Hola a todos, espero que aún haya alguien leyendo esta historia a pesar del mucho tiempo que ha pasado. Sólo quiero aclarar que NO voy a abandonar esta historia, tan sólo tenía algunas dudas respecto a la trama y he decidido hacer algunas modificaciones que haré oficiales en el próximo capítulo, espero que mejoren la trama.

Advertencias: AU, sobrenatural, suspenso, mención de suicidio, posible Lemmon más adelante

Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen


Soledad

En los veinte años que llevaba en ese lugar, nunca antes había sentido ningún tipo de interés en quienes llegaban a vivir allí hasta que llegó él. Ese hombre tenía algo diferente, algo que le resultaba en cierto modo atractivo.

Tal vez era por su indiferencia, o por la forma en que fingía no notar su presencia cuando se paraba frente a él, pero desde que llegó a vivir a su casa no había podido dejar de observarle con inexplicable interés.

Claro que nunca antes había visto a alguien permanecer tan tranquilo luego de verle. Aunque no los culpaba, él también saldría corriendo si viera un fantasma.

Habían pasado casi veinte años desde su muerte y Eren aún no lograba acostumbrarse a ser ignorado. O temido, cualquiera de las dos. Pero ese es el precio de estar atrapado.

Ni siquiera podía recordar cómo o por qué, pero un día abrió los ojos y se encontró con la casa completamente vacía, sin rastro alguno de sus padres y con una extraña sensación en el pecho que no podía explicar. Claro que después comprendió que aquello ni siquiera era una sensación, era sólo un pensamiento. Ya no podía sentir nada.

Al principio no lograba entender nada, no entendía cómo había podido morir si apenas tenía diecisiete años y mucho menos entendía por qué no recordaba la forma en que había muerto, y había tratado por todos los medios de comunicarse con sus padres, pero algo le impedía salir de esa casa. Estaba atrapado.

No había pasado mucho tiempo cuando comenzó a preguntarse el por qué estaba allí, siendo un fantasma. Cuando estaba vivo había leído sobre eso alguna vez, tal vez su muerte había sido espontánea, o tal vez fue muy trágica, o tal vez sólo había dejado algo pendiente que no le dejaba marcharse.

Fuera lo que fuera, cada vez que intentaba recordarlo había una extraña energía que se arremolinaba a su alrededor y le impedía concentrarse. Así, poco a poco desistió de la idea de pensar en eso y se resignó a quedarse allí, quién sabe, igual si esperaba algún día sucedía por arte de magia. Pero nada pasó.

Fue entonces cuando vino su primer encuentro con él.

Aquello tampoco era más que un recuerdo borroso, quizás de unos diez o doce años atrás, cuando la primer familia se mudó a la casa. Era una familia pequeña de tres integrantes, los padres y su hijo de cinco años, ellos llegaron en el invierno, emocionados por la nueva casa.

No podía negar que su presencia le resultaba acogedora, además de que hacían su existencia un poco menos aburrida aun cuando no hablaba con ellos. Incluso evitaba hacer cualquier cosa que pudiera incomodarles como mostrarse ante ellos o tratar de comunicarse. Todo con el fin de mantenerlos allí.

Todo estaba resultando perfectamente hasta que un día se desató el caos cuando, de la nada, extrañas manifestaciones comenzaron a suceder una tras otra. Comenzó con las luces que parpadeaban sin motivo, luego fueron los electrodomésticos que se encendían sin nadie que estuviera cerca, después, las cosas salían volando de sus lugar, siempre atacando a alguno de ellos.

En cuestión de días, ya habían sufrido varios ataques, algunos con consecuencias desastrosas como el brazo roto de la madre o la fractura del niño. Pero lo que más intrigada a Eren era el hecho de no recordar nada durante el tiempo que duraban los ataques. Era como si perdiera el conocimiento y al despertar se encontrara con un nuevo desastre.

Incluso llegó a pensar que era él mismo quién provocaba esos ataques, sin embargo, la última vez, todo se vino abajo y Eren fue testigo del horror que vivió la familia sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Sucedió una noche fría y lluviosa, la tormenta había provocado un apagón y era imposible salir de la casa con ese clima. Los tres se habían reunido en la sala de estar, sentados muy juntos en un pequeño sillón de dos plazas frente a la oscura pantalla del televisor.

