Future Fish.
Capítulo 08. Religión.
La segunda ronda aconteció en el momento en el que Makoto intentó contar otra vez las buenas nuevas de su amigo de cabello atardecer. En cuanto abrió la boca para mencionar al susodicho, Haruka se encargó de cerrársela a besos.
Tal vez estaba equivocado, pero el bombero comenzaba a ver un patrón en todo eso. Mencionar a Kisumi atribuía, probablemente, a rodar desnudos por el suelo arañándose, mordiéndose y besándose. Todo eso antes del sexo rudo, claro estaba.
Para las seis de la mañana, con el sol asomándose en el horizonte y el mar golpeando contra la costa en la lejanía, Haruka se levantó de la cama.
O lo intentó.
Llevaba despierto al menos media hora. Atrapado en el abrazo de Makoto, se vio imposible su intención de dejar de retozar. Había que bañarse, preparar el desayuno y dar de comer a los gatos. Lavarse los dientes, fregar los trastes e irse al restaurante. A las nueve a más tardar debía estar abriendo sus puertas para los trabajadores de la zona que desayunaban antes de comenzar con la jornada.
Continuar acostado era imperdonable.
Habiéndose librado del pesado abrazo de "papá oso", se deshizo de las sábanas cuando las caderas le fallaron.
Era de esperarse luego de la noche movida. De hecho, sus caderas no eran lo único que le dolían.
Se apoyó en la silla con ruedas de su escritorio y con ayuda de esta salió de la habitación hasta el baño. Ya frente al espejo, hizo un recuento de daños.
Tenía uñas marcadas en los hombros y lo que supuso también eran dientes, un hematoma en el costado izquierdo, el labio inferior inflamado, un pequeño moretón en el pómulo derecho y pequeños cardenales en la parte alta de su clavícula, en donde Makoto le hubo enterrado los dedos. Encontró marcas iguales en la parte interna de sus muslos que dolían más en las que sospechó eran los sellos solitarios de las huellas de pulgares. Se dio cuenta entonces que tenía también un ojo medio cerrado por un golpe.
Se colocó de espalda y giró el rostro para ver sus omóplatos. Más marcas de dientes y raspones varios que probablemente eran de cuando su amante lo aferró contra las fibras del tatami.
Arrastró la silla hasta el retrete. Una vez sentado con la pelvis relajada, el delito resbaló líquido fuera de su cuerpo. Al levantarse logró ver semen y sangre flotando en el agua antes de jalar de la cadena.
Se llevó las manos a la cabeza resolviendo que un baño caliente le ayudaría a regresar a la normalidad. Para cuando la tina comenzaba a llenarse, Makoto asomó la cabeza.
Cálido entre sus mantas y su almohada bien acomodada bajo su cabeza, con el sonido del celular sacaron a Rin del mundo de los sueños.
Y eso le supo muy mal.
Chasqueó la lengua. No, lo que le sabía mal era la cerveza fermentada en su paladar y el recuerdo borroso de un berrinche infantil que le hizo quedar en ridículo.
Miró la pantalla que se iluminaba con una fotografía de Haruka semidesnudo en el bloque de salida. "Semidesnudo" porque portaba sólo su ceñido traje de baño, gorra de lycra y sus visores morados. Con la mirada concentrada en el agua parecía que miraba el infinito.
Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el aparato a la oreja .
Se hizo un silencio en el qué, débilmente, escuchaba apenas una respiración tranquila y expectante. Nadie dijo nada. Ambos escuchando inhalaciones calmas.
—Rin. —finalmente, luego de un cronometrado minuto, el cocinero habló.
—Tsk. ¿Qué?
La pausa se hizo larga. Las respiraciones otra vez al teléfono.
— ¿Qué? —La respiración pausada y un vaho exacerbado se escucharon tras la línea — .No tengo todo el día.
— Nitori-kun.
— ¿Qué con él? ¿Lo pongo al teléfono?
—…si.
Rin salió del cuarto rascándose la barriga. Los ojos los tenía inflamados y estaba más despeinado de lo que nunca recordó. Sólo cuando estuvo a dos pasos del platinado muchacho, que se ponía los zapatos en el genkan, se acordó de la incómoda rabieta con la que se hubo retiró a dormir la noche anterior. Al final, le entregó el celular con las orejas rojas.
—Para ti —murmuró mirando a su lado izquierdo.
Aiichirou tomó el aparato con los ojos grandes y curiosos.
—Gracias — le retribuyó con una sonrisa enorme mostrándole todos los dientes. Rin volvió a ponerse rojo mirando su incisivo descolocado — ¿Moshi, moshi?
En lo que Nitori hablaba por teléfono, el oficial de policía paseó la mirada por la cocina, la cual encontró limpia. La sala también estaba impecable.
— ¿Matsuoka-San? — El chico le miró interrogante. Su mano le extendía el teléfono —. Gracias.
Rin tomó el aparato mirando la pantalla apagada.
— ¿Colgó? —Nitori asintió —. ¿Qué quería?
Aiichirou comenzó a desabrochar su filipina recién lavada.
—No abriremos el restaurante el día de hoy. Afortunadamente aún no salía de casa.
El oficial chasqueó la lengua otra vez y nuevamente sintió un asqueroso sabor en la boca.
—Ése flojo —murmuró —. Como sea. Hoy también lo tengo libre. Limpiemos y salgamos por ahí. Te prometí mostrarte la ciudad cuando coincidiéramos en descansos.
Nitori resplandeció como sol en horizonte.
— ¡Sí, Matsuoka-San!
