La tarde que Hermione Granger bajó rápidamente por la escalera de caracol, cruzando el rompecabezas de penumbra sobre roca, no imaginó cómo terminaría aquel asunto.
Su primer pensamiento no fue muy edificante. El giro cerrado de los peldaños le hizo pensar en el sentir de los presos que bajaran por ese sitio opresivo, conducidos a la mazmorra helada.
Ahora, oyendo sus propios pasos, sin eco, apagados por lo angosto de la escalera, trazando el descenso de una Serpiente por un árbol, la castaña se dijo que honestamente, el suyo era un acto muy arriesgado… Podía ser un error a un grado nunca antes cometido, y ni Harry, ni Ron, sabían que ella estaba ahí... De saber que iba a bajar habrían puesto el grito en el cielo, negándose y si ella insistía -como lo hubiera hecho-, habrían terminado en un problema grave. No se diga con Ron.
No obstante, debía hacerlo. Necesitaba hacerlo. Y tenía razones. Se detuvo frente al umbral del despacho y llamó con tres golpes marcados.
Cuando la puerta se abrió, ella pudo verlo.
—Buenas tardes, profesor Snape -saludó, reservada, desde el arco de entrada.
La oficina tenía un ambiente ajeno al sol de afuera e incluso muy diferente al de la fría escalera: Bloques de velas repartidas arrojaban una luz dorada que alejaba la oscuridad, pero resaltaba la cualidad de claustro del despacho, a la vez que formaba juegos de luces en el vidrio de los frascos en el muro y sobre la mesa de trabajo, arrancando brillos metálicos a los calderos.
Envuelto en esa luz, de pie, revisando un grueso volumen que llevaba en las manos, con los mechones negros sobre la cara, Severus Snape cambió de página.
No despegó la vista del libro cuando respondió con la parsimonia que dedicaba a lo insignificante, pero inoportuno:
—Granger… Qué honor.
Al entrar sin recibir indicación y cerrarse la puerta, la castaña recordó los rumores del Ministerio sobre el futuro nombramiento de Snape como director en el mediano plazo; rumores que ella se enteró por Kingsley Shacklebolt y que junto con unos furiosos Harry y Ron, mantenía bajo promesa de guardar el secreto. Shacklebolt se los confió para que tomaran sus previsiones.
Sin duda había qué tomarlas. Viendo a Snape rodeado por sus frascos, la luz de las largas velas, sus instrumentos y libros, Hermione sintió que hablar con él no sería tan sencillo como había pensado, y no porque lo creyera pan comido. Además del cambio que se avecinaba con él, la situación se tensaba en torno a ella y sus amigos. Estaban a menos de un tris de convertirse en indeseables. En unas semanas debían salir a la búsqueda en los peores términos bajo los que se movieran nunca. Hermione no sólo lo anticipaba, lo respiraba. Era una vibración pesada en el aire, una amenaza de la que no era difícil seguir su hilo hasta hallar a la eminencia gris. Hermione contaba con no demasiado tiempo antes de ese nombramiento y de la forzosa huida de ella y sus amigos. Aunque sonara paradójico, tomando en cuenta el papel que asumiría Snape, la castaña creía más que nunca en el paso que estaba por dar, así que anunció:
—Tengo una petición para usted, profesor Snape.
¿Cómo podría ser sencillo? Nunca habían simpatizado. Peor todavía: Ellos nunca habían sido indiferentes el uno al otro. Era evidente que la inteligencia de Hermione era un punto de identidad con la capacidad de Snape, aunque siempre se mantuviera en una corriente subterránea. El resto era un lazo, aunque fuera por una emoción cercana al odio. A Snape le desagradaba la suficiencia intelectual de Hermione. Y ésta se preciaba de resistir estoicamente las incontables agresiones en esos años por parte de los Slytherin, pero no era lo mismo con Snape. La diferencia con los demás era que viniendo de él, las agresiones tenían un matiz que las volvían difíciles de olvidar, y eso mantenía viva la llama de un sentimiento contradictorio hacia él.
Poco más se debía añadir, excepto el miedo general hacia Snape, como si se le presintiera a punto de desenfrenarse al no estar ya controlado por Dumbledore. La impresión general aumentaría al verlo como el usurpador del puesto que merecía McGonagall, heredera lógica de Albus. Eso iba de la mano con que Hogwarts cobraba un aire peor cada día. Pese a ello, o por ello, la castaña había decidido arriesgarse. Entendía que dadas sus escasas probabilidades de éxito, lo más seguro era que Harry, Ron y ella cayeran en un punto muerto en la búsqueda que emprendían.
