Disclaimer: Todos y cada uno de los personajes de la siguiente historia han sido creados por la maravillosa Suzanne Collins.
.VII.
OLOR A MAR
El sol de la tarde entraba por la ventana y sus rayos se depositaban en mi espalda, proporcionándome un calor que me hacía sentir bastante cómoda. Era gratificante a pesar de mi mala postura. Sentada de rodillas y con la espalda hacia delante en la alfombra de color burdeos y formas geométricas de un tono más oscuro, observaba concentrada la variedad de imágenes que Peeta había creado con sus maravillosos dedos y con un simple pincel. Cada vez estaba más convencida de que mi chico del pan era todo un experto en lo que creaba. La pintura, la panadería y otra de sus grandes habilidades que quizás él aún no conocía. Ésta que se encuentra aquí, es decir, yo. Sin duda alguna yo encabezaba la lista de sus capacidades. Porque él tenía el master de los másteres en referencia a Katniss Everdeen y nadie, en toda mi vida, había sido capaz de conocerme y demostrarme tanto.
Habían pasado cuatro semanas desde la marcha de Peeta. Estaba un poco decaída porque ni si quiera había llamado para decirnos que estaba bien. Tampoco había llamado para preguntar por Haymitch, aunque éste se encontraba perfectamente. El mes se me hizo demasiado lento y pesado. La lluvia se había ido, dejando un sol espléndido característico de la primavera. Aunque por las nubes, la temperatura y el verde de los árboles, sabíamos que el verano tocaba a la puerta con impaciencia. Mis mañanas habían sido monótonas y aburridas. Caza, repartir, caza, repartir y así. Por las tardes me quedaba con mi antiguo mentor e intentábamos hacer un poco de ejercicio, para que éste pudiera moverse y levantar el culo del sofá. La vida sedentaria era una de las prohibiciones en su lista de tratamientos, así que allí estaba yo para que cumpliera su propósito. Sae nos hacía mucha verdura, pescado y carne rica en proteínas para poder mantener una dieta sana y equilibrada. Incluso muchas de esas tardes aburridas nos traía a su nieta para que jugáramos con ella. No sé por qué razón pero la niña se había encariñado mucho conmigo y quería visitarme todos los días. Le dije a Sae que no había problema y que Halley, que por cierto así se llamaba, podía venir siempre que quisiera. Tenía la misma edad que Finnick Jr. por lo tanto ya tenía cierta experiencia con los niños de su edad. Y por qué no aceptarlo, yo también me había encariñado con la niña de rizos rubios que me recordaba bastante a alguien.
Aquel día decidí entrar en la casa de Peeta gracias a las llaves que poseía Sae. Sólo quería entrar, estar un rato a solas y volver pero, por un lado o por otro, acabé sentada en el suelo y con miles de cuadros alrededor. Necesitaba abrir la mente, relajarme y respirar tranquila. Y en la casa de Peeta seguramente encontraría lo que buscaba, a pesar de que el dueño de todo aquello no estuviera. Llevaba más de dos horas en la misma posición y el sol ya se estaba yendo. Volví a guardar las obras en las cajas que Peeta aún no se había llevado y me puse el mío bajo el brazo para llevármelo a casa. Cuando hablo de mi cuadro me refiero al que salimos Prim y yo caminando hacia la escuela. Éste lo pondría en el tocador de mi habitación, así la última imagen que me viniera a la mente antes de dormirme sería esa. Esa última perfecta imagen. Creada por él y ella siendo protagonista de su creación.
Al entrar en casa encontré a Haymitch con Halley en brazos mientras Sae preparaba la cena. Le pregunté si quería que le ayudara en ello pero me negó más de tres veces. Así que me adentré al salón para estar junto a los dos rubios que jugaban tranquilos.
- ¿Y eso? – preguntó Haymitch curioso mientras Halley le estiraba de los pelos.
- ¿Eso? – señalé el cuadro – Nada. Algo demasiado bonito para ser verdad… – sonreí sentándome en el sofá y cogiendo a Halley.
- Hola Kat… – dijo la niña tímidamente y dándome un beso en la mejilla.
- Hey Halley, ¡qué trenzas más bonitas llevas! – exclamé divertida. La niña me miró con los mofletes rojos y una sonrisa enseñando sus pequeños dientes.
- Es de Peeta, ¿no? – Asentí con la cabeza tras la pregunta de Haymitch en referencia al cuadro – Ese muchacho es increíble en lo suyo…
- Lo sé – susurré con cierto orgullo pero mi entrecejo se frunció al instante – Aun no entiendo porque no ha llamado…
- Estará ocupado – manifestó Haymitch demasiado rápido – Quiero decir que…
- Sí, ya. Lo he entendido.
Ocupado con una gran boda. Su boda.
- ¿Quién es Peeta? – preguntó la niña mirándome a los ojos – ¿Es un pintor?
