Hermione vio a Snape convertirse en una sombra lenta, que se extendía contra un fondo gris helado, ondulante en cabellos de viento negro formado por pensamientos y por magia.
Era Snape, y más. Porque la sombra que flotaba se convirtió en una silueta densa, encapuchada, que por un campo de incendios apagados caminaba a pisadas largas, resuelto, y entre sus pasos, lenguas de neblina pesada se alzaban hacia su rostro, oculto tras una máscara metálica… Una máscara, cincelada de curvas que llegaban a las cuencas para los ojos y rodeaban la malla en forma de flechas sobre la boca.
Aquel Snape enmascarado de metal se iluminaba por un fuego fatuo a su espalda, un brillo de crepúsculo lunar encendiendo de plata los contornos de la capucha, cuando en los llanos helados encendía fuegos con un gesto de la varita, ordenando con movimientos semejantes a los tajos de una espada, encendiendo otros fuegos rojos, formando pentagramas de los que se elevaban salamandras negras y ojos carmesíes de Tronos invocados por las Artes Oscuras.
Hermione se dio cuenta que ese era un Snape del pasado, un oscuro hechicero que de haberse convertido en el Señor Tenebroso habría sido invencible. Un hechicero practicando el Rostro Tétrico de la Magia, que con un pase arruinaba cosechas de trigo en represalia y arrancaba confesiones por medio del dolor en mazmorras húmedas. Hermione llamó su atención, volteando a ella con un gesto seco, y se arrancó la máscara, pero ella no pudo ver su rostro, pues él la apuntó con un movimiento velocísimo de la varita, borrando el paisaje en un creciente destello azul espectral.
La impresión sacudió a Hermione, quien se hizo atrás sin saber si lo hacía dentro de un sueño, y menos pudo saberlo cuando con ese golpe enceguecedor llegaron otras imágenes, encadenadas, en cuadros contenidos en los ficheros flotantes de la Biblioteca.
Entre las tarjetas en el viento, una permaneció frente a Hermione y Snape, cada uno en una sección de la biblioteca, separados por el infinito: La tarjeta creció frente a los ojos de cada cual, pero era la misma tarjeta, cada uno en la cara contraria, y la tarjeta del fichero creció, llenando el espacio y dejando ver que dentro de ella corría un túnel azul oscuro salpicado de rayos.
Snape lo vio venir: Fue un maremoto apabullante de luz y sonido, pues los bordes de la tarjeta de la biblioteca ensancharon hasta cubrirlo todo y quedó aquel túnel veloz por donde ambos volaban, oyendo el aviso frenético del silbato del Expresso, acercándose descomunal por el túnel de relámpagos a dos pasos de ellos; fue el trueno de un rayo traicionero bajo la lluvia; fue descubrirse en los giros aterradores de un huracán: Invencible, resonante, deslumbrante, ondas en la superficie de un lago distorsionando rostros, fragmentos de palabras, unas ensordecedoras, otras serenas, visiones de ojos, labios, manos, evocaciones mezcladas y en esa ondulación una voz destacó sobre el concierto caótico y en las sacudidas de aquel maremoto de luz y sonido, Snape identificó la voz.
Era la voz de Hermione Granger.
El tono, el matiz, le fueron significativos, seguro que el significado aparecería en cualquier momento, pues el maremoto estalló y en su reventar, de la espuma de las olas emergió una emoción nueva, no, nueva, no, era una emoción conocida, pero tan reservada como una sombra perdida en un arcón de siete llaves.
