Future Fish.

Capítulo 03. Reglas.

Aunque hubiera querido pagar por su amabilidad, lo cierto era que Nitori no traía consigo más que el dinero justo para comprar una taza de café.

Era triste, pero era cierto. Y, por ello mismo, en el primer momento en el que el oficial de policía se hubo descuidado, Aiichiro se desasió de su agarre y echó a correr.

O eso intentó.

Escuálido y medio famélico, una persona como él no tenía oportunidad alguna ante un hombre como Rin Matsuoka. Entrenado oficial de policía primero de su clase, maratonista conocido en Iwatobi y un excelente deportista de toda la vida. Escapar, más que ser un esfuerzo inútil, había sido un mero acto de humillación. Con reflejos casi felinos, al agente le bastaron tres pasos y lanzar su brazo hacia adelante para tomarlo de la muñeca con un agarre que le paralizó entero.

Ninguno dijo nada, y aunque le dolía, Nitori guardó la compostura hasta que llegaron, luego de un par de minutos, a un edificio que no se hallaba muy lejos de la estación de policía.

El hombre de predadores dientes digitó algunos números en el aparato de intercom con la mano que sostenía el paraguas y la reja de entrada se abrió con un molesto pitido. Aún si el peligris no se resistió en más, Rin lo jaló hacia dentro, guiándolo entre los pasillos de la construcción, metiéndolo de manera brusca al elevador y no lo soltó hasta llegar a una puerta en el cuarto piso. Antes de abrir le miró de manera severa, advirtiendo que le iría mal si trataba de escapar. El mensaje llegó fuerte y claro, por lo que al verse libre, el muchacho se dedicó únicamente a sobar su muñeca mirando al pelirrojo buscar las llaves en su mochila.

—Pasa— Soltó brusco, aterrando a Nitori, quien por su cabeza sólo pasaban ideas poco ingeniosas para regresar a la calle, antes de querer estar con aquella persona que tanto terror le causaba. Al contrario de Matsuoka, quien escuchando su propia voz se lamentó, esperando no estar enfermo por el dolor de su garganta raspada.

—Voy a pasar— Anunció vencido y con respeto el peli plata, bajando la cabeza. A Rin le pareció graciosa la forma "campirana" en la que el chico se quedó como varado en el gekan de la casa, sin decidirse siquiera por quitarse los zapatos. El pelirrojo, por su parte, cerró el paraguas de su madre y lo dejó escurriendo a un lado de la puerta, se descalzó los tenis y entró en la casa sin más. Paseó por el departamento buscando un par de toallas y cuando regresó, el chico mantenía la cabeza tan baja como cuando hubo entrado. Aunque molesto, al oficial de policía comenzaba a caerle en gracia los modos de ese chiquillo.

Rin miró entonces el reloj que había colocado sobre la puerta. Las manecillas apuntaban un cuarto de hora más allá de la media noche. Bastante tarde para lo que estaba acostumbrado, y aún así, no tenía pisca de sueño. —Entra de una vez— le murmuró dejando caer una toalla sobre la cabeza del otro —. No tenemos toda la noche.

Nitori titubeó. Sus píes lucharon por moverse, más su miedo le paralizó una vez que se hubo descalzado. — ¿Se-seguro? —Habló tan bajo, que el otro tuvo que acercar su oreja para poder escucharle —. Estoy empapado. No quiero importunar en su casa…er.. — le tembló la voz más que antes cuando se dio cuenta que no sabía el nombre de su improvisado benefactor —Oficial-San…

Rin alzó una ceja e hizo un bufido, producto de una risa mal contenida. — Rin —puntualizó al fin—. Matsuoka Rin — y se sonrío divertido ante su propia siguiente ocurrencia —. Tienes razón. Sería problemático que empaparas la casa a esta hora. Lo mejor será que te quites la ropa aquí.

El muchacho por fin le miró. Sus enormes ojos temblando inseguros, seriamente consternados, preguntando con su mirada azul claro si aquello era una broma. El oficial guardó la compostura dando a entender que era muy en serio. El joven se sintió perdido. Su muñeca aún punzaba, por lo que descartó el correr e irse, además que escuchó la puerta hacer click luego de que el oficial la hubiera cerrado tras de sí.

