Esa madrugada, en su habitación de Hogwarts, a la luz de una vela y sentado al escritorio, Snape escribía en pergamino.
Había dormido muy poco.
Cuando se sintió despertar, en la bruma de la duermevela, los recuerdos se anunciaron en péndulo descendiendo hacia él.
En eso recibió un abrazo vehemente, largo.
Después, un beso breve, delicado, dio calor a sus labios.
Snape la reconoció: Era Granger. Un beso de la boca fina y ondulada de Granger, de la que escapó un dulce suspiro.
Snape entreabrió los ojos: Granger estaba recostada sobre él, con las manos en su tórax. Le sonreía, con ojos entrecerrados y brillantes. Sobre ella, el tejado gris y a los lados el librero, contrastaban con sus cabellos castaños claros… Snape sintió que llevaban mucho tiempo así, ella recostada sobre él, hasta que decidió despertarlo con esa caricia.
La sensación en sus labios se mantenía, dulce. Ella le sonreía, con mirada alegre.
¿Cómo fue?, se dijo Snape, admirando la piel clara y los ojos risueños de Hermione. No recordaba los dibujos en forma de paréntesis, a los lados de su sonrisa. Y la cascada de sus rizos... Debo decírselo.
En eso despertó.
Abrió los ojos por completo, descubriendo que Granger no estaba ahí.
Era sólo él, en la habitación.
Fue un sueño casi al despertar.
Se quitó el edredón, poniéndose de pie bruscamente, con los pies desnudos en el suelo, para despejarse de golpe con su frío.
La temperatura lo vivificó. Poco a poco, respirando con clma se sintió volver, retornar al marco de lo normal, volver a ajustarse, a situarse en el entorno: El librero, las sillas, el lecho, la ventana al lado del escritorio.
Las horas heladas previas al amanecer recorrían la habitación. Encendió una vela con un pase, creando una breve perla de luz callada.
No perdió tiempo. Se aseó y vestido a medias -zapatos, pantalón y camisa desabrochada-, se sentó al escritorio. Con una mano se acomodó los cabellos, un poco húmedos de agua.
Todavía tenía la sensación del beso irreal de Granger... Necesitaba serenar su mente.
Recordó unas hojas de pergamino dentro de una gaveta de su escritorio. La abrió y sacó un escrito de unos cientos de páginas, un poco dobladas de los bordes, que llevaba seis años trabajando en sus escasos ratos libres. La mayor parte del tiempo no pensaba en ello.
Releyó el título, al centro de la primera página del bloque de pergaminos.
Era un escrito sobre Hogwarts. Un ensayo sobre sus ideas predominantes, a las que la institución tenía una devoción tal, que parecían tener vida propia: Sus fetiches. Por ejemplo, Voldemort era el Fetiche de la Destrucción, y no debía ser nombrado para evitar el acto mágico ancestral de la invocación del infortunio.
Aun teniendo claro que como libro, aquel texto no saldría a la luz -no tenía tiempo, ni interés, era un ejercicio-, lo retomó para silenciar sus recuerdos asociados con Granger. Y las sensaciones. El aseo matinal no le borró lo vivido mentalmente anoche, el haber besado a Granger y el estremecimiento que eso le causó.
Es una grave complicación, se dijo. Formalmente todavía debía intentar terminar el fallido ejercicio y no abandonar el proyecto de enseñar a la Gryffindor el conjuro de Vindictus.
No obstante, necesitaba calmarse y dar tiempo a Granger para lo mismo. El intento podía terminar si ella no lo lograba, pero sería injusto decidir llevando este factor accidental a la ecuación.
Se levantó, abriendo la ventana: Lo animó el aire frío de las Tierras Altas de la Escocia Mágica. Y viendo el paisaje neblinoso lo asaltó una preocupación: Que el hechizo distorsionado provocara en Granger un estado de desequilibrio, conduciéndola a una crisis de angustia.
No era porque se confundiera realidad con fantasía, por muy potente que fuera su transferencia entre mentes. De existir ese problema nadie utilizaría el Pensadero, ni la Legeremancia. Snape pensaba en la sacudida emocional que debía sufrir la chica, tema muy distinto.
Debía tomar cartas en el asunto.
