no se encontraba bien y yo me hacía cargo de la casa.
- Lo sé, cada vez que pasabas por delante de la panadería tenías un rostro serio y muy triste.
- No fue un buen momento en mi vida, ya lo sabes – le dije siendo consciente del día lluvioso en el que me tiró el pan – Hasta que no aprendí a cazar yo sola, la comida era un lujo que pocas veces nos podíamos permitir.
- Bueno… mis comidas tampoco eran algo que nos ayudaran a crecer, tanto a mí como a mis hermanos. Nos tenían muy controlados en la panadería… mi madre no me dejaba ni oler los bollos de queso – dijo riéndose.
- Al menos podías comer… – contesté casi sin pensarlo.
- Por suerte las cosas han cambiado y eso ya no ocurre – me interrumpió intentando cambiar de tema – Y hablando de bollos de queso… sé que son tus favoritos.
Me arrebató el cuadro de los brazos y lo dejó recostado en la pared. Después en un impulso, cogió mi mano y con la suya la entrelazó para llevarme escaleras abajo y guiarme hasta la cocina. Me tiró uno de los delantales mientras él se colocaba el suyo. Mis manos torpes intentaron hacerse el nudo de la espalda pero fue un fracaso y bufé con desespero. Cuando por fin lo conseguí, sólo quedaría el nudo de detrás de la nuca para agarrar bien el delantal.
- Déjame, yo te ayudo – dijo Peeta mientras ponía el horno a calentar.
Después se acercó y yo me puse delante de él, pero de espaldas, recogiéndome el pelo hacia un lado para facilitarle el trabajo. Sentí un pequeño cosquilleo que recorrió toda mi columna vertebral cuando sus dedos se rozaron con los pelos cortos que nacían en la parte superior de mi cogote. Mientras hacía el nudo, notaba sus manos temblorosas, calientes y su respiración paulatina pero intensa a la vez. Al acabar, él mismo se encargó de recoger mi pelo que yacía en mi pecho y colocó mis ondulaciones hacia atrás. Pasó por mi lado para sacar de la bolsa los ingredientes y yo lo seguí con la mirada, haciéndome una coleta alta para cocinar.
- ¿De dónde has sacado eso? – pregunté acercándome a su lado – No será comida que tenías aquí… ¿no?
- ¿Estás loca? ¿Quieres que nos pongamos enfermos? – Dijo riéndose – Sae me lo ha dado esta mañana… te los iba a hacer de todas las maneras, no querría irme estando así contigo – confesó mientras mezclaba la harina con el agua, la leche, la sal, el azúcar, la mantequilla y el aceite.
- Bueno, pues entonces… volvamos a estar incómodos y mal.
- ¿Por qué? – preguntó con el ceño fruncido.
- Porque así no te vas… – me mordí el labio inferior.
Su respuesta fue una mueca y una sonrisa que intentó controlar pero que al final no pudo evitar. Después de amasar durante unos minutos para que los ingredientes estuvieran bien integrados, dividimos la masa en porciones para hacer bolas aplastadas y poner mozzarella en el centro de cada una de ellas. Cerramos la masa de los bollitos y los pusimos al horno, no sin antes echar por encima un poco de queso rallado.
- Ahora sólo hay que esperar unos treinta minutos… – dijo limpiando la encimera llena de harina.
Asentí conforme y me quité el delantal. Podría acostumbrarme a aquello. Podría no, quería. Todas las tardes aprendiendo nuevas recetas, manchándonos la ropa y ensuciando la cocina. Sacando de quicio a Haymitch después de haberlo llenado de harina. Podría ser mi pequeño paraíso junto a Peeta, porque me hacía intensa e increíblemente feliz. Por eso, al acabar con los bollitos de pan de queso, le susurré un 'gracias' que no esperaba. No se atrevió a preguntarme por qué así que sólo asintió y me dedicó una sonrisa.
Si me lo hubiera preguntado, mi respuesta habría sido tan larga que nos hubiese llevado toda la tarde. Pero con un 'por hacerme sentir que estoy viva' habría sido más que suficiente.
Los bollitos de queso sin duda eran mis favoritos, como bien había dicho Peeta. Al saborearlos después de tanto tiempo, mis papilas gustativas los recibían como si fuera el manjar de los manjares. Un gemido de satisfacción salía de mi boca cada vez que daba un mordisco al pan crujiente. Peeta sólo me observaba con admiración mientras él también los degustaba. Disfrutaba viéndome comer y eso me ponía bastante nerviosa.
