Future Fish.
Capítulo 04. Café.
En una ciudad tan tranquila como lo era Iwatobi, las emergencias más comunes por las que se le convocaba a Makoto, eran: 1) Bajar gatitos de los arboles, y 2) Sofocar algún incendio en el Centro de Ciencia y Tecnología, provocado, mas no planeado, por el Dr. Ryugazaki Rei, o bien, en la casa de éste.
A Makoto no le molestaba ni lo uno ni lo otro. Había ocasiones en las que pasaban semanas antes de que le llamaran, resultando no ser nada grave en cuestión; y aunque se sentía a veces un poco deprimido por ese desuso de su oficio, le agradaba que en la ciudad se respirara serenidad.
Sus tareas diarias residían más en destapar coladeras y ejercitarse para cualquier posible desafortunada eventualidad o las demostraciones que se hacían de forma periódica en las escuelas sobre la importancia de la prevención en caso de un siniestro, que atender emergencias en sí.
Esa semana, de hecho, había impartido un curso de primeros auxilios en la preparatoria Iwatobi y hecho un simulacro de incendio en la escuela de natación de Sasabe-San.
Hoy día, luego de la terrible tormenta de la noche anterior, le había tocado una mañana llena de coladeras obstruidas que destapar. Al fin, después de un par de días de sentirse inútil al no haber incidencia alguna de incendio en el laboratorio de su amigo, había hecho algo por la comunidad.
Así era el oficial Tachibana. Una buena persona de verdad. Un noble hombre entregado a su comunidad y al bien de ésta. La clase de gente que ayuda a las ancianas a cruzar la calle y a las mujeres a llevar la compra hasta el coche. De los que te seden el asiento en el tren, sin importar lo cansado que esté de la jornada, o de los que te regalan una sonrisa cuando tu día ha ido de mierda. Porque la sonrisa de ese hombre no era nada menos que deslumbrante. Del tipo de sonrisas que iluminan más que el sol.
Mas la sonrisa de hoy, esa de un millón de volts, aunque brillante, estaba algo apagada.
Luego de terminar la labor y decidirse a almorzar tranquilo y con la conciencia limpia, se encontró con una de sus emergencias comunes maullando en una de las ramas altas de un árbol en el parque frente al restaurante donde trabajaba su "mejor amigo".
Así, entre comillas.
Y es que, recordando los besos que a veces se daban, de amigos ya habían avanzado un tanto.
En sí, luego de escuchar el felino llamado del deber y de treparse al árbol de una manera demasiado presta, producto de años y años de bajar gatos y a sus hermanos de ramas más altas de las que podían descender, Makoto atrapó al minino, que en ningún momento puso resistencia. Así era el bueno de Tachibana, a quien hasta los animales se acercaban por propia voluntad.
Acarició con parsimonia el pelaje blanco con unas manchas negras bien particulares. La genética era extraña, pensó, más siguió acariciando el "Gou-San sal conmigo" que muy caprichosamente, creyó él, la madre naturaleza había impreso en el animal. El gato se le acurrucó en los brazos de buena gana y él se dejó tentar por el paisaje pintoresco de una ciudad tranquila luego de una noche de lluvia. Trepado en el árbol con felino en brazos, ignorando a los transeúntes que levantaban la mirada para verle, miraba lo que para él era la mejor vista del mundo, más que nada porque desde el otro lado de la calle le llegaba el dulce olor del pan recién horneado mezclado con él café recién molido.
El restaurantito era de un pintoresco estilo europeo, muy chic, con sus mesitas redondas de madera y marcos de aluminio y sus delicadas sillas a juego acomodadas en la terraza de la acera cobijada con un toldo de líneas blancas y glaucas, con sus vayas verdes de hierro forjado de metales enredados en graciosos espirales que llegaban a la rodilla –a su rodilla— con arbustos en macetas de madera blanca y arboles encerrados en jardineras de ladrillo rojo y su pizarra negra de caballete con el menú del día junto a la puerta. Y Haru. Su Haru.