El pelirrojo le revolvió los cabellos antes de encaminarse a la cocina. Hambriento como estaba, quería al menos una galleta de granola para mitigar el ardor en el estómago. Sacó una del refrigerador al tiempo que miraba la barra de la cocina. Sus facciones cambiaron entonces a una desencajada mueca de bochorno, con orejas rojas y cuello caliente.
— ¡Nitori! —gritó de manera innecesaria. El aludido estuvo a su lado en menos de un segundo. Sus grandes y azules ojos atentos a su llamado —. Anoche leía un libro ¡¿Dónde está?!
El pequeño mesero ladeó la cabeza como un cachorro.
— ¿Un libro? —sus facciones confundidas le dieron a Rin un suspiro de alivio. Lo más probable era qué, aún borracho, tuvo la cautela de guardarlo o llevarlo con él a su recamara —. ¡Ah! ¡El libro! Lo guarde en el librero. Me llevó un tiempo en darme cuenta en la manera en la que usted acomoda. Pensé que lo hacía por autor o por título. Tuve que revisarlo todo, pero finalmente capté que es por tema, autor y título de manera alfabética. Matsuoka-San es una persona sumamente organizada.
La alabanza a su sistema bibliotecario poco le importó al oficial de policía. Nitori no sólo había visto el libro que había estado leyendo la noche anterior cuando tomó su primera cerveza, sino que había visto su colección de títulos vergonzosos de superación personal y autoayuda. Se frotó la frente con la granola fría en la boca y fiebre ardiente en sus mejillas calientes.
— ¿Se siente bien?
La mano que se acercaba a su rostro fue alejada de un manotazo antes de que le tocara la piel. Aiichirou la sobó con reticencia. Matsuoka estaba en otro de sus momentos de bífido humor. Sólo por precaución se alejó sin decir nada.
Rin se sintió culpable.
Luego de un baño caliente que dejó de ser relajante en cuanto Makoto se metió a fuerza en la pequeña tina para llenarlo de besos calmos y toqueteos indecentes, Haruka intentó irse a trabajar. Tenía las caderas de gelatina y las piernas débiles de un cervatillo, pero la resolución férrea de un empresario que sacaba por sí mismo su negocio a flote.
Se vistió lento. Colocar tela sobre la piel herida le dolía con un ardor casi insoportable. Los moretones le palpitaban cálidos. La inflamación en los labios le ardían como fogajes e incluso la punta de los dedos le cosquillaban dolorosamente, en los nervios de las uñas.
El bombero entró a la habitación en el instante en el que penosamente batallaba por ponerse los calcetines. Se acercó a él, le quitó la prenda y él mismo le enfundó el pie antes de besarle en la rodilla.
— ¿Qué haces, Haru?
El pelinegro se mantuvo en silencio observándole con detenimiento por primera vez. Makoto tampoco estaba exento de golpes. Tenía rasguños y mordidas en los hombros, un labio roto y amoratado bajo el tórax.
—Tengo que ir a trabajar.
— ¿Así?
Nanase se quedó callado. Tachibana se levantó para ir a la cómoda donde sabía, su amante guardaba sus playeras. Al hacer eso, el cocinero tuvo una amplia visión de la espalda del castaño. Como hubo adivinado, Makoto, aparte de sus quemaduras, tenía arañazos graves en el lomo, moretones en los antebrazos y marcas rojas de sus uñas en las nalgas. El azorado recuerdo de su aferrado agarre cuando su amigo, esa segunda vez en la que se revolcaron en la cama, le aplastó con su cuerpo y le penetró con furia. Le había enterrado las uñas y arrastrado los dedos en los glúteos como dolorosa protesta.
—Si —salió de su estupor —. Así.
Makoto regresó a él con una playera a su gusto y un par de pantalones puestos.
—Será mejor que descanses hoy. Al menos por la mañana ¿No puede abrir hoy…er…cómo se llamaba?
— ¿Nitori-Kun? No tiene llaves.
El fornido muchacho se sentó en la cama y ayudó al otro a ponerse la playera, ignorando que el mismo Haruka había elegido una ya para ponerse.
— Cierto, Nitori-Kun. Dale el día libre entonces. Por una vez no pasará nada — le besó en la frente. Antes de ponerse de pie le sonrió de manera enamorada —. Llámale y descansa un rato. Debo ir a ver a mamá. Traeré el desayuno ¿Hay algo que quieras hacer hoy?
Haruka lo pensó un instante. Makoto, ya vestido, le miraba desde el umbral de la puerta. A decir verdad no quería quedarse a descansar cuando sabía que los buenos clientes estaban por llegar. Entonces miró el brazo del ojiverde, que sin el vendaje de ayer, ostentaba una muy fea quemadura rojiza. Se centró en los ojos del bombero.
—Al templo — murmuró. Su mirada temblando habló por él para decirle a Makoto que quería ir a dar gracias a los Dioses por haberlo traído con vida.
Muy avergonzado por su conducta en la mañana, Rin invitó el desayuno.
Hastiado por la limpieza matutina, decidió que en lugar de preparar algo en casa, lo mejor sería aprovechar e irse temprano para que el chico pudiera conocer la ciudad. A sabiendas de que Haruka no abriría ese día, el pelirrojo se las arregló para encontrar un agradable restaurante con buena comida que Sousuke le había recomendado para esas ocasiones en las que debía llevar a una chica a desayunar. Abrían temprano, la comida no era mala, el lugar era acogedor y estaba cerca de la estación de tranvías que iban al centro y de algunos Love Hotels de la zona. Afortunadamente para él, lo halló sin tanto esfuerzo, tomando en cuenta las pésimas instrucciones que su amigo le hubo dado la última vez. Se sentaron en las mesas exteriores del local, disfrutando del espléndido día que se auguraba tener. Mientras Nitori hablaba y comía al mismo tiempo, él le miraba con atención, aun si su cabeza estaba bien lejos.
