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Era mediodía y en el Patio de la Torre de Astronomía, al pie de la elevada construcción, sentada en el escalón de su entrada ojival, Hermione desenrolló nuevamente el pergamino que le dio Snape.
Encantada por haber dormido abrazados dos noches atrás, la castaña despertó en la madrugada, en su propia cama, rodeada de la plácida respiración de las demás Gryffindor en la oscuridad.
Abrió los ojos y lo primero que hizo fue recordarse feliz de conocer la alcoba de Snape… Libreros, muebles, lámparas, pertenencias perfectamente ordenadas, de una elegancia sencilla.
Sentada al escritorio al lado de la ventana, él le habló de la luz que entraba durante el día.
También le dio un pergamino, en formato de rótulo.
—¿Uno nuevo? -se intrigó ella, guardándolo en la alforja- Pensé que serían tres.
—No es para estudiar, son comentarios.
Poco más tarde, recostados en el lecho y sin más luz que la de la luna a través de la ventana, él aprovechó para aclararle con respecto al conjuro, pasándole un brazo por los hombros:
—Estás lista para volver a Infinity, aunque no podremos ir mañana como te dije. Quise hacerlo lo más pronto posible, pero se ha complicado. No obstante, esta demora nos beneficia. Nos acercó a la fiesta del nacimiento de Horus, que es el 24 de julio. La oportunidad con el conjuro será el 1 de agosto. Es el mes Thot, todavía está dentro de las fiestas de Horus.
Hermione lo abrazaba, estrechándose contra él.
—El 1 de agosto es un día después del cumpleaños de Harry -comentó-. Él ya no estará en Hogwarts.
Snape nada dijo, pero lo sabía. Por eso él no estaría en esas fechas. Por eso estaba ausentándose tanto. Debía participar en -y sabotear-, el intento de matar a Harry.
—¿Piensas marcharte con Potter? -preguntó él- De acuerdo, pero regresa el 1 de agosto.
—No sé si voy a marcharme con Harry y Ron -comentó, preocupada-. No sé lo que haré.
El carácter de Snape le ayudaba para ser práctico, así que aun resintiendo que dejaría de ver a Granger, respondió, fluidamente.
—De acuerdo, piénsalo. Si lo decides y no estoy en Hogwarts, déjame un mensaje en el despacho. Te enseñaré el hechizo para entrar al boulevard y a la mansión.
Reconfortada por Snape, Hermione no supo cuándo se durmió.
Hoy, en el escalón de la Torre de Astronomía, releyó el pergamino dado por Snape. Lo extendía con ambas manos, sonriendo levemente. Había esperado algún comentario sobre Ojo de Horus, pero era un escrito de él para ella. O pensando en ella, porque por la fecha fue cuando gracias a aquel arreglo con McGonagall empezaron a verse y él un día le pidió de mala manera que fuera puntual. Esa misma noche Snape debió llegar al escritorio donde ella se sentó, y escribió sus verdaderos pensamientos:
Sea puntual, porque necesito verla, Granger. Aunque sólo sea eso. Aunque sólo sea verla escribiendo, cuando afuera la tarde se tiñe de lluvia. Sea puntual para que pueda verla la hora completa. Así, cuando usted se haya ido, quedará en mi despacho, flotando, su fragancia de naranjos en flor.
Y cuando usted se haya ido y yo no escuche sus pasos en la escalera, como ahora que sólo queda el viento; cuando ya no esté cerca mío y haya vuelto a donde pertenece, al mundo de arriba, al del Sol, y olvide que estuvo conmigo en el Reino de las Sombras, podré respirar, un rato más, Granger, la fragancia de sus rizos. El vuelo de sus claros rizos en naranjos.
Y así cuando el aroma de usted se desvanezca yo sentiré que no lo he perdido todo, porque la conservé en mi secreto y sabré que puedo guardar la fragancia de un bello ensueño.
E incluso debo decirle, Sabelotodo, que no lo sabe todo. No sabe que me es difícil verla a los ojos y no mirar sus labios. No sabe que me es difícil mantener la compostura y no verla de la cabeza a los pies. No sabe que me acosa la tentación de caminar los cuatro pasos que la separan de mí y decirle esto. Tampoco sabe que el viento y las antorchas son como sus palabras, serias, concentradas, que me rodean con suave ardor.
Amarla es una idea que me hirió en la noche. Usted me lo ha dicho con los ojos. Mas nunca me lo diría de sus hermosos labios. O, me lo pregunto: ¿me lo diría?
Hermione había leído muchas veces esa nota en estos días previos al 30 de julio. Lo llevaba en la alforja junto con los rótulos. Le gustaba pensar que ella estaba en el corazón de Snape desde antes que él lo admitiera.
