Hermione comenzó a acudir con frecuencia al despacho de Snape en pleno día.
Las lecciones de Legeremancia y Oclumancia llegaron a buen término; Granger mostró un talento mayor que el de Harry. Muy pronto logró dominar los inicios de cada disciplina, en forma suficiente para lograr el cometido de guardar la información que necesitaba, esto es, la existencia del conjuro, la residencia y el boulevard.
Retomaron el plan. Pasaron inmediatamente al conjuro. Granger entendió el problema inicial con el estudio del pergamino enrollado. Para resolver la contradicción se debía verlo desde un enfoque más amplio y así el conjunto se integraba, es decir, quedaba solamente la Magia. Y con la ayuda de Snape se puso a ensayar el pase, complicado por pertenecer a la Magia Ceremonial Egipcia.
Para dar impresión que colaboraba en el libro de Snape -a éste ya no le interesaba-, por indicación de él, Hermione hizo búsquedas en la biblioteca y leyó capítulos que él le dio, para que pudiera dar opinión a McGonagall, la cual se mostró satisfecha.
Harry y Ron no estaban tan satisfechos. Harry no paraba de cuestionarla, primero por no haber abandonado Hogwarts los tres a raíz de la muerte de Dumbledore, pues ella le pidió serenidad aunque pareciera lo más extraño, arguyendo que Snape poseía informacióm. Ella ya tenía sus percepciones sobre él y el plan sobre el conjuro, aunque eso último no lo confió a Harry. Segundo, Harry volvió a insistir en la pérdida de tiempo valiosísimo, todavía más extraño por la última noticia de la ayuda al libro de Snape. La castaña le respondió que era una engañifa para espiarlo. Harry aceptó, pero no muy convencido. La campaña contra ellos aumentaba y no dudaba que alcanzaría tales proporciones que iban a terminar huyendo como fuera.
Hermione confiaba en aprender el conjuro antes que eso sucediera y compensar el tiempo perdido de una búsqueda donde tenían muy escasas probabilidades. Consideraba que de irse así como estaban, el nivel de riesgo era tan grande que solamente podrían sortearlo con una serie de golpes de suerte, y no tanto de capacidades. Asimismo, trabajando en Infinity Manor el tiempo rendiría mucho más. Snape ya le había dicho que estaba yendo solo, desde hace días, a verificar si existía algún riesgo para ella. No lo creía, pero debía asegurarse.
Quien se lo tomaba cada vez peor, era Ron. Paradójicamente el hecho de entender menos que Harry lo acercaba más a la verdad. Harry razonaba los motivos de Hermione, que en parte lo convencían y en otra, intentaba entender, pero Ron se quedaba con lo más cercano y de ahí partían sus ideas, con creciente impaciencia hasta que se lo dijo: Cualquiera diría que tienes un interés especial en Snape. Verlo tanto, ¿para qué, qué ganamos con eso? ¿Crees que vas a poderlo engañar mucho tiempo? ¿Y tu forma de hablar en clase con él? ¿Y para qué debemos estar en clase, como si nada hubiera pasado? ¿Es cierto que antes bajaste a la mazmorra? Algunos dicen que te vieron una vez. ¿Por qué no me lo dijiste? Parece que tienes otro plan en mente y no nos lo confías. ¿Y por qué no me tomas en cuenta en esta decisión donde corres tanto peligro? ¡Es Snape, Mione! ¿Estás confiando en él?
—Es para vigilarlo, Ron, ya te lo dije -respondía, abrumada, frotándose el puente de la nariz, como si se aliviara por usar anteojos-, estoy segura que esconde una pista, una muy importante. Creo que eso puedes entenderlo.
Mentiras enormes. Al inicio, su único interés fue el conjuro. Hoy, la mitad de su interés era estar con Snape. Era un deseo más fuerte que ella. Se aferraba a que se necesitaba tiempo para aprender Ojo de Horus, pues eso la justificaba para estar cerca de Snape. Así sentía que no restaba tiempo a la búsqueda, al estar ocupándose de ello.