O no tanto. Realmente su mente estaba posada una hora atrás, abriendo el armario de la sala, el cual le había cedido al muchacho, para descubrir el pequeño revoltijo que tenía acumulado. El chico no contaba más que con un futón, unas cuantas prendas y dos o tres objetos y aun así se las había arreglado para hacer un pequeño tiradero. Sobraba decir que con mala cara le mandó a ordenar todo de manera correcta, aunque dejó de lado el advertirle que el orden era la regla principal de aquella casa.
El muchacho trabajaba todo el día y llegaba tarde al departamento. Lo más probable, esperó, era que no se había podido dar el tiempo de ordenar de manera adecuada.
— ¿Podemos, Matsuoka-San?
Rin volvió en sí al escuchar que le llamaba.
— ¿Eh?
Nitori se rió con los ojos cerrados y el puño derecho presionado contra su boca. Sus hombros saltaron divinos mientras se entregaba a la ligera risilla.
— Decía que quería ir a conocer algún templo.
—Vamos entonces luego de llevar a Gou a su trabajo.
Aiichirou asintió contento. Rin se decidió entonces a probar bocado cuando una voz que no esperaba escuchar, no al menos ese día, le hicieron detener el tenedor que iba hacia su boca. Un amistoso golpe en la espalda que fue demasiado fuerte le hizo tirar la comida en sus pantalones.
— ¡Matsuoka! — le llamó una voz animada. Nitori pudo ver como los ojos de su acompañante se opacaban con hastío al tiempo que gruñía.
— Teniente — Rin murmuró.
—Vaya, vaya, Matsuoka — con un ánimo más que envidiable, Seijurou Mikoshiba le sobaba la espalda mientras centraba sus ojos en el peliplata — ¿Desayunando con la dama luego de una noche movida? Eso es ser un caballero, Matsuoka. Muy bien, muy bien.
Tanto el aludido como su acompañante fruncieron el ceño.
— Yo no… —susurró Nitori con debilidad. El Teniente le interrumpió quitándose el gorro de policía y haciendo una reverencia.
—Disculpe mis modales y mi indiscreción, bella señorita. Olvídese de mi intromisión y siga disfrutando de su desayuno. —finalizó giñando un ojo.
Rin se llevó una mano a la cara.
— Teniente Mikoshiba, le presento a Nitori Aiichirou — Rin extendió la mano hacia su amigo para presentarle a su jefe. Éste hizo una educada reverencia murmurando un saludo cordial al jefe de su casero. Matsuoka señaló ahora hacia el animado pelinaranja — Nitori, el Teniente Mikoshiba Seijurou. Teniente, éste es el chico que hospedo en mi casa gracias a Momo.
Mikoshiba tomó asiento en una de las sillas sobrantes, muy cerca del tímido muchacho. Sus felinos ojos le miraron entrecerrados.
— ¡Vaya! — Soltó de pronto. Sus gatunos ojos brillaron aún más dorados — ¡En verdad que eres muy lindo!
Al aludido se le esponjó el pelo. Hizo una mueca de disgusto que nadie alcanzó a mirar, pues el Teniente le palmeó la espalda de igual manera que a su subordinado.
— Me lo hubieron dicho, pero pensé que exageraban.
Una ceja borgoña se levantó suspicazmente.
— ¿Quién se lo dijo, Teniente?
Mikoshiba se carcajeó con energía, intentando evadir la respuesta a la pregunta, luego se levantó tan rápido como se sentó.
—Me caes bien, muchacho, pero ahora debo irme. Si necesitas algo alguna vez, estoy a tu disposición. Matsuoka sabe cómo encontrarme. Muy buen provecho — se sacó la gorra nuevamente y reverenció otra vez, guiñando reiteradamente un ojo — ¡Ahora a por la primera rosquilla del día!
Y cómo hubo llegado, se fue.
Rin se desparramó en su silla, visiblemente agotado.
—Grábate bien sus mañas —Le advirtió a Nitori —. Ése el otro del que tienes que cuidar a Gou.
Aiichirou asistió.
—Sí, lo recuerdo de la comisaría. Es un poco estrambótico, pero no parece una mala persona.
El de dientes afilados arrugó la nariz.
—La gente como él son de los peores.
El de cabello platino asintió, aun si no estaba de acuerdo con el comentario.
Si se pusiera hablar de un hombre perfecto, se podría discutir sin problema alguno de lo cerca que estaba de serlo Ryugazaki Rei.
Científico, deportista, filántropo y erudito en muchísimos temas culturales y contemporáneos. Respetado por la gente del gremio de tantísimos ámbitos de la ciencia. Consejero e investigador, era común que siempre pidieran su opinión para problemas que usualmente no parecían tener solución, si se tenía suerte.
Iwatobi tenía la fortuna de, no sólo haber engendrado al genio del que se jactaba, sino también de conservarlo.
Una persona como él, al que fácilmente cualquier patria le abriría las puertas para cobijarlo junto con sus investigaciones; y éste prefería quedarse en la ciudad que le vio nacer.
Makoto, esperando sentado a ser atendido por él, miraba la sala de estar llena de diplomas y fotografías que se ostentaban enmarcadas en las paredes ¿Lo cómico? Todas eran fotocopias. Los complicados proyectos en los que usualmente trabajaba solían terminar incendiando su casa.
Su vista se paseó a los estantes donde estaban las fotos personales, en algunas donde salían todos en grupo, de sus años de preparatoria.
