Future Fish.
Capítulo 11. Caramelo.
Al poco rato de que Nitori regresara, Nanase le dejó partir. De hecho, le obligó a hacerlo, pues el diligente muchachito se sentía culpable de no haber laborado el día anterior y, encima, tener medio día libre en el presente.
A Haruka también le sabía mal, pero él mismo necesitaba irse temprano. Con el proyecto de Nagisa en puerta, requería comprar algunas pinturas que le hacían falta. Para ello debía salir con tiempo, antes de que cerraran los almacenes comerciales, por lo que, mientras Nitori se encontraba fuera y luego de haberse despedido de un colorado Rei y un desilusionado Nagisa, que se había quedado sin conocer al barista por su repentino arrebato de "inaceptable indecencia", palabras textuales de su marido; llamó por teléfono al bombero para pedirle que le fuera a ver en cuanto saliera de la estación.
Makoto estuvo puntual. Terminando su guardia caminó derechito al restaurante sin aletargar ni uno solo de sus pasos. Entró al establecimiento, hizo sonar la campanilla, miró a los lados buscando posibles comensales y apenas salió Haru de la cocina, colocándose la chaqueta, le tomó de los hombros y le plantó un beso al sorprendido cocinero.
—Te extrañé ¿Me extrañaste?
Haruka respondió con un monosílabo que al bombero le rompió el corazón.
—No.
Tarde se dio cuenta de lo áspera de su respuesta. Desistió de decir más, temiendo que se sintiera forzado, y simplemente le besó la mejilla antes de tomarlo de la mano para llevarlo fuera del local.
Caminaron un rato largo sin la posibilidad de tomarse de las manos, empero rozando los meñiques al avanzar. Miraron escaparates, curiosearon en algunas tiendas e incluso compartieron un ShortCake al que en realidad Haru sólo dio una mordida.
Cuando llegaron al almacén donde Haruka compraba la pintura, Makoto le dejó caminar a su entera libertad. Ese era uno de los escondidos placeres que Tachibana guardaba dentro de sí. Era imperceptible, casi inexistente, pero la mirada oscura de su mejor amigo se iluminaba radiante en el fondo del iris cuando se encontraba en la búsqueda de algo en ese mundo de colores. Bien podría parecer que caminaba despacio y veía a conciencia los utensilios de dibujo, más lo que veía Makoto, quien le conocía al fin ya de manera completa, sabía que era como un niño pequeño en juguetería.
Al final, cargado de todas las bolsas con pinturas y demás caprichos repentinos, salieron del lugar. Haruka se lo agradeció con una sonrisa. Escasas y extrañas cual agua en desierto, Makoto la atesoró de por vida.
Pararon para comer alguna chuchería, se sentaron en el parque e intentaron alimentar a las palomas.
Cuando comenzó a atardecer lo suficiente como para que el cielo se viera naranja, mirando a los niños correr a lo lejos, Haruka habló.
—No es que no te extrañe. Estuve ocupado.
Makoto continuó con la vista fija en los niños que se perseguían los unos a los otros. Recargó sus manos en la banca y discretamente acercó su izquierda a la derecha de su amante. Con la uña del meñique rascó la diminuta igual en la mano del cocinero.
—Lo sé. Está bien. Yo estuve pensando todo el tiempo en ti.
—Gracias.
—Te amo.
—También.
El silencio les invadió una eternidad reducida a una ridícula fracción de minuto. Ruido de voces infantes, palomas caprichosas y viento moviendo los arboles orquestaron una melodía sinfónica de un presente en el que, al fin, estaban juntos.
—Me gustaría que no pienses tanto en mí, Makoto. Te amo, pero necesito que te centres en lo que haces. Tu trabajo es arriesgar la vida. No quiero tener nada que ver con algo que podamos lamentar.
Sorprendido por el repentino despilfarre de palabras, nada común viniendo de su amante, con el dedo pequeño de su enorme mano tomó el del cocinero. Sin necesidad de mirarlo, entendió que se refería al incendio de los pasados días.
—Lo haré.
—Por favor.
Querían besarse en ese momento, que de entre todo lo vivido, parecía el más idóneo, salvo por la locación. Se abstuvieron disfrutando sólo el tacto de sus pieles juntas de sus dedos.
—Hablé con Nagisa hoy. Sobre nosotros —Haruka tragó saliva. Sus manos comenzaron a sudar —. Le dije que somos amantes ¿Eso te molesta?
— En absoluto. Es un alivio que lo sepa.
El pelinegro dudó un poco antes de dejar salir algo más de su boca. Algo que quemaba sus entrañas desde hacía ya bastantes días.
—Makoto… ¿somos pareja? —El bombero se destanteó con la pregunta. Sintió la inseguridad en su amigo, y éste pudo sentir la de él.
Otro silencio eterno, los meñiques quietos y el terror expectante de Nanase condensaron el puro aire libre y les llenaron con vicio los pulmones. El sol, de un naranja radiante, desaparecía lentamente ante sus ojos. Cuando estuvo en un punto exacto sobre la copa de un árbol, a nada de esconderse tras de él, Makoto abrió la boca.
—Haru ¿Quieres ser mi novio?
No se miraron a los ojos o siquiera voltearon los rostros, siquiera por el rabillo bajo las pestañas. Los niños gritando y cantando y haciendo los ruidos que los niños hacen mientras juegan, sobre ellos, el sol muriendo para dar vida a la noche y en la banca, silencioso, por fin Haruka le tomó de la mano, estrechándola entre la suya con inusitada fuerza.
—Si.
Cuando Nitori llegó a casa, cargado de las dos maletas, se propuso el revisar lo que había en ellas. Nanase-San le había dicho que Tachiba-San había hablado con un amigo que tenía la misma talla y que éste le mandaba prendas que ya no utilizaba. Que la buena fe había sido tal, al grado de pedirle se quedara con las maletas.
Por alguna razón, antes de abrir la más grande, su vista se centró en uno de los tantos relojes con los que parecía que su anfitrión tenía cierta obsesión.
Dejó las maletas en la sala.
Aún era temprano para ir por Gou-Chan.
El oficial de policía había tenido un humor cambiante y huraño por al menos tres días. No sabía que era lo que pasaba, pero estaba consiente que algo aquejaba al pelirrojo.
La verdad se sentía extraño andando por la casa a sus anchas de esa manera. Fuera de su tiempo de convalecencia por la enfermedad, esa era la segunda vez que estaba solo en el lugar. La primera vez, un día atrás, se había sentido como un intruso, y aunque ahora no era la excepción, decidió ir más allá tomándose libertades. Rin-San le había dicho ya que podía hacer lo que quisiera y como el día anterior habían limpiado, fuera de sentarse tranquilo en el sillón, se dedicó a recorrer el lugar con minucioso ojo crítico.
