El concierto de Las Brujas de Macbeth dado en el castillo la noche del 30 de julio, fue una celebración estruendosa organizada por los Carrow para festejar el nombramiento de Severus Snape como Director de Hogwarts.
Uno de los primeros actos oficiales de Snape al ocupar el despacho que fue de Dumbledore, consistió en seguir la orden de Voldemort y continuando con la numeración de los de Umbridge, emitir el:
Decreto Educacional 29.
Los estudiantes podrán usar los uniformes oficiales
o ropa casual, de acuerdo con su criterio.
La idea de Voldermort era romper con la noción de unidad e identidad de las casas, así como afectar la resquebrajada disciplina del colegio, para socavar más al sistema. Una primera probada.
Los siguientes actos fueron firmar los nombramientos de los Carrow como Directores Adjuntos y profesores, oyendo a lo lejos el bullicio de la celebración que a Snape le sonó como una danza macabra.
En el concierto y baile, celebrado en el Gran Salón adornado como una gruta iluminada con fuegos rojos, deformes rostros de piedra y cascadas, sólo los Slytherin celebraban con gusto el nombramiento de Snape. El resto de los alumnos aprovechaba la fiesta para olvidarse de los problemas y otros para organizarse en la resistencia pasiva. Aprovechando el decreto, cada uno adoptó el tipo de ropa que prefería como un código de identidad propia. En la fiesta, junto a los de uniforme, bailaban muchos con atuendos extravagantes.
Hermione había hecho un cambio, pero desde días atrás. Había sido una necesidad existencial. Al disolverse paulatinamente el control del profesorado debido a la pérdida del poder, la castaña tomó una iniciativa para ella, que nuevamente adoptaron otras alumnas.
Hizo su propia versión del uniforme de Hogwarts.
Frente al espejo, Hermione de pie se contempló con expresión seria.
Llevaba la falda gris Oxford en súper-mini, con leggins negros y unos nuevos zapatos de tacón medio, acharolados; blusa blanca y abrigo negro por encima de la rodilla.
Nunca había usado maquillaje, ni adornos. Pero se sentía diferente.
Tiró los pocos tonos pastel que tenía.
Era un juego de ocultamiento y vivacidad. Desde que estaba con Snape le interesaba más la vida, se sentía más vibrante, la vida se tonificaba. No se elevaba al cielo, sino que la tierra se cimbraba, se percibía en el mundo y lo sentía en el estómago, en las piernas, en las plantas de los pies. Una razón significativa para estar en la vida.
A medida que viéndose al espejo con una de sus manos adornadas con uñas pintadas de violeta se aplicaba labial rojo sangre, en las radios ocultas en la penumbra se escuchaba la voz suave de Lee Jorden transmitiendo Pottervigilancia:
—… se ha cumplido: El sirviente del Innombrable está aposentado en Hogwarts. Harry Potter se encuentra en la lucha. Podemos pensar que el perro más fiel del enemigo cumplirá las órdenes a rajatabla, acompañado por quien se rumora es su nueva leal…
La castaña tomó un camafeo, un ónice que mostraba el relieve de una rosa negra, pendiente de una cinta de terciopelo, que se colocó como collar.
—… en efecto, amigos, nadie se sorprenda porque nuestro amigo Harry enfrente peligros en solitario al ser abandonado, por una persona que cambió de bando sin confesarlo, llevada por la ambición o porque encontró por fin un Amo a quien servir y en eso encuentra su dignidad…
La castaña se colocó un anillo con forma de alas, observándose seria al espejo.
—… la nueva amiga del traidor no debería ser atacada, lo mejor es ignorar a quien cínicamente dio la espalda a sus amigos en el trance crucial, pisoteando la memoria del gran Albus Dumbledore…
Hermione, indiferente, se acomodó los peinados rizos y salió.
