—Señorita Granger -Sprout le llamó la atención, acompañándose de un suave golpetear en el pupitre.
Hermione abrió los ojos, medio cubiertos por una mano, con la otra en una pluma con la que había anotado palabras terminadas en garabatos.
El día entero luchando contra el sueño, pero quedándose descaradamente dormida en clase de Herbología, que para colmo se había cambiado casi a última hora del día y salón, como parte de la desorganizada agenda de clases.
Razones para estar fatigada, las tenía. Snape había vuelto a irse. Pasaron un día en el ensayo del conjuro, pero el siguiente… no. La idea de no verse por varios días condujo a una serie de locuras desquiciantes que terminó a las tres de la madrugada. Hoy Hermione sentía en su cuerpo, las caricias y los besos de él, los movimientos, los suspiros, la voz de Snape alentándola e incitándola. Hermione se trastornaba por las palabras y las caricias de él. Sintió que el resto de su vida podría dedicarse a ese juego sensual.
Dejándose la mano en la frente, la castaña escuchó el murmullo de la voz de Sprout, sin entender pese a sus esfuerzos. Los ojos se le cerraban. Desvelada, agotada por lo que alcanzó anoche, aun cuando cabeceaba, se sentía maravillada.
Aquellos besos y giros en la mesa de trabajo entre los calderos, con la voz ronca de Snape en su cuello, volvían sin cesar a sus pensamientos; recordaba el rostro de él revelado por la luz de las velas. Por eso la castaña moría no sólo de agotamiento, sino de nuevos ramalazos de deseo, en plena aula, al recordarse cuando…
El cabeceo se volvió tan escandaloso que soltó la pluma sobre la libreta, y se apoyó en ambas palmas.
—Hermione, ¿estás bien? -le preguntó Harry, en un susurro.
Ella asintió y desdeñó con una mano. Ay, Harry, no me hagas reír. Estoy muy bien.
Su siguiente momento de claridad fue cuando todos salían. Abrió los ojos, aun con la mano en la frente, asustándose un poco al verse cerca de la profesora Pomona, amonestándola:
—Señorita Granger, hoy usted fue lo nunca visto. No la saqué del aula para no dejar en mal a tan excelente alumna, pero….
—Tiene razón, profesora… discúlpeme… estudié hasta muy tarde. No debí hacerlo.
Estudiar. Claro. Lo peor era estar contando los minutos para volver a ver a Snape. Sentía el toque de sus besos en espalda y abdomen. Y su lengua.
—¿Tiene fiebre? -se intrigó Sprout, intranquila- Le veo la boca muy roja.
Culpe al profesor Snape, pensó la castaña. Me besa como si me quisiera comer.
La idea le arrancó una risa fatigada, cubriéndose la cara con las palmas.
—Disculpe, profesora, por favor, me río de imaginar mi triste estado… Le prometo que no se repetirá.
—No vuelva a hacerlo, niña -la reconvino-, descansar es tan importante como aprender.
—Lo haré… discúlpeme de nuevo, por favor -se levantó-. Gracias.
En el lavabo, se echó agua en la cara con manos temblorosas, lo más fría sobre su rostro ardoroso, restos de lo ruborizada que estuvo anoche.
Al pasarse los dedos por los labios, se produjo un golpe de placer y cerró los ojos al revivir los besos de Snape. Los flashazos semioscuros donde él la acariciaba, con ojos de entregarse. Pensó:
Snape… es mío. Snape es mío.
La idea la produjo mariposas en el estómago. Tomó agua nuevamente con ambas manos y se la echó en la cara. Percibía la piel de su rostro: Calurosa, más vivificada, extrañamente como si se hubiera vuelto más fina.
Se recordó anoche en el despacho. El profesor se volvía loco besándola, pero tomaba mucho de ella al hacerlo. Hermione sentía la huella de la intimidad igual a una promesa.
Recordó que anoche bajó al despacho. Ya Snape le había dicho que no estaría al día siguiente. Y no fue necesario decirse lo que necesitaban.
Pese al cariz pasional que tomaba su relación, también era verdad que habían tenido oportunidad de sencillamente estar juntos. Ella pasó atardeceres en su despacho, llegando de clases o cuando no había, le daba un beso de saludo, dejaba la alforja y se dejaba caer en el sofá. Snape por unas horas permanecía sentado a su lado, preguntándole por ella. Deseaba conocer a la Hermione que no supo antes.
Esta noche, cada cual sabía que por dejar de verse unos días, debían volver a encerrarse en el silencio y la espera, pero no había prisa para eso. Existía prisa por decir y tener.