Decidimos acabar con las cajas y las precintamos para que se las pudiera llevar. Aunque luego me confesó que solamente se llevaría tres puesto que las otras las dejaría en casa. Una pequeña sensación de felicidad me llenó de los pies a la cabeza porque eso significaba que volvería. Y eso era lo más importante.
Después de varias risas y recordando viejos pero buenos momentos, guardamos unos cuantos bollitos y se los llevamos a Haymitch que se encontraba en el salón de mi casa. Nos hizo la misma broma que la tarde anterior, en el sentido de que habíamos estado todo el medio día y parte de la tarde juntos. Yo sólo rodeé los ojos y le metí uno de los bollos de queso en la boca.
- ¿Ya tienes todo preparado para mañana? – le preguntó Haymitch mientras yo me sentaba junto al fuego.
- Sí – contestó Peeta mirándome – me iré mañana por la mañana a la estación.
- Gracias por haber venido a visitarme chico – dijo mi antiguo mentor mientras le daba palmaditas en la espalda – pero estoy bien, dile a Effie que no hace falta que venga.
- Cuando me la encuentre por allí y sepa que he venido sin ella… va a querer matarme.
- En ese caso Katniss la llamará y la avisará – dijo Haymitch mirándome, yo asentí con la cabeza.
- No pasa nada, yo puedo con ella.
- ¿Y cuándo vas a volver? – pregunté sin evitarlo dirigiendo mi mirada a uno de los sofás. Me dolía preguntarle a aquello.
- Pues… no lo sé – me contestó cabizbajo.
- Mañana te acompañaremos a la estación – manifestó Haymitch – y así te ayudamos con lo que lleves.
- Gracias… ya sabéis que podéis venir algún día, si queréis.
Reí ante su último comentario, pero como estaba de cara al fuego no lo escuchó ninguno de los dos. Tan solo me faltaba eso, presentarme allí como… ¿Cómo qué? ¿Qué era yo de Peeta? ¿Una amiga? ¿Una ex compañera de los juegos? No. Era mucho más que todo aquello. Y que la chica, que ni si quiera conozco ni sé cómo se llama, se presentara como su prometida dolía. Y aun presentándose así, lo que yo era para Peeta significaba mucho más, ¿no? ¿O es que sólo estaba auto convenciéndome de ello?
Cerré los ojos mientras ellos continuaban con la conversación y cuando Haymitch me dijo que tenía hambre, dejamos el salón para preparar una cena rápida entre los tres.
Quedamos con Peeta a las nueve de la mañana en la puerta de casa para ir a la estación. Le insistí en que se quedara a dormir, pero él prefirió marcharse a su casa para terminar de preparar todo. Cuando cerré la puerta al despedirnos y darnos las buenas noches, me puse de espaldas a ella y recargué mi cabeza sobre aquel trozo de madera. Haymitch me observaba desde la otra punta del pasillo.
- ¿Cómo estás? No hemos tenido tiempo de hablar… ¿Qué demonios te pasaba ayer?
- Nada. Ahora estoy bien – me miró levantando una de sus cejas – en serio, estoy bien. Estamos es bien. ¡Es que no entiendo porque se tiene que ir! – exclamé yendo hacia la cocina y sentándome en una de las sillas. Haymitch imitó mi gesto.
- Porque tiene su vida allí…
- Eso no es justo. Tenía una vida aquí primero – repliqué resoplando.
- Preciosa…
- No Haymitch – le corté – hemos estado genial hoy. Muchas horas juntos, riéndonos, cocinando y guardando sus cuadros. No ha pasado nada raro, ya no tiene sus ataques y yo estoy bien.
- Katniss, escúchame. Él ha avanzado mucho respecto a sus ataques, es cierto. Pero sólo ha pasado un día contigo, sólo veinticuatro horas.
- Antes no aguantaba ni doce…
- Sí, es un gran avance pero eso no significa que se haya recuperado al cien por cien. Ayer me confesó que al verte había sentido miedo.
- Y yo también, pero miedo de perderlo… – le confesé sin vergüenza. Haymitch ya me conocía lo suficiente como para no poder desahogarme con él. Hundí mi cabeza entre mis brazos mientras me apoyaba en la mesa de la cocina. Mi ex mentor me acarició el cabello con sus dedos rápidamente, dándome ánimos.
- Todo va a ir bien.
Ojalá tuviera razón, ojalá todo fuera bien.
–––
Desperté a Haymitch después de haberme duchado y vestido. Calenté los bollitos de queso que habían sobrado la tarde anterior y preparé el café que me ayudaría con la mañana tan pesada que me esperaba.