El oficial no contaba con muchas pertenecías. Lo necesario para que el lugar se viera limpio y estético. Un librero y unos cuantos estantes además de sólo una pared con fotografías varias qué, informado por la familia del pelirrojo, sabía hubo colocado Gou-Chan en el lugar. Dichas fichas mostraban parte del crecimiento de su anfitrión. Fotografías muy viejas en las que aún aparecía el padre de hombre, otras donde recocía a Yamazaki-San, más de la misma edad donde un niño pelirrosa acompañaba a los dos amigos y unas donde, un poco más crecido, se encontraba con su jefe, el bombero amigo de su jefe y un niñito rubio qué, viéndolo bien, se parecía al muchacho vestido de banco en una foto donde, estando todos trajeados, Matsuoka-San sostenía una bandera de Canadá.
Sus ojos brillaron celestes como cielo despejado cuando se centró en buscar todas esas fotos que indicaban viajes al extranjero. Un acuario cuyo letrero estaba en inglés y mostraba a un emocionado adolecente pelirrojo. Ese edificio extraño de Australia que no era otro sino la Casa de Opera de Sidney, una pareja de obvias facciones anglosajonas que cargaban con un perro negro, El Empire State, la Estatua de la Libertad, un puente enorme que supuso era el de San Francisco o el hombre caminando en las calles neoyorquinas.
Su cuerpo tembló y por poco pensó que caería al piso, lleno de admiración.
Luego se sintió tan pequeño e ingenuo. Él luchando por salir de su pequeña comunidad y su anfitrión había recorrido una buena parte del mundo.
Se llevó una mano al pecho, tiritando. Su corazón se sentía demasiado grande para su pequeño torso. Y entonces la determinación nació en su ser: Quería ser como Matsuoka Rin.
Haruka miraba la vitrina de una tienda de utensilios de cocina cuando se dio cuenta del comercio a un lado. Era cliente regular del negocio en la que se encontraba, pero era la primera vez que ponía atención en el contiguo. Jamás le hubo parecido relevante y de no ser por la conversación con Nagisa, habría continuado así.
Entró discretamente y curioseó entre los coloridos anaqueles. Sombras de ojos, tintes de fantasía para el cabello, perfumes y polvos para enrojecer las mejillas, labiales, esmaltes, brochas y demás accesorios femeninos que parecían brillar con luz propia con sus llamativas gamas de color.
— ¿Hay algo en lo que pueda ayudarle?
Haru saltó en su sitio, asustado por la mujer que ahora le sonreía. Makoto, quien le hubo perdido de vista al curiosear entre los utensilios de repostería, le buscaba en el andador fuera de la tienda.
—Lipsticks.
La dependienta acercó el oído para poder escuchar lo que el cliente decía. Ahora, estando segura de haber entendido la mitad y habiendo adivinado el inicio de la palabra, lo dirigió de manera amable a un aparador donde se extendían un montón de brillos labiales.
El chef se sintió pequeño ante la enorme variedad que le presentaban ¿De verdad había tantas cosas diferentes de un mismo producto?
— ¿Alguno en especial? ¿Alguna marca en específica?
Nanase lo pensó sólo un segundo antes de soltar apenado.
—Sabor a curry verde.
— ¿Curry verde?
La cacofonía y resonancia debía intensificarse en ese angosto pasillo de la tienda, puesto que la pregunta sorprendida hizo eco con otra voz. Una voz que Haruka conocía más que bien. Makoto, habiéndole encontrado, se sorprendió a la par que la vendedora ante lo exótico del producto por el que buscaba.
La mujer se apretó el borde su corto faldón del uniforme, ante ella, imponiendo una altura que sobrepasaba el metro ochenta, un apuesto y musculado hombre se colocaba tras de su cliente. Se sonrojó, pero intentó guardar la compostura.
— ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Algún artículo en especial que busque?
Makoto negó con la cabeza.
—Vengo con él.
— ¡Oh!
Las mejillas volvieron enrojecerse, escuchando la voz del muchacho.
— ¿Un Lipstick, Haru?
Haru enrojeció. La dependienta les miraba atentamente.
—Hermana —el bombero ladeó la cabeza. El cocinero entendió a la perfección sin utilidad de palabra alguna. La frente de Makoto tenía escrito en clara caligrafía legible la afirmación de que Haruka era hijo único. El pelinegro odió entonces ser un libro abierto para su amante —.Tu hermana — aclaró.
— ¿Ran?
El pelinegro asintió, antes de mirar la mujer otra vez. Rehuyendo de la mirada que Makoto le asignaba.
— ¿Hay con sabor a curry verde?
—Temo que no, Señor ¿Algún otro sabor que le gustaría encontrar?
—Chocolate.
Cuando la chica se retiró en busca de algo más real y especifico, alejándose apenas un par de metros de ellos, Makoto se colocó justo a la espalda de Haruka, inclinó el cuerpo y pegó la boca a su oreja, en un afán de susurrarle algo. Nanase se paralizó con la cercanía, pero lo que le hizo tensarse fueron sus palabras.
— ¿Curry Verde? No es para Ran ¿Verdad? —no esperó respuesta alguna —. ¿Chocolate? Es para mí. No hace falta que hagas esto. Me encanta el sabor de tus labios.
Haruka no dijo absolutamente nada, adivinado lo que su pareja pensaba. ¿Besos? A veces Makoto era tan inocente.
Cuando la dependienta regresó con los que mejor le parecieron según el rango de edad que le aclaró Makoto un minuto después, Haruka eligió al menos unos tres que no parecieran tan horriblemente femeninos, pagó por ellos y se retiraron de lugar.
Aún no decidían si pasarían la noche en casa de quien, cuando el pelinegro volvió a perderse. El bombero se llevó la mano a la cabeza despeinando desesperado la melena, recordando que había un estanque enorme a la salida del área comercial, mas, para su gran sorpresa, el otro se encontraba dentro de una tienda de telefonía celular, pidiendo que le mostraran un par de modelos.
Cuando el oficial Matsuoka entró a su departamento, no le sorprendió saber que Aiichirou se encontraba ya en casa. Lo que le hizo volar su curiosidad fue el aroma que venía de la cocina. Claro estaba que no había problema en que el muchacho aprovechara los servicios del lugar, sino que nunca le había visto usarla.
Que él supiera, esos últimos días había desayunado, comido y cenado con Haru en su restaurante. Siendo franco, siquiera había tocado cosa alguna del refrigerador o la alacena. Cuando se acercó, comprobó que no era la gran cosa. Al parecer sólo preparaba uno de esos muffins instantáneos de microondas.
—Bienvenido.
Nitori le sonrió de oreja a oreja, bastante animado. Rin le devolvió el saludo sin mucho ánimo.
— ¿Cómo le fue el día de hoy?
—Normal, supongo —el oficial se rascó tras de la cabeza cuando se dio cuenta de que el muchacho le miraba atentamente, como esperando una mejor respuesta. Ante esto, Rin no tuvo más alternativa que ampliar más su comentario —. Fue un día tranquilo. Luego de que te fueras, todos seguimos molestando a Momo. Como todos vieron que Uozumi había enlodado su patrulla, quienes no la habían llevado a lavar aún, hicieron lo mismo.
El peligris rió detrás de su puño y el pelirojo reconoció entonces que esa era la forma en que trataba de reír discretamente. Haciendo memoria, le había visto hacer eso al menos ya una docena de veces. Sin más, le pareció algo afeminado.