- No. Bueno sí… – contesté riendo – Pero no se dedica a ello Halley. Es un… amigo – Tragué saliva. De todas las palabras que relacionaban a Peeta conmigo, aquella era la más incorrecta. Por supuesto había sido y seguía siendo mi amigo pero…sonaba demasiado estúpido. Nunca había pensado en él en aquella forma. Aunque realmente, ni yo misma sabía qué éramos exactamente Peeta y yo. O lo que algún día fuimos pero que se había hecho pedazos nada más irse al Capitolio para formar su nueva vida.
«Amiga. Amante. Vencedora. Enemiga. Prometida. Objetivo. Muto. Vecina. Cazadora. Tributo. Aliada. La añadiré a la lista de palabras que uso para intentar entenderte.»
No pude evitar pensar en aquello.
- También es panadero, hace unos pasteles riquísimos – continuó Haymitch con la intención de cortar la conversación por mi notoria incomodidad.
- Vaya, pues yo quiero que venga y que haga pasteles… – dijo Halley haciendo un puchero.
- Claro, cuando venga le ayudaremos a prepararlos… ves a ver cómo va la abuela en la cocina, corre – murmuré mientras la niña corría hacia la cocina y le daba una pequeña cachetada en el culo para que cogiera el impulso suficiente.
Haymitch me miraba desde la otra punta del sofá con un rostro sereno pero sabía lo que me iba a preguntar.
- ¿Por qué has estado tanto tiempo en casa del chico? – justo lo que estaba pensando.
- Necesitaba estar sola y… no se me ocurría otro lugar mejor, aparte del bosque.
- Ah – musitó Haymitch – ¿Y ese cuadro te lo ha regalado él?
- Sí… el día anterior a que se marchara. Le ayudé con las cajas y me dijo que podía quedármelo. No me había atrevido a ir a su casa hasta hoy, después de un mes…
- Pues ya lo has conseguido, preciosa – sonrió haciendo una mueca – Déjame decirte algo…
- ¿Qué? – lo miré extrañada.
- Estoy orgulloso de ti.
- ¿Por qué? – reí ante su confesión.
- Por cómo lo has llevado todo, es admirable. Pero no te acostumbres a este tipo de palabras porque ya sabes que… – se apresuró a decir.
- Sí sí, lo sé – le interrumpí – Sabes que yo tampoco pero…te lo agradezco. De verdad, Haymitch.
Me dedicó una de sus ingenuas sonrisas y no hizo falta hablar más. Haymitch siempre se había preocupado por mí de todas las formas posibles en las que un padre podría haber hecho. Y lo seguía haciendo. Sabía que, a pesar de mi apariencia tranquila y desenfadada, en mi interior había un huracán que me removía todo el estómago. Por eso nunca se apartó de mí. Aunque he de decir que yo tampoco me aparté de él, porque tenía que llevar a cabo mi papel de doctora-vigilante. Sabía que tarde o temprano mi antiguo mentor acabaría harto de mí pero era lo que le tocaba aguantar. Y si no, que no hubiera bebido tanta mierda de alcohol. No era fácil porque algunos días tenía mareos y por las noches un poco de fiebre, no obstante estos síntomas comenzaban a ser escasos a causa de las pastillas que se tomaba. Eso me ayudaba bastante porque si no volvería al insomnio que un día había dejado atrás.
En cuanto a mí, por las noches no tenía pesadillas, se habían esfumado. La verdad es que el cuadro que miraba antes de cerrar los ojos ayudaba bastante en ello. Pero la mayoría de mañanas me levantaba con dolores de barriga, sintiendo una presión debajo del pecho que no se iba. Sae me habló sobre algo de nervios y estrés, pero no estaba segura de que fuera eso. Durante los días siguientes intenté remediarlo con tilas y tés varios sin embargo el dolor seguía ahí. Éste lo podría definir como si las tripas se dieran la vuelta y me impidieran respirar. Quizás no duraba más de cinco minutos pero era realmente insoportable. Y siempre me ocurría nada más levantarme. Me odiaba a mí misma por ser tan floja y ni si quiera aguantar un dolorcito de nada. Joder. Era una gran comedura de cabeza lo que no me dejaba avanzar.
A la mañana siguiente, me desperté como siempre. Es decir, con el pinchazo que me acompañaba, como si fuera un reloj con la alarma puesta. Esperé a que se pasara y decidí meterme en la bañera para poder relajarme. Era algo que funcionaba y cuando no iba a cazar, meterme en el recipiente lleno de agua tibia me servía lo suficiente. Al vestirme con ropa cómoda y ligera para no pasar calor, preparé el desayuno ya que Sae no podía venir por asuntos familiares. Después de tomar un café con hielo y un par de tostadas, recogí la cocina y parte del salón. Observé a Buttercup tumbado en el sofá, panza arriba y con su estómago subiendo y bajando por su intensa respiración. Parece ser que alguien estuvo toda la noche sin dormir, andando por ahí y ahora se encontraba en el quinto sueño gatuno.
