Disclaimer: Todos y cada uno de los personajes de la siguiente historia han sido creados por la maravillosa Suzanne Collins.
.VIII.
ANHELOS ENCONTRADOS
La escena era difícil de imaginar. Más que nada porque si me lo hubieran dicho hace unos meses no lo hubiera creído y me habría reído a carcajadas. Haymitch no apartaba sus ojos de los míos mientras masticaba el rape preparado por Annie y no sé por qué, pero daba la sensación de que lo hacía a cámara lenta. Supuse que estaba esperando alguna especie de señal por mi parte o algo así. Más que nada para que asegurarse de que estaba presente en la comida. Yo sólo la removía con el tenedor, sin tener ni pizca de hambre, e intentado escuchar la interesante conversación entre Johanna y el pequeño Finnick. Éste aún seguía histérico puesto que dentro de tres horas celebraba su fiesta de cumpleaños y todos sus amigos vendrían para estar con él. De vez en cuando lo miraba y sonreía porque me producía mucha ternura. No obstante, mi vista no podía evitar viajar para fijarse en la persona que estaba justo al lado del niño. Y a la que notaba algún movimiento por su parte, mis ojos se volvían a posar en mi plato, repitiendo la acción con el tenedor. Era como un campeonato estúpido y todo para ver quién de los dos no pillaba al otro observándose. Porque él también lo hacía, sus ojos estaban prácticamente posados en mi perfil derecho durante toda la comida.
Gale estaba a mi lado y en más de una ocasión me preguntaba si estaba bien. Tenía ganas de decirle algún que otro "¿A ti qué coño te parece?" pero no serviría de nada. Finnick Jr seguía hablando sin parar, a pesar de tener cinco años era el único capaz de hacer el ambiente un poco más ameno y soportable. Los demás tosíamos de vez en cuando y saboreábamos el sabroso pescado. En cambio Peeta, lo escuchaba atentamente, como si se tratara de un adulto. Tenían una relación bastante cercana y se notaba que el crío lo trataba casi como el padre que desgraciadamente nunca pudo tener.
- Katniss, ¿no te gusta el rape? – preguntó Johanna con una media sonrisa. Primero, me sorprendí de que me llamara por mi nombre. Segundo, la conocía y sabía que era el momento en el que me iba a sacar de quicio. Todo por estar con Gale y Peeta en la misma mesa. Para ella sería una perfecta ocasión.
- Sí, pero no tengo hambre – contesté devolviéndole la falsa sonrisa.
- Mujer, es normal que no te guste el pescado. Por lo que veo Gale, tú tampoco has comido mucho… – me fijé en el plato de mi amigo y Johanna tenía razón. Gale no había probado casi nada – Se nota que vosotros sois más de carne…
- Me gusta pero yo tampoco tengo hambre.
- Gale, con el tiempo que llevas aquí, debes de estar más que acostumbrado a esto – continuó Johanna señalando la comida – Tus tiempos de cazar con la descerebrada se quedaron en el Doce – dijo soltando una risa curiosa.
Miré a mi amigo y le rogué que se callara. Y por increíble que parezca me obedeció. Gale obedeciéndome, quién lo diría. Con lo tozudo y cabezota que era, exactamente igual que yo. Le agradecí con un gesto y me fijé en mi chico del pan que estaba concentradísimo en su plato con el ceño fruncido.
- Tita Katniss me llevó a cazar ardillas – dijo de repente el niño mirando a Peeta – es muy buena en el bosque.
- Lo sé – suspiró Peeta sonriéndole.
- ¿A ti alguna vez te ha llevado al bosque para enseñarte?
Bebí un poco de agua y bajé la cabeza con la intención de esconderme. Justo cuando Peeta iba a responder, Annie le interrumpió diciendo que ya estaba bien y que le ayudáramos a quitar la mesa. Dediqué una mirada de agradecimiento a mi amiga pelirroja y me levanté para recoger platos y llevarlos a la cocina. Por supuesto, con unos ojos azules como el mar clavándose en mi nuca.
Después de haber ayudado a Annie, ésta me acompañó a mi habitación para ver qué iba a ponerme.
- ¿Y qué más da? Voy a ir así…
- ¿Así? – preguntó mi amiga de una manera que no me gustó nada.
