-VIII-
"El amor alivia como la luz del sol tras la lluvia." (W. Shakespeare)
Con la aparición de MagnaAngemon, la esperanza de T.k resurgió y tomó con mayor fuerza a Hikari que contemplaba la escena maravillada. El ángel se mostraba con todo su esplendor ante el payaso que creía haber acabado con él.
-Es hora de que dejes este mundo nuevamente. ¡Puerta del destino! –el ángel utilizando su espada dibujó en el aire el círculo que comenzó a materializarse en la famosa puerta. Magnaangemon tomó con fuerza a Angewomon por si había algún peligro.
-No conseguirás vencerme con esto, te lo aseguro- afirmó sonriendo Piedmon.
Ambos ángeles se movieron acercándose a su rival. Piedmon desenvainó una de sus espadas y atacó a Magnaangemon, que se defendió con la suya. Sin embargo, la verdadera amenaza la representaba su compañera.
-¡Encanto celestial! –el ángel creó en el aire la típica cruz rosada que se dirigía hacia los dos digimons, pero Magnaangemon consiguió escapar del ataque, mientras que Piedmon se había quedado inmóvil ya que no se había dado cuenta de lo que aquellos dos seres celestiales tramaban.
El ataque no estaba dirigido a la destrucción del payaso, pues la energía de Angewomon no era tanto como para conseguirlo, pero hizo que el payaso fuera desplazado de su lugar hacia una zona donde la puerta celestial tenía mayor poder de absorción.
-¡Malditos seáis! –Piedmon lanzó la espada que tenía en su mano que creó una herida en la pierna de Angewomon. El color rojo de la sangre estaba bastante presente en el ángel debido a aquella lucha.
Los dos jóvenes observaron que todo había acabado. Takeru sonrió con fuerza, mientras que Kari se sentía apenada. Su huída había creado aquello. Su compañera seriamente herida y el compañero de T.k había estado a punto de desaparecer. Miró al suelo y se maldijo mil veces por su estupidez. El elegido de la esperanza se levantó y se acercó a su ángel abrazándolo al instante, pues había sentido otra vez esa sensación de pérdida. El ángel femenino se acercó a la castaña y la tomó entre sus brazos. Los ojos castaños observaron a aquel magnífico ser y le sonrió. Sin embargo, todo comenzó a nublarse para la elegida de la luz y pronto todo se volvió oscuro para ella.
-¡Kari! –exclamó el ángel llamando la atención de sus compañeros.
Takeru se acercó rápidamente y le miró el pulso. Suspiró pesadamente.
-Está bien, solo se ha desmallado. Es mejor que volvamos con Gennai.
-¿No os lo pasáis bien? –el digimon de madera se reía como un niño mientras observaba a los dos digimons peleándose.
WarGreymon y MetalGarurumon se daban golpes involuntariamente y alguna herida había aparecido en ellos. Cerca de ellos sus compañeros los observaban. No podían meterse en medio de ambos digimons si no querían salir heridos.
De repente, sonó como si un hilo metálico se hubiera roto y uno de los brazos de WarGreymon quedó liberado. Se quitó el resto y liberó a su amigo. Tras ello se dirigieron a su compañero mirándolo desafiante, mientras Puppetmon sonreía irónicamente.
-La historia se vuelve a repetir, y volverás a ser derrotado –afirmó la voz poderosa de WarGreymon.
Este y MetalGarurumon comenzaron a acercarse rápidamente, pero algo les detuvo. Una sombra había aparecido delante de ellos, había tocado a Puppetmon y este había desaparecido junto a él.
-¿Dónde está? –pregunto el rubio mirando a todos los lados de la habitación.
-Creo que ha escapado de nosotros.
-¡Cañón de flores!
-¡Carga de cuerno!
-¡Espada alada!
-¡Chispa de martillo!
Lillymon, Megakabuterimon, Garudamon y Zudomon habían aparecido en batalla, pues en sus anteriores formas les era muy difícil conseguir algo contra Machinedramon. Sin embargo, no habían conseguido demasiados avances, aquel digimon era demasiado poderoso para ellos.
Machinedramon comenzó a recargar de nuevo sus cañones, mientras que los elegidos se volvían a resguardar de aquel ataque y para intentar molestar lo menos posible a sus compañeros digimons. En el último momento, la máquina se volvió hacia los digimons más débiles, ExVeemon, Stingmon, Aquilamon y Ankilomon. Los dos primeros consiguieron esquivar el ataque, pero sus dos compañeros volvieron a sus formas infantiles.
