Alice esperó, acompañada de aquel perturbador silencio que estaba empezando a detestar. Se quedó quieta frente a la puerta, esperando a que el chico saliera. Si es que salía.
—Sal… anda. Date prisa… —murmuró.
No quería que su esfuerzo fuera en vano. Pero en cierto momento, mientras sus pensamientos se tornaban cada vez más sombríos y pesimistas, la puerta se abrió estrepitosamente, y Alice se hizo a un lado por inercia, azorada.
De la puerta salió como relámpago el joven al que recién había salvado la vida, que se giró como una exhalación para cerrar la puerta, cosa que logró justo a tiempo. Los gañidos de la Dama volvieron a resonar en el anterior silencio, pero el chico parecía casi tan aliviado como para llorar.
—Aaah… que cerca…
Alice continuó inmóvil en el mismo lugar, aprovechando que el desconocido no parecía notar su presencia para examinarlo con la vista. Su piel era de un color un tanto tostada, no precisamente morena, pero si dorada, como de alguien que ha pasado mucho tiempo bajo el sol. No parecía tener más allá de 20 años. Tenía cabello castaño, alborotado por la carrera, y unos ojos verdes que relucían con sencillez. No eran precisamente como los suyos, verde esmeralda, sino de un tono más cálido.
La impresión general que le produjo fue relativamente favorable.
Pero mientras lo miraba, el joven finalmente se dio cuenta de la presencia de la niña. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y hasta entreabrió la boca.
Lo primero que pensó Alice fue que le pareció muy memo.
—¡Pero…! ¿Qué está haciendo aquí una niña? —Dijo, luciendo verdaderamente preocupado, aproximándose a ella. No parecía estar fingiendo, pero por si las dudas Alice retrocedió la distancia.
—Mi nombre es Alice.
El desconocido parpadeó, y sonrió.
—Yo soy Antonio. Mucho gusto, linda.
¿Linda…? ¿Es que se veía tan pequeña como para ser llamada de esa forma? Alice se sonrojó levemente con el solo pensamiento, y le lanzó una mirada ofendida.
—Oh, perdona, ¿No te gusta que te llame así? —Preguntó Antonio curiosamente.
—No. Prefiero ser llamada por mi nombre.
—Está bien —Antonio estuvo cerca de soltar una risita, pero se contuvo admirablemente.
Alice recordó en ese momento que tenía la otra rosa guardada.
—Por cierto… curé, y guardé tu rosa. Ten —Y se le ofreció, vacilante.
Pero Antonio solo la miró, y se encogió de hombros, con una sonrisa de disculpa.
—Me gustaría tomarla… pero no tengo en dónde guardarla. Los hombres no solemos cargar con bolsa.
—Oh.
Alice no tardó mucho en decidir qué hacer, incluso si el sujeto aun no la convencía del todo.
—Entonces… puedo seguirla guardando en mi bolsa, junto con la mía, si no te importa —Dijo, de la manera más madura que fue capaz.
—¿En serio? Espera, ¿tú también tienes una rosa?
—Sí…
—Bueno… vale —Sin más, Antonio le cedió el cuidado de su rosa, como si de cualquier cosa se tratara.
A Alice se le hizo un tipo francamente extraño. ¿Qué clase de persona cedía algo de lo que su vida dependía, a alguien a quien apenas acababa de conocer? Por supuesto, ella era de confiar, pero, ¿Qué tal si no?
—¿Cómo es que estás aquí también… Alice? —Preguntó Antonio, sacudiéndose un poco la ropa, un tanto ennegrecida de su tertulia con la Dama.
—Ha sido un accidente. Yo… entré por el cuadro del pez abisal —La pequeña bajó la mirada, como avergonzándose de sí misma.
Pero a Antonio no pareció importarle en lo más mínimo.
—El pez abisal, ¿eh? Yo entré por un hoyo en la pared que-
—¡¿Qué?! —Saltó Alice, mirándolo escandalizada.