Snape soltó intempestivamente el libro, con un elegante juego de sus dedos, en abanico que se abre. El volumen, suelto, descendió, despacio, sobre la mesa de trabajo, mientras el profesor lentamente cruzó los brazos, por fin dirigiéndole la mirada.
—Es novedoso… verla en mi despacho, Granger.
La castaña no pudo evitar una breve reacción que se descubrió meses atrás: Era la voz de Snape. Su forma de pronunciar, acompasada, un poco ronca en algunas silabas; sus énfasis, como si paladeara el sonido; sus remates en ecos graves adquirían a veces para ella una cualidad que en años pasados jamás tuvo. No le provocaba miedo. Hoy era una muy leve inquietud indefinible.
Ella había bajado por las escaleras, veloz, asegurándose no ser vista. Ser descubierta acercándose a Snape la haría objeto de críticas y sospechas. Llegaría a oídos de Ron y de Harry antes de unas horas, qué horas, en minutos; por eso debía cuidarse. Y percibió que la compleja situación podía hacer reaccionar a Snape muy agresivamente. Seguramente se iba a ver peor que ingenua, pero sus preocupaciones y bases tenían mayor peso. Continuó:
—Harry no sabe que he venido, profesor. No se lo he dicho porque yo piense que deba ocultar, sino porque él no lo entendería. Tampoco entendería que vengo porque usted es la persona mejor preparada para lo que quiero pedirle.
—¿Y eso es…? -arqueó una ceja.
—Le pido que me enseñe el conjuro Ojo de Horus. El descrito en el libro de Viridian.
Ojo de Horus no era un hechizo, ni un encantamiento. Era un conjuro porque permitía invocar a un Poder externo en beneficio propio. Era un procedimiento arriesgado.
Snape quiso saber, en talante levemente retador:
—¿Y cómo supone usted que yo conozco… eso?
Hermione notó que él fingía en esa pregunta. Debía conocerlo por buenas razones. Vindictus Viridian, en su tiempo director de Hogwarts, había sido pocionero y mencionaba ese conjuro en su única obra, donde explicaba que en sentido básico, "Ojo de Horus" era un componente de pociones para estimular la clarividencia, para accesar a estados de viaje astral, ver Cuerpos Astrales o Etéreos y aumentar la capacidad de precognición en los videntes.
"Ojo de Horus" era un derivado de la taipoxina, un veneno de serpiente oriental. Podía ser benéfico o mortal. Todo pocionero sabe que un exceso en la concentración de una medicina convierte a ésta en tóxico y viceversa. Un veneno a baja concentración puede ser medicinal pues contrarresta la acción de otros venenos. La explicación de Viridian sobre el uso de la taipoxina mostraba su muy baja seguridad, como advertencia:
la dosis medicinal se convierte en venenosa apenas por un rango de 0.3 gr
No sólo eso. Ojo de Horus también era un conjuro de búsqueda en varios niveles. Para hallar la comprensión de la Luz o de la Oscuridad. De acuerdo con Viridian, el conjuro trabajaba mediante la invocación de un Poder conocido como Dominación.
Así que en su sentido más amplio, Ojo de Horus se refería a la mitad del camino donde la pócima se convierte en veneno. El punto donde el proceso reversible se vuelve irreversible, donde el Elíxir de Vida se convierte en Licor de Muerte. Donde aparece la Belleza de la Luz o la Belleza de las Tinieblas. Se refería al punto de inflexión donde la Magia se transforma en Artes Oscuras.
La transición entre Magia y Ars Nigra no era clara jamás. Para quien deseaba dar el paso, sí. Pero no era claro si no se tenía claro el objetivo. Una buena intención obsesiva, un creer que se puede hacer el bien sin haber sido solicitado, suponer que el fin benéfico justifica los medios para lograrlo, eran esas escalas de gris que conducían a la Oscuridad.
—Como conjuro -le recordó Hermione-, Ojo de Horus forma parte de DCAO.