Rin levantó aún más la ceja esperando el momento en el que se negaría, pero, fuera de eso, sólo escuchó un obediente "Como usted diga, Matsuoka-San" medio ahogado entre las húmedas ropas mientras su invitado pasaba su mojada playera por sobre su cabeza. Su pecho níveo quedó campante al aire y el deportista no reaccionó hasta que escuchó la hebilla del cinturón desabrocharse. Estaba por alegar que todo era una broma, pero los pantalones cayeron más rápido que sus palabras. El chico en calcetines y un transparente, blanco y anticuado calzoncillo, con su ropa colgada de su brazo, le mostraron lo crueles que a veces sus bromas podían llegar a ser.

Perdido en la ciudad, arrastrado a cometer fechorías, detenido en el acto, encontrarse sin cobijo en medio de una tormenta y ahora siendo humillado por el mismo policía que lo había arrestado. Rin se dio una patada mental, considerándose un ser humano despreciable. A esas alturas, más que lástima, sentía pena por él.

—Yo…— Terminó sin saber que decir, frotándose con la palma derecha la parte trasera de su cuello, preguntándose si sería bueno decirle que todo eso había sido sólo una broma —. Pasa, por favor —Se mostró sumiso, bastante apenado —. Te prepararé el baño. Siéntete como en casa.

Aiichiro asintió con la cabeza murmurando un par de veces gracias. Cuando el policía se hubo retirado al baño, más que aliviado, se sintió consternado. Cruel y despiadado, bastaba de un segundo para que se convirtiera en una persona atenta y amable. Matsuoka-San poseía un carácter insufrible que le confundía de una manera exasperante. Por ello, esperando a que le llamase, Nitori se prometió que no bajaría la guardia.


Matsuoka se sintió terriblemente culpable. Había sido un imbécil con el chico que esperaba semi desnudo en su recibidor. Malo era todo lo que él sabía que había pasado más todo lo que probablemente no tenía ni idea.

Miró atentamente la bañera mientras esta se llenaba. Bien pudo haberle ofrecido sólo el darse una ducha rápida, pero recordarlo sentado miserablemente en esa banca recibiendo toda la furia de la tormenta hizo que algo se moviera en su interior. Algo enmohecido que rechinaba sólo cuando se trataba de su madre y de Gou. Algo que se retorcía cuando miraba a Haru. Un engranaje torcido que se enderezaba cuando acompañaba a Sousuke a sus sesiones de rehabilitación.

Se sonrió a sí mismo agregando al agua esas sales relajantes que alguna vez le hubo regalado su hermana y que simplemente nunca se dignó a usar. Que sintiera eso no lo hacía un desalmado como se imaginó a sí mismo luego de volver de estudiar en el extranjero, más, saliendo a la sala y sentir el frío del aire acondicionado que por inercia había encendido al llegar, le cobijó de nuevo el firme pensamiento de lo imbécil que en realidad era.

Nitori, sin moverse de su sitio, temblaba de frío en una esquina, aferrándose a la toalla mojada en la que había envuelto su ropa para no empapar el suelo.

Y aunque se consideraba a sí mismo como un imbécil, mirar al chico pálido y congelado, le hizo pensar que el otro era algo —y siendo amable— tonto.

—Oi —le llamó. Sus ojos se encontraron cuando se giró hacia él y la voz le salió mucho más suave de inmediato —. El baño está listo. Por favor, sígueme — Nitori así lo hizo, apretando fuerte la toalla entre sus brazos, pendiente de cualquier cambio de humor en el pelirrojo. Sus pies, ya sin calcetines, intentando hacer el menor ruido posible, pisando exactamente sobre la huella que dejara su anfitrión.

Rin se detuvo pocos segundos después frente a una puerta y Aiichiro volvió a respirar, consciente de que su nariz silbaba un poco por alguna razón. La tapó con la toalla en sus brazos, no queriendo hacer un sonido involuntario que molestara al oficial, quien de manera amable abría la puerta y extendía el brazo para que pudiera entrar.

Con el baño dividido en dos, la bañera se encontraba al fondo, detrás de unas puertas de cristal esmerilado, al frente había un lavabo con alacenas debajo, un espejo que ocupaba la mitad de la pared, cestos de mimbre y un centro de lavado ocupaba buena parte del otro extremo del cuarto.