El significado era importante, vital, llegando con la fuerza de lo largamente buscado. Pero Snape supo que esas ideas habían sido desterradas, exiliadas. Por eso, aunque lo desconcertaron, conforme regresaban no le sorprendió por completo, sino que le fueron reconocibles como hechos escondidos en la vergüenza; era una marea de imágenes, de sonidos, y se estremeció al ver que por el otro extremo del túnel donde pulsaban aros de luz venían, en susurros, pensamientos de otra persona, de Granger, brillando conforme se acercaban, haciéndose entendibles verdades acompañadas por el alivio de quitarse la presión de tener secretos, pero temiendo que en lo olvidado hubiera motivos de arrepentimiento. También era añoranza o ansiedad por no tenerlo, pues la luz del Expreso reveló la imagen, en una habitación, de Granger volteando a él, sonriéndole, plácida, y él, Severus Snape, descendió a la roja sonrisa de Hermione entre perfumes y calor de velas en una noche compartida, y él se estremeció, cercano al espanto, al darse cuenta que eran ellos dos en un lecho, solos en una habitación en la madrugada donde
a merced de esa corriente perdió de vista el rostro de Hermione y cambió a una escena donde él se encontraba en su despacho, en la silla, rodeado de las velas encendidas, Granger de pie frente a él llevando la falda y el suéter a franjas del uniforme de Hogwarts, sonriendo al atender un objeto imperceptible entre sus dedos, a la altura de las clavículas, él con las manos en la cintura de la chica, quién sabe desde cuándo deleitándose con su firmeza, por encima del suéter. Él pasaba las manos por los costados de la sonriente Granger, quien lo dejaba hacer… Snape, con culpabilidad y estremecimiento, con inquietud de ser visto que aumentaba su satisfacción, no podía dejar de oprimirla suavemente, trastornado por ese cuerpo grácil en sus palmas y por la sonrisa de Granger, quien miraba lo que llevaba en los dedos, nada, algo sin importancia que le permitía complacerse y dar tiempo a Snape de acariciarla, porque ella sabía claramente lo que él deseaba, y el vértigo llenó a Snape cuando ella arqueó un poco la espalda, mirando a un lado y hacia la puerta, permitiendo que él con las manos le recorriera los costados y las caderas, casi dejando que él la sostuviera, en realidad para adoptar una postura más llamativa, pues ella sin dejar de sonreír se estiró, como si cuidara quién venía, para facilitar a Snape el paso de sus manos, sabedora que él disfrutaba sintiéndola, luego de adivinar en clase, por sus miradas, qué él deseaba tocarla, a lo que ella le respondió con una sonrisa, ahora permitiéndoselo sin palabras previas porque Hermione no necesitaba que nadie le explicara el efecto que causaba, por supuesto no su madre, a quien nada dijo en sus últimas vacaciones porque ya había decidido sus juegos con Snape, sabedora que la cercanía cautiva, y ella lo cautivaba con un conocimiento innato de la oscuridad lúgubre, en ese juego a escondidas de ir al despacho y permitirle abrazarla de ese modo, participando de un secreto culpable que mareaba a Snape, quien invadido de un estremecimiento de goce, a la vez percibía gritos de alarma en su cabeza, en la necesidad de soltar a Granger sin poder hacerlo, tratando de recordar cómo llegó ahí, recordando lejanamente haber estado en otro sitio, con Granger, pero no ésta, aunque no podía pensar bien, pues a continuación ella le tomaría las manos, viéndolo a los ojos con la misma sonrisa de muñeca hermosa y malévola, de ángel resplandeciente y sediento de sangre, para lentamente conducirlas a donde
se vio a sí mismo dando clase, como fuera un alumno ocupando los primeros pupitres, en el sitio de Granger… Sus palabras eran ininteligibles: La huella de una explicación que no se atendió, pues él se encontraba en el marco de unos ojos que lo miraban, sus propias manos, su boca, ojos, boca, manos, él atendiendo el caldero, la mirada volviendo a los labios de él y una sensación de Hermione preguntándose cómo serían esas manos cuidadosas y sensibles si acariciaran a una persona
y Snape trató de reflexionar, pero no pudo, pues Granger escribía en su pupitre y él, al señalarle una línea del libro, no supo qué hacer cuando la Gryffindor le tomó una mano, llevándola a la altura de su mejilla y presionando ese mismo dedo con sus labios, lentamente, sorbiéndolo en uno de sus lados, la ira de Snape desplomándose ante los labios de Hermione, que lo mordió suavemente, él horrorizado y en vértigo de placer, pero
