Future Fish.

Capítulo 07. Celos.

—Salgo con Makoto — murmuró Haru con voz pétrea, casi aburrida. Los oídos de Rin notaron la expectante nota que se colaba entre el aparente desinterés. Sobraba decir que el pelirrojo se quedó un momento sin habla. Sus respiraciones rompían el silencio en el que se habían sumido y, ni uno ni el otro, se atrevió a moverse. Finalmente Rin se giró para quedar de costado en la cama, mirando expectante la inmovilidad de su amigo, quien veía de manera penetrante hacia el techo de la habitación.

Tragó saliva seca y paseo con cuidado la lengua por sus propios labios cuarteados, girando levemente el cuerpo hacia el costado. Colocó un brazo bajo su cabello rojizo, el otro se acomodó sobre su vientre. Necesitaba ver con detenimiento a su compañero para no perder detalle de nada importante. Ahora mismo, cualquier reacción, mohín, lo que fuera, era crucial. Su corazón acelerado haciendo eco en el vacío de su mente. Había oído mal ¿verdad?

— ¿Salir cómo?.

Haruka no se movió ni un ápice. Su expresión no titubeó. La cabeza firme en la almohada y ambos brazos sobre su estomago, siguiendo su propio movimiento al respirar. Abrió la boca y la volvió a cerrar, como un pez que boquea por ultima vez, fuera del agua.

Do you mean that you two go out? Like in a dates? like a friends at are boys?...or as in lovers?

El pelinegro enfocó sus orbes azules hacia él apenas por el rabillo del ojo sin cambiar de posición. Le hubiera gustado decir que no había entendido nada en absoluto, quejarse de su horrible costumbre de hablar en inglés en los momentos más cruciales; pero no tenía fuerzas ni de eso. No tenía fuerzas de nada.

Salir con Makoto.

Saboreó la sensación ignorando el hueco abierto en su pecho. No. En realidad no salía con Makoto.

La verdad era que se besaba con Makoto. Se tocaba con Makoto. Sin embargo, no salía con Makoto.

En retrospectiva, no tenía nada con Makoto.

Su cabeza comenzó a doler. Mitad esas dos cervezas que habían tomado en el bar, mitad la confusión que el bombero le causaba.

Lo amaba, claro estaba, pero estaba cansado de él. Se sentía como decían que era ahogarse en el agua. Impotente y desesperado.

—Lo amo— Dijo al fin sin desprender la vista del techo. Sus palabras apenas acariciaron el silencio. — Nos besamos y hacemos…cosas.

—Ah. — Algo dentro de Rin se rompió. Lenta y ruidosamente. A ciencia cierta, él no sabía si era su corazón o su cabeza, pero dolía y le asfixiaba. Le quemaba los ojos y el pecho de manera insoportable. Luego estaba esa mirada azul y profunda. Expectante.

Haruka había girado el rostro para mirarle concentradamente.

— Lo haz sentido ¿verdad? — sonó roncamente demandante —. Sabes cómo es ¿no?

¿Qué sí lo sabía? ¡Claro que lo sabía! De hecho, lo sentía en ese momento. Lo había sentido desde los doce años, cuando se había quedado anclado al piso en el club de natación esa terrible primavera en la que había conocido a Haru. Su vida se había detenido en ese instante. Sus anhelos habían adoptado un nombre.

Y ahora su corazón había sido roto.

Una mano en su mejilla conjunta con la mirada azul profundo le hicieron descubrir que estaba llorando.

—¿Estás bien?

Al final se mordió la lengua para disimular el porqué de su lagrimeo.


Nitori se despertó temprano en la mañana.

La noche anterior le habían dejado en casa e inmediatamente después Matsuoka-San se había llevado con él a su nuevo jefe.

Les esperó por largo rato, pero al final, dadas las tantas de la madrugada, tendió el futón en la sala y durmió como una roca. No supo cuando llegaron, pero vio los zapatos de su jefe en el gekan cuando se había levantado para ir al baño un par de horas atrás.

Se tronó los hombros y miró el reloj. Quería adjudicarse a la costumbre de su cuerpo el haberse despertado antes de las seis de la mañana, pero la innegable realidad radicaba en el delicioso aroma que la cocina desprendía y a Nanase-San frente a la estufa vigilando los hot cakes.

Mantuvo la respiración e intentó, de forma instintiva, no moverse. Sobre todo cuando una voz más en la cocina se escuchó con claridad. Se giró muy lento para que las sabanas no crujiesen, intentando mirar por el rabillo del ojo a través del marco de la barra lo que acontecía frente la estufa.

Nanase lanzaba con presteza los hot cakes en el aire y volvía a atraparlos con la sartén. Su rostro impávido no mostraba pizca de emoción alguna. En cambio, por otro lado, Matsuoka dejaba cuatro platos sobre la barra y volteaba a verle con su dentaba boca llena de colmillos amagando una sonrisa.

Una brillante sonrisa, de hecho.

Una sonrisa tal, que Nitori no había visto nunca adornando los labios de su anfitrión. Una sonrisa especial.

Su corazón debió dar un vuelco dentro de su pecho, porque sintió una presión atorada en la parte trasera de su espalda bastante dolorosa con sólo ver esos dientes curvando hacia arriba.

Una sonrisa dedicada. Una sonrisa para Haruka Nanase…

Aiichirou sentía que el aire estaba demasiado viciado como para poderlo respirar.

Inhaló y exhaló de manera calmada durante unos segundos, tal como debía hacer cada que hiperventilaba por el asma.

¿Por qué se había sentido así al ver aquella escena? Se profesó más confundido que consternado. También notó que el cocinero no había dormido en el sillón y sabía que Matsuoka-San sólo tenía una cama.

No tenía sentido alguno.


Esa mañana, cuando despertó, Haruka tenía un mensaje. Supo al instante con sólo ver la lucecita azul parpadear una y otra vez en el aparato, que este sería de Makoto ¿Quién otro sino él? Ya lo veía venir. Después de todo se había escapado con Rin esa noche. La furia de Tachibana Makoto habría de estar encendida desde el momento en el que lo había dejado plantado. Conociéndole, probablemente le habría buscado por la ciudad.

Otra cosa que notó apenas abrió los ojos, era que Rin ya no estaba en la cama. Le vio buscar cosas en el armario y desnudarse con parsimonia para colocarse su ropa deportiva.

Evitó mirarle de manera directa. De saber que había escapado con Matsuoka y dormido en la misma cama, Makoto se podría, más que furioso, celoso a un extremo impensable. Y Haruka prefería mil veces a un Makoto enojado, a uno insoportablemente receloso.

Por su cabeza fraguaron mil y un escusas para explicar su ausencia, mas se recordó lo mal mentiroso que era.

"Poco ingenioso, de imaginación atrofiada" — Le había descrito con amabilidad otra de las hermanas de Nagisa, el día en el que le contrató para el diseño de su restaurante — " Con sensibilidad de artista, pero de sociabilidad de autista".