Regresó a los pasillos del colegio. Algunos alumnos tenían clases, otros no. Algunos se lo tomaban con buen humor, pero la mayoría estaba desconcertada y caminaba por ahí, discutiendo con sus compañeros.
Hermione vagó sola. No iría a clases hoy. Ya todo podía hundirse. Repasaría la pronunciación del conjuro, cuya transcripción a jeroglíficos y el componer frases en egipcio clásico ahora podía hacerlo con los ojos cerrados. Por lo demás, Harry no le hablaba. Ron mostraba temor de acercársele. Ellos no le participarían sus decisiones. La castaña identificaba miradas de sospecha en torno a ella, en los ojos de alumnos de varias casas. Los antes cercanos la rodeaban de silencio.
Una enorme pinta en un muro Uno en Hogwarts Es El Infiltrado de Quien-no-Debe-ser-Nombrado, la hizo buscar si los grafitos se extendí halló más, pero en su andar llegó al Patio de Entrada, relativamente transitado.
Y ahí vio a Snape.
Ella primero se emocionó, luego se sorprendió que él no le hubiera avisado que volvería antes; finalmente su andanada de deseo chocó conque al lado de él, caminaba la profesora Heloysis Morel. Y eso cambió todo.
Se le olvidó todo compromiso y situación política. El cuadro de Snape acompañado por una mujer entró por los ojos de la castaña en un hormigueo que alcanzó sus sienes.
Nacida en Brive-la-Gaillarde, una ciudad del románico ubicada en el Midi francés: La acompañante de Snape era Heloysis Morel, la bellísima profesora de la Academia de Magia Beauxbatons.
El mundo dio un vuelco alrededor de la castaña. Perdió la cabeza tan rápido que le tomó segundos darse cuenta de su propia estupefacción e ira. ¿De qué me perdí?
En parte conocía la historia. Desde los tiempos del Cáliz de Fuego, Hermione estaba enterada de los rumores sobre que la profesora Morel encontraba muy atractivo a Snape; se les vio conversar varias veces. Él se comportó especialmente amable. Por entonces, a Hermione la noticia la tuvo sin cuidado.
La niña a la que no le importó, hoy era una joven que sufrió un shock, primero agolpado en su cabeza y después corriendo por sus extremidades. No me dijo que llegaría antes, de acuerdo, pero, ¿con esa inoportuna?
Podía no tener grandes razones para sentirse intranquila, pero a la vez, sí. Heloysis Morel hacía gran pareja con Snape. Eso de que él le gustaba a la Carrow era escarnio salido del cerebro de Rita Skeeter. En cambio, el cabello largo y negro de la profesora Morel, su piel un poco pálida, su aire aristocrático, sus ojos llamativos y labios carnosos, su figura de bailarina de ballet en atuendo negro, eran atributos físicos de la mano con su talento. Era profesora de Elíxires, una rama de la Alquimia, emparentada con Pociones. Compartía intereses con Snape a niveles técnicos altos.
Era una intrusa.
Más: Hermione se comparó traidoramente en lo físico y encontró que la profesora Morel podía hacer mejor pareja con Snape… porque era más guapa, pensó la chica, sintiéndose insegura. No se puso a pensar que Snape conocía a Morel desde hacía años, pero que le interesó ella, Hermione.
¿Qué hace Morel en Hogwarts, qué me perdí?, se preguntó de nuevo la castaña, tomada por total sorpresa. ¿Cuál era el propósito? No entender y no saber cómo reaccionar le llenó de grillos la cabeza.
Tuvo la imagen también traidora de que bajarían al despacho de él y…
¿A dónde iban y a qué?
Los alumnos pasaban a su lado; ella quedó de pie y sin cuidarse si veían su expresión, sintió una ducha de agua fría y furia cuando Snape colocó una mano en la espalda de Morel… casi en su cintura.
Hermione vio rojo. Al dar un brusco paso tras ellos, sin saber en absoluto qué pretendía con alcanzarlos, Ron le salió al paso.
—Hermione, ¿a dónde vas? -preguntó, con sonrisa de disculpa- ¿Te puedo acompañar?
—Debo entregar un trabajo a Snape -respondió ella, siguiendo su camino.
—Te acompaño -la siguió, a su paso.
—No es necesario -se impacientó.
—No me cuesta nada.
Caminaron sin hablar tras Snape y Morel. La castaña aceptó:
—Como quieras -respondió, andando rápido-, pero espérame en la escalera.
—¿Por qué?
Silencio en ese largo tramo, hasta que se detuvieron al inicio de la bajada. Exasperada, Hermione se tocó la frente, inclinada hacia el pelirrojo, con gesto de pedirle pensar.
