En punto de las seis de la tarde, vestida de jeans y blusa azul oscuros, abrigo ligero y bufanda, Hermione bajó rápida a la mazmorra, después de cuidar nuevamente no ser vista y de decir a Ron y Harry que necesitaba visitar a sus padres.
La puerta del despacho medio iluminado se abrió, dejándola pasar sin demora, mientras Snape, serio y concentrado, se le acercaba haciendo un ágil pase con la varita.
La luz de las velas en la oficina de Snape se esfumó, reemplazada por sombras y viento de una calle solitaria, de casas y cercas de piedra en ambas aceras… Bajo tejados rojizos de dos aguas, ventanas iluminadas arrojaban restos de luz sobre arbustos, como única señal de vida, pues a nadie se veía afuera, y excepto el susurrar del viento no se escuchaba un sonido.
Snape echó a andar, sin aviso, con la castaña arrancando ágilmente el paso para ir a su lado, guardándose las preguntas por el momento.
Escasas farolas en las aceras, medio ocultas por las copas de los árboles, alumbraron el camino del profesor de pociones y la Gryffindor. Bajo la luz irregular filtrada por los árboles –con sombras en forma de hojas–, el hombre de cabellos azabache, vestido de negro, con los detalles de la camisa impecable en cuello y filo de las mangas, andaba rápido, acompañado por la castaña a su costado derecho.
Fueron rápido, sin hablar, doblando en esquinas de calles de empedrados deteriorados, pasando al lado de casas con fachadas de ladrillo desnudo, que mostraban ventanas cálidamente alumbradas, árboles de pocas hojas y largos tramos de hierba en descuido al pie de muros cubiertos por enredaderas.
Pese a no identificar la localidad, saliendo y entrando de tramos de gran penumbra, Hermione percibió un hecho inédito para ella.
Yendo al lado de Snape, él caminando a pasos rápidos, moviendo los brazos con decisión, sus cabellos en sacudidas breves, Hermione se percató que era la primera vez que caminaba junto con Snape un tramo tan largo. Y la primera vez, solos. Le parecía ser la primera vez que lo veía al considerar que con extender el brazo habría podido tocar la mano clara, de venas marcadas, que sobresalía del filo de la blanca manga.
Avanzando por el centro de la calle desierta, entre casas, cercas y enredaderas, se dijo que al contrario de lo pensado -que estar sola con él diez minutos sería incómodo-, en realidad era muy sencillo: No se respiraba tensión al lado de Snape. Con sus pasos ligeros, discretos y emanando ese sutil aroma a lavanda, no se respiraba incomodidad, sino vivacidad y ligereza. Su seriedad no resultaba agresiva. Él la dejaba ser.
Snape caminaba con prestancia, sin obligarla a apresurarse. Ella tampoco no era como esos alumnos invadidos de nerviosismo que en ocasiones trataban de seguir el paso de Snape y parecían dispuestos a tropezar cada dos pasos, con la disculpa en la boca. Hermione iba con su habitual paso ágil al dirigirse a un asunto de importancia.
Snape, ágil, decidido como siempre, llevaba ese aire de ignorar o valorar poco lo que le rodeaba, gesto que Hermione pudo interpretar de otra manera en las calles de la localidad: Era tener en mente un asunto de gravedad que dejaba en segundo plano lo que le rodeaba, pero seguía atento a ello.
Más todavía, percibió que el consabido aire de malhumor y prepotencia de Snape, se ausentó.
¿Era que no tenía necesidad de fingir? Los movimientos de él le fueron gratos: La oscilación de los brazos, la determinación expresada en pasos suaves, pero sabiendo a dónde iban y aquel movimiento ocasional de sus negros cabellos, enmarcando la nariz aguileña.
De Snape, viendo al frente, recortado contra el fondo de las estrellas del cielo azul marino, brotaba un aura de seguridad, de conocerse, de sentirse dueño de sí mismo, cómodo con sus propios movimientos; por ende, un poco dueño del entorno: Las aceras, el halo de luz de los faroles y las casas, que por fin, por su estilo y silueta, Hermione identificó:
—Estamos en Mould-on-the-Wold, profesor Snape –dictaminó con su voz a veces grave.