Tomó su celular para leer el mensaje. La luz azul le aterró cuando ésta reflejó cerúlea la espalda desnuda de Matsuoka.

El aparato tenía contraseña y no recordaba cual era.

Sin mentirse a sí mismo, se sintió un poco preocupado. Necesitaba leer el mensaje y también tenía miedo de hacerlo. Makoto, se recordó, debía estar furioso esperando por él. Seguro lo había ido a buscar a su casa y si no había llegado hasta casa de Rin, probablemente era porque no sabía la clave de la reja y llamar tarde era una de las mañas que no tenía para con otra gente, por temor a ser una molestia.

Seguramente, conociendo al bombero, estaría en la entrada de su restaurante, esperando a que llegara para pedirle una explicación.

Le diré la verdad —se dijo —, y que pase lo que tenga que pasar. Si quiero que esto funcione, lo mejor es no esconder nada para no crear malos entendidos.

Haría el desayuno, le pediría a Nitori que le recordara la contraseña, iría con él al restaurante y mandaría al chico a limpiar la cocina en lo que se encargaba de hablar de manera sincera con Makoto.

Aunque, ya frente a la estufa con Rin susurrándole dónde encontrar los ingredientes en la alacena, se dio cuenta que a éste algo le molestaba. Fuera de Makoto, era malísimo para detectar el estado de animo de la gente, pero conociendo al pelirrojo de la manera en que lo hacía, podía notar un ligero cambio en su humor.

No quería meterse en más problemas ni agregar más preocupaciones a su cabeza, pero Rin no le engañaba. Esa sonrisa, aunque refrescante, no era natural.


Limpiaba las mesas en el restaurante en silencio mientras su jefe se encontraba horneando croissants frescos para cuando abrieran el local. Habían llegado alrededor de dos horas antes y trataban de adelantar pendientes para no estar apurados cuando llegaran los clientes.

Muy temprano por la mañana, cuando apenas se levantó, Nanase-San le había pedido de favor que le desbloqueara el celular porque había olvidado la contraseña. Matsuoka-San había salido a correr y se encontraban solos en el departamento. Nitori lo desbloqueó y se sentaron a la mesa a comer, sin apenas esperar por el policía.

Su jefe miró ceñudo el celular mientras comía con lentitud un pedazo de hot cake. Mientras lo desbloqueaba, el peligris se había dado cuenta que el aparato anunciaba dos mensajes no leídos en la pantalla de inicio. No sabía de quien eran, pero por la mueca en el rostro inexpresivo del cocinero, intuía que era; o alguien importante o alguien muy molesto.

Cuando terminaron el desayuno lavaron los platos y se marcharon temprano hacia el restaurante, dejándole al pelirrojo su parte.

Todo el camino el pelinegro había estado sumamente pensativo. Nitori, desde el día anterior había notado que su jefe era una persona callada, pero ese silencio, reconoció, no era normal. Algo andaba mal con el pelinegro y, empujado por su razón moral, se dispuso a intentar conversar con él.

— Nanase-San…¿Está usted bien?

Haruka desvió su atención del horno y le miró largamente por un momento.

— Estoy bien —murmuró, mas algo en el ceño fruncido ligeramente le indicó a Nitori que eso era realmente un "No, no estoy bien".

—Nanase-San, posiblemente hablar de las preocupaciones no resuelve ningún problema, pero al menos le dan a uno un alivio para tener la cabeza más fría.

El chef le miró desconfiado un momento. No estaba acostumbrado a hablar de más con gente que no fueran Makoto o Rin, sin embargo, en ese momento, lo que le aquejaba era eso mismo. Sin más, intentando no hondar sacó de sí la preocupación superficial que tenía respecto a Makoto.

—Ayer planeaba encontrarme con Makoto —dijo despacio. Planeando bien qué iba a soltar —, pero terminé yéndome contigo y con Rin. Pensé que se enojaría conmigo — Nitori le escuchó con paciencia. Sin saber la verdad sobre esa supuesta amistad entre su jefe y el bombero, hizo el juicio rápido y superfluo acerca de lo enojado que él también estaría sí le dejaran plantado tan tarde sin ninguna explicación. —. En la mañana tenía dos mensajes de él.

—¿Le decía que estaba enojado por haber sido plantado? ¿No le escribió usted ayer para explicarle que había salido con Matsuoka-San?

Haruka negó con la cabeza. Lo que menos quería decirle a Makoto, era que le dejaba plantado para escapar con Rin.

—Probablemente si le hubiera dicho que me había ido con Rin, se hubiera enojado más.

Aiichirou enarcó una ceja, bastante confundido.

—¿Ellos no se llevan bien? — preguntó. El chef meneó la cabeza antes de decir que ellos dos se llevaban de maravilla —. Entonces no veo el problema.

—Makoto es…— el sonido de la alarma del horno avisando que los croissants estaban listos, le dieron al pelinegro la pausa exacta para retractarse antes de decir lo que realmente Makoto y él eran — …él es mi mejor amigo. No puedo ocultarle nada.

Nitori ladeó la cabeza. No estaba seguro de entender bien el problema.

— ¿Hay algo que quiera ocultarle entonces?

Nanase pensó una sencilla manera de rodear el tema.

—Ayer quedé de verme con él y me fui con Rin. Makoto suele ser algo celoso con sus…compromisos.

—Ya veo. Es bombero después de todo. Su tiempo es precioso. Supongo qué, como su trabajo es arriesgado, busca tener seguro su tiempo y a sus seres queridos. — El peliplata le sonrió de manera inocente, ayudándole a sacar las bandejas del horno. Alumbrado por la luz del sol que penas llegaba del cristal de la puerta de la trastienda, a Haruka le hirió eso como una iluminación.

Apenas mirara a Makoto entrar por la puerta pidiendo su desayuno, le diría que había pasado la noche donde Rin. Que había tomado un par de cervezas y que había dormido en la misma cama. Que no había pasado nada, y que al fin le había contado al policía lo que pasaba entre ellos dos. Que antes de dormir, le hubo dicho a Rin a quien amaba.

Pero, con aquella iluminación, también llegó una revelación a la que había sido ciego por desinterés. Makoto era bombero. No importaba que tan tranquila fuera la ciudad, a veces se jugaba el cuello.

Miró su celular. Desde anoche que no había tenido mensaje alguno de Makoto. Fuera del : "Voy para allá" y él "Surgió una emergencia. Incendio en el bodegón de papel, te veo en la mañana para el desayuno", no había recibido más mensajes.

Lo había tomado como cotidiano. A veces le cancelaba y al día siguiente estaba ahí, aceptando la comida gratis mientras le platicaba de su emergencia que no había sido tan grave.

Un pitido sonó, y la tan molesta luz azul de un mensaje recibido le hicieron mostrar una sonrisa diminuta en el rostro. Así era Makoto. Siempre tan oportuno. Siempre presente en cuanto más se le pensaba.