- Sí así. ¿Qué tiene de malo? Es el cumpleaños del niño y son unos pantalones negros y una camiseta de tirantes – contesté mientras me miraba en el espejo. El concepto de "ponerme guapa" no lo conocía. Sólo cuando me preparaba Cinna junto con Venia, Flavius y Octavia para los eventos de los Juegos y tampoco era una etapa que quisiera recordar. En algunas pesadillas aún aparecía la paliza que le metieron a mi estilista mientras yo no podía hacer nada porque estaba yendo directa a la Arena.
Cosas así que se te quedan en la cabeza aunque pasaran millones de años. Porque al verlas con tus propios ojos, se te quedan grabadas en la retina para siempre. Y con todo lo que habíamos vivido, nadie podría borrarlo nunca.
No me maquillaba desde la última vez que Effie lo hizo. Y quién dice maquillarse, dice un poco de colorete y máscara de pestañas. No me iba a dejar influenciar por Annie pero al final acabó imponiéndome un vestido ligero de color burdeos que llegaba por encima de las rodillas. No tenía mucho escote pero mis brazos estaban totalmente descubiertos ya que eran sin mangas. No quedaba muy bien con las botas así que también le dejé que me pusiera unas sandalias de color crema.
- Todo esto lo hago porque tengo calor y los pantalones largos me abrasan – dije rechistando.
- Sí lo que tú digas… quítate la trenza, te quedarán bonitas las ondulaciones – mi amiga me dio un beso en el moflete y salió de la habitación contenta por haber conseguido lo que quería.
Volví a fijarme en el espejo e hice una mueca de desaprobación. Bastante incómoda estaba ya como para no poder refugiarme en mi propia ropa. Que quizás no era la más femenina y la más bonita para una mujer pero era mi atuendo diario y con él, me sentía más Katniss. Y eso, era como una especie de protección. Aunque cierto es que los pantalones no eran nada apropiados para el tiempo y no quería estar toda la tarde con ese fastidio e irritación.
Al bajar las escaleras, Haymitch pasaba justo con una taza de café en la mano. Me miró de arriba abajo abriendo los ojos como si fueran platos y yo le señalé con el dedo como advertencia de que no se atreviera a decir ni una palabra.
- Preciosa.
- Ni se te ocurra burlarte – le amenacé.
- Es raro verte con vestido Catnip – apareció mi amigo saliendo de la cocina.
- Voy a ver qué hace Finnick… – seguí mi camino hasta llegar al comedor.
- No está – dijo Haymitch siguiéndome – está arriba con su madre cambiándose y Johanna y Peeta fueron a prepararlo todo en la playa. Justo después del café iba a ir a ayudarlos. ¿Vienes?
- No… – contesté – mejor esperaré a Annie.
- Yo sí voy Haymitch, así os ayudo – propuso Gale.
Haymitch lo miró desconfiado. Seguramente se estaba preguntando qué hacía mi amigo ahí. Sólo había venido a verme pero era obvio que se quedaría al cumpleaños. Johanna le invitó mientras comíamos y él no dudó en aceptar. Se despidieron de mí y yo me senté en uno de los sofás. Justo noté algo que me incomodaba y que prácticamente estaba chafando con mi trasero. Me volví a levantar para ver qué era y mis ojos se fijaron en aquel jersey que llevaba Peeta en la mano al bajar las escaleras. Es probable que se lo pusiera en el tren de camino al distrito por el tema del aire acondicionado. Mis manos cogieron la tela de color negra y, asesorándome de que no había nadie, me lo lleve a la cara para poder inspirar el olor.
Joder. Qué buena y estúpida sensación en mi cuerpo. Era increíble la forma en cómo reaccionaba con tan solo oler algo que estaba puesto sobre él. Acaricié la fina lana con mis dedos y divisé la mezcla del suavizante con la fragancia de Peeta. Sin duda alguna, ésta última era muchísimo mejor.
Aún me dolía el que no me hubiera llamado. Y más después del penúltimo día juntos, donde todo era como antes. Donde sólo éramos nosotros, Peeta y Katniss. Nosotros, sin juegos de por medio, ni mutos, ni Capitolio ni prometida que aún no sé ni cómo se llama. Volví a dejar el jersey a un lado del sofá pero esta vez, doblándolo bien para asegurarme de que nadie lo arrugara como yo había hecho.
