En su despacho iluminado por bloques de largas velas, de espaldas a la puerta, Snape observaba el cuadro en forma de vitral que colgaba en una columna, entre los estantes con frascos que guardaban componentes de pócimas.

Su rostro era inexpresivo. Solamente sus ojos mostraban sus emociones.

Y solamente Granger podía darse cuenta.

¡Cómo no iba a darse cuenta! El vitral mostraba a una mujer vestida de túnica de colores, llevando en una mano una llave maestra, y en la otra, la varita. Con un caldero humeante detrás y un sol encima, era la metáfora del arte de hacer pócimas, con su poder de abrir puertas... Pócima o "hacer hervir"… De ese mismo modo, con su sonrisa igual a una llave maestra, Granger abría las puertas de él, con facilidad diáfana. ¡Cómo Granger no iba a darse cuenta, a través de la mirada de Snape, que ella hacía hervir sus emociones! Granger creaba una pócima con los sentimientos de los dos.

Snape sentía los efectos de tal brebaje de pensamientos y caricias. Ese mediodía había vuelto a Hogwarts y sin demora envió una lechuza a la Gryffindor, para pedirle que bajara a verlo.

No fue para evaluar el avance de la castaña con el conjuro. Tenía enormes deseos de verla. Era una necesidad. Le hacía falta llenarse los ojos con ella. Necesitaba volver a escuchar su voz risueña.

Necesitaba sus ojos. Sus manos.

Ella no demoró mucho. Con naciente emoción él escuchó los pasos veloces en los últimos peldaños. Sintió que cumplían una promesa. Granger bajaba por la escalera como un ave rodeada de un perfume que la precedía.

El llamado a la puerta fue seguido por el inmediato pase de Snape. La puerta se abrió en página de libro de magia, de fórmulas mágicas, un grimorio donde Snape encontró la composición que buscaba: Hermione le sonrió en el umbral. Ese gesto que hacía Granger, de labios no apretados, sino juntos, de complacencia.

Granger bajó la vista, y su sonrisa se convirtió en un gesto de satisfacción. Como llevaba su nuevo uniforme, inquietante para él, y se había peinado especialmente los rizos para verlo, se percató que él notaba su arreglo, admirándola.

Granger entró con paso vivo y su sonrisa dirigida a él.

La puerta se cerró, pero el grimorio siguió abierto en los deseos de Snape, a la orilla del mar… Él le extendió una mano con la palma hacia arriba. Hermione lanzó la alforja con sus libros y libretas sobre el sofá negro, yendo hacia Snape rápida, con sonrisa de alegría, extendiendo los brazos con las manos abiertas.

Él recibió las manos frescas de Granger, y la alzó, abrazándola.

Ella le pasó los brazos por el cuello. Se dieron un largo beso, amoroso y sediento rodeados por la luz de los serenos fuegos.

—¡Granger…! –Snape aspiró el aroma de sus cabellos claros, respirando con alivio.

—¡Te extrañé terriblemente! –afirmó ella, apretándose, con los brazos en torno de la nuca de él, no buscando saber, sino deseando oír– ¿Tú me extrañaste?

—Te vuelvo a ver –dijo él–, y es como si volviera a respirar.

Sin soltarla la llevó al sofá, donde se sentaron de costado, frente a frente.

Un poco inclinado hacia ella, Snape bebía la sonrisa de Hermione, que descansaba la mejilla en el respaldo, contemplando el alegre marrón de su mirada emocionada.

—Granger…

—¿Sí?

Snape no sabía qué atender: Si los brillantes ojos de la castaña, sus rizos peinados para agradarle, la textura de su boca sonrosada. Él admitió:

—Entre más pasan los días… Menos puedo estar sin verte…

—¿Lo crees?

La sostuvo del mentón, dándole un beso en los labios bermellón, aspirando el aroma de Granger.