Ese Haru impasible que cocinaba toda clase de manjares con una habilidad tan maravillosa que lo hacía ver como si para él no fuera nada. Sólo él podía hacer un arte de algo tan simple como cocer un huevo. Haru, con su filipina impecable, su pañoleta azul rey, su delantal marrón de medio corte y el Toque Blanche. Ese sensual chef al que había visto crecer a su lado y del que estaba perdida y completamente enamorado. Ese testarudo ecuánime de ojos tan azules como la profundidad de ese océano que tenía por pensamientos en los que podía zambullirse sin restricción alguna.
Ese Haru. Su Haru, que salía a la terraza cargando un par de tazas de café para sentarse con el Oficial Matsuoka.
Haru, su Haru, hablando a solas con Rin. Esa persona que despertaba tantas cosas que ni él, con todo y que le conociera como la palma de su mano y con el que alguna vez compartió hasta los pañales, tuvo el privilegio de sacudir.
Y aún si el sentimiento era mezquino, algo se rompió en su interior. Sentir al monstruo de ojos verdes reptar entre sus pensamientos para susurrarle cosas al oído le hizo oprimir el pecho. Él sabía, sabía muy bien, que estaba mal sentir celos de Matsuoka, porque dentro de todo, también era uno de sus muy preciados amigos. Y eso…eso no era buena onda.
Rin maldijo por lo bajo mirando las monedas en su mano, caminando apresurado a su trabajo. Haru no le había cobrado los ciento ochenta yenes del café. No le había cobrado y a él le chocaba deberle algo. No, a Rin Matsuoka no le gustaba deberle ni favores ni dinero a nadie, y en ese momento le debía a Haruka las dos cosas.
Cargando con las nueve moneditas de Nitori, el oficial de policía salió una hora más temprano de su casa.
Cuidar de una persona era algo trabajoso. Requería de un costo y de un esfuerzo que él no tenía intención alguna de malgastar. Cargar consigo mismo ya era lo suficientemente demandante como para cuidar de otra persona, y era precisamente por eso, pese a las insistencias de su madre y a las un poco más disimuladas insinuaciones de Gou, que se reusaba a tener pareja.
No era tampoco que jamás hubiera tenido novia o algo por el estilo, claro estaba. Como buen muchacho de su edad contaba con algunas experiencias encima. Tanto buenas como malas. Noviecillas de secundaria, amigas con derecho en la preparatoria y universidad e incluso, más recientemente, ligues de una noche. Lo normal, se dijo, para alguien de su edad. Y si algo había aprendido de todo ello, era que le gustaba su individualidad. Su espacio personal era algo tan sagrado que sólo había una persona con la que, fuera de la amistad, estaba dispuesto a ceder.
Y acababa de tomar un café con él.
Miró de nuevo las monedas en su mano y se maldijo aún más mordazmente que antes, recriminándose su impuso de buen samaritano. Ahora mismo que tenía menos tiempo y ganas de cargar con nadie, se había echado un compromiso encima más grande de lo que realmente se sentía capaz de cargar.
Luego de jalar impulsivamente al muchacho consigo, ahora lo tenía en casa ardiendo en una fiebre altísima.
Bufando en un puchero infantil, Rin se dejó caer pesadamente frente a su escritorio más malhumorado que de costumbre.
—Pareciera que has visto a Gou aceptar salir con el enano Mikoshiba — La voz profunda de su mejor amigo le crispó cada vertebra en la espalda —. Anda, vamos a patrullaje. He ordenado ya el papeleo.
Rin simplemente se levantó y le siguió. Si había alguien que lo conocía mejor que Haru, ese era sin duda Yamazaki. Tan bien se conocían, que leyendo entre líneas le invitaba a tomar algo de aire fuera mientras le contaba que le pasaba.
Por ello, ya lejos de la comisaría Rin se descoció sin más.
Terminó desperdiciando su hora libre arriba de un árbol, mirándolos hablar largo y tendido. A veces, cuando las cosas se ponían enérgicas, Rin hacía ademanes y ponía caras compungidas de las que Makoto no perdió detalle. Si bien sabía leer a Haru como a su libro favorito, aún le faltaba mucha práctica en la interpretación de labios. No le quedó más que esperar y observarlos, mimando al gato, aún si moría por saber el tema de conversación.