—Por cierto, vi maletas en la sala ¿Te vas?
El barista saltó en su sitio con los hombros tiesos ¿Irse? ¿Ahora que reconocía abiertamente que admiraba al policía y quería aprender todo lo que pudiera de él? ¡Jamás!
— ¡Oh! ¡No, no! ¡Nada de eso! — respondió un poco más desesperado de lo que hubo querido. El pitido a sus espaldas, avisando que lo que estuviera en el microondas estaba listo, sirvió para alterarle más. Decidió dejarle reposar dentro del horno mientras se acercaba a la mesilla de la sala, dispuesto a abrir las maletas. Rin se sentó a su lado, lo que lo puso aún más nervioso.
Ni siquiera él había husmeado su contenido y realmente tenía curiosidad. Divagar viendo las viejas fotografías e ir por su amiga pelirroja consumieron su tiempo. El intentar hacer un buen gesto para con el policía también le hubo distraído de su curiosidad inicial.
— Me las dio Nanase-San el día de hoy. Tachibana –San habló con un amigo de mi talla y él me mandó esto.
El hombre de dientes afilados chasqueó la lengua en silencio. Amigo de la misma talla era una descripción bastante obvia para él, puesto que sabía perfectamente quien era lo suficientemente pequeño y menudo como para poder donar ropa que le quedase a Nitori.
— ¿Es de parte de Nagisa?
A pesar de subir un pie en asiento del sofá y apoyar el codo contra la rodilla para tener una mano en que recargar la mejilla, Rin le miró de una manera sumamente severa.
—S-si.
Nitori titubeó su respuesta, por muy bien que recordara el nombre de su benevolente benefactor.
—Tsk —Chaquéo la lengua —. Ese desgraciado en miniatura. Sólo ten cuidado. Te daré un consejo — El oficial de policía volvió a apoyar ambos pies en la alfombra. Sus manos de nudillos tensos se posaron en sus propias rodillas —. Intenta no acercarte a ese pequeño bastardo.
— ¿Usted no se lleva bien con él?
Rin sonrió mostrando su sonrisa más predadora.
—Al contrario, es de mis mejor amigos, por eso sé lo que te digo — Le despeinó antes de levantarse de su asiento —. Para él serás como un juguete favorito. Si quieres sobrevivir en esta ciudad, debes alejarte de él y de Ichika.
Nitori no entendió tal insistencia para con la linda pelinaranja. Ese mismo día, de hecho, le hubieron dicho maravillas de su hermano mayor, que aunque hubo obligado al menor de sus hermanos a hacer el ridículo, entendía que había una buena razón detrás de todo ello.
— ¡Espere! — Cuando se dio cuenta que el hombre estaba por retirarse a descansar, recordó el par de tazas enfriándose en el horno de microondas. El oficial le esperó hasta que le hubo tendido una de las tazas, intentando no quemarse —. Para usted.
El dentado hombre de melena roja agradeció el gesto con desinterés, pero se rehusó a aceptar el postre.
—No me gustan las cosas dulces.
Y sin más, se retiró a su habitación, dejando sólo y con la mano extendida al pequeño peliplata.
Rin salió temprano dispuesto a correr una maratón, luego de sentirse flojo durante un par de días en los que no hubo hecho a su rutina de ejercicio. De hecho, salió tan temprano que ni siquiera Nitori se había levantado. También volvió tan tarde que al llegar, éste ya se había ido.
Agradeció por el silencio y la tranquilidad. Sólo él en su propio apartamento.
Colocó el canal meteorológico y desayunó algo ligero. Lustró sus zapatos y de paso, los tres pares nuevos que encontró en la zapatera del genkan que supuso, Nagisa le hubo regalado al peligris. Eran bonitos, reconoció, pero nada que ver con el estilo que probablemente pudiera gustarle a su inquilino. Eran demasiado…"Nagisa". Y aunque los dos andaban por el mismo estilo, tomando en cuenta la horrible chaqueta que hacía un par de días Aiichirou hubo elegido, tenían diferencias importantes entre los dos.
Se encogió de hombros. Fuera de ese atuendo con que le hubo conocido, Nitori no tenía siquiera ropa interior propia, así que eso del estilo no le quedaba muy claro tampoco. Habría que salir de compras algún día con el muchacho para tener seguro sus gustos.
Pensando en eso, y con la curiosidad moviendo mórbidas sus intenciones, miró el reloj más próximo para asegurarse de que aún era temprano para su encuentro con Sousuke y, afianzándose de que aún le queda tiempo, se dispuso a revisar el armario de Nitori, deseoso de saber la ropa que le hubiera regalado Hazuki.
Al abrir la puerta, la sorpresa le asaltó al ver el futón arrojado sin cuidado dentro del armario, con las maletas sobre de él y ropa descuidadamente colgada en ganchos. Lo único cuidadosamente colocado eran las filipinas de su uniforme.
Gruñó una maldición y miró su reloj de pulsera. Tomó las maletas y el futón y las arrojó al pasillo, descolgó la ropa y la tiró sin miramiento fuera del apretado rincón que le había designad para sus cosas. Y cuando vió la caja de cartón en la que le había regalado la ropa que tenía guardada de Australia, el coraje inicial se le esfumó al mirar el contenido.
Dos de las tres camisetas que él le había comprado en la tienda de conveniencia, además de tres de sus cuatro únicos calzoncillos, sus dos pares de calcetines y dos de los tres rastrillos del paquete económico que le hubo dado el día del acuerdo.
Algo se le revolvió en el pecho de manera dolorosa y asfixiante cuando se dio cuenta de que nada de lo que tenía Nitori, siquiera la chaqueta que él le hubo regalado, habían sido del gusto o el estilo del muchacho. De hecho, él se había reusado a pagar la que el barista había elegido y había comprado la que era más a su propio gusto.
Regresaron las cosas a su lugar, aunque de una manera más organizada. Colgó la ropa con cuidado, dobló el futón de la manera correcta y colocó las maletas sobre de este como Dios mandaba. Aunque, cuando colocó la más pequeña sobre la grande, esta rodó y se abrió, dejando fuera su contenido.
Las orejas se le pusieron rojas y el corazón se le aceleró, recordando que Nagisa, siendo Nagisa, era un verdadero desgraciado en un empaque reducido.
Nada más entrar al local, Nitori encendió la televisión en el canal meteorológico. Costumbre que quería copiarle al oficial Matsuoka. Siempre era importante saber el clima que les deparaba en caso de cualquier emergencia que pudiera suscitarse. En el caso del restaurante, por ejemplo, podía estar al pendiente para no regar los arbustos ese día o tener presente el meter la pizarra, en caso de que se augurara lluvia. También serviría para hacer platica entre los comensales y recordarles tener cuidado al seguir con su camino.
Otra cosa que quería tomar del pelirrojo policía, apenas tuviera la oportunidad de comprarse unas zapatillas deportivas, era su rutina de jogging. Estar en forma también era una ventaja. Más para él, que sufría de asma.