—No lo creo… Lo sé… Lo siento crecer –recorría sus facciones- ¿Sabes? Siento… que te veo donde voy… Me sorprendí sintiendo que te hallabas detrás de cada sitio donde me presentaba: El paisaje, el cielo… Te presentía en todo, como si cada paisaje fueras tú… Como si tu fueras las luces de las ventanas en las casas anónimas, y fueras el aire de la noche, y fueras las luces en las calles y las estrellas en el firmamente… O era que los percibía vivir, por ti. Sabía que la vida vive, por recordarte. O por llevarte connigo.

Ella le enmarco el rostro firme con ambas manos y lo besó en la boca, suspirando largamente.

El profesor de DCAO la besó con igual necesidad, envuelto en los brazos y el perfume de Hermione. Fue una caricia largo, de necesidad. Snape lo finalizó con un leve beso en los labios de la castaña.

Ella le sonrió, alegre y melancólica:

—¡Creo que me has extrañado tanto como yo a ti…!

—¿Tanto, o más, Granger? Es que no sabes cuánto te he recordado. No sabes cómo he anhelado verte de nuevo cuando caminaba el camino de árboles y heladas estrellas. Deseé dejar todo, por un segundo de vuelta junto a ti, en el espacio que podemos compartir.

La castaña se sentía tocada en el alma. Abrir la compuerta del corazón de Snape era dejar salir un mundo. Y rodeado por ello, como nunca antes se sentía comprendida y escuchaba un lenguaje que sabía hablar, y de ahí le parecía que conocía a Snape desde hace mucho. Porque hablaban el mismo idioma.

—¡Severus! –le puso una mano en la mejilla, sonriéndola– ¡Y yo, yo quería decirte lo que pensé ayer que no te vi! ¡Y tú me robas las palabras de la boca, y haces que olvide las mías!

Hermione no era consciente de todavía otra situación y era que para Snape ella se convertía en encantadora maravilla. Su presencia junto a él; la certeza de que ella podía quedarse un poco más. La manera de trabajar juntos. El dibujo de sus hombros, el tono de su piel. Esta cercanía, en el sofá. Sus gestos intensos al hablar. Eran rasgos que la castaña no percibía. Enfocada a mostrarle sus sentimientos, Hermione no se percataba de la importancia que cobraba para Snape, sencillamente por ser ella.

Hermione tampoco se percataba de su belleza a la luz de las velas, ni cómo su cabello combinaba con el ardor de los pabilos encendidos, ni de algunas de sus sonrisas coincidiendo con destellos ocasionales de las velas. Ella tampoco notaba –pero Snape sí– su gesto codicioso al pasar los dedos por un borde de la capa de Snape; el constante amanecer de sus ojos cuando al hablar, iba del cuerpo de él, a la boca; del marco sedoso que sus rizos daban a sus facciones; no se daba cuenta de que poco a poco entraba más en Snape. A él le ocurría semejante. Parco, contenido, torturado, aun con las decisiones que había tomado sobre no negarse a lo vivido con Granger, no se percataba del aura que tenía para ella. Iban entre descubrimientos, apoderándose de ellos al hablar, al tocarse. Y así, tersamente, entraban a una dimensión en la vida del otro a donde están sentenciados los que se aman: Al apasionamiento.

Y el inicio estaba más cerca de lo que pensaban.

No se deban cuenta en estos minutos antes, porque la corriente de sus pensamientos y emociones los conducía poco a poco, pero existían otras fuerzas que los acercaban. El tono de confidencia, la necesidad de ocultarse de los otros, el placer renovado de verse. El aguijón de gustarse y estar sentados tan cerca.

—Cuando me enviaste la lechuza, estaba a la mitad de tu capítulo sobre la profesora Sádicar –sonrió ella–. Usaba muy bien su inteligencia para la maldad. Es una lástima que no pueda seguir leyéndolo. ¿Es verdad que el piano se encuentra en la Sala de Menesteres?

—Sí, ahí está. Hace dos años fui a comprobarlo. Está bañado de serrín, en un embalaje transparente, para que nadie pueda tocarlo directamente y hacer la conexión.