—Es que de la nada todo se puso oscuro, en silencio… y ya no había gente —Comentó Antonio, pensativo— Intenté salir por donde entré, por las ventanas… nada funcionó. Entonces vi ese agujero en la pared que no estaba, y le vi pinta de salida, porque parecía llevar a algún lado.
—Esa es de las explicaciones más ridículas que he escuchado…
—¿Por qué entraste tú al cuadro? —Siguió Antonio ingenuamente, como sin haber escuchado lo anterior.
Esa era una buena pregunta, y Alice tuvo que reconocerlo a regañadientes mentalmente. Quizá había sido una mera pregunta formulada por curiosidad, pero el hecho era que le había regresado sus palabras.
—Tampoco vi otra opción.
Antonio mudó la expresión y suspiró, frotándose la nuca.
—Cuando estaba semi inconsciente, y a punto de despertar, me pareció escuchar una voz. Juraría que era tu voz, llamando al cuadro ese. ¿Lo hiciste para alejarla de mí?
Eso era exactamente lo que había hecho, pero aun así se le trabó la lengua al aceptarlo en voz alta.
—S-sí.
—Y te llevaste mi rosa, y la curaste… gracias —Sonrió Antonio cándidamente.
Tanta calidez le resultaba extraña a Alice, lo que estaba provocando que se inhibiera más de lo debido.
—M-me imagino que no habrás encontrado una salida…
—No, por desgracia… ¿tú tampoco? —Alice negó con la cabeza— Pues habrá que buscar una. No puedo dejar a una niña sola, así que iré contigo, ¿está bien?
Alice arqueó una ceja, y asintió sin mucho ánimo.
Como si le quedara de otra.
OoO
—Esto parece una alcantarilla… ¡ugh, esto ya es demasiado-aru!
Nee no pudo evitar quejarse después de la quinta sustancia extraña que pisaba en la misma zona. La penumbra no ayudaba, e Iván tampoco parecía ya tan confiado, lo que era decididamente una mala señal.
—La salida debe estar por aquí —Volvió a decir, escudriñando la oscuridad, con Nee pegada a él, incluso llegando a aferrarse un poco de su abrigo.
—Debe ser como la quinta vez que lo dices-aru —Replicó Nee, quien comenzaba a ambientarse un poco al ruso, finalmente.
—Por qué es como la quinta vez que te quejas, mi querida Nee.
La aludida estaba a punto de protestar por el uso de "mi querida Nee", cuando creyó ver una luz por un recodo.
—¿Viste eso? —Preguntó ansiosa, e Iván alternó la mirada entre ella y el sitio al que ella se refería.
—Sí. De hecho, aun puedo verlo —Comentó, y se dirigió inmediatamente hacía la tenue luz. No era como si estuviera corriendo, pero si iba a grandes zancadas.
—¡No vayas tan aprisa-aru! —Se quejó Nee, siguiéndolo a duras penas.
Conforme avanzaron, la claridad aumentó lentamente. Hasta que llegaron al punto exacto se dieron cuenta de que la luz provenía de un agujero en la parte superior de lo que creían era el techo.
—Creo que eso lleva a un segundo piso —Sonrió Iván, señalando una escalerilla, hecha para subir precisamente a la parte superior.
—¿Qué habrá allá arriba-aru?
—Quien sabe. Pero será mejor que aquí —Iván, quien parecía iba a seguir hablando, se calló sin más.
—¿Qué-?
La gran mano del ruso cubrió la boca de Nee, y ésta estuvo a punto de reaccionar de forma violenta, cuando notó que había algo moviéndose al fondo, en las tinieblas. Se quedó quieta, mirando el punto fijamente, ambos en completo silencio.
La borrosa figura empezaba tomar forma, acercándose cada vez más. Nee comenzó a tensarse, mientras que Iván permanecía inmóvil como una estatua. Ninguno se atrevió a mediar palabra, aunque hubiera sido difícil aunque hubieran querido, porque la mano de Iván seguía sobre los labios de Nee. Ésta se sentía bastante incómoda, pero descifrar que era lo que se acercaba era de mucha más prioridad.