Andando por los pasillos hacia la Torre Oscura, escuchando a lo lejos la música de Las Brujas, cruzó al lado de muros plagados de pintas:
Abajo el Traidor - No a la Imposición - No Obedezcas a Snape
El nombramiento de Snape había terminado de detonar la acción del Ejército de Dumbledore, trabajando a ocultas de Alecto y Amycus Carrow, que por fin llegaron y rondaban en los pasillos como un par de aves carroñeras, buscando a quienes se resistían a festejar el nombramiento del nuevo director.
A ocultas, algunos vieron pasar a Hermione y se atrevieron a subir el volumen a la radio:
—¿Muñeca, esclava? ¿Simple advenediza, espía desde hace cuatro semanas, por fin una novia para el sirviente aborrecido?
No. Estás equivocado, Jordan, pensó la castaña. No somos novios. Amantes. Snape y yo somos amantes.
La castaña no atendía aquello. Ya se daba cuenta que en Hogwarts las conclusiones precipitadas o infundadas como las de Harry eran moneda corriente. Ella no se arredraba. Con su nueva presencia Hermione mostraba que estaba ahí. Que no sentía vergüenza, ni miedo. Que se acercaba a la vida de manera intensa, más definida. Sus rojos sangre, los violetas, los negros, los azules vibrantes que adoptaba, la mostraban dispuesta a tonificar la vida con su presencia.
Eso, a pesar de que o porque, había llegado la hora que anticipó: Cuando todos sabiendo nada creyeran que sus suposiciones eran verdad. Y ella, sin poder explicar nada por la seguridad de todos, se viera aislada y escarnecida al igual que Snape.
Corrió el riesgo sabiendo las posibles consecuencias. Una falla en el plan, que se siguió adelante pese a todo, condujo a esto. Por ella, estaba bien. Menos le importaba que los profesores también le dieran la espalda, pese a sólo dolerle la parte que venía de McGonagall.
En Hogwarts el asunto estalló abruptamente: Al mediodía se recibió la noticia del nombramiento de Snape y automáticamente el ambiente se enrareció más. Se formó una burbuja de silencio en torno a ella, mientras en onda, alumnos y profesores se alejaban, dándole la espalda. Sólo algunas amigas permanecían de su lado, como Parvati y Luna, que enfrentaban las acusaciones contra Hermione.
Andando a un lado de los árboles quebrados y las nubes grises, pensó que el problema de ser amantes es que no todo puede esconderse. Sin haberse delatado, existían hechos inocultables. Miradas, gestos, las repetidas ausencias, un talante que ella cobraba con el paso de los días, la mirada más intensa, soplos sensuales en sus movimientos, huellas de tener un conocimiento que la alejaba del lenguaje de confianza e intimidad amistosa que la unía con sus amigos, principalmente con Harry.
Había llegado a la Sala Común hacía unas horas. Dejó la alforja a un lado del sillón, vio pasar a Ron, habló con las que seguían brindándole su amistad haciendo como si nada pasara o abiertamente, una cosa llevó a la otra y ahora se dirigía a la Torre Oscura para hablar con Snape.
La ordenanza de no usar magia en el colegio podía pasarla por alto. Si alguien no se daba cuenta que Hogwarts había dejado de existir como una escuela era por engañarse con las apariencias. Que el castillo continuara en su sitio no significaba que no se hubiera convertido en una prisión, los alumnos en prisioneros y los profesores, en carceleros al servicio de los nuevos alcaides.
Hermione apareció en la cima de la Torre Oscura, como acordó con Snape la última vez que se vieron. Snape había esparcido nuevos encantamientos, para ocultarse. Eso no impedía que el viento fuera cortante ahí arriba. Un viento helado y sibilante. La pesada roca lóbrega de la torre marcaba su círculo con el alto tallado a un lado y los brazos de los desagües en las cuatro direcciones. Las estrellas titilaban. La luna, con esa nube gris que la atravesaba, era plata quebrantada.
Snape, una silueta negra de pie cerca del borde, preguntó a la Gryffindor:
—¿Has visto a Potter?