—Me preguntaba si había antepasados míos o de otros Gryffindor en el libro.

Snape también se recargó en el respaldo del sofá, viendo hacia el vitral con una sonrisa un poco torcida.

—No los hay. En 1855 existió un profesor McGonagle, de Ulster. El apellido es una forma antigua de «McGonagall», pero no he podido investigar si es la misma rama de la familia de Minerva.

—Y digame, profesor estricto, ¿nunca se le ha ocurrido hacer nada como esos personajes?

Pensó que Snape se indignaría o haría un gesto despectivo o burlón ante la idea. En cambio, Hermione se sorprendió muchísimo cuando él llevó la mirada abajo, a un lado; repentinamente grave, susurró, reflejados en sus ojos, el fuego de las llamas de las velas:

—He tenido algunas…. ideas.

Sonriendo desconcertada, la castaña parpadeó rápidamente, alzando un poco las cejas:

—¿… ideas…?

Snape no perdió el tono pensativo. No notó que la primera pregunta de Hermione fue de juego. Ella había pulsado alguna cuerda muy escondida de él, que lo sumió en una reflexión. Añadió, cual si fuera un tema grave e importante.

—Algunas… ideas, sí –el tono fue un poco sombrío–. Ciertos juegos. Hechizos hipotéticos. También usando las posibilidades de Infinity Manor y sus viajes por el tiempo.

Atónita, divertida y repentinamente interesada, Hermione soltó una risa que se cortó al nacer, quedando como exhalación sorprendida. ¡Tiene fantasías eróticas!, se dijo sorprendida porque, pese a saber que él las tuvo con ella, lo que él acababa de decir era vislumbrar un mundo nuevo. Significaba que no con ella, sino en general había dedicado algún tiempo a pensar en temas como los descritos en su libro. Vaya con el profesor Snape. Y entre lo divertido que le pareció, también experimentó una gran curiosidad por saber cómo pensaría él en esos temas. Qué inventaría y cómo lo haría.

Conservando la seriedad, Snape dio trazas de llevar sus pensamientos por otros rumbos, porque su mirada cambió. Bajó la cabeza, tomando una mano de Hermione, llevándola a la altura de su tórax. Acarició la mano de la castaña con los dedos, repasando las falanges, estudiándola. De improviso volteó hacia ella:

—¿Qué es esto, Granger, lo sabes tú? ¿Sabes tú por qué un sólo día de no verte, me pesa tanto? ¿Por qué saltas tan fácilmente mis murallas? Tú descubres como nadie, lo que a nadie más demuestro. ¿Por qué tienes esa llave? ¿Dónde la encontraste, es que acaso me la hurtaste? Tomaste la llave de mi silencio cuando yo pasaba por las tormentas de los mares hostiles. Oculté tan bien esa llave durante tanto tiempo, la escondí tan bien, que olvidé dónde la relegué. Y tú la tomas, rescatándola del olvido.

—Quizá lo intuyo –respondió, oprimiendo su mano.

Snape asintió, sin dejar de contemplar la mano de ella.

—No me has dicho lo que pensaste ayer.

La castaña lo miró con especial interés. Se acordó, pensó, ella, malacostumbrada a que sus sentires profundos no fueran atendidos. A expresar una necesidad y ser vista sin entenderla. Hace rato ella había dicho algo importante para ella y, aunque el reencuentro pareció dejarlo atrás, Snape no lo olvidó.

Hermione su acercó más a él, tomándole los dedos a medida que le contaba lo pensado el día anterior: Lo importante que él se volvía para ella, cómo valoraba su forma de comunicarse, la percepción de su afinidad, la convicción del aprovechar la oportunidad de haberse conocido, cómo lo había esperado el día de ayer, el valor que confería al presente; le habló superficialmente de la situación con Harry, pero de cómo ella no se retractaría.

—Es posible que sea necesario mantenernos en secreto –aceptó ella–, pero no me arrepiento, ni voy a asustarme –aseguró–. Y no pido que lo que tengo contigo sea para siempre, pero sí espero que mientras estemos juntos, el tiempo cuente.