Limpiaba las mesas exteriores preparándose para sacarlas cuando los gatos comenzaron a salir. Entonces se quitó el sudor de la frente y se paró junto a la puerta, listo para recibir a su jefe, quien llegó tranquilo, seguido de su amigo el bombero.
Nitori no dijo nada, pues no era de su incumbencia, pero era ya la segunda vez que llegaba temprano con el oficial Tachibana, y ya antes se los habían encontrado en el templo el otro día. Sabía, por lo que le había dicho Nanase-San, que eran mejores amigos, pero el que llegasen juntos se le hacía bastante sospechoso. Daba la impresión de que el uno se quedaba en la casa del otro.
Sacudió la cabeza espantando cualquier idea indebida y en lugar de hacerse más suposiciones indiscretas, se decidió a saludar al chef.
—Buenos días, Nanase-San, Tachibana-San.
Su jefe asintió con la cabeza, serio. Makoto, por otro lado, le devolvió el gesto con una sonrisa.
—Buenos días, Nitori-Kun.
— ¿Has dado de comer ya a los gatos?
Nitori sonrió. Alimentar a los felinos era su parte favorita de la mañana, mas sabía que era una cosa que le gustaba hacer a su jefe. Sólo había que ver cómo le brillaban los ojos y la dedicación con la que empaquetaba las vísceras desde un día antes.
— Aún no, Nanase-San. Lo esperaba para eso —el cocinero, complacido, dejó lo que llevaba consigo sobre una de las mesas y le revolvió el cabello a Nitori, en un gesto muy parecido al que tenía el oficial Matsuoka para con él —. He limpiado el baño, las mesas y la pizarra mientras tanto.
Haruka le esbozó una sonrisa corta y anticipando la emoción de Makoto, los condujo a los dos a la cocina. Les dejó acariciar y alimentar a los gatos mientras él se dedicaba a preparar el desayuno.
Sousuke llegó con casi media hora de retraso.
No se alarmó, pero le riñó por su falta de orientación y la poca atención que tenía para con esta. En su opinión, si sabía que se perdía con facilidad, debía salir con tiempo de casa y evitar tomar atajos que no conociera.
Yamazaki, como siempre, se hizo el tonto y sólo dijo que sí a todo sin poner realmente atención.
Caminaban tranquilos por la calle en ese momento, rumbo a la zona comercial, con las camisas del uniforme colgándoles del brazo. Aún les quedaban un par de horas para que su turno comenzara, así que no llevaban verdadera prisa.
Les daba tiempo de curiosear a gusto y hasta comerse algo por ahí. Sin embargo Rin sugirió ir primero a lo que les atañía.
Sousuke, reconociendo que era un favor que el pelirrojo le estaba haciendo, a regañadientes aceptó. Afortunadamente para él, el local que buscaban estaba casi al principio de la zona.
— ¿Y ya pensaste qué es lo que quieres?
El pelinegro se encogió de hombros. No muy interesado en ello.
—Sólo quiero algo funcional.
Al llegar, entraron al lugar sin siquiera mirar los escaparates. Las puertas automáticas hicieron sonar un ding dong y con su presencia ya anunciada, no pasó ni un segundo sin que fueran atendidos.
De hecho, la chica que se les acercó, aún con su uniforme azul nada favorable, era bastante mona.
—Muy buenos días, caballeros ¿Puedo ayudarles en algo?
Sousuke la miró de manera intensa, la chica se intimidó hasta ponerse roja. Escondió su nerviosismo tras una sonrisa temblorosa.
—No sé ¿Puedes?
Rin rodó los ojos. Luego golpeó a su amigo en el hombro lesionado.
—Venimos a comprar un equipo —a su mente le vino lo tonto que debió escucharse ¿A qué más se podía ir a una tienda de telefonía, sino a comprar un aparato? —. ¿Puedes mostrarnos algunos?
La mujer volvió en sí e irguiéndose segura, les pidió que le acompañaran a los diferentes anaqueles. El pelirojo guardó silencio mientras su amigo preguntaba por ciertas especificaciones que iban aumentando, sólo por el placer de escuchar a la dependienta hablar de los beneficios de ciertos modelos.
Rin, sabiendo que Sousuke pronto perdería el teléfono, le recomendó un modelo dispensable; luego se retiró a curiosear, dejando que su amigo obrara su magia para con la muchacha.
Miró aparadores y comparó tarifas, sólo por hacer algo.
— ¿Algún modelo en especial?
Casi saltó en su sitio. Un hombrecillo parado a un lado suyo le sonreía de una manera demasiado ancha.
—No, gracias, sólo miro.
— ¡Oh, bueno! —el hombre se inclinó en una reverencia ligera —. De cualquier forma, si necesita algo o tiene alguna duda, no dude en preguntarme.
Rin dijo que si, con el fin de sacarse al tipo de encima, cuando, en el escaparate de ofertas, divisó un teléfono color blanco que llamó su atención. Miró a Sousuke de reojo. La chica le mostraba algunos modelos sobre un mostrador alejado.
—Disculpe —murmuró antes de que el vendedor se fuera y tuviera que hablar aún más fuerte —. ¿Podría mostrarme ese modelo de allá?
El vendedor accedió con una sonrisa.
Media hora después, tanto el hombrecillo como la chica mona hubieron hecho cada quien una venta.
Haruka tanteó el pequeño tubo de brillo labial en su bolsillo izquierdo. Con el restaurante vacío, luego de una ajetreada mañana, las cosas estaban sumamente silenciosas.
Nitori, como era costumbre, había salido rumbo a su encargo habitual para con la menor de las Matsuoka. No pasaron de cinco minutos de su ausencia cuando Makoto le hubo mandado un mensaje al celular anunciando que le esperase para almorzar.
Se levantó del banquillo de la barra donde reposaba y, balanceando sus ideas, se colocó junto a la puerta, hasta que vio al bombero atravesando el parque, gracias a la vidriera del restaurante.
Al momento de sonar la campanilla, Haruka cerró con llave tras de él.
—Ven. —murmuró. Makoto le siguió sin preguntar nada.
A paso lento lo dirigió a la cocina y apenas hubieron desaparecido de la vista de los transeúntes, haciendo acopio de toda su fuerza, acorraló al bombero contra la pared, entre un rincón y una repisa de trastos. Makoto, destanteado por lo repentino del ataque, se quedó quieto, quejándose por lo bajo de su adolorida quemadura que no terminaba de sanar.
Finalmente, el cocinero atacó su boca con un hambriento beso al que el castaño no se resistió. Embobado, de hecho, paseó sus dedos por la menuda cintura del pelinegro, quien le gimió en la boca.
—¿Haru?
El llamado salió acalorado entre sus labios, con un susurro que se convirtió en vapor. El aludido sacó el brillo labial de su bolsillo.
Tachibana le miró dubitativo. Los besos de su novio le gustaban tal cual eran, simples con el sabor de su boca natural.
—Haru…me gustas así. – murmuró despacio, con un hilo de voz, mirando cómo, con dedos tembloroso, Nanase destapaba el pequeño tubo. El aroma a chocolate se esparció entre sus alientos y entonces se dio por vencido. Si su amante quería ponerse el labial, le dejaría hacer. Igual y hasta le gustaba el sabor chocolatoso entre los besos.