Tomó pergamino y pluma, llamando a su lechuza para que llevara el mensaje, la cual llegó aleteando cuando él terminó:
Granger: No se preocupe. Concéntrese en otras actividades para alejar sus ideas de lo que pueda inquietarla. La impresión se borrará. Olvidará pronto - Snape.
Dio el mensaje y la lechuza salió por la ventana.
Snape escribió sin parar para no dejar emerger sensaciones; continuó el prólogo:
Fetish Slytherin
por
Severus Snape
Rodear a Hogwarts de un aura de pureza es el error común del público en general. La imagen de estudiantes impecables, dirigidos por un grupo de expertos, nace de imágenes políticamente correctas destinadas a la tranquilidad de conciencias encantadas con sus mitos. Al contrario, Hogwarts es un colegio dominado por el fetichismo y éstos casi siempre son oscuros.
Muy al contrario de ser cuna de ejemplos de virtud, la historia de Hogwarts desde su fundación en el siglo X está marcada por historias ocultas a la moral. En el Medievo corrían historias de ciertos juegos entre profesores y alumnos a punto de graduarse, en acciones nacidas de interpretaciones retorcidas de Grimorios, se sabe de profesoras que mezclaban el saber con sus motivaciones sensuales peculiares, hechos que se ilustran en grabados de la época, elocuentes tanto como el libro que el lector tiene en sus manos.
Hacer entender las ideas altamente estimadas que parecen tener vida propia, es el objetivo de las historias libertinas que hemos desempolvado para este libro: magos con intereses eróticos retorcidos, brujas nocturnas esclavizadoras con su belleza, adoradores de juegos perversos y obsesivos que mezclaban ajenjo con relaciones íntimas extrañas, creadores de artilugios eróticos como el Piano de las Caricias, íncubos y súcubos de la Magia.
Al cabo de unas horas se detuvo y adoptó una postura hacia atrás en la silla, con gesto grave. Un mechón le cayó sobre la frente, pero no se dio cuenta.
Más sereno, decidió que tenía la mente más despejada para analizar. Lo que le pasaba con Granger no era igual que con el cónclave del Señor Tenebroso. Ante él y sus esclavos, Snape bloqueaba su mente en automático, ayudado por sus pulsiones existenciales. Nadie lo leía. Incluso dementes como Bellatrix, poderosos en las Artes Oscuras, al leer a Snape sólo encontraban lo que él deseaba mostrar o lo que dejaba para ser leído. Con Granger, su capacidad de defensa se veía mermada por el atisbo de sentimientos que ella le causaba. Sentimientos por haberla conocido.
¿Cómo me siento?, se preguntó. Lo primero era que no podía quitarse del todo la sensación de haber tenido intimidad con Granger. Ni la impresión de que había sido… Había sido bello… No tenía sentido negárselo. Su conocimiento de la magia lo prevenía de censurar sensaciones o sentimientos. Pero ése era el menor problema. El mayor era haberse descubierto mutuamente en un tema que ellos mismos rechazaban. Snape experimentaba un conflicto de rechazo y atracción.
Ya no se evadía de sí, como antaño. Aceptó haber tenido fugaces pensamientos sobre la Gryffindor. movido por la inteligencia que ella mostraba y, en los últimos meses -porque la inteligencia forma parte del atractivo de una persona-, sí, admitió que Granger le parecía una chica guapa. Uno llevó a lo otro. Pero jamás en la vida se lo habría expresado, ni insinuado. Nunca. Tanto así, que él no lo tenía presente. Lo borró de su mente hasta anoche.
Lo borró porque él no se fijaba en alumnas. También lo borró por…
…Lily.
Ése era otro problema que lo rondaba. Experimentaba congoja al sentir invadido el santuario de Lily, con la imagen de Granger.
Y tan claro como esa congoja, fue que esas fantasías intercambiadas con Granger, las dejó fluir y las creó a sabiendas. Sucumbió a la tentación. La marea nunca se detuvo porque nadie la detuvo. No culpaba a Granger, él admitía que en su mente la besó y la acarició llevado por el deseo de saber, y que cuando se vieron en aquel campo de trigo, realmente creyó y sintió aquel amor intenso por ella.