—Hablas de lo que yo también pienso –aseguró él–. Quiero lo mismo que tú. Está bien, Granger.

—Hay algo más… -ella se sonrojó un poco.

Había algo más. Aquello flotaba en el aire. No le afectó que Snape no lo hubiera tratado, pues sabía que él podía contenerse. Pero para ella se trataba de experimentar la vida y sus sentimientos.

—Dime -pidió él, dándole toda su atención.

—Nos hemos…. Nos hemos besado... –aventuró ella–. Tú… sabes que para mí ese paso no era fácil de dar… Sólo pudo ser algo como esto lo que me…

—Lo sé –asintió–. Es una razón de que sea tan importante para mí, también.

Frente a frente en el sofá, se acercaron más, cobrando un aire más íntimo, cercano y confidencial. Ahora que no tenían necesidad de reprimirse, sino llenos de la necesidad opuesta, de mostrarse, sin barreras, estando en la oportunidad de mostrar abiertamente sus deseos, el accidente de la Legeremancia se convertía en una posibilidad real. De hacerlo real. Una curiosidad de saber si la realidad podía ser tan buena.

Hermione recargó el mentón en un hombro de Snape, como invadida por una leve timidez. Él percibió el calor de la mejilla de la castaña contra la suya, el breve temblor de los labios de ella:

—Creo… que debemos hacer lo que nos nazca… Todo lo que queramos. ¡Oh, Severus, es la primera vez que por mis sentimientos nace en mí esta… convulsión! Me ha gustado mucho cómo nos hemos besado. Tengo una… necesidad tremenda de sentirte un poco… No me animaba a decírtelo, pero ahora que te vi… -frotó suavemente su rostro contra el de Snape; soltó un leve jadeo que en él le provocó un escalofrío de placer; ella bajó más la voz- No tiene que ser todo… Puede ser… un poco…. Sentirnos, Severus… Sentirnos un poco, nada más, sentirte… Te necesito, te necesito, eso es todo… ¿Te pasa lo mismo que a mí? –su voz fue un poco insegura.

Snape vibró por esa sugerencia sensual, pronunciada con ese aire de candor y el calor de la mejilla de Granger. Snape se crispó suavemente y de forma involuntaria apretó la mano de la castaña, con súbita ansiedad. Las velas lanzaban su luz cálida. Snape entrecerró los ojos, oprimiéndose un poco contra la mejilla de la Gryffindor:

—¡Claro que me pasa lo mismo…! Yo también… te necesito, Granger… Claro que necesito tocarte… Pero no quiero hacerlo, mientras tú no lo quieras… Me preocupa… No quiero que pienses que soy un patán…

E iba a añadir: Y no sé muy bien cómo manejar estas situaciones.

No obstante, tenía claros sus deseos. Lo que Granger le significaba, le pedía expresarlo de otra manera.

Giró a ella y dio un beso en la mejilla sonrojada de Hermione, sintiendo sus rizos y cómo el breve calor de su mejilla intensificaba su perfume natural; aquel aroma de naranjos de sus cabellos. El frio, grave y taciturno Snape comenzaba a sentirse llevado cada vez más por el encanto de la castaña.

—Granger, cada día que pasa… te vuelves más importante para mí -le dijo él, en voz baja-. Mírame, por favor.

Recargada en el sofá, ella le dio sus labios. Snape se inclinó en la boca encarnada, entre la cascada de rizos que lo trastornaban. Bajo sus párpados cerrados, Hermione devolvió los besos que le dio Snape, de frente, después en varias pequeñas parte de los labios, haciéndose más apremiantes, más llenos de suspiros cuando las caricias se intercambiaron, más apretadas, sin separarse, rozándose los labios apretadamente, acariciándose con aquel frote, sus respiraciones apresurándose.

—Tócame –le dijo Hermione, en los labios-. Tócame, Snape. Tengo tantos deseos de que me toques.