Las mujeres solían decir que todos los hombre buenos o están casados o son homosexuales. Rei, por desgracia, era ambas cosas.
¡Y vaya que estaba casado! No sabía si fue por insistencia de Nagisa, mas sospechaba que así era, pero se habían casado al menos unas siete veces. Solamente él recordaba haber estado en cuatro de sus bodas.
Las fotografías de cada una de ellas adornaban el muro de la escalera que separaba el laboratorio de la casa de sus amigos.
Ataviados de un smoking azul marino y otro blanco, Rei y Nagisa, respectivamente, posaban siempre en una misma pose a la cámara, mostrando las argollas de matrimonio. El peliazul sosteniendo siempre el certificado legal que los acreditaba como matrimonio, mientras que el rubio alzaba a la vista la bandera del país en donde estaban.
En algunas fotografías salían los cinco más Gou. En otra, la más fastuosa, aparecía toda la familia de Nagisa, los padres y hermano de Rei, ellos, Sasabe-San y su esposa.
Era una lámina bastante grande. Su pequeño amigo de alegres ojos solía llamar a esa boda como "La de Verdad". Aún si no había sido la primera, al menos había sido la planeada.
Con vestidos iguales, el trío de hermanas Hazuki, Gou y Amakata-San sostenían una enorme bandera de Francia. Ellos, con smokings a su gusto, levantaban a los recién casados en hombros.
En ese viaje, luego de un recorrido a la ciudad dos días antes de la boda, Rei se le plantó de frente en la Catedral de Notre Dame y le lloró en el hombro bastante contrariado. Recordaba con vívida nitidez los ojos morados de su amigo mientras veía con devoción la construcción. Sabía, por anteriores platicas con el peliazul, de su ateísmo. De su pasión casi religiosa por la ciencia y el desprecio al creacionismo que conlleva siempre el saber demasiado de Darwin y poco de Dios. Entonces, en ese instante Rei se confesó cristiano. Era la magia de Notre Dame con su gótica arquitectura y sus altos muros que intentaban tocar al cielo, le explicó. Sus gárgolas grotescas reptando en las paredes mirando como chismosas vigilantes. La magia de las campanas haciendo eco hora sí, hora no y de los vitrales coloridos que iluminaban atenebres sus estatuas con compungida y asqueada condescendiente misericordia. Las bóvedas altísimas que invitaban a arrastrarse en el cerúleo piso pulido y brillante, soltando plegarias poseídas por la magnificente catedral y que debían llegarle a Dios como rasguños en la barriga.
Todo eso le dijo con la mirada opacada bajo los mismos lentes de pasta roja que usaba desde siempre, temblando de terror antes de ese gran paso que daría, hasta ese entonces, por tercera ocasión.
La primera vez se casaron en Estados Unidos, en alguna capilla de Las Vegas durante su primera visita a la NASA. Se había quedado dormido en el asiento de copiloto del auto rentado y Nagisa desvió el camino a propósito. No dijo nada acerca del capricho repentino de su amante sentimental, completamente de acuerdo de seguirle el juego como un consuelo. En los casi tres días de recorrido en carretera, le hizo el amor en el auto cuatro veces, dos en estaciones de servicio y en moteles al menos unas seis. Se casaron en una iluminada capilla de tonos pastel que se anunciaba con luces de neón desde la avenida, situada entre medio de una farmacia y un prostíbulo. Ahí mismo les rentaron los trajes y les vendieron las argollas. La recepcionista hizo de testigo y fotógrafa. Les vendieron las fotos de su boda en un paquete de doce que incluían un par de cupones para un desayuno buffet en uno de los casinos de las inmediaciones. Se casaron legales y sólo les pidieron la fotocopia de su pasaporte.
En menos de un mes, habiendo cruzado la frontera de Estados Unidos con su país vecino del sur, México, tras un papeleo más nomológico y burocrático, firmaron sus votos en Coahuila.
Escuchado el repiqueteo escandaloso e incesante de "Emmanuelle" que anunciaba las cinco de la tarde, Ryugazaki se llevó las manos a la cara para esconder el rostro, avergonzado. Se sentía presionado para llevar a cabo esa tercera boda, "La de Verdad". Sobre todo porque la primera y la segunda habían sido su manera más elocuente de consolar la decepción de Nagisa y ese metro sesenta y cinco que no le dejaron ingresar al programa especial que le permitiría cumplir su sueño de ir al espacio.
—"Lo dudé mucho, Makoto- San" —le dijo antaño, tomándose un café caliente de un negocio ambulante en el frío atrio del monumento que hubo inspirado a Victor Hugo. — ". Pero ahora, aquí, mirando la hermosa fealdad de este edificio que es absurdo por fuera y majestuoso por dentro, siento que Dios me ha tocado, que hago lo correcto y que de verdad amo a Nagisa-kun."
Makoto escuchó todo lo que Rei tuvo que decir. Al final, sin palabras de más ni comentarios descuadrados, le palmeó el hombro.
Durante ese viaje, con esa conversación, en esa boda, Makoto consideró por primera vez de manera real su amor por Nanase como algo tangible.
Sus ojos siguieron el camino del muro de la escalera hacía arriba. Contó las fotos de las demás bodas e intentó reconocer las banderas. Él mismo mostraba la bandera de España, en otra Rin portaba la de Canadá y Haruka llevaba la de Portugal, en la boda más reciente.
No era bueno con la geografía, así que fuera de la que él mismo había cargado, la última no la reconoció.
— Disculpe la espera, Makoto-San.