Snape parecía ir sumido en graves reflexiones, pero le respondió de inmediato:
—En efecto, Granger, aunque si piensa que iremos a casa de los Dumbledore, olvídelo. Esa residencia se encuentra al otro extremo del poblado. Lo que verá será nuevo para usted.
Acababa de decir eso cuando al doblar en una esquina tan oscura como el resto, las facciones de Hermione se llenaron de pasmo.
La calle, la arquitectura, el ambiente, cambiaron de improviso.
Luz violeta de miles de hojas en cientos de árboles a los lados de una avenida de unos treinta metros de ancho, se extendía en brillos móviles hasta donde alcanzaba la vista, y elevándose al cielo en resplandores tenues. Árboles de ramas largas y delgadas lucían aquellas hojas que resaltaban con aspecto de cristales animados desde dentro, alejándose sobre las aceras continuas, de losas de piedra rosa pálido, flanqueando un camino de otras losas, de piedra azul oscura.
La vasta iluminación de la avenida no era artificial: La profusión de árboles y hojas abrillantadas desprendía luminosidad tenue, pero su acumulación bastaba para iluminar la vía, generando un ambiente fresco y meditabundo. Rosas sembradas en torno de los árboles formaban un anillo rosa pálido emitiendo otro brillo, pero bastante más tenue.
El resplandor colorido de los árboles y vegetación iluminaron su admiración. Llena de curiosidad junto a Snape, quien mostraba conocer el lugar, la Gryffindor avanzó por esa avenida sin transeúntes, ni vehículos, delimitada por la acera sin interrupciones y adornada por árboles frondosos de los que colgaban frutos. Durazneros, pensó Hermione, son durazneros, que batían hojas violáceas, resplandecientes, parecidas a luz neón, de las que manaba el murmullo suavemente perfumado de cantos de aves.
Hermione se detuvo un momento, viendo a su alrededor, asombrada. Esta vía está y no está en Mould-on-the-Wold. Es una vía mágica. Debe ser un secreto de Snape. Las construcciones eran casi iguales vistas entre los árboles, una sucesión de muros gris oscuro con entradas de marcos blancos, pero al rebasar las copas de los durazneros adoptaban formas muy diferentes, en cúpulas, triángulos, torretas y complicadas formas de roca y cristal luminiscentes contra el cielo sin nubes, de escasas estrellas. No es una avenida, se dijo, es un boulevard.
La castaña se apresuró para alcanzar a Snape, viendo a su derecha una señalización en la acera ininterrumpida, una placa de bronce en lo alto de un poste entre dos árboles brillosos, entintándola de violeta, que confirmó su idea: Sortileges Boulevard.
Boulevard de los Sortilegios… Hermione, un poco al trote por la vasta vía arbolada de luz violácea, miró las ventanas por encima de los árboles alzando sus brillos al ónice nocturno… Ventanas con las cortinas corridas, otras de donde emergía un caleidoscopio como si dentro se suscitara una magia de luz y de números. Recibiendo la sombra de la noche y la luz en suave movimiento de las hojas de los durazneros, la castaña descubrió umbrales adornados con efigies de musas de granito en gestos sonrientes, Atlas cargando arcos pesados, otros arcos profundos que conducían a rejas cerradas tras las que se vislumbraban enredaderas resecas y estelas con inscripciones ilegibles por la distancia. A tramos, altos relojes empotrados en torres de roca marcaban la hora 25; sobre las copas de los árboles, fachadas trazaban letras cuyo significado se conformaba por la luz y la oscuridad. En el boulevard que se alejaba, Hermione creyó percibir ecos y jeroglíficos en la noche, en un laberinto de tiempo y de luz.
Snape giró a su derecha, deteniéndose, y cuando Hermione lo alcanzó, se vio frente a una reja. Tras ella se levantaban vetustos árboles nudosos, secos.