Como Snape entrecerró los ojos, Hermione quiso pensar que era el gesto positivo de haber captado su interés. Aunque la verdadera razón, caviló, podía ser que él estaba impacientándose. Tal vez era uno de esos días cuando, de buen humor, no quería practicar su deporte favorito de ser cáustico y se limitaba a despreciar. Él se colocó una mano en la cintura, la otra en la mesa, y sus labios se torcieron un poco. Las llamas de las velas titilaron.
—¿Y desde cuál… enfoque… quiere conocer Ojo de Horus?
—Del lado de la Luz. Por ser peligroso, le solicito ayuda.
Inexpresivo, él comentó con su voz lenta y grave:
—Es buena señal que se haya percatado que Potter ha alcanzado el límite de su incompetencia... No le estoy dando un voto de confianza, Granger, pues no sería un gran mérito de parte suya el rebasarlo. ¿Cree tener lo que se necesita para enfrentar ese… estudio?
—Creo tener constancia especial.
Tenía constancia y más. Pero Ojo de Horus era muy avanzado. Podía revestir dificultad incluso para un auror. Lo descubrió en el libro de Viridfan, pero no lograba desentrañarlo. Aquello que lo explicaba, también lo contradecía. Lo había estudiado por semanas sin acabar de comprenderlo. ¡Increíble que la explicación estuviera impresa en pergamino desde el siglo 18 y no lograra hacer las conexiones para captar la ejecución! Se convertía en Magia o en Artes Oscuras dependiendo de la intención con que se realizara, eso lo sabía, pero su problema era la cuestión técnica.
Ése era su punto. Manejar el Ojo de Horus sería invaluable para localizar los horrocruxes restantes. Y el punto más grave lo abordó Snape, en la luz amarillenta de las largas velas, donde hablaban, también a mitad del camino entre luz y oscuridad:
—¿No teme estarse entregando a su oponente? Al bajar aquí ha entrado en la boca del lobo, Granger. Se presenta ante su peor enemigo en Hogwarts. Creo que ha olvidado sus criterios, sus… convicciones.
—Mi criterio es que no creo lo que se dice de usted, profesor.
Ahí estaba. Por eso Hermione no había dicho nada Ron, ni a Harry. Tampoco era nuevo. Más allá de su detestar a Snape por sus burlas personales, no todo era su decisión: Resultaba inevitable que ella participara aunque fuera pasivamente de los insultos y certezas de Ron y Harry hacia Snape. Pero siempre había marcado límites o por lo menos, manifestado dudas, razón por la cual ocasionalmente lo había defendido ante ellos o mostrado reservas sobre las conclusiones de sus amigos.
Una chica tan inteligente como la castaña, más que el mejor de los Ravenclaw, integrante del Club de las Eminencias, sin duda tenía en sus capacidades, la de deducir. La de no quedarse con una primera impresión así fuera espantosa. Uno de los motivos para hallarse en el despacho eran sus graves dudas sobre la percepción de Harry con respecto a la muerte de Dumbledore.
Su amigo se había negado a contárselo por un tiempo. ¿Por qué? ¿Era porque sospechaba que ella mostraría objeciones? Y, ¿no tendría bases? Hermione se preguntaba: ¿Por qué Snape conminó a Harry a guardar silencio y quedarse quieto en la Torre de Astronomía? ¿Por qué no lo mató en ella o en cualquier otro instante? ¿Qué ganaba dejando vivo a un testigo clave de su asesinato? Y si no podía matarlo, ¿por qué no lo desmemorizó del hecho, si dejarlo con ese recuerdo, representaba un peligro mortal para el supuesto Amo que defendía Snape?
Ésta era de esas situaciones donde la duda razonable se veía contradicha por el infaltable detalle o por una pieza de información que, más que llevar a una conclusión aceptable, a la castaña le daba la impresión de funcionar como justificación de la sospecha y del odio. Bajo esa luz, ¿no sería que Snape protegió a Harry? Y como ese, la castaña tenía otros ejemplos: La versión final de Snape en el caso de Lupin, más bien justificativa hacia ellos; la forma como los defendió en el bosque; sospechaba que ciertas ayudas venían de Snape. Hermione estaba en capacidad de darse cuenta, de intuir, por lo menos de formarse conjeturas. Justamente su inteligencia era la causa de varios de sus dificultades de comunicación con los demás, porque ella estaba por encima del promedio. Eso la conducía a algunas teorías que a los demás no les pasaban siquiera por la mente. En ese sentido, se parecía bastante a Snape.