Andando rápido, Hermione lanzó la alforja en el sofá de cuero negro y sin detenerse llegó con Snape.
Él la abrazó. La chica le pasó los brazos el cuello, besándolo en la boca de una manera insistente, recargándose, dejando llevar su rostro con los movimientos de la caricia. Snape la abrazó y besó de esa misma forma notoria.
—¿Por qué? -le sonrió ella, al separarse, pero manteniendo el abrazo.
Él observó la boca de ella, con codicia.
—¿Dijiste por qué?
Hermione volvió a dar un beso a Snape que le cerró los ojos. El conocimiento que él tenía de la boca y la piel de la castaña, aumentaba cada vez y con ello, su placer. Llevó las manos a las caderas de la chica, que terminó la pregunta, murmurando cerca de su boca, en un tono entre juguetón y de reproche:
—Sí, ¿por qué? ¿Por qué haces que yo llegue al clímax varias veces y tú… no? Y mira que no es protesta.
Ella le dio varios besos taimados en una orilla de los labios:
—¿Es una forma de controlarme, profesor? ¿Es su plan hacer una marioneta con la Gryffindor?
Él apartó un poco el rostro, pero Hermione lo siguió, dándole esos besos calculadores, en el cuello, eligiendo los sitios, empujándolo hacia el sofá. Snape jadeó:
—Granger… tal vez no lo crea, pero…
—Lo que no puedo creer es que deje de tutearme, profesor.
—Es una costumbre. No es posible que pienses… -se interrumpió por un escalofrío causado por esos besos lánguidos.
Snape cayó en el sofá, al lado de la alforja, y ágilmente Hermione de un salto, cayó sobre él, sentada a horcajadas en las piernas de él.
El profesor de DCAO no lo podía creer. Se dio cuenta del propósito de ella, un segundo antes. Pero el efecto que le causó fue tremendo.
Hermione se hizo un poco hacia arriba. Y descendió un poco.
Fue un contacto breve, pero directo y claro.
La tomó por las caderas, respirando un poco más rápido. Se tocaban en una zona donde el contacto debería continuar y hacerse envolvente. La ropa se los impedía.
Hermione se había colocado así con toda intención. La espalda de Snape se estremeció en un escalofrío doloroso. Ella, apoyada con las manos en el respaldo del sofá, le sonreía, maliciosa.
Snape experimentó una calidez que lo invitaba a seguir.
—¿No es mejor así? -susurró ella, moviendo un poco las caderas- ¿No es mejor así?
Snape le enterraba ligeramente los dedos en las caderas, enardecido por la sensación cálida e incitante. La naturaleza lo invitaba a seguir, a quitar esos obstáculos y perderse en el camino de la castaña.
—¿Mejor? Debe ser… la gloria, Granger… Sólo pienso que éste no es el mejor sitio para ello.
—Ya veo -asintió ella, besándolo en el cuello-. El profesor ha estado analizando. ¿Conoces un sitio mejor para eso?
—Oh, sí -jadeó-. Pero mientras tanto, tengo una idea para éste. La mesa de trabajo, por ejemplo.
—¿La… mesa…?
—¿Quieres probar? -aspiró el aroma de una mejilla de Hermione.
—¿Estás bromeando? Claro que sí.
Sorprendida, ella le echó los brazos al cuello cuando él se levantó. La llevó a la mesa. colocando las piernas de ella en torno a él, acariciándolas, siguiendo sus gráciles curvas.
En el lavabo, con una mano en la frente, Hermione se miró en el espejo. Es una locura, pero me encanta, consideró.
Snape bajó la luz en el despacho, quedando encendidos sólo dos bloques de velas encendidas a espaldas de la castaña, a la que Snape sentó al borde de la mesa de trabajo. Los calderos vacíos estaban orillados al extremo.
Pensando en preguntarle qué tenía en mente, Hermione se vio envuelta en los abrazos y besos de Snape. Ella hizo la cabeza a un lado mientras él la besaba en el cuello.
El intercambio de caricias y abrazos se llenó de suspiros.
Abrazándola, Snape susurró al oído de Hermione, proponiéndole. Ella, agitada, con sorpresa, respondió:
—Oh, sí, sí, Severus… mh…
Lo último fue porque Snape la silenció con un beso haciéndola hacia atrás suavemente en la mesa. La cabeza de la castaña se recostó una almohadilla de cuero negro, seguramente del sofá, sin saber cómo llegó.
