#2: Belaliech
Debajo de ella con los ojos llenos de lágrimas y el rostro tornado de un tono enfermizo, se encontraba la razón de todos sus problemas. Sólo debía apretar más, gritar más fuerte para ahogar lo que probablemente sería un suéltame o bájate de mí. La nieve se difuminaba con la blanquecina piel que poco a poco iba perdiendo su tono, vamos Natalya, no puedes ser tan débil.
A pesar de que lo ella cree, lo entiendo todo. Los insultos hirientes que van del ruso al bielorruso y al alemán. Nuestras cálidas lágrimas se derretían la helada nieve que empapaba nuestros vestidos, tal vez si alcanzo de nuevo mi arma… Ella lo nota y la patea con fuerza, pero no llega lejos. Amor, lo entiendo todo, ya basta.
Mis brazos son de poca ayuda ahora, no puedo voltearme, ni siquiera desfigurar el hermoso rostro de la que se suponía era mi protectora. Nada, sólo ligeros golpecitos en el hombro y en la espalda.
—Si juegas con fuego te quemas ¿No?
—Pues estoy dispuesta a quemarme— Sentenció la rubia antes de salir del estudio del suizo, doblando la frente y con una mano aguantando todo el peso que le caía encima.
Por bizarro que parezca no puedo formular ningún sentimiento de odio, sólo de decepción contra mí misma. Al final si me quemé hermano, perdóname tú también. ¿Recuerdas la vez en que trataste de dispararle, pero yo me interpuse? Lo volvería a hacer, una y otra vez. ¿Sabes lo que es…? No, yo tampoco.
La vista no me sirve de nada, mis extremidades caen como piedras y ya no las siento. Antes de irme, me llevo el recuerdo de tu hermosa voz, de las tardes juntas y las sonrisas que con mucho esfuerzo lograba sacarte. Y lastimosamente antes de irme, me llevo también el sonido de un arma siendo disparada y el peso muerto cayendo sobre el mío.
Las palabras que nunca te dije ¿Algún día te darás cuenta, o ya lo hiciste?
Te amo, te amo y soy una cobarde. Sé que eres tú la que ahora agarra mi mano, en la cafetería dónde tampoco fui capaz de decírtelo.
Tú sabes que cuando te odio, es porque te amo hasta el punto de la pasión que desquicia mi alma. -Julie de Lespinasse