El teléfono me desconcertó y corrí hacia la cocina para poder atender.
- ¿Diga? – pregunté un poco nerviosa.
- ¡Katniss! ¿Cómo estás? ¿Cómo está Haymitch?
- Annie… – sonreí tranquila – Mmm, bien estamos bien. No te preocupes.
- Perdona por no haberte llamado antes, es que he estado liada con mi pequeño Finnick... – dijo mi amiga pelirroja con una risita.
- No pasa nada. ¿Cómo estáis vosotros?
- ¡Bien! Te llamaba para preguntarte algo… – fruncí el ceño esperando que continuara – dentro de poco es el cumpleaños del peque y bueno, quería invitaros a pasar unos días en mi casa.
- Ah – bisbisé parpadeando un par de veces – pero… ¿cuántos días?
- Bueno había pensado una semana, si os parece bien. Finnick quiere veros y desea con toda su alma que estéis en su fiesta. Ya estamos en verano y hace bastante calor, lo celebraríamos en la playa. Te iría bastante bien, así desconectas…y Haymitch seguro que no pone ningún impedimento – volvió a reír con su característico sonido.
- Bueno Annie… no sé – contesté confusa. No sabía si era una buena idea.
- Por favor, hazlo por Finnick Jr.
- Eh, ¡eso es chantaje emocional! – repliqué frustrada.
- ¿Y sirve de algo? – pude notar su sonrisa burlona desde aquí.
- Uff… – suspiré vencida – ¿Y cuándo dices que tendríamos que estar allí?
–––
- No me puedo creer que volvamos a estar juntos en un tren como este… – decía Haymitch mientras observaba el paisaje a través de la ventana y mordía una manzana.
Después de la llamada de Annie, la noticia de que nos tomábamos unas pequeñas vacaciones le cayó como un regalo a mi antiguo mentor. Y más si éstas eran en las playas del Cuatro, las famosas playas del Distrito Cuatro. Reí ante su reacción puesto que se moría de ganas por salir de la Aldea y dirigirse a uno de los distrtios más ricos de todo Panem, gracias a su industria. La pesca seguía siendo la protagonista en sus actividades, lo único que había cambiado es que ya no necesitaban formar tributos profesionales para los juegos. Porque los Juegos del Hambre habían acabado hacía casi cuatro años, afortunadamente para todos.
- Ya tengo ganas de comer marisco del bueno… ¿Tú no? – me preguntaba mi antiguo mentor sentado en frente de mi asiento.
- ¿Crees que estará Gale? – pregunté de la nada haciendo caso omiso a su comentario.
- No lo sé – me contestó extrañado – ¿Por qué lo preguntas?
- Es una duda que tengo… lo único que sé es que lo cambiaron del Dos al Cuatro. Así que vivirá por aquí.
Apoyé mi cabeza en el cristal y bostecé haciendo que una parte se empañara. Pasé mis dedos por la zona y dibuje una especie de forma abstracta que ni si quiera tenía visualizada en la mente. Poco a poco me fui fijando en el fondo y pude divisar las playas y las diferentes palmeras que nos avisaban de que pronto llegaríamos a la estación del Distrito Cuatro. Annie me dijo que Johanna sería la encargada de recogernos y ayudarnos con las maletas, así que supuse que ya se encontraría por allí.
Con aquel paisaje, la Arena del Vasallaje de los Veinticinco me vino a la cabeza de forma inminente. La arena, las olas, la fauna y el tipo de vegetación de aquel verde intenso. La única diferencia es que esta vez yo no era un tributo y tampoco estaba mi compañero Peeta. Ni tampoco estaba Finnick. Y otro pequeñísimo detalle, ya no tendría que volver a matar nunca más. A nadie.
Al bajar del tren y caminar hasta la puerta principal de la estación, Johanna se acercó corriendo y nos saludó con demasiado ímpetu. Me extrañé viniendo de Johanna, pero noté al instante que se había preocupado mucho por la salud de Haymitch. Ellos se habían llevado bastante bien mientras estábamos en el Distrito Trece en mitad de la revolución, así que no me confundía aquella relación existente entre los dos.
- Bueno descerebrada, ¿preparada para relajarte en estas vacaciones? – me preguntó mientras me quitaba la maleta de la mano con cierto descaro y sin preguntarme. Al ver que caminaba hacia delante sin ni si quiera esperar por mi contestación, miré a Haymitch que me observaba con unos ojos divertidos.
- Esto va a ser gracioso… – dijo siguiendo a la chica castaña de pelo corto.