Mas el alivio le duró bien poco. Con mala ortografía y palabras cambiadas por el auto corrector del aparato, la Señora Tachibana le daba los "Bonos tías" y preguntaba si: "¿No as vistoso ha nutria Marmota?".

En su cabeza, Haru hizo la conversión al idioma en cuestión:

—"Buenos días"— decía seguro —."¿No haz visto a nuestro Makoto?".

El castaño debía ocupar su tiempo en sentarse con su madre y enseñarle a mandar mensajes, en lugar de ponerse a cambiar sus fondos de pantalla por fotografías que no le interesaban. De cualquier forma lo esencial en ese momento era que ni sus padres ni él tenían noticias del bombero.

Un nuevo pitido y con mejor estructura, el padre de Makoto le hacía llegar otro mensaje:

"Según las noticias hay un par de bomberos heridos, pero no han revelado los nombres ¿Mi hijo se ha comunicado contigo? No contesta mis llamadas".

Una implosión en su pecho sumió hacia adentro todo su ser.

Las noticias. Necesitaba ver las noticias en ese preciso instante.

Empujando a Nitori, que estaba en su camino, corrió hacia su pequeño despacho. Dentro, junto a un librero con bitácoras de venta, removió una pintura que él mismo había hecho de una estrafalaria ave de ojos grandes y pupilas dilatadas. Casi arrancó la puerta de una pequeña caja fuerte. Voz a cuello, de manera ahogada llamó en un grito a su barista. Ni bien Aiichirou cruzó la puerta, Haruka empujó contra su pecho un puñado de billetes de denominación bastante amplia.

—Una tele —Musitó —.Ve y compra un televisor.

Nitori le tomó de la mano de donde lo empujaba. La expresión en la cara de Haruka era calma, pero sus ojos lucían desesperados.

—Calma — le murmuró quedo —, calma, Nanase-San ¿Está bien? ¿Qué pasa?

Haruka apretó los labios.

—Ve, por favor, y compra un televisor. Hay un local a dos cuadras de aquí. Ve y compra uno. También un radio.

El muchacho estuvo por decir que no. Matsuoka-San le había comentado sobre la excentricidad que caracterizaba al chef, pero pensó que sólo se refería a su gusto magnificado por el pescado y el magnetismo que los felinos sentían para con él. Le parecía una locura espontanea. Sin embargo él era su jefe y le había prometido la tarde anterior que le ayudaría en todo lo que pudiese.

Cerró la mano sobre las del chef y tomó el dinero. Salió del local con una sonrisa distraída guardándose el fajo de billetes en el bolsillo del pantalón.

Mientras Nitori salía a hacer su encargo, Haruka intentó llamar al bombero por teléfono, pero este no le contestó.

Se molestó consigo mismo y con su capricho de no comprar un televisor para la barra del restaurante como le hubo recomendado Makoto. A Haruka le agradaba poco el aparato y, aunque pareciera una locura en esos momentos, a él le gustaba más escuchar que sus clientes conversaran entre sí, en lugar del silencio sepulcral al estar atentos a la pantalla. Ya suficiente tenía con servir una mesa y que no le voltearan ver, con la gente inmersa en sus celulares.

—"Siempre es bueno estar informado, es para ver las noticias". — Le comentó Makoto el día en que paseaban frente a una tienda de electrodomésticos, dispuesto a comprarle una.

—"No quiero estar informado". — Se quejó como un niño y zanjó el tema cada vez que Tachibana lo hubo tocado.

Marcando nuevamente al teléfono del bombero, sin respuesta alguna, se lamentó por su cabezonería.

Se dedicó entonces a esperar a Nitori en la cocina. Ya era hora de abrir, pero no tenía la menor gana de trabajar. Se paseó entre los anaqueles, cortó la mitad de los croissants por el medio, encendió las maquinas de café y dio sobras a los gatos.

Cuando se encontraba frenético limpiando una de las mesas, la campanilla de la puerta le sacó de su ensimismo, esperando que fuera su barista. Sin embargo quien se asomaba a la entrada del negocio no era otra sino la hermana de Nagisa que traía los reparados uniformes para el chico.

—Te ves preocupado ¿Estás bien?.

La chica, algunos centímetros más alta que él, dejó su bolsa en la primera mesa que encontró y se abalanzó a abrazar al cocinero. El sonido de sus tacones repicoteando contra el piso hicieron un eco hueco en el vacío del local, mas Haruka lo sintió dentro de sí.

El cocinero se abrazó a ella y ésta no supo que hacer. La mayoría del tiempo se comportaba distante y desinteresado. En ese momento alcanzando la cúspide de su preocupación, la campanilla volvió a sonar revelando a un Nitori acompañado de un hombre de overol azul con el logotipo de la electrodoméstica en el bolsillo de la camisa, que llevaba en un carrito dos cajas grandes.

Ninguno dijo nada. Haruka soltó a la hermana de Nagisa y ésta fue directo hacia su bolsa. Mientras el hombre de la electrodoméstica instalaba el televisor en un lugar conveniente, Aiichirou se probó las filipinas.

El vergonzoso episodio le sirvió al chef para enfriar la cabeza. En cuanto todos se hubieron ido, salvo el barista que comenzaba ya con sus labores, Haruka encendió la televisión.

Iwatobi era una ciudad relativamente tranquila. Usualmente, fuera de uno que otro reportaje interesante, las noticias locales trataban de gatos o de ancianos. Por eso, con una noticia jugosa como la de un gran incendio en una bodega de papel donde un par de bomberos habían resultado heridos, la cobertura de la primicia se transmitió todo el día y en casi todos los canales.

Cuando los clientes comenzaron a llegar, y con Haruka teniendo que despegarse de la pantalla para ir a la cocina, le pidió a Aiichirou que instalara la radio sobre un estante poco transitado. Apenas lo hubo conectado, le indicó también que lo pusiera en una estación local donde siguieran dando las noticias.

El peliplata atendía a los comensales quienes parecían la gente habitual que entra de camino a desayunar algo rápido antes de irse a trabajar. Pronto estuvieron los dos tan ocupados, que, aún si hubieran querido, no pudieron prestar atención a ninguna de las trasmisiones.

Para las once de la mañana, cuando los clientes fueron menguando y Aiichirou saliera a recoger a Gou, aún no daban los nombres de los bomberos heridos.

La mañana le sonrió un poco más cuando, haciendo sonar la campanilla de la puerta, una persona no esperada, pero igual bienvenida, entró con una ligeramente buena compra.

De veintitrés años y cabello anaranjado, Ichika Mikoshiba se acercó a él con su mirada gatuna de ojos afilados contoneando la cadera con inocencia y naturalidad.

Haruka agradeció a la campanilla pues, a pesar de la familia tan horriblemente escandalosa, Ichika solía ser tan silenciosa como un felino.