Rei entró en la sala limpiándose los lentes con la orilla de su bata de laboratorio. Su cara, igual que la del castaño, ostentaba múltiples heridas.
— No hay problema, Rei. Disculpa por venir de improviso. — No prestó más atención a los moretones de su amigo, consiente de la razón y la vergüenza que éste sentía como estos exponían su inminente fracaso en el proyecto en el que estuviera trabajando. Cambió de tema antes de mostrarse verdaderamente preocupado —Esa bandera ¿De dónde es?
Señaló el enmarcado recuerdo en donde el científico sostenía el acta matrimonial y su consorte una bandera blanca con una cruz azul claro que le atravesaba por lo largo.
— Es de Finlandia. —Rei respondió.
Ambos continuaron viendo la fotografía sin decir nada, parados uno enfrente del otro.
De esa ida para llevar a cabo la boda en París, "La de Verdad", muchas cosas evolucionaron a rumbos inesperados. Rei comprobó que su amor era verdadero, él se decidió a avanzar con el suyo propio e incluso, a raíz de ese viaje familiar, de manera sorpresiva, dos años después el hermano mayor del investigador de cabello azul contraería matrimonio con una de las hermanas mayores de su cuñado; la más "Nagisa" de las tres. También, hacia menos de seis meses, Rei había logrado adoptar de manera legal a su esposo en un trámite bastante largo, dado que en Japón era la única forma de darle al rubio su apellido.
El bombero se quiso reír ante la ironía, pero un agudo dolor en las costillas le frenó en cuanto una convulsión interna, proveniente de su buen humor, le hubieron doblado a un costado con una mala mueca.
— ¿Se encuentra bien, Makoto-San?
Con un ademan de mano detuvo a su amigo antes de que se preocupara más de lo debido.
— Estoy bien, gracias. — Se volvió a sentar —Venía a verlos para pedirles un favor ¿Y Nagisa?
Ryugazaki señaló hacia arriba.
—En su estudio. Lamento no llamarlo, pero está en un encierro de retiro, aprovechando una buena racha ¿En qué puedo ayudarle?
— ¿Sabes del inquilino al que Rin hospeda en su casa?
Rei hizo una mueca con la boca que bien parecía una "O" mayúscula bien grande. Rápido la cerró dándose cuenta que hacer ese tipo de muecas no era para nada hermoso.
— Ayer me topé con Rin-San en el siniestro de la bodega incendiada. No me comentó nada.
Con regularidad, cuando pasaban esa clase de incidentes, Ryugazaki era llamado para presentar alguna investigación sobre el móvil del asunto o para hacer pruebas químicas y demostrar la veracidad del accidente. Y si hubo estado ahí y no le vio fue probablemente a que le habían hospitalizado antes de que arribara. Lo mismo con Rin, que solían llevarlo también a esa clase de infortunios dada su experiencia en la Interpol.
—No estoy completamente al tanto, pero algo entendí que al parecer Momo-Kun perdió las maletas de un muchachito que veía a probar suerte en Iwatobi. Rin le asila en su casa en lo que su situación mejora. Por el momento trabaja con Haru. Venía a ver a Nagisa porque el chico es de su talla ¿No sabes si hay ropa que ya no quiera?
Rei se encogió de hombros.
—Le preguntaré —Comentó, luego se sentó en el sillón de enfrente. Si había alguien a quien el científico admirase, ese sin duda era el castaño sentado frente a él. Desde ese viaje a Notre Dame un vínculo singular se había formado entre ellos. Jamás dijo nada, pero se hubo dado cuenta en un instante en lo que el grandulón sentía por su callado compañero. Acostumbrado a la observación minuciosa para la captación de datos, con sólo mirarles había descubierto todo ese lio amoroso que les comía la cabeza. No sólo había visto las miradas del bombero cargadas de lo que miraba en Nagisa cuando le veía y creía que no se daba cuenta, el mismo brillo se ostentaba escondido en otros ojos que él bien se conocía. Rojos como sangre brillando como rubíes ante la fría presencia del zafiro bruto que se paseaba por el mundo con aparente inmovilidad. Y aun así, pese a todo por lo que el bombero pasaba, se daba el lujo de la generosidad, buscando ayuda para un ajeno.
El silencio sacudió la habitación. Makoto, sabiendo exactamente lo que su amigo pensaba, sacó a tema lo primero que se le vino a la cabeza. En parte alarmado por las heridas del científico.
— ¿En qué estás trabajando?
—Combustible para cohetes — contestó, luego, apenado, se pasó la mano por el pelo —, pero aún no me está resultando bien.
Consciente de que al científico no le gustaba hablar de sus fracasos, volvió a cambiar de tema.
—Haru y yo iremos al templo en un rato. Él ahora está en la cerrajería. Quería saber si quieren acompañarnos ¿Aún eres cristiano?
Se rió bien fuerte recordando su epifanía eclesiástica a dos días de su boda, "La de Verdad". Multifacético, él seguía siendo un hombre de ciencia. Un creacionista que tomaba a Darwin como predicador y a Marx como profeta. Aunque, rendido a los pies de un sentimiento que la ciencia no explicaba más que como una reacción química en el cerebro originada en el hipotálamo que ocasionaba toda clase de intransigencias corporales; se decía perteneciente a la secta de Dios y ese amor que describían como algo más allá de la materialidad corpórea de un recipiente que es sólo carne en el mundo de los vivos. Lo que sentía por el pingüino de ojos caramelo no podía ser una banalidad numérica ni química. Tampoco una descuidada epifanía onírica. Sí era cristiano, no era por Dios, sino por el amor trascendental que sentía por Nagisa.