Y al fondo, una residencia abandonada… Una antigua y enorme mansión de tres plantas, de muros sucios por incontables lluvias, con decenas de ventanas de cristales rotos en su frente decolorado, tejado desvencijado, conservando la vertical por la solidez con que se construyó, pero asentada sobre sí misma por el desgaste, en medio de una extensión de capas de hojas muertas, vegetación feraz y otros árboles quebrados entre hierba altísima.
El profesor de Pociones hizo un pase circular con la varita. Rodeados por un halo azuloso, le hizo la indicación de avanzar y, andando, traspusieron la reja cerrada.
Al cruzar y detenerse, Hermione volvió a contemplar el sitio, con el rostro iluminado por otros breves resplandores, de colores distintos a los del boulevard.
Consideró si Snape había realizado un hechizo de Aparición para salir a otra casa, pero descartó la idea porque para eso no necesitaban haber venido a Mould-on-the-Wold. Era la misma residencia.
O no exactamente la misma.
La mansión y sus jardines eran nuevos. Aún en la noche no necesitaban iluminación artificial: De la hierba recién cortada y de los árboles lozanos brotaba un tenue resplandor blanco-azuloso. Las hojas rojas colgantes de los altos sauces frondosos también poseían aquella cualidad fosforescente, pero de discretos turquesas. Y la mansión… Snape la dejó contemplarla.
De limpia fachada de piedra azul y lavado tejado rojo, sus ventanas de marcos blancos relucientes mostraban ventanas intactas, con altas ventanas en el centro de cada tercer nivel, como si tuvieron salones y las demás fueran habitaciones. El mismo Snape, quien evidentemente conocía el sitio, parecía invadido por una muda admiración.
—¿Cómo se llama esta residencia, profesor Snape?
—Sus propietarios decidieron llamarle Infinity Manor.
En los alrededores de la propiedad, se distinguían otros jardines y estatuas, el lejano murmuro de una fuente.
—¿De qué Casa era quien construyó esta residencia, Granger?
—De Ravenclaw –dedujo ella.
—¿El arquitecto vivía solo?
—No, su esposa era Gryffindor.
Snape no respondió, o sea que Hermione acertó, y se dirigió a la entrada de la residencia que no era el característico umbral estilo inglés. Aunque nada en el Boulevard de los Sortilegios era común.
La entrada de la residencia era un alto arco ojival, de granito. Al fondo se levantaba un pequeño jardín tupido, de plantas de papiro. A la izquierda de ese arco, sobre un muro del mismo material, estaban inscritos los escudos de Gryffindor y de Ravenclaw, como dedujo Hermione no solamente por los colores predominantes de la mansión, sino por la proeza intelectual y destreza que había requerido.
—Él arquitecto falleció primero –comentó Snape, viendo aquellos escudos–. Su esposa lo siguió, a los dos años. Eso ocurrió en 1768. Por haber traspuesto la reja, para nosotros el deceso de ella fue ocurrió hace dos días. En este momento se realizan sus funerales.
Snape giró al muro de la derecha, seguido por Hermione. Una inscripción en bajorrelieve mostraba un símbolo con un Sol y una Luna, dentro de una circunferencia.
—Al fallecer ella –explicó Snape–, la casa quedó fuera del tiempo. En apariencia son dos casas: La que ven sus deudos es la sujeta al cambio. Ésta se encuentra fuera del tiempo. Nunca vendrá ninguno de los deudos. No podemos ir a ellos. Sólo puede entrar quien conozca el hechizo.
El profesor apoyó el índice en la Luna, la llevó al Sol y al coincidir, una puerta hasta entonces invisible se abrió.
Entraron a una amplísima sala en penumbra, donde la oscuridad retrocedía por la luz blanquecina y la de los árboles, filtrada entre los cortinajes de seda de las enormes ventanas, que a Hermione le pareció que tenían dos poco más de metros de alto: Se distinguían muebles, libreros, mesas, dos columnas más allá indicando el arranque de un pasillo y a la izquierda, una magnífica escalera de anchos peldaños de mármol que conducía a las plantas superiores.