Annie no tardó mucho en bajar, llevaba un vestido parecido al mío pero con colores más suaves y un estampado de flores. Finnick tiraba de éste insistiéndole algo que no llegué a entender pero supuse que el niño se moría de ganas por ir a la playa. Mi amiga me dedicó un gesto sutil para informarme de que ya nos íbamos y yo rápidamente me levanté del sofá y me dirigí a la puerta para salir de la casa.
Para nuestra sorpresa, el tiempo había cambiado. El sol de la tarde aún permanecía y el calor era presente pero a la misma vez, unas nubes venían a lo lejos en aviso de que aquella noche llovería. Finnick estuvo a punto de llorar pero yo le tranquilicé diciendo que por la noche su fiesta ya habría acabado y entonces, ya podría llover todo lo que el cielo quisiera. Pareció entenderlo no obstante aún se notaba alguna preocupación en aquellos ojos verdes. Annie me comentó que era bastante raro de aquel cambio pero que también hacía mucho tiempo que no llovía. Yo bromeé diciendo que era por mi estancia en el distrito y el niño comenzó a reír. Al menos le había hecho cambiar su estado de ánimo.
Al llegar a la playa, Gale y Johanna colocaban algunas de las decoraciones que yo misma había creado. Haymitch recibía malhumorado a los amigos de Finnick, definitivamente aquello no era lo suyo. Las madres lo miraban desconcertadas, preguntándose qué hacia el mentor de la chica en llamas allí. Cuando me acerqué a la zona, comprendieron y entendieron el por qué. No tardaron en chismear y hablar entre ellas mirándome de arriba abajo. Annie se dio cuenta de ello y las espantó con rapidez diciéndole la hora en la que acababa el cumpleaños. En mi interior se lo agradecí pero no mostré ningún gesto al respecto.
Mi chico del pan no estaba en mi campo de visión y eso me preocupaba. Me acerqué a Haymitch pero no me atreví a preguntarle. Sin embargo, mi cabeza se movía de un lado a otro buscando aquella espalda ancha que tanto extrañaba.
- Está en la caseta de madera, preparando los aperitivos – me susurró mi antiguo mentor con una sonrisa en la cara. Lo miré sorprendida y sin decirle ni si quiera una palabra, me dirigí al lugar.
Temblorosa abrí la puerta de detrás y ahí estaba, preparando diferentes tentempiés salados y también dulces.
- ¿Quieres que te ayude? – giró la cabeza para mirarme y pareció asustarse ya que no había oído la puerta.
- Tranquila, ya casi estoy.
Me acerqué hasta llegar a su lado y me di cuenta de lo pequeña que se me hacían aquellas cuatro paredes de madera. No había mucho allí porque tampoco cabrían tantas cosas. Una mesa, un par de estanterías, una nevera para guardar la comida y las bebidas y una ventana grande que estaba de cara al mar. Observando la garita de arriba al lado mientras no sabía qué decir, Peeta interrumpió mis pensamientos.
- Es de toda la urbanización – lo miré confundida – La caseta. Es de Annie y sus vecinos. Como son casi siempre los únicos que vienen a esta playa… decidieron construirla para ellos y sus hijos.
- Ah – solté sin pensar.
- Me lo explicó una vez que vine…
- Una de las tantas veces que has venido, ¿no? – pregunté recelosa. Parece que lo había notado ya que suspiró con desgana cuando guardaba los ingredientes sobrantes en la nevera.
- ¿Por qué no has llamado? – solté desconcertada. Debía aprovechar que estábamos solos y no había nadie a nuestro alrededor.
- Katniss…
- No, Katniss no – gruñí, no estaba dispuesta a que huyera de mí – ¿Qué te pasa?
- ¿A mí? ¿Qué debería de pasarme? – Aquella indiferencia me estaba cabreando.
- ¿Cómo que qué debería pasarte? ¿Te recuerdo la tarde anterior a la que te marchaste? Estuvimos genial y todo fue… como solía ser entre nosotros.
- Eso no cambia nada – dijo mirándome a los ojos.
Me sentí pequeña, indefensa y débil ante ese azul que me confundía cada dos por tres.