Tras ese ataque, una sombra apareció junto a la máquina, la tocó y ambos desaparecieron. Todos observaron sorprendidos ese hecho.
Algunos suspiraron profundamente y se reunieron con sus compañeros ya débiles.
-¡Chicos! –la voz de Tai llamó su atención y todos observaron al castaño y al rubio que se acercaban corriendo junto a sus digimons.
-¿Y Kari? ¿Y T.k? –preguntó Davis.
-A ello venimos, necesitamos vuestra ayuda. Hay demasiadas posibilidades y si solo vamos nosotros dos la búsqueda será muy larga.
-Entiendo, Matt –asintió Izzy-. Vayamos.
-¿Y Machinedramon? –preguntó MetalGarurumon a Garudamon.
-Ha huido. Ha aparecido una sombra y han desaparecido.
Tai y Matt se miraron. Y explicaron que lo mismo había ocurrido con Puppetmon. Todos se dieron cuenta de que algo raro ocurría, pero era hora de empezar a buscar a sus amigos. Se pusieron en camino, pero antes de entrar de nuevo en el castillo, vieron dos ángeles en el cielo. Rápido ambos descendieron, dejando ver a una Hikari desmayada en brazos de Angewomon, que al igual que la elegida presentaba numerosas heridas.
Tai se acercó a su hermana, al igual que Joe para comprobar el pulso de la joven. Al sentir que este era bastante normal, el peli azul se tranquilizó un poco. El mayor de los Yagami miró al rubio menor que miraba a su hermana, aunque al darse cuenta de que lo observaba, dirigió su mirada al castaño y sonrió levemente, gesto que correspondió el castaño.
-Será mejor que volvamos.
Ante la afirmación de Ken todos asintieron.
-Yo la llevaré en tu lugar.
-No te preocupes WarGreymon, puedo hacerlo –el ángel echó a volar siguiendo a algunos de sus compañeros que se habían puesto en marcha hacia el castillo de Gennai.
La cara de Joe se volvió pálida. El joven se hallaba curando las heridas de la joven Yagami que continuaba desmayada, mientras que Tai y Gennai lo observaban.
-¿Qué te ocurre? –preguntó el castaño viendo la expresión de su amigo.
-No es nada, solo estoy sorprendido por tantas heridas.
-¿Y qué más?
El peli azul suspiró y miró a su amigo. No le gustaría saber por todo lo que su hermana había pasado.
-Bueno, la han intentado asesinar, Tai –el castaño ya se imaginaba aquello y su expresión continuó seria-. Además de las numerosas heridas y golpes, e incluso tener algún cristal clavado, muestra signos que indican que casi la asfixian.
El castaño no dijo nada, pero sus puños se cerraron fuertemente. Si algo sabía es que haría pagar a aquellos malditos digimons por aquello.
-Pero, se recuperará. Tienes que darle estas pastillas cada cinco horas, son para el dolor.
Dicho eso, tanto Joe como Gennai se retiraron de la habitación. El primero se dirigía ahora a curar las heridas de Gatomon, la cual descansaba en la habitación de Takeru, siendo cuidada por Patamon.
Alguien llamó a la puerta y Tai miró en esa dirección. La puerta se abrió dejando paso al menor de los rubios. El castaño asintió y se acercó a la cama donde estaba su amiga. Ambos jóvenes se quedaron observándola.
-Gracias –dijo finalmente Taichi llamando la atención de T.k.-. Gracias por salvarla, por traerla de vuelta. Si no hubieras ido tú, tal vez cuando yo la hubiera encontrado estaría muerta.
-No digas eso Tai. No debes agradecerme nada y, de hecho, soy yo quien tiene que agradecerle a ella. Gracias a ella Patamon sigue vivo.
-¿Qué estás diciendo T.k?
-Piedmon casi mata a Angemon, pero, gracias a la luz de Kari, él se recuperó y pudo digievolucionar. Si eso no hubiera ocurrido ahora, tal vez, volvería a tener entre mis brazos un digihuevo.
El Yagami observaba atentamente al rubio. El dolor en las palabras que expresaban los acontecimientos recientes. El castaño no se pudo imaginar que sentiría si perdiera a Agumon.
-Además estoy seguro de que tu hermana hubiera sobrevivido si yo no hubiera llegado. Hubiera acabado con Piedmon, aquella luz que le rodeaba la protegía.