Con un apretón entre sus dedos, un líquido traslucido y marrón brotó apenas del pequeño orificio del pequeño embace. Makoto dio por sentado que Haruka lo untaría en sus propios labios, por lo que, sorprendido, abrió en desmesura los ojos al sentir el frio bálsamo sobre su boca, delineando el contorno donde le había besado.
—¡Haru!
El aludido miró fijamente sus ojos y su amante creyó entender lo que quería, por lo que, sin perder tiempo, intentó asaltar sus labios esta vez, mas Nanase, con una mano contra su frente, le paró en el camino. Mientras dudaba, con la misma mano empujó su cabeza hacia abajo, obligándole a arrodillarse.
Los colores se le subieron al rostro cuando entendió lo que su amado quería.
— ¡Haru! — esta vez gritó alterado, luego bajó la voz, tembloroso —. ¿A-aquí?
Una repentina risa quiso salir de la boca del pelinegro, que se supo contener con gran presteza ¿Se hacía ahora el santurrón, cuando el día anterior le asaltó en la bodega? Makoto hipócrita.
Volvió a poner presión en su cabeza y el otro se dejó vencer. Con cuidado desabrochó los pantalones y los bajó hasta las rodillas. La ropa interior azul de Haruka mostró entonces el tesoro que Makoto tanto amaba, irguiéndose para él.
Con un dedo en gancho jaló hacia abajo el elástico de la prenda lo suficiente para dejar salir la hombría de su amante, que se mostró sin timidez. No era especialmente grande, pero, reconoció, era "bonito". O al menos todo lo "bonito" que un pene podría ser.
De color claro y una curvatura ligera, se levantaba hacia arriba, apuntado el ombligo, con delgadas venas que trazaban caminos por su longitud.
Se relamió los labios, nervioso, sintiendo el sabor artificial a caramelo de cacao. El glande, de un color agradable, parecía brillar húmedo en un tono ligeramente rosado.
Cierto era que, si bien habían hecho el amor un par de veces, esa era la segunda vez que veía el miembro de su novio. De esas dos ocasiones, era la primera vez que lo miraba con detenimiento minucioso. Recordó azorado entonces que en aquel anterior momento, se había relamido los labios, encontrándolo apetitoso.
Cerró los ojos y tragó saliva, extrañamente inseguro. Esa era la primera vez que hacía algo como eso, así que necesitaba concentrarse. Suspiró y exhalo, contó hasta tres y con cuidado lo tomó con una mano antes de meter la punta a su boca.
El miembro resbaló fácilmente entre sus labios, gracias al bálsamo de chocolate que con el que le habían embadurnado. Le introdujo hasta donde la inexperiencia le permitió y haciendo la nuca hacia atrás, le sacó arrastrando la boca en el camino.
Arrodillado, con una mano apoyada en su propia pierna apenas encima de la rodilla, utilizó la otra para masajea al hombre que se encontraba de pie, frente a él. Volvió a introducir el miembro con un movimiento de toda su cabeza y repitió el proceso para sacarlo nuevamente, con relativa facilidad, sin saber a ciencia cierta quien tenía a quien justo donde lo quería.
Sería mentira decir que no había pensado en hacer eso antes, más el ataque del cocinero había sido bajo y repentino…y le encantaba totalmente. Que Haruka fuera una parte más activa en esos enredos de pasión sin que tuviera que sacar a tema a Kisumi, le hablaba de lo lejos que estaban llegando, que era justo a donde quería ir.
Se esmeró en concentrarse en la labor, sin abrir los ojos. Pendiente de los sonidos suaves y cortados que el cocinero dejaba salir desde lo profundo de su garganta. Sacó el pene de su boca, besó con cariño la punta y volvió a meterlo con menos pena cada vez, acostumbrándose a la sensación y a su textura, con la mano de Nanase aún recargada en su cabeza.
Intentó ir despacio para no errar nada, encorvando la espalda para estar a la altura indicada, cubriendo el filo de sus dientes con sus labios enrollados hacia adentro, tratando de no raspar nada.
Lento y más lento. Con paciencia para ganar su recompensa.
—¡Makoto!
Con su nombre ahogado en un suspiro, Haruka intentó separarlo de sí jalándole del cabello, a lo que el aludido se negó. Sin poder hacer más, calladamente el cocinero eyaculó dentro de su boca. Makoto tuvo que apresurarse a escupir en el fregadero lleno de trastes por lavar, dejándole un sabor alcalino en la lengua que ni siquiera el sabor chocolate del brillo de labios pudo quitar.
— ¡No quiero!
— ¡Pues lo harás!
La discusión acalorada se llevaba a cabo en el despacho del Teniente.
Momotarou, sobón y de coco duro, se reusaba con vehemencia a la orden que su hermano mayor le exigía a obedecer. Primero muerto a seguir con el ejemplo de Seijurou, y, dicho sea de paso, de sus anteriores ancestros.
El padre de la familia Mikoshiba había sido oficial de policía, y a su vez, el abuelo también lo había sido. También el padre de su abuelo y el padre del padre del abuelo, e, incluso, el padre, del padre, del padre del abuelo.
En sí, la tradición dictaba la sentencia azul del uniformado servidor de la justicia.
Tradición que Momotarou, alma libre, reprobaba con ahínco. Para él, más que un legado, era una maldición generacional aquello de pasarse la gorra y la placa los unos a los otros.
La vida de servidor a la comunidad no era para él, que si bien quería aventura, no era de ese tipo la que esperaba. Quería ser lo que fuera que él quisiera, aún si en ese momento no lo tenía para nada claro.
Aunque, lo único que tenía bien justo en la cabeza era que quería irse de ahí. Iwatobi era una ciudad pequeña para su espíritu de aventura. Por ello, una vez obtenido el corazón de Gou-San, escaparía con ella para irse bien lejos a hacer una vida interesante.
La colmaría de placeres y le daría lo que ella desease más. Tendrían hijos, hermosos, pecosos y pelirrojos, y sus hijos a su vez tendrían hijos. Él jugaría con sus nietos y les podría apodos a todos y cada uno. Todos pelearía por estar en el regazo del abuelo y él les contaría historias de lo grandioso que había sido en su juventud. Todos admirarían al abuelo. Y cuando llegase su hora de partir, antes de que su amada Gou dejase el mundo, porque las mujeres suelen vivir más que los hombres, cada uno de sus hijos, sus nietos y sus bisnietos recordarían lo increíblemente genial que había sido en vida, y todo porque no había sucumbido a la tradición para ser un insignificante número más en el cuerpo policial.
Él estaba destinado a la grandeza.
— Ya va siendo hora de que te unas a la comunidad como un miembro útil a la sociedad. Y como segundo al mando en casa, también pienso que es hora de que aportes alto a la familia. Hasta el momento has sido más un problema que un apoyo familiar.
—¡No me importa!