Ella negó con la cabeza al responder:
—No desde esta mañana. Harry se marchó hoy de Hogwarts. Mañana es su cumpleaños.
—¿Te dijo dónde iba?
—No. No se despidió de mí. No lo culpo.
Al día siguiente de la fecha del cumpleaños de Harry debían ir a Infinity Manor. Lo que nadie sabía es que ésa sería una noche larga. Una noche larga y difícil al ritmo de Las Brujas de Macbeth. La peor parte sería la siguiente hora y media.
—¿Weasley fue con él? -prosiguió Snape.
—No, Ron se quedó.
—¿Conoces la razón?
—Mucho me temo que es por mí.
El nuevo Director estaba en Hogwarts luego de sugerir a Voldemort presentarse brevemente para indagar sobre Potter, por si había cometido el error de permanecer en el castillo. Snape deseaba echarlo si seguía en el colegio y supervisar que los Carrow no pretendieran pasarse de listos con los alumnos aprovechando el baile. No confiaba en los demás profesores. Protestaban, desafiaban con frases elegantes, pero en realidad no evitaban nada.
—Están dejando solo a Potter -comentó Snape.
Hermione asintió brevemente, aunque rechazó la afirmación de Snape. El paisaje se desplegaba magnífico en torno de la Torre Oscura: La planicie, el lago, las montañas, las demás secciones del castillo en intrincada roca.
—No es mi culpa. Ni tuya. En vez de ensayar en Infinity nos vimos obligados a permanecer en Hogwarts. Tomó mucho más tiempo del que tomaría. Con todo y los problemas ha sido bastante rápido.
—Cierto. A un auror, aprender el conjuro le habría tomado el triple de tiempo que a ti -reflexionó Snape-. Aunque por lo menos debería estar Weasley con él. Granger, no te lo digo por mí: Piensa si terminar con Weasley puede servir para que se desprenda de ti y alcance a Potter.
—De todos modos en lo personal tengo decidido terminar hoy con él. En cuanto lo vea.
Hacía rato lo vio en la Sala Común, pero él salió rápido. Después pensó si él habría visto que dejó la alforja al lado del sillón. No obstante Ron sería incapaz de hurgar en la alforja, como el resto de los Gryffindor, aunque la odiaran. Y es que seguramente al irse, Harry había revelado lo que vio sobre la muerte de Dumbledore. Esa era la razón principal de que ella ahora fuera vista como enemiga.
Y Ron... En los días pasados había evitado pensar en Ron. Además de no poder hablar sin delatar la existencia de Ojo de Horus, no deseaba pensar en él por ser la persona que más la podía distraer de lo que estaba ella viviendo. Lo borraba de su mente apartando un obstáculo. También lo evitaba por dolor, ya que no estaba del todo alejada de él.
Le aliviaba que a Snape no le conflictuara esa oposición en sus sentimientos. Y es que era importante: A la castaña le dolía mucho darse cuenta cómo, de querer tanto a Ron, de ser su primer amor, había podido relegarlo de manera tan brutal en unas semanas. Y le dolía no arrepentirse. Jamás le pasaba por la mente cuando estaba con Snape, nunca lo tuvo presente de manera decisiva.
No obstante, ella estaba hiriendo a Ron de varias maneras. Así fue como se desprendió de su fetiche de ser buena. Porque la idea entraba en contradicción con la realidad.
—Desconozco cuánto tiempo yo pueda estar hoy en Hogwarts -le aclaró él-, una o dos horas. Te pido que nos veamos aquí cada media hora. Necesito saber si Weasley irá tras Potter. De no hallarme cuando vengas te veo en Mould-on-the-Wold el 1 de agosto, a las siete de la noche. ¿Recuerdas dónde aparecimos?
—Sí, después identifiqué la calle, es Aberforth Street -asintió, consultando su reloj. Eran las 21:00 h.
Se despidieron sin más y Hermione se dirigió al ruido de la fiesta.