Anduve detrás de ellos con pasos pesados. La temperatura era agradable pero calurosa a la vez así que decidí quitarme la chaqueta que utilicé en el tren para no coger una pulmonía. El aire acondicionado estaba demasiado alto en el vagón. No avancé mucho más para no seguir el ritmo de Haymitch y Johanna, que mantenían una conversación profunda. Por sus caras, sabía que Johanna le preguntaba acerca de su salud. Mientras tanto yo, detrás de ellos, observaba mi alrededor con unos ojos grises curiosos.
Aquello no tenía nada que ver con el Distrito Doce. Cualquiera que hubiese bajado del tren se habría dado cuenta de que era el distrito donde más dinero había, después del Uno claro está. Las montañas cubiertas de rocas y vegetación, rodeaban el mar y las diferentes casas de los habitantes. Mientras caminábamos, escuchaba cierto acento característico de las personas de mi alrededor y también me di cuenta de que solían llevar colores como el verde o el azul en su vestimenta.
Recuerdo mi visita durante la Gira de la Victoria, recuerdo como me sentí cuando aquella niña me dijo que se presentaría para ser voluntaria. Todo porque yo le había inspirado a hacerlo. Fue uno de los momentos más impactantes y en los que peor me sentí. No quería ser modelo a seguir de nadie y mucho menos para llevar a unos pobres niños a la muerte. Los Juegos del Hambre no eran ningún juego sencillo, simplemente te llevaba a matar y probablemente a acabar tú mismo en una caja.
Las palmeras se movían al son del viento caliente que hacía que hiciera muchísima más calor. Pasamos como una especie de puerto donde varios pescadores y marineros tenían sus barcos anclados en los muelles. Algunos de ellos me miraron expectantes, sabiendo quién era yo. Se habían dado cuenta de mi presencia. Por su incómoda fijación, corrí hacia Haymitch y me puse a su lado porque no quería que nadie me parase y me recordara mi etapa de Sinsajo. Y más cuando en todos los distritos se había hablado de que yo estaba en mis últimas y que jamás me recuperaría por todo lo que pasé.
Al llegar, percibí cierto olor que sólo se olería en un distrito como este. Mar. Sal. Pescado. Seguramente toda la población estaría acostumbrada a ello, igual que yo estaba acostumbrada al oscuro carbón y al humo prácticamente negro que manchaba todo el cielo del Doce. Pero qué lugar tan diferente al mío. Seguro que en las cosechas los niños ni si quiera tenían que pedir teselas. En cambio nosotros, habíamos vivido siempre en unas condiciones nefastas y precarias.
Alcanzamos una especie de bonita urbanización, con varias casas costeras que quedaban cerca del mar. Las olas se escuchaban y por el sonido, se percibían cerca y a pocos metros de distancia. Johanna y Haymitch no paraban de hablar mientras yo observaba callada el lugar donde vivían Annie y Finnick Jr. También me pregunté si Gale viviría en una casa de ese tipo. Estaría bastante bien para criar una familia, supongo.
Johanna sacó una llave y la adentró en la cerradura de la puerta de madera. Sonreí al ver a Finnick Jr esperando justo al otro lado, impaciente y con una mueca de felicidad en la cara. Annie lo tenía sujeto en brazos puesto que no se estaba quieto y dejándolo finalmente en el suelo, corrió a mis brazos haciendo que mis maletas cayeran sin querer.
- ¡Tita Katniss has venido! – gritó con su voz aguda.
- Por supuesto, ¿esperabas que me perdiera tu cumpleaños? – le dije pasando mi mano por uno de sus rizos rubios.
- ¡Sí sí sí! ¡Es mañana! ¡Mañana celebramos mi fiesta de cumpleaños!
- Bueno cariño, tranquilo… saluda a Haymitch también – contestó Annie intentándolo tranquilizar – Gracias por venir Katniss – continuó mi amiga de pelo rojizo abrazándome.
- Gracias a ti, por invitarme.
- ¿Haymitch no has traído a los gansos? ¡También les había invitado! – exclamó con un puchero Finnick.
- Oh verás chico, los gansos no pueden subir al tren. Se marean… – dijo guiñando un ojo para que el niño se diera por vencido. Por la cara que puso de tristeza y después un asentimiento como si estuviera conforme, parece que la contestación de mi antiguo mentor había colado.
- Vamos Katniss, te enseñaré dónde vas a dormir. Tú Johanna, enseña a Haymitch la suya – se apresuró a decir Annie.
La casa era bastante acogedora. La cocina tenía unas vistas preciosas que mezclaban las montañas y el mar en el fondo. Era una combinación fantástica. El comedor era grande con una chimenea considerablemente alta y ancha y la decoración con una temática marítima propia del distrito. Subimos las escaleras y mi amiga me enseñó la que sería mi habitación por unos días. Tenía como una especie de balcón que daba al otro lado y desde allí podía visualizar la orilla del mar. Las olas me tranquilizarían por las noches si dejaba las ventanas abiertas y corría las cortinas. Al otro lado de la habitación tenía otra puerta idéntica a la de entrada y salida. Al abrirla, me topé con un baño privado anexo al cuarto. Annie me sonrió satisfecha mientras yo le devolvía el gesto.
