Sentado en una vetusta silla de madera, con las piernas estiradas, cruzado de brazos y la cabeza inclinada, Snape meditaba en el salón de largas mesas de madera sobre pisos desperdigados de basura, tarros semivacíos, restos de comida, borrachos dormidos, solos o en compañía, en The Leprechaun, una cantina de dos pisos en Knockturn Alley, donde amaneció en una mesa frente a Amycus Carrow, embriagándose y negociando.

Actuando embriagarse y negociar. En el bullicio de la cantina, entre magos de baja ralea bebiendo y meseras llevando tarros entre las mesas, Amycus le insistió en tomar las clases de DCAO en seguida, a ratos rayando en la ansiedad y la ira, aunque trataba de mostrarse conciliador con Snape. Su amabilidad, falsa y nunca creíble por ese aire de estar pensando en muertes y en rematar, le ayudaba pues Snape le daba miedo, si bien su papel sería en parte el de un vigilante del futuro director de Hogwarts.

A Snape le tomó pasar la noche bebiendo para convencer -e intimidar- a Amycus a que aguardara. Aquel demente tan despreciable como la hermana haría terribles esas lecciones. Como Snape no podía negarse a ello sin poner en duda su sumisión de mortífago, se limitaba a retrasar lo que podía. Su mejor carta fue mostrar a Amycus la conveniencia de que él y Alecto iniciaran como profesores paralelamente a que asumieran la posición de directores adjuntos. Así él, Snape, podría protegerlos mejor.

La idea convenció a Amycus, pues el maltratador es cobarde. La noche se fue rápida y Snape -que no se embriagaba gracias a sus provisiones de la pócima para esas situaciones-, la aprovechó para su meta verdadera: Sacar al mortífago la información posible sin hacerlo sospechar.

Esta mañana, en esa posición de descanso del desvelo y borrachera, pero en realidad atento a su alrededor. Snape recordaba las palabras de Carrow -derrumbado en el asiento-, en su minuto de mayor embriaguez antes de caer dormido:

—… es sobre…. Granger… óyeme, Snape -Amycus arrastró las palabras-, Alecto y yo estamos interesados en Granger, queremos… jugar con ella… Al llegar a Hogwarts, te… pediremos… un favor personal… queremos que nos des a Granger para pasar con ella unos días -rio, lascivo… será una retribución a nuestros esfuerzos o si es mucho pedir, puedes, darnos a otra… alguna de Hufflepuff, una sumisa… y poco más… un sitio donde pasar con ella la noche… y que no se oigan sus gritos…

Snape frente a los mortífagos pasaba por ser la pura verdad. Engañado Voldemort y aun con las eternas suspicacias de Bellatrix, los demás asesinos se compraban de lleno la escenificación que hacía.

—Lo hablaremos -aseguró, asintiendo y pasándose un dedo por la barbilla.

Snape sopesó otra idea al tiempo que daba esa franca posibilidad a Amycus. No significaba que la tortura a que ellos someterían a los estudiantes fuera poca cosa, pero se prometió que no les permitiría causar otro tipo de daño a las alumnas. Esa fue la primera vez que Snape pensó en aniquilar a los Carrow.

Y protegería en especial a Granger. Se prometió que ella en ningún momento correría peligro con los desquiciados Carrow, de quienes la voluble Bellatrix le contó, divertida, que la hermana jugó ciertos juegos con su hermano en la adolescencia. Pero eso lo llevó a la Gryffindor, en quien pensaba con esa postura de emboscado en la silla. ¿Qué sucedía con Granger? ¿Qué le sucedía a él con Granger?

La conmoción que ella le causaba desde hace días no era asunto menor. Los efectos del hechizo distorsionado habían pasado, aunque Snape no lograba desentrañar la razón de lo ocurrido. Y pese a manejarlo con la decisión que requería, es decir, contenerse, desviar su mente a otros asuntos, se daba cuenta de la dificultad de olvidar el sacudimiento existencial. La parte de realidad que persistía era estremecedora. Paradójicamente, lo ayudaban un poco los problemas que enfrentaba.

Pero reaparecía Granger, y su control amainaba.

Como en la más reciente clase. Granger había pedido la palabra ante una pregunta de Snape al grupo sobre la protección durante la aparición de un noctívago. Agregó que eran dos elementos contra la Invocación de Muertos.

—Se refiere a Sal y Fuego para la creación de un aura -respondió Granger, con toda propiedad-. Un recurso de última urgencia. Escuche o vea lo que fuere, el atacado debe permanecer en el círculo de sal ígnea hasta la salida del sol.