—Stephanie Despres y Atherton Fitzpatrick se casaron en 1760 –dijo Snape–. Fitzpatrick lanzó encantamientos en los cimientos de la residencia, en cada material de construcción. Y entre los dos dieron otras cualidades al lugar.
Snape cerró la puerta con un pase, sin voltear a la puerta, y fue al lado de uno de los ventanales.
La castaña entrelazó sus dedos, apreciando el lugar.
—Se construyó con amor -opinó ella, al fin-. Todavía se respira. Parece que acaba de suceder.
Snape miró por la ventana.
—Acaba de suceder, Granger. Por fuera, la casa se halla en el flujo normal del tiempo. Por dentro, siempre es sábado 7 de noviembre de 1768. Nada se repite, porque son las versiones infinitas de un mismo día. Los visitantes no son afectados por ello. Lamentablemente, Fitzpatrick no dejó planos de construcción. Ninguna indicación de los encantamientos empleados por él.
Se dirigió a la escalera. La castaña lo siguió, dando un saltito con prestancia.
Al subir por la escalera, Hermione notó algo que no vio desde la sala: La luz que entraba por el ventanal se imprimía en un blanco espectral sobre el muro, donde entre las sombras de los marcos de las ventanas brotaron cientos de relojes. Ambos subieron en aquel tapiz de claroscuro puntuado de relojes de todas las formas y carátulas, redondas, cuadradas, de muchos ángulos, simétricas o irregulares, marchando a ritmos diferentes. Muchos relojes tenían cuatro y cinco agujas, letras en vez de números y cifras que debían pertenecer a algún idioma desconocido para ella. Ninguno hacía ruido.
Obviamente Snape conocía lo central: El hechizo de Apertura de la reja. ¿Cómo la habría encontrado? ¿Por qué le confiaba la existencia de esta mansión?, se preguntó la castaña. ¿En verdad pensaba que podía confiar en ella a ese grado?
—¿Es posible perderse? –la chica se intrigó- Una apariencia por fuera de la reja, otra por dentro y una mansión fuera del tiempo. Se me figura un laberinto.
Snape y ella llegaron a la planta superior, donde un gran salón dividía dos corredores de habitaciones. Con un pase de la varita, él abrió las cortinas de las altas ventanas centrales, dejando pasar la luz de la luna. Estaban sobre el nivel de los árboles.
—No hay posibilidad de perderse –explicó él–. Uno se mueve dentro de una casa normal. Para ellos fue su casa normal durante los ochos años de su matrimonio. Su cualidad se manifestaba a voluntad de sus residentes. Aún lo hace. No depende de sus dueños originales. Al morir ella, al cerrarse las puertas cuando los deudos la llevaron a su última morada, se echó a andar el último encantamiento de su esposo: La casa se incrustó en el Tiempo. Sus puertas pueden abrirse a otros siglos.
—¿El boulevard…?
—El Boulevard de los Sortilegios es la intersección de un plano infinito con Mould-on-the-Wold. Sus habitantes no pueden verlo a voluntad.
El secreto era grande y le extrañaba más que el profesor la trajera. ¿Éste sitio la ayudaría?
La castaña caminó al centro de la sala.
—La mansión es una galería –entendió–. Vista en realidad es un pasadizo largo extendido en el Tiempo, pero quien la ocupa solamente puede ver la casa.
Con las manos a la espalda, Snape giró hacia una de las altas ventanas.
—Por eso la he traído, Granger. Creo que la ayuda que necesita puede provenir de esta mansión.
—¿Cómo es que confía en mí, si me expresó tantas dudas?
Él giró rápidamente hacia ella.
—Tengo mis razones, que sabrá pronto. Aunque todavía desconozco si le mostraré los secretos de la mansión era necesario traerla.
Él llevó lentamente la mano al interior de su saco, como buscando que la castaña no se diera cuenta.