Después de deshacer mi maleta y colocarla en el armario robusto de madera, el pequeño Finnick me avisó de que la cena estaría hecha en unos minutos. Asentí con la cabeza para confirmarle de que bajaría en seguida y el niño convencido desapareció tras la puerta. Mentiría si dijera que no estaba un poco preocupada por cierto gato que me hacía la vida imposible, pero que a pesar de todo era mi compañero. Éste disfrutaba de la soledad no obstante una semana me parecía demasiado así que terminé pidiéndole a Sae que se encargara de darle comida y agua todos los días. Doblaba una de mis camisetas finas que me había llevado expresamente porque me había imaginado las altas temperaturas de este distrito. Y eso contando que estábamos en verano. Sin embargo, todos los pantalones que me había traído eran largos. Ninguno de ellos era corto. Hice una mueca de desaprobación, resignándome a pasar un calor totalmente innecesario.
Al bajar las escaleras todos estaban sentados en la mesa, mientras Johanna terminaba de prepararla y Annie terminaba sirviendo la cena en los platos. La verdad es que me sentía cómoda y a gusto en esas cuatro paredes y cada vez estaba más segura de que no me iba a arrepentir de la decisión. Cenamos entre risas y charlas, menos cuando explicamos con detalles todo lo que le había ocurrido al desastre de Haymitch. Intentamos restarle importancia puesto que Finnick Jr nos miraba con preocupación, pero yo intenté evitárselo diciéndole que Haymitch estaba demasiado viejo y que era una simple tontería.
Me sentía bastante orgullosa porque ni si quiera olió el vino blanco que Annie había puesto en la mesa. No obstante, su indiferencia no hizo que los demás nos sintiéramos un poco tensos. Inmediatamente y posterior a mi gesto de pánico, la chica pelirroja la retiró a una velocidad indescifrable y me observó pidiéndome disculpas por su metedura de pata. Cerré los ojos y negué con la cabeza mientras Haymitch le insistía en que pusiera la botella en la mesa para que los demás pudiéramos beber sin problemas. Pero mi cabezonería ganó lo suficiente y todos acabamos bebiendo agua, saboreando la rica merluza con almejas.
Ayudé a Annie en la cocina mientras ésta me hablaba de la gran fiesta que tenía preparada para mañana. Muchos amigos de Finnick Jr vendrían por la tarde, así que después de comer deberíamos ir preparando toda la decoración en la playa justo de al lado. Me resultaba excitante porque ya ni recordaba la última fiesta de cumpleaños en la que estuve. Bueno, cuando Prim cumplió...ni si quiera me acuerdo, celebramos una pequeña. Pero aquello fue una excepción y se hizo por mi insistencia ya que a mi patito le hizo una tremenda ilusión. Después de la muerte de papá y con el poco dinero que teníamos, los banquetes y aniversarios desaparecieron. No podíamos ni comer así que mucho menos para comprar un pastel o ni si quiera obteníamos los ingredientes. Tampoco estábamos en una etapa en la que celebrar mucho, para ser sincera.
- Y he comprado un montón de globos de todos los colores… – continuaba Annie mientras yo secaba uno de los platos.
- A Finnick le encantará – hice un ademán agradable.
- Pues sí… estoy feliz de que estéis aquí – dijo mi amiga entregándome un vaso – Ojalá pudierais quedaros más tiempo.
- Joder Annie, acabo de llegar – reí ante tal comentario.
Tenía sed así que me acerqué a la nevera para sacar la jarra de agua y echármela en un vaso. Al abrirla, me di cuenta de un pequeño detalle. Y por supuesto, me atreví a preguntar.
- Oye Annie… ¿Y el pastel?
- ¿Qué? – preguntó mi amiga despreocupada.
- Supongo que mañana irás a comprarlo, ¿no? Porque en la nevera no está – repliqué seguido de un trago al vaso.
Annie me observaba de reojo desde el fregadero y yo le tendí el vaso para que lo volviera a limpiar. Su mirada me perturbaba así que sin más le dije que lo soltara.
- El pastel no lo voy a comprar porque… – le insistí con la mirada – Porque hay alguien que se va a encargar de hacerlo – Y sin más continuó con su tarea.
Lo sabía. Sabía lo que quería decir y sabía quién era ese alguien. Mis manos temblaron en el instante en que una imagen pasó por mi cabeza.
- Dime que vendrá solo… – bisbisé de una manera que ni si quiera yo supe cómo.
- No lo sé.
- ¿No lo sabes? – alcé la voz más de lo que imaginé. Eso hizo que mi amiga apagara el grifo dejando las manos apoyadas en la pica.