En el siguiente beso entregaron sus bocas plenamente. Snape la rodeó con los brazos atrayéndola a él y ella le posó una mano en la mejilla.

—¿Temes? –le preguntó ella– ¿Temes lo que podrían decir?

—No temo absolutamente nada, de lo que dijera absolutamente nadie.

Escuchando el rumor de los pabilos encendidos, Snape le acarició la espalda y el talle, y la castaña, los brazos y los hombros.

Hermione y Snape intercambiaban miradas arriba abajo. La castaña tenía una mirada lánguida y un gesto de lujuria en los labios juntos, acariciando a Snape, observando sus labios. Snape era más serio, pero la voluptuosidad se le notaba en la forma que tomaban su boca -ese rasgo posesivo rayano en la crueldad- y en que sus ojos se encendían. Con eso, él le hacía promesas. Aquello gustó a Hermione: No ocultar nada, vivirlo intensamente.

Hermione soltó un suspiro o jadeo cuando Snape la atrajo sobre él.

Luces y sombras. Luces y sombras en el despacho de pociones. Luces y sombras entre los dos.

Ella se colocó a horcajadas, con las palmas en los hombros de él. Las flamas de las velas se removieron cuando Snape le acarició el suave rostro con ambas manos, y las descendió por sus hombros, los brazos, por el talle de Hermione, hasta las caderas, que estrechó. Llevando la vista más abajo, considerando que ahora era posible, que era adecuado, se dio cuenta que sus sobresaltos de días anteriores por el nuevo uniforme de Granger habían sido minucias. Lo que sintió ahora fue mayúsculo: Con la postura, la falda de Hermione se había remangado hasta arriba de sus blancos y torneados muslos, que resaltaban en la prenda gris, la túnica, la ropa de Snape y el sofá de cuero negros.

Snape llevó las manos a las piernas de Hermione, encontrando su tacto de terciopelo y la frescura de su piel clara. Un instinto, la naturaleza, lo trastornó por ver las rodillas de Granger separadas, tocándole los costados.

—Eres hermosa… -murmuró Snape, acariciando sus largas piernas- Eres fantástica…

Llevado por una necesidad, la atrajo más hacia sí, hasta quedar en contacto donde deseaban sentirse.

La calidez de Granger en el suave cuenco entre sus muslos, tocó a Snape, invadiéndolo, estremeciéndolo.

Snape vibraba. Tenía el cuerpo de Granger completamente recargado contra sí. Snape, perdido en la humedad de un beso, sintió el contacto de los breves senos de Granger contra su tórax, su plano abdomen contra el suyo, el sugerente toque de un cuenco entre los firmes muslos de la Gryffindor y el roce de sus piernas, seguidas de las calcetas y el repentino roce de sus zapatos de bruja.

Y la calidez de Granger contra su rigidez. Ella lo sintió crecer, con una mirada de delicada comprensión. Snape no podía resistirse a lo que estaba sucediendo. No había cómo. Era una locura. Una locura tanto lo que ocurría como el resistirse. Y buscar lo casual nunca estuvo estaba en el carácter de Snape. El profesor de pociones, de DCAO, el futuro director de Hogwarts por mano enemiga, volvió a sentir que debería marcharse, pero se prometió que no usaría a la chica, no le mentiría con lo que sentía. Y aunque pudieran hacer más, tenerse más, la respetaría.

Colocándole las manos en la nuca, ella se hizo atrás, sonriéndola, invitándolo a admirarla una vez más. Snape recorrió su cuerpo con la mirada, pasó suavemente las manos por los senos de Hermione, las elevaciones enmarcando su corbata a franjas haciéndola exhalar un suspiro.

Frotó otra vez, suavemente las piernas de la castaña, encantado con su piel suave, fresca. Incitado le dio un beso en la mejilla.

Sintiendo entre sus piernas la crecida zona de él, donde ella lo apretaba y a cambio ella obtenía una presión y roce constantes en varios lugares, Hermione, dejo escapar un jadeo, moviéndose lentamente atrás y adelante, así como se mecían las llamas de las velas.