Decidida, pero nerviosa y entristecida. ¿Qué sucedió? ¿Estaba por terminar con Ron, o eso sucedió mucho antes? ¿Lo amó, o estuvo resignada? ¿La convivencia y el pasar tantos peligros juntos, la acercó con quien no era para ella, un hermano como Harry? Como fuera debía empujarlo a irse de Hogwarts.
Y hablando del rey de Roma, como decían sus padres… No sin alegría mezclada con disgusto -lo que de todas maneras sentía por Ron frecuentemente-, la castaña vio al pelirrojo yendo hacia ella, él con un gesto decaído en su boca que -en un ramalazo de desconocerse a sí misma-, le pareció plañidero… aunque lo reemplazó por la ternura que la invadía con él. Esa mezcla de detestarlo y quererlo. No, eso no era amor.
—Hermione… -dijo él, preocupado- Debemos hablar.
Acercó su mano a la de ella, pero la castaña la apartó imperceptiblemente sin dejar de verlo a la cara. Eso no pasó desapercibido al pelirrojo.
—Dime, Ron.
—Hermione, hay rumores… Harry habló conmigo antes de irse… y lo nuestro está muy mal... -el gesto de Ron entristeció- Yo no creo, yo creo en ti, pero -su voz titubeó- necesito saberlo…
Volvió a tratar de tomarle la mano, para sentir que nada había cambiado, pero ella volvió a quitarse.
—Hermione… -angustiado, dio un paso para acercarse, pero ella se tomó de los brazos y con la cabeza baja, se negó. No podía soportar que Ron la tocara.
No podía. No deseaba ser tocada por él. Deseaba otro contacto. Otros besos.
—No, Ron, yo debo decirte…
Vista por Ron, que la recorría con la mirada, preocupado, intranquilo, sospechando, Hermione fue consciente de su propio cuerpo, de sus piernas, de sus caderas. De la ropa estrechando sus curvas. Experimentó la carnalidad de su abdomen, de sus senos. Los brazos que se oprimía con las manos. Sintió su cuello y sus labios llenos, a la caricia de un viento casi imperceptible. Todos los sitios donde Snape la había besado. El aroma mezclado de sus cuerpos y sus deseos.
Y Ron frente a ella, era un intruso. Y debía marcharse de Hogwarts.
Ron trataba de pensar en los términos de un mundo al que no estaba habituado. Era un mundo dolorosamente muy grande para él, formado por intuiciones de otras formas de ser, de formas de sentir frente a las que se sentía ignorante y pequeño, incapaz de controlar sus acontecimientos. Sólo tenía la sensación de que ella cambiaba, se marchaba, eso lo llenaba de zozobra y los días del pasado con Hermone se le presentaban dichosos. Era dolor por sentir que ella vivía una escena donde él no estaba incluido.
Incluso le dolía que ella dejara de reclamarle, de enojarse con él. Ron estaba habituado a no entenderla y chocar, pensando que tal circunstancia era la prueba de su amor y sobre todo, del amor de ella. Ron contaba con que eso era normal, conque ella lo soportaría y entendería. En buena medida, Ron la daba por hecha.
—¿Hice algo malo, Hermione? -aventuró, inseguro.
Por un segundo creyó que Ron se llevaría las manos a los ojos, echándose a llorar, herido y triste. Invocando su atención con base en el cariño que ella le tenía.
¡Ay no, por favor!, pensó. ¡No hagas una escena!
En cambio, la movió la tristeza. A Ron lo había querido mucho. Todavía lo quería. Lo recordaba la primera vez que lo vio y su rostro redondo. La manera como le tomó confianza, volviéndose más importante. Y aunque también recordaba, y fue su presente, el que aquello que la conmovió de él se convirtió en su mayor obstáculo para comunicarse, se preocupó, y llevada por la necesidad de no verlo angustiado a un grado que sabía para él muy difícil de manejar, se le acercó.
Lo que hizo también fue cruel, pues le dio un segundo de creer que nada malo pasaba: Lo confortó con un gesto de cariño.