Hermione, por reflejo, dio un paso atrás. Por un segundo tuvo la certeza de ser verdad lo que se afirmaba de Snape. Y ella había acudido a una trampa mortal por su propio pie.
Snape no se detuvo, sino que terminó de sacar la varita, susurrando.
—¿Asustada… Granger?
Ella no respondió.
—¿Piensa que la traje a un sitio desconocido para matarla? ¿Y por qué no lo he hecho en los años anteriores, a usted, o a su pelirrojo novio o a su… Potter? Sin ustedes dos, sin usted, él estaría perdido, ¿no lo cree así? Dígame, ¿no se siente más lista que Potter?
—No… no pienso que usted haga nada perjudicial –afirmó, repentinamente intranquila.
—Pero lo pensó. No lo sabe con certeza ahora.
—Estoy dispuesta a intentar.
Snape fue al punto, agitando la varita secamente, para llamar su atención.
—¡Tome su varita y atienda, Granger! En primer lugar usted desea aprender un conjuro muy avanzado; en segundo lugar debe poder guardar el secreto en su mente, incluyendo la existencia de este lugar; en tercero, debe poder guardar el secreto y además aprender el conjuro. Tenemos tiempo. Siete días aquí equivaldrán a su fin de semana.
Repentinamente aliviada al ver que él retomaba el punto, pensó: Quiso asustarme, qué mal corazón el suyo. Luego preguntó:
—¿Se refiere a que antes va a enseñarme…?
—Legeremencia y Oclumancia.
—Lo intentaré –tomó su varita.
—No intente, hágalo. Por eso la traje. Usted necesita un curso intensivo, Granger. No podré impartirle esta enseñanza dentro de unas semanas. ¿Sabe por qué?
Asintió, repentinamente preocupada.
—Voldemort hará que lo nombren director.
—Exactamente –afirmó con su voz de bajo, apuntando a un lado y abajo con la varita, apartándose un mechón de la cara–. Cuando eso suceda, olvídese de acercarse a mí.
Hermione no sabía si apuntarlo o no con la varita, un poco asustada por la actitud de él.
—¿Por qué admite todo esto delante de mí?
—Porque según veo es la única con capacidad de entender. Hace días quiso decirme más de lo que me dijo con respecto a Albus. De hecho, si esto no funciona, algo deberé hacer pues su capacidad de deducir puede volverse un peligro para todos nosotros. ¡Póngase en guardia, Granger! -la señaló con la varita- Cualquiera diría que debí enseñarle a ocultar sus pensamientos antes de venir aquí. En absoluto. Necesitaba hacerla conocer el boulevard y la mansión, para después saber si puede ocultar un secreto tan enorme.
—¿Y si no puedo?
Snape se suavizó un poco irónicamente, ecogiéndose de hombros, haciendo un gesto breve y elocuente con las manos.
—¡Le borraré el recuerdo, no se preocupe por eso!
La chica se quitó rápidamente el abrigo y la bufanda.
—Siempre es grato tener el apoyo de usted –susurró.
Después de la teoría tuvieron horas de práctica, pero Hermione no lo lograba. Snape se colocó un puño en la cintura, marcando sus palabras al señalar al suelo con la varita.
—Debe lograr lo que su amigo Potter no puede: Controlar sus emociones. ¡No busque evitar la emoción, atienda a otra emoción!
Para la tercera hora de práctica, Snape (que se había limitado a sondear recuerdos muy superficiales) le preguntó:
—¿Está fatigada?
Ella tomaba aire, yendo y viniendo rápida por la sala.
—Un poco, pero no me rindo -exhaló.
—Rendirse es lo que hará si no logra ocultar a la primera cuando quieran leer sus pensamientos.
Ella sudaba. Él la apuntó con la varita.
—Es demasiado difícil –consideró ella, preparándose de nuevo–, tal vez no lo logre.
—Claro que sí, Granger –susurró él, desdeñoso.