El profesor torció la boca o fue una media sonrisa burlona, pero su mente trabajaba a mil por hora. Él vio a la chica con frío desdén; su voz tuvo aire de una amenaza acariciante:
—La valiente Gryffindor acudiendo a mí… Diría que me la han servido en bandeja de plata, para que haga con usted lo que me plazca...
Ella le sostuvo la mirada. Pese a la cantidad de velas, el clima del despacho era moderado. ¿Cómo haría para disipar el calor?
—Eso no lo sé, profesor. Sé que le pido su ayuda como docente.
—Ya veo. Y piensa que tengo tiempo para perderlo con usted.
Hermione pensó que podía recibir los sarcasmos de Snape hasta el final del arcoiris, o insistir. Eligió lo segundo, aunque en el filo casi invisible con la impaciencia. Snape tenía la capacidad de ser el único profesor de Hogwarts que o le daba miedo o le imponía o la enfurecía explosivamente. De sus conocidos, Ron la exasperaba por sus accesos de torpeza, pero Snape la exasperaba porque se le hacía difícil superarlo en los juegos de ingenio y autocontrol. Habría sido mejor experimentar indiferencia hacia él, pero no le era posible.
—Es probable que las fallas de Harry en el breve curso que usted le dio -aseguró ella-, le formen una idea sobre nosotros, profesor. Le puedo asegurar que no es mi situación.
—¿Cuál problema tienen, señorita Granger? ¿Weasley no encuentra el camino al comedor? ¿Potter ya no tiene normas por romper?
—Yo necesito tener más recursos para ayudar a los dos.
Hermione le sostuvo la mirada, fríamente.
—Y yo no creo poder ayudarla, Granger. Tengo muchas ocupaciones como para perder tiempo con quimeras. Con niños.
El giro súbito habría sido desconcertante de no llevar casi siete años de conocer a Snape. Sin moverse, dejando que él se acercara a ella unos pasos, Hermione respondió, en buena lid bloqueándole el paso, viéndolo a los ojos, hablando más estrechamente en el área limitada de la luz, reflejada en sus ojos marrones y límpidos:
—He crecido -afirmó ella-, como comprenderá.
Snape no pasó de devolverle la mirada; aunque se debía conceder que Granger ya no era una niña: Aunque de uniforme, frente a él, llevando sus libros, estaba una joven grácil, guapa, de mirada firme.
El asunto era otro. Observándose muy cerca del uno del otro, en la penumbra aumentada súbitamente, rodeados del juego de las velas, Snape se daba cuenta que la Insoportable ya no era una niña… por su forma de comportarse. La mirada directa, sin temor, que ella le dirigía, era la de un carácter sólido. No pensaba igual que sus inmaduros amigo y su novio.
Él conocía cada paso que ellos daban. Granger siempre fue más madura que los otros dos. Era la voz de la sensatez. Granger era la que pensaba a largo plazo, la que resolvía y preveía. Faltaban dedos en las manos para contar las veces que Potter y Weasley hubieran muerto de no ser por Granger. Tampoco era como ellos, viscerales; no se enojaba y salía corriendo. Snape vio la responsabilidad en Granger, la conciencia de lo que sus pasos implicaban para ella. Si bien era legendario su talento para darse la razón en tono informado e irrebatible, chocante, eso quedaba relegado pues en la mirada de Granger despuntaba la madurez plena de carácter. Igual había atemperado lo que podía llamarse su insoportabilidad. Por ejemplo, este insistir, arriesgándose a bajar a la mazmorra para plantearle firmemente una necesidad, pese a su aire imprudente y un poco petulante en su firmeza, era un riesgo calculado porque acababa de explicarle sus razones y sospechó que diría algo de mayor peso.
Los hermanos Carrow, que daban vueltas esporádicas por Hogwarts desde días pasados, desconcertando a los alumnos con sus aires de ser amos, sus sonrisas prepotentes y ojos trastornados, sí que notaron el cambio físico de Hermione. Era elocuente su forma de comérsela con los ojos, con sonrisa ofensiva frente a quien fuera y como quien da tiempo al tiempo para comprobar en carne propia, lo bella que se había vuelto la castaña. Snape consideraba formas de desanimar a la bruja Alecto de esos proyectos, pues era la que entusiasmaba a Amycus: Al pasar cerca de Granger la miraban de arriba abajo, con la codicia de quien paladea anticipadamente un bocado apetitoso. Esa chica, se decían sonriendo, tenía talentos que podía descubrir con los dos. Quizá con los dos al mismo tiempo.