- No te entiendo Peeta. De verdad – tragué en medio de la frase – intento entenderte, pero no lo consigo. Así que cuando tú quieras, me explicas qué cojones pasa por tu jodida mente… – dispuesta a salir de la caseta y con los ojos casi llorosos, sus dedos atraparon mi mano temblorosa y me tiró levemente hacia él para que no pudiera tocar el pomo de la puerta con mi otra mano. Bajé la cabeza para contemplar las dos manos unidas y me mordí el labio inferior. Mi piel aceitunada junto a la suya, blanca y tan limpia, era una mezcla culminante que a la vez destellaba una corriente eléctrica por todo el cuerpo.
- Katniss, perdóname – dijo mirando sus dedos entrelazados con los míos – No… yo no…
Unos golpes en la puerta me sobresaltaron y maldecí por dentro. Justo cuando teníamos un poco de intimidad alguien llegaba y nos interrumpía. Peeta soltó rápidamente mi mano y, a pesar del calor, noté un frío que se estampó en mi columna vertebral.
- ¿Peeta? ¿Ya tienes los platos listos? – preguntó Johanna. Nosotros seguíamos apreciándonos el uno al otro sin tan siquiera respirar. Al menos a mí me estaba faltando el oxígeno necesario para poder satisfacer correctamente a mis pulmones.
- Sí, ahora salgo – gritó mi acompañante sin apartar sus ojos de mí.
Dejándome allí sola y con el resto de platos, salió de la caseta pasando por mi lado sin ni si quiera rozarme. Cerré los ojos y apreté los puños sintiéndome tan vacía por dentro que escocía. Cogí los platos que faltaban e inhalé profundamente antes de abandonar aquellas cuatro paredes de madera.
Los niños corrían de un lado para otro mientras las niñas jugaban a hacer castillos de arena. Annie ayudaba algunas a realizar pequeñas obras arquitectónicas que se desvanecían nada más llegar una ola en plena orilla. Otras niñas venían para pedirme que les hiciera mi "famosa" trenza y yo no es que se la hiciera de muy buen humor ya que lo utilizaron como uno de los símbolos para representarme.
No tenía más remedio que aceptar, que por mucho que pasaran los años, la presidencia de Snow acabó gracias a una revolución de la que yo era parte. Más que parte, era el símbolo principal de ésta. Por lo tanto tenía que aparentar algo que no era y no sentía con gran serenidad y simpatía. Durante los Juegos había sido una experta fingiendo una relación inexistente y como consecuencia de aquello, no me costaba mucho.
Peeta charlaba con Haymitch en la otra punta de la mesa, ambos estaban animados y parece ser que se lo pasaban bien. En más de una ocasión Finnick se acercaba para pedirle que jugara con él y sus amigos pero Haymitch lo espantaba con su entrecejo arrugado y cara de enfado. Realmente quería estar con Peeta y hablar tranquilos sin que nadie los molestase. Justo lo que yo quería pero se me hacía imposible.
- Hola Catnip – salió mi amigo de la nada. Yo asentí como señal de saludo – No está nada mal, ¿verdad? – dijo refiriéndose a la playa. Volví a asentir sin decir nada.
Silencio sepulcral.
- Oye sé que no debería haber…
- Déjalo Gale – sabía qué era lo que me había molestado – Le diste la enhorabuena, no tiene nada de malo.
- Sé que te has enfadado por eso así que no digas que no tiene nada de malo.
- Es que no lo tiene. Tú has querido ir de educado sabiendo que no te importa una mierda esa boda, le has dado la enhorabuena y has quedado genial, te felicito – repliqué mirándole fijamente.
- Oye… a ti esa boda te importa. Por lo tanto me importa a mí – mi expresión cambió para levantar las cejas e intentar entender a lo que se refería – Quiero decir que lo que te importe a ti, me importa a mí.
- ¿Ah sí? – pregunté irónica – ¿Tanto como Prim?
De acuerdo, aquello no debí haberlo soltado. Su gris, bastante parecido al mío, me indicó que la tristeza lo había llenado de los pies a la cabeza. Me arrepentí al instante y me volví a dirigir a él, pero esta vez cabizbaja.
- Lo siento – bisbisé.
- No pasa nada, es algo que no me vas a perdonar y ya está.