Eso fue un cumplido, se dijo ella, asombrada. Pero por Merlín, se inquietó. Y esto ni siquiera es aprender el conjuro.
—¿Por qué aceptó ayudarme? –se preparó ella.
—Porque usted es menos incompetente que sus amigos. Y no haga más preguntas. ¡Vamos, Granger, no piense en fallar, no piense en ganar, piense en hacer! ¡Pero no trate de imponerse! –enfatizó, señalando al suelo con el índice, remarcando cada palabra- ¡Ese ha sido su error cuando practicamos esto!
—¿Ha sido…? –la castaña captó el matiz.
Él se acercó a ella.
—¡No es la primera vez que estamos aquí, Granger!
El tenue resplandor que venía de los árboles en el patio, pareció titilar.
—¿Señor…? –dudó.
Snape se adelantó unos pasos.
—¡Esta es la tercera vez que usted me pide ayuda con el conjuro, Granger! –afirmó.
Extrañada, trató de entender:
—En estos días le pedí ayuda muchas veces, profesor…
—No, Granger. Cada año se acerca a mí para pedirme ayuda. Esta misma ayuda. Este es el tercer año consecutivo que lo hace.
—¿Cada año? ¡No entiendo…!
Las palabras de Snape la asombraron, al explicarle en ese aspecto cambiante de silueta negra revelada por la ventana y las pulsaciones luminosas de los árboles afuera:
—Es la tercera vez que venimos a esta residencia, Granger. Las otras dos fueron en años anteriores. En esas dos falló en las prácticas y en cada una le he borrado la memoria.
Hermione bajó los brazos, dando un paso atrás, confundida al tal punto que su inseguridad rayó en la ira:
—¿Cómo?
—Usted se ha acercado a mí para pedirme ayuda con el conjuro, una vez cada año, en 1996, 1997 y ahora. Como ha fallado experimento dudas, pero al final vuelvo a convencerme de que puede hacerlo. Sé lo que está buscando, sólo que usted nunca me lo revela. ¡Quiero prepararla para que ayude al indisciplinado de Potter! ¡Si lo logra le mostraré la mansión, en este sitio puede lanzar Ojo de Horus y hacerlo buscar por su cuenta! ¡Lo que el hechizo encuentre, lo llevará a usted!
Pese a que la afirmación de Snape coincidía con sus sospechas con respecto al conjunto, ella no logró felicitarse.
—No lo puedo creer… -Hermione estaba estupefacta; su respiración aceleró un poco, por el desconcierto y nerviosismo.
—Serénese, Granger. Esto no es raro en el mundo mágico. Creo que una pulsión en usted le hace recordar pedirme ayuda. En la misma fecha, a la misma hora, ha bajado a mi despacho para exponerme las mismas razones, con palabras diferentes. Una vez pensé que venía a reclamarme por el asunto de mi libro en manos de Potter, pero volvió a plantearme el tema del conjuro. Este año incluso la estaba esperando. Su argumento y cómo la he visto evolucionar me convencieron de nuevo. Pero el año que viene ya no será posible, porque todo se habrá decidido en un sentido o en otro. ¡Si quiere ayudar a Potter, obtener una ventaja para él, debe ser ahora! ¡Debe vencer el problema que siempre tiene!
—¿Cuál es? –pese a que su mente le pedía atender la revelación de Snape y el miedo y el desconcierto la llenaban, Hermione hacía intentos por comprender; lograrlo era justamente una de sus virtudes.
—¡Su necesidad de ganar, Granger! ¡Siempre ha fallado en este ejercicio porque habitualmente cree que no falla en nada! ¡No atiende sus errores, está segura que no existen, usted cree que no puede fallar porque usualmente controla todo! ¡Aprenda que el que cree que sabe, ya no puede aprender! –la apuntó con la varita.
—¿Qué debo buscar, entonces? –lo apuntó a su vez.
—¡Busque la justicia, Granger! Como le he dicho, las dos anteriores ocasiones que estuvimos aquí le borré la memoria. Si se la borro esta tercera, cuando mañana me vea, me comportaré como me conoce con usted. ¡Sabelotodo insoportable!