Mikoshiba, el mayor, suspiró exasperado. Su hermano menor, por mucho que lo adorara y que éste le admiraba, era un tozudo de primera.
Exhaló sin ganas de sacar su último recurso, que bien sabía le auguraba el éxito, pero le dejaría con un mal sabor de boca. Predecible y tonto, sabía que cedería enseguida.
—Sé, de buena fuente, que a Gou-Kun le gustan los hombres uniformados.
Momotarou, aún cruzado de brazos, disimuladamente le prestó atención.
— ¿No lo sabías? ¿Por qué crees que admira tanto a su hermano? También habla mucho con el oficial Yamazaki. E incluso, sabes que es buena amiga del oficial Tachibana. Es el uniforme. A mí apenas y me hablaba antes de ser policía.
El menor de los pelirrojos le miró por el rabillo del ojo, haciendo un puchero, pero dudando de su posición, a punto de ceder.
Si bien lo conocía su hermano, que pese a sus modos, era un hombre sumamente listo. No por nada había llegado tan lejos siendo tan joven, policialmente hablando.
Momotarou relajó los brazos, a nada de ceder, cuando un huracán tan o más ruidoso que el teniente, entró sin tocar a la oficina, en un mar de furia.
Que el mundo se persignara cuando Ichika Mikoshiba se enojaba.
—¡Onii-Chan!
Seijurou respingó en su asiento, pero su expresión no titubeó. Frente a él, un leopardo de ojos ambarinos le enseñaba los colmillos.
— ¡Onii-Chan! ¿Es verdad lo que dice madre? ¿Qué piensas enlistar a Momo?
En ese momento, hasta el teniente temió por su vida y maldijo por lo bajo la lengua floja que a veces su madre llegaba a tener. Asintió con la cabeza, intentando no perder la compostura.
Con la palma de su mano pequeña, Ichika dio un golpe seco al escritorio que hizo saltar hasta a Momotarou.
— ¡Hermano! Esto es injusto. Llevo al menos tres años pidiéndote entrar al cuerpo de policía. Y de buenas a primeras metes al inútil de Momo a las filas.
— ¡Hey!
El aludido saltó en pos de defender su dignidad, mas los ojos asesinos de la única mujer entre la camada de varones, le frenó con un gruñido, que de poder, habría sacado humo.
—Ninguna hermana mía será oficial de policía — El teniente levantó la voz, envalentado nuevamente al ser el mayor de los tres —. Es un oficio peligroso al que no estoy dispuesto a exponerte. Te lo he dicho una y mil veces. Lo hago por tu propio bien.
—Soy igual o mejor que cualquier hombre en esta jefatura, Onii-Chan, y lo sabes.
— No pienso a permitir que corras ninguna clase de peligro en esta profesión tan arriesgada. La garantía de terminar el turno con vida es incierto. Jamás me perdonaría si algo malo te pasara.
Momotarou escuchó la discusión, por primera vez callado. Si algo tenía la familia Mikoshiba, aparte de una horrenda tradición y los ojos como gato, era una determinación apabullante. Incluso él, por muy vago que fuera.
Y, siendo el menor de los hermanos, con un padre ausente por el oficio y una madre volcada a ser de utilidad desde casa, había sido testigo de la devoción con la que su hermana veía a los varones de la familia.
Siempre deseosa de sostener la gorra de su papá cuando este volvía luego del turno, o de mirar a su hermano mayor haciendo ejercicios en el patio, dispuesto a prepararse para cuando tuviera que dar la vida para servir al pueblo.
Muchas veces fue quien le contara las lagartijas y las sentadillas o el que echara a correr para que ella le atrapase. Quien en secreto también, muchas veces le acompañó al local de tiro, donde aprendieron los dos a usar un arma.
Así que, sin perder su compostura terca, compadeciéndose de ella, decidió ser por primera vez en serio. Lo que podría llamarse un buen hermano. Ichika iba a estar sumamente endeudada con él por lo que estaba a punto de hacer y que dejaría a su hermano mayor contra la pared.
— ¡Nii-Chan!
Ambos dejaron de pelear mientras el grito del menor de los hermanos resonó ruidoso en el pequeño despacho. Le miraron con atención.
—Nii-Chan. Entraré SÓLO si ella entra.
Ichika le miró asombrada, aunque no tanto como pudo haberlo hecho Seijuro, quien, de una manera derrotada, suspiró antes de comenzar a reír.
Pocas veces podía vencerse al mayor de los Mikoshiba.
— ¡Bien jugado, Momotarou! Pero te advierto que estas firmando tu sentencia ¡Ahora tienes que ser tan bueno como tu hermano mayor! Ichika, estás dentro, pero sigo siendo yo quien manda.
Ambos asintieron a las palabras del más alto de los pelirrojos
— ¡Matusoka, Yamazaki! ¡A mi despacho! — gritó, innecesariamente, en el intercomunicador.
Los aludidos, que apenas ingresaban la tarjeta de inicio de turno, entraron aprisa y bien firmes a la oficina del Teniente.
— ¡Señor!
Mikoshiba les pidió que se acercaran, e intentó romper la tensión exagerada del ambiente extendiendo hacia ellos una canastilla que tenía en el escritorio.
— ¿Gustan?
Ambos policías miraron el interior del recipiente de mimbre, cuyo contenido eran caramelos de café. La mirada del teniente no dejaba lugar a una negativa. Agarrando un puño cada quien, los guardaron en sus bolsillos.
— Caballeros, me complace informarles que mis dos hermanos, aquí presentes, a partir de hoy estarán enlistados en el cuerpo de policía. Así que requiero de mis dos mejores elementos para que les indiquen sus deberes.
Los cuatro se miraron entre sí, o casi. Ichika pasó de Rin, como si este no existiera en absoluto. El policía de cabello borgoña sintió un poco de remordimiento ante esto, más no flaqueó en nada. Lo que sí, con decepción, Seijuro notó la actitud de su pequeña hermana. Era una lástima, le gustaba el oficial Matsuoka para cuñado.
—Matsuoka, muéstrale a Momotarou las instalaciones. Ya va siendo hora que conozca algo a parte de las celdas.
Rin se puso firme y tocó con el índice la frente, con la palma abierta y el pulgar doblado, justo como un saludo militar debía hacerse. Luego, dando media vuelta, se retiró siendo seguido por un Momotarou terriblemente resignado.
Mikoshiba les miró irse y cuando estuvieron lo suficientemente lejos, se dirigió entonces al alto pelinegro. Encaminándolos fuera de la oficina
— Oficial Yamazaki, encárguese por favor de darle un recorrido completo a la señorita Mikoshiba por el área de Archivo. Asegúrese de que le enseñen a llevar el seguimiento de una denuncia y finalmente colóquela en el puesto que Maaya ha dejado por maternidad, en el área de emergencias telefónicas. No permita que se aleje del área administrativa ¡Es una orden!
Yamazaki con desgana hizo un saludo como el de Rin, pero mucho más lánguido antes de darse la vuelta. Escuchando como la chica a su cargo soltaba un grito sorprendido a la vez que la puerta del teniente se cerraba en su nariz.