-¿La luz? ¿Cómo cuando era pequeña? –el rubio asintió ante la pregunta de Tai. Ambos se mantuvieron en silencio observando a la joven y buscando una explicación para todo aquello.
El elegido del valor comenzó a mirar el rubio. Se dio cuenta de cuanto había crecido, de que ya no era el pequeño Takeru que lloraba en su primera aventura. Sonrió pensando en que su hermana no podía haber encontrado a alguien mejor.
-¿Ocurre algo, Tai?
-No es nada, solo quiero advertirte de que tienes que cuidármela, aunque has demostrado que sabes hacerlo mejor que yo.
El rubio asintió y salió de la habitación pensando en las palabras de Tai. Sin duda ya se había dado cuenta de lo que él sentía por ella. Cerró la puerta y suspiró.
La joven Yagami comenzó a abrir los ojos. Al principio la luz le cegó, pero poco a poco se fue acostumbrando descubriendo a su hermano junto a ella.
-¿Cómo estás, pequeña?
-Bien, aunque me duele todo –dijo sonriendo.
-Tómate esto –dijo acercándole un vaso de agua y una pastilla-. Joe dijo que te la tomaras.
La joven se sentó para poder tomarse la pastilla mejor. Una vez que terminó observó a su hermano que parecía bastante furioso. Kari se levantó de la cama y observó que la habían cambiado de ropa.
-Han sido Yoley, Sora y Mimi –la joven solo asintió. Sabía que iba a ocurrir.
-Lo siento –dijo la pequeña en un tono suave.
-Ya no pasa nada. Tú decisión ha tenido sus consecuencias y espero que veas que has cometido una gran tontería.
La joven observó duramente a su hermano. Sabía perfectamente que no había tomado una buena decisión, pero había intentado alejarlos de ella para que no les ocurriera nada.
-Intentaba que no os ocurriera nada. Fue mi decisión, tal vez ha tenido malas repercusiones, pero era lo que yo quería.
-¿Y nosotros entonces para qué estamos? Somos tus amigos, yo soy tu hermano, Hikari, y nos has apartado del camino. Nosotros te podemos ayudar, pero para ti nuestra opinión te dio lo mismo. Estando unidos somos más fuertes, pero no, la heroica elegida de la luz tenía que irse por su cuenta y casi la matan –las palabras de Tai salieron con furia, pero no era furia contra su hermana, aunque lo estuviera pagando, sino era contra la oscuridad del mundo digital.
-¿De verdad Tai, crees que intentaba ser una heroína? ¿Qué no sé que somos más fuertes estando juntos? Vaya, pensaba que tenías otra opinión sobre mí, al menos pensaba que no me considerabas tonta. Ellos no os buscan a vosotros y para evitar que os ocurriese algo me fui.
-Y casi te matan, Kari. Estás herida y te han intentado asfixiar.
-Ahora lo entiendo. Soy tu pequeña hermana que no sabe hacer nada sola, que necesita ayuda para todo. ¡Despierta, Tai! He crecido, he madurado y tal vez ya no necesite tu ayuda en todo momento. Además, si tú hubieras hecho lo mismo que yo seguro que a ti te tendríamos que considerar un héroe por tener el valor de ir solo a enfrentarte al enemigo.
Los ojos del mayor de los Yagami observaban a su hermana, que le estaba hablando con un tono de rabia que nunca había escuchado. Su hermana nunca le había hecho frente de tal forma, ella siempre le había obedecido, pero eso parecía haber desaparecido. Ella era independiente de él, había decidido crecer sin él.
-Si crees que intentaba hacerme la heroína, te equivocas, Taichi. ¡Intentaba protegeros!
Kari miró con dureza una última vez a su hermano y salió por la puerta, encontrándose con Joe y Sora que parecía que habían escuchado todo. Los tres se quedaron en silencio.
-¿Cómo te encuentras, Kari? –preguntó Joe.
-Bien, gracias, ya me he tomado la pastilla –afirmó sonriéndole levemente-. ¿Me podrías decir dónde está Gatomon?
-Se encuentra en la habitación de T.k.
-Gracias.
Tras eso, la joven Yagami desapareció del pasillo en busca de su compañera. Joe observó el final del pasillo, mientras Sora entraba a la habitación para encontrarse con un Tai sentado en la cama de su hermana, tapándose la cara con las manos.