- No lo sé, Katniss. Nunca la ha traído pero no te lo puedo asegurar. Tenía que invitarle, es… es lo más parecido a un padrastro para Finnick. Ambos se quieren y no podía faltar.
- No te estoy recriminando que lo hayas invitado, no quiero que te confundas – sonaba demasiado seca pero los nervios se me acumulaban en mitad de mi faringe – Pero entiende que…
- Lo sé. Créeme que lo sé y estoy molesta contigo, ni si quiera me has contado que ha ido a veros.
¿Cómo podía saberlo? De acuerdo, se me había olvidado que Annie, ante todo, también era amiga de Peeta. También tenía constancia de que éste la llamaba muy seguido para preguntarle por el niño ya que se preocupaba, como bien ella había dicho, como un padre. Peeta y su amor por los críos no era algo que me hiciera mucha gracia aunque sin duda alguna era enternecedor. Todo él era algo conmovedor y por supuesto todo lo contrario a mí. Quizás por eso existía esa dependencia que con Gale nunca había experimentado.
- Vale… no estaba preparada – contesté en mi defensa siguiéndola por la cocina – Pero te juro que te lo iba a contar. Vamos Annie, sabes que no se me da bien esto de… ya sabes – gesticulé con los brazos – amistad. Soy muy reservada para mis cosas.
- Katniss ya te conozco… – sonrió mientras se sentaba en una silla – Déjame decirte que cuando Peeta me contó vuestro reencuentro sonaba… ilusionado. Incluso me dijo que te iba a echar un poco de menos.
No quería ser grosera pero para echarme "un poco" de menos como él le había dicho, no había llamado ni una maldita vez desde su vuelta al Capitolio. No obstante decidí callarme y suspiré apoyándome en la mesa.
- Annie si nos hubieras visto… hicimos hasta bollitos de queso juntos. Y no pasó absolutamente nada. Sin embargo él insiste en que su vida está allí y yo… – el nudo en el estómago otra vez – Y yo no sé si pueda soportarlo si mañana se presenta con ella.
- ¿Sabes de que me he dado cuenta? – preguntó Annie mientras yo la observaba con una ceja levantada – Nunca me habla de ella. Parece como si fuera un fantasma y viniendo de Peeta, que me lo cuenta todo, me parece muy extraño.
- Él me dijo que no quería mezclar...
- Sí pero esto es diferente. Si te vas a casar es porque estás enamorado y si estás enamorado no paras de hablar y de pensar en esa persona todo el tiempo. Como cuando él lo estaba de ti…
No sabía si quedarme con que su última frase estaba en pasado o sólo quedarme con la frase en sí. Lo primero me dolía y aún no sabía por qué. Porque yo no estaba enamorada de él, jamás me había enamorado. Algo me decía que aquello sería nuevo para mí y que aún no sabía qué tipo de sensaciones rondaban por tu cuerpo cuando estás en ese tipo de trance magnético. Ese trance magnético que te guía hacia una persona. La persona. No se me ocurría otra forma de llamarlo porque era una total inepta en estos temas. Estuve a punto de preguntarle a mi compañera pero tampoco quería amargarle la noche cuestionándole por sus sentimientos hacia Finnick. Y mi cabeza intentaba buscar algún tipo de información preguntándome que hubiera pasado si yo estuviera en su lugar. Es decir, si hubiese sido Peeta el que desapareció entre los cuerpos de aquellos mutos de los pasillos subterráneos.
Probablemente me habría tirado escaleras abajo para intentar salvarle la vida. Y todo lo demás, no hubiera importado. En absoluto.
- Escúchame Katniss – dijo la pelirroja sacándome de mis pensamientos – Si viene con ella, no te irás. Te quedarás aquí, ¿verdad?
- Por supuesto que no me iré – contesté con seguridad. Dolería sí, pero había pasado por cosas mucho peores.
–––
A la mañana siguiente Finnick no paraba de dar vueltas por toda la casa. Yo reía ante los comentarios y miradas que le dedicaba su madre, sin duda alguna había salido igual de hiperactivo que su padre. Todos le cantamos el cumpleaños feliz en el desayuno y yo, en un momento donde nadie nos vio, le agarré de los mofletes y le di un beso sonoro en la zona rojiza de las mejillas. Cumpliría cinco años y no podía estar más feliz. Y yo también, de saber que aquel niño sonriente con rizos dorados no tendría que vivir nada de lo que nosotros vivimos. No se lo merecía, su infancia debía ser lo más dichosa que pudiese imaginar. Bastante le habían hecho arrebatándole a su padre estando todavía en la barriga de Annie.
Cuando Haymitch despertó le entregué una taza de café sonriente mientras que con la otra mano le enseñaba un paquete transparente con cientos de colores en el interior. Me miró aún con sus ojos dormidos, preguntándome qué era lo que quería que hiciera con eso.