También sabía que no tenía mucho tiempo antes que, por ejemplo, el Ministerio los declarara fuera de la ley. Eso la angustiaba y por ende deseaba aprovechar todo el tiempo que tuviera, con el pretexto del libro.
Es más, las preguntas de Ron y Harry, la molestaban. La sacaban de los temas que deseaba atender. La mentira había crecido por un factor no anticipado, involucrando emociones fuertes, yendo del conflicto por mentir al no importarle. No tenía tiempo para todo. Necesitaba toda su atención para aprender varios temas.
Cuando Ron la cuestionó, aunque Hermione sabía lo que ella experimentaba por Snape, vivirlo no en silencio, sino tocado por una confrontación verbal, le hizo sentir la realidad. No era únicamente verlo.
Buscaba más con Snape. Quería más con Snape.
No todo, no para siempre, se repetía ella en el dormitorio, a mitad de la noche, con frustración y deseo. Pero sí algo, un poco, lo que se pueda. Por lo menos un poco más que esta nada. Él también lo desea, pero no quiere hacerme daño, lo sé. Y sin embargo, así es una tortura.
Hermione oía las justas razones y los justificados recelos de Ron, ella pensando, con gesto grave o abrumado, que su deseo por Snape había crecido sin darse cuenta. Tanto así que terminó diciéndole que le costaba demasiado extrañarlo. Y él, mostrando que la corriente de sus sentimientos era paralelo al de ella, le respondió que en otras circunstancias, la amaría. Dándole más que a entender que hoy, ella le importaba.
Ron se preocupaba por ella, inquieto por la búsqueda que era prioridad y con naciente inconformidad al sentir una intrusión en su relación. Mas la castaña no lo oía. O lo oía y no lo atendía. Ella atendía las increíbles palabras de Snape, que la trastornaban, y recordaba cada gesto de él donde eran notorios sus sentimientos. Con eso le bastaba para no escuchar a Ron. A Ron lo estaba relegando. Sencillamente lo sacaba de los sucesos. Aunque lo quería, sus sentimientos flaqueaban. Como eso le dolía, no se atrevía a decírselo. Como era inaudito, tampoco lo decía a Harry.
Ron comenzaba a estar en su conciencia prácticamente solo cuando lo veía. Pese a ello, al verlo aparecía la culpabilidad, un débil deseo de dar marcha atrás; vislumbraba la posibilidad de regresar con él, pedirle perdón y tratar de volver a lo de antes. Y si hubieran preguntado a Hermione por qué no lo hacía, su respuesta habría sido un hastiado "no sé". No porque no supiera, sino porque no deseaba saber.
Como parte importante, comparaba. Ella conocía hasta el cansancio eso de que era injusto comparar, pero comparar era la verdad. No dejaba de pensar en las frustraciones que llevaba años viviendo con Ron, los enojos constantes por su incapacidad de manifestar emociones. Sí, él se había preocupado por ella, la defendía, por sus actos mostraba quererla muchísimo. Pero Hermione comenzaba a pensar que eso no era suficiente, que quizá había estado conformándose con chispazos de actitudes más claras, más maduras. Cada que aparecía un Ron más de acuerdo con las necesidades emocionales de ella, la ilusión la animaba, hasta la siguiente desilusión. Exasperada por sus gestos de no entender y por sus explicaciones que sólo generaban más preguntas. Por eso ella decía a Harry que siempre estaba enojada con Ron, porque nunca estaba conforme con él. Y no pasaba por alto que su actitud hacia él, su no aceptarlo como era, su esperar siempre algo más y decepcionarse por no recibirlo, podía indicar que ella no era lo mejor para Ron.
En cambio, Snape.
Las mariposas en el estómago de Hermione se habían transformado en un suave calor que invadía sus sienes. Sus intuiciones, y las visiones que le permitieron conocerlo, lanzaron a Snape al infinito en la apreciación de ella. El alma de Snape era una profundidad en la que Hermione se perdía.
Y él la veía igual.
Si Snape lo callaba era a costas de un enorme esfuerzo, en razón de la misión que desempeñaba -más prolongada, terrible y mortal que la de ellos-, pero frente a sus resistencias, aquella noche en Diagon, Snape había asumido la responsabilidad de su sentir; para alguien como él, proclive a desdeñar, lleno de heridas que podían hacerlo ignorar las de los demás, admitir sus sentimientos por Hermione y valorarla, sólo pudo hacerlo por tomar en consideración el sentir de ella. Por importarle.