Se quedó parado sin mirarle, escuchando como ella golpeaba con el puño intentando abrir. Harto entonces, le habló con profundidad.
—Vamos, enana. No resuelves nada aquí parada.
Y si, inflar los cachetes y maldecir a su hermano no iba a servir de nada.
Seijurou, nuevamente, se había salido con la suya.
Cuando Nitori regresó, se encontró con su jefe leyendo un enorme pila de papeles y a al bombero lavando la pila de trastes y ollas que él había dejado remojar antes de escoltar a Gou-Chan.
Le pareció sumamente extraño, pero nada lento se apresuró a saludar a su jefe y a correr hacia el bombero, apenado de que éste hiciera su labor.
—Disculpe por favor. Ya termino yo de lavar todo eso, Tachibana-San.
El hombre le sonrió con las orejas rojas. Se negó a ello de una manera amable, argumentando que estaba por terminar, a lo que el barista insistió.
Nanase, mirando la escena desde su mesa en el rincón, llamó a Nitori a su lado. Éste, dubitativo, se acercó para ver lo que su jefe necesitaba.
—Déjale. Ya casi termina.
Aiichirou asintió. Luego se giró hacia la barra, dispuesto a limpiar lo que sabía, continuaba limpio. Haruka le miró, recordando un poco de todas las cosas que le hubo contado en cuanto le conoció. No había puesto mucha atención, pero un par de aún las recordaba.
—Nitori-Kun ¿Te gusta leer? — El peligris se sintió extrañado con la pregunta, más contestó afirmativamente —. Bien, necesito tu ayuda ¿Podrías leer esto para mí?
— Claro que sí, Nanase-San— el muchacho se sentó a su lado —. ¿Qué parte?
Haruka miró las centenas de hojas con pereza. La literatura de Nagisa era hermosa, pero, ciertamente, él era un poco reacio. De cualquier forma, necesitaba de leer la obra para tener en claro opciones de portadas.
—Todo.
— ¡¿Todo?!
—Haru!
Makoto, desde la cocina, se quejó, disconforme con la vaguedad que su novio estaba demostrando.
—Léelo todo, por favor.
— Haré lo que pueda, Nanase-San ¿Qué es?
—Léelo –repitió, un poco harto. Nitori guardó sus dudas y comenzó con la lectura. Mientras, su jefe se recargaba en la silla, cerrando los ojos.
—"LA INCONEXA MEMORIA DE UNA BALA PERDIDA" —leyó en mayúsculas lo que parecía un título, luego siguió –. "Por Ryugazaki Rinko"
La voz le tembló y la hoja, de color amarillo, se le resbaló de entre los dedos. Miró el papel en la mesa, luego miró a su jefe, estupefacto. Haruka se removió incomodo en la silla, esperando a que continuara.
— ¿Ryugazaki Rinko? — Preguntó.
— Si.
— Ryuugazaki Rinko ¿escritora de misterio? Haruka arrugó la nariz. Nunca entendió por qué Nagisa se había adjudicado otro nombre femenino, siendo que podía ponerse un nombre de varón en el seudónimo. De cualquier forma, no era asunto suyo.
— Si.
— ¿Ryugazaki Rinko? ¿La llamada "Agatha Christie" japonesa? ¿Es este uno de sus manuscritos originales? —El chef no entendió la referencia, por lo que sin más, volvió a decir que si, agregando que era, de hecho, su nuevo libro.
Aiichirou en ese momento comenzó a hiperventilar. Makoto, asustado, salió de la cocina, dispuesto a auxiliar al empleado de su pareja.
— ¡Haru! ¡Rápido! ¡Llama a una ambulancia!
Con el recuerdo presente del indeseable pelirosa que había regresado a la ciudad, e inquieto por la posibilidad de que al pedir una ambulancia éste podría venir en ella, salió a paso lento del establecimiento rumbo a la farmacia para comprar un inhalador.
Un par de horas después, Haru se encontraba sentado en una mesa, escuchando con atención las palabras de Nagisa en los labios de Nitori.
Su voz, demasiado aguda, discrepaba mucho al ambiente de misterio que la novela retrataba, mas sin embargo, de una forma u otra, atrapaba sus sentidos con una envolvente atmosfera de abstracta irrealidad.
"…miró el cuerpo tendido bajo el árbol de durazno, con la soga al cuello y las fibras rotas. La sangre brotaba tras de su cabeza, obscureciendo aún más su cabello azabache que en ese instante, en esa noche despejada de luna y con sólo un par de estrellas, asemejaba tinta negra derramada sobre agua. En su pecho, manchando de rojo el delicado encaje del camisón salmón, la herida de una bala, que transformaba un frustrado suicidio en un asesinato".
La imagen de la portada llegó a su mente con aquel fragmento que Nitori había leído. Las palabras que siguieron perdieron el sentido. Abstraído en el momento, con la mujer recostada delicadamente a los pies de un árbol que en sobra de una noche de luna nueva, mostraba las flores de durazno floreciendo tenebrosas envueltas en misterio. La expresión en su rostro sería de paz, con el cuello rojo y una soga cual collar, vistiendo un delicado camión de encaje al que resaltaría los muslos con la caída de la tela sobre un cuerpo grácil y femenino. En el pecho un punto rojo. Y la cara, bonita y delicada, tendría los ojos cerrados con pestañas largas, labios pálidos, mejillas sonrosadas y el cabello en tinta china.
Con ese cuadro prendado en la cabeza, detuvo a Nitori de su lectura, consciente de que debía bocetar esa primera portada en ese mismo instante. Con pena, el barista dejó de leer.
Para él, no cabía en su asombro, y mucho menos en su gusto el estar leyendo, de primera mano, el manuscrito inédito de una novela de una de sus autoras favoritas. Tampoco podía creer que su jefe era el encargado del arte de las portadas de dichas obras, que, dando honor a quien lo merecía, no eran otra cosa sino arte.
Sacudió su inhalador y aspiró de él antes de recaer como hacía un par de horas, tratando que respirar no se le hiciese pesado.
Ahora, más que nunca, estaba sumamente agradecido con el Oficial Matsuoka por haberle conseguido el empleo.
Nanase, que se había levantado, regresó de su oficina con la mochila de un tirante con las que había llegado ese día. Cuando la abrió, recordó que tenía algo para el mesero.
—Nitori-kun. Toma.
Sin mediar más palabras, dejó en la mesa la caja pequeña que resultó ser de un celular. Aiichirou se hizo hacia atrás en su silla.
—¡¿Na-nanase-San?! Yo… ¡Yo no puedo aceptar esto!
El chef le miró con mucha más seriedad. Sin decir más, arrastró el aparato por la superficie de la mesa, acercándola a Aiichirou.
—Rin comienza a molestarse. Necesito otra forma de comunicarme contigo.
Nitori tomó el aparato con cuidado, como si la caja fuera de cristal. La llevó contra su cuerpo e inclinó la cabeza, sumamente agradecido.
— ¡Se lo pagaré! ¡Lo juro!
Haruka hizo un gesto con la mano, indicando que no hacía falta.