entendió que la naturaleza de la casa liberaba esas escenas de sus mentes, mezclándolas, que Granger también debía verlas, confundidas las fantasías secretas que cada uno tuviera con el otro, mostrando los rostros de ambos en un claroscuro de velas cálidas y rojas, besándose, abrazándose mientras afuera llovía, comulgando de manera voluptuosa con la oscuridad, una escena entre muchas otras, cada una desarrollándose en cada carta de una baraja lanzada con fuerza por el túnel, todo con Granger, no había una sola imagen con otras personas, mostrando que al atreverse a tener ficciones, aunque las censuraran de inmediato, cada uno pensaba en el otro
escuchó un suspiro: Era el rostro de Granger y sus gemidos apagados por la boca de él, que gozaba con aquella vibración quejumbrosa en sus labios, la piel del abdomen desnudo de Granger corriendo bajo sus besos, Granger entrelazando sus dedos con los de él, mordiéndole el labio de abajo y murmurando entrecortadamente con el rostro en perlas de sudor, Snape presionándola repetidamente contra un lecho de sábanas de seda, rodeados por otras personas en siluetas, acariciando los hombros desnudos de Granger entre las hogueras de una Ceremonia Negra de antorchas en danzas y cantos desenfrenados de cuerpos desnudos, imaginaciones o recuerdos de miradas de segundos en los pasillos de Hogwarts que el Legeremens hacía saltar del arcón de sus mentes, como aquel pensamiento suyo que voló a la mente de Hermione, donde la recordó en el mundo real atendiendo seria a su lección, y él se sorprendió de lo hermosa que era su mirada pensativa, la vivacidad de sus gestos, y quiso saber la forma que tomaban sus ideas o qué pensaba en realidad acerca de los acontecimientos de la lucha contra
y es que vistos por un tercero, el fulgor del hechizotocaba a ambos. Estaban envueltos en el mutuo resplandor, apuntándose con las varitas, con gesto de estupefacción, atrapados en la distorsión del tic-tac de los relojes de números desconocidos en la luz fantasmagórica de la escalera, torciendo los relojes que poseían cuatro y siete agujas, unas marchando hacia adelante, otras hacia atrás, emitiendo compases fuertes, llenando el dibujo del ventanal en la pared tinta de azul noche, ideas viajando en relojes de arena retornando al compartimiento superior, páginas de libros arrancándose y
ambos volaban en el túnel desarticulando el fluir del tiempo, dislocando las palabras como quebrada era la voz de Hermione al mover lenta, pero intensamente sus caderas desnudas, ambos en vaivén viéndose a los ojos, ella susurrando a Snape en la habitación, pidiéndole que no se detuviera, que deseaba escuchar su voz en su abrazo entero, y él entraba en vértigo hundiendo los dedos en los rizos de Hermione deseando que la noche nunca terminara, aunque al agitarse de las velas en el cuarto
apareció en un aula, por la noche, a solas con Granger, desabrochándole la falda obstinadamente, sin hacer caso de la expresión desconcertada de ella, Hermione en desorientación jadeante que hacía a Snape apresurarse y sentir que se volvería loco si no le arrancaba las prendas; pensando que si debía raptar a Granger y huir con ella aunque fuera a la fuerza, lo haría, acabando con quien se interpusiera en su camino, que lo haría haciendo saltar por los aires su misión y su vida si con eso lograba tenerla una, una sola vez, porque llevaba semanas de desear hacerla suya. La culpa fue de aquella vez tan absurda de inclinarse ambos sin querer al mismo tiempo sobre el caldero, en clase de séptimo año, volviéndolo cautivo de un desvarío febril pues hablaron demasiado cerca y ambos se hicieron atrás, pero él ya no pudo olvidar la fragancia de Hermione que sonaba a notas florales
y fue desconcertante para Hermione descubrir que la revelación de esa fantasía de Snape le provocaba placer, por la forma envolvente de desearla, unida a las otras posibilidades del resto de las fantasías de él que había visto, de las de ella misma, y porque detrás de esa imagen colocada en una caja de muñecas, muñecas una dentro de otra fantasía, Snape la abrazaba como si ella fuera la persona más preciada, un tesoro, Snape la abrazaba haciéndola sentir como un tesoro y
cayeron abrazados en un lecho, en la noche fría, despreciando el que Hogwarts los escarnecía y señalaba, perdidos en el vértigo de cada noche rayana en la locura, en una hora helada de la que se protegían con el calor de sus cuerpos… En la oscuridad, Snape subió las manos por las piernas desnudas de Hermione, hacia la cintura, besándola en el cuello, acercándose a su calidez interior, y ella le susurró, ansiosa, preocupada, cuando Snape se hallaba en el umbral de su cuerpo: «¡Severus, debemos tener cuidado…!»
