FUTURE FISH
Capítulo 02. Lluvia.
Una hora después de haberles dejado en libertad, volvió a encontrarse con los detenidos de esa tarde. El primero, aquel que le había tocado procesar, mirando atentamente en la jardinera que habían destruido esa mañana, revolviendo entre las flores muertas; acomodando y replantando las que aún tenían posibilidades de vivir. El otro, como siempre, en el local de enfrente, en la tienda de donas donde trabajaba su hermana.
Bueno fue el haber ganado el "piedra, papel o tijeras" contra Sousuke, donde el perdedor se quedaría archivando el tedioso papeleo burocrático sobre la detención y la puesta en libertad de los dos muchachos, mientras el ganador, en este caso él, iría, despreocupado de la vida, a comprar el encargo del Teniente. No le incomodaba puesto que le gustaba caminar, y, como en este caso, podía echarle un ojo a lo que hacía Gou.
Luego de correr casi a patadas a la hiperactiva copia de su jefe y de comprar una caja grande de las donas variadas que le habían encargado, el oficial de policía salió del local con la fuerte resolución de pasar a recoger a su hermana a la salida de su turno y una dona extra especial que le había regalado la jefa de Gou por haber sacado al escandaloso adolecente de la tienda.
¡Ya podría imaginarse el cambiar esa exquisita pieza de grotesca y dulce confitería por una hora menos de su guardia!
Pero al pasar junto a la jardinera, el peliplata seguía ahí, hurgando entre las flores. Su estomago tembló al verle, algo recorrió su espina y sintió lastima de él.
A este punto, ya no parecía tanto que diera vida a esa desdichada flora. Más bien aparentaba a alguien que buscaba algo con desesperación.
— ¿Buscas algo?— Se acercó de improviso, y aunque quiso preguntar con suavidad, le había gritado tanto a Momotaro, que su voz salió grave y profunda. Molesta, para quien no supiera leer sus gestos entre líneas.
Y por supuesto que el chiquillo no lo conocía, por ello, más que agradecer por la preocupación del oficial de policía, respingó sobre sí mismo y sus hombros comenzaron a temblar.
Nitori, peor que tímido, era un tímido cobarde.
Por ello, negando con la cabeza, sin apenas usar su temblorosa voz, le dio a entender al agente que todo estaba bien.
Rin se frotó la parte trasera de cuello con la mano que tenía libre. Entendía muy bien que el pobre peliplata se sintiera desconfiado luego del día de perros que había tenido gracias a ni más ni menos que a ese pequeño delincuente juvenil acosa hermanas que el teniente tenía por pariente. Así que, lamentándose por no poder cambiar esa obra maestra de empalagosa confitería por una hora laboral menos, estiró el brazo ofreciéndole la dona como una ligera disculpa por todos los problemas causados en el día.
El ojiazul la tomó de manera temerosa, mirándole con los ojos bien grandes.
— ¿Para mí? —Rin se molestó un poco con la obviedad de la pregunta, pero decidió no decir más. Asintió mirando a otro lado.
—Mi hermana me contó que intentabas detener a Momo. Esto es por parte de ella — Dijo Rin. Y no era mentira, Gou le hubo contado de los intentos de ese niño afeminado con buenos tríceps y firmes deltoides, por detener el acoso del menor de los Mikoshiba —. Bien, se hace tarde y debo irme. Adiós. Intenta no meterte nuevamente en problemas — El oficial se despidió tomando la lengüeta de su gorra de policía, haciendo una leve inclinación de cabeza y se fue sin más.
Nitori le despidió diciendo calladamente adiós con una mano, pero el oficial nunca volteó para ver el gesto de despedida.
Unas horas más tarde, corriendo más que caminando rumbo al trabajo de su hermana, Rin divisó a lo lejos al muchacho peliplata admirando las palomas en el parque que estaba a unas cuadras de la comisaría. Por un momento muy corto pensó en acercarse, pero ese día, fuera de haber salido una hora más temprano como había querido en un principio, había salido cuarenta y cinco minutos más tarde.