—Me haz ayudado mucho estos días, no es necesario que lo hagas.
El muchacho miró a otro lado, sumamente apenado. Se talló la parte trasera de su cuello, justo como el oficial Matsuoka…
—Gracias, entonces…
Nanase asintió con la cabeza, antes de dedicarse a bocetar.
Al final, cuando iba a medio dibujo, la campanilla de la puerta sonó, revelando un nuevo cliente, que no resultó ser otro que ese policía parlanchín a quien Nitori había conocido el día anterior.
—Hello…—canturreó.
Al final, pidió ser atendido en la barra por el peliplata, dejando al cocinero dibujar, aprovechando para platicar ampliamente con el muchacho, quien, fuera de ser un pedido de Mikoshiba, le caía realmente bien.
Cuando llegó a casa esa noche, de alguna forma se sintió realmente cansado…cansado y terriblemente fastidiado.
Ver a Momotarou una parte del día era de por sí pesado, ahora, tenerlo todo el día consigo había sido una tarea extenuante. Casi prefería mil veces levantar escombro de un extinguido incendio a soportarlo la jornada entera.
Ahora lo único que quería era tomar un baño largo con esas sales que nunca había usado y dormir hasta que la madrugada le asaltase. Para colmo, era ya el cambio de turno, por lo que a partir del día siguiente en más le tocaba entrar temprano.
Se ponía las pantuflas cuando Nitori se le paro enfrente. Relucía como chapado en oro.
— ¡Buenas noches, Matsuoka-San!
Rin le sonrió, devolviéndole el saludo, rechazando la cena que el otro se ofreció a hacer. Caminaron por el pasillo hasta llegar a la sala, donde, aun sosteniendo la mochila, se desplomó en un sillón.
Nitori, como siempre, hablaba sin parar.
—…y Nanase-San no sólo conoce a Ryugazaki Rinko, sino que también dibuja las portadas de sus libros! ¿Puede creerlo? ¡Jamás creí estar tan cerca de uno de mis ídolos literarios!tiue le la puerta del teniente sde todas las cosas que le hubo contado en cuanto le conocio. sistiue le la puerta del teniente s
— ¿Eres fan de esa pequeña sabandija? — Aiichirou frunció el ceño con molestia, el oficial sintió un escozor extraño en su interior viendo como esas cejas grises intentaban juntarse la una con la otra. Con rapidez agregó —. Viene mucho por aquí, buscando información, me pregunta mucho de cuando trabajé en la Interpool, a lo mejor algún día se topen. El teniente también le tiene permitido revisar en el archivo muerto de vez en cuando.
Los ojos le brillaron más azules, admirando mucho más al oficial Matsuoka.
— ¡En serio! —Rin asintió, pensando que se refería a toparse con Nagisa. Aiichirou, por otro lado, se refería más bien a su trabajo en la Interpool —. ¡Usted es genial!
El hombre de dientes afilados se llevó la palma a la nuca, revolviendo su propio cabello, apenado. Apenas recuperado, revolvió en su mochila.
—Por cierto, Nitori, tengo alg…
Su inquilino le interrumpió abrupto, colocando frente a su cara un celular blanco que medía casi lo largo de su pequeña cara. Plano y de pantalla nítida, le mostraba un fondo azul con la leyenda de la compañía telefónica.
— ¡Mire! ¡Me lo ha regalado Nanase-San! ¿No es asombroso? ¡Es la primera vez que tengo un Smarthphone! Y es justo como me gusta ¡de color blanco! Aunque aún si hubiera sido negro, habría estado bien. Nanase-San supo escoger exactamente el color que yo hubiese querido ¡Es como si me conociera bien!
Rin guardó silencio, aún con la mano dentro de la mochila. En sus dedos, apretando con impotencia, la caja de un celular exactamente igual.
Se rio para no quedarse en evidencia. Nitori le miró esperando su opinión.
—El blanco te queda bien. —Apenas murmuró y la reacción de chico fue como si se le iluminase el mundo.
— ¡Gracias! — por la reacción, el pelirojo creyó que se le tiraría encima para abrazarlo, aunque por el contrario, Aiichirou cambió su expresión a una bastante apenada —…perdone, soy un grosero. Le interrumpí ¿Qué iba a decirme hace un momento?
El oficial se las ingenió rápido, pues, soltando el celular, empuñó los caramelos de café que el teniente le hubo forzado a tomar esa tarde. Le pidió que pusiera las manos y los colocó en sus palmas extendidas. El joven le miró como si le regalara un preciado tesoro.
—Voy a bañarme ¿Me preparas la tina?
— ¡Si, Matsuoka-San!
Nitori se retiró al baño con rapidez, dispuesto a cumplir diligentemente el favor que el otro le pedía.
Matsuoka le miró recargado en la puerta del baño. Un escalofrió le brotó por la espina y las palabras salieron sin que se lo pensase demasiado.
— ¿Quieres bañarte conmigo? —Aiichirou titubeó, rojo. —. Es broma— Rin se corrigió rápidamente antes de quedar como un tonto.
Su inquilino le sonrió nervioso y salió del baño cuando la tina estuvo lista. Al salir, el hombro del muchacho rozó contra su brazo. Nitori dio un brinco.
—Gracias por los caramelos — le murmuró tembloroso y rojo. Rin no supo si reír o apenarse igual.
—De nada — dijo en un tono bajo, cerrando la puerta tras de sí. Para cuando salió de bañarse, Nitori ya dormía.
つづく
Disculpen la tardanza. No tengo mucho que decir esta vez. Sólo agradecer por quienes han dejado un comentario. Me hacen infinitamente feliz. También el que se tomen el tiempo de leerlo.
Por lo que se puede esperar, no sé. A veces siento que me salen un poco flojos y algo OOC. Pronto el siguiente capítulo.
Por cierto, dejo también la receta de los muffins de microondas que ha preparado Nitori, que aunque me encantan, mi diabetes no me permite dicho gusto con frecuencia.
Ingredientes
3 cucharadas de harina.
2 cucharadas de azúcar.
1 1/2 cucharada chocolate en polvo sin azúcar.
1 pizca de sal.
1/4 cucharadita de levadura en polvo.
2 cucharaditas de aceite vegetal.
3 cucharadas de leche.
1/2 cucharadita de extracto de vainilla.
Instrucciones
-En una taza, combinamos todos los ingredientes secos. Podemos tamizarlo previamente, pero no es necesario.
-Añadimos los ingredientes líquidos y mezclamos hasta que estén completamente integrados.
-Horneamos en el microondas durante 2 minutos. Terminado este tiempo, podemos comprobar si está hecho pinchando con un palillo. Si necesita un poco más (dependerá de cada microondas), lo volvemos a programar diez segundos más. No nos pasemos con el tiempo porque hace falta muy poco para que nos pasemos y quede duro. Es mejor hacerlo de poco en poco que pasarse.
-Podemos comerlo directamente en la taza o desmoldarlo sobre un plato. Se puede acompañar de helado o simplemente espolvorearlo con un poco de azúcar glas.
Sin más, me despido agradeciendo sus comentarios, los favs y los follows.