Todo en ella era comodidad. Desde sus zapatos bajos de suela de hule, hasta el "chongo dominguero" que a pesar de estar de moda, para ella no era sino una cuestión de mera practicidad.

— Buenos días— le saludó con una sonrisa. Haruka respondió con un asentimiento de cabeza, sin desprender la vista ni un segundo de la pantalla — ¿Nueva televisión? —Haruka volvió a asentir.

La chica se sentó en la barra frente a él. Nanase, al otro lado, limpiaba una taza con un paño limpio. Sus miradas nunca se cruzaron. El hombre muy atento intentaba no perderse nada de la información.

— Onii-Chan está ahí — Señaló a la pantalla —. Me encargó café para todo el mundo.

El cocinero asintió con la cabeza y se dio vuelta hacia la cafetera, mirando un instante el reloj.

—Ya sabe como le gusta a mi hermano, a Sousuke-Kun y a Rin-Kun. —le recordó.

—¿Rin está ahí? — Ella afirma con un quejido.

Era hermosa, reconoció Haruka, desde un sentido excéntrico. Con un buen carácter la mayoría del tiempo y una actitud de servicio ejemplar, sabía que no era un mal partido. Inteligente también, por influencia de su hermano mayor, en la logística policiaca. El teniente no le dejaba enlistarse, pero igual ella sabía manejar un arma y, lo más importante, cómo todos en su familia, era buena para la natación.

A veces Haruka se enojaba con Rin cuando sacaba a tema que ella había ido a comprar café para el cuartel y terminaba insinuando que no sería tan malo aceptar las alusiones de comenzar una relación con ella. Nanase sabía que todo el mundo quería emparejar a su amigo con la hermana pequeña de su teniente. Incluso Ichika en un principio se mostró bastante de acuerdo con ello. Cualquiera que la viera a leguas, hasta él, podía darse cuenta de lo mucho que su amigo le gustaba.

Rin sólo se volteaba molesto y de sus labios salía una única frase para zanjar el tema: A fuerza, ni los zapatos entran.

Palmeó la cabeza de la chica entre el tiempo en el que servía los cafés y le colocaba una malteada de fresas. Ichika se lo agradeció con una sonrisa, mas se dio cuenta que el gesto había sido empujado por la pena que sentía por ella.

—¿Sabe? no hace falta ser condescendiente conmigo. Lo he aceptado ya y estoy bien con ello. He decidido dejar de lado lo que siento por Rin —Haruka no dijo nada, de hecho, siguió sirviendo el café y preparando los porta vasos, mas ella supo que le escuchaba —. Me topé con él hoy en la mañana, cuando mi hermano me mandó a llamar para pedirme los cafés. Le saludé y él siquiera volteó a verme. Ya no quiero ser tan insistente como mis hermanos; peleando siempre por la atención de Gou-Chan. Hay mucha gente buena en Iwatobi. Que alguien más se preocupe por Rin.

Haruka, como siempre, no dijo nada. Sintió un poco de orgullo al escuchar a la Mikoshiba decir esas palabras. También un poco de pena por el buen partido que Rin desperdiciaba. No era común que él dedicara ese tipo de pensamientos para con el pelirrojo pero, a veces, también sentía que le hacía falta sentar cabeza.

—Tal vez debería cambiar un poco mi visión e ir por alguien un poco más amable y familiar. En cuanto Makoto-San salga del hospital, le invitaré a salir indudablemente.

Ichika le sonrió con el popote de la malteada entre sus labios y esa mirada felina bailándole en los ojos. Nanase sintió que su corazón se detuvo dos veces. Por que la animada pelirroja iba tras de Makoto y por saber a éste hospitalizado.

El tintineo anunciando un nuevo cliente o alguien que entraba al local, interrumpieron en Haruka el impulso de saltar sobre ella para preguntar por los detalles.

Ichika era animada, pero silenciosa…casi siempre. Ella era una Mikoshiba, después de todo.


Cuando Makoto tocó a su puerta, tarde por la noche, Haruka lo recibió con un abrazo.

El bombero no supo que pasaba, pero agradeció el gesto mentalmente y lo devolvió con calidez. El cocinero lo asió fuerte de la ropa y lo metió dentro de casa con todo y los zapatos.

No lloró ni sollozó, pero Makoto pudo ver toda clase de cosas en sus ojos obscuros. De hecho, miró más cosas que no pudo reconocer en Haruka. Un par de brillos especialmente extraños en él.

El plan de Haruka, claro estaba, era que apenas viera a Makoto se lanzaría a sus brazos para contarle la verdad. Toda la tarde se había planteado su confesión.

"Estuve en casa de Rin, ahora lo sabe todo. Anoche fuimos a tomar un par de cervezas y dormí con él en su cama. Le confesé que nos amamos, Makoto. Sé que tienes miedo y yo también. Comencemos sin más mentiras, quiero estar contigo para siempre".

Había practicado las palabras con las ollas y sartenes, las repitió en su mente cuando dio de comer a los gatos por la noche y mientras daba vuelta a las llaves en la cerradura del restaurante. Las practicó con parsimonia mientras se quitaba los zapatos y los acomodaba en el estante. Se las dijo a su abuela cuando prendía los inciensos de su altar y también mientras miraba las estrellas pensando en Makoto, sentado en el pórtico del jardín.

Ahora que lo tenía en frente, no podía dejar de abrazarlo. Lo aferró más a sí mientras el castaño temblaba entre sus brazos. La conciencia plena de sus actos lo hicieron soltarlo de inmediato.

—Makoto…—murmuró— …Makoto. Estás herido. Perdón, estás herido.

Makoto se rió con amabilidad antes de descalzarse, besó a Haruka en la frente y se quitó el suéter con prudencia. Llevaba puesta una camiseta negra de manga corta muy ceñida qué, lejos delinear su musculatura, dejaba ver unos cuantos parches por partes varias de su piel. En su brazo izquierdo el bombero ostentaba un vendaje que le cubría del hombro al codo. El corazón del cocinero se detuvo por enésima vez en el día.

—No es nada —le calmó el bombero —. Sólo me he quemado un poco, pero ya estoy bien. Me internaron un rato el día de hoy porque inhalé humo —Haruka tocó con cuidado el vendaje de su brazo. Makoto hizo una mueca de dolor —. Arde porque es de segundo grado. Pero en serio que no es nada grave. Mañana me lo dieron libre.

—Es lo menos —murmuró el pelinegro con un puchero entre los labios. Respiró profundo para calmarse. Makoto estaba bien. Eso era lo importante. Repasó en su mente nuevamente la confesión que tenía pendiente —. Iré por té.

El pelinegro intentó levantarse de donde sea que hubieron caído en su frenético y extraño arrebato de fatalidad. Mirando alrededor, se dio cuenta que estaban cerca de la puerta que daba al jardín. Una mano fuerte se asió a la suya y le jaló para que no se levantara.