Snape sosteniéndola de las caderas, y Hermione con los brazos extendidos y los antebrazos en los hombros de él, se mecía suavemente, gozando con aquella fricción.

Lo besaba y se hacía atrás nuevamente. De pronto, la castaña abrió la boca de sorpresa, enrojeciendo súbitamente con un rictus en los labios, en una protesta gozosa y súbita.

¡OH…! –gritó.

Snape pareció ni darse por aludido.

Lo sensación la obligó a moverse un poco más rápido. Ella lo interrogó, sacudida, imposibilitada de detener el movimiento de sus caderas al preguntarle:

—¿Qué… Qué fue eso?

Con mirada intensa, Snape tampoco respondió.

Estupefacta, Hermione presintió que sucedería otra vez. Estaban vestidos, pero tuvo una sensación… Una sensación repentina, imposible si no la hubiera experimentado, como si…

—¿Qué te ocurre? .peguntó el con extrañeza, claramente sabedor de lo que pasaba.

—Severus, siento… -sin poder para sus movimientos, se colocó una mano en la frente- De pronto sentí que no tenemos ropa…

Ocurrió nuevamente. Hermione tuvo la sensación tremenda de que sin enlazarse, sin unirse a Snape, sus labios sonrosados y húmedos se deslizaban, directamente, piel contra piel sobre la rigidez de Snape, a lo largo.

A horcajadas sobre Snape, movida por él atrás y adelante, la castaña volvió a gritar, sorprendida, arqueando la espalda.

¡Oh…! –soltó otro grito, crispada, y ahora fue Snape quien la movió por las caderas, más velozmente.

—Nada ocurre –jadeó él–. Compruebalo por ti misma. Mira.

La castaña, confundida por el placer, miró hacia abajo, contemplada por Snape, a quien no supo que por hacerle caso en eso, le dio una idea. Y él se prometió llevarla a cabo cuando pudiera.

La castaña sentía las manos de Snape acariciándole los muslos, vio las manos cuadradas de él en sus piernas, su blanca ropa interior, moviéendose contra la ropa negra de él.

—¡Esto lo haces tú! -protestó, asombrada- ¿Cómo lo… Oh! ¡Oh, por…!

El grito de la castaña se oyó como un sollozo que le hizo curvar la espalda. Esta vez la sensación no se detuvo. Jadeando, Hermione juraría que nada los separaba, que la parte más íntima de su cuerpo estaba en contacto directo con la de él, no unidos, sino deslizándose a la largo. Sacudida por Snape, con la mirada perdida, no logró negarse a que él la moviera... Experimentó un poco de vergüenza por llevar la falda casi en las caderas. Snape no dejaba de verla arriba abajo. Llevaba las manos a los hombros de ellas, a sus senos, al talle y recorría sus muslos.

El contacto fue tan enervante que el color subió a las mejillas de la Gryffindor. El placer ascendió desde su bajo vientre. Snape la tomó por las caderas, balanceándola atrás y adelante, para que ella lo sintiera en su tensa extensión. Mareada, Hermione arqueó a la espalda y la nuca, apoyando las palmas en las piernas de él.

Oh, Severus, Severus, oh, por el amor de… oh, por el amor de…

Pese al intenso movimiento, Snape fue delicado al atraerla por la espalda hacia él, susurrando, sedienta:

—Dame tu boca… dámela…

Al atraerla, él se movió un poco hacia delante, de manera que por un momento, una parte de su rigidez rozó un diminuto botón íntimo de ella, haciéndola lanzar un grito.

Ella lo besó, frenética, y percibió un parpadeo en las velas, rápido y fuerte, tanto como para semejar la sacudida veloz de un relámpago sin trueno.

Snape la soltó. Colocó los brazos en los descansabrazos del sofá, cerrando los ojos, deleitándose por el roce delos labios de Hermione, y en la boca de él un gesto casi fiero.