Joe, con un rostro muy pálido, bajó al salón donde estaban el resto de elegidos. Nunca imaginó que llegara el día en la que la joven Yagami hiciese frente al mayor de tal manera. Como un fantasma cruzó la sala para sentarse en un sillón junto al fuego de la chimenea. Algunos elegidos se habían dado cuenta de su actitud.
-Joe, ¿qué pasa? –fue su compañero el primero en preguntarle.
-No es nada, solo que no me imaginaba esto.
-¿Esto?- preguntó Mimi interesada.
-La pequeña Kari haciéndole frente a su hermano.
-¿Kari a Tai? –preguntó Matt sorprendido-. Eso lo tenía que haber visto.
-Tal vez Gennai si tuviera razón y Kari si que ha cambiado.
-O es que ha crecido y madurado –aquellas palabras llegaron en un tono bajo y miraron su procedencia-. Ella no siempre va a depender de su hermano, ya es mayor, ¿no?
Todos observaron al joven Hida y poco a poco todos asintieron. De cierta manera, parecía que era este el que mejor comprendía la actitud de la elegida de la luz. Al fin y al cabo el era el más pequeño de los elegidos y siempre había sido protegido por sus compañeros, lo cual, en su opinión a veces hacía sentirse inútil.
Hikari abrió lentamente la puerta. Ante ella se encontraba la cama del joven Takaishi, en la cual se encontraba dormida Gatomon mientras era vigilada por Patamon. T.k. estaba sentado en una silla junto a la cama y, a diferencia de su compañero, dirigió su mirada a la joven a la que regaló una leve sonrisa.
Kari se acercó a la cama y observó a la felina. Joe también había curado sus heridas y le había puesto pequeñas vendas en las heridas. La castaña suspiró y tocó con suavidad la cara de la felina, la cual despertó al tacto de su compañera. Aquellos ojos azules felinos le miraron con alegría, sin embargo, los de Kari mostraba tristeza.
-No debes culparte.
-Estas así por mí –susurró-. Pero ahora debes descansar.
La gata asintió y volvió a cerrar los ojos. Estaba cansada y las heridas no le habían ayudado en ningún momento. Kari a cada momento se sentía más culpable y se dedicó a mirar a su amiga, mientras ella era observada por el rubio.
La luna y las estrellas adornaban el oscuro cielo. El resto del día había pasado con calma, tal vez con una tensión proveniente de los Yagami, pero todos sabían que, tarde o temprano, ambos acabarían perdonándose.
Yamatto Ishida fumaba un cigarrillo a la luz de la luna, dejando que sus pensamientos ocuparan toda su atención. Cerró los ojos y se sumió en sus problemas. Aquel chico era capaz de aislarse como ningún otro ser humano en el mundo, al menos eso pensó Hikari que se había sentado junto a él sin que este se diera cuenta.
Matt abrió los ojos dándose cuenta de que ya no estaba solo. Le dio una última calada a su cigarrillo y lo apagó. Ni si quiera se miraron, pero se entendían. Pocos lo sabían, pero aquellos dos jóvenes habían sido el apoyo del otro en diversos momentos.
-Haz la pregunta ya, Hikari –el rubio sabía que su acompañante tenía una pregunta rondando por su cabeza.
-¿Cómo fuiste capaz de dejar ir a Sora a pesar de que la querías?- el rubio suspiró ante la pregunta, aunque ya se la esperaba. Conocía a Kari desde hacía muchos años y la conocía perfectamente y, aunque no lo aparentase, en el fondo era una chica muy curiosa.
-Bueno, yo la quería mucho. Nunca antes había querido a una persona de tal forma, pero me di cuenta de que no significaba lo mismo para ella. Sora miraba con un brillo y una dulzura a Tai que nunca vi cuando me observaba a mí. Por eso, con el paso del tiempo, decidí que era lo mejor para ella, no atarla a mí, porque al fin y al cabo sé que su amor sería correspondido por tu hermano, aunque nunca me lo dijo.
El rubio sonrió a la oscuridad de la noche y la joven lo observó. Lo consideraba valiente por ser capaz de dejar de lado a la persona que más quería para que ella fuera de verdad feliz. Yamatto Ishida era básicamente una maravillosa persona.
-No todas las personas son capaces de hacer lo que tú hiciste.
El rubio abrazó a la castaña y se dio cuenta de que había alguien que observaba la escena.
-Tienes a alguien que te quiere tanto o más de lo que amé yo a Sora y estoy seguro que tú sientes lo mismo. No lo dejes ir. –susurró el mayor.