Aún no estaba preparada para despedirme de él y sin saber cuándo iba a volver. No dije nada durante el desayuno y mi antiguo mentor notó mi malestar. Al salir, nos encontramos con Peeta, que recargaba como podía tres cajas y una maleta. Rápidamente fui a ayudarle sosteniendo dos de sus cajas y le susurré un 'buenos días' que me devolvió con el mismo tono. Tristeza en su voz es todo lo que pude llegar a escuchar. Haymitch cogió una de las cajas que yo sujetaba y nos dispusimos a caminar para ir hasta la estación y despedirnos de Peeta.
- Supongo que alguien te esperará allí para ayudarte con todo esto, ¿no?
- Sí tranquilo Haymitch – contestó Peeta. «¿Será ella?». – Ya le avisé a los chicos de la panadería. – continuó resolviendo mi duda.
Antes de llegar a la puerta de la estación, Haymitch se paró y se despidió de Peeta. Le agradeció de nuevo su visita y su preocupación, aunque Peeta negó con la cabeza y le dijo que era lo de menos después de todo. Haymitch me dedicó una mirada con la que me explicó sin palabras que le acompañara hasta la puerta principal. Captando la indirecta, seguí caminando y Peeta siguió tras de mí. Nuestro antiguo mentor era más listo que nadie y quería darnos nuestra privacidad. Al llegar, me planté delante de él y le miré a los ojos mientras el dejaba las cajas al suelo.
- Bueno… – dije yo para empezar aquello – se me hace raro despedirme de ti.
- Esto no es una despedida Katniss… voy a volver. El día de ayer contigo fue genial y quería darte las gracias.
- No… ¿De qué? – Contesté tímidamente – Gracias a ti. Por todo.
Sin aguantar poco más, me lancé a sus brazos y me hundí en su pecho. Sus manos se posaron en mi cintura, acariciando parte de la cadera con sus dedos y su nariz se incrustó en mi cabeza para volver a inspirar mi aroma, como siempre hacía. Yo alcé mis brazos y rodeé su cuello con ellos, cambiando la posición de mi cabeza para perderme en aquella zona con varios lunares. Me daba igual morirme e ir al cielo porque en aquel instante, yo ya me encontraba en él. Volando entre las nubes, así me sentía.
Cerré los ojos y me dejé llevar. Depositó un beso en mi cabellera y yo me atreví e hice lo mismo pero en su cuello. Aquello le estremeció porque jamás había hecho una cosa parecida. Sólo que yo ya no era tan Katniss como antes, ahora la razón no mandaba en mí. No si se trataba de Peeta y sobretodo de recuperarle. Le iba a demostrar con cada uno de mis hechos todo lo que significaba para mí.
- Te voy a echar de menos… – murmuré depositando mi aliento en su garganta.
- Yo t-a-ambién a-a ti – contestó tragando saliva.
Nos separamos poco a poco y cogí sus manos para entrelazarlas con las mías. Él miró el reloj de la estación y gruñó como si no quisiera moverse de ahí.
- Me tengo que ir Katniss.
Consentí con la mirada y le ayudé a colocar bien las cajas para que no se cayeran. En el último momento le apreté la mano y le di un beso en la mejilla.
- Adiós…
- Adiós – le contesté yo.
Entretanto se alejaba de mí para perderse por la vía de tren, me prometí a mí misma que aquella iba a ser la última vez que lo vería marchar.
Hola chicas! Espero que estéis todas bien y disfrutéis este capítulo :)
Quería contestaros una a una por aquí:
Heart Of Marzipan: tu comentario me ha hecho mucha ilusión! me alegra que te guste tanto mi historia y sí... decidí que esta vez Katniss sea la que tenga que actuar un poco para llevarse a Peeta, pero repito que no lo tendrá tan fácil. (No me gustan las cosas fáciles aunque eso a vosotras no os gustará jajaja) y por supuesto feliz 2016 para ti también! Un besazo y bienvenida; Brujita22: Tranquila que aquí no todo será color de rosa... a mí tampoco me gusta ;) muak!; Florr, Yessi, Tina, Sai y un 'Guest' que no tiene nombre jajaja: gracias por leer y seguir la historia! Os doy la bienvenida y un besito grande!; Wisper Diggory: debo decirte que tu comentario me ha hecho reír... Peeta no es malvado sólo que no se puede resistir a los encantos de Katniss! No puedo decirte mucho más porque te estaría adelantando la historia jajaja. En cuanto los celos no sé si debo utilizarlo mucho... aún me lo estoy pensando. Lo que está claro es que Gale sí siente aún por Katniss, pero ella por él no. Espero que este capítulo te haya gustado, saludos!; NenaVL: Síp, Katniss se va a poner las pilas sí o sí! Bienvenida y gracias por el comment!
Nos leemos muy pronto, saludos!
M.A.