—¿Eres mi niñera, Ron? ¡No quiero que Snape piense que le tengo miedo!
—Her…
—Espérame o vete -lo cortó, bajando los peldaños, cada más más furiosa.
Todavía más impaciente a causa de la llegada inoportuna de Ron, bajó los peldaños con pasos rápidos.
La sombra aumentó y ella tuvo un cambio: El acceso de celos disminuyó rápidamente. Se dijo que aquel no era un asunto importante. Habría razones, él se las contaría más tarde.
Un aleteo súbito se le acercó desde el despacho.
Hermione se apartó, con un pie en un escalón y el otro en el siguiente: De espaldas al muro de caracol siguió con la vista, el vuelo de un cuervo que la rebasó al volar hacia la salida.
Extrañada, lo siguió con la mirada hasta que el ave salió volando por el umbral de la escalera, iluminado por la tarde. ¿Qué es?, se preguntó ella. Lo había visto o creído ver con anterioridad. ¿Por qué Snape tiene cuervos?
No obstante, la mortificaron preocupaciones e iras urgentes, renovadas. Snape llevando a Morel a su despacho podía tener muchas explicaciones: él no tuvo tiempo de avisar su llegada, o era una cita agendada; o tenía relación con sus actividades ocultas; de todos modos él no siempre le avisaba en cuanto llegaba, era normal. Pero a Hermione le bastó con recordar haber visto a Snape tocando a la profesora Morel casi en la cintura, para que le bullera la sangre y concluyera que no era nada de lo anterior.
La castaña llamó, imperativa.
Al abrirse la puerta, entró con talante serio, sin saludar a la profesora Morel, sentada a un lado de Snape. La guapa profesora, ante la falta de respeto, preguntó irónicamente:
—¿Cómo se encuentra, señorita Granger?
—Bien, gracias -sonrió fingidamente, deteniéndose a unos pasos-. ¿Tiene unos minutos, profesor Snape?
—Como verá, estoy ocupado.
—Traigo la revisión de su libro, que me encargó. No podré volver más tarde. Necesito hacerle unos comentarios.
Snape no mostró expresión en el rostro. Hermione tampoco mucho; sin embargo, la profesora Heloysis dirigió a ambos una imperceptible mirada, debido su significativo y raro silencio.
La actitud de Morel molestó a Granger: Ese talante maduro de superioridad al comentar, sonriente.
—Siempre he tenido curiosidad de ver con detenimiento sus componentes para pócimas, profesor Snape, la última vez aquí tuve poco tiempo, ¿me permite?
—Sí, por favor, Heloysis; disculpa este imprevisto.
Las frases removieron las vísceras de Hermione, dando otra elevación al termómetro de su ira. La última vez aquí… Heloysis, disculpa… Sus ecos rebotaron en la mente de la castaña, quien desató el bloque de pergaminos. Un imprevisto. Desconocía esta clase de celos malignos e ignoraba cómo manejarlos. Con Ron sintió despecho, pero no esta sensación de tener enfrente a una intrusa, frente a la cual crecía una necesidad de echarla como fuera. Cuya belleza le parecía mayor que la de ella misma.
Hermione estaba usando como pretexto el libro de Snape, posiblemente para competir con la profesora Morel, indicando que era tan o más inteligente, como para ser capaz de revisar una obra del profesor.
La profesora de Elíxires revisaba la estantería. Hermione, acercándose, hosca, sin ver a Snape, dejó el bloque de pergaminos en la mesa de trabajo. No había revisado, sino leído, pues ella y el profesor sabían que fue una fachada para verse.
Revisando la primera página, la chica preguntó a Snape en voz baja, irónica y enojada:
—¿Vino a visitarte el amor de tu vida?
Snape no respondió; sin embargo, la entonación, la expresión en la cara de Granger, de ira ensañada, evidentemente de no querer ver a otra mujer cerca de él, le fue incitante.
Cuando la Gryffindor continuó viendo los documentos con ese gesto cercano al odio concentrado, Snape no supo por qué la imaginó debajo del uniforme… No supo por qué aquel enojo de Granger lo hizo imaginar que acariciaba sus piernas y las subía debajo de su falda gris. El talante de posesividad de Granger hacia él, le dio un aire más deseable. La chica mintió:
—Son las correcciones que me pidió, profesor, acompañadas de los originales para que coteje cada cambio.
La castaña mostró dos libros prestados de la biblioteca y, sin aspavientos, con calma digna de manual para agresores pasivos, hasta entonces lo vio, y los soltó uno a uno sobre el manuscrito.