- Bufar, ¿sabes bufar? Pues eso. Has ganado dos Vasallajes de los Veinticinco, así que no me digas que no podrás inflar un par de globos.
Quién lo iba a decir, mi ex mentor inflando globos para la fiesta de un niño de cinco años. Annie se fue con Johanna a la playa para preparar una especie de casita de madera, donde guardarían todo tipo de comida para prepararlo cuando llegase la hora. La playa estaba vacía puesto que era una de las zonas menos visibles, justo entre dos montañas altas que tapaban el valle con grandes rocas alrededor. Eso era uno de los motivos por los cuales el agua era totalmente cristalina y la arena estaba expuesta como si nunca hubiera sido pisada. Sólo por Annie y sus vecinos, que tenían ese rinconcito tan espectacular.
Los sonidos en la puerta me desconcertaron de mi tarea. Alguien había picado y había llamado dos veces seguidas. Busqué a Haymitch con la mirada pero no lo encontré. Así que dejé aquellos triángulos de colorines, que Annie quería colgar entre las palmeras, en el suelo y me acerqué a la puerta preparándome para lo que me iba a encontrar. Pero algo en mi interior se desilusionó al ver a mi amigo de ojos grises parado en frente de mí.
- ¿Gale? – pregunté confundida y mirándolo de arriba abajo – ¿Qué haces aquí?
- Me he enterado de que estabas en el distrito. Todo el mundo lo sabe… y ha llegado a mis oídos. Así que sabía que estarías aquí – Vaya, parece ser que la llegada del Sinsajo al distrito ha revolucionado a los pescadores.
- Sí… es el cumpleaños de Finnick. Pasa – dije incómoda haciéndome un lado para que pudiera entrar.
- ¿Cómo estás? – preguntó con una mirada que no supe descifrar.
- Bien… – «Supongo.» – ¿Y tú?
- Bien – sonrió nervioso – Debo confesarte que no sabía si venir… pero al final me he decidido. No me iba a quedar con las ganas sabiendo que podías estar aquí.
- Bueno… – me senté en el suelo volviendo a mi tarea de los dichosos triángulos con símbolos de piratas – aquí me ves, creando arte – reí ante mi propio chiste. Eso ayudó bastante porque Gale exhaló soltando todo el aire que tenía en sus pulmones.
En seguida le busqué algo que hacer ya que se había ofrecido a ayudar para la fiesta, así que le encargué que pusiera todas las golosinas en las diferentes bolsitas de colores. Annie era demasiado detallista y quería entregarle una a cada amigo de su hijo. Jamás me imaginaría a mí misma preparándole algo así a mi… bueno, de todas formas nunca iba a tener uno.
De vez en cuando miraba a Gale de reojo, que se encontraba sentado al otro lado de la alfombra con una cara de concentración extrema al hacer los lazos para cerrar las bolsitas llenas de chucherías. Aquello me hacía sonreír. Sin duda alguna la situación era mucho más sana entre nosotros, por llamarla de alguna forma y la opresión en el pecho iba disminuyendo. Al aparecer Haymitch, pasó de largo sin ni si quiera mirarnos pero algo le hizo retroceder. Esta vez nos observó con los ojos bien abiertos y Gale le dedicó un saludo que Haymitch le devolvió, aun extrañado. Me dedicó una de sus miradas que hablaban por si solas y yo le dediqué un gesto como señal de que no se preocupara. Mi querido ex mentor, siempre pendiente de mi bienestar.
Después de un rato Gale me convenció para salir y dar una vuelta por la urbanización. Caminaba indecisa a su lado pero a la vez disfrutaba del sol caliente que chocaba contra mis mejillas. La calidez se transformaba en paz y con ello, la conversación con mi amigo fluía de la manera más tranquila posible. Acabé explicándole lo de Haymitch y de mi noche en el hospital. No sé por qué pero algo en mi interior me dijo que le ocultara la visita de Peeta, así que así lo hice. Le comenté mis últimos días en el bosque y las veces que había cruzado las vallas que hacía más de un siglo que debían estar electrificadas.
- Echo de menos aquello… – murmuró mientras volvíamos a casa de Annie.
- Yo también lo echaría de menos… al menos aquí puedes pescar – contesté intentando sonar convincente.
- Vamos Catnip, no es ni por asomo lo mismo. Cazar es mucho más divertido.
- Tienes razón – reí – pero bueno, es acostumbrarse.
Después de un silencio acompañado por el sonido de las olas del mar, Gale no pudo quedarse callado por mucho tiempo y decidió expresarse de la forma más inapropiada.
- Cazar contigo era divertido, has sido una gran compañera en el bosque y lo extraño. Quiero decir...