—Gajes del oficio—. Se dijo, pero eso había echado a perder por completo sus planes y ahora iba tarde para recoger a Gou, tal como había prometido. Y aunque Sousuke le recomendó usar la carta de que necesitaba escoltar a su hermana a casa, no la utilizó por temor a que el teniente se ofreciera, personalmente, a ir por ella. Esos dos le traían los pelos de punta con aquella manía que tenían por su pequeña hermana.
Con ello, sin darse cuenta, cruzó de largo y ese chiquillo pasó al último plano en su cabeza.
Cuando llegó donde Gou, ésta esperaba fuera sentada en la jardinera destrozada de esa mañana. Ella le saludó efusiva y se colgó de su brazo, contentísima.
Rin sabía que ella le platicaba de muchas cosas, pero sinceramente no recordaba ninguna. Su cabeza estaba bien lejana, y al mismo tiempo, a su lado. Ilusionada y haciendo ademanes, delineando lo que posiblemente fueran músculos, Gou estaba mucho más risueña de lo que la recordaba más temprano esa tarde. Hablando por teléfono con su madre un tiempo atrás, ella le había comentado que Gou lo extrañaba muchísimo y siendo franco, él a ella también. Sabía que nunca diría nada, intentando hacerse la fuerte, pero sabía tambien, por esos ojos rojos que derretían glaciales y que ahora brillaban intensos como el sol del medio día, que estaba sumamente emocionada y que fuera del monologo al que él repondría con monosílabos, los músculos no eran la razón.
—…ne, Oni-San?
Rin respondió afirmativamente con un monosílabo y su hermana se apegó más a su brazo, casi saltando de alegría. Él sonrió picando los dedicados dedos que se cerraban en el dorso de su codo y ella le sonrió de vuelta, más radiante de lo que en mucho tiempo la había visto.
Que esos dos bastardos hijos de la misma madre anduvieran tras los huesos de su hermana no era tan malo. En ese momento, caminando por bajo las farolas de esas estrechas calles que los guiaban a casa, se sentía más cercano a ella de lo que se sintió en mucho tiempo, aún antes de entrar a la academia policial.
Luego de haber dejado a su hermana en casa, era obvio que no iba a irse sin saludar a su madre y ésta, bastante contenta, le había invitado a pasar. El oficial no rechazó la oferta y esos cinco minutos que se había propuesto se convirtieron en una cena familiar, una plática en el sillón y una taza de café.
En eso estaban, disfrutando de una buena platica con cuando comenzó una lluvia torrencial.
Él usualmente checaba el pronóstico del tiempo antes de salir a trabajar. Este detalle a veces le facilitaba mucho la jornada, mas ese día no habían anunciado siquiera una probabilidad minúscula alguna de llovizna.
—Lo más probable es que sea un chubasco pasajero—Había comentado su madre —. Quédate hasta que pase.
Caminando en ropa deportiva con los tenis viejos que había dejado de antaño en su antigua habitación, Rin iba de vuelta a su propia casa, pese a las insistencias de su madre y de Gou de que se quedase a pasar la noche ahí. Había alegado tener trabajo muy temprano por la mañana. A todo intento el muchacho se negó y ya bastante acostumbrada, su madre optó por prestarle uno de los paraguas de la casa y no se movió de la puerta hasta que le hubo prometido que llamaría en cuanto llegara a su departamento.
La verdad nada le quitaba quedarse ahí una noche, y era mentira que tenía trabajo por la mañana. Su guardia comenzaba por la tarde el día siguiente. La cosa estaba en que, aunque era agradable ver a las dos mujeres de su vida, se sentía incómodo cuando ya estaba tan acostumbrado a una rutina.