En su tema, Hermione llegó al centro del asunto, su mayor argumento, porque no veía motivo para perder tiempo guardando apariencias:
—Si pese a lo que se dice o se cree de usted, el profesor Dumbledore lo apoyó incondicionalmente, es porque él sabía algo que los demás desconocemos. No pudo no enterarse de la forma como han podido interpretarse los actos de usted. Pese a todo, él nunca dejó de confiar en usted y yo creo que eso lo llevó hasta el final. Yo comparto la opinión de Dumbledore y más -añadió-: Como el profesor Dumbledore le solicitó ayudar a Harry, usted no tiene impedimento en ayudarme a mí, ya que estoy con Harry en lo mismo. Bien puede tomar el apoyarme como incluido en la petición de Dumbledore. A final de cuentas repercutirá a favor de Harry. A final de cuentas nadie tiene que saber lo que hagamos.
Eso último habría tenido un eco especial, pero con ellos dos no era así. Hablaban de lo que hablaban. Incluso con la actitud descortés de Snape. De hecho, estaban avanzando en el diálogo.
De ser cierto que Snape sería el siguiente director se volvería inasequible para ella. Necesitaba una respuesta. Ella necesitaba un sí de Snape.
—Evítese la falsa amabilidad conmigo, Granger -Snape habló para ganar tiempo y volverla a analizar-. ¿Por qué mejor no me llama como acostumbran? ¿El Murciélago, me parece? ¿No sería mejor un poco de sinceridad de su parte?
—¿Quiere una disculpa por lo que hayamos dicho? -lo retó un poco- Han sido tiempos difíciles. Le soy sincera, también soy sincera en lo que le pido y con mis motivos para solicitárselo. Le pido que me ayude a ejecutar el conjuro Ojo de Horus. Por lo demás, asumo la responsabilidad de mis expresiones. Le ofrezco una disculpa.
Snape pensó que ella lo resolvió rápido. Mas aquel dilema no era menor. Aprender el Ojo de Horus podría ser una gran ayuda, pero también un riesgo innecesario para Granger y eso tomando en cuenta que en los próximos tiempos, la vida valdría menos que nunca. Así que con gesto de haber terminado una conversación inútil, pero en realidad para seguir pensándoselo, salió sin dirigir la palabra a la chica. Ella no se sorprendió, ni le molestó verse obligada a salir del despacho, dándose tiempo a que fuera cinco pasos después de él. Estaba dentro de lo esperable. Pero tampoco quiso seguirlo por las escaleras o acabar con una mala frase. No sería adecuado a sus propósitos. Quedó en el primer escalón, oyéndolo subir y formándose un plan.
—Gracias por prometer pensarlo -le comentó ella en voz alta.
La actitud de él justificaba ignorar un poco las formas.
No iba a tomar su negativa como la última palabra. En los siguientes días, la castaña se dedicó a enviarle lechuzas con la misma petición, elaboradas o escuetas. Esperaba que por puro hartazgo Snape la oyera de nuevo o de plano aceptara o de plano desquiciarlo. Pero esperaba que aceptara. Estaba segura que él no salió de su despacho desdeñando el tema.
De ser cierta la impresión profunda de ella sobre Snape -inconcebible para sus amigos, de saberla-, Snape aceptaría… Y aunque Hermione no se atrevía a contradecir a Harry, ni a Ron en sus apreciaciones, esto era una maniobra en un estilo ya usado por ella: El de no compartir las inquietudes de los otros y actuar, como cuando pidió a McGonagall que revisara la Nimbus de Harry pese al enfado de su amigo o hacerles sugerencias que en realidad eran órdenes. Esta vez haría lo mismo, pero en grado muchísimo mayor. Como dijo, si Snape le enseñaba el conjuro, los demás no tenían por qué saberlo. El conjuro actuaría paralelamente a ellos, guiándolos en los momentos propicios; en el peor de los casos nada sucedería.
Las lechuzas regresaban con los mensajes sin leer. A Hermione no le sorprendía, ni le afectaba. Su meta era que Snape tuviera la petición en mente. Que no leyera los mensajes ayudaba, pues solamente los reenviaba. Aun si Snape se exasperaba sería a favor de la Gryffindor, pues insistiría de nuevo. Su única limitante era el tiempo.