pero el siguiente chispazo llegó para Snape en voz de Granger: En su risueña y grácil voz la Gryffindor le hablaba de lo bello del día, y el sonido acongojaba a Snape, le removía la existencia con un aura de dolor, estrujaba su corazón con un poder nunca vislumbrado; era una voz hermosa la de Hermione Granger con esos matices desarmantes que levantaban el velo de un dorado día estival sobre las cúpulas doradas de Avalon, abriendo el portal de los sentimientos de Snape, generándole una sensación cálida, y él se preguntó cuándo Hermione aceptaría que él la amaba, porque su amor por ella era un cuchillo silencioso y ardiente que lo desangraba de silencio, de espera inútil, aunque ésta
era imagen de algún sueño olvidado o ecos (de fantasías [escondidas o insinuadas sin conciencia de Snape o la fusión de varias ficciones o sensaciones a niveles] tan profundos que no lograban emerger del todo, o eran fragmentos) de un deseo pasajero de Granger, quien alguna vez se preguntó cómo sería hacer sufrir a Snape a causa de un deseo carnal, mas
no era verdad, sino una fantasía, ¿de quién? No lo supieron. Vivieron la escena fugaz como si fuera real y más real fue la escena final a la que se dirigían por el túnel, aunque
la castaña, en confusión, jadeaba azorada e invadida de terror y de placer. El alud de escenas y sensaciones al compartir fantasías y recuerdos le provocaban vértigo, pero también una secreta satisfacción por sentir poder sobre Snape… Hermione recordaba algunas fantasías, pero otras no, porque no eran de ella: Era de Snape la ficción de sentarla a horcajadas sobre él y pedirle que no se moviera, sino moverla él; era de Snape alzarla en un pasillo y moverla arriba abajo sin quitarle el resto de la ropa; Hermione respondía a esas fantasías: Experimentó la sensación del abrazo que le daba Snape en su imaginación y se sorprendió casi hasta el pánico al descubrir el placer que le provocaban los labios del profesor cubriendo los suyos; trató de apartarse, pero no pudo, cerró los ojos y se le escapó un gemido cuando él la besó en la boca en el aula de DCAO, y más al saber que Snape se enteraba de la ficción de ella de abrazarlo apretadamente y sentir su reacción creciendo contra su vientre; era de Snape la fantasía de, frente a la clase, darle un beso en los labios y reírse con soberbia del escándalo; era de Hermione la fantasía de ir a su despacho, sentarse en su escritorio y posar el zapato delicadamente en el centro del profesor; no era ficción, sino verdad, el recuerdo de una mañana hace pocas semanas donde Hermione, sentada en el estudio de su casa, tuvo el juego con el filo de la silla de hacerse atrás y adelante, lenta, buscando en su imaginación no a Ron, sino a… Snape. Saber que él se enteraba del placer de ella al revivir sus ficciones o vivir las de él, y que a él le sucedía lo mismo, tuvo un dejo de descontrol que la estimuló, en mayor grado porque Snape, el inamovible, no tenía control sobre sus pensamientos, porque revivía el placer de pensar en lo prohibido. Estando solos no parecía malo, sino al contrario: Hermione se sintió estimulada al captar que Snape, sólo por recordar, se mareaba en una naciente necesidad de dejar de pensar y sentir en realidad,
pero en las escenas ella tenía preguntas graves, repitiéndole, creando ecos que llegaban a él
(la mujer la mujer quién es esa mujer pelirroja quién es esa mujer pelirroja en óleos en efigies tras tus ventanas severus quien es esa mujer pelirroja que te abraza las sienes exprime tu alma con la nada con el olvido con tus recuerdos manteniéndote preso en los balcones de los palacios de la ciudad de las fábulas cuando decidiste que ella fuera tan importante y no lo es no lo es, severus, no es importante, ¡porque ella nunca te amó de verdad! ¡No me ames, Severus, pero no te engañes…!)