Las velas cerca de la cabeza de Hermione también bajaron su intensidad. La mayor parte del despacho estaba a oscuras cuando Snape le desabrochó la blusa por debajo de la línea del sostén.
Hermione puso los pies en la mesa, con las rodillas juntas, casi como un espasmo cuando él llevó una mano bajo la blusa y por encima del sostén, apenas con un dedo, tocó uno de los botones sonrosados de la Gryffindor.
Hermione suspiró. La caricia a un lado y otro la tensó placenteramente. Recargada en el almohadilla negra, tenía la cabeza girada hacia Snape, quien la daba aquel repetido toque incitante, con una mano debajo de su blusa semiabierta. Al subir los pies a la mesa, la falda de Hermione se remangó hasta sus muslos.
—… Severus… -ella temblaba un poco cuando él le besaba el labio inferior, tomando una de las rodillas de Hermione.
Inclinándose, Snape besó el blanco abdomen de la castaña, que respiraba rápidamente. El profesor veía la piel que acariciaba, enardeciéndose al repartirle besos.
Snape descendió un poco más, llegando al borde de la falda gris Oxford, que deslizó un poco hacia abajo, para besar ese trozo de piel más oculta. Hermione gimió.
Continuó, besando una de las piernas de ella, yendo hacia la rodilla. Hermione lo observaba con la boca entrecerrada. Nunca pensó tener la boca de Snape acariciándole las piernas, pero cada contacto y leve chasquido le provocaban un placer que subía hasta su columna vertebral.
Los besos de Snape aceleraron, a lo largo de los muslos de la castaña, que lanzó un gemido cuando él la remordió levemente.
Al subir de nuevo a las rodillas juntas, sin tocarla con las manos, Snape, insinuó un beso en la parte interna de las piernas juntas de la Gryffindor. Eso era lo que él le había pedido.
Hermione separó las rodillas, jadeando y cerrando los ojos a medida que permitía el paso de Snape con sus besos. El rostro de él al descender, iba marcando el grado con que ella lo dejaba pasar.
Snape estaba maravillado teniendo aquel paso, besando cada punto donde la acariciaba con la boca. Se dio cuenta cuán cierto era para él cuando dijo que sería la gloria. Tamto como poder ver el cuerpo de ella en esa forma recóndita, debajo de la ropa, y aspirar el aroma de su piel, mientras descendía besando la parte interna de los muslos de Hermione, que lanzaba breves gemidos y suspiraba.
Él, cerca del centro de ella, rápidamente subió a la otra rodilla y ahora un poco más rápido, besos por la parte interna de las piernas de Hermione, atento a cada punto de la blanca piel donde dejaba sus caricias.
Sumida en la penumbra, recostada cerca de los calderos, con velas repartidas, casi más sombra que luz y recortada contra los frascos en las estanterías, Hermione arqueó la espalda y lanzó un grito de placer cuando Snape colocó el rostro entre las piernas de ella.
El beso fue breve, delicado. Retiró todo obstáculo. Y en la oscuridad del despacho, la punta de la lengua de Snape dio un breve toque a una delicada lengua bermellón…
Sacudida, Hermione entreabrió la boca y con la mirada perdida volvió a arquear la espalda sobre la mesa, retorciendo los brazos y agitando las piernas.
—¡… aah…! -el gemido de la castaña fue agudo y quebrado
Snape extendió los brazos, subiendo las manos por las caderas de ella y por el abdomen descubierto, subiendo más y llevando las manos bajo el blanco sostén, donde comenzó a acariciar aquellos toques de piel rosa.
La titilación en sus senos y las caricias de Snape entre sus piernas, pronto hicieron que Hermione se retorciera.
Los gemidos y convulsiones de Hermione nacían de aquel contacto de Snape con el botón sonrosado, pues Snape delicadamente, con su lengua lo hacía moverse arriba y abajo, sintiendo su contacto breve y levemente húmedo, siguiendo su grácil curva con la punta de la lengua. Lo lento se hizo un poco más rápido, cambiando las caricias de arriba abajo, a un lado y a otro.
Con los brazos extendidos sobre la mesa, Hermione cerraba los ojos, retorciéndose, ruborizada, con el cabello en desorden sobre la tabla y un dejo de voluptuosidad en los labios al tener entre sus muslos separados, la lengua de Snape moviéndose y en sus senos, las caricias de sus manos.