—No quiero nada. Sólo estar contigo — el pelinegro se dejó abrazar un rato, recargando la espalda sobre el pecho de Makoto —. Cuando estaba en la ambulancia, pensé mucho sobre nosotros. De hecho, dentro de la bodega, al ver las llamas, pensé mucho en ti — los ojos del bombero se aguadaron y la voz se le quebró. Haruka se quedó callado permitiendo que dijera lo que tuviera que decir. Su propia confesión bailándole en la boca. —. Antes de venir pasé a casa de mis padres. Nos abrazamos y lloramos los cinco. — Al chef se le aguó el corazón sólo de pensar en la escena. Tomó la mano de Makoto y la acarició con el pulgar.

Nanase se acurrucó más contra su pecho, cerrando los ojos para disfrutar el calor. La voz de Makoto le arrullaba como un sedante.

— ¿Sabes? Anoch-

Haruka estuvo a nada de confesar lo que tanto le mortificaba. Makoto, sin darse cuenta, le interrumpió.

— Debo decirte algo, Haru-Chan. Y espero no te molestes.

El corazón del pelinegro dio un vuelco a la par que sentía como los fuertes brazos dejaban de apretarlo. Se mantuvo expectante escuchando la culposa respiración de Makoto contra su oreja.

—Luego de tragar humo, tuvieron que darme RCP. No fue nada, en serio.

Haruka le volvió a tomar de la mano sin darse la vuelta. Le besó los nudillos expresándole que no importaba. Le habían salvado la vida después de todo. Daba gracias porque ahora mismo Makoto estaba vivo y ahí, abrazándole por la espalda.

Makoto le estrechó más. Haruka sintió una sonrisa contra su pelo.

—¿Sabes quien volvió a la ciudad? — Nanase no respondió, pero con un movimiento minúsculo de su cuerpo alentó a su amigo a continuar —. Kisumi. Está ejerciendo como paramédico ¿No es esa una afortunada coincidencia? Luego de reanimarme, mientras me trasladaban al hospital, él me cont-

Algo gatilló con furia en el estomago del pelinegro, quien abriendo los brazos, se deshizo del abrazo de Tachibana. Cuando éste se mostró confundido, aterrizó de nuevo sobre de él, pero de frente. Antes que pudiera decir nada, Haruka le besó.

Makoto no tuvo tiempo siquiera de sentirse sorprendido cuando unas manos hábiles de largos dedos le arrancaron la camisa del cuerpo. Toda la espalda del bombero se resintió cuando la tela se arrastró sobre la piel para salir sobre sus hombros, llevándose consigo unas cuantas de las compresas que le habían colocado para alivianar el ardor. Nanase sólo rompió el beso hambriento cuando tuvo que pasar la prenda sobre la cabeza del bombero para poder removerla.

La espalda de Makoto estaba roja, llena de quemaduras de primer grado y las manos de pelinegro la sintieron terriblemente caliente. Aún así, no tuvo compasión y con inusitada insistencia, lo empujó contra piso. El bombero sintió piel sensible rasparse contra las fibras de arroz del tatami e igual no pudo quejarse con la boca de su amigo contra la suya.

No se quejaba, pero eso estaba yendo demasiado lejos. Haruka sobre él le besaba con urgencia. Su grandes manos se acomodaron contra el pequeño pecho en un intento en vano de separarle, pues, tan pronto como colocó la manos en el torax de Nanase, éste tomó una de ellas y la colocó entre sus delgadas piernas, justo sobre una erección. El último aliento de lucha lo perdió cuando escuchó el sonido metálico de su propio cinturón al ser desabrochado.

De ahí en más, se dejó hacer.

Su amigo vestía un pantalón deportivo muy viejo y una sudadera que él mismo le había regalado. Desvestirlo, meditó, sería cosa de un jalón. En lugar de eso, disfrutando el acalorado aliento del cocinero contra su boca, se dedicó a acariciar con toda la palma la dureza entre las piernas ajenas. Haruka le suspiró en la cara con los ojos cerrados y las mejillas rojas . Él tomó eso como que lo estaba haciendo bien.

Sin querer mentirse a sí mismo, Makoto esperó por eso durante tanto tiempo, qué aunque de vez en vez se desenfrenaba por el calor, por instantes se le nublaba la conciencia con nerviosismo y sentía como si no supiera qué hacer. Soñar le había quedado corto. La demencia de Haruka le había dejado en blanco. Aún así no dejó de tocar.

—Ahrr..rg— rugió con la cabeza echada hacia atrás. Las manos del nadador deshaciéndose de su pantalón de vestir. Se controló como pudo para no dejar de acariciar la rigidez bajo del pants. Uñas arañando su cadera mientras se asían a la cintura de la prenda le desentonaron el ritmo.

El fresco de la noche le dio la bienvenida a su piel cuando una corriente de aire helado proveniente de la puerta abierta del jardín acarició por entero la piel expuesta de su pene, sensible y rojo. Sus ojos se enfocaron opacos a sus piernas. El pantalón había sido tirado a un lado; arrancado con el cinturón y los boxers de un solo impulso. Tuvo que cerrar los parpados para poder asimilar el frío contra su cuerpo, salvo por los pies aún con calcetines y el estomago, donde Haruka había decidido sentarse.

En cualquier otra situación, se habría sentido en desventaja y vulnerable, con el pelinegro controlando toda la situación. Haruka lo tenía donde lo que quería, y aún así, exactamente donde estaba era exactamente en donde por años sólo soñó con estar.

Con pesadumbre, pero saboreando la anticipación, tomó al chico por la cadera indicándole que se levantara un poco. Le jaló de la sudadera para darle a entender que quería que se la quitara. El chef así lo hizo. Cuando volvió a sentarse sobre su cuerpo, con el pecho desnudo, Makoto pudo notar con cierta delicia la punta de su pene asomando apretada entre su vientre y el elástico de la prenda deportiva.

Hizo bola la sudadera y la colocó bajo su cabeza, haciendo el trabajo de almohada. Ver a Haruka así, comenzado a restregarse contra su estomago con los labios apretados era digno de ser el mejor espectáculo de su vida. Y tenía la primera fila.

Todo en el asunto era delicioso. Deslizó su lengua sobre sus propios labios y acarició la cadera semivestida de Nanase. El cocinero seguía meciéndose contra su abdomen. Su propia espalda se raspaba contra el tejido del piso japonés y la brisa de la noche continuaba entrando por la puerta abierta. Ese contraste de dolor y frío le sacudieron el cuerpo con placer. Para su sorpresa, con su mirada profunda clavada en él, Haruka lamió la palma de su propia mano. Los movimientos no cesaron, mas el fresco de la noche se vio apaciguado en su miembro cuando la saliva tibia en la mano de su amante le envolvieron y apretaron. Makoto creyó que se vendría en ese instante, pero apretando los dientes lo evitó. Las puntas de los dedos de su mano izquierda viajaron despacio a su boca, donde, sacando la lengua se lamió a sí mismo. El ojiazul tembló en anticipación. El bombero apretó la erección vestida, delineando la extensión de arriba a abajo con un movimiento rotatorio. Sus dígitos húmedos contornearon el glande y esparcieron alrededor la transparencia salada que comenzaba a gotear tímida de él. La rosada punta brilló aún más contra la luz del foco y eso le agradó. De alguna forma, instintiva tal vez, le pareció apetitoso.