¡engañes…! resonó hacia lo alto de una torre donde el hechizo alcanzó su culminación al tocar pensamientos más profundos; las escenas de fantasías volaban y sus cadenas saltaron en una serpiente de hierro que onduló sus eslabones en brasas plateadas, yendo de la dimensión de las ideas al terreno de los anhelos, de los deseos reales, con el eco de un abismo atrayente…
En el Boulevard de los Sortilegios se convirtieron en testigos mutuos de una confesión gigantesca: La confesión de haber fantaseado el uno con el otro, pese al mundo alrededor y pese a ellos mismos, y ahora experimentar como posible y enloquecedor el sabor de decirse mutuamente en un arrebato para qué te miento, a ti, que te he detestado: Te lo digo en el momento menos propicio, pero decirlo tiene más sentido que callarlo, pues confesártelo me da la satisfacción de verte al oírme revelarte que más de una vez te he deseado de muchas formas, que he hecho tonterías con dedicación sólo para hablarte, y me pregunto qué sucedería si tú y yo, y me pregunto qué sucedería si echáramos todo por la borda y perdiéramos la cabeza los dos juntos, tú y yo, aunque suene a locura
Y así, llegando a la dimensión de las aspiraciones, del me gustaría, aunque nunca lo sabrás, del me muero por hacerlo, pero me lo llevaré conmigo porque es imposible, del te vas a perder lo que haría contigo y te juro que te encantaría, se vieron en un nivel más profundo, en el motor de todas aquellas escenas.
En el fondo, el uno al otro se comunicó el pensamiento final que compartían: El de que eran afines. Que tendrían mucho por decirse si tuvieran oportunidad... Que sin duda serían su mejores interlocutores. Que pese a las diferencias aparentes, podrían entenderse… Que eran más parecidos de lo que nadie creía… Hermione experimentó un dolor callado y secreto al ver lejano a Snape, al pensar que jamás se conocerían realmente, pues la vida los llevaba por sendas distintas; nunca se encontrarían. Poder encontrarse fue uno de esos deseos esporádicos, inconfesables en las horas sensatas, en el mundo de las buenas costumbres y de las falsas prácticas.
En el sol apareció la escena final, formada con los deseos y las ficciones fusionadas de ambos: Eran las manos de Snape y de ella, entrelazadas; era la última fantasía, la más profunda, la más callada. La que jamás nadie hubiera conocido, ni siquiera ellos. O ellos menos que nadie, al haberla ocultado en aquella Biblioteca etérea destinada a no ser visitada nunca más.
Estaban tomados de la mano, en un campo dorado que se extendía al horizonte, entre árboles de flores blancas; él, serio, excepto en la mirada, entrelazando sus dedos mientras ella le sonreía, feliz de haber hallado al hombre de su vida; Hermione apartándole los mechones negros de la cara, revelando su perfil romano; la mirada de Snape, de seriedad apasionada, atenta a los ojos de Hermione para conocer sus pensamientos y respetar sus secretos. Snape la escuchaba con gesto sombrío, pero con ojos acariciantes. Hermione vislumbró el ardor de un sol de tonos verdes dentro de Snape, no un sol frio, sino cálido, forjado de fuego y de sombra, de valentía y de silencio, y ella se sorprendió y acaso se asustó al vislumbrar la profundidad del alma de Snape en su magnitud… Una profundidad que nadie conocía.