—Ron… Tranquilízate… Debes escucharme… -le colocó las manos en los hombros y, más bien por ternura, apenas le dio un beso en los labios, porque para ella Ron estaba en el tránsito de ser y de dejar de serlo.
Snape venía por ese pasillo, rápidamente, con planes por ejecutar. Unos momentos antes hacía una ronda por Hogwarts para verificar que los Carrow no se propasaran de su punto cotidiano más allá de toda norma. En días siguientes se serenaría, pero hoy podían perder la cabeza al sentirse con poder en el castillo.
Y no dejaba de recordar. Pese al dolor que guardaba por seguir las órdenes de Dumbledore para proteger a Draco, y pese a no dejar de apreciarlo, ni de valorar sus consejos, tampoco dejaba de criticar a Albus, ni a Minerva, ni al resto de la plantilla de profesores por no tomar medidas para enfrentar esta época que todos vieron venir.
No era él quien había debido tomar precauciones, sino ellos. El castillo no tenía más defensas sólidas que su propia roca. Lo demás era como echar doble llave a una puerta de papel. Y era evidentísimo que un dia, Voldemort vendría a atacarlos. No habían desarrollado una mentalidad ofensiva pese a los continuos ataques. Intentar protegerse solamente con encantamientos defensivos era estar al capricho del atacante y esa actitud pasiva siempre era vencida. En ese sentido le enfurecía que los profesores no tomaran medidas eficaces en su contra, de él, de Snape. En cambio, acababa de ver más pintas en los muros, de oír las primeras críticas en voz alta contra él en uno de los corredores. Le molestaba por parecerle inútil. El Ejército de Dumbledore, inoperante, porque lo suyo era la resistencia pasiva, pero no actos con repercusiones en los hechos. Y los profesores de Hogwarts gravitaban peligrosamente al terreno de la complicidad, también por pasividad. Eran las víctimas perfectas, que se resisten un poco para mayor placer del maltratador.
Las opiniones habituales de los alumnos nunca habían entrado en su escala de intereses, pero, ¡Idiota Longbottom!, se decía Snape, plenamente seguro que Neville era el Comandante Máximo Supremo o como le llamaran en el Ejército de Dumbledore. No hay modo de advertirle que abandone estas rebeldías de niños, burlándose en voz alta y dibujando en paredes. Gran protesta, que no afecta a nadie, excepto contribuyendo a la intranquilidad de la mayoría. Varias de esas pintas más parecen señalamientos contra mestizos, invitándome a atacarlos. Y ahora me da el trabajo de evitar que los Carrow lo maten. Si quiere ser útil, el Ejército debería organizar una revolución, no inventar contraseñas para oír la radio. Decidió ir a la Sala de Menesteres para destruir todo objeto que los Carrow pudieran utilizar y quemar el manuscrito de su propio libro para no darles ideas. Y para no hacer olas, decidió dejarse ver menos todavía, para evitarse la necesidad de ejercer represalias contra los alumnos.
Y al dar la vuelta en la esquina se encontró de frente con Hermione. La vio besando a Weasley y la expresión gratamente sorprendida de él.
Fue sorpresivo, pero por lo mismo, revelador.
Ese beso lo enfureció, pero lo determinante en Snape fue pensar que ellos se reconciliaban.
Vio a la sorprendida Granger a los ojos, sin detenerse. Fue un segundo largo. Snape experimentó una repentina ira contra el pelirrojo. Detestó a Granger. En un buen momento de él, la imagen pudo conducirlo a una serie de posteriores preguntas irónicas, pero no estaba de humor. Se había formado un mundo y en este instante, saltó. Lo cruzaron las sensaciones de dolor y de sentirse ridículo. Otra vez, como antaño.
Sí, volvió a sonar la voz en su interior, tú nunca retienes a nadie.
Está bien, pensó Snape, acelerando el paso, tratando que la tristeza no lo invadiera. No importa. En realidad no importa nada y no sé si en verdad alguna vez importó. No se detuvo y no hizo un gesto; no titubeó en absoluto; su rostro conservó la misma expresión indiferente cuando Weasley también lo miró.