Su respuesta era correcta. Como en esa oportunidad, la castaña había pedido la palabra en otros momentos señalados. Snape atestiguó que ella se catapultaba a preguntas de mayor interés. El talante serio, profesional de la castaña, no sólo concitaba el interés de la clase en sus planteamientos, sino en los temas que sugería.

—Profesor, ¿por qué las Artes Oscuras en ocasiones se muestran más seductoras que la Magia?

—Por el poder y conocimiento que aparenta ofrecer -y Snape lanzaba una disertación llamativa.

Especial fue la atención que rodeó a esas intervenciones. Los Slytherin moderadamente intercambiaban vistazos con extrañeza. ¿Granger se estaba llevando bien con Snape? Los Ravenclaw se lo tomaban interesante, pero con la sensación rara de estar viendo algo fuera de sus marcos; en cambio, varios Hufflepuff entendieron fácilmente que para Granger lo académico no era lo importante, sino que obligaba a Snape a prestarle atención. Moderna forma de coquetearle a un profesor, asintieron, aunque ellos nunca lo hablaron con nadie. Por su parte, los Gryffindor creyeron que ella se sentía más a gusto con el nivel de las clases de Snape ahora que él estaba en su elemento, y la verdad es que en DCAO era un profesor más estimulante que en Pociones. Harry tamborileaba en su pupitre, pensativo, y Ron daba muestras de enviar a Hermione el pedido telepático de guardar silencio. ¡Estás hablando con Snape!

Al finalizar la lección, Hermione se le acercó en el aula vacía, luego de indicar a Harry y a Ron que la esperaran afuera.

Snape, sentado atrás de un escritorio provisional, inclinado en un documento para la siguiente clase, al alzar la vista sin querer recorrió a la Gryffindor con los ojos, casi de arriba abajo, sin segundas intenciones, pero con un leve estremecimiento porque la tuvo muy cerca. Experimentó una agitación en la columna vertebral al deslizar los ojos por las firmes y claras piernas de Granger, visibles en parte porque llevaba las calcetas gris claro y no las mallas. Snape no pudo evitar fijarse en esa franja de su piel clara, entre el borde las calcetas por debajo de la rodilla y ¿llevaba la falda gris Oxford un poco más corta? Fugazmente midió unos cinco dedos por encima de la rodilla, luego miró arriba, a las caderas enfundadas en la falda tableada... El suéter con abotonadura, de vivos dorado y vino, la corbata de los mismos colores, la camisa desabotonada y para un nuevo e involuntario estremecimiento llegó al rostro de Granger, que miraba bajo, con las cejas un poco alzadas y un gesto de gravedad que a Snape llamó la atención: adelantaba un poco la mandíbula. No se veía muy contenta de hablarle, como habiendo vuelto a la normalidad. Ella le dijo en voz un poco baja:

—Profesor Snape, necesito que me dé cinco minutos para consultarle el tema que he tratado con usted.

¿Granger se dio cuenta que la vio prácticamente de arriba abajo?, fue la pregunta irremediable que se hizo Snape. La cercanía de la Gryffindor le provocó una leve conmoción. Y como ya no tenían presentes los recuerdos, este sentir venía de lo vivido últimamente. Él se hizo atrás, entrecerrando los ojos, recargándose con gesto de oírla muy a su pesar:

—Si puede hablar del tema es que está lista para seguir. Tengo una guía preparada, pero no podemos analizarla aquí. No me hable en lugar público sobre eso.

Sin verlo, ella alzó el rostro para asentir y el bajarlo lentamente, remarcó:

—No le hablo en público, entonces acudiré a su despacho.

Snape se resistió a verla de espaldas al salir, pero la tensión lo puso de malas. Más tarde, azotó la puerta de su oficina, al entrar. Debería expulsar a Granger con el pretexto de ser mestiza, se dijo, o con el pretexto de que me cae mal. Bien pensado no necesito ningún pretexto. De pasada, podría expulsarme a mí mismo y olvidar este asunto de una buena vez.

Sentado al escritorio, escribía febrilmente, cuestionándose. No me ha ocurrido con nadie y me sucede con Granger, soltó, disgustado. Aunque el cuadro de la rabia, su salida favorita, se le mostraba cada vez más fuera de lugar, más desfasada con respecto a la realidad. Tenía en mente la mirada de la Gryffindor en el aula hace días, en el Gran Salón. Una intranquilidad por sentir el deseo de tocarla.