Lo demás, era obvio para la castaña: Sus miradas de conmoción, de confrontación y de deseo.
Hermione no tenía obligación de negar que eso le complacía. Que le gustaba inquietarlo. Ni sentía deber moral de refrenarse al hallar placentero ver el rostro y el cuerpo de Snape.
Ni con Krum, ni con Ron, había sentido eso. Ni pensó sentirlo -un poco con Krum, pues aunque Ron ya le importaba, ella había pasado por encima de eso cuando visitó a Viktor-. Mas ahora que Hermione percibía a Snape descubría un grado importante de diferencia. Era en un mundo naturalmente atractivo para ella, sugerente de poder vivir un perder la cabeza…
Incluso los conflictos de él la estimulaban. No eran de alguien que no sabía. Eran de alguien que pensaba.
—Además… ¡vistes diferente…! -exclamó Ron, con desagrado, mirándola.
Desagrado, pero no mucho. Comenzaba a experimentar celos. Hermione se miraba bastante bien. Pasó de lo que los muggles llamarían "vestir como monja" (conocía el dicho por su papá), a un aspecto más juvenil.
Nadie había cuestionado el cambio. Esa idea de Granger tuvo tan buena recepción que otras alumnas le copiaron, aprovechando un resquicio en la normativa del uso de uniformes. El nerviosismo que se colaba en Hogwarts en preguntas esporádicas: ¿Es cierto que Snape puede ser nombrado director?, podía lograr que aspectos de la vida diaria se descuidaran, bajo la presión. Por ejemplo, la puntualidad en clases se había relajado lo mínimo. Y por los profesores.
—No me gusta que vayas con Snape así -afirmó Ron, que sentía placer al verla y celos que Snape la viera igual.
—Ay, Ron, por favor, no empieces con niñerías. ¡El Murciélago no nota nada de eso…!
Él metió las manos en los bolsillos, rumiando. Como fuera, no era impositivo para tratar de prohibírselo.
—¿Cuándo te veo? -quiso saber él, enojado.
—Cuando podamos -ella respondió igual, bajando rápido por la escalera.
Y va con prisa, recriminó Ron, dando la vuelta, sintiéndose un poco lastimado.
Hermione bajó rápidamente, sumiéndose en la sombra de los peldaños. Se detuvo frente a la puerta y tomó aire para refrenar sus latidos por la rencilla con Ron y por pensar que estaba por ver a Snape. Se cubrió las mejillas, repentinamente acaloradas. Llevaba rato deseando entrar al despacho y que Snape decidiera hacer otras cosas. Hermione entendió que sí, que Snape representaba muchísimo en sus sentimientos como para permitirse esa clase de ideas. Hija mía, se recriminó, qué más, si lo menor fue decirle que duermes mal por él. Estaba invadida de egoísmo. Y emocionada por eso.
Al llamar a la puerta y ésta abrirse, mostrando el resplandor de las velas encendidas, vio a Snape detrás de la gran mesa, sentado, observándola. Vestido de negro y rodeado de luces.
Sin una palabra, habían llegado al acuerdo de que se gustaban y existía un sentimiento entre los dos.
Imposible ocultarlo, por lo que sencillamente emergió como natural en esas miradas esporádicas y algunos silencios.
Entonces Hermione tuvo un acceso de volubilidad. Pensar que nada sucedería hizo que sus anteriores emociones se desvanecieran y se preguntó qué estaba haciendo ahí, excepto perder el tiempo jugando a nada.
Entró y se dejó caer en el sillón de cuero negro que Snape había hecho traer, separada del profesor por la gran mesa de trabajo, a cuyo extremo él estaba sentado. No vaya yo a morderte, se dijo ella, sarcástica.
Enfadada, Hermione, en la penumbra perpetua de la mazmorra, sacó de su alforja el manuscrito, iluminada por otras velas encendidas a sus costados, sobre mesillas.