Snape siguió su camino, a pasos determinantes que hicieron ondear su capa.
Cuando Snape brotó de la sombra, Hermione se sobresaltó. La aterró un baño de agua fría.
Soltando a Ron de los hombros, devolvió la mirada de Snape a los ojos y volteó hacia él al alejarse, espantada, incrédula de lo que acababa de suceder.
Mo podía ser, no lo podía creer: Snape la había visto besando a Ron. La expresión de Snape no habría mostrado nada a nadie, pero a ella sí en ese rayo en sus ojos: Sorpresa, ira, dolor y una creciente indiferencia. Una frialdad.
Era de esas situaciones cuya magnitud se hace más notoria conforme pasan los segundos.
Desesperada. se tachó de tonta, de torpe. Sus motivos de sentir pena por Ron se le hicieron absurdos. Quiso dar marcha atrás en el tiempo.
Quiso correr tras Snape, pero no supo. Todavía no hablaba con Ron.
Sintió haber cometido un error irreparable.
Y en su pavor pensó, horrorizada y teniéndolo claro, diáfano y sencillo y fatal:
Por Merlín, si pierdo a Snape por esto, me mato.
—¿Hermione? -Ron dudó de lo que veía.
Volteó a Ron. Ella se colocó las dos palmas en la frente: Horrorizada, temerosa, avergonzada. Cambiaba la vista de un ojo a otro de Ron, pero pensaba en Snape.
¿Qué hice, qué hice? No voy a soportar sentir que lo perdí, no voy a aguantar verlo y saber que lo tuve y lo perdí, ni estar lejos y saber que no me espera, no, no, no, así no voy a poder vivir.
—¡Dime qué te ocurre, Hermione! -gritó Ron, con horrible presentimiento. ¿Snape?
Ruborizada, Hermione se cubrió la boca con una mano, denegando, con los ojos muy abiertos.
Si pierdo a Snape por esto me mato. Si lo pierdo me mato, me juro que me mato, por lo que más amo en este mundo, me mato.
Ron quiso acercarse a ella, que seguía negando con la cabeza, alejándose paso a paso.
—¿Hermione? Dime… dime qué ocurre…
Ella no le respondió. Dio vuelta y echó a correr tras Snape, pero ya no se le veía.
Angustiada, consultó su reloj: Las 21:15 h. Podría verlo en la Torre Oscura en quince minutos. ¿O iría a su despacho?
Snape se trasladó a la Sala de Menesteres. Por supuesto la necesitaba. Con el poco tiempo que tenía antes de volver con los mortífagos para salir en persecución de Potter, en el vasto salón plagado de objetos tomó la varita y destruyó el piano de Agnes Sádicar, el arpa de Salamander Malfoy, el maniquí de Caliope Lovegood, el retrato de Helen Origin-Nott, todos los objetos mágicos que los Carrow podían descubrir y usar contra los alumnos, creados en el pasado por integrantes perversos de varias familias de renombre. En esa hora previa a que se desatara el horror en Hogwarts destruyó objetos raros que conocía y podían usarse con fines de tortura. En el subsuelo derrumbó aniquilando con ello a cierta mazmorra secreta que se ensañaba con los de once años de edad. En su despacho tomó el manuscrito de su libro y, colocándolo en un caldero, le prendió fuego.
Estando ahí escuchó que llamaban insistentemente a la puerta. Supuso que era Granger. No tenía tiempo para eso.
Apareció en otros puntos del colegio para destruir objetos o elementos del castillo que fueran utilizados para refinar las torturas a que los Carrow someterían a los estudiantes.
A su pesar, porque no deseaba ver a Granger, a las 21:30 fue a la Torre Oscura. Debía saber si Weasley se había marchado o si no él en persona lo echaría de Hogwarts para salvar su vida, porque debía dar la orden a los Carrow de ir por el Gryffindor a las 22.00.