Había besado la frente de su madre y revuelto los cabellos de su hermana antes de irse y eso había sido mucho para él, más le ayudó a mitigar un poco sus rostros descontentos por salir en medio de la tormenta. El lado positivo era que, a parte de su uniforme de trabajo, en la mochila vieja que le hubo prestado Gou cargaba también una buena dotación de congelados de comida casera que le habían obsequiado, preocupadas por su alimentación fuera de casa.
Las visitas a su madre usualmente eran así.
Un viento helado le hizo temblar hasta el esqueleto justo en el momento en el que pudo divisar el parque cercano a la estación de policía, alumbrado pobremente por una que otra farola colocadas en sitios desiguales.
Apretó el paso al saberse cerca de su departamento, el cual estaba a unas cuadras del lugar, conveniente por encontrarse próximo a la estación de policía. Cruzó por el medio tomando el mejor atajo que conocía y mientras se preocupaba por la ventisca que soplaba y le mojaba los costados, percibió de reojo una figura sentada penosamente en una banca.
Mojado hasta el tuétano y con la mirada cabizbaja, el pueblerino de esa tarde se encontraba ahí, sin hacer esfuerzo alguno por resguardarse de la lluvia.
Rin miró alrededor y se talló los ojos, pensando que miraba mal. Nadie, en su sano juicio o incluso dentro del delirio de la locura, se quedaría fuera recibiendo de lleno la furia de la tormenta, por ello, más intrigado que preocupado, se acercó a él.
—Oi —Le llamó y de nuevo su voz se dejó salir más ronca de lo que hubiera querido. El muchacho levantó la vista y le miró con sus enormes y tristes ojos azules. El policía tragó un grueso grumo de saliva que se le había atorado en la boca del esófago, junto con las palabras amables que por su cabeza había pasado decir —. Te estás mojando— finalmente le habló lo obvio.
La verdad, estuvo a nada de ofrecerle su paraguas para que dejara de mojarse, pero hacerlo sería tan inútil como preguntarle si estaba bien. Saltaba a la vista que no lo estaba.
Pese a ello, Nitori, si mal no recordaba el su nombre, le sonrió todo lo cálidamente que su tristeza le permitió y contestó con un escueto: —Así parece.
—Vete a casa —. Le ordenó y el otro, bajando la mirada, le contestó con escueto "si", sin moverse de la banca. — ¿En qué hotel te estás quedando? Esta tarde declaraste que acababas de llegar a la ciudad — El muchacho asintió con la cabeza, sin mirarle. Su cabello plateado obscurecido un par de tonos y su ropa parecía estar unida a su piel. Mirándole con ojos severos, Rin pensó que tenía un cráneo extraño —. Te acompañaré a reservar una habitación, si es lo que necesitas.
Nitori finalmente volteó y le miró de manera suplicante, esperando que le dejara en paz.
El oficial Matsuoka encajó entonces algunas piezas, deduciendo lo que probablemente era más elemental. Él, ciertamente, no era tan humanitario. Se consideraba a sí mismo como una buena persona, que era también una parte de su trabajo. Pero de eso, a cometer la locura de ser un buen samaritano, nunca en la vida le había pasado. El problema estaba en que las palabras le habían brotado como agua entre los labios y antes de darse cuenta, a éstas le había seguido el impulso de jalarlo del brazo.
— Ven a casa conmigo — Le había ofrecido. Y aunque estaba profundamente arrepentido, a esas alturas de los hechos y con la tormenta arreciando sobre sus cabezas, poco podía retractarse.
つづく
Al parecer en el capitulo anterior no salió el link de las tablas que mencioné. Por ello las invito a tipear en su buscador las palabras "30 Vicios" en el link de LiveJournal porque me parece interesante y me gustaban mucho esas tablas de fanfics.
Agradezco a las personas que me dejaron comentario, me esforzaré por sacar esto de manera rápida. Últimamente he tenido muchas obligaciones sobre mis hombros que me restaron tiempo, pero quiero llevar esto de manera diligente.
Sin más, me despido de ustedes y nos vemos en el próximo capítulo.