Recargado en su asiento, Snape la contemplaba fascinado. El enojo de Granger, la ironía de llamar a Morel "el amor de tu vida" en un reproche, y ahora su frialdad, hicieron que a Snape la Gryffindor le pareciera interesantísima. Era lo nunca visto. La encontró más guapa que la última vez. Dudó en poder reprimirse cuando ella le susurró:
—Quédate con esa tipa. No me vuelvas a hablar. No me vuelvas a tocar -enfurecida por sentirse excluida.
—¡Severus! -sonrió la profesora Morel, atendiendo la estantería- ¡Conservas bien la muestra de Tetrapteris methystica que te traje del continente! ¡Qué bello eres, mi querido!
Snape casi lo vio en cámara lenta, dándose alarmante cuenta del nivel que esto iba a tomar: Hermione se convirtió en una bruja de Artes Oscuras… Lentamente, sin perder su expresión serena en las facciones, sus ojos se llenaron de irónica y aterciopelada furia... Mi querido… Con cuánta confianza te habla…
Snape entendió que sería difícil para quien quisiera interponerse entre Granger y él. O incluso que simplemente pasara por ahí.
La de Morel, ¿fue la expresión típicamente francesa? ¿O quiso darle otro sentido? ¿Morel presintió algo entre Granger y Snape, y a su vez se desconcertó? ¿Fue para molestar a Hermione? Para su mala suerte, lo consiguió. El fuego helado y marrón de Granger se llenó de la paz del que mata a sangre fría.
Entendió que ella estaba celosa y ahora sus emociones bullían, aunque no entendió la razón de por qué los celos se volvían descomunales en la mirada de Hermione, pero eran muy reales. Pero no importaba la razón. Importó que con ese movimiento lento, la castaña giró la cabeza hacia la profesora de Beauxbatons, y el pensamiento furioso de la chica fue tan marcado que Snape pudo leerlo porque saltó a su mente en la voz furiosa de Granger (maldita princesita ridícula de maldito sombrero de estúpida) y Snape miró a la profesora Heloysis con alarma al tiempo que uno de los frascos superiores, cuya planta por soltar SO3 en el agua la convertía en ácido sulfúrico, tembló en el estante superior, rumbo a la cabeza de la profesora Morel.
Snape hizo un pase rapidísimo, apenas logrando llevar el frasco a otro estante, sobresaltando a Morel, empujando otros tarros apretados entre sí y derribando varios al suelo, donde se hicieron trizas estrepitosamente, soltando su contenido.
Asustada, la profesora se apartó, alejándose de cara a la estantería, atendiendo los frascos rotos.
—¡Cuidado, Heloysis! -la alertó al ver que otros frascos se movían cerca de ella, para salirle al paso.
Hermione dio un paso atrás, ahora observando a Snape de esa misma manera fría. Él comprendió que ella hacia magia por emociones, pero éstas viraban a la irracionalidad. Y la pregunta de Hermione no fue para Snape, sino una afirmación para sí, escuchada por él debido a la fuerza de la ira en la castaña (la defiendes de mí)
La profesora Morel lanzó un grito y se cubrió la cabeza cuando dos frascos cercanos le cayeron encima, golpeándola, pero sin romperse. Snape detuvo uno con otro pase de la varita, pero el otro frasco reventó en el suelo, y la salpicadura fue de un líquido vegetal que debido a la fuerza de su golpe contra el suelo se convirtió en lo que la mente técnica de Snape identificó como HClO3 o ácido clórico, pensando en la poción para contrarrestar la quemadura.
La profesora gritó y dio un salto, cubriéndose tórax y cara con los brazos.
Hermione giró hacia ella, sin perder la expresión furiosa y nuevamente su pensamiento obsesivo llegó a Snape (querido querido estúpida fran) y en los estantes titubearon otros tres frascos o acaso fue la estantería completa que quiso desprenderse cuando Snape pensó:
(¡GRANGER!)
La castaña oyó a Snape y crispada lo miró, con aire ausente. Los frascos se detuvieron.
Él se acercó a la profesora de Beauxbatons, alarmado.
—Heloysis, es terrible, es mi culpa, no tenía un frasco bien colocado, es imperdonable, vergonzoso…
La profesora sufría por la leve quemadura en un pie.
—¡Iré a la enfermería, te espero!
La profesora hizo un pase y despareció.
Snape se guardó la varita, reprochando a la Gryffindor, incrédulo:
—¡Granger, hiciste magia por emociones y por centímetros no rompiste un frasco lleno de ácido sulfúrico sobre la profesora Morel!
Ella se encogió de hombros.
—¿Revisa que su manuscrito esté completo? -comentó, indiferente, señalando los legajos en el escritorio- ¿Los ve? Será mi última mentira antes de no volverlo a ver.