Aquel mote dicho por el resto del planeta la tenía sin cuidado, pero dicho por Snape siempre le había sentado mal. En su fuero interno habría preferido que Snape fuera tratable como Slughorn. Debió decírselo pensando que la ira es más útil que el miedo en cuestiones de supervivencia. De algún modo sirvió porque la molestia la ayudó a pensar. No atender a la emoción, buscar otra… Necesitaba evocar una emoción fuerte, agradable o que la sacudiera.
Ni por asomo trataría de oponerse a Snape si éste decidía borrarle la memoria. Así que demasiado estaba en juego. Debía apostar más alto, más fuerte. Una emoción importante, destacada.
Ron no le pasó por la mente un instante. A Ron lo quería muchísimo, pero las emociones asociadas con él en su mayoría, paralelas al cariño, eran la confusión y la frustración, muy difíciles de controlar y generadoras de inseguridad. Justo lo que no necesitaba.
Hermione atendió a la única emoción fuerte en ese momento: La admiración que a su pesar le despertaba Snape en estas últimas horas. La admiración por su inteligencia, por su prestancia, sin ignorar el momento en que se sorprendió considerándolo atractivo al caminar juntos por el boulevard, algo que jamás aceptaría en público y que de hecho no admitía ante ella misma.
Cuando invocó aquella emoción y ambos decretaron el Legeremens, todo cambió.
Pero cambió para mal.
Mutuamente tocados por hechizo y contrahechizo, el espacio desapareció en un rugido de mar dentro de un resplandor, donde ella se sintió girar en remolino, desapareciendo la noción de su cuerpo.
Snape también notó que algo inusual ocurría. Desde una profundidad infinita comenzaron a aparecer imágenes en su mente. Escenas de pensamientos y de recuerdos. Unas conocidas, pero la sensación ajena de ciertas imágenes, pensamientos intrusos, instantáneamente hizo comprender al profesor de DCAO que el hechizo estaba actuando en dos sentidos.
Snape mismo se sorprendió de aquel fenómeno, totalmente inusual. Un tipo de unión, quizá por los años anteriores que practicaron. La Gryffindor había aprendido un poco cada vez desde el 96 aunque ahora le pareciera fortuito. La potencia que ella mostró fue una sorpresa para Snape. Pero esto no era como el caso con Potter. Algo más influía.
De momento, nada estaba bien. Nada.
Snape lo notó cuando a pesar de ellos mismos se unieron en un abrazo invisible, férreo. Y envueltos en el brillo de hechizo, la sensación del piso, de los muros, de la noche misma se perdió para ambos compactándose en un punto que se alejó en el vacío.
Legeremens actuó. El catálogo de los pensamientos de ambos pasaron a velocidad inmensa, como dentro de una biblioteca infinita que cada uno visitara por su cuenta, recorriendo amplios pasillos de mármol y ecos, cada uno revisando ficheros, ignorando gigantescos bloques de información, soltando el contenido de cajas enteras por el aire, yendo de manera precisa a los anaqueles en la mente del otro, etiquetados como Censurado.
Comenzaron a aparecer escenas, borrosas, con la imagen del otro en la propia mente, pero más todavía, fundiéndose unas con otras. Estaban leyéndose los pensamientos mutuamente.
Como al pasar las páginas de una revista, imágenes llegaron desde el infinito y ocuparon su campo visual. Lo que había pensado uno del otro, lo que ocultaba uno al otro.
Vistos desde fuera se apuntaban mutuamente con las varitas, envueltos en el brillo del hechizo. Fue un segundo, pero para ellos duró varios minutos.
Fue la impresión de ver una proyección. Pero más. Fue vivir sus pensamientos como si fueran realidad.
Mezclándose, fundiéndose.
Es la mansión, entendió Snape, sufriendo aquella unión con Granger. La mansión ha unido nuestros pensamientos. No va a ser posible evitar que uno conozca todos los pensamientos del otro.