—Entra — Murmuró Rin, y fue el turno del otro para acerar el oído para poder escuchar —. Usa lo que necesites. Si se te ofrece algo más, pídelo. —Nitori asintió y se metió al área de la bañera, aún cargando con sus ropas mojadas. Matsuoka, más rápido que el atolondrado reflejo por poner resistencia de Aiichiro, le quitó la toalla con todo lo que tenía, dispuesto a meterlo en ese momento a la lavadora junto con el uniforme que había usado ese día. El chico se dio por vencido y cerró la puerta tras de sí.

Un suspiro exasperado se le escapó de los dientes al oficial, más se tragó la maldición que estaba por profesar pensando en ese día, cuando, casi sin querer, cometió el error de rodar los ojos de manera irónica hacia el otro lado de la puerta.

Tras el cristal empañado del esmerilado de la puerta corredera, se notaba con una nitidez pasmante la silueta macilenta de Nitori. Con una lentitud penosa, el cuerpo encorvado se desnudó de los calzoncillos. Sin proponérselo, su aliento le formó un nudo en la garganta.

Apartando la vista decidió dirigirse a la cocina para descongelar una de las comidas armadas que su madre muy amablemente le había obsequiado esa misma noche, luego se dirigió a su habitación en busca de la manta más cálida que tuviese, removió en lo más profundo del armario, por alguna otra cosa que le pudiera servir. Por último, con su uniforme en mano, se dispuso a regresar al baño para meterlo todo a la lavadora.

Nada más entrar espió para ver si su invitado había terminado ya de bañarse, pero él seguía en la tina. Su cuerpo no parecía moverse, pero podía escuchar un silbido acompasado que sonaba cada tanto en tanto. El ligero chapoteo del agua le alivió cualquier preocupación mientras, como quien no quiere la cosa, vaciaba los bolsillos de la empapada ropa del muchacho.

Nitori no cargaba con nada más que una billetera de cuero mojada, unos cuantos papeles sin importancia a los que antes de la lluvia bien podrían haber sido tickets del supermercado, un billete de autobús ya perforado y una credencial de biblioteca de algún pueblo al que tal vez y remotamente, alguna vez había escuchado hablar. Fuera de eso, rebuscando muy en el fondo de la bolsa trasera, había encontrado nueve monedas que juntas hacían un exacto de ciento ochenta yenes, suficiente apenas para comprar una taza de café en el restaurante que estaba frente al parque cercano a la comisaría. Pensar en pagar una habitación de hotel sería considerado sólo poco más que un chiste.

Cargando con sólo la ropa que traía encima, esa arruinada billetera y el dinero para un café, la sospecha que se había hecho Rin apenas lo hubo arrastrado a su casa se hizo la opción más coherente.

Un mocoso escapado de casa.

Eso pasaba con frecuencia en esa ciudad. Y aunque el chico que silbaba sin ritmo en la bañera había sido el primero —y único— a quien había acogido en su casa, no era el primero al que encontraban vagando por la calle antes de dar parte al municipio para enviarlo de vuelta a su hogar.

Llamaría al teniente ese mismo día, apenas el sol saliera y vería que mandaran de regreso al chiquillo antes de que todo eso se volverá algo peor. Aún recordaba con mal trago la vez que se había escapado un desgarbado adolecente de alguna secundaria al otro lado del país y había aparecido en Iwatobi. Los padres habían hecho ya un escándalo en los medios y al alcalde le pareció buena idea dejar que se televisara de manera nacional el emotivo reencuentro. La comisaría se había convertido en un circo y ellos, los policías, en meras niñeras.

Remembrar el evento le hizo tirar la bilis.

El chapoteo de agua le avisó que el posible fugitivo estaba por salir del agua, por lo que se apresuró a meter todo a la lavadora y guardar la cartera en uno de los bolsillos de ese viejo pants que usaba para dormir. Ni bien la había guardado, la puerta se deslizó y Aiichiro caminó apenado hacia él, con una toalla cubriendo su cintura y en la mano izquierda su húmeda prenda interior. Rin intentó ser amable y le señaló con un movimiento de cabeza para que la metiera a la lavadora, haciendo como que sólo esperaba esa prenda para poner a trabajar el aparato.

Sin palabras le indicó que lo siguiera a la sala.