Hermione giró moviendo la cabeza a un lado. Snape había cambiado sus caricias, recorriendo sus lados, para después titilar con breves toques de su lengua
Sintiendo las reacciones de Hermione, Snape supo cómo le gustaba a ella. Y siguió no como él creía o sentía, sino como mejor sentía ella. Se dio cuenta que a la castaña la gustaba el juego, los toqueteos, escuchando sus jadeos y gemidos para saber qué le era más grato.
¿Dónde lo aprendió?, se gritaba la castaña en pensamientos, retorciéndose, tomándolo de los cabellos.
Él la tomó de las piernas, gozando la forma, la frescura y sus curvas. Con los brazos extendidos, Hermione lo observaba entre sus muslos, jadeante, ella con un gesto en el labio inferior semejante a un rictus de sorpresa, volviendo a retorcerse cuando el cambiaba la dirección de sus caricias.
—… me muero, me muero… -la castaña temblaba y jadeaba- Mi amor, me muero...
Snape hizo algo más: Pasó la punta de su lengua por aquel delicado botón, pero siguió y lo acarició también con la parte interna de su labio inferior… Repitió la caricia, la lengua y después la parte suave del labio. Y lo hizo otra vez.
El contacto enervó a Hermione, arrancándole un estremecimiento en la base de la columna. Abrió la boca y puso los ojos en blanco, trató de clavar las uñas en la mesa, separó más las piernas, se arqueó y un largo gemido anunció que llegaba a la cima:
Snape pasó las manos en torno de las piernas de Hermione, para que no se alejara.
La voz de ella tuvo un dejo de urgencia, de orden y de ruego.
—No te muevas, mi amor, no te…
No finalizó la frase, porque se convirtió en un largo gemido y después grito que la hizo agitar las caderas, retorciéndose hacia la boca de Snape, que la sujetaba por las piernas, sin moverse más, pero manteniendo el contacto, sintiendo en la lengua el movimiento del botón bermellón que latía al compás de los gritos de placer de Hermione, el contacto de la parte interna de sus muslos, su agitación mientras en oleadas el placer la recorría, acariciando su cuerpo de arriba abajo hasta su nuca.
Ella se recostó por completo, jadeando sin control.
Snape apoyó un codo en la mesa, cerca del rostro de la castaña, ruborizado hasta las sienes.
—… Severus… eres… un monstruo…
Él sonrió entrecerrando los ojos, malicioso, tomándola del mentón:
—Alguna vez me lo dijeron.
Más tarde, en el sofá, ya con mayor luz, enardecida, Hermione pasaba la mano en cierto abultamiento del cuerpo de Snape, protestando con los labios entrecerrados.
—… me chocas… me chocas, Severus… cómo es posible que no me dejes…
—Puedo ocultar nuestros juegos en mi mente -sonrió un poco, pero un mucho malévolamente-: Sin embargo, si eso me sucediera, no sé si podría. Suena a experimento, pero esto es una situación nueva para mí, necesito comprobar si no me traiciona… Ah… -gimió por el frote de ella- Y por lo tanto, debes soltarme, te lo digo en serio.
Ella no le hizo caso. Continuó frotando arriba y abajo. Snape suspiró, cerró los ojos, adelantando la pelvis un segundo y después viendo de nuevo a Hermione, asintiendo.
—Esto es venganza, Granger.
—Para nada.
Para hacerle la maldad, antes de soltarlo le propinó un apretón. Snape saltó y suspiró con cierta protesta. Ella afirmó:
—He tenido buen profesor.
—Debiste aprender la lección principal.
—¿Cuál?
—Que te quiero un poco. Un poco, nada más -y la besó en los labios, con un suave mordisco.
Recordando aquel momento, Hermione apoyó las palmas en el lavabo, con la cabeza baja, goteando agua. Cada centímetro de su piel estaba más sensible. Todavía sentía las caricias de Snape. No era sólo su rostro, era toda ella… Incluso le parecía que su aroma corporal era distinto. Llevaba otro olor. Una mezcla de su aroma floral, con el lavanda de Snape. Un aroma nuevo.
Eso era. Hermione tenía en su piel, el olor de los dos.
Se echó agua fría de nuevo, pero efecto de su frialdad fue avivar el rubor. Las gotas de agua en su rostro acalorado y -Sprout tenía razón-, su boca encendida, le daban más color… La blancura de su rostro con vivos rojizos en las mejillas, armonizaba con el terso ciruela de sus labios, con el brillo de sus ojos. Si Snape me viera ahora, le gustaría muchísimo, se dijo.