— Sí y no —Contestó —. Y aunque me gustaría ir, me es imposible hoy. Estoy cerca de la reacción que quiero en mi investigación. Espero no se moleste, Makoto-San.
El bombero se levantó sonriendo. Mitad alegre por el entusiasmo de su amigo, mitad que eso les dejaba a Haru y a él solos por el resto de la tarde.
La cerrajería estaba a un par de calles de ahí, y mientras su amante se disponía a sacar un juego de llaves para que Aiichirou pudiera abrir el restaurante en casos como el de ese día, Tachibana había encontrado conveniente visitar a sus amigos e intentar convencerlos de salir a dar la vuelta.
Cuando se retiró de la residencia Ryugazaki-Hazuki, estrechando la mano de su colega, se fue con un grato recuerdo una enorme boda y un par de viajes por el mundo para otras más pequeñas.
La cara de alivio con la que les recibió su madre le dio a Rin mala espina. Más todavía cuando les ofreció café con rosquillas.
Aprovechando su día libre, Rin acompañó a Nitori, que aún si le tocaba descansar, sí o sí tenía la obligación de escoltar a su hermana. Llegaron temprano para saludar y su madre les abrió la puerta con los ojos bien grandes. En tono nervioso agradeció por su visita e invitó a ambos un café con rosquillas en lo que preparaba el almuerzo. Gou apenas se había metido a bañar.
Como eran poco antes de las diez de la mañana, Rin aceptó todo y Nitori se ofreció a ayudar en la cocina. Puesto que siempre estaban a las carreras, nunca había podido darse el tiempo de saludar de manera correcta a la madre de su "protegida". De hecho, esa era la segunda vez que entraba a la casa y la primera que pasaba del vestíbulo. Por su parte, la señora Matsuoka, aunque molesta por el absurdo mandato que Rin había concordado con el mesero, veía al muchacho como alguien de su agrado. Por supuesto, estaba al tanto de su situación. Gou, con quien ella tenía mucha comunicación, le hablaba constantemente de lo que lograba sacarle al chico en las veces en las que conseguía obtener más de diez palabras.
Nitori era una persona tímida. O al menos, lo era con las chicas de su edad.
—Siento mucho que tengas que ayudarme, Nitori-Kun — Comenzó la conversación. Aiichirou, cortando vegetales, negó con la cabeza.
—No hay ningún problema, Matsuoka-San. En casa solía ayudar a mi madre en la cocina. En serio que no me molesta.
La madre de Rin encontró en ello un tema de conversación que le llevara a saber más del inquilino de su hijo.
—Entonces ¿Eres del campo?
Aiichirou se quedó rígido un segundo, luego contestó con una sonrisa afable.
—No soy taaan campirano —Enfatizó en ello —. Vengo de una zona rural al este de aquí.
La mujer asintió con la cabeza. La arrocera pitó. Ella la abrió para que el arroz se enfriara.
— ¿Qué te hizo venir a Iwatobi? Mi hija me contó que querías probar suerte en la ciudad, pero hay ciudades más prosperas.
—No quería aventurarme a algo tan grande como Tokio aún. Siempre he querido vivir en la ciudad, porque cuenta con muchas más ventajas que el campo, pero la verdad, elegí Iwatobi porque quería conocer el mar.
— ¿Y ya lo viste?
Aiichirou negó con la cabeza. Con su accidentado inicio y su atareado continuar, aún no había tenido tiempo de cumplir con la razón principal de su traslado a esa ciudad.
Ella sacó un traste con pequeños pescados frescos, él le arrebató el recipiente de manera cordial, indicando que le gustaría prepáralos en agradecimiento a su invitación a almorzar. La pelirroja se recargó contra la alacena dejando a su invitado hacer a su mejor proceder. Le miró atenta cuando cortó una línea bajo la cabeza y otro corte recto hasta la cola. Los destripó con presteza e incluso se las arregló para abrirlos para hacer un filete sin quitar huesos, cabeza o cola. Hizo tres en total. Habría hecho uno más, pero sólo había esos en el traste.
—Eres muy bueno en la cocina. Ahora me alegro que el bobo de mi hijo no se haya ofrecido a ayudarme.
Las mejillas se enrojecieron y escondió la barbilla en el cuello de su camisa. La mujer reprimió el impuso de revolverle los cabellos.
— Matsuoka-San no es bobo — Le defendió —. Está un poco cansado, tuvo un pesado día ayer —La madre asintió con la cabeza. La actitud del peligris le intrigó de buena forma —. Yo ayudaba mucho a mi madre a cocinar. Aunque lavar los trastes no es mi pasatiempo favorito. Nuestros vecinos son gente muy anciana y tenemos buena relación con ellos y sus hijas. A veces pasaba que ellas no podían visitar a sus padres algunos días. Llamaban a mi madre para que vigilara que todo estuviera en orden. Oba-San le gusta comer sólo comida tradicional.
La mujer se llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa temblorosa. Era la clase de persona que se le estrujaba el corazón con esa clase de historias.
Luego del almuerzo, Aiichirou invitó de buena gana a la madre de su casero al templo. Rin negó con la cabeza y ella aceptó sólo para molestar a su hijo.
Habían acompañado a Gou a su trabajo y de ahí recorrieron un poco de la zona comercial de la ciudad. Rin iba enfurruñado, porque sabía que no era nada tonto.
En cuanto salieron de la cocina con sólo tres pescados, él supo que algo estaba mal. Llevaba un tiempo de no ir a visitarlas y sabía que ella siempre hacía la despensa de forma racional. Si eran sólo dos en casa, ella compraba en número par. Ver un número descuadrado de pescado a cualquiera le daría lo mismo, pero él sabía que eso significaba visitas al hogar. La primera mala espina fueron las rosquillas frescas que les ofreció al llegar.