Esto era inusitado en él, quien -reflexionando en algo que daba por natural-, su actitud y su talante habían sido una de las bases principales para arriesgar su vida sin involucrar a nadie cercano: Alejarse de todos colocándose tras una barrera. En parte era natural en él, pero en otra, lo cultivó para devolver a Dumbledore el intento de salvar a Lily, a James y al hijo de ambos. Posteriormente se convirtió para él en su interés de vida, en salvar al estudiantado, al mundo en que vivía. Con eso, sacrificó cualquier posibilidad futura para sí. Y por no haber nunca dudado del sitio que en su vida tenía Lily Evans.
Lily Potter, Severus, le susurró una voz interna. Era Lily Potter.
Se rebeló. Es Lily. Lily Evans, Lily. Yo sólo volví a pensar en ella cuando su vida corrió peligro.
Y la voz apareció de nuevo: Pero cuando la abrazaste no era Lily Evans… No tenías derecho, Severus. Estabas delante del hijo que tuvo con otro hombre…
¿Se lanzaba estas dudas para dar cabida a Granger?, reflexionó, con gesto casi feroz. Pero es que no deseaba dar cabida a Granger, eso era una locura. En el pasado él tuvo estas dudas. En ocasiones, sin dejar de sentir que amaba a Lily, se preguntaba si no la colocó en un altar y después rigió su vida por la importancia suprema que él mismo dio a ese altar.
O estas dudas ¿recrudecían porque Granger, involuntariamente, apareció en una corriente que removía el orden existencial de él, tan férreamente forjado?
Granger permanecía en el ánimo de Snape al cabo de estas horas no solamente por lo físico, que fe de tal dulzura y apasionamiento que era difícil de sobrepasar. Sonre todo estaban las impresiones sobre la persona. Y aunque él necesitaba indagar la causa del efecto del Legeremens, pensando que la mansión tuvo un papel, era consciente de haber sido voluntario.
Lo alivió pensar que la Gryffindor terminaría por abominar de él. Que la chica iba a aferrarse a lo conocido de él. Que saldría corriendo, como todo el mundo.
Era una marea difícil de contener: Volvía a ver el rostro de la Gryffindor, la intensidad de su mirada, a sentir su forma de estrecharlo, un poco porfiada, envolvente, completamente sincera… Malo para Snape: Haber jugado con el fuego de despreciar a todos por igual, del decepcionarse de todos por adelantado, lo conducía a impresionarse por haber encontrado a una alumna llena de sentimientos y capacidades.
¿Las otras estudiantes no lo tenían?, se puso en duda. ¿o era que valoraba especialmente a Granger?
El sentir por una estudiante lo que debía sentir por una colega, era un factor que contradictoriamente contribuía al sentirse atraído.
Sea como fuere, esto no debe afectar en nada, pensó.
El rayo de sol bajó por su ventana con el transcurso del día, tocando los pergaminos en que él trabajaba. Snape contempló el modesto haz, su tono rojizo al cruzar el cristal y la tonalidad dorada con que recorría la habitación. De cuando en cuando le complacía contemplar esa luz en su tocar los muebles: El brillo del suelo, la red formada por su cruzar el velo de la primera cortina y cuadricular el escritorio sobre la madera, las plumas y las hojas. Para él, instantes como éste eran un paréntesis de belleza en el mundo hostil. Únicamente en Cokeworth llegaba a sentir lo mismo.
Se paró frente a la ventana, tomando aire. El sol era un leve estallido de brazos que lo tocaban.
Y doblando en la esquina, llegó aleteando una lechuza con un mensaje en las garras.
Conocía aquella ave. Era de Granger.
El ave permaneció aleteando afuera del cuarto, esperando la indicación de Snape para regresar.
Él supo que tomar o no aquel mensaje era decisivo. No tomarlo, daría a entender que no ayudaría más a la Gryffindor, que cortaba la comunicación dado lo grave de lo sucedido, o que simplemente no deseaba saber nada; muy comprensible, se dijo, una más de sus actitudes tajantes y descorteses.
La lechuza esperaba. De no tomar la carta, estaba seguro que Granger ya no insistiría.
Tomó el mensaje.