Snape, con un codo en la mesa, la contemplaba. Eso de tener a Granger tan cerca lo llevaba del deseo de verla, al de no verla. La luz de las velas resaltaba los cabellos castaños de la Gryffindor, cuya claridad tendía al rubio. Los conjuntos de velas encendidas a los lados del sillón de cuero resaltaban su expresión concentrada. La camisa desabrochada del cuello y la corbata a franjas, medio aflojada, combinaban muy bien con el tono de su piel. Estaba ella sola con él. ¿Cuántas alumnas habían acudido a su despacho para completar labores estudiantiles, castigos académicos? Decenas a lo largo de casi ocho años. Y con ninguna le había pasado ninguna escena por la cabeza. Es más, no recordaba ni sus rostros, ni sus nombres. Pero Granger era diferente a todas. Ese gesto voluntarioso de sus labios siempre parecía estar a punto de revelar una respuesta clave para él. Ella era diferente, mas era difícil de definir. Ahora mismo no sabía si para bien o para mal.
Seguro era para mal. Granger se recargó en el sofá y se estiró, leyendo el manuscrito con gesto indiferente. Con la postura, Snape pudo verla mejor y una suerte de embriaguez subió de sus pies a su cabeza. Granger usaba la falda gris Oxford a seis dedos sobre la rodilla, y en seguida de las calcetas también oscuras, llevaba unos zapatos de moda entre las chicas del Valle de Godric, negros, acharolados, con tacón de tres centímetros de alto y cordones de piel por enfrente. Los combinaba con la túnica abierta, como la llevaba ahora. Los tonos oscuros de la ropa resaltaban el tono claro y la belleza de sus piernas. El atuendo no era exagerado, pero el efecto era tan bueno por llamativo, que el mismo Draco, que la detestaba, admitía a regañadientes que le quedaba bien.
Con la vista en el pergamino, la castaña sentía los ojos de él, recorriéndola. La exasperación de Hermione hacia Ron se matizó con el desquite hacia Snape. Y sí, claro, pensó, enfadada, pero con cierto alivio. Lo hago para que sufras.
—He leído capítulos de análisis -comentó Granger, repasando las páginas de libro-. No me ha dado los capítulos de historia.
—Eso no concierne a lo que nos interesa, Granger. Es una fachada.
—Pero es llamativo -respondió ella-, tengo tiempo para leerlo.
—Son temas escabrosos.
—¿Y piensa que me voy a asustar?
Hermione dejó el manuscrito sobre la mesilla de su izquierda y apoyó el codo contrario en el descansabrazos. Hizo puño con esa mano y girando la cabeza, apoyó los labios en las falanges, viendo a un lado, pero sabiéndose observada de continuo. Su actitud pasó a la de un tedio matizado de disgusto. Tú quieres tocarme, tú te detienes. Si quieres sufrir, sufre.
Sin perder un ápice de su mala cara, cambió la mirada bruscamente y sorprendió la de Snape en su piel al descubierto. Apartó la boca del puño.
—¿Le gustan mis zapatos nuevos, profesor? -y sin dejar dirigirle la mirada de lado, rayana en la indiferencia, volvió a apoyarse en el puño.
Snape, que había bajado un poco la cabeza y observaba a la castaña con mirada entrecerrada, experimentó la tentación de recorrerla nuevamente con la vista, pero se encontró sujeto al efecto hipnótico de la mirada de Granger. Ese leve entrecerrar, que rozaba más sus pestañas.
Arriba, algunos se preguntaban: Granger llevándose bien con el futuro director, ¿a dónde llevará eso?
Snape la miró de arriba abajo, hasta volver a los zapatos. Zapatos de bruja, pensó.
La visión de los zapatos acharolados y de cordones que llevaba Granger, generaron una sensación desconocida en Snape. Era como si… como si los novedosos zapatos de Granger fueran parte de ella. No… como si fueran ella o le confirieran un poder invisible: Sus piernas, sus caderas, su cuello, el resto de su cuerpo, incluyendo su mirada fría y entendida… Una idea extraña, a la que no se entregó; sin embargo, volvió a admirar la piel blanca, un poco rosa, que subiendo por sus rodillas se perdía, en curvas, en el secreto de su falda…
Snape volvió a la mirada de Granger: Fija en él, a dos pasos del reproche, pero a uno del enfado. No ver su boca, por ocultarla en sus dedos, intensificaba la expresión ambigua, aunque su leve denegar con la cabeza le fue claro. Ella le decía, en recriminación: Me doy cuenta de todo lo que te pasa.