En definitiva su hijo no era tonto, pero ella tampoco. Ya encontraría algún recurso para que él dejara de sospechar.
Por otra parte, durante el almuerzo se mostró gratamente sorprendida. Mientras hablaban con Nitori prestando atención a todo lo que éste les platicaba con ahora mucho más confianza, el pelirrojo, aún con mala cara, acercó su silla a la del muchachillo para que pudieran compartir el pescado impar. Aiichirou se tensó un segundo y después continuó hablando incluso más rápido de lo normal, hasta que Rin le hizo callar para que pudiera comer.
Ahora mismo los esperaba sentada en el pasillo de una plaza comercial en lo que su hijo le compraba una chaqueta, luego de que lo escuchara estornudar.
No era que él fuera un hombre completamente solitario. Tenía amigos y de los mejores, pero no era una persona exactamente diligente. Era también reticente a hablar de más sobre sus cosas personales. Conocía a varios de sus amigos, pero al que veía con más regularidad, para su mala fortuna, era Sousuke. Amable el chico, y de buen corazón, pero callado referente a los temas de Rin que le interesaban. En cambio Nitori, Nitori era otro tema. Ese chico tenía una lengua elástica.
Se rió mirando a través del escaparate a su hijo arrebatándole una prenda al asustado muchachito, sólo para entregarle otra con mejor gusto. Al final, cuando salieron de la tienda, Rin se negó a pagar la que él no había escogido.
Haru arrojó una moneda a la urna, hizo sonar la campana, aplaudió un par de veces y con los ojos bien cerrados hizo una plegaria. Makoto hizo lo mismo al mismo tiempo, pero, a diferencia de su acompañante, él no tardó demasiado. Al abrir los ojos miró al pelinegro aún con los parpados fuertemente cerrados y las manos juntas.
No era común en Nanase hacer algo como eso, mucho menos tardar tanto en hacerlo.
La verdad, no sólo oró, sino que dio las gracias.
Estaba ciertamente muy agradecido. Se dio su tiempo para pedir por Makoto y su bienestar. Por su familia, por sus amigos e incluso dedicó un pensamiento a Nitori. Pidió que protegieran los intereses del bombero y que su amigo policía encontrara la iluminación que necesitaba. Rogó también por una suerte más prospera para su nuevo barista. Dio la gracias por lo que le estaba pasando con su mejor amigo de toda la vida. Por la prosperidad que estaba presentando su restaurante, a pesar de su pasada adversidad. Pidió por la bienandanza de su relación y la serenidad en la cabeza de su amante.
Abrió un ojo y Makoto le sonrió. Volvió a cerrarlos.
— "Y ya que estamos, haz que Kisumi regrese a Tokio".
Cuando terminaron de rezar, asegurándose de que no hubiera nadie que los viera, el castaño le robó un beso. Bajando por la interminable escalera, se encontraron con una sorpresa.
Andando por la misma, en una grupo de tres, Rin subía por los escalones acompañado de Nitori y su madre. En cuanto el pelirrojo los vio se apresuró a llegar a su nivel corriendo. Las mejillas le brillaron rojas por el esfuerzo, mas los ojos radiaron preocupación.
— ¿Qué te pasó?
Makoto se molestó en el segundo en que su amigo tomó la cara de su amante con cuidado. Con la mirada perpleja, Rin le miraba los moretones. Desafortunadamente, ni el labio ni el pómulo habían cedido a la hinchazón.
Haru se puso nervioso. Matsuoka lo tenía muy cerca y podía ver el aura verdosa de Tachibana. También estaba la pena de decirle a más de uno la verdad.
—"Anoche nos emocionamos de más teniendo sexo. Cosas que pasan". Obviamente no podía soltar eso así como así. Menos aun mirando a la madre de su amigo subiendo las escaleras a su ritmo para alcanzarles.
Se mordió el interior de la mejilla, culpable. Tampoco le había contado a Makoto de su salida con Rin dos noches atrás. Nitori, oportuno y servicial, corrió hacia él al verle herido.
— ¡Nanase-San! ¿Qué le ha pasado?
La cabeza se le iluminó de repente y con su pétrea expresión desinteresada, habló sin impresión, aún si por dentro se moría de nervios.
— Anoche me asaltaron.
Rin y Nitori palidecieron abrumados.
— ¿Estás bien? ¿Qué te robaron? Debiste contactarme.
Haru se palmeó la cabeza internamente. Por un breve instante olvidó que Rin era policía. Ahora mismo le escuchaba hablar de revisión de turnos y cuadrar el área y otras cosas que no entendió. Entonces dijo lo absurdo.
—Me robaron el celular.
Rin se quedó serio sin decir más. Nitori no captó el incongruente en la ecuación.
Esa mañana, muy temprano y mucho antes de que abrieran cualquier tienda en la que pudieran adquirir otro aparato, Haru le había marcado desde su propio número. Reparó entonces en Makoto y las magulladuras en su rostro, menos notorias en su piel bronceada. Atar cabos no le costó trabajo.
—Cuando algo así pase, marca de inmediato a la comisaría. Por favor, ten cuidado cuando andes por la noche.
Haruka asintió de acuerdo. Saludaron a la madre del pelirrojo y luego de entregarle el juego de llaves recién sacado al pequeño barista, se despidieron. El pelinegro se alejó con un paso lento y marcado que le confirmó al policía su sospecha crucial. Luego de eso, su humor volvió a ser de perros hasta el final del día.