Matt deshizo el abrazo y se fue en silencio. La castaña permaneció sentada y poco después sintió que alguien se sentaba junto a ella. Era su hermano.
Tai miraba alternativamente el horizonte y a su hermana sin saber que decir. Sin embargo, la menor Yagami no se había inmutado ante su presencia.
-Yo… yo quería pedirte perdón por lo de antes. Estaba cabreado y no medí mis palabras. Esto no es tu culpa y entiendo porque te fuiste… -el castaño suspiró al observar que Kari no había reaccionado ante nada de lo que había dicho-. Solo quiero decirte que lo siento mucho, que entiendo que no quieras hablarme, pero quiero que sepas que te quiero Kari, y por eso me comporté así. Ver a tu hermana dañada es muy duro, ver que ha crecido, que ya no te necesita y se sabe defender por sí misma. Es difícil.
Finalmente Hikari sonrió ante las palabras de su hermano y lo miró.
-¿Eres mi hermano, no? No necesito perdonarte nada, yo tampoco me comporté de la mejor forma posible. Tal vez haya sido inmaduro de mi parte lo que he hecho, pero lo hacía por un buen motivo. Y, por cierto, no es fácil crecer con un hermano inmaduro y sobreprotector como tú, pero no hubiera querido a otro hermano.
La castaña abrazó a su hermano buscando la protección que desde pequeña él le había dado. El mayor correspondió mientras acariciaba el pelo de su hermana.
El tiempo transcurrió en el silencio de la noche, pero los dos hermanos se sentían como nunca uno junto al otro.
-Deberías ir a ver a cierta persona. Está preocupado por ti –Tai le dio un beso en la frente a su pequeña y esta se levantó y comenzó a andar en dirección de la puerta-. Una pregunta Kari –la nombrada se volteo a verlo-. ¿Estás enamorada de T.k? –el castaño vio un brillo especial en los ojos de su hermana cuando nombró a Takeru y ella sonrió-. Es un buen chico.
Finalmente, Hikari dejó a solas a su hermano que suspiró en la noche. Su hermana había crecido más rápido de lo que esperaba.
La castaña abrió la puerta y se encontró con el menor de los rubios. Se encontraba en el balcón oeste del castillo observando el paisaje o, al menos, eso parecía.
Kari se acercó a su amigo y se paró para contemplar los alrededores de aquel lugar. No tenía palabras para aquel chico, recordó el último beso, el peligro que corrió Angemon. Sus palabras se encontraban ahogadas en un abismo.
-Gracias por proteger a Angemon –soltó de repente T.k-. Gracias a ti Patamon está bien. Temí volver a perderlo –finalmente se miraron.
-Fue mi culpa. Nada de esto hubiera ocurrido si no hubiera sido tan estúpida de creer que podría yo sola con todos ellos. Si le hubiera pasado algo a Patamon, a Gatomon o a ti no me lo hubiera perdonado nunca.
-Pero eso no ha ocurrido. Eres muy fuerte Kari y nos has protegido.
Sus ojos se encontraron. Aquellos ojos que parecían un mar en calma tenían el mismo brillo que los ojos color miel de la joven.
-Gracias por irme a buscar.
-No me hubiera perdonado que te hubiera ocurrido nada. Eres demasiado importante para mí como para dejarte escapar.
La castaña no supo que contestar, mientras el rubio la observaba. Kari bajó la mirada y se sonrojó. T.k pensó que aun herida era la joven más hermosa que nunca había visto.
Se acercó a la chica y con su mano hizo que le mirase a los ojos. Cuál de los dos se aproximó no lo sabían, pero se fundieron en un beso que tanto habían deseado. T.k tomó de la cintura a Hikari y ella acarició el rubio cabello. En el beso se mezcló el miedo a perderse con el amor que había entre ellos dos.
Solo se separaron cuando el aire fue necesario para sus pulmones, sin embargo, él no la soltó en ningún momento. Tan solo se miraron a los ojos y se sonrieron.
-Te amo Hikari Yagami –susurró el rubio antes de volver a besar a la castaña, sin dejar que esta dijera nada.
Tras meses de desaparición por exámenes, trabajos, etc, etc, he vuelto. POR FIN!
Espero que os guste este capítulo, me ha gustado volver a escribir de nuevo, aunque no estoy conforme con la primera parte, pero tenía ganas de volver a publicar algo.
Muchas gracias a los que seguís leyendo el fic y por mostrar paciencia. MUCHAS GRACIAS! :)