Hermione se acopló. Muy pronto ella movía sus caderas con un gesto voluptuoso en los labios, observando a Snape, en el despacho… en…

Las mesillas de velas encendidas a sus costados se rodearon de una mayor sombra. Se agitaron por un viento al aire libre.

Se acariciaban de aquel modo en un páramo gris, extenso, donde los árboles eran negras sombras de ángulos quebrados, donde cuervos negro azul volaban o se posaban en las ramas. El cielo no era cielo, sino un infinito negro en forma de cúpula tachonado de estrellas rojas.

Eran árboles antiguos pues sus formas intrincadas recordaban, lejanamente, los trazos de los jeroglíficos egipcios, árboles que daban frutos nocturnos de cuervos.

La chica, ruborizada, con los ojos cerrados, lo tomó de los hombros, moviéndose atrás y adelante para darse aquella fricción sugerente y placentera, que la conducía en marea ascendente. Sí, estaban vestidos, pero la sensación en su intimidad no era ésa. Estaban en contacto directo. Hermione no podía pensar.

—Continúa –le susurró él, casi en ronroneo- ¡Continúa…!

Sacudida como por electricidad, Hermione soltó un grito.

El aviso fue en su bajo vientre, pero veloz subió por su columna, llegó a los senos en ondas que recorrían su cuerpo, aumentando sus impulsos.

Hermione le pasó los brazos por el cuello, recargando la frente en él, quejumbrosa.

—Severus, siento… creo que voy a…

—Está perfecto –asintió él, jadeando-, no te detengas, sigue…

Hermione lo tomó de la nuca con las manos, apretándolo, al tiempo que soltaba un agudo ¡OH..!

La tensión de Granger alcanzó su límite, recorriendo el camino final en un río que llenó el cauce en un segundo… convirtiéndose en un estallido potente, en una explosión entre sus muslos en marejadas que le hicieron gritar, arqueando la espalda hacia atrás

Los cuervos levantaron el vuelo en cientos de alas que ascendieron junto con el estallido de Hermione, en oleadas desquiciantes. Snape se quedó quieto, mientras ella se apretaba contra él, convulsionándose entre gemidos.

Hermione no vio más, excepto las estrellas delante de sus ojos.

Te adoro, Granger… -susurraba Snape- Te juro que te adoro…

Jadeando, con resuellos, la castaña redujo un poco el vaivén de sus caderas.

En la oscuridad, las velas volvieron a encenderse, iluminando el despacho en un susurrar que acompañó a loa suspiros de Hermione, recuperándose.

Escapándosele resuellos, la sonrojada castaña se recargó contra él, preguntándole en el cuello:

—…, ¿y tú… y tú…?

—Ha sido maravilloso verte y sentirte. Es igualmente satisfactorio –le susurró al oído.

Pasaron mucho rato abrazados de esa manera.

Snape se giró a un costado, colocando las piernas de la castaña muy juntas, sobre las suyas, acomodándole bien la falda gris, quedando cara a cara.

Abrazada a él, con la frente en un hombro de Snape, Hermione experimentó una felicidad quese convirtió en una emoción que le llenó los ojos de lágrimas.

No estaba triste. Estaba feliz. La sensibilidad de sus sentidos, el que esto le hubiera ocurrido con Snape, fundió el placer sensual con el sentirse conmovida.

Conmovida de quererlo. Conmovida de desearlo.

Conmovida de que él la quisiera por conocerla

Hermione sollozó. Sollozó de encontrar un momento de amor en sus tribulaciones.

Snape no era de los que decían qué raras son las mujeres y se exasperaran de no entender. Había muchas cosas que Snape no sabía del amor, pero sí sabía entender por amor. Con una suave sonrisa, con el índice le limpió las lágrimas que bajaban por las mejillas de Hermione, y la abrazó.

Hermione quedó dormida, recostada de lado sobre Snape, sentada en sus piernas. Él la abrazaba.