En el espejo, leyó una inscripción en el muro de granite a su espada. Leerlo correctamente indicaba que en el muro estaba escrito al revés, pensado para quien se acercara a los lavabos.
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Secándose la cara con un pañuelo, salió del lavabo, andando entre los demás estudiantes. Anochecía.
—¿Hermione? -la llamó una voz por la espalda.
Te estoy engañando, Ron, reflexionó, sintiéndolo colocarse a su lado. Soy una maldita contigo, Ron. Una leve intuición le sugirió que, en cuanto ella terminara con él, Ron sacaría sus conclusiones de quién interesaba a ella.
—Me desvelé leyendo -mintió al pelirrojo.
Solidario, él la tomó un segundo por la muñeca, pero Hermione la apartó disimuladamente fingiendo buscar en la alforja.
No quiso que Ron la tocara. La insinuación de su mano fue una invasión indeseable a las emociones que experimentaba, a la manera como percibía su propio cuerpo. Y también le pareció injusto con él. Ella pensó: Ojalá yo pueda sostener esta situación hasta pasado mañana, cuando lance el conjuro. Nadie me creería si le digo cómo ocurrió. Y no me interesa si está bien o mal, no soy la guardiana de la paz de los demás. Basta de ese papel. No quiero pensar en eso.
—Me siento fatigada, Ron -bostezó-, creo que me saltaré la cena o mañana no daré una.
—Muy bien, Hermione -asintió, dócil y contrariado por enésima vez, con gran gesto de desencanto-, te veo mañana.
La castaña caminó por los pasillos hacia la Torre de Gryffindor. Pensó en dormir tan pronto pusiera pie en el dormitorio. A Snape se le había ocurrido repetir la experiencia en el sofá. Estaba maravillado con ella. La castaña sonrió. No diré que me molestó. Al dar vuelta en una esquina, una alta sombra de cabellos largos le salió al paso.
—Granger -susurró.
—Profesor Snape -se detuvo, sorprendida, pero también simulando, por si alguien los veía.
Snape dio cátedra de fingir, adoptando su tradicional postura de hablar lento, con mal contenida soberbia y crítica negativa.
—¿No piensa cenar? -indagó, reprobatorio- No es un favor que nos hace con aceptar los alimentos. El colegio tiene por obligación mantener saludables a sus educandos. Aunque yo no sería tan generoso de llamarlos así.
—Hoy no tengo hambre, gracias, señor.
Estaba encantada de verlo. Su corazón latía más rápido. Pero, ¿no él estaría fuera, hoy y más días?
—Ya veo -asintió Snape, en silueta más oscura que el pasillo, y viendo a los lados, como un emboscado, añadió en voz baja, ronca-: También debo decirte que te necesito. Ha estado en mi mente en cada minuto del día de hoy.
La penumbra de la noche se mezclaba con las columnas y los árboles, donde corría un suave viento.
También Hermione cambió el tono de la voz:
—Ya no he podido pensar en nada que no seas tú. Severus, es terrible, me dormi ¡en clase! -sofocó una risa.
Snape la observó con especial interés. Sí, consideró él. Las huellas del amor la hacían ver más bella. Granger le pareció preciosa.
—¿Estás fatigada? -dijó él, en voz baja-. Tal vez he sido muy exigente.
—No estoy fatigada -mintió, sonriendo.
Snape miró atrás. Corría el viento de la noche fresca, le removió los cabellos.
—¿Dormir en mis brazos? -le preguntó él- ¿Te gustaría dormir en mis brazos? Mañana saldré de nuevo, pero tengo esta noche. Prometo dejarte descansar.
Ella se sentía cautiva de Snape. Deseaba continuar siéndolo.
—Oh, sí, sí Severus -afirmó, encantada con la idea-. Sí, me gustaría.
—Ve a mi habitación -le pidió-, sólo empuja la puerta… El camino está libre. Yo llegaré en un momento. No te preocupes, te llevaré a tu dormitorio sin que nadie se dé cuenta.
—¿Por qué?
Lo detuvo la pregunta de Hermione a mitad de un paso. Volteó a verla con aire un poco cándido, alzándose la manga con un movimiento del brazo un poco hacia arriba.
—¿Perdón? -no entendió la pregunta.
—¿Por qué quieres dormir conmigo?
La cara un poco ladeada de él le cubrió un ojo con sus cabellos, que se hizo atrás con una mano.
—No te he abrazado una noche entera. Quiero abrazarte cuando duermas.