Y en esa última fantasía, cada uno pensaba que el otro era su alma gemela. La persona que mejor la comprendía. La más cercana. La única con quien hablaba el lenguaje de la pasión. En ese cuadro, Hermione y Snape sabían que eran el amor de sus vidas.
Mas no lo eran. Pero no lo serían jamás. ¡Porque esto no sucede así! ¡La lluvia borraría el recuerdo, el paso de cada día los separaría por siempre y ninguno de ellos tendría nada más que lo que tendría!
El cuervo sobrevoló la campiña desolada, gris y húmeda de castillos quebrantados. Las sílfides entonaron su letanía. El buque saltó entre las olas de los Sargazos, con Hermione al timón, llena de una mirada decidida y preocupada, y en la vela mayor, negra, surgió una palabra en rojo de herida abierta: «¡Nunca!»
Se alejaron. Se separaron. La realidad cayó en cuchilla para romper con todo.
Sin darse cuenta cómo, el Legeremens terminó, lanzando a cada uno hacia atrás, en el primer piso de Infinity Manor.
Al romperse el lazo volvió la intimidad de sus pensamientos, si bien confusos, si bien sintiendo que al separarse algo valioso perdían, igual a haberse soltado de la mano.
El resplandor del hechizo desapareció. Snape trastabilló tres pasos atrás, pero se detuvo, evitando dar contra un mueble; en sus oídos reverberó la voz de Hermione llamándolo en los ecos del ensueño: «¡Severus…!»
Hermione, también yéndose de espaldas, con buena fortuna cayó en un diván, donde rebotó levemente, apoyando las palmas en el asiento, jadeando de alteración; soltó la varita y dirigió al profesor una mirada doliente, aturdida, pero escuchando la voz de él en su mente, en este mundo o en un reino que se alejaba en ecos y sombras con la voz de Snape susurrándole cada vez más a la distancia, hasta que se perdió: «¡Hermione, te amo...!»
Nada quedó, excepto el silencio entrecortado por las respiraciones aceleradas de ambos.
Conmocionada, recobrando el aliento, Hermione lo miró caminar hacia el muro, en actitud igual a haber recibido una puñalada; la Luna pálida sobresalía en el centro del ventanal a su costado. La cortina recogida descubría la fantasmal Luna.
Snape enderezó la espalda, haciéndose atrás los cabellos con una sacudida de la cara. Hermione temió escucharlo gritar u ofenderla; sin embargo, él se estiró las solapas, giró hacia ella, seca, velozmente y acercándosele con paso eficaz, lanzó una advertencia sin mayor emoción en la voz. Su tono de profesor, fuera de lugar, extrañamente dio a Hermione una fugaz sensación de certeza:
—No hablaremos de esto -ordenó él, haciéndola levantar, tomándola sin brusquedad por un brazo, pero tajante, y con un pase desaparecieron de la mansión.
Hermione no supo cómo él efectuó aquel hechizo, pero al siguiente instante ella se vio, sola, en la vacía Sala Común de Gryffindor.
Era de noche. El frío entraba por la ventana. No supo qué día era. Sintió que los relojes volvían a andar. Con sensación de mariposas en el estómago -voraces, placenteras sin compasión- y las piernas flojas, fue titubeante hasta un sillón, dejándose caer aturdida, con el corazón desbocado; llevaba en el cuerpo la sensación de los cálidos abrazos de Snape, de los besos sedientos que ella le dio en su mente; la sala le daba vueltas... Sentada, se cubrió la cara con manos temblorosas... Sus palmas frías de inquietud contrastaban con el ardor de sus mejillas; que fuera un encuentro de ficciones no le quitaba el elemento de realidad, porque sus cuerpos lo vivieron, aun sin tocarse; peor todavía, el no haberse tocado realmente dejó flotando en ella una sensación de incompletura, de frustración opresiva; fuerzas encontradas chocaban en su ánimo. Aunque extraño y vergonzoso, aunque era increíble por la forma de tratarse en los años anteriores, la castaña percibía que ninguno de los dos se resistió a vivir esto. Hubo asombro, incredulidad, pero se dejaron llevar. Esa sensación aumentaba su sentir en el cuerpo el toque de esas caricias. Cuando él la levantó del brazo en la sala, ella notó en la mano de Snape una presión leve e involuntaria, como si en su fuero interno hubiera deseado tocarla verdaderamente, pese a que la soltó de inmediato.