Poco más tarde, Hermione llamó y entró al despacho, de nuevo viendo bajo y con la mandíbula un poco adelantada. Se diría que estaba a disgusto. Snape se preguntó si esa forma semi-irritada tenía por objeto empujarlo a ser más atento, como si debiera reconciliarse.

Para evitarse ser atraído por la franja de piel entre las calcetas y la falda tableada de Granger, Snape se levantó presto y fue a un sitio de sus anaqueles.

La castaña, frente a la mesa de trabajo, sin moverse leyó una de las primeras páginas del bloque de pergaminos, con la letra rápida de Snape inclinada hacia la izquierda:

Los fetiches inyectan el discurso oficial de Hogwarts. Su fetiche general más importante es la Igualdad. Su afirmación de que las casas son iguales, sin favoritismos. Para nosotros sería un error creerlo. Ya sabemos que el fetiche es la idea consagrada a la que se da un valor especial.

Un análisis a profundidad nos revela que la valentía, socialmente es considerada la más importante virtud de un individuo porque lo catapulta al plano superior del heroísmo y representa la defensa de la sociedad y por ende garantiza su existencia.

La valentía es más admirada socialmente que la inteligencia, la bondad o la astucia (las virtudes de las otras casas). Por su carácter heroico la valentía adquiere el sitio más reconocido. Por eso, el fetiche más importante de Hogwarts es Gryffindor.

Gryffindor es indispensable para la supervivencia institucional de Hogwarts. Es el semillero de los héroes que vendrán a salvarnos de un peligro. Su modelo de conducta valida el sistema del colegio como generador de armazones sociales.

No importará que ante un peligro real la salvación no ocurra de acuerdo con ese modelo, como tampoco importará que la salvación provenga de quienes no parecían destinados a salvar. El discurso oficial se acomodará de tal manera que los Valientes permanecerán en la imaginación como los principales artífices de la solución. El fetiche tiene una existencia al margen de las personas.

El otro fetiche de peso en de Howgarts es Slytherin, que representa un plano más oscuro del ser y la rebeldía ante la autoridad, acción que forma parte del choque protagonistas-antagonistas, que garantiza la vida del colegio, porque las fuerzas en pugna Gryffindor-Slytherin proporcionan a Hogwarts un constante equilibrio por su dinámica liberdora de tensiones.

Snape volvió a la mesa de trabajo con un pergamino. Gran invento de Pérgamo, aunque éste era de vitela o piel animal, en formato de volumen, es decir, que se desplegaba horizontalmente.

—Deberá llevárselo -indicó Snape, dándole el volumen-. Tiene un encantamiento Invisibilis Oculus: El texto sólo aparece si usted lo lee. Cualquier otro hallará un texto de DCAO para séptimo año. Aun así, no se despegue mucho de él. Se desenrolla de derecha a izquierda. Este tiene ocho páginas, por lo que no le será difícil desenrollarlo en sentido contrario, para hacer consultas.

Repentinamente sorpendió una mirada de Granger, algo desapercibido para él hasta entonces, al punto de no saber si era reciente. Ella saltó de los brazos de él, al pergamino. Snape se peguntó si a ella le gustaba la forma de caminar de él. Recordó que desde el año pasado en ocasiones la vio hacer lo mismo, aunque él no lo entendió.

—Gracias -respondió ella, sin gran énfasis, educada, recibiendo el documento.

Lo desenrolló como él le dijo y leyó el título en voz baja:

Primer Espejo de Ojo de Horus.

Snape se mostró interesado en el asunto, explicando y haciendo gestos con una mano:

—El problema teórico principal de Ojo de Horus es que su fundamento se lee como su refutación. Parece no llevar a ningún lado. Usted encontrará que esa aparente contradicción es un elemento que se integra a sus bases. No se debe verlo como una oposición. Conceptuar la existencia de una oposición se convierte en la pugna entre Magia y Artes Oscuras. Es una trampa del conjuro original, destinado a que el interesado se pierda en el problema, que se resuelve al tener una visión armónica. Una forma de ver al mundo y a sí mismo.

Hermione alzó la vista, con el documento todavía desplegado, mirando a Snape por fin de nuevo a los ojos... Su seriedad cambió: Ya no era hosca. Fue una mirada de suave intensidad, mantenida aun en los silencios entre sus palabras, más expresivas o más ambiguas que las frases en sí:

—Tendré preguntas -susurró ella, arrancando una llamativa reverberación a la mazmorra-. ¿Puedo pasar a verlo pronto?