Haruka, por otro lado, sentía todo de una manera borrosa y surreal. Montado sobre Makoto, meciéndose en su abdomen, le veía desde un punto de vista alto y privilegiado. Nunca lo había mirado así. Siempre debía dirigir su vista hacia arriba. Los ojos de Makoto siempre estuvieron altos. Escondidos. Ahora lo tenía bajo de sí, vulnerable. Un sentimiento burbujeante le provocó como una agrura en la boca del estomago. Sabía lo que era, pero se negó a reconocerlo. En su lugar cerró los ojos. Sintió un pulgar áspero que resbalaba ensalivado sobre la cabeza de su pene. Callosa piel raspando a la vez que se deslizaba sin prejuicio sobre la parte más intima de su cuerpo. Soltó el miembro que masajeaba y se centró en sentir el cuerpo entero del bombero con los parpados cerrados. Cada contorno de piel, cada musculo resaltado. Lo tocaba con sus manos de artista. Imaginando sin ver cada parte de Makoto, armándolo en su cabeza. Haciendo de su amante un puzzle de piezas complejas. El brazo vendado con la rasposa gasa cubriendo hasta el hombro. El pecho y los pezones erguidos. La clavícula marcada y la manzana de adán que se movía mientras el hombre, que por tantos años fue sólo su amigo, tragaba con desesperación su saliva y sus ansias. El mentón rectangular y sus pómulos. Los labios carnosos y su nariz tosca y marcada, con un puente fuerte y ancho. Pestañas largas y cejas pobladas que disminuían delgadas mientras más cerca estuvieran de las sienes. Sus orejas grandes y escondidas con lóbulos extensos, de fosas profundas. Introdujo la punta de sus dedos en las cavidades y gimió al unísono con su amante, quien había apretado con más fuerza el glande en sus yemas.

Aún con el dolor del placer haciendo cosquillas en su cuerpo y las agruras sentimentales bullendo en su estomago; entre jadeos continuó con su labor de ojos cerrados. Delinear a Makoto era un placer casi tan grande como lo era ser tocado por él. Más con todo lo que estaba guardando de dientes hacia dentro.

Amaba a Makoto por sobre todo y tenía mucho miedo de perderlo. También le tenía miedo a no ser sincero con él. Reconoció la culpa en el momento en el que rascó con la uña una pequeña cicatriz en la frente y hacía presión con el pulgar sobre uno de los parpados cerrados del hombre bajo él, masajeando el globo ocular que temblaba igual que su propio interior. Sentía que debía decirle a Makoto qué, mientras apagaba un incendio arriesgando la vida, él se encontraba en la cama de Rin Matsuoka, filosofando en silencio sobre el amor.

El alivio de tenerlo consigo casi sin rasguño alguno; bajo él, tocándole con vehemencia y la dicha desmedida de poder, en ese instante, sentir su piel le aturdieron la cabeza. Su mano viajó hacia la sedosidad de su cabello castaño mientras se imaginaba los labios. Entonces la ira estalló. La sola imagen de Kisumi con la boca sobre la de Makoto le hicieron perder el control y ponerlo mareado. Le tomó del cabello para mantener el equilibrio y terminó jalando de él para conseguir un poco de cordura.

—Haru ¿qué…—se quejó adolorido el bombero. Un jalón más fuerte y sus dientes chocando contra la dentadura de Nanase le hicieron imposible quejarse. Haruka se negaba a separarse de él, aún si ambos sentían que se ahogaban.

Haciendo uso de su fuerza superior, Makoto rodó para invertir las posiciones. Dominando ahora el beso que se daban con fiereza. Cuando se separaron, sin mirarse a los ojos, comenzaron a morderse.

Haruka podía sentir por entero al bombero, buscando con pasión comerle el cuello. Jadeando como bestia sobre su cuerpo. Aún así, la furia no menguó.

Makoto podía decir que era imaginación suya, pero él sabía muy bien que Shiguino tenía una historia pasada con Tachibana. No había pruebas, pero la había vivido como espectador de primera fila. El alivio más magno de su vida, luego de sentirse amado por el hombre grande de ojos de niño, había sido el saber que el pelirosa se había ido de la ciudad para estudiar fuera de la provincia. Tenerlo de vuelta le llenaba de furia.

Una furia tan carnal, que sin guardar la compostura, se olvidaba de rompecabezas mentales de un cuerpo escultural y apresuraba la maniobra comenzando por desvestirse a sí mismo. Las prendas volaron rápido fuera de su cuerpo. Lo que antes Tachibana había sentido por sobre la tela, había quedado expuesto para ofrecerse al frío en igualdad de condiciones.

Sin más restricciones, con el corpulento hombre sobre su cuerpo, le arañó la espalda para provocarle dolor. Su amante rugió. Ardía por todas esas quemaduras superfluas que tenía en la piel, pero se sentía animal y delicioso.

Le bramó en el delgado cuello. Su aliento cálido entibiando todo lo que la noche le helaba. Sus hombrías, friccionando accidentadas con la locura del momento, se corrieron casi al mismo tiempo.

En otro momento Makoto se habría preocupado de sus jadeos sonoros y de la puerta del pórtico abierta. De todo lo que los vecinos habrían escuchado mientras la noche refrescaba. Pero el Makoto de ahora, recuperando la respiración sólo tenía en mente la palabra más.

Más pasión, más fricción, más de todo. Haruka, recuperando la respiración junto a su oído, no ayudaba en nada. Levantó la mirada para ver a su amante. Como una chispa que encendiera la corta mecha de un petardo, volvieron a darse un beso con jalones de pelo y dientes colisionados.

Era como si ninguno de los dos pudiera detenerse. Tampoco era como si alguno de los dos quisiera hacerlo. Llevaban toda una vida esperando por llegar a ese momento y todo eso era simplemente demasiado.

No hubo tiempo para una hipócrita dulzura. No se tomaron de las manos ni se dijeron palabras lindas. Makoto, en lugar de eso, le acarició el muslo y le sonrió nublado. Haruka alargó la mano para resbalar los dedos en el musculoso abdomen de su acompañante, retirar un poco del semen de su ombligo y lamer sin mayor reparo ni poner atención al sabor, incitando a la bestia de ojos mansos que le acariciaba detrás de la rodilla.

Eso era el banderazo de salida para un acto sin cordura que no tenía vuelta atrás.

Era como pedir sin palabras que lo hiciera suyo ya.