Cuando iba a decirle que no se preocupara, mi vista fue a parar a unos metros detrás de Gale. Peeta me observaba fijamente mientras Haymitch le seguía hablando. Él no podía ver que yo también lo miraba ya que el cuerpo de mi amigo me servía como una especie de escondite. Así que de vez en cuando me quedaba embobada pensando en qué tipo de conversación podían tener aquellos dos mientras uno de ellos no apartaba su visión de donde yo me encontraba. Después volví a enfocar a Gale y éste tenía la mirada perdida en el mar. Me sentí tremendamente culpable no obstante, sabía que no podría decir nada más.
La tarde pasó demasiado rápida para Finnick y sus amigos. Todos devoraban la tarta con ansiedad y repitiendo plato porque estaba verdaderamente buenísima. Y sabiendo quién la había hecho, aún sabía mejor. No pude aguantarme y yo también repetí, el pastel de queso era una de mis perdiciones. Aunque me había dado mucha pena cuando Annie la partió en trozos. Era como una obra de arte que no se debería ni tocar, ya que la mermelada de arándanos, que estaba esparcida por encima, tenía varios dibujos hechos como si fueran creados con una especie de pincel. Y por encima, con chocolate blanco, tenía puesto Felicidades Finnick Jr. Con su perfecta letra.
Después me tocó a mí repartir las bolsas con las golosinas y todos los niños me lo agradecieron con mucha educación. Peeta después se dedicó a repartir los diferentes globos para que los peques pudieran llevárselos a sus casas. Haymitch me tendió uno de color verde, tratándome como si yo fuera una de aquellos niños y no pude evitar reírme.
- Para ti, preciosa.
- Gracias señor mayor – contesté haciéndole refunfuñar.
Finalmente, los padres vinieron a buscar a sus respectivos hijos y se marcharon dejando la playa desierta. Ya estaba atardeciendo y por el horario de verano, ya debería ser casi la hora de la cena. Gale y Johanna subieron con Annie a la casa mientras se llevaban ciertos utensilios que mi amiga había bajado expresamente para el cumpleaños. También avisó de que aprovecharían y harían la cena para esa noche. Haymitch, Peeta y yo nos encargamos de recoger la mesa y también la caseta. Mi astuto antiguo mentor no dudó en hacerse el despistado y cogió dos bolsas de basura que habíamos dejado allí.
- Voy a tirar esto, después vuelvo.
Sí, seguro después volvería. Nótese la ironía.
Quedándome a solas con Peeta, vacié los platos con los restos de comida mientras él guardaba las sillas en la caseta. Al acabar, me sorprendí ya que él había sido el primero en hablar.
- ¿Quieres que… vayamos a hablar?
Sólo asentí y me dejé llevar por mis pies que caminaban pisándole los talones. Nos sentamos en unas rocas que había al final de la orilla, donde ésta desaparecía. Así que después de aquellas rocas sólo deberíamos dar un pequeño salto para acabar en el agua salada. Me senté de cuclillas y me acomodé el pelo nerviosa. Sí, nerviosa y aterrada. Peeta observaba el cielo, que se mezclaba con sus colores favoritos, y sonrió para sí mismo tranquilo.
- No llamé porque no sabía que decirte después de haber vuelto a mi rutina en el Capitolio – me sorprendió sentándose a mi lado – Sólo por eso.
- No tiene sentido… – murmuré casi sin ni si quiera oírlo por el sonido del mar.
- Sí que lo tiene, al menos para mí. Katniss… lo que dije era cierto. Yo, yo… te había echado de menos y al estar así contigo pues… – tragó saliva – pues… volví a recordar cosas.
- ¿Recordar?
- Sí o… revivir. Llámalo como quieras. La cosa es que… me di cuenta de algo y me asusté.
- ¿De qué? – cuestioné confundida.
- De que nada ha cambiado – me miró directo a los ojos – Todo sigue igual que antes.
Me quedé inmóvil y no sabía cómo actuar. No quería esperanzarme mucho puesto que no sabía con exactitud a qué se refería. Pero quizás sí era lo que yo pensaba. ¿Todo sigue igual que antes respecto a sus sentimientos hacía a mí?
- ¿Respecto a qué? – susurré.
- Pues que estoy en el Capitolio y lo llevo bien. Estoy prácticamente todo el día metido en la panadería así que mi refugio es hacer pasteles, panes y bollos y no me da tiempo a pensar mucho. Me mantiene alejado de mis tormentosos sueños. Luego algunas tardes voy con el Doctor Aurelius para hacerme controles y después caigo en la cama rendido – suspiró cansado y mirando al horizonte – Mi rutina es esa y ya me había acostumbrado. Pero cuando vine a visitar a Haymitch… y pasamos aquella tarde juntos, todo se había vuelto a ir a la mierda – volvió a mirarme.