El departamento del oficial no era realmente muy grande, pero contaba con lo necesario para que una o dos personas vivieran cómodamente en el lugar. Limpio y bastante ordenado, la residencia era del tipo "1LDK" que nada tenía que envidiarle a sus similares en Tokyo. Nitori pudo observar una puerta a lado del cuarto de baño, por lo que supuso que era la puerta correspondiente al retrete. Pasando el angosto y largo pasillo, estaba el marco que daba al comedor, la cocina y la sala, la puerta al fondo del pasillo, por descarte, debía ser el dormitorio.

Rin Matsuoka le guió hasta uno de lo de los dos sillones con los que contaba la estancia, el que era de tres plazas. Le pidió que se sentara a su lado y éste así lo hizo, mirándolo atentamente.

—Seré franco —comenzó el oficial, sin rodeos, amarrando en una pequeña cola su cabello borgoña. Miró por sobre el marco de la sala el otro de los numerosos relojes que se encontraban en su casa. Estaban a un par de minutos de la una de la mañana. Era tarde y el sueño comenzaba a posarse sobre sus ojos —. Sé que te has escapado de casa y pienso devolverte cuanto antes. Permitiré que te quedes esta noche aquí, pero necesito que por la mañana me acompañes al ayuntamiento.

Nitori, quien muy difícilmente le puso atención en un principio, distraído con su propia desnudez y el aroma de comida que volaba por sobre su cabeza, insertándosele en su nariz silbante, reaccionó cuando el policía mencionó algo sobre haber escapado de casa y devolverle a su pueblo. Sus piernas se estiraron como resortes y la toalla casi se le cayó.

¿Escapar de casa? ¡Ni que fuera un niño!

Un click en su cabeza le hizo a Aiichiro entender la situación. Lamentablemente para él, no era la primera vez.

—Matsuoka-San…—Tragó saliva, intentando ser lo menos impertinente posible. Sabía, porque no era tan tonto, que no estaba en la mejor situación. Desnudo salvo por una toalla y tan hambriento como nunca había estado, débil y demacrado, tenía todas las de perder —. ¿Cuántos años cree usted que tengo?

— Dieciséis.

Algo se rompió dentro de Nitori y no sabía qué. Si el orgullo por la respuesta sin rodeos que había expresado el oficial de policía, o una tripa, oliendo lo tan estupendamente delicioso que se descongelaba en el microondas.

—Tengo veintidós.

De haber estado bebiendo algo, Rin lo habría escupido de inmediato. Alguna vez alguien le hubo dicho que la vida en el campo te ayuda a la buena salud, que mucha gente se mudaba allá para sentirse revitalizado, perder el estrés y oxigenar sus cerebros. Pero éste chico parecía haber encontrado la fuente de la eterna juventud. Él estaba por decir catorce, sólo por picarlo un poco, mas no quiso por haber sido lo suficientemente malnacido por un día.

¡Si tenía la misma edad de Gou!

Incrédulo por llevarle sólo un año de edad, sacó la billetera, inspeccionado la credencial, fijándose en el año de su nacimiento.

Nitori dejó atrás lo ofendido y hambriento que se sentía, para sentirse ultrajado. Así, sin más, ese agente le había arrastrado hasta su casa, le había hecho desnudarse en la puerta y ahora inspeccionaba sus cosas sin su consentimiento. Bien le habían advertido sobre los peligros de la ciudad, pero jamás le dijeron que debía cuidarse hasta de los mismos policías.

Su nariz silbó de nuevo al tiempo en el que se estiraba para quitarle la única identificación que le quedaba.

Iba a reclamarle, claro estaba. Iba a decirle todas y cada una de sus verdades. Iba a dejarle muy en claro qué, aún si venía del campo, tratarlo de la manera en la que había sido tratado nada más poner un pie en Iwatobi era no sólo un caso de abuso de poder, sino también una violación directa a sus derechos humanos. Iba a enseñarle lo que eran las normas de la buena etiqueta, las reglas del buen anfitrión y lo que era adecuando al tratar con gente de fuera, que venía solamente a ver como buenamente se ganaban la vida…

Nitori Aiichiro iba a dejarle muchas cosas en claro, más el pitido del horno y el gruñido de su existencia haciendo eco en sus intestinos vacíos le hicieron dejar ese iba para después. Finalmente, ese iba se convertiría en un hubiera que probablemente se recriminaría así mismo el resto de la noche. En ese momento toda esa furia se le drenó al sentir su cara colorada.