Aquello no era algo extraño ni fuera de lo común, era el clima normal de esa época del año, sin embargo las constantes y cada vez más violentas manifestaciones convertían la más ligera lluvia en un espectáculo lleno de horror. Los rayos iluminaban la habitación proyectando extrañas sombras en las paredes y los truenos retumbaban haciendo eco por cada rincón de la casa, volviendo un simple fenómeno natural en algo incómodo y perturbador.

Desde las sombras, Eren observaba atento a cualquier cosa que pudiera resultar extraña intentando encontrar el motivo de los recientes ataques, aunque en su interior su mayor deseo era probarse a sí mismo que él no era el causante.

La noche parecía tranquila, luego de un par de horas los nervios de todos se habían tranquilizado y parecía que esa vez podrían dormir tranquilos. En cuanto la tormenta pareció haber terminado, los tres se levantaron de sus lugares y se separaron para volver a su rutina diaria. Ese fue el error les seguiría por el resto de sus vidas.

El padre, un hombre fuerte en sus treintas, se dirigió al jardín a revisar la instalación eléctrica y tratar de devolver la luz a la casa. La madre, una mujer de cuerpo menudo pero ágil, fue a la cocina a preparar un poco de leche para su hijo y un café para ella y su esposo. El pequeño, de unos tres o cuatro años, se había quedado en la sala por órdenes de sus padres mientras esperaba a que volvieran las luces. Eren por su parte se había quedado a su lado, intentando convencerse de que la repentina opresión en su pecho no era más que sus nervios, que nada malo iba a pasar.

De pronto y sin que nadie pudiera haberlo previsto, el sonido de un golpe inundó la casa acompañado de un rugido aterrador que les helo la sangre. La madre trató de volver con su pequeño, dejó atrás el café y la comida que preparaba importándole poco que pudiera quemarse y corrió de vuelta a la sala esquivando los muebles que ahora resultaban un obstáculo, sin embargo, mientras rodeaba la mesa para salir del comedor, un filoso cuchillo cortó el aire frente a sus ojos, haciéndole caer de espaldas al suelo. Aún no lograba reponerse de la impresión cuando otro cuchillo se sumó al primero, clavándose en la pared al otro lado de la habitación. Horrorizada, giró el rostro hacia el lugar del que habían venido, temiendo encontrarse con algún espectro que fuera el culpable de la agresión. No encontró nada.

Temblando, se puso de pie con la seguridad de su hijo como único pensamiento, dispuesta a atravesar esa puerta incluso si tenía que sortear los peligros de la que, hasta entonces, consideraba su casa. Su mirada decidida recorrió cada rincón del comedor, planeando en su mente el camino que seguiría y que parecía ser el más seguro. Tomó un profundo respiro y hecho a correr, ambos brazos en alto cubriendo su rostro y su pecho pero sin bloquear la visibilidad. Apenas alcanzó a agacharse cuando un tenedor pasó esta vez sobre su cabeza, acompañado de otros cuantos que vio pasar frente a ella.

Las puertas de los muebles comenzaron a abrirse y cerrarse de formas violenta, los trastes y demás cosas salían volando en su dirección, alcanzando a golpearla algunas veces mientras ella ahogaba gemidos de dolor y veía la puerta cada vez más lejos a pesar de estar a sólo un par de metros de distancia. Con el cuerpo lleno de hematomas, alcanzó el pomo de la puerta y estaba a punto de abandonar ese infierno cuando un cuchillo de plata se clavó en el dorso de su mano, haciéndole retroceder mientras intentaba no pensar en el dolor. En su espalda comenzaron a golpear platos, cubiertos y demás cosas que no supo identificar mientras no podía hacer nada más que encogerse como protección. En su mente trataba de darse fuerza pensando en proteger a su hijo, pero los numerosos golpes y cortes en su cuerpo además del charco de sangre que comenzaba a formarse a su alrededor no le permitían pensar en nada más.

En el patio trasero, el padre aun intentaba restaurar la electricidad cuando el extraño sonido le había hecho saltar, dejando caer la lámpara que llevaba con él y ocasionando que esta se apagara. Con una maldición, se agachó buscando el objeto a tientas en el suelo, seguro de que no podría estar muy lejos de sus pies, pero allí no había nada. Desesperado se arrodilló en el suelo buscando con la certeza de que no era lo suficientemente pequeña como para perderse entre el césped, y aun así algo en su interior le decía que no podría encontrarla, que la lámpara no estaba más en ese lugar.