—No me mira los zapatos, profesor Snape.
Él buscó desviar la conversación:
—Debe prepararse, en unos días iremos…
—A Infinity Manor -ella se descubrió la boca y la volvió a cubrir con su puño.
La interrupción molestó a Snape.
—Y ahí podrá…
—Lanzar el hechizo -ella repitió el gesto, cortante.
Snape puso los codos en la mesa, y muy lenta y marcadamente estiró los dedos, entrecruzándolos. Al terminar, él ocultó sus labios tras sus manos y le dirigió una mirada sulfurada.
—Una vez ahí…
—Finalizaremos y no volveremos a vernos.
Snape se levantó violentamente de la mesa. Dio un fuerte golpe con ambas manos que removió unos calderos y furioso, apretando los labios, fue hacia ella a zancadas. Hermione no se movió un ápice, siguiéndolo con la vista, con su mismo gesto fastidioso.
Él manejaba perfecto sus emociones frente al señor Tenebroso, pero Granger era un problema de otra magnitud. El Señor Tenebroso no le gustaba. Diez minutos con Granger en estas condiciones eran un martirio. Mayor con esa forma de castigarlo desde el sofá, donde la había puesto para no tenerla tan cerca, como último recurso que ella había saltado sin moverse.
Llegó en cuatro zancadas veloces. Ella lo vio llegar, indiferente. Inclinándose en el sofá, Snape puso sus manos en los descansabrazos y se acercó mucho a Granger, quien viéndolo a los ojos recargó la cabeza en el respaldo, sin alterarse, extendiendo los brazos hacia afuera del mueble, estirándose más. Recargada, sus rizos claros crearon un marco a sus facciones bien dibujadas, mirando a Snape a los labios.
—¡Sí! ¡iremos a Infinity Manor! -susurró él, furioso- ¡No puede evitar su deseo de controlar, de ser la primera en todo, tanto que, aun cuando se llegara a graduar, lo que dudo mucho, querrá ser la primera de la casa donde viva, la primera de su calle, la primera vecina!
Inclinado, mechones de Snape cayeron sobre su frente.
—¡Iremos, esto terminará y me veré libre de usted, Granger! ¡No tendré que sufrir más su presencia!
Hermione, con sonrisa que despuntaba, satisfecha, se removía muy en corto, arrellanándose en el sillón, sosteniendo la mirada en la boca de Snape.
—¡Y así no tendré que atender nunca más a uno solo de los incompetentes Gryffindor! ¡La peor Casa de Hogwarts! ¡No debería ser llamada Casa!
Snape tenía los pies a los lados de las piernas de Hermione, quien tenía el cuerpo extendido por debajo del cuerpo del profesor. Las orillas de la capa de él, rozaban las piernas de la castaña.
El aroma natural del rostro bien proporcionado de Granger invadió a Snape, más aquel perfume suave de naranjos en sus cabellos. La ira de Snape osciló entre los ojos cubiertos por las largas pestañas y los labios levemente sonrientes de Granger, que asentía lentamente, sin detenerse, como dándole la razón en todo, cuando él siguió:
—¡Gryffindor, la peor Casa de Hogwarts, la llena de problemas, a donde van los peores, usted está perfecta ahí! ¡Daré las gracias a Merlín cuando deje de verla, Granger!
Por el deseo de ser maliciosa, Granger lo miró a los ojos y su sonrisa ensanchó un poco más, aproximándola a la boca de Snape.
Snape, al sentir que con un movimiento podía besarla, perdió la convicción de la ira, estupefacto, pero aun furioso, removido por aquella sonrisa que lo sacudió, entendiendo el juego malvado de ser provocado.