Hasta que Matsuoka se hubo ido, fue que pudo bajar del árbol, quedando grabada de manera inquieta en su memoria el momento en el que éste intentó pagar por el café y Haru se reusó a tomar el dinero.
Algo se traían esos dos, y por muy miserable que se sintiera, iba a buscar la manera de averiguarlo.
Después de todo no sería justo que Haru aceptara sus atenciones y al mismo tiempo fuera tras las de Matsuoka.
Sin tiempo ya de comer, Makoto terminó comparando un sándwich y una soda en alguna tienda de la zona, y apenas pudo retirarse de sus labores, fue a la parte trasera del restaurante a esperar al chef para poder ir a casa juntos.
Haru raras veces se mostraba sorprendido, sin ser esta una excepción. De vez en cuando pasaba. Salía del trabajo y Makoto estaba ahí, aguardando por él — ¿Qué haces aquí? — preguntó con su natural tono monótono. No le sorprendió que Makoto no se tomara a mal su brusquedad, tampoco lo hizo la pobre escusa de visitar la casa de sus padres.
Nanase miró con atención a Tachibana por el largo camino que lo llevaría a su casa. Caminando entre las calles del centro de la ciudad hasta llegar a la estación del tren le prestó mucha atención a sus largas pestañas, de manera desinteresada se encargó de que sus meñiques se tocaran mientras el vagón se deslizaba por los rieles cuando se sentaron juntos y mientras anduvieron en la ladera de la playa se centró en su voz suave.
Makoto no paraba de hablar. En realidad, Makoto nunca se callaba. Siempre tenía algo amable que decir. Algo sincero y confortante, porque Makoto veía hacia adentro. De alguna manera se las ingeniaba para decir de manera interesante la más trivial de las trivialidades. Y eso, sinceramente, a Haru le encantaba.
Estar con Makoto era no preocuparse por nimiedades. Él le miraba de manera verdadera y le entendía sin necesidad de siquiera una palabra.
Pero también estaba la contraparte. Ese Makoto inseguro e ingenuo que solía emerger más veces de las que le gustaba admitir. Ese que se escondía tras la sonrisa titubeante de ojos opacados. El Makoto que se comía la cabeza de manera innecesaria y que se imaginaba cosas de más. El Makoto que no admitía en sí sentimientos tóxicos y se auto flagelaba de manera culpable en cuanto esas emociones negativas, pero bien humanos, reposaban en la superficie de su alma. El Makoto frágil que se rompía luego de un arduo camino de cargar a todos sobre sí y que necesitaba de un abrazo que le lo levantara.
Ese Makoto necesitado y asustado que le jalaba de la orilla de la camisa pidiendo ser reparando antes de caer en pedazos. Ese Makoto, justo el de ahora, que tampoco se callaba para rodear los hechos por temor al silencio.
Haru sabía reconocerlo muy bien, porque para él, Makoto también era un libro abierto.
— ¿Quieres un café? —murmuró de manera fría a dos escalones de la desviación que el otro debía tomar para ir llegar a la residencia Tachibana. Makoto entendió lo implícito en la invitación concibiendo que tampoco hubiera cabida para declinar.
—Me encantaría, Haru-Chan.
Y la sonrisa opaca apareció de nuevo.
Rin llegó a su departamento una hora más temprano de lo que acostumbraba cuando le tocaba el horario vespertino. Luego de su ronda y de hablar de manera tendida con Sousuke, se sentía mucho más tranquilo.
"Estás loco" — le golpeó cerca de la sien con cariño. Él se rió, agradeciendo el apoyo implícito en esas palabras. Así era entre ellos, leyendo entre líneas, codificando las primeras silabas o poniendo especial atención en las letras pequeñas.
"Zopenco de mierda"
"Nena llorona"
El oficial se carcajeó por lo bajo y cerró la puerta con el pie, acomodando su calzado en la zapatera de la entrada, inspeccionado desde su posición el pomo de la puerta. Antes de partir había colocado un poco de talco y la había cerrado con llave desde fuera.