Lo entendí. Era justo lo que yo había sentido en cuanto a mis pequeñas debilidades. Sólo bastaba una ojeada de Peeta para que todo lo que había pensado anteriormente se derrumbara.
- Por eso estos días en el Capitolio he estado ausente y… – continuó – Es que incluso mi entorno se ha dado cuenta de mi cambio – se interrumpió a él mismo.
- ¿Tu… entorno? – intenté agarrarme a la roca que me sostenía pero nada podría ayudarme para sentirme segura ante la respuesta a esa pregunta.
- Sí… mis compañeros de la panadería.
- ¿Y por eso no me has llamado? – cambié de tema siendo astuta.
- Tenía miedo a volver a sentir… todo. Otra vez.
Peeta siempre había sido bueno con las palabras pero esta vez le costaba incluso formular una simple frase. Algo en mí me avisó de que era el momento indicado para confesarle y gritarle a los cuatro vientos que lo quería conmigo. Que lo necesitaba, que se me hacía un mundo no estar con él, que lo echaba demasiado de menos. Que yo también después de aquella tarde, volví a sentir aquella exigencia que me pedía el cuerpo y con mucha más intensidad. Era como si al paciente, recuperándose en mitad de la rehabilitación, le dan a probar de su adicción que intentaba dejar atrás. Es obvio que volvería a recaer y aquella vez con mucha más fuerza. Pues eso era lo que nos pasaba a nosotros.
Joder. Quería decirle que no tuviera miedos porque yo sentía justo lo mismo. Justo lo mismo.
Le agarré las manos con fuerza y sin pensarlo me acerqué a él, apoyándome sobre su hombro. Intentó resistirse al principio pero después sus manos soltaron las mías para ponerlas en mi cintura y atraerme más hacia a él. Yo aproveché y puse mis brazos alrededor de su cuello para agarrarme con fuerza y escondí mi rostro en aquella zona tan reconfortante para mí. Su ancha mandíbula descansaba en mi pelo, así que el abrazo no podía ser más idílico. No sé cuántas veces aspire su colonia para asesorarme de que realmente esto sí estaba sucediendo. Era real y eso me estaba poniendo la piel de gallina.
Mis piernas casi estaban encima de sus muslos por la aproximación, pero me removí incomoda al notar mis rodillas desnudas incrustadas en la roca. Me separé lentamente y lo miré por unos instantes que parecieron eternos. No observaba sus ojos azules esta vez, sino su boca. Sus finos labios que eran los causantes de que mi respiración se incrementara. Él hacía lo mismo con los míos así que no dudé en acercarme lentamente para acabar con aquella maldita ansiedad.
- Katniss… – murmuró con un jadeo.
No hice caso y seguí acercándome con los ojos aún abiertos. Ahora las rodillas doloridas pasaban a un segundo plano. Cuando estuve a un milímetro de su rostro, su aliento chocó contra el mío y finalmente nuestros labios se encontraron. Temblorosa, cerré los ojos y me dejé guiar por aquella hermosa sensación que no sentía desde aquel beso en mitad de la revolución. Cuando quise devolverle a la realidad ya que se creía un muto en mitad de uno de sus ataques. Le pedí que se quedara conmigo y él me contestó que siempre lo haría. Sin embargo, no había sido del todo cierto.
Pero eso ya no importaba porque justo ahora nos estábamos besando. Haciéndome sentir aquellas cosas que sólo había experimentado con él y que no sabía ponerle nombre. Sus manos se posaron en mis mofletes para intensificar el beso y yo incliné mi rostro para poder hacerlo con más precisión. Nuestras lenguas aún no se habían chocado y algo en mi interior me pedía a gritos que ambas se encontraran en ese instante. No obstante algo ocurrió, porque se deshizo del agarre de mis mejillas y rechazó el beso negando con la cabeza, alejándose una vez más.
- No Katniss… – dijo levantándose. Yo le imité en su acción y quedé justo en su mismo nivel.
- ¿Por qué? – pregunté apenada. No era la primera vez que nos besábamos pero… ahora las circunstancias eran muy diferentes.