Hermione lo hizo para que él revelara cuán atraído se sentía por ella. Hizo esto para que él dejara de simular. Su enojo al entrar al despacho se lo sugirió. Lo provocó, lo enfadó, lo dejó acercarse y una vez ahí, sumisa al soportar las palabras de él, lo silenció con una sonrisa y su proximidad física, para que el mismo sintiera cuánto la deseaba. Le mostró que no era la más lista de Hogwarts porque leyera mucho.
Y si se trata de poner motes, a ella le quedaba el de Sabelotodo de Snape.
El efecto en él fue un relámpago en su espalda. Bajó más la vista por el cuerpo extendido de la chica debajo de él, con los rizos enmarcándole el rostro. La expresión de la castaña, donde le dejaba ver que le hizo una jugarreta, fue más atrayente para Snape que ella le hubiera propuesto en realidad. Granger fue para él era una estatua de carne y hueso maravillosa, maliciosa, poseída de lujuria y astucia. Sus cejas casi rectas, los ojos alargados, la nariz perfecta, las mínimas pecas en las mejillas, una sobre sus labios, provocó que el parpadeo de Snape se volviera errático, perdido al explorar sus rasgos, un poco más cerca de las facciones de Hermione.
Inclinado un poco la cara a un lado, se perdió en la contemplación de los labios rosa oscuro de Granger. Y descendió hacia ellos. Hermione lo esperó.
A punto de besarse, Snape se incorporó, exhibiendo una pasmosa indiferencia.
—Prosigamos con el ejercicio, Granger. Estoy a punto de entregarle lo que se conoce como un Símbolo Conjurado.
Hermione se enderezó, con las manos en el asiento cuando él se alejaba unos pasos. Esto no se iba a quedar así.
—¡Vamos, profesor! -rio, burlona, viendo a un lado y luego a él- ¡Esto sólo es un juego! ¡No se lo tome en serio!
Snape ya no era el de su época de estudiante. Posó un puño en la cintura y alzó el otro antebrazo hasta su tórax, con gesto de extrañeza.
—Usted nunca podrá acusarme de tomarla en serio, Granger.
Hermione contraatacó. Su rostro y postura, su mirada sarcástica y la sonrisa, transmitían bien su intención hiriente.
—¡Lo veo reaccionar mal, profesor Snape! -afirmó, condescendiente, con ironía desdeñosa- ¡Parece que lleva escrito en la frente lo que nos sucedió! ¡Supérelo! ¡A mí no me importa esa anécdota!
Snape se encogió de hombros, acentuando su menosprecio con una semisonrisa.
—Honestamente, no creo que me supere en despreciar ese momento.
—¡Sin duda estoy más desilusionada que usted! -se mofó ella- ¡Sólo espero que terminemos el conjuro para que cada quien siga su camino!
—La felicito por estar de acuerdo conmigo.
No había un gramo de verdad en las palabras de ambos. Las agresiones no eran más que una forma de liberar la tensión de haber estado a punto de besarse.
—¡Y yo a usted, se lo digo de corazón! ¡Hasta el final seguimos de acuerdo en que esta mazmorra es su sitio en la vda!
—Me alegra que sea todo por hoy -sonrió Snape-. Retírese, Granger.
—¡Qué alivio, no tiene qué decírmelo, es mi mayor deseo! -rio con un suspiro de alivio, tomó tranquilamente sus pertenencias y sin más, fue a la puerta.
Al abrir ella, Snape le dijo.
—Pese a este momento constructivo, me temo que deberemos vernos mañana, a esta hora.
Hermione volteó a él, con un apacible desdén en su boca y en sus ojos un terciopelo de reproche, en voz más baja:
—¿Y se supone que eso me debe hacer feliz?
—Le ruego encarecidamente, que no.
—No tiene que rogarme, lo detesto con la mayor facilidad.
—Igualmente -él se acomodó las mangas-. Es bello que en esta vida, ciertas cosas nunca cambien.
—Usted es quien nunca cambiará.
Se oyó una risa burlona de ella al cerrar la puerta y subir por los peldaños.
Oyéndola subir, Snape se pasó dos dedos por la frente, con una sonrisa a medias. Luego apoyó las palmas en la mesa de trabajo y alzando el rostro aspiró, exhalando en un largo suspiro: Flotaba en el aire el aroma de naranjos del cabello de Granger.