—¿Cómo supiste dirigir ese impulso? -Snape volvió a la mesa- Es irracional, por definición no es posible controlar esa magia con el raciocinio. A menos que se haga como parte de las Artes Oscuras, Granger.
Ella siguió hablando, como si nada hubiera sucedido.
—Cumplí con lo que me pidió la profesora McGonagall. Para la continuación de su obra usted puede llamar a un Slytherin.
Snape se preguntó si no la práctica del conjuro potenció los celos que en situaciones normales, Granger pudo haber sentido y controlado. O si no fue que los celos le dieron, por un momento, un poder de Artes Oscuras. Por una mala intención inicial que se le escapó de las manos, como solía suceder en ese camino.
—Ah, y por cierto, profesor…
Snape no quiso leer su mente. En esas condiciones de alteración resultaba muy riesgoso para ella.
—…el trato que hizo conmigo sobre ayudarme, ha dejado de ser de mi interés -afirmó con tono déspota.
Sacó los pergaminos enrollados y los aventó, seria, con desprecio, sobre la mesa de trabajo.
—Bórreme la memoria cuando le plazca, si lo desea, ahora. Tendré mucho gusto en olvidar todo -dio un paso atrás hacia la puerta.
—¿Qué te ocurre, Granger? No eres tú. Necesitas descansar.
—Por favor, incluya mis últimas semanas de hablar con usted -lo señaló de pasada con el índice-. No tengo nada más que tratar con usted.
Cuando ella casi salía, con una mueca Snape la alcanzó, tomándola por los hombros y girándola hacia él.
—Granger, debemos hablar, pero primero debo ver cómo está la profesora.
La falta de resistencia de ella a que él le apretara los hombros, fue una indiferencia, más eficaz que el enojo. Hermione alzó un poco la voz, asintiendo lentamente, pero era una advertencia.
—Suélteme, profesor Snape. Suélteme, profesor Snape.
—Debemos hablar.
—No tenemos de qué hablar, profesor Snape. Suélteme.
Con repentino gesto malhumorado, sin soltarla, él aclaró:
—Sí tenemos, pero no voy a darte explicaciones. No por lo menos mientras no te serenes.
Dejándose tomar por los hombros, pero retándolo, ella dijo:
—Pero sí puedes tomarla por la cintura y dejar que te llame querido, ¿verdad?
Para Snape eso fue completamente nuevo. ¿Granger lo vio? ¿Eso fue? Para él consistió en un mero gesto con una amiga y colega de hacía mucho. Jamás pensó que algo tan nimio pudiera ser causa de celos y por supuesto no sabía cómo causar celos en una mujer. Tristemente para él, lo único que conocía de celos, eran los sufridos. Los celos cuando poco a poco, aun con su pedantería, Potter captaba la atención de Lily. Experimentó celos repetidos al ver a Lily con James, abrazados, riendo. Ella amiga de los Gryffindor que se burlaron de él. El silencio de recuerdo le provocó un titubeo que la castaña asoció con la culpa.
—Sí, la tomas por la cintura -repitió ella, como una conclusión-. Sí, ella te habla con cariño. Eso puede pasar en público entre ustedes, pero no entre tú y yo.
Snape intentó comprenderla. ¿Eso era lo que ella sentía, esa clase de celos? Era una experiencia muy amarga.
La soltó. Con la mirada un poco ausente, Snape parpadeó cansino.
—No, Granger -respondió, movido por revivir escenas en las que no había vuelto a pensar-. No lo hice porque ella me interese. Sólo te acaricio a ti. Sólo me interesas tú.
Al sentirse movida por esas palabras, Hermione trató de no perder la iniciativa del reclamo. Desvió el reproche de celos por medio de buscar hacerlo sentir culpable con algo diferente. Era de esas discusiones de pareja donde no se trata de ver quien tiene la razón, sino quien gana. Total, ganar es como tener la razón.
—¿Y no se supone que tenemos que ver un conjuro? -sonó menos decisiva- Como no puedes estar muy seguido en Hogwarts yo debo seguir perdiendo tiempo y hacer que Harry lo pierda, porque no puedo irme mientras no ejecute el pase. Y en vez que le dediques tiempo, si en verdad te interesa Harry, en vez de aprovecharlo para trabajar, tienes visitas sociales…
—Estás equivocada.
—¡… tenlas, Severus, ten visitas sociales…! -fingió comprensión, con grandes gestos- ¡Nadie te lo impide, adelante…!
Por esa reacción, Snape tuvo una media sonrisa:
—Me encanta cuando me ves con desconfianza -le dijo él, sinceramente-. Sentir que me odias es estimulante. No entiendo por qué estoy molesto contigo y a la vez, me gustas más.