Ron, ante la carrera de Hermione, quedó asustado y herido, respirando rápidamente de ansiedad.
Tiene algo con Snape, ellos tienen algo que ver. ¿Hermione, Hermione? ¿Harry lo sabía, por qué no me dijo nada? ¿Hermione?
El frío en su cara le hizo creer que estaba pálido, como si fuera a enfermar, con náuseas. Un frío lo invadió de pies a cabeza.
Se mareó. Hermione lo besó. Ella vio la cara de Snape. Y ella sin más echó a correr tras él. A correr tras Snape.
Snape le interesa. ¿Snape y ella…?
Blaise Zabini, rumbo al baile en su apogeo junto con otro Slytherin de unforme, se burló, luego de cruzarse con Granger.
—¿Qué tal Weasley? ¿Viste a tu gran amor con el profesor…?
—¡No te atrevas! -gritó Ron destempladamente.
El puñetazo de Ron lanzó a Zabini al suelo.
El acompañante de Zabini se acercó al pelirrojo, pero al ver sus ojos se detuvo. Ron estaba fuera de sí.
Dio vuelta y echó a correr. Hacia la Torre de Gryffindor.
La alforja. La alforja de Hermione quedó en la Sala Común, lo vio cuando pasó cerca. Hermione había olvidado su alforja en la Sala Común, la que cargaba a todos lados. La dejó en la Sala Común seguramente pensando que volvería pronto, pero la situación se alargó un poco y la dejó cerca del sillón.
La alforja que Hermione nunca soltaba cuando veía a Snape.
Ron corría en las escaleras, sin saber si enfurecerse, o llorar, o morirse.
La Sala Común de Gryffindor era de los espacios más seguros. Nadie que dejara nada en ella, nadie, ni un enemigo o traidor, podía temer que se registraran sus pertenencias. Porque así actuaban quienes eran el ejemplo de Hogwarts.
Pero Ron ya no pensaba. Llevado por la ansiedad y con temor de hacer lo impensado para él, es decir, hurgar en la bolsa de Hermione, esto se le presentó como la única solución a su angustia. Si había algo, estaría en la alforja.
Entró corriendo a la Sala. No había nadie, todos estaban oyendo o bailando con Las Brujas.
La alforja seguía a un lado del sillón, con la correa en giros sobre ella, anodina.
Ron dudó un instante. ¿Y si lo dejaba? ¿Y si tomaba lo visto, como prueba?
No pudo. Pensó que sentía esa leve serenidad porque tenía la posible prueba al alcance de la mano, pero que si la dejaba pasar, se atormentaría con la duda.
La tentación de hurgar en la alforja fue grande. El objeto cotidiano se le presentó como una extensión de Hermione, y por ende poseedora de una respuesta. El indagar en ella sin permiso de la dueña le hizo sentir culpable, pero también fue extrañamente estimulante el hecho de buscar y tal vez encontrar. Fue como faltar el respeto a Hermione y eso le produjo una sensación de poder, reconfortante en medio de su inseguridad.
Respirando agitado, Ron tomó la alforja y metió una mano en ella, mirando atrás para cuidarse, con miedo de ser sorprendido en cualquier momento. Sentía la boca helada, las manos le temblaban.
Nada; pertenencias comunes y corrientes, pocas, el escaso maquillaje de tonos más oscuros que los habituales en ella; una libreta de apuntes, un libro de formato pequeño, un monedero.
Sus manos chocaron con los pergaminos enrollados.
No eran muy grandes. Un rollo de pergamino cabía en una mano y el objeto en total no tendría veinte centímetros de largo..
Los costó entender como se desplegaban los rótulos, pero al lograrlo extendió el primero y leyó:
…. los orígenes de las Artes Oscuras se remontan a lo que los muggles llaman el Imperio Asirio…
Abrió el segundo, donde leyó:
… la elaboración de un Pentagrama de un solo trazo se realiza de la siguiente manera…
Eran cuatro pergaminos. Extendió el tercero:
… Granger…
Era letra de Snape.