—¿Hola? —Llamó una voz, que no era ni la de la china ni la del ruso.
Nee e Iván intercambiaron una mirada. La figura que se acercaba empezó a resultar más y más clara. Y ahí notaron que no se trataba de una figura, sino de dos.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Iván y Nee se separaron uno del otro como resortes, poniéndose de acuerdo sin palabras.
—¡Woo! —Gritó ahogadamente la misma voz de antes, a la que se le sumó una voz más chillona, cuando las manos de Iván se cernieron sobre su cuello— ¡Espera…!
Nee, sacando unas pequeñas tijeras de su bolso, llegó frente a las figuras como una exhalación, a tiempo para darse cuenta de que los seres a los que estaban amenazando era completamente inofensivos, además de…
—¡Espera-aru! —Secundó Nee, alarmada, bajando las tijeras— ¡Son humanos!
—Ya lo he notado, Nee —Respondió Iván, como si estuvieran discutiendo sobre que mermelada era mejor para ponerle al pan en un día de campo.
Pero las manos del ruso seguían apretando el gallote del desafortunado joven, quien estaba empezando a cambiar de color cual foquito navideño. El ibérico, quien no era lo suficientemente alto como para llegar a la altura de Iván, había sido levantado a unos centímetros del suelo por éste. La personita a su lado era nada más y nada menos que una niña, quien los miraba con ojos de plato.
—¡S-suéltalo! —Se las arregló para exigir con valor, y Nee prácticamente se colgó del brazo de Iván en ademán impetuoso.
—¡Hazle caso, lo vas a matar-aru!
—Je… —Y lo soltó finalmente.
Pero lo hizo de forma tan abrupta que Antonio terminó casi cayendo de espaldas sobre Alice.
—¡Ay!
Antonio jadeó, recuperando el aire.
—¡Oh, perdóname, linda!
—¡Soy Alice!
El español se giró pronto, adolorido y alarmado, buscando ayudarla a levantarse, pero fue apartado de un solo manotazo. Al mismo tiempo, Nee le lanzó una no muy bonita mirada a Iván, guardando nuevamente las tijeras dentro del bolso.
—Hmmn, ¿qué hacías cargando con unas tijeras en el bolso, Nee? —Le preguntó Iván, volviendo a tener una sonrisa. La sonrisa, concretamente.
—Son parte de mi mini kit de costura… siempre lo cargo conmigo —Murmuró ella— Por algo son pequeñas-aru.
—Ciertamente, yo no podría usar unas tijeras tan pequeñas, ¿verdad?
—Ya sé que soy chiquita-aru.
—Yo prefiero las armas grandes. Como hachas, ya sabes. Aunque las picotas me agradan más.
—Me perturbas, Iván, aru.
Afortunadamente, Antonio y Alice estaban demasiado enfrascados en su propia discusión como para haber escuchado aquel dialogo.
—¿Te gusta coser, Nee?
—Si-aru, y es útil para remendar cosas. Lo dice una hermana mayor llena de hermanitas y hermanitos traviesos.
—Disculpen…
Fueron interrumpidos finalmente por el otro par. La menor los miraba con abierta desconfianza, pero él, pese a que había sido él el único en salir un tanto magullado, no lucía tan reticente a hablarles.
—Bueno… creo que empezamos con mal pie. Empecemos de nuevo. Hola, soy Antonio —Sonrió ligeramente, y pareció dudar en si extenderles una mano o mejor quedarse así.
La siguiente persona en hablar fue Nee, la otra menos reticente a entablar contacto.
—Hola, Antonio-aru. Siento mucho lo de antes… yo soy Nee Wang.
—¿Antonio-aru? —Repitió Antonio sin entender, pero con curiosidad.
—Es una muletilla —Contestó Iván, sin importarle mucho si se le hablaba a él o no.
—…Y él es Iván —Siguió Nee, sospechando que el ruso no se presentaría por sí mismo.