Se vieron a los ojos en un momento de tensión. Snape luchaba contra esos dedos placenteros en su columna, al ver los ojos serios de Granger, pero atentos a él.

Snape debía fingir. Continuar fingiendo como toda su vida. Fingir que no amaba, fingir que no dolía, fingir olvido; fingir calma; fingir odio; fingir indiferencia. Hoy debía fingir que Granger no lo conmovía. Fingir que no entendía el matiz de su pregunta, ni la pregunta de sus ojos.

—En cinco días, después de las seis de la tarde -asintió él, adusto.

—Gracias -respondió la castaña, atenta de nuevo al documento, y salió.

Snape revisó los pergaminos del libro, con Granger en el rabillo de sus ojos, negándose a recorrerla con la mirada al salir.

Cuando ella cerró la puerta -no se miraron al alejarse- y él escuchó sus pasos subiendo por la escalera, abrió una gaveta, lanzó el escrito dentro con exasperación y la cerró bruscamente. No seguiría con eso.

Se cruzó de brazos, denegando con la cabeza y luego alzándola, viendo sin ver un vitral que había colocado como adorno. Me estoy volviendo atento a los matices de su voz.

Decidió darse un respiro. Como Carrow quería hablar con él, lo citó en Knockturn Alley.

Hasta la tarde salió de The Leprechaun, cuando la jornada de la cantina había reiniciado su brilloso barullo. Snape dejó a Amycus ahí, pasó por la helada Cokeworth, donde se aseó y cambió de ropa para quitarse el ambiente de la cantina, y volvió a Knockturn Alley, donde hizo una compra en Borgin & Burkes, de un objeto que Granger necesitaría para hacer el conjuro. Estaba seguro que ella entendería las bases. Nadie debía verla adquiriendo nada inusual.

En el aire de la tarde fría, húmeda, de llovizna, cruzó por Knockturn llevando el Símbolo Conjurado adquirido en B&B… Y recorriendo la acera de edificaciones deterioradas, lamidas por el agua, experimentó la complacencia de pensar que hizo algo pensando en Granger… Fue una idea extraña que se coló en sus emociones, primero insinuada y después dejándola crecer… Se le formó la imagen de Granger, su pensativo silencio, su esperar ayuda de él y sintió que era como… como llevarle un regalo.

Pensó en Granger al decidirlo, buscar el objeto mágico, esperar al encargado afanarse en los casi innumerables anaqueles para encontrar esa mercancía rara y especial, verlo guardarla en su caja de madera y llevarla ahora -un pendiente en forma del Ojo de Horus- en un bolsillo del saco.

Quiso imaginarla colocándoselo, pero combatió la idea al recordar la naturaleza del objeto. Servía para establecer un lazo con la Potestad que animaba al conjuro, como enseñaba Vindictus. Tenía varios usos, pero Snape lo consagraría. La Gryffindor era la única, comparada con los otros dos, con reales probabilidades de obtener un beneficio en Infinity Manor, un sitio extraordinario para lanzar el Conjuro de Hieracómpolis.

Salió del tenebroso Knockturn Alley y enfiló sobre la vía más clara de Diagon.

Negocios más allá, aceptó su hacer algo por vez primera: Llevar un objeto pensando en una persona en especial. Granger.

Bufó. ¡Gran obsequio! Era dar un objeto para trabajar. Necesitaba poner en ella una de sus últimas esperanzas para ganar la guerra que se desarrollaba pues, más que Dumbledore, por el grado de su acción, de su compromiso, riesgos y niveles en que se manejaba, el verdadero Enemigo de Voldemort era Severus Snape.

Caminaba a la altura de Flourish & Blotts, por la vía de edificaciones de varias plantas, de ventanas iluminadas y nadie en las aceras.

Atendió a su derecha, identificando a una figura, antes de saber quién era.

Le sorprendió verla de nuevo, pero al distinguirla, una corriente de aire fresco coincidió en llegar a él.

Era Granger, bajo la marquesina de Wisacre.

Hermione lo miraba, protegida por el toldo, frente a las gotas perezosas que rebotaban en la acera.

Llevaba ropa de calle, botas para la lluvia, pantalón, abrigo y en el cabello, una de esas boinas chochet para el frío. Debió verlo de lejos y acercarse. Las luces del establecimiento a la espalda de ella, al cruzar la vitrina, la rodeaban de brillos que contrastaban con la humedad de la acera. Es sábado, se comentó Snape. Estará con su amigo y su novio, tal vez ellos en el Caldero.