—¿Verte con desconfianza? Yo no te he visto para nada -le reclamó ella, cruzándose de brazos-. No sé nada de ti. ¿Tendrás unos minutos para decirme el plan? ¿O prefieres que no te moleste? Si eso quieres, eso haré -experimentaba menos celos, pero seguían acosándola.
Snape deseaba que ella no se sintiera mal, pero tampoco era extremadamente delicado y la actitud visceral de Granger lo estimulaba.
Snape la tomó por el talle y la alzó. Ella, que para Snape no pesaba nada, quedó sentada en la mesa.
La besó en los labios. Hermione protestó, apartando el rostro, aunque el continuó besándola.
—Mh… no, no me beses… mh…
A Snape no le importaba que ella no le respondiera, soltándole caricias en sus labios cerrados y en los puntos que ella le dejaba al tratar de apartar sus labios de él. La Gryffindor, tomada por la cintura, se negaba, pero con eso Snape le plantó los besos en las mejillas y uno en el cuello. A Hermione se le escapó un jadeo:
—¡No creas que porque esto me gusta, me vas a convencer…!
—No busco convencerte de nada.
Era verdad. No buscaba convencerla, ni contentarla. Deseaba sentir los labios enojados de Granger, su negativa a besarlo, ese gesto de protesta en sus ojos cerrados. Incluso lo estimulaba la respiración de Granger al oprimirle los labios cerrados, con los suyos. Contenía un grado de malevolencia pasional que le resultaba excitante.
La besó repetidamente en las mejillas, el cuello y las orejas.
—¡Te odio, te odio…! -jadeó ella, deseosa de besarlo también.
Con una mano en la espalda de ella y la otra en su nuca, él asintió.
—Yo también te adoro.
El enojo la estimuló. Se hizo atrás y sin perdonarlo, preguntó:
—¿Sabes que tengo novio? -jadeó.
—Sí…
—¿Y sabes que me está esperando al inicio de la escalera?
—Ahora lo sé.
—¿Y qué Morel te está esperando?
—Se me olvidó.
Se besaron en la boca, con furor, jadeando y suspirando de alivio, acariciándose con las manos, con ansiedad, necesitados de tocarse para borrar la añoranza.
Se separaron al mismo tiempo, enojados. Snape se hizo el cabello a un lado, pero esta vez le quedaron mechones en la cara, cuando preguntó, respirando acelerado:
—¿Qué piensas que significa esto para mí? ¿Crees que estoy jugando? ¿Piensas que beso y acaricio a mis alumnas de cada curso? ¿Crees que soy con ellas o con profesoras como contigo?
Ella se hizo atrás, medio despeinada y con las palmas en la mesa.
—¿Pides mi opinión? -jadeaba a su vez por aquel beso- Esa impresión me das, exactamente. Exactamente creo que eso es lo que haces.
Las palabras de Snape no sonaron como declaración de amor. Sonaron a conflicto:
—Hablé con Morel para no buscarte de inmediato, porque siento que el deseo me domina. ¿Suficiente?
Ella alzó las cejas, denegando con la cabeza. Snape la miró de arriba abajo, en su aspecto retador y sensual. Qué barbaridad, pensó Snape, ella casi lesiona a Morel y estaba como si nada. Y a él le estaba importando poco, al ver a Granger con las palmas hacia atrás, sobre la mesa, sus rodillas separadas, la barbilla recogida, la respiración jadeante y aquella expresión en sus facciones.
—Nunca es suficiente -afirmó Granger-. ¿Para ti lo es? ¿Tienes suficiente de mí?
—Tú sabes la respuesta. No.
—Pero lo compensas, ignorándome.
—No es eso, Granger, es que para mí, esto es inédito. No me arrepiento de nada, pero yo no soy un tonto que no sabe lo que quiere. Es al revés: Saber lo que deseo es una presión. En pocas ocasiones, pero las hay, como hoy, me pone a prueba. Necesito controlar ciertos deseos o se me pueden notar cuando no deba.
—¿Y qué deseas? ¿A mí? ¿Es a mí a quien deseas? -ahora ella lo recorrió con la vista, de la cabeza los pies, con interés- Toma de mí lo que deseas, deja que yo tome de ti. La solución es tan sencilla. Si después no tienes presión, no tendrás nada por ocultar.
Snape era una especie de prófugo en su atuendo negro y los cabellos oscuros enmarcándole las sienes.
—Nunca harás que me vuelva un esclavo de mis deseos.
Por esta sesión de escarceo y pese a las reticencias de Snape, a Hermione le estaba importando muy poco que el colegio se diera cuenta de la relación de ellos.