- Porque no está bien. Yo… yo… no sé – confesó con cansancio – No puedo hacer esto.
- ¿No puedes o no quieres?
- Ni puedo ni quiero.
Vaya, eso había sonado como una hostia en toda la cara. Pero la Katniss positiva me decía que aquello último no lo decía de verdad. Y mucho menos por sus palabras anteriores y su actitud durante el beso. Cada aliento que me devolvía me decía que aquello era algo que había anhelado durante muchísimo tiempo. Al igual que yo. Vale que no había sido tan intenso como el que tuvimos en la playa de la Arena pero, había sido un beso que esperaba por tres años. Tres años que habían sido una tremenda eternidad.
- Será mejor que regresemos… – dijo finalmente. Estaba oscureciendo y el sol ya no estaba visible en la línea que separaba el mar del cielo.
Me quedé estática y cuando se giró, se marchó de la playa, dejándome justo como había hecho aquella tarde en la caseta. Me abracé a mí misma por la brisa fría que empezaba a aparecer avisando de la lluvia y después de unos minutos, seguí sus pasos y lo alcancé hasta llegar a casa de Annie.
–––
Durante la cena no dije nada y mi ex mentor lo había notado. Sin acabar el plato, me excusé diciendo que me encontraba mal y subí a la habitación para darme un buen baño y ponerme cómoda. Al salir del baño, divisé que las cortinas se movían por el viento y que estaba empezando a llover. Cerré las ventanas rápidamente y me senté al borde de la cama, escondiendo mi rostro en las manos y con los codos en mis rodillas.
Había anhelado tanto aquel sabor de los labios de Peeta que incluso ahora mi cuerpo pedía más. Recordé su confesión, diciéndome que tenía miedo de volver a sentir lo que un día decidió dejar atrás. Todo por sus ataques y para no hacerme daño. Por dios, cada vez que lo pensaba me entraba un mala leche que me ponía furiosa. Y por no haber hecho nada, ahora tenía una vida en el Capitolio que no me correspondía en absoluto.
Haymitch entró sin ni si quiera tocar a la puerta y yo lo miré con mal humor.
- ¿Es que no sabes llamar? – pregunté fastidiada.
- Vamos… hay confianza – dijo cerrando la puerta tras él. Se acercó y se sentó a mi lado esperando algún tipo de explicación – Gale se acaba de ir por cierto – después de unos minutos continuó observándome de aquella manera – ¿Y bien?
- ¿Qué? – refunfuñé.
- ¿He hecho mal en dejaros solos?
- No – contesté con sinceridad.
- Entonces… ¿qué ha pasado preciosa? – lo miré y supe que no podría mentirle durante mucho más tiempo.
- Nos hemos besado – solté sin más. Haymitch no pareció sorprenderse.
- ¿Y…?
- Y… él se ha apartado al segundo y me ha dicho que no podía hacerlo – mi ex mentor continuó mirándome fijamente y después miró al suelo, diciéndose algo para sí mismo – ¿Qué? – le pregunté curiosa.
- Nada.
- Lo más curioso es que… me dijera que no podía y que tampoco quería hacerlo – seguí hablando para mí como si pensara en voz alta – Pero no lo he creído, ¿sabes? Lo conozco.
- Sé que lo conoces… y él a ti también – confesó Haymitch cogiendo una de mis manos para darme ánimos.
- Haymitch… esto va a ser duro para mí. Y ahora que he vuelto a estar con él de esta manera, me va a costar más.
- Hazte a la idea ya Katniss… – dijo levantándose de golpe para dirigirse a la puerta.
- No quiero. No quiero – repetí – Voy a hacer lo posible para que vuelva y no se case.
- Imposible – susurró mi ex mentor – Quítatelo de la cabeza. Va a casarse lo quieras o no.
Aquello me hizo fruncir el ceño y justo cuando iba a abandonar mi habitación le pregunté por qué pero no obtuve respuesta y cerró la puerta de un portazo. Esas últimas palabras de mi ex mentor me hicieron estar en vela toda la noche. ¿Por qué tenía tan seguro de que lo iba a hacer? Annie tenía razón, no hablaba nada respecto al tema y tampoco es que estuviera ilusionado. Y lo más importante, él y yo nos habíamos besado.