Matsuoka le pidió entonces que se acercara a la mesa. —Come algo mientras me cuentas que pasó contigo el día de hoy — le invitó. Cuando su invitado comenzó a hablar entre bocado y bocado, Rin comprobó que lo único que había comido en todo el día había sido la dona que le obsequiara por la tarde.

Como ya sabía, apenas hubo llegado a la cuidad cuando tuvo la mala fortuna de toparse con Momotaro, quien, por alguna razón, lo había visto perfecto como ayudante en otra de sus descabelladas ideas para declararse a su hermana. Luego del escándalo y de que alguien hubiera llamado a la policía, había sido arrestado y en el ínterin de todo ello había perdido su mochila en la que llevaba lo necesario para el inicio de su estadía en la ciudad. Básicamente lo había perdido todo. Su ropa, sus ahorros y los papeles y certificados que había traído consigo en caso de que le solicitasen comprobantes de algo en su búsqueda laboral.

— Recuerdo haberla dejado en la jardinera cuando intentaba que Momotaro-San dejara de arrancar las flores — comentó con la boca llena.

Rin lo recordaba. Recordaba muy bien el momento en el que lo había esposado y que éste miraba hacia la jardinera. Una vez liberado de los cargos lo había visto correr en dirección al establecimiento donde trabajaba su hermana ,terminado por replantar las flores mientras buscaba algo entre la vegetación que el menor de los Mikoshiba bien se había encargado de destruir.

El muchacho no habría sido muy listo al elegir sólo cargar consigo ciento ochenta yenes y una cartera llena de tickets y la credencial de la biblioteca, pero era tristemente obvio que nunca volvería a ver esa mochila.

Así las cosas.

— No pareces mala persona —murmuró al levantarse de la silla, dejando que cenara en paz, y cuando vio que se pasaba el ultimo bocado, volvió a sentarse con él, dejando una caja de cartón sobre la mesa del pequeño comedor —. Esta ropa tiene mucho tiempo que ha dejado de quedarme, pero creo que a ti te vendría bien. Todo está limpio así que toma lo que necesites — se sobó la nuca y Nitori comprendió que hacía eso cuando estaba apenado —.No tengo ropa interior de ese tiempo, pero puedo obsequiarte un par de bóxers, si no te molesta que no sean nuevos. Te he dejado un cobertor en el sillón, si quieres puedes dormir en la sala.

Sonrió cálidamente aceptando la ropa que le daba. Muy en el fondo y con apenas unas horas de haberse topado con él, Nitori comenzaba a comprenderlo. El oficial Matsuoka era una buena persona después de todo. Algo torpe, mas lleno de una amabilidad bruta.


Media hora después tuvo que morderse los labios para no echarse a reír. Recostado boca arriba en lo que podría considerarse la sala de un completo extraño, recordó el teléfono de casa sonar y escuchar el regaño de una mujer apenas el oficial descolgó el auricular, le oyó contestar con monosílabos y luego asegurar que había llegado con bien.

Se acurrucó contra las mantas, vistiendo unos boxers que si bien muy probablemente a su anfitrión le quedaban ceñidos, a él le quedaban grandes. Llevaba también una playera que tenía un simpático canguro con guantes de box y lentes obscuros.

Todo ese día de locos le había enseñado un par de cosas: Siempre espera lo inesperado. Lleva en tu cartera dinero suficiente al menos para dos comidas. La amabilidad viene a veces cubierta de carbón, y que el destino tenía sus propias reglas para hacer las cosas.

El peliplata de dejó caer dormido, resignado a que ese odioso silbido en su nariz le arrullara.

つづく


La verdad quería publicar desde antes, y me había propuesto hacerlo cada miércoles, pero esta semana me fue imposible. Si la encuentran medio rara, posiblemente sea porque llevo dos días desvelada. Le doy muchas gracias a la gente que me ha dejado review, también agradezco por los favs y los follows. Yo sólo me deleito dejando volar mi imaginación, el que les guste lo que hago es un plus que me alegra mucho la existencia.

Mando un beso a todos y les recuerdo visitar la tabla.