El pergamino crujió en su mano mientras la lechuza se alejó, haciendo ruido con las alas.
Colocó el mensaje sobre el escritorio, posando las palmas a los lados de la hoja, releyendo el membrete con una leve conmoción, como si cada que leía el nombre supiera de nuevo de quién era, por el leve impacto que le provocaba:
De Hermione Granger
Snape se juró y perjuró después que antes de abrir la carta, deseó que en ella, la Gryffindor le informara que daba la experiencia por finalizada. Que con palabras diplomáticas le anunciara su huida. Su disposición a olvidar la existencia del Boulevard y de la mansión. Que le comunicara su angustia y su exigencia de borrar lo sucedido. Su ira. Sus sospechas. Su antipatía. Él quiso alegrarse por una vez de no tener que tomar una decisión.
Sin alzar las manos, hizo un medio círculo con la derecha, y el mensaje se abrió.
Con esas palabras de conciliación, la presión en la mente de Snape se redujo un poco. Y como para contradecirlo, al mismo tiempo creció una sensación de pérdida porque, sin querer, le pareció estar viendo una de las cartas que Granger le escribió en el alud de información que intercambiaron en sus psiquis.
Aquella otra carta, la fantaseada por ambos, creada por los dos, estaba fechada este año. En la escena (no dejaba de ser interesante cómo dos mentes creaban una ficción), él estaba lejos de Hogwarts, leyendo el pergamino, recargado en un muro desgastado.
Releyó la carta que reposaba en su escritorio:
Prof. Snape: Su mensaje me será útil. Además yo considero necesario proseguir con el trato que hicimos. Es más importante que las experiencias personales. Necesito otra oportunidad en estos días. Respeto su decisión de no hablar del tema. Por favor, siéntase tranquilo. No me siento ofendida de ningún modo. - Hermione G.
Y recordó la carta de Granger la fantaseada. La sensación cálida volvió a recorrerlo:
Severus: ¡Me alegra tanto que me escribieras! Yo no me arrepiento de lo que nos dijimos hace dos días. Necesito verte de nuevo. Respeto el que puedas sentirte contrariado por lo que pasó. Por favor, si así es, no lo sientas. Yo no quiero dejarte, eres más importante que mi vida. - Hermione.
Revivió que al leer esa carta, se juró amarla siempre... Y frente a su escritorio, Snape, viendo a un lado, se dijo que no deseaba aquello, una escena en una especie de modelo a escala. Era que… se preguntaba… Se daba un margen para sentir y no era desagradable...Su verdad no era no sentir nunca, sino siempre reprimir sus sentires más humanos a consecuencia de un deber autoimpuesto.
Mas el tiempo de las preguntas y del sentir se le terminaba, junto con esa mañana de domingo. El sol inundó la habitación y el sintió que la luz y calor traían un mensaje. U otro adiós.
Escribió otro párrafo, llamó a su lechuza y la envió a Granger. Usó el remitente. Ella estaba en casa de sus padres.
Granger: Antes de reintentarlo necesita tomar unos días. Su salud no será afectada. Le avisaré. Recuerde tener su mente ocupada en otros temas. - Snape.
Trabajó hasta que la luz volvió a irse y esa noche descansó un poco mejor, aunque despertaba a ratos.
El lunes se levantó temprano y animado por tener un poco de tiempo, se aseó y ya vestido, decidió que no se presentaría al almuerzo, sino que continuaría escribiendo. Era una buena y rara mañana que podía dedicar a sus intereses. Un día que no se debía a su aparente esclavitud a la horda.
Con la ventana abierta de par en par, respirando el aire fresco, él se recortaba contra los resplandores del sol. Trabajó con dedicación y cuando pensaba levantarse para consultar uno de sus documentos, notó que era hora de su primera clase. Por medio segundo lamentó hacerlo, pero se incorporó de golpe y salió.
Cruzó por el castillo, rápido, en sentido contrario de casi la mitad de los alumnos.
Empujó la puerta entrando al aula de DCAO, donde callaron las conversaciones, y se dirigió al frente.
Era la clase de Granger.