No obstante, poco a poco, aquellas reiteraciones y silencios de vuelta adquirieron un matiz de lucha, pues conociendo un poco a Snape sabía que él era impositivo como ella, lo cual pulsó en la Gryffindor la cuerda de su necesidad de ganar toda discusión. Su inquietud se matizó de otra motivación, menos confesada y menos sensata, justificada por ella en el hecho de que su meta principal era más importante: Ver quién se cansaba primero, quién podía más, como muestra indirecta de quién tenía la razón.
El empeño creció al grado que una tarde se equivocó y respondió a Harry:
—¿Estás seguro, Snape…?
La risa incrédula de Ron, la extrañeza de Harry y su irónica sonrisa, dando a la chica un "gracias" en reproche, les ocultó el hecho de que Hermione se descubrió pensando en Snape con frecuencia.
Aquel pensar se tiñó de una sutil antipatía renovada o exasperación por ver varados sus planes. En clase miraba a Snape a una línea del gesto de desafío. Le lanzaba miradas de ironía para obtener de él una reacción y tener pie a hablar de nuevo. Una vez que el pasó a un lado de su fila de pupitres, la castaña le dirigió una mirada de reojo. Snape no dijo nada, aunque debió ver el gesto altivo de la Gryffindor… que, por cierto, a Neville, testigo involuntario, le pareció que más que hostil o belicosa, la expresión de Granger la hizo ver guapa.
A la mañana siguiente, en el Gran Comedor, Parvati se inclinó al oído de Hermione y le preguntó en voz baja:
—¿Tienes algún problema con Snape?
—¿Con el Murciélago? ¡Claro que no? -exclamó con menosprecio, aunque repentinamente intranquila.
Pensó que preguntar "¿por qué?", mostraría interés en el asunto.
Confió que Parvati le diría y así fue:
—Entró y al pasar por enfrente, ¡te vio! Un parpadeo, sí, pero muy raro en el amo del mundo. Hermione, parece que le llamaste la atención. ¿Será posible?
—No me hagas reír -desdeñó y se encogió de hombros-, ¡qué asco!
—Entonces algo hiciste que le molestó.
—No lo dudes, ¿qué no le molesta a ese?
—Él mismo.
—No, él también se cae mal.
Rieron. Hermione apenas alzó una ceja y miró de reojo hacia Snape, que se sentaba en la mesa de los profesores, saludando escueto sin ver a nadie después. El resto del desayuno y en las demás comidas de la semana, no volvió a ocuparse de que el necio profesor diera alguna señal, pero no dejó de enviarle las lechuzas. Lo necesitaba.
No se puso a pensar que su forma de insistir en aprender el conjuro, por su carácter de confrontación, podía ser un primer paso hacia las Tinieblas.
Snape -aunque estupefacto por las palabras de Granger- cobró la costumbre de, luego de leer el primer mensaje de Granger, regresarle las lechuzas con un gesto de la mano. El ave aprendió a dejarse ver y apresurarse a aletear de regreso al ver el índice de Snape ordenándole volver al remitente, sin desatender lo que estaba haciendo.
Aunque no era mucho el trabajo escolar que tenía. El colegio iba en caída a dejar de serlo. El castillo estaba intacto, pero las estructuras que lo organizaban estaban siendo colapsadas. El mundo a su alrededor, también.
¿Quién actuaría contra ello, además de Potter y sus amigos? Ese era un continuo pensamiento de Snape, seguro que chicos como Longbottom u otros espabilados, llegado el momento y pese a su sinceridad, no pasarían del desafío inútil, por muy valeroso que fuera, por no modificar los hechos en esencia. Snape presentía que futuras actitudes le darían la preocupación de evitar que los Carrow mataran estudiantes. Se demoraba en obedecer la orden de dejar las clases de DCAO para transferirlas a Amycus, que junto con su hermana esperaba la indicación de Snape para aposentarse en el colegio y hacer un engendro con la materia y lo que pudieran. Como no dudaba que ambos torturarían a los alumnos, decidió que seguiría dando clases hasta después de recibir el cargo de director.
Esas perspectivas lo llevaba a considerar de nuevo -y un poco exasperado por la guerrilla que le hacía Granger, pero que lo empujaba a ignorarla, para hacerla rabiar-, había seguido convenciéndose que la Gryffindor era la única capacitada para el intento que deseaba llevar a cabo.