—No eres esclavo de tus deseos, eres esclavo de los míos, Severus -asintió la castaña-. Dices que no quieres ser mi esclavo, pero sí quieres.
—No me hagas reír, Granger.
—Esclavo de mis deseos. Como yo soy tu esclava.
—Eso no sucederá.
—Estás equivocado, ya ha sucedido. Te tengo preso. Y lo que es peor, en cuanto lo aceptes, me volveré tu prisionera. Tú no amas como el resto, Severus. La mujer que te ama es tu cautiva. No es nada fácil estar contigo.
Él se encogió de hombros, tratando de zafarse de la tensión.
—Ahora mismo quiero llevarte al despacho del director, mi despacho, que podría ocupar desde ya aunque no me han nombrado los esclavos del Ministerio, y en esa posición más importante que la de profesor de DCAO que Dumbledore me negó tanto tiempo, quitarte esa ropa de bruja estudiante subversiva que tienes puesta y hacerte mía hasta que amanezca. Besarte frente a todos y que se traguen lo que sientan, por el solo hecho de que soy el director y el brazo de Quien-no-Debe-ser-Nombrado.
Hermione, lentamente, se recostó en la mesa. Apoyó la cabeza en el manuscrito y en una de sus palmas, llevándose un índice a los labios. Le dirigió una leve sonrisa. O era que estaban entendiéndose o trataba de hacerle pagar haberlo visto con Morel.
—¿Por qué no lo haces? -lo desafió, sonriendo retadora- ¿Por qué no me besas? Llevo este uniforme que tú puedes quitar en tu despacho. O vamos afuera. Bésame, y que te vean. Así no vas a dormir mordido por el deseo de algo que puedes tener.
Snape casi logró no verla de la cabeza a los pies. La mirada lo traicionó al descender involuntariamente hasta los senos de Granger y su liso abdomen, pero volvió a sus ojos.
—Porque lo que yo desee o me haga agonizar de necesidad, no ordena mis actos -afirmó él-. Porque nada haré que ponga en riesgo lo que debo hacer. Esto lo hemos hablado, pero en los hechos resulta un poco más difícil de hacer. ¿Puedes aceptarlo?
Con el índice todavía posado en sus labios, Hermione asintió, con un gesto cercano al amor:
—Puedo aceptarlo, Severus. Puedo aceptar darte lo que necesites, aun si es más que hasta hoy: Espacio, tiempo, comprensión. Si quieres, un poco de olvido. Es lo que hemos hecho hasta ahora, con esta forma de vernos a escondidas y a ratos. Pero te lo digo sinceramente: Esto no me satisface. Espérame a que vuelva de ayudar a Harry y tienes el trato de tu vida. No tenemos por qué terminar como si fuera una obligación. No quiero alejarme de ti, mi amor. No me importa si el mundo me deja de hablar por estar contigo.
A Snape le hizo ecos en mente y emociones el que Granger lo llamara "mi amor". Así que a su pesar y pese a sus expectativas más negras, la mente de él trabajó con esas palabras. ¿Sería posible que esto no terminara mal para él, como lo suponía desde el año pasado? Y la idea de conservar a Granger, y tenerla… Su silencio bastó para revelar sus pensamientos. Hermione asintió:
—Oh, sí, Severus. Cuenta también con eso.
—Deja de llamarme por mi nombre con ese tono -reprochó levemente.
—Como tú ordenes, Severus.
—Inteligentes palabras. ¿Crees que me influirás con ellas?
Ella se sentó de nuevo en la mesa, con un suspiro.
—Oh, sí, Severus. Lo sé desde la primera vez que no quisiste verme en el Gran Salón. Cuando te resistías a abrazarme. Lo sé más que nunca desde que dormimos en tu alcoba. Te adoro. ¿Ya no lo recuerdas, Severus? Te encanta oír mi voz repitiendo tu nombre y hacerte ver que me encanta lo que me haces.
—¿Piensas que me someterás con eso?
—Es el sometimiento de ambos, Severus. Ambos hemos caído. No me digas que no te has dado cuenta.
Snape, que junto con Hermione se había planteado su relación como un intentarlo mientras se pudiera, ante la perspectiva que ella le describía, por un segundo olvidó sus certezas más profundas. Era un mayor arriesgue. Pero en absoluto le pareció mal.
—El tema es: ¿Estás segura, Granger? ¿Estás segura de lo que me dices? Si te arrepientes, no te buscaré, pero no juegues conmigo -su gesto se volvió un poco feroz; no pudo evitar que se alzaran las sombras del pasado-, no quiero invertir más sentimientos sin tener la certeza de que al menos tienes la intención. No quiero promesas, me basta con la intención, pero debes estar segura de lo que me propones, por ejemplo, no me hagas creer que sientes más por mí de lo que sientas, porque si no es verdad no te lo perdonaré.