Antonio le lanzó una miradita a Alice, que fue correctamente interpretada por ella, y entornó los ojos.
—Yo soy Alice Kirkland —Se obligó a decir, desviando ligeramente la mirada.
Evidentemente, era la menor de edad de todos ellos, pero aun así no quería ser tildada de la más infantil. Pensando en ello miró fugazmente a Antonio, y casi se le escapó una sonrisita burlona, pese a que logró conservar su semblante serio. Él, sin sospechar siquiera los pensamientos de ella, siguió mirando al otro grupo, como evaluándolos. E Iván y Nee hacían lo mismo, pero la china sintió más ternura que recelo al verles.
—¿Cómo llegaron aquí-aru?
—Llegamos por separado, pero nos encontramos en cierto punto —Contestó Antonio, sonriendo ligeramente.
Iván, después de escudriñarlos fijamente con la mirada, esbozó una sonrisa.
—Nosotros llegamos juntos —Dijo, sonriente.
Pasó uno de sus brazos alrededor de los hombros de Nee, para sorpresa y alarma de ésta, quien no tardó en apartarlo.
—¿Q-que es lo que pasa contigo? Cálmate-aru —Masculló casi entre dientes, pero Iván la miró con inocencia.
—¿Eh? Pero si llegamos juntos, ¿no?
—¡Pero lo has hecho sonar a que ya nos conocíamos!
—¿Qué no se conocían? —Antonio ladeó la cabeza ingenuamente.
La sensación de desconfianza de Alice hacia el otro par volvió a ir en aumento, sopesando la idea de echar a correr y jalar al idiota de Antonio consigo.
—No, ha sido una mera coincidencia. Me encontré a Iván en el momento más inoportuno —Nee se encogió de hombros.
—Yo al revés… encontré a Alice cuando más le necesitaba —Antonio rió— Hasta le debo la vida, ¿verdad?
Alice se negó a aceptar el repentino bochorno que le subió del cuello a la cara.
—No exageres…
Iván los observó de nuevo, ahora de modo más curioso que receloso, y el peligro les pasó por encima al español y a la inglesa sin que lo supieran. Iván volvió a sonreír, esta vez con más ligereza.
—Es feo estar solo. Parece mejor idea si buscamos una salida todos juntos, ¿da?
La respuesta tardó un poco en llegar, pero llegó.
—Seguro —Sonrió Antonio, frotándose la nuca con cierta pena— Ya lo comprobé.
Y miró a la pequeña del grupo, pero la mirada que le regresó a ella solo podía significar "cierra la boca".
—No parece que haya más opción que subir —Comentó Iván, señalando la escalerilla a su lado.
—Eso parece —Coincidió Antonio, mirando hacia arriba.
—Y… ¿Quién sube primero? —Se atrevió a preguntar Alice.
El silencio regresó, el doble de incómodo, durante algunos segundos.
—Yo puedo hacerlo —Repuso Iván, alzando una mano como niño en medio de la clase. Se giró, y empezó a subir la escalerilla sin perder el tiempo.
—¡Aru, espera! —Exclamó Nee, siguiéndolo.
Alice suspiró infeliz, mientras Antonio le sonreía, intentando animarla.
—Anda, subamos —Dijo juguetonamente, agarrándose del barandal, y señalando la salida de una cabezada.
—Sí… —Murmuró en respuesta, acercándose y subiendo después de Antonio.
Trepó, aferrándose recelosamente de las barras a los lados, hasta que la luz que iluminaba la siguiente habitación se hizo más clara, tanto que tuvo que volver sus ojos un par de rendijas. Cuando llegó hasta arriba, alguien le tendió una mano, y no le llevó más que un par de segundos darse cuenta –principalmente por su color un tanto tostado– que le pertenecía a Antonio. Prefiriendo tomar su mano antes que caer, la tomó, y el español tiró de ella, sacándola de los últimos rastros de oscuridad. Alice parpadeó, como estaba empezando a acostumbrarse a hacerlo, intentando adaptarse a la nueva luminosidad.