Snape se acercó, al otro lado de la vía; separados por los saltos del agua, pero también por una repentina, cristalina añoranza, rodeados de ventanales iluminados y aparadores de chispas de luz colorida, que mostraba mercancía diversa.

Y, ¡cuán terrible! ¡En medio de la gran cantidad de tribulaciones, de peligros, de desazones, de conflictos personales, de momentos de duda, Granger reaparecía con esa cualidad de borrar, de causar en él ese atisbo de certidumbre, de esperanza en que todo saldría bien!

Aunque habituado a cerrarse a cada posibilidad que lo llevara lejos de su misión, también a cada camino que lo alejara de su santuario dominado por Lily, presentía -aunque fuera contra sus normas- que pensar o sentir por la chica castaña no estaba reñido con su vida. ¿Podría llegar a un acuerdo con ella? ¿Tener ambos mundos? ¿Vivirlo, pese a que la mayor parte fuera a la distancia? ¿Podría ser verdad lo que descubrió en las miradas de ella?

Se respondió negativamente. Debían ir a Infinity Manor y nada entorpecería o haría peligrar esa oportunidad. Él no llevaba un obsequio.

Y para cuestionar su renovada convicción, el ex mortífago, alarmado, embriagado, comprendió las palabras en la mirada dulcemente atormentada que le dirigía Hermione Granger, cada vez más cerca, de pie cerca de la lluvia, bajo la marquesina y de espaldas a la intimidad oro y penumbra de la vitrina:

¿Por qué no me lo dices de verdad?

Hermione lo miraba, preguntándole. Sin esa seriedad de la tarde anterior, sino con un terso dolor, como si le dijera: «Me esperaste estos días, te preocupaste y por eso me diste el pergamino». Snape sostuvo el contacto con sus ojos, reduciendo el ritmo de sus pasos, leyendo las palabras silenciosas de Granger: «Hoy no me diste un pergamino, me diste tus pensamientos hacia mí». Y más: «Finges que nada ocurre, pero no es cierto, sí te ocurre». Los ojos entristecidos e interrogantes de Hermione e imperceptibles movimientos de cabeza le hablaban, en el velo de la llovizna, en la noche de vitrinas brillantes:

¿Por qué no me lo dices de verdad? ¿Por qué no cruzas este espacio que nos separa, y me lo dices de verdad? Ven, hay otras calles, otras ciudades… Podemos recorrerlas aunque nuestras manos se encuentren de vez en vez, de ensueño en ensueño… Aunque sea un secreto sólo nuestro, inconfesable si quieres, inadmisible para los demás. Mira las luces del callejón, son los mundos donde podríamos estar. Sólo se necesita que me lo digas. ¡Que me lo digas de verdad! ¿No ves que podemos llegar a cualquier pacto? ¿No ves que yo lo quiero? Recuerda que conozco tus pensamientos más ocultos sobre mí y no me asustan. ¿Has sido lastimado en el pasado? Pero yo no soy ella. No soy quien ella sea, quien fue, quien pudo ser. Conoces mis secretos, yo los tuyos. No tenemos nada por ocultarnos. Inténtalo. Ven. ¡Dímelo de verdad!

Snape pudo haber seguido su camino -era lo obvio en él-, pero cruzó la calle, deteniéndose frente a la castaña, recibiendo la llovizna.

—Granger.

—Profesor Snape.

En las aceras que se alejaban entre las vitrinas coloreadas entre el agua, Snape pasó la mirada de los entristecidos y vivaces ojos de Granger, a su boca de delicado e intenso rosa, y de vuelta a sus profundos ojos marrones…

Y admitiendo, revelándose, ella hizo lo mismo. Contempló el rostro de Snape, sus cabellos oscuros.

El clima frío permitía que la voz se escuchara más clara, y las luces a través del aparador la volvían más íntima, acompasada por la lluvia, cuando dejó de callarlo:

Me gustan tus labios -le susurró Hermione, con sus ojos nostálgicos, en el golpeteo del temporal.

Él no se resistió a que su corazón acelerara unas décimas. No podía vivir en un conflicto eterno. En un problema sin solución como su única perspectiva. No podía ser que cada hecho que viviera fuera un trance. No quiso vivir lo que le quedara, con cuchillos siempre clavados en su corazón, siempre en encrucijadas, siempre a disgusto. Decidió que, por lo menos, no se lo iba a ocultar.