Se negaba a aceptar aquello como una posibilidad, por lo que su búsqueda no cesaba hasta que, a sus espaldas, un ligero murmullo iba cobrando fuerza, provocándole un escalofrío que le impedía voltear. Cada vez se escuchaba más fuerte, más cerca, como si cientos de personas hubieran pasado de susurrarse unos a otros a clamar en voz alta palabras ininteligibles que poco a poco fueron tomando sentido en su cabeza. Eran advertencias, amenazas, palabras que prometían los horrores más desagradables si no se marchaban de inmediato, sin otro lugar a donde huir, se agachó en posición fetal ocultándose en la pared de la casa, queriendo creer que aquello podría ofrecerle algún tipo de seguridad mientras suplicaba que les dejaran en paz. Nunca había sentido ninguna clase de temor por la oscuridad, pero en esos momentos se sentía indefenso y asustado, rogando internamente que esa pesadilla terminara pronto.

Mientras tanto el niño, que se había quedado encogido en el sofá luego de aquel sonido aterrador, cubría su rostro con sus manos a modo de defensa, cerrando los ojos con fuerza con la esperanza de que aquello alejara las pesadillas, al igual que hacía con sus temores nocturnos, pero no parecía funcionar, en la ventana, podía escuchar golpes y rasguños mientras que los sonidos de objetos cayendo y los gemidos de su madre le hicieron sollozar.

Nunca antes había sentido tanto miedo en su corta vida, pero aún no llegaba lo peor. Extrañas sombras comenzaron a avanzar por la habitación, directamente hacia él, tomando formas diversas, desde rostros y animales hasta garras y colmillos, haciéndole temblar.

Eren, que había estado observando todo desde las sombras, no pudo soportarlo más y salió de su escondite sin saber si podrían verle o podría siquiera hacer algo por detener el ataque. Se acercó con seguridad hacía el niño, estirando una mano hacia él esperando poder tranquilizarle lo suficiente para poder sacarlo de ahí, cuando sintió una extraña energía que se arremolinaba a su alrededor y le impedía continuar avanzando.

Miró a su alrededor buscando algún motivo sin tener éxito, luchando por liberarse de esas ataduras invisibles mientras los gritos de terror de ambos padres llenaban sus oídos. Las sombras frente a él avanzaron hasta rodear al niño, casi cubriéndolo por completo, y Eren no podía hacer nada por alcanzarlo, golpeaba y pateaba al aire en una lucha desesperada que no parecía surtir efecto. Pero aquello no duró mucho, al menos no para él, pues un escalofrío le recorrió cuando sintió una presencia a sus espaldas.

No podía verlo, pero podía sentir una fuerte energía que le crecía más y más como si tratara de absorberlo. Haciendo uso de todas sus fuerzas, logró voltear justo a tiempo para ver cómo, de entre las sombras, una silueta comenzaba a formarse acompañada de un par de brillantes ojos tan rojos como la sangre misma. Eso fue lo último que vio antes de que todo a su alrededor se volviera negro cuando perdió la consciencia, al despertar, la casa estaba desierta y no había rastro de quienes la habían habitado a excepción de las oscuras manchas de sangre en el suelo del comedor y parte de la alfombra de la sala de estar. Como si todo aquello no hubiera sido más que una pesadilla.

Intentó por mucho tiempo encontrar una explicación, incluso trató de buscar a aquel ser que había visto esa noche, pero con el tiempo él se convencía más de que había sido producto de su imaginación. Sin embargo, aquella terrible noche le había hecho cambiar para siempre. Después de ese día nunca volvió a involucrarse con las personas que llegaban a vivir a la casa, tan sólo les veía de lejos y de vez en cuando les molestaba para que se fueran de allí, tratando de protegerles del peligro de esa forma.

Así fue su existencia por mucho tiempo, tranquila y solitaria hasta que llegó él, ese hombre de cabello tan negro como la noche que parecía poder verle pero aun así le ignoraba por completo, haciéndole sentir un nuevo y creciente interés. Pero era ese mismo interés el que le hacía desear alejarlo, sacarlo de esa casa antes de que fuera demasiado tarde para él.

Por eso había elegido advertirle, pero el ver esos ojos grises clavados en los suyos a través del espejo le hizo sentir algo que hacía mucho no experimentaba: vergüenza.

—¿Quién…

Antes de que pudiera girar el rostro para verle, se ocultó en las sombras lejos de su mirada, sintiendo su rostro arder por la vergüenza. Aunque claro, eran sólo pensamientos suyos, ya no podía sentir nada.