Hermione puso cara de pocos amigos hasta que emergió de la escalera y regresó al nivel de superficie del colegio. Se sentó en un arranque de arcos, de cara a uno de los patios, seria y viendo sin ver, los pergaminos que cargaba. La tarde corría plácida bajo nubes brillosas, otros alumnos iban y venían. Pero en los labios de la castaña aquel sol era lejano, y ella permanecía en su claroscuro de rebeldía.
Enfurruñada, apoyó una mejilla en una mano.
De improviso, Harry se sentó a su lado.
—Hablemos, Mione.
—¿Hablar? -respondió ella, poniendo mala cara y sin ver a Harry- ¿Sobre qué?
Él no la vio salir de la escalera. No relacionó por quién podría ella estar así, excepto a causa de Ron, quien la contara hace un rato su desaguisado. Al pasar y verla sentada, Harry reconoció su talante.
—Estás en un problema o tienes una preocupación -afirmó él-, puedo notarlo. Es reciente. Creo que npo tiene relación con la información que buscas de Snape. Confía en mí, tal vez pueda ayudarte. Si no puedo hacerlo, sí puedo escucharte. Si me permites, hasta puedo darte una opinión.
Hermione rio sin ganas, alzando la cara.
—Mione, por favor, dime si estás preocupada o enojada -insistió él, un poco inquieto por esa reacción-. Confíame tus pensamientos.
Sonriendo, pero con los ojos repentinamente entristecidos, Hermione negó con la cabeza, atendiendo a los pergaminos en sus piernas.
—¿No confías ya en mí? -insistió él- Nunca he sido de inmiscuirme en tu vida, sea lo que fuera no le contaré a Ron, pero pienso en la importancia que para ti puede…
Hermione lo interrumpió, sin apartar la vista de las páginas llenas de la letra de Snape, frunciendo el entrecejo, en un susurro que fue su mayor confesión, a la luz del sol:
—Pienso en desear lo que no se puede tener, Harry. Pienso en sorprenderse por desear lo que nunca quisiste. Pienso en recordar lo que nunca pensaste y pienso en perseguir aquello de lo que huías. Es decir, pienso en imposibles. Y pienso en que no dejo de pensar en que cambiaría todos mis pensamientos por un solo momento de contacto real. Pienso que podría vivir el resto de mi vida sabiendo que recuperé, por un momento, esa realidad fantástica. Que aunque lo tuve en otro mundo y lo perdí, fue todo mío, de nuevo, por un instante. ¡Pienso en…! -la voz se le quebró.
Tal vez rebelde, tal vez nostálgica, Hermione se levantó. Al alejarse ella, cortando la posibilidad de comunicación, Harry se dio cuenta que su amiga del alma había cambiado… No únicamente por sus palabras, con las que entendió que estaba enamorada de alguien que no le correspondía… Había cambiado porque no estaba enojada y entristecida. Estaba enojada y enardecida. Era un matiz como nunca le vio con Ron. Con éste, los reclamos y enojos de Hermione eran un monólogo, o tener un interlocutor sólo porque el buen Ron estaba ahí. Pero este modo de expresarse y de sentir, era más. Era por una persona que le provocaba otras sensaciones, una persona más compleja que le generaba emociones más complejas o más intensas y que a ella le gustaba muchísimo más.
Harry sintió que perdía a su amiga, lo sintió por su manera de hablar, de dar por terminada la conversación, su no confiar en él, por su forma de caminar al alejarse: Su soltura de movimientos, su aplomo.
Y su voz. En la voz de su más preciada amiga había un tono nuevo, de un mundo a donde su amistad no llegaba, donde la amistad desaparecía ante la dimensión de nuevos intereses en ella, de otras motivaciones. De nuevas sensaciones. De otros sentimientos, que ni él, ni Ron, sabían cómo sentir.
—No me pasa nada, Harry -afirmó, neutra-. Debes dejar de preocuparte. No me preguntes de nuevo.
Y fue la última vez que tuvieron una conversación sincera.