No lo dejé terminar. Suficiente por hoy, me dije a mí misma. Me rasqué la nuca cerrando los ojos, inquieta por su última confesión y sin más preámbulos di gracias a que llegáramos a la puerta de la casa. Entré dejándole atrás sabiendo que me seguía y mientras me dirigí corriendo a la cocina para no toparme con la mirada amenazadora de Haymitch, me choqué contra Johanna que sujetaba una caja alta y ancha de color blanco.
- ¡Eh, descerebrada! – exclamó dándose la vuelta – Mira por dónde andas, ¿quieres?
- Lo siento… – Miré el objeto en sus manos – ¿Y eso? – pregunté mientras observaba cómo la colocaba en la nevera.
- Eso es la tarta y has estado a punto de cargártela.
El pastel. Eso significaba que estaba aquí. Di la vuelta sobre mis talones, ignorando a Gale y entrando en el salón. Haymitch jugaba con Finnick Jr pero allí no había nadie más. Éste me dedicó un gesto de alerta pero yo rápidamente salí del lugar. Y justo cuando me dirigí a las escaleras para subirlas, sin ni si quiera dar el primer paso, la persona que se encontraba a veinticinco escalones de mí, me observaba con el ceño fruncido.
En realidad no me miraba a mí, sino a mi acompañante de atrás. Es decir, a Gale. Annie se encontraba detrás de Peeta, intentando bajar las escaleras pero éste la obstaculizaba con su espalda. Apoyé mi mano en el pomo de la barandilla de la escalera y me eché para atrás cuando los dos amigos bajaron los escalones con pasos pesados y lentos. Peeta se giró hacia a mí y su entrecejo se relajó, dedicándome una especie de sonrisa. Yo le devolví el gesto, cuando Gale se puso a mi altura y le tendió la mano.
- Peeta – susurró pero había firmeza en su voz.
- Gale… espero que estés bien – dijo mi chico del pan con el mismo tono.
- Quería darte la enhorabuena… – «No, por favor.» – Me he enterado de que te casas.
Podría haberle mandado a la mierda en aquel instante porque sabía lo que significaba para mí aquella puta frase. Fijé mi vista al suelo y noté la mirada preocupada de mi amiga pelirroja.
- Gracias – contestó Peeta con serenidad.
Sin pensarlo, cogí a Annie del brazo y me fui hacia a la cocina dejándolos solos en mitad del pasillo. Aquello de Gale me había dolido y bastante. No sé qué cojones se creía pero estaba segura de que lo había hecho aposta, lo conocía demasiado bien. Quizás se le había olvidado aquel pequeño detalle de que se parecía mucho a mí. Sin embargo, yo nunca habría hecho eso porque para mí fue como una patada en la boca. Probablemente los de alrededor lo verían simple educación, en cambio yo, sabía a la perfección con qué propósito lo había dicho. No para hacerme daño pero sí para crear cierta tensión entre Peeta y yo.
Por cierto, ni me había dado cuenta. Peeta había venido solo. Dejando todo mi peso en la silla, suspiré lo más serenamente posible. Ni si quiera me di cuenta de que Johanna me observaba con atención. La no compañía de Peeta me había dado una gran paz interior después de aquel intercambio de palabras entre él y Gale.
Dentro de todo lo malo, el cumpleaños de Finnick Jr. podría acabar bien, ¿no?
Hola chicas, lo siento por la tardanza pero es que he estado con unas anginas que casi me matan (soy muy propensa a ellas).
En fin, creo que algo estoy haciendo mal y mi motivación se está yendo a la mierda, hablando fatal xd. Me apetece seguir escribiendo esta historia y no me gustaría dejarla porque es una vía de escape que utilizo como hobby y no sé, me gusta. Creo que lo he repetido muchas veces pero si algo no os gusta o no os convence, dejármelo en los reviews. Pero al menos, no sé, con un review estaría contenta y sabría más o menos por donde tirar respecto a vuestros gustos (porque la historia seguirá como la tengo pensada desde hace algún tiempo).
Por cierto, sé que muchas me mataréis por insistir tanto con Gale, pero yo a Gale le tengo cierto "cariño". Obviamente siempre supe que el elegido sería mi Peeta puesto que Peeta es insuperable y para mí siempre ha sido mi favorito (incluso por encima de Katniss). Pero Gale siempre ha formado parte de la vida de Katniss y no lo quiero pintar como el malo de la historia ni mucho menos. En muchas fanfics he visto un montón de Gales despreciables que intentaban hacerle la vida imposible y para nada creo que alguien como él le haría algo así a su amiga. No sé si me explico... Y por otro lado, tampoco le vi nunca como el culpable de la muerte de Prim, aunque en la mente de Katniss ha sido así.
Espero que estéis bien y al menos leeros un poquito más a ver qué pensais de toda la historia.
Ah y sólo os digo que, no todo es lo que parece ;)
¡Saludos!
M.A.