Pronto notó que estaban justo en el medio del lugar. Se giró hacía todas direcciones, desde su lugar, y se percató de que había cinco distintos caminos por los cuales ir, rodeándolos.
Y regresar no era una opción.
—¿Ya viste, Alice-aru? —Le llamó repentinamente la china, viendo como la niña se distraía fijándose en los caminos. Alice la miró sin entender, y Nee señaló un letrero a un lado, en el que la inglesa no se había fijado aún. Pero Nee, Iván y Antonio sí. Alice se sintió inusualmente torpe.
Encrucijada:
Para salir, debes tomar mínimo dos caminos.
Pero, si tomas todos, lo más seguro es que no salgas
El mensaje causó reacciones variadas, según cada quien. Alice se encogió ligeramente, Nee hizo un gesto, Antonio pareció casi decepcionado, e Iván no mudó la expresión.
—Vale, entonces ninguno debe tomar más de dos caminos—Apuntó el español quedamente.
—Da. Pero… aun así, hay cinco senderos —Alegó Iván— No podemos dividirnos de manera justa, para explorar.
—Cierto-aru —Secundó Nee.
—Bueno… ¿y si… en vez de que cada quien vaya por separado, dos van juntos? Y que haya alguien que solo verifique un camino —Sugirió Antonio, mirando a sus tres acompañantes.
Alice arrugó el entrecejo, aun sin decir nada.
—No suena mal-aru… ¿pero cómo nos dividimos?
—Simple. ¿Quién quiere ir en grupo? —Preguntó Iván.
Por un momento no hubo respuesta, pero fue obvio que ninguna de las dos chicas tenía entusiasmo por ir solas. Quizá especialmente la niña, quien se cruzó de brazos en actitud poco cooperativa.
—Yo… voy con Alice —Dijo Antonio, esbozando una pequeña sonrisa— No me gusta la idea de dejarla sola.
La mencionada dio un respingo, volteando a verle. ¿Acaso olvidaba que era ella la que le había salvado la vida? ¡Vaya tontería!
—No necesito que me cuiden —Rezongó, casi en un gruñido.
—Pero por si acaso... —Replicó Antonio, sonriendo aun un poco.
Alice lo miró de mal modo. Iván asintió, mirando alrededor.
—Bueno... Nee, tu ve a checar solo un camino, ¿sí? —Dijo como si nada, mientras la aludida le miraba con sorpresa.
—E-está bien-aru...
—De acuerdo
Ahora solo restaba que cada quien escogiera el camino que le tocaba explorar. Nee empezó, dubitativa, pasando la mirada de un sendero a otro.
—Yo… iré por allá —Dijo después de unos segundos, señalando el camino que tenía exactamente frente a ella.
—Bueno. Nosotros iremos por acá, entonces —Secundó Antonio, señalando el camino de frente y a la izquierda.
Iván sonrió.
—Iré… por los dos que están atrás.
Diciendo y haciendo, se dividieron, unos sintiéndose más seguros que otros. Nee, probablemente, y por razones obvias, era la que menos se sentía segura. Incluso Iván, quien parecía no temerle a nada, y era quizá el que estaba más seguro de los cuatro, no se sentía del todo tranquilo. Y no era que le preocupara precisamente su seguridad, no; él confiaba en su propia fuerza. Pero no tenía la menor idea de que era lo que podía haber en los distintos senderos. Y desde donde estaba no tenía manera de saber lo que pasaba en otro lado, si había alguna emergencia. Le inquietaba un poco en especial la china. Sin más remedio, se vio orillado a reconocer que le simpatizaba.
Al menos lo suficiente como para sentirse no del todo bien si le pasaba algo.
OoO
Las encrucijadas son peligrosas, lo advierto desde aquí .w.
Los dos grupos se han encontrado, al fin x'3
Capítulo más largo de lo usual, porque ya me sentía mal de dejarles siempre tan poquito :3
-tira confeti-
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