De sus socios, era quien mejor realizaba los hechizos, incluso con elegancia ligera. Así que era la mejor aspectada para aprenderlo. No sólo eso. Eran las aptitudes que descubriera en ella. Weasley era un seguidor cuya buena intención no era el lenguaje para crear una estrategia y Potter, aun con su generosidad y arrojo, visto como individuo era demasiado irreflexivo, no proyectaba, no preveía. Su ascendiente era de tipo afectivo, por eso su falta de poder de convocatoria. Potter era un héroe solitario.
Comparada con eso y con el resto del estudiantado, Granger pensaba. Y de eso venía su era una alumna que viviera el día a día impactándose con los hechos, pero sometiéndose a ellos o resolviéndolos de acuerdo a como aparecieran. Poseía una inteligencia penetrante, capaz de anticipar escenarios, de armar tácticas, estrategias, llena de recursos gracias a su inventiva. Más de una vez Granger había aportado el impulso que faltaba a sus amigos. Había identificado pistas que ellos fueron incapaces de ver, les dio dirección para llegar a la meta. Sabía pensar en las horas de mayor tensión o de miedo.
¿Ella podría aprender Ojo de Horus? No lo dudó. ¡Qué aportación del director Vindictus! En su época, la arqueología muggle descubrió el Egipto de los faraones. La Piedra Rossetta, que abrió el camino para la comprensión de la escritura jeroglífica, también permitió desentrañar papiros conservados en la Biblioteca de Hogwarts. En ellos Vindictus descubrió aquel conjuro al que llamó "Ojo de Horus" por su poder de encontrar, pero que en realidad se llamaba conjuro de Hieracómpolis -la ciudad donde se adoraba a Horus- o conjuro de Hor Ajti, es decir, "Horus en el Horizonte" porque permitía ver lo que se levantaba en el tiempo, pero no sólo eso, sino que manifestaba capacidad de influir en el futuro, el terreno donde se mueven las Dominaciones.
Usado como lo configuró Viridian, el Hor Ajti revivido terminó en la frontera de Luz y Tinieblas por la influencia de aquel director, que fue Slytherin.
Snape concluyó nuevamente que Granger representaba la oportunidad de ayudar a Potter de manera decisiva, si ella lograba manejar un conjuro que él conocía desde hace años por estar no sólo a un paso de las Artes Oscuras, sino porque muy fácilmente entraba de lleno en ellas. A Voldemort ese conjuro no le había funcionado. ¿Se resistía con él? Snape siempre negó conocerlo. Granger tendría probabilidad.
Snape se frotó la barbilla. Esta era la última oportunidad que tenía de ayudar a Potter, pues estaba casi seguro que o no volvería a verlo cuando todo comenzara o tendría una oportunidad mínima de hacerlo en contadas ocasiones más.
Aun así, no podía enseñarle el conjuro, sin más. Él debía volver a intentar enseñar los recursos para proteger los pensamientos y con ello, los secretos. No bastaba con la promesa de callar. Nadie más debía saber lo que Granger iba a aprender y con suerte, a poner en práctica.
No podían practicar nada de eso en Hogwarts. Los Carrow con sus visitas, Draco, Zabini, los inútiles de Crabbe y Goyle, eran demasiados ojos y demasiadas lenguas. Al analizarlo nuevamente decidió tener esas prácticas en el sitio que conocía.
El siguiente viernes, Hermione caminaba a clase de Transformaciones, también considerando si escribir un nuevo mensaje a Snape o reciclar uno de los viejos o enviar un pergamino en blanco.
—Granger.
Sobresaltada por salir de sus pensamientos, oyó a Snape andar unos pasos a su ritmo, para después seguir sin voltear a verla:
—Mañana a las seis de la tarde en mi despacho. Avise que estará fuera para que nadie haga preguntas -indicó, con tono cansino de "voy a sacrificar mi tiempo".
Al alejarse, dejó en el aire una fina corriente de aroma a lavanda... Hermione pensó que nunca había caminado tan cerca de él en el colegio como para darse cuenta de su fragancia.
—Gracias -respondió ella, siguiendo a clase.
La acompañó una satisfacción secreta. En la voz de Snape escuchó un sonido nuevo: Sin abandonar su aridez y condescendencia, se escuchó el tono del respeto leve.
Hermione ignoraba que se llevaría más de una enorme sorpresa, porque el respeto mutuo iba a sufrir un choque.