—Terminen de despertar, señores -pidió el con voz nasal-, hoy necesito que hagan el esfuerzo de sus vidas por poner atención…
Dictó la clase con la dedicación habitual, yendo y viniendo por el aula; empujó la cabeza de Weasley para que dejara de hablar, masculló una crítica contra Longbottom, corrigió irónicamente un error de Parvati y casi al terminar…
… vio de frente a Granger, sentada en su pupitre, unos sitios más allá del primero.
Ella no había hablado durante la lección.
La miró porque sus deseos se colaron en un resquicio de su determinación.
Granger, de túnica como el resto, con su corbata a franjas amarillo-vino, peinada con cuidado como acostumbraba, lo miraba. Tenía un brazo a manera de barrera frente a ella, pero el puño medio cerrado de la otra, lo apoyaba en su rostro levemente inclinado a un lado.
Snape se encontró con los ojos suavemente conmocionados de ella. El dibujo de sus labios entreabiertos era más ondulado. Un gesto de tímida sorpresa, pero lleno de una fresca sensualidad. Un poco sorprendida de sí misma.
Y entonces, verla echó abajo la serenidad que Snape llevaba construyéndose desde ayer. El sujeto seguía impávido y dueño de su clase, pero en su interior, algo se desmoronaba.
Granger casi no había alzado la vista en toda la lección. Pero ahora ella lo veía como si llevara horas planificando la forma de evitarlo, y al final no lo hubiera conseguido… Como si sintiera la misma necesidad secreta de Snape , de encontrarse con la vista. Como si al final no hubiera conseguido detener su necesidad de reunirse con él, aunque fuera en ese espacio sin intimidad; seguro, por ser público.
Y Snape vio en la mirada de Granger, preguntas que ella se formulaba y le dirigía, expectaciones, silencios por romper, pergaminos por escribir, estremecimientos un poco a pesar de ella misma, tan invadida de su propio asombro de noche y tarde que la empujaba a desear saber, llenándose de un sentir nuevo, inédito, pero que le comunicaba por saber que él la entendería. Sólo él, en toda el aula. En todo el colegio. En el mundo de anchos campos de soleada soledad.
¿Qué sientes? Lo interrogaba Hermione Granger. ¿Sientes el mismo estremecimiento que yo? Insistió con la mirada ¿Quieres saber lo que yo siento? Le expresó con los labios. ¿Quieres decirme qué has soñado? Preguntó con la forma de su boca.
Snape, adusto, se supo perdido. Supo que superaría la anécdota, pero que no lograría olvidarla. Aquello lo iba a perseguir hasta el final de sus días. Y era tan extraño y tan prohibido que contemnpló las mejillas rosas y los labios rosas de la Gryffindor, diciéndose, sereno en su inquietud:
¿Dónde está el cielo, Granger? ¿Es verdad que el cielo solamente está en lo alto? ¿No está en nuestra aula? ¿O el cielo solamente descendió en sus ojos y en su boca, Granger?
Dejó una tarea diciendo la página del libro y salió velozmente.
Entre clases, caminaba tan rápido y tan a lo suyo, que varios alumnos debieron quitarse de su paso.
—¡Pase usted, profesor Snape! -rio irónicamente Dean Thomas, apartándose como sus amigos.
—Repita eso, señor Thomas -Snape se giró súbitamente.
Thomas se llevó un susto tremendo. Acostumbrado a que el profesor lo ignorara, la sonrisa se le borró instantáneamente. Ante la mirada de Snape, el chico y sus amigos, asustados, experimentó un baldazo de agua fría. Sin saber lo que veían, por un segundo vieron al mortífago. Alguien de quien podía esperarse lo peor en su inexpresividad.
Bruscamente dieron un paso atrás. Otra Gryffindor, asustada, le susurró:
—Dean, discúlpate.
El grupo se echaba atrás, como si temiera que Snape fuera a lastimarlos.
—Lo siento… -dijo Thomas, con titubeo nervioso- lo siento, profesor Snape…
Al ver el rostro del alumno, de hecho recién tomando conciencia del suceso -las gracejadas de Thomas siempre lo habían tenido sin cuidado-, Snape se dio cuenta de su propia alteración. Pudo verse desde fuera. Alterado. Pronto a la ira. Con la mente en otro lado.