—Severus…
Él le explicó el curso de sus pensamientos:
—La primera noche luego de ir a la mansión, dormí mal. Al día siguiente me esforcé por no pensar en ti. Y aun así, te extrañé. Y yo no lo sabía. No sabía lo que ibas a significar para mí, Granger. No me daba cuenta que cada paso por alejarme de ti, me acercaba. No sabía que mi maravilla por tu forma de ser, se fundiría con mis deseos de ti.
Se le acercó un poco más, y ambos fueron dos siluetas oscuras, mirándose en la noche.
—Tal vez no sabes quién eres, Hermione Granger -aventuró Snape- Quizá no te ves por completo a ti misma, o no te entiendes por entero. Tal vez lo que has vivido en Hogwarts no te ha dejado tener tiempo de hallar tu verdadero camino. Pero yo veo lo que vales, y si en el tiempo que estás entre estas paredes has encontrado que yo soy parte de lo que quieres, por lo menos en estos días no puedo cometer el error de no reconocer que eres un tesoro.
Hermione no podía dejar de verlo a los ojos, un poco iluminados por la leve luz de la Luna.
—Por eso esta noche he dejado los aquelarres de sangre -le explicó-. He detenido mi historia. Hoy sería uno de esos días de vivir en el mundo del olvido. Y no quise. No quise que, estando tú, mi historia fuera como si no estuvieras. Quise hacerlo diferente. Hoy habría sido una noche de tantas, donde nadie sabe dónde estoy, ni lo que hago, pero por ti no es así. Y lo que más me sorprende es que pude no haberte conocido, Granger. Yo pude haber seguido mi historia día tras día, ocaso tras ocaso, lluvia tras lluvia, hasta llegar a su final, rodeado del mismo silencio del principio. Sin saber lo valiosa que eres. Pero estas aquí, y entonces yo puedo dejar un segundo todo aquello para venir cuando nadie lo esperaría, a decirte cuán valiosa eres como persona, y que estás en mis sentimientos, y que llenas todos mis deseos.
Snape, una silueta de sombra como Hermione, recortados en la penumbra del corredor contra el fondo de ese muro del castillo, a donde llegaban ráfagas breves de viento, le tomó las manos. Los cabellos oscuros del profesor le ocultaron un poco el rostro al observar a la castaña, que le apretó las manos cuando él añadió.
—¡Por eso, no tardes! ¡Por eso no demores, Granger, te lo ruego! Quiero escuchar tu respiración en mi alcoba. Quiero abrazarte cuando todo esté a oscuras. Quiero recordar tu rostro recargado en mí cuando caigan otras noches, en paisajes lejanos. Recordarte cuando en vez de tu voz sólo tenga el viento, para que el viento iluminado por tu recuerdo me hable de ti. Quiero que duermas conmigo, para que tu presencia quede en mi alcoba, y tu aroma permanezca en ese silencio cuando yo no esté. Quiero mis sábanas huelan a ti. Quiero que mi alma siga teniendo tu perfume.
Hermione se enjugó una discreta lágrima.
—Severus, yo también he pensado en eso, he pensado que pude no conocerte. Que me habría perdido todo. ¡Por eso cada momento que estoy contigo es tan importante…! ¡Y cuando me tocas , me doy cuenta que me quieres…!
—Dime que vendrás. ¿Vendrás?
—Claro que iré. Sí iré, corazón, si iré contigo.
Él le pasó el dedo pulgar por el mentón.
—No tardo, entonces.
—Sí, no tardes.
Esa noche durmieron en el mismo lecho, ella recargada en el tórax de él. Ella vestida con camisón y Snape con pantalón y la camisa desabrochada. Hermione se abrazó a él como enredadera, con brazos y piernas, quedándose plácidamente dormida. Snape, rodeándola con un brazo, permaneció despierto mucho rato, escuchando la respiración de la castaña a la luz de las constelaciones y las leyendas que narran en su luz.
Pasada la medianoche, sin despertarla, Snape le dijo en voz muy baja cuán importante era ella, cómo había ella cambiado la vida de él, y quizá le contó sus inquietudes, y posiblemente sus tristezas, pero la mayor parte del tiempo le susurró que la adoraba, y le besó una mano.
Él durmió por unas horas, abrazándola por la espalda, sin soltarla, y a la luz de la luna el de Snape esa noche no fue un buque fantasma, ni navegó en el Mar de los Sargazos, sino que con Hermione durmió en un navío dorado, navegando sobre un mar de coral, impulsado por el soplo de las estrellas, y su velamen sereno fueron las nubes del cielo azul marino.