Entrecerrando los ojos, Hermione se remordió el labio inferior, tratando de disimular una sonrisa. La amenaza de Snape le hizo ver que una parte oculta de él, temía sufrir por ella. Le respondió con la verdad.
—Estoy segura.
Bajó de la mesa con un salto.
—Y Ron debe seguir esperándome allá arriba -suspiró, viendo al techo-. Qué miserable es mi vida. ¿Te preocupa él?
—No, perdona si te suena mal. Weasley es inexistente para mí.
—Es necesario que termine con él. Me pasa que… además que no puedo decirle lo que tengo contigo, ocultarlo me hace sentir culpable. Es un conflicto. Y pienso en que lo quise y lo quiero en alguna forma todavía. Pienso en su cara de dolor cuando se lo diga y se me parte el alma. ¡Ah, acabo de reclamarte que trajeras a la profesora Heloysis, pero yo hago algo peor! ¿Verdad?
—Creo que nadie ha hecho nada. Pienso que estas dudas tuyas se deben a que eres considerada. Tal vez no sea la mejor manera de manejarlo, pero la realidad es que no eres mala persona. Y estás enfrentando problemas por todo esto. Lo siento.
—¿Y cómo puedes pensar así, si te perjudica en alguna medida, cómo puedes entenderme?
—Es una larga historia.
—Una larga historia que quiero escuchar un día -fue rápido hacia él, poniéndole la manos en el rostro y dándole un beso en los labios-, debo irme, pero te veré pronto.
Al regresar arriba, siguió su camino, dejando atrás a Ron.
—¡Hermione! ¡Aquí estoy! ¡Iremos a…?
La castaña no se detuvo; apenas volteó a él, encrespada. La diferencia de sus enojos de antaño, por la incapacidad de Ron de entenderla, fue que ahora no necesitaba esperar que él entendiera. Que se quedara ahí. Con su expresión casi vacía.
Por un segundo aleteó en sus labios: Es todo. Terminamos, Ron. No quiero volverte a ver.
Al imaginarse haciendo eso, llegó a ella un temor, un soplo lejano de presagio, como la sombra del ala del cuervo que pasó por la escalera.
—¿Qué quieres, Ron? ¡No puedo, Ron! -respondió exasperada, acelerando y alejándose.
El pelirrojo quedó de pie, lastimado, al borde de las lágrimas.
Cuando ella volvió al despacho, dos horas tarde porque le remordían las ganas de verlo, Snape cerró la puerta con la mano, dejándola sobre el picaporte, mirando a Hermione con mirada entrecerrada como si le impidiera el paso.
El problema de Snape era que no podía salir a buscarla. Posiblemente era mejor citarse en la Torre Oscura. La castaña, entre la puerta y él, le lanzó una mirada segura de sí. En su sencillez era un reto.
Snape comentó:
—Por fortuna Heloysis no tuvo daños. Para tu complacencia se ha marchado a Beauxbatons. Vino a llevarse como internas invitadas a veinte alumnas, supongo que para salvarlas. De varias casas, menos Slytherin, como marcan las buenas costumbres.
—No la puedes culpar de la fama que tienen ustedes.
Dando muestras que la profesora francesa la importaba nada, Hermione abrazó a Snape por la cintura, sonriéndole coqueta y acercando sus labios a él.
—Sobre tu carta, donde me preguntas si te diría si te amo. Sí, si te lo diría -respondió ella a la carta de Snape-. Lo que te dicen mis ojos es verdad. Creo que eres fantástico. Te amo, y me gustas a morir.
Snape la abrazó por el talle. La contempló, como en reproche de que ella le gustara tanto.
—Eres un problema, Granger.
—¿Por qué? -ella lo desafió, cambiando el tono- ¿Porque me necesitas?
—Lamentablemente... sí.
—Y yo te necesito a ti. Tristemente para mí -le pasó los brazos por la nuca.
—Muy tristemente para los dos. Es un castigo.
Sin perder el gesto desafiante, ella quiso saber:
—¿Qué se hace con ese castigo tan desagradable de estar juntos?
—Sufrirlo.
—Lacerarse.
—Es mejor resolverlo de una vez.
—Estoy de acuerdo, es un engorro.
Snape la rodeó con ambos brazos, cargándola y sentándola en la mesa de trabajo, entre los calderos vacíos.
—Insufrible… -asintió Snape, llevando sus labios a los de la castaña.
—Murciélago… de las Mazmorras -susurró Hermione, atrayéndolo hacia ella y respondiendo al arrebatado beso.