Estaba pensando en Granger. Recordaba a Granger. Sentía deseos de ver a Granger. La tenía en su ánimo. Aquello ya no era efecto del Legeremens, era una necesidad personal. Nacida de haber visto el sentir de la Gryffindor y la expresión casi voluptuosa de su boca, en la realidad, hace un rato.
Sin responder, dio vuelta y siguió su camino. Más que enojado, estaba sacudido.
Volvió a su habitación, se quitó la capa y se desabrochó la camisa hasta el tórax.
Enfrascado en la redacción decidió saltarse la comida. Ese día no tenía más clases.
Más tarde, al llevar la pluma al frasco, encontró que lo había terminado, lo tiró al cesto atinándole sin verlo -con gesto que se diría fue de su típica soberbia-, sacó otro frasco y continuó.
La tarde oscurecía cuando una lechuza le llevó una nota:
Severus, no te hemos visto hoy, ¿te sientes bien? Te esperaremos en la cena.
Minerva.
Snape resopló, soltando la pluma y abrochándose el cuello de la camisa. Dulce Minerva, gracias por entrometerte. No quiso amargarle la vida antes de tiempo. Prefirió que tuviera aquel momento de camaradería. Además, de negarse a ir se pensaría que él tenía un problema y si Granger estaba afectada como debía estarlo, más de uno haría especulaciones que nadie necesitaba. Se recriminó el verla en clase. Alguien pudo haberlo notado.
Caminó por el castillo en calma, pensando que apresuraría su cese de dar lecciones. Después se dijo que eso daría poder a los Carrow antes de tiempo. Mejor no.
Anticipó que aquel nombramiento pesaría paulatinamente en su ánimo.
Entró a paso rápido al bullicio del Gran Salón, con la cena iniciada. Alzó una mano para responder al alegre saludo de Minerva e inclinó la cabeza a los saludos de sus risueños colegas.
Al menos podría avisar que intentaba dedicar un tiempo a su libro -aunque no trabajara en él- y que quizá Sus Condescendencias podían entender si no los acompañaba con regularidad.
Al sentarse a la mesa de los profesores, dio algunas explicaciones y recibió el asentimiento admirado de la profesora Sprout, cuando les dijo en qué andaba.
—¡Oh, un libro, un libro! -Pomona dio unas palmaditas- ¡Maravilloso, profesor Snape, maravilloso! Yo también he pensado escribir un libro, se llega el día en que es necesario, ¿no es así? ¿Me daría su opinión cuando lleve avanzado el mío?
—Usted es la experta en su tema, profesora Sprout, pero tendré mucho gusto en darle mi opinión.
Snape comió poco y durante la sobremesa, bebiendo apenas unos sorbos de vino, ocurrió lo que temía.
Temía que sus pensamientos hacia Hermione lo traicionaran y así fue. Él, que tenía un control férreo de sus pensamientos y reacciones, miró al área de Gryffindor.
Siguiendo una corriente oculta de sus deseos, su mirada fue directamente a la chica: Sus facciones finas, su cabello castaño de rizos claros, la espalda recta ante la mesa. Entre los de su casa, sonriendo, hablaba con Potter, con naturalidad, frente a frente. Snape pensó que su sonrisa era elegante y fresca; invitaría a sonreír con ella. Sí, invitaba a sonreír con ella.
Apartó la mirada. Corría un riesgo al mirar y sus ojos le pedían mirar. Buscando una distracción se sintió seguro al reconocer que el Gran Comedor a la hora de los alimentos era una extensión de la vida escolar: Profesores y alumnos vivían en esferas aparte y ninguno se atendía, como en la vida diaria, más allá de las lecciones.
Para tener a qué aferrarse recurrió a los adjetivos consagrados por él. No le hacía falta la inmadurez de una niña tonta, antipática hasta la médula.
Minutos más tarde, la mirada volvió a traicionarlo un segundo y buen anticlímax para él fue que su mirada topó con Ron Weasley, que al lado de la Sabelotodo no paraba de comer a grandes bocados.