Rezaron en el templo, escoltaron a su madre de vuelta a casa y de ahí, se retiró del lugar sin darle explicación alguna a Nitori.
Muy tarde por la noche, cuando Aiichirou volvió luego de pasar por Gou y llevarla a casa, Rin le esperaba en la sala. Leía acostado con su ropa deportiva en el sillón más grande de la sala. Apenas cruzó el umbral del vestíbulo, el pelirrojo le arrojó el libro. Su puntería era buena, pues estuvo a nada de darle.
— ¿Dónde estabas?
Aiichirou tembló en su lugar.
—Acompañé a Gou-Chan, como siempre.
—Es tarde.
—Me encontré con Ichika-Chan y la escolté a casa. Me mostrará más de la ciudad en mi próximo día libre.
Rin gruñó mostrando sus dientes afilados. Al notar la mueca tímida, pero con miedo del peliplata, le sonrió con sorna.
— Te ves cómo alguien que nunca ha salido con una chica antes.
Los pálidos mofletes del muchacho se le arrebolaron como dos tomates maduros.
—Bueno, mi comunidad es pequeña y todo mundo se conoce entre sí. Las citas son algo complicadas. Invitar una chica al cine es casi como pedirle matrimonio.
La idea de preguntar por su castidad a Nitori le bailo en la legua, disfrutándolo como una buena broma con la que podría molestarle por largo tiempo ¿Cuantos años dijo que tenía? Sousuke se reiría mucho en cuanto se lo contara al día siguiente. El buen humor de Matsuoka estuvo a punto de mejorar hasta que el otro dijo algo qué, de alguna forma, le hizo volver a enfurecer.
—Bueno, Ichika-Chan es una chica hermosa. Creo que realmente me gusta.
Rin estuvo a punto de ladrar. Su humor volvió a ser el de un perro rabioso. Hacia la cabeza de Nitori voló la libreta de gastos mensuales, que estaba a la mano por haber anotado el costo de la chaqueta que le hubo comprado esa tarde y el desayuno de la mañana. El oficial Matsuoka aprovechó la distracción para tomarlo del brazo y arrojarlo contra el sillón. Aiichirou se asustó como nunca en cuanto su anfitrión acercó la cara tan cerca de la suya, que podía sentir su aliento caliente como un bramido. Por su parte, Rin utilizaba el método de intimidación más viejo de su repertorio como policía. Con ojos fieros, le señaló con el dedo. Al darse cuenta de lo que hacía, se separó a una distancia prudente sin dejar de ser intimidante.
—Lo mejor será que te alejes de ella.
El barista, aunque con miedo, preguntó la razón. De verdad debía gustarle la chica si era tan idiota como para preguntar. Matsuoka respiró contando hasta diez.
—Te lo digo como amigo —Habló calmado —. Siempre aléjate de una chica cuyo hermano tenga un arma y permiso para usarla.
Nitori no se movió del sillón hasta que escuchó nuevamente un portazo en la habitación del pelirrojo. Rin se sintió apenado y molestó por tener su segundo desplante en menos de veinticuatro horas.
つづく
Disculpen la tardanza. No tengo mucho que comentar, sólo algunos agradecimientos especiales a Japiera por los comentarios vía Tumblr y a mis amigas Yumi Shishido, Isa y Mily por los que fueron vía telefónica. Se los agradezco.
Esto iba a estar desde la semana pasada, pero la gata de mi madre rompió el modem. El aparato iba a ser reparado desde el sábado, pero ya saben cómo es esto. Cuando te dicen viernes, realmente quieren decir septiembre.
Espero les esté gustando la línea por la que se está encaminando esta historia.
Dato curioso: En Japón se suele contestar el teléfono con las palabras "Moshi-Moshi" que en realidad no significan nada. El motivo viene de una antigua tradición en la que encontramos a los demonios kitsune y su capacidad de tomar la forma humana de alguien conocido. Según las leyendas, por alguna razón ellos son incapaces de pronunciar las palabras "Moshi-Moshi". De ahí que la gente suela saludarse así, aunque desconozco la razón de llevarlo a un extremo telefónico. Advierto también que no estoy segura de esta información, simplemente la leí hace mucho tiempo.
Referente a las bodas: Por el momento, en todo el mundo hay alrededor de quince países en los que es legal el matrimonio homosexual. Nagisa es un excéntrico, por lo que no me parecería extraño que quisiera hacer una locura como casarse en cada país que se le permita. Bien por ellos, que llevan siete. Se han casado en la mitad de los países donde es legal. En Japón, por lo tradicionalista de su cultura, a pesar de lo liberal que se ha vuelto, no se permite una unión nomotética de este tipo, más sin embargo, sin importar la edad, hay un hueco legal que te permite adoptar a un individuo para poder traspasarle el apellido. Cosa muy socorrida al ceder empresas y herencias.
No sólo he ingresado ya a Rei a la historia de manera directa, sino que también he mencionado a Nagisa que está próximo a aparecer. Incluso he incluido un poco a otros personajes, de manera más activa, como lo es la madre de Rin. De manera un poco más escondida la familia de Nagisa y Rei, que si bien ahora sólo son personajes de marco, en un tiempo tendrán una razón de ser.
También quería mencionar que de ahora en más, esta historia sube en su categoría de público para pasar de Rating "T" a "M" por qué las cosas se están poniendo turbias y la "Acción, Acción" es ya un hecho.
Otro anuncio especial este que a partir de hoy las actualizaciones serán los días miércoles. Jueves si mal me va.
Un beso a todos ustedes. Comentarios y quejas son bien recibidos. Nos vemos la próxima semana.
.Misao Kirimachi Surasai.