Makoto, como bombero, podía levantar poco más del doble de su peso, pero en algo como esto era un hombre débil. Las tentaciones le superaban. Ante esta situación, su resistencia fue muy poca. Vislumbrar a su eterno amor con esa mirada furiosa y lasciva, era más de lo que podía manejar. Antes de darse cuenta, su mano derecha limpiaba de sus cuerpos el residuo lechoso de su primer arrebato y lo embarraba en su miembro para dar rienda al segundo.

El cocinero suspiró en anticipación, sintiendo cómo una mano grande se hacía espacio entre sus nalgas. Acariciando el camino entre sus testículos y la pequeña esfínter que palpitaba cada vez que sentía los dedos cerca de tocarla. Su respiración se sentía acelerada, errática e insuficiente. Sobre todo cuando, apoyando el nacimiento de la palma de la mano en la base del escroto, dando movimientos circulares, le penetraba con el dedo medio al tiempo que lamía su pecho, muy cerca del axila.

Era demasiado para él y aún así, no quería parar. Deseaba que Makoto llegara hasta el final, sea lo que sea que eso significara. Abrió los ojos, que siquiera recordaba hacer cerrado, y le miró con intensidad, delineando con la vista el contorno de ese cuerpo maravilloso que estaba por poseerlo.

Había mordidas suyas marcadas en los hombros que comenzaban lentamente a enrojecerse. Arañazos en su cadera y apostaba que también había marcas de uñas en su espalda. Makoto podía ser un celoso, pero que el mundo se cuidara de Nanase cuando perdía los estribos.

Tanto era así, que tenía que cuidarse también de sí mismo cuando la situación lo sobrepasaba. Justo como en ese momento en el que desesperado quería un poco más de rudeza en lo que estaba por ocurrir. Ser marcado de una vez antes de que no pudiera siquiera respirar.

Dejándose de lo que sea que sus manos estuvieran haciendo, tomó a su amante por los cabellos, haciendo una imagen mental del paramédico reanimando al asfixiado bombero y con coraje le mordió en la boca.

Con la mirada le gritaba "Hazlo" o al menos eso fue lo que Makoto entendió. Sin más ceremonia se colocó entre las piernas pálidas y con lentitud le penetró.

Haruka podía sentir un palpitante calor que le rompía. La punta redondeada de un miembro luchando por entrar sin hacerle mucho daño era incomodo y doloroso, pero soportable.

Respiró entrecortadamente exhalando mientras contaba para poder aguantar mejor. Tachibana se arqueó para atrás e intentando tener puntería, escupió como pudo sobre la unión de sus cuerpos. Con los dedos esparció la saliva esperando que su pene pudiera resbalar mejor en el interior de Nanase. De alguna forma lo logró, pero el placer estaba lejos de llegar, al menos para el pelinegro.

Apretado y cálido, para el fornido hombre de hebras de ébano, era la gloria. Más que nada por saberse dentro del amor que persiguió por toda su vida. Se adentró más intentando ir despacio. Poco a poco, milímetro a milímetro, buscaba con desesperación mantener la calma para no cometer una locura.

Una única lagrima corrió por el pómulo del pelinegro hasta metérsele en la oreja. Se lamió los labios, aún furioso y extendió los brazos para atraer el cuerpo de su pareja hasta tenerlo recostado completamente sobre él. El otro se mantuvo inmóvil, con la mitad del falo en su interior.

—Hazlo ya — suplicó el ojiazul con una voz apagada —. Duele más sí sólo te quedas quieto.

Los estribos del oficial comenzaron a derretirse. Empujó lentamente para introduciéndose más en el hombre que en venganza por algo que no sabía, le mordía en la clavícula con mucha fuerza. Una vez completamente dentro dejó de moverse, como asustado.

Haruka no sentía nada de placer, al contrario. Punzadas le recorrían desde ese punto hasta las uñas de los pies. Aún así, motivado por el momento, por el frío de la brisa, las estrellas de la noche, el horrible sentimiento de culpa y el desgarrador desasosiego de que algún día podría perder a quien lucho tanto por estar a su lado, las palabras fluyeron salivadas a través de sus dientes apretados.

— Te amo, Makoto.

La ultima barrera cayó. La cordura del nombrado pereció en un oscuro hoyo negro. Antes de darse cuenta de sí mismo, su cadera comenzó a moverse frenética. Los jadeos en respuesta sólo le alimentaban, encendiendo una hoguera más grande de la que podría apagar. Estaba perdido en un incendio interno que terminó por expandirse como rodeado de gasolina.

Sujetó las piernas que le rodeaban la cadera y hundió los dedos en la piel. En respuesta, uñas se clavaron en su espalda, dientes desgarraron su clavícula y unos dedos largos apretaron con furia su brazo lastimado. Haruka dejó de morder para echar la cabeza hacia atrás. Makoto enterró la cara entre su cuello y hombro, jadeando acalorado con la frente recargada en el tatami. La fibra de arroz rasgando insistente esa cicatriz secreta que al pelinegro le encantaba. Los dedos blancos se aferraron más a la herida bajo la venda.

Las amplias y rasposas manos soltaron las piernas y se asieron con vehemencia a los hombros pálidos en busca de un apoyo, hundiendo más el cuerpo de Nanase contra el piso. Le embistió como un toro que con furia intenta romper las vallas del corral que le aprisiona. Haruka se mordió los labios. Sin placer, sólo dolor que hubo dejado de ser soportable. Sin embargo algo en todo eso se sentía bien.

Un gemido contenido que sonó a alguien que se a rasgado la garganta y la tensión en los hombros del hombre sobre de él, le avisaron que todo había terminado. El cuerpo que se desplomó sobre del suyo le dieron la razón.

Makoto resopló encima. Ambos intentando recuperar la respiración. Cuando salió de su cuerpo, Haruka sintió cómo si le quitaran un tapón. Sin proponérselo, no pudo evitar pensar que era como una botella a la que han quitado el corcho. La analogía la encontró acertada porque apenas, moverse un poco, captó que algo le resbaló por las nalgas. No dijo nada, pero una mezcla de semen y sangre comenzaron a manchar el piso y no pudo importarle menos.

El bombero, echado a un lado, le pidió perdón entre hipidos mientras le tomaba del miembro. En cuanto el masaje comenzó, se dio cuenta de lo duro e hinchado que estaba. No pasó mucho antes de correrse en la mano áspera del castaño. Un estupor le invadió y cuando se quiso dar cuenta, ya esta en los brazos fornidos de su amante, que con el pie cerró la puerta del pórtico. Sin soltarlo, Makoto subió las escaleras para dormir en la habitación.

Ya más tranquilo, Haruka sólo pudo pensar en lo cómico que habría de verse Makoto, desnudo completo salvo por los calcetines.


—En verdad que me sorprendí mucho. Apenas crucé la puerta, esa chica saltó hacia mí, me tomó de las manos y dijo que era muy lindo.

Rin estiró uno de los costados de su boca y bufó con ironía.

—¿Lindo? ¿En qué universo eso es un cumplido masculino?