—Y a mí me gustan... tus labios rosas -respondió Snape, con voz ronca-. Y tus ojos, y tu forma de mirar.

Un nuevo soplo empujó gotas, golpeteando contra la marquesina. Hermione quiso dar un paso hacia él, pero se detuvo, temerosa de ser vista o de alejarse de él, si daba otro paso.

—Pienso en ti. ¡No sabes cuánto…!

La mirada de Snape se hizo caricia. Aunque grave, también sutil.

—Yo también pienso en ti. Pienso mucho en ti.

—¿Te arrepientes de saber, de que yo sepa?

—Nunca. Es mi verdad. No me arrepiento de sentir por ti lo que siento -iba a añadir, pero titubeó, llevado por una emoción; tomó aire y finalmente-: Aunque no te la diga otra vez.

Entonces se miraron sin aparentar, por un momento liberados de los convencionalismos, de sus propias circunstancias, del castillo imponente kilómetros más allá. Sus miradas -la de ella nostálgica, la de él acariciante- vagaron libres, a placer, por sus rostros y sus cuerpos, como quien por fin puede respirar, como quien por fin puede hacer lo que deseaba, acariciándose con la mirada el uno al otro, dejando de refrenarse.

—Hay días en que creo que no podré contener mis deseos de abrazarte -le confesó Snape.

—Me sucede igual -asintió ella.

También se miraron cruzados por un terso martirio: El de soñar y no despertar en el mismo sueño. El de acongojarse en horas secretas sin tener a nadie a quien mirar; sin que la mirada cercana, ni el recuerdo, llene los anhelos; estar cerca de una persona y preguntarse si la anhelada, existirá y dónde se encuentra; descubrir que se vive un recuerdo embellecido; vivir el martirio letal a cuentagotas de soñar con alguien y no hallarlo al abrir los ojos; nada tener, al final.

Y ahora, mirándose de frente, deseando, ¿quién sabe?, quedarse de pie bajo la marquesina de Wisacre para conversar acompañados por la lluvia, ahora era estar separados por unos pasos, tener la silueta perfecta de alguien que has deseado, así sea fugazmente… O imposiblemente, pero una persona con quien te has hecho preguntas, a quien has deseado tener y de quien te preguntaste si podías amarla; también deseada por su alma, y no poder tocarla. Ellos lo sentían, porque pese a estar a unos pasos se sentían infinitamente lejos el uno de otro; era tener al alcance de la mano a alguien que nunca llegará.

Hermione y Snape deseaban tocarse, y pese a estar separados por centímetros, tenían obstáculos, empezando por la realidad. Vislumbrados, se desearon en su amorosa soledad doliente.

Snape retomó su camino.

—¡Profesor Snape…! -la castaña dio un paso adelante.

Él se detuvo a mitad de la vía, girando a ella.

—Granger.

—¿Me jura que usted… no añora nada?

Recibiendo la lluvia, Snape se colocó las manos en la cintura, viendo el suelo, después a lo lejos, en el Callejón. La otra acera de negocios corría a su costado metros allá, con sus vitrinas encendidas, unas claras, otras más recónditas. La lluvia continuaba saltando al caer en la acera.

—¿Me jura que no desea nada? -insistió ella.

Snape movió la cabeza atrás para apartarse los húmedos mechones de la cara. Alzó un poco la voz, en el rumor de la brizna:

—No puedo jurar eso. Puedo jurar que sí, en otro tiempo. En otro universo, Granger, ¿quién dice que no? -se dibujó una media sonrisa en sus labios sinuosos- ¿Desear?

La lluvia era un murmullo.

—No aquí, sino en esa otra vida -añadió Snape-, veo a la única persona en el mundo a quien yo desearía. La única por quien dejaría de ser un oscuro fantasma de sombras sobre sombras.

A Hermione le costó muchísimo detenerse, al oírlo. Le costó muchísimo no llorar. Llorar de nada. Por la nada. Por los amantes que no son. Por Hermione Granger y por Severus Snape, que en sus fantasías secretas, surgidas en otras lunas, se tenían y se amaban. Se amaban por reconocer la importancia del otro, el valor del otro. Por la belleza del otro. Sin importarles el qué dirán.

Todavía con los dedos en la cintura, Snape le hizo un breve saludo, inclinando la cabeza en corto. Se alejó por el Callejón en la llovizna. Hermione fue en sentido contrario, con sus amigos. Y entre ambos quedó la lluvia, la lluvia en Diagon, en el murmullo de la soledad.