Snape sintió repugnancia y aprovechó para apartar la mirada. ¿Cómo podía aquel chico tragar de esa manera? Le sorprendía la capacidad innata de Weasley para ser un bruto. No había conocido a otro alumno con mayor talento para la idiocia. Con la boca llena, se atiborraba de más. ¿Cómo Potter podía comer ante ese espectáculo? ¿A Weasley no le daba vergüenza con su novia? Se dijo que además de ser un rústico como lo soltaron de casa, Weasley no tenía interés en pulirse, y ni por lo menos resultaba simpático. Sus graciositos hermanos tenían buenos momentos, dos, en estos siete años. Mas a Ron Weasley lo veía como un desastre. ¿Qué hacía cuando estaba con Granger? ¿De qué hablaba con ella? ¿Hablaba?
En fin, se dijo buscando el sentir acre donde se hallaba cómodo. Se repitió que ellos eran buena pareja pues Granger era antipática, marisabidilla, pedante de su intelecto, cualidad compañera de su tenacidad, de su valentía, de su capacidad de respuesta, admirable como sus manos, compañera perfecta de las proporciones perfectas de su rostro. igual a su mirada cuando -tal vez fue en casa de los padres de ella, debía ser porque se escuchaba voces de una pareja en otra habitación-, Granger dijo que le mostraría el retrato familiar del estudio, pero estando ahí, en la media penumbra del estudio alfombrado y entre diplomas de su madre, Hermione puso las manos en el tórax de Snape y de puntillas le robó un beso silencioso, escuchándose una conversación en la otra recámara…
¡Snape!, se recriminó al revivir aquella fantasía de Granger. Necesitaba resistir. Con el paso de las horas aquello desaparecería. La mente no podía retener esas impresiones, así como se desvanece la memoria de un ensueño conforme despiertas de él.
Y volvió a ocurrirle: El deseo traiciona a la mirada.
Hermione, en la sobremesa, en un segundo de pausa en su conversación sonreía viendo al mueble, con los codos sobre él.
Snape no quiso apartar la vista
Entonces, en un movimiento terso, ella cambió casi hasta la seriedad, alzó la vista hacia él, y se encontraron con los ojos.
La segunda vez en ese día. Pero su gesto fue distinto: Una mirada serena. Un atisbo de sonrisa. De saberse observada por él todo ese rato. Snape sintió que el salón resplandecía. Más: El gesto de Granger le decía que ella se hacía cargo, que lo sabía todo… pero no le molestaba. Y que tampoco le preocupaba que él hubiera conocido secretos de ella. Hermione le sostuvo la mirada. Fue clara, directa, sin mayor fuerza que su suavidad demoledora.
Él no lo rechazó. No respondió a Granger con algún gesto que destrozara. Viéndola dos o tres segundos, sin esconder que sus ojos le llamaban la atención y le despertaba ecos. Snape le hizo saber que le ocurría lo mismo. No propuso, ni solicitó. Únicamente le hizo saber que había estado pensando en ella. Que tampoco huía de la situación.
Volteó hacia Sprout de nuevo e intercambió otras frases casuales. Al cabo de minutos se levantó, se despidió formal como siempre, recibiendo sonrisas y un apretón de brazo de Slughorn. A Snape los profesores siempre lo estimaron y apreciaron. Él tendió en años pasados a no dejar que eso entrara en sus emociones, pues sabía que perdería también eso. No se equivocó. Ya sólo faltaban unas semanas para que las sospechas cuajaran y lo vieran como enemigo. Lo cruzó un breve rayo de dolor. Iba a perder todo. También a Granger. Perdería lo que en realidad no tuvo. La historia habitual.
Aquello le arrancó una media sonrisa irónica cuando salió ágilmente.
Subió velozmente hacia la planta superior. Debía volver a ver a Granger para terminar de adiestrarla y que fuera útil.
Encendió la vela del escritorio con un pase y tomó asiento.
Apoyando un codo en el descansabrazos, el mentón en el dedo pulgar y el índice sobre los labios, cerró los ojos, al cálido movimiento del pabilo. Y sin resistirse, sin oponerse, entre aquel cambio ante lo que se marcha y lo que se avecina, del pasado incierto al futuro cruel, revivió los labios de Granger en los suyos, y la forma de ella al abrazarlo, apretándolo contra su cuerpo, hablándole sin hablar. Y él revivió sus sensaciones al estrecharla intensamente.