Cuando quise darme cuenta eran las tres de la mañana. La lluvia aún seguía siendo protagonista allí a fuera y por eso me entraron antojos feroces de un té con leche templada. La camiseta que llevaba me servía como vestido y me tapaba lo justo por encima de los muslos, así que no me puse el pantalón de pijama y bajé descalza hasta la cocina sin hacer mucho ruido. Cuando encendí la luz, una silueta grande sentada en la silla me asustó.
- Peeta… – mascullé nerviosa – ¿Qué haces aquí a oscuras?
- No podía dormir – me dijo mientras me sentaba a su lado. El té podría esperar – ¿Y tú? – preguntó dando un sorbo a su té. Seguro que no le había puesto ni una pizca de azúcar. Sonreí al pensar en eso.
- Yo tampoco… – confesé. Después estuvimos unos minutos callados escuchando el ruido de la lluvia que chocaba contra el tejado.
- Katniss lo siento por lo de esta tarde – negué con la cabeza en señal de que no se preocupara – Pero es que… no he podido evitarlo.
Y ahora me dice que no ha podido evitarlo. Si tú no quieres algo, simplemente lo evitas y ya está. El carácter bipolar de Peeta me iba a volver loca, sin embargo, así lo quería.
- Yo tampoco – le contesté segura – te echaba demasiado de menos.
Una vez más, con mis manos temblorosas, mis dedos tocaron su mejilla y él sólo sonrío ante el tacto. Después los cogió con su mano y se los llevó a la boca para besarlos. Dios, aquello me había hecho estremecer. Parpadeé un par de veces y con mi dedo índice delineé su perfecta mandíbula diseñada por vete a saber qué dios de otro mundo. Cuando éste acabó en su garganta, aun temblando, bajé hasta sus anchos y fuertes hombros y dejé mi mano en su marcada clavícula.
No sé qué cojones me estaba pasando pero era algo que no podía evitar. Mi parte baja del estómago me reclamaba algo que aún no sabía lo que significaba y quería averiguarlo. Era algo que sólo se incrementaba cuando Peeta me besaba. Así que sin más, me lancé sobre él y volví a besarlo con un poco más de intensidad.
Él esta vez no se alejó y me aceptó con gusto. No dudé en abrir más los labios para darle permiso y nuestras lenguas chocaron acariciándose lenta y deliciosamente. Le volví a dar la bienvenida a aquella opresión en mis entrañas, cuando él me cogió de la cintura y me sentó encima de sus muslos para estar mucho más cerca. Mis piernas se posaron una a cada lado de las suyas y, al estar a una altura más elevada que él, mi pecho quedaba un poco por debajo de su rostro.
Nunca habíamos estado así. Jamás. Todo esto para mí era nuevo y estaba claro de que era fruto de la lejanía. Con mi rostro agachado y prácticamente devorándole, mis brazos descansaban en sus hombros. Lo tenía acorralado pero él no apartaba sus manos de mi cintura mientras me acariciaba.
¿Así se sentía una cuando iba al cielo?
- Katniss… – gimió – no…puedo.
Intensifiqué el beso para callarlo. No podía estar pidiéndome que parara. No ahora, justo cuando pedía a gritos que esto durara para toda la eternidad.
- Katniss – volvió a decir subiendo las manos y cogiéndome de la cara para apartarme con suavidad – No…
Choqué su frente con la suya y cerré los ojos desesperada por querer llorar ahí mismo.
- Sí puedes y sí quieres – susurré besando la punta de su nariz aún con los ojos cerrados.
- No… no puedo hacerle esto a Allegra.
Ahí estaba. El nombre de todos mis problemas.
Hola chicas! Gracias por los mensajes respecto a las anginas, ya estoy mucho mejor :)
Pues aquí lo tienen, el nombre de la chica. Un nombre que me encanta, por cierto. Los dos primeros besos que describo y tal como me los imagino... porque después de tanto tiempo es normal y lógico, es lo que intento explicar con el título. No es la primera vez que se besan y obviamente iban locos por hacerlo después de casi cuatro años.
Peeta es bipolar, I know, pero ya lo iréis entendiendo ;)
Si veo muchos reviews subiré el próximo capítulo pronto, como muy tarde el domingo, pero sino... tardaré como unas dos semanas porque tengo cosas que hacer de la uni! Así que si queréis saber qué es lo que pasará ya sabéis jajaja muak!
Saludos,
M.A.