No era muy dado a esas cosas, mas lo había hecho como medida de seguridad por si su invitado pretendía escapar. No sería la primera vez, y aunque viéndolo tan deplorable, no dudaba que volviera a intentarlo.
Sin huellas de dedos lo limpió con uno de sus calcetines antes de dirigirse a la cocina. Miró la mesa limpia sin rastro alguno de la comida que había descongelado para Nitori en caso de que a éste le hubiera dado hambre, mas cuando abrió el refrigerador encontró el plato casi sin haber sido tocado y las botellas de agua intactas.
Soltó un suspiro exasperado, recordando las palabras que su abuela le dijera cuando niño, que con el tiempo fueron repetidas por su madre, y ahora, casi como herencia generacional, caminando hacia la habitación con las medicinas en la mano, sentándose en el borde de su propia cama, tocando la frente afiebrada cubierta por sudorosos cabellos plateados y mirando la amoratada muñeca con la marca de sus dedos, le tocaba decir a él.
— Enfermo que come y mea, el diablo que se la crea.
Nitori gimió en su regazo, dejándose acariciar como a un niño.
Cuidar de una persona era una tarea no sólo pesada, sino también complicada. Un cargo extra que Rin, en su vida, se había planeado hacer.
Sin embargo ahí estaba ahora, diluyendo una infusión en un vaso de agua mientras preparaba la cafetera.
Colocó la taza sobre la mesilla del living.
Sentado uno frente al otro, Makoto no pudo esconder el gesto de asombro que sin querer se le escapó. Rin, Matsuoka Rin, proporcionando cobijo a un desconocido.
Makoto no era de pensar mal de la gente, salvo cuando se trataba de Haruka, su Haruka, y Rin.
Rin Matsuoka. Su amigo de mal carácter que gustaba, casi siempre, de la soledad. Que prefería darse la vuelta en una fiesta e irse más temprano. El primero en volar lejos para cumplir con aquellas metas impuestas. El disciplinado obseso que se exigía a sí mismo, tanto o más que lo que exigía de los demás y que, aunque buena persona, le costaba coexistir con alguien más. Matsuoka Rin.
Temeroso de haber escuchado mal, repitió de manera acelerada, buscando leer cualquier posible mentira en el rostro de su anfitrión — ¿Rin, Rin?
—Sí.
— ¿Rin Matsuoka?
— Si.
— ¿Rin Matsuoka, de cabello rojo y dientes de sierra?
Haruka suspiró sobre su café, enojado por esa desconfianza y la incredulidad que el otro le mostraba —Si, Rin Matsuoka¸ el oficial de policía, mi rival en natación, de cabello rojo, dientes de sierra y de mecha demasiado corta. El hermano de Gou que se fue a vivir a Australia. Ese Rin Matsuoka, por el que yo no siento nada — Colmado de la paciencia, a veces, últimamente con más frecuencia, Haruka necesitaba recalcar ese punto —Ese Rin Matsuoka fue a verme hoy. Me pidió, de hecho, un favor.
El cocinero le resumió en un par enunciados toda la conversación que tuvo con el policía durante ese medio día, intentando ser lo más claro posible. Finalmente, para que el otro dejara de dudar, se recorrió de su lugar para poder pegarse lo más que pudo al hombro del bombero, antes de tomarle de una mejilla y regalarle un amargo beso.
—Hace unos días le comenté que había renunciado nuestro barista y Rin me pidió hoy que le dé trabajo a ese chiquillo que tiene en su casa.
Makoto hizo una mueca antes de iniciar otro beso, golpeándose mentalmente por dudar de sus amigos.
つづく
Hasta aquí lo dejo hoy. La idea era publicarla desde ayer, pero la verdad me ha comido el tiempo. Les pido disculpas y espero también que les haya gustado. A mí me divierte mucho imaginar la historia (y también me divierte imaginar algunos lemons). Si creen que la cosa está lenta, avísenme, si ven algún error, díganmelo también.
Agradezco nuevamente a quienes me han dejado review, follow y a los que han agregado la historia a sus favoritos. Me siento muy honrada, la verdad. Los quiero mucho.