Ignoraba que ese rótulo no tenía hechizo. Al continuar leyendo, entendió más. Eran… palabras de amor, eran…
… eran palabras de amor para Hermione…
Y en un margen, la letra de ella:
Te amo, Severus
Con mirada de incredulidad y desconcierto, la boca de Ron Weasley se rompió de tristeza, de dolor, de miedo, de náuseas, de horror. Negó con la cabeza, respirando agitadamente.
El frío subió del tórax a su cuello, subiendo a su cara al releer las palabras, invadido de náuseas casi incontrolables, en la sensación de ser defraudado, engañado, ignorado. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo ocurre esto?
Hermione lo engañaba, ¿Hermione, su Hermione? La desconoció. No era su Hermione, esa ya no existía, dejó de existir hacía mucho. Esta era una Hermione cruel, que lo había olvidado. Esta era…
Llenándose de ira, entendió las miradas de otros, aquellos connatos de sonrisa burlona… ¡y Harry! ¡Harry debía haberlo sabido! Ron no daba crédito. ¿Por qué no se lo dijo? ¿Por qué esa falta de solidaridad?
¡Pero es que Harry no mostraba solidaridad! consideró Weasley. ¿Quién había defendido a Hermione estos años? ¡El, Ron Weasley! ¡Harry nunca la apoyó en se sentido, él no veía más que su nariz en el espejo! ¡Egoísta, soberbio! ¡Siempre el primero, siempre el único, incapaz de importarle nada más que su cara en el espejo y su gran misión! ¡Claro que debió saberlo o sospecharlo! ¡Por eso tuvo esos silencios avergonzados! ¡Debió pensar que como no le afectaba, no le importaba! ¡Nada de que respetaba, qué buen pretexto para solo ocuparse de sí mismo! ¡Falso amigo, traidor, cobarde! ¡Lástima que se había marchado, si no, lo haría responder por su actitud!
Él no estaba, pero estaban los otros, él… el Murciélago, él y…
… y ella…
Y entonces tuvo la primera imagen que lo atormentaría.
Invadido por un mareo, imaginó a Hermione abrazada con Snape. En la oscuridad imaginó besos, caricias, movimientos. La voz de Hermione. Snape besándola.
Aquello le clavó un fino estilete en el centro del tórax y en los ojos, un dolor a punto de volverse llanto.
Lo habían engañado.
Todos. Hermione, Harry, Snape. Su novia, su mejor amigo y su enemigo.
Desfigurado de rabia y dolor, Ron apretó el pergamino y salió corriendo de nuevo.
Bajó las escaleras, sabiendo dónde buscar, a la mayor velocidad que nunca corriera. Se rozó con un muro, lastimándose la piel de una mano, pero no lo sintió.
Claro. En la mazmorra. La encontraría en la mazmorra. Hermione iba a la mazmorra a ver a su amante.
Corrió el último tramo. ¿Cómo no se dio cuenta? ¡Ocurrió delante de sus ojos! ¡En su cara, Hermione lo engañó!
Enfureció más. No sintió cómo llegó a las escaleras, pero ahí estaba. Se detuvo, escuchando.
Se oyó un portazo y pisadas ligeras que subían. Ella. Viene de verlo.
El pelirrojo esperó en la penumbra, escuchando las pisadas acercándose.
Hermione salió de la escalera, casi corriendo.
La dejó dar dos pasos, y la tomó con fuerza de un brazo.
Sobresaltada, Hermione soltó un leve grito, tratando de zafarse, pero Ron era fuerte. La aventó, haciéndola dar dos pasos atrás. Ron extendió el pergamino y se lo lanzó.
Estupefacta y asustada, Hermione no atinó a tomar nada y el pergamino rebotó contra el piso.
—¡Ron…!
Con labios apretados, él se le acercó.
—¿Con que te gusta Snape?
Alterada, Hermione no supo qué decir. En los ojos de Ron Weasley brillaba una furia homicida.