Nitori achicó los ojos y frunció el ceño. Finalmente suspiró dispuesto a no perder el buen animo con el que había llegado de trabajar. El día había comenzado extraño y había continuado igual hasta finalizar. Para empezar, cuando llegó, el oficial Matsuoka ya estaba en casa. Cuando lo encontró leía sentado en la barra de la cocina mientras se bebía una cerveza.

Apenas se sentó a su lado y hubo rechazado la cerveza que el policía le ofreció, el chico comenzó con su narración. Rin le miraba con atención mientras, viendo sus labios, se preguntaba como podía hablar tanto sin apenas respirar. La boca de Nitori no paraba. Hablaba y hablaba moviendo las manos para enfatizar. También exageraba las cosas. Aiichirou tenía los labios pálidos por la fiebre de días atrás e incluso continuaban resecos.

Aún así, le platicó con emoción cómo habían desayunado esa mañana. Le contó de su camino hasta el local y cuando llegó a la parte de los mensajes cambió el tono intentando ser solemne. Rin se distrajo con sus dientes blancos y lineales, salvo por uno de enfrente que estaba enchuecado. De hecho, ya lo había notado antes, pero ahora, con un par de cervezas encima, cansado y con el corazón roto, era la primera vez que verdaderamente le tomaba atención.

De alguna forma ese diente chueco le molestaba. Algo en él le incitaba a querer tomar de la cara al muchacho, abrirle la boca con las manos y enderezarle el diente con los dedos. Era como cuando veía detenidamente el lunar bajo su ojo izquierdo. Nitori, con su copete recortado y su cabello sumamente lacio siempre le dio la sensación de simetría. Imperfecto en todo lo demás, pero simétrico y de facciones lindas.

—Ichika tiene razón. Eres lindo. Y eso no es para nada masculino. —de alguna forma, Rin tuvo el impulso de molestarle. Cualquier cosa para que cerrara la boca y dejara de mostrarle ese diente torcido.

Casi en contra de su voluntad, el muchacho infló los mofletes. Rin se vio complacido de mirarle con los labios unidos. Era un capricho de sus estupores de borracho, pero sabía bien que era eso o lanzarse sobre él y enderezarle el maldito incisivo.

Para su mala fortuna, Nitori volvió a sonreír. Algo en él se volvió brillante con esa sonrisa imperfecta mientras mencionaba, con una voz ensoñada, a la muchacha que acababa de conocer.

—…lindo continua siendo un cumplido. No será muy masculino, pero si ella lo ha dicho, suena bastante bien.

Rin se vio cegado por el resplandor que emanó de manera natural del animo de su compañero. Se miró a sí mismo desconcertado y hasta celoso. Un burbujear extraño se plantó en la boca de su estomago. Ichika, de hecho, tiempo atrás le llamó de la misma manera. Le idolatró como a un Dios e insistió en estar ahí a su lado durante un muy largo tiempo. Mas esa mañana, con una completa frialdad le entregó su café como quien le da una limosna a un extraño. Aún así, antes de que siquiera ella le mirara, él le miró a ella y la vislumbró radiante, plena y resuelta.

En su momento se alegró por la mujer que se notaba, había dejado de amarle. Más que por él, sentía alivio por ella. Por que al fin dejara de verlo de una forma en la que él nunca la vería.

Con todo el asunto del incendio, la investigación y ese corazón dolido desde la noche anterior, en la que Haruka rompió sus más profundas ilusiones, pudo sentirse bien con aquella frialdad que era el primer paso a olvidar a un amor no correspondido.

Y en ese momento se sentía enojado.

Enojado por el corazón herido que intentó cauterizar con fermentado de cebada, por el trabajo infructuoso de todo un día en el que tuvo que remover escombro, por el café sin sonrisa que le supo bien pero insípidamente amargo, y por ese diente chueco que se ostentaba burlón en una cara simétrica.

De pronto Rin no pudo soportar nada y se levantó de un salto. Caminó entonces rápido, intentando evitar la realidad que un par de cervezas no podían ahogar.

Tal vez estaba lo suficientemente ebrio como para concordar con una persona con la que nunca tuvo nada en común, pero reconocía que esa pelirroja de ojos atigrados tenía toda la boca cargada de razón. Ahora que el mundo perdía sentido podía apreciar que Nitori, Aiichirou Nitori, el hablador más rápido que había conocido en su vida (y eso que conocía muy bien a Nagisa), era realmente lindo. Y que lo que le molestaba de ese diente no era que arruinara una sonrisa lineal y perfecta, sino que ese minúsculo defecto lo hacía realmente encantador. Esa imperfección acomodaba todo en una sensación de sosiego que le decía que así era como tenía que ser. Ni más, ni menos.

Se encerró de un portazo y se acostó en la cama sin importarle haber hecho todo un drama por un maldito diente.

Y que ese diente ligeramente fuera de lugar era la representación exacta de su actual todo. Que él estaba fuera de lugar y que Haruka estaba perfectamente lineal andando con su vida junto a Makoto... y que así tenía que ser.

Finalmente, antes de dormir, se soltó a llorar borracho por la perfecta sonrisa de Nitori brillando asimétrica en su rostro lindo y su copete medido con regla.

Afuera, Nitori se mostró confundido, pero no dijo nada. Tampoco hizo ademán de intentar hablar con él ni de tocar siquiera la puerta. No le gustaba aceptarlo, pero el oficial de policía lo desconcertaba mucho a veces.

Recogiendo las varias latas vacías de cerveza y el libro de superación personal que el pelirrojo había dejado en la barra de la cocina que tenía toda la facha de ser algo así como un "caldo de pollo para el alma de un hombre con el corazón roto"; se recordó a sí mismo que el Oficial Matsuoka era realmente una buena persona.

つづく


Sí que me he tomado mi tiempo esta vez. Pido una súper disculpa. Sigo muerta tecnológicamente. Me he mudado de casa y hoy he venido a molestar a alguien para que me dejase escribir en su computadora por toda la noche (Gracias Romyknight).

No hay muchas notas que contar. Ya saben, sólo disculparme por el montón de faltas ortográficas y gramaticales, además de la tardanza. Al menos como compensación les he dejado un capítulo largo.

De aquí en adelante las cosas se pondrán un poco más sexuales referentes a algunos personajes, es por eso que a partir del siguiente capítulo subiré el rating a M.

Si les gustó o no el lemon, háganmelo saber. Ando oxidada en la materia.

Las cosas comienzan a avanzar. También he incluido un nuevo personaje que, aunque me he inventado el nombre es, de cierta forma, real. La hermana menor de Seijurou y Momo es mencionada en uno de los CD Dramas de la primera temporada. Seijurou le dice a Rin de haber ido al cine con ella y mencionar que tiene la misma edad que Gou. Me la imagino teniendo el mismo flechazo con Rin que sus hermanos tiene con Gou.

Sin más en la cabeza, besos y abrazos.

.Misao Kirimachi Surasai.