¿Cómo fue? ¿Cómo pudo ocurrir?, se repetía ella. ¿Cómo era posible que tuviera aquellos pensamientos sobre Snape? ¿Y él? ¿Snape, con ella?
No obstante, no pudo pensar demasiado; trémula, se mordió los labios y apoyó una palma en uno de sus muslos… No, no podía ser… aquellos besos, los abrazos… las caricias… fueron tan reales… tan agradables… sentía llevar el aroma a lavanda de Snape en el cabello…
Él había tomado los rizos de ella, aspirando su perfume…
No importaba quién hubiera creado qué ficción o lanzado miradas imperceptibles en la realidad o formulado preguntas reprimidas al instante. Por eso los muggles decían que lo pensado en forma indebida era tan grave como si se hiciera… porque las emociones eran reales.
Hermione se recordó rodeándolo con las piernas desnudas… Oyó nuevamente los susurros de Snape repitiendo su nombre en la penumbra de la habitación, cálido e intenso y a punto de llegar: «¡Hermione… Hermione…!»
¡Fue en mi mente, en mi mente!, se gritó en el pensamiento, recriminándose, para convencerse de lo irreal del hecho. Pero aquello no había sido un asunto menor. Se habían hecho una confesión y al escucharla, cada uno se mostró de acuerdo. Pese a que ahora apareciera la vergüenza.
Pese a que ahora apareciera Ron en sus pensamientos.
Experimentó una herida, al saber que por completo olvidó a Ron. Hermione se desconoció por completo. Uno de sus jadeos tuvo un aire de sollozo. Y aun con eso o por eso, el recuerdo de lo vivido con Snape se impuso en su mente.
Snape. Fue con Snape. Lo había hecho con Snape. El entorno era lo de menos, ocurrió en sus deseos censurados y al confesárselo mutuamente nadie se negó. Al contrario.
Lo hizo con Snape y fue tremendo, sobre todo al sentir que él la amaba… Que ella -sí, era verdad, admitió, en ocasiones se había hecho preguntas o escenas con él, silenciadas al instante- en diferentes momentos de la lectura de pensamiento se sintió enamorada de él... Fue en el mundo de lo irreal, como preguntas fugaces, como ideas de segundos que se censuran y se esconden, pero impulsadas por sentimientos e inquietudes ocultas.
Era un mundo nuevo para Hermione, súbitamente revelando una profundidad de goce abrumador. Sus sensaciones -los besos acabados de dar, las manos estrechándose en aquel campo de trigo- eran un alud que la atacaba directamente; se tocaba el muslo en intentos contradictorios de buscar terminación y detención; sentía haber sido interrumpida en medio de la experiencia sensorial más poderosa de su vida. Se resistió.
-No, no... por favor…
Se contuvo mordiéndose una mano, pero la sensación de su piel en la boca la hizo peligrar. Controlando su respiración, la inminencia del desenlace se aquietó, diluyéndose hasta recuperar la respiración.
Recobrándose, se tocó las mejillas ardorosas. ¡No puedo dejar que los chicos me vean en este estado…!, pensó y salió al dormitorio de las alumnas, corriendo.
En su despacho, Snape se dejó caer en el asiento, apoyando los codos en los descansabrazos, con el corazón desbocado, alterado. ¿Qué fue? , se repetía, con la sensación de los abrazos de Granger, asombrado por lo sucedido y por lo placentero. ¿Qué fue esto? ¿Cómo pudo ser?
Se levantó, golpeado los descansabrazos.
Esto debe ser olvidado, pensó.
Mas no iba a ser tan sencillo.