Ahora, observando el vitral, horas después que Hermione se despidiera, no sin obsequiarle un beso largo y profundo, una nueva mirada de unión, Snape se sentía rodeado por la caricia de las palabras de Granger y cómo respondía ella a sus deseos.

Snape, admirando el vitral, se preguntaba.

Era… una esperanza.

Un deseo. Una fantasía.

La fantasía de que Granger pensara en él.

La esperanza de que ella volviera. Que vendría sin que él se lo pidiera. Que ella tuviera el deseo y la confianza de regresar.

Quien conociera a Snape, debía entenderlo. Fue una tarde inquieta para él. Añejos miedos, inseguridades sembradas se agitaban en remolino. Revivía el dolor de haber perdido a Lily en el día a día; la sensación de que si él no la buscaba, ella no iba con él; la sensación de fracaso anticipado al buscar recuperar lo que fue normal entre ellos, lo logrado, sin saber bien a bien por qué lao estaba perdiendo; la intrusión de Potter, con su burlona seguridad de que lo lograría. El confundirse más por el dolor de perderla y por eso haber dicho una frase que pagó el resto de su vida, El dolor de ser rechazado en forma tajante, la crispación de dolor que ascendía a su rostro en una fría hiedra de dolor y vergüenza.

No era lo mismo, e incluso no tenía razón para sentir eso. Pero su momento de mayor felicidad le hacía temer por eso mismo lo perdería. Aparecían esos miedos sin nombre, esos fetiches de temor que parecían tener vida propia y rondarlo. A pesar que Granger le importaba cada vez más, y de que evidentemente ella había estado bien, Snape experimento el desasosiego indefinible de no volverla a ver.

Snape experimentaba el viejo temor de que nada fuera cierto, y peor, de que todo pudiera cambiar súbitamente. Esa sensación de que sus sentimientos no eran nunca suficientes para alcanzar nada.

Se formó la idea que Granger podría desear verlo sin aviso, como él deseaba con ella. Eso sería la muestra de que esto era diferente a sus historias

El día llegaba a su fin. La tarde daba paso a la noche. Si Granger quería pasar, quedaban unos minutos.

Si no llegaba, él no se lo diría. No reprocharía. Tal vez tampoco confirmaría sus malos presentimientos. Observando el vitral, sencillamente se preguntaba.

Cuando el reloj marcaba el final del día, Snape dejó de contemplar el vitral e inclinó un poco la cabeza, escuchando. Creyó escuchar un ruido, afuera.

Sí. Eran pasos rápidos por la escalera. Pasos veloces, casi saltarines.

Snape vio de reojo, escuchando.

Los pasos ágiles llegaron a su puerta.

Y cuando escuchó el llamar. Snape giró del todo hacia la puerta.

Sacudido, atravesado por una flecha que la causaba dicha, y a la vez melancolía, sintió su mirada humedecerse, y secarse. Quizá era la emoción de descubrir que no pesaba sobre él ningún hado, ni extraña maldición, ni silencio permanente.

Fue una ráfaga de dolor, o de alivio del dolor.

Adusto, firme en su estar de pie, sus cejas se crisparon de descubrir que no tenía por qué esperar en vano. Que no tenía razón de esperar sin sentido, ni de esperar inútilmente.

Había alguien que deseaba verlo. Sencillamente verlo, por ser él mismo.

Con un pase abrió la puerta. Sí, era la fórmula de su grimorio privado.

Era Granger.

Hermione de pie en el umbral. Efusiva, agitada y un poco preocupada o melancólica.

—Vengo sin avisar, ¿está mal? –preguntó ella- Tenía deseos de regresar. Pensé en ti todo el día. No quería ir a dormir sin oírte de nuevo.

Por Merlín, se dijo él. La amo. Aunque no hubiera venido, la amaría. Pero ahora mi amor cobra más sentido.

Snape tomó aire para responder y en efecto, en vez de doliente, se le escuchó acariciante:

—No, Granger, no está mal. Mi corazón deseaba verte. Siempre desea verte. Siempre.