Hermione y Snape se recargaron en el balcón, apoyando los codos. Las constelaciones seguían su ruta circular, cada vez más lentamente, regresando a la normalidad.
Asomando, ambos vieron por arriba las copas de los árboles fosforescentes, ubicados frente a las ventanas de la planta inferior. En torno a esos árboles se extendía el prado hacia la derecha, rodeando la construcción. Hacia la izquierda se levantaban macizos de flores, hierba, otros árboles de hojas tenuemente brillosas y más allá, estatuas, fuentes, bancas de piedra y una columnata antigua, que no sostenía techo alguno. El vasto terreno era circundado por la elevada muralla de piedra, cubierta de enredaderas y en el centro de la barda, frente a Snape y la castaña, la alta reja. Frente a ella cruzaba el Boulevard, con sus durazneros violetas y las residencias de compleja arquitectura, de ventanas iluminadas, algunas palpitantes de color, en la noche serena.
Dejaron pasar unos minutos, contemplando la calle.
Y se acercaba la hora de despedirse.
Snape había hablado con Hermione sobre la conveniencia para ella, de refugiarse en el Boulevard hasta que todo pasara. No en la mansión, pues podía pasar mucho tiempo en ella, pero fuera transcurriría menos tiempo. No obstante, él había identificado otras residencias vacías, sin dueño, que ella podría ocupar.
El plan inicial había sido ensayar el conjuro en la mansión, pero por el accidente debieron continuar en Hogwarts, mientras Snape volvía solo para buscar algún peligro, cuya existencia no logró determinar. También debió cumplir con sus obligaciones de obediencia hacia Voldemort, lo que prolongó más sus ausencias. Cuando la situación se puso peor para Hermione, él acudió a buscar dónde ella podría ocultarse, pues ya no tenía amigos. Snape pensaba culparse de haberla puesto bajo el control de un Imperius. Tenía varios planes que justificaran esa versión ante el Wizengamot.
La mejor defensa de la castaña sería contar la verdad, la historia de Ojo de Horus. Pero eso no podía hacerlo hoy. Debería ser al término de la guerra, si se ganaba. Si ésta se perdía, todo intento de reinvindicación sería inútil. Daría lo mismo ser culpable o inocente.
En el balance de los sucesos, visto desde muchos ángulos, lo cierto era que su tiempo juntos terminaba. La relación que construyeron fue en el marco del suceso principal y eso estaba logrado.
Aun así, Snape se dio tiempo de contemplar el paisaje junto con Hermione, hasta que la invitó a entrar de nuevo.
Se dieron nuevamente la mano cuando Snape abrió la puerta de una habitación y en ella cruzaron por un recinto lleno de estatuas en desorden. El cuarto era más grande por dentro que por fuera.
—No estoy obligado a volver en este instante -explicó él-. ¿Podemos hablar un rato más?
—Claro -asintió ella, un poco triste.
Como puestos de acuerdo, entrelazaron sus dedos, estrechándolos.
Snape abrió la puerta de otra habitación.
—Las puertas siempre están en su sitio -dijo- y las habitaciones se conectan con otras. Creo que podría gustarte ver algunas.
La castaña asintió, admirada de las dimensiones de ésta, pues en su centro ostentaba un gran monumento de roca gris oscura, de pilastras y cúpula de inscripciones borrosas.
—En esta tercera planta se encuentran los tiempos posibles -le explicó Snape, cruzando el cuarto-, objetos y sitios que pudieron existir y no existieron, algunos como sombras de los reales u otros como ese que ves, el cual me da la impresión de ser un monumento soñado por alguien y sólo existe en esta habitación. Su entrada está borrosa; no se puede cruzar.
Snape abrió otra puerta y Hermione vio un paisaje de rosas alargadas al horizonte, hacia una torre distante en la neblina. Al avanzar y abrir la siguiente puerta, cruzaron por la amplia sala vacía de un trono de roca.
Yendo por otros cuartos, atravesaron parte de la Biblioteca de Alejandría con sus innumerables pergaminos enrollados, en estantes; un quieto templo persa; cuartos de tipo oriental.
—El Ravenclaw Fitzpatrick ancló la mansión en los dos extremos del Tiempo -comentó Snape-. Si llegamos al inicio, la casa todavía no existe; si legamos al final, ha dejado de existir. El inicio y el final del Tiempo están conectados por los extremos de los corredores de este piso. Toda la parte intermedia, aunque sea nuestro futuro, es el tiempo presente de la casa. Sin el encantamiento de apertura de la reja, si se ve desde fuera o se salta el muro, la residencia o no existe todavía o está en desaparición. El remate de la paradoja es que es una casa fuera del tiempo.
Al cruzar otra puerta, a Hermione le sorprendió salir a una vasta habitación de aspecto normal, de paredes blancas, muebles y cortinas del mismo color. Ardian velas sobre un secretarie al lado de un muro, difuminando su luz.
—Creo que es la corporización del grabado de un antiguo libro perdido -comentó Snape, con aire distraído.
La castaña fue a una mesa extraña, llena de frascos oscuros con goteros, rotulados a mano en sus etiquetas blancas, distribuidos en seis niveles en pequeños escalones, tantos frascos como cerca de doscientos.
—Se llama órgano de perfumes -explicó él, volteando a la ventana abierta, cubierta por una clara cortina.
Hermione se dejó caer en el lecho de blancas sábanas de lino, con techo o dosel, medio cubierta con velos blancos. El mismo material de la cortina que ondeaba en la ventana a un costado de ella, dando paso al fresco aire de la noche.
Snape tomó asiento en una silla de complicado tallado. Ella lo veía porque el único velo alzado del dosel era el que daba frente a él.
—Volver a vernos puede ser difícil -opinó Snape, mostrando algunos de sus pensamientos recientes-. O incierto.
—Lo sé -suspiró ella, recargándose en los almohadones.
—He intentado… pensar cómo podría ser reencontrarnos después del término de la guerra, pero una guerra da al traste con las decisiones tomadas en su transcurso. Si es posible, sí, quiero hallarte de nuevo como hemos dicho.
—Yo también, Severus -lo contempló, preocupada por él.
—Existen algunas… circunstancias -matizó Snape-, ciertos hechos que, debo decírtelo, pese a mis mejores esfuerzos no veo cómo resolver.
Ella le tendió la mano.
—¿Y si lo hablas cerca de mí?
El calló dos segundos y se levantó.
Snape cruzó parsimonioso al lado del cortinaje, que lo volvía etéreo en su atuendo negro, alumbrado por las velas.
Alzó la cortina del lado de Hermione y quedó quieto en sombra, al anunciarle:
—Pero antes de despedirnos tengo… algunas ideas.
—¿Cómo cuáles? -se intrigó; ella misma buscaba algún pretexto para no separarse tan pronto; por lo menos no esta noche. Estaba pensando en simplemente proponérselo.
—Ideas como que dos días aquí son uno afuera. Como que muchas puertas de la mansión se abren a otras épocas y lugares. Como que podríamos ir a algunos de ellos, tú y yo.
—¿Estás seguro?
Snape se sentó al lado de ella. El contraste de su atuendo y cabellos negros en el entorno blanco, atrajo la atención de Hermione.
—Uno o dos días aquí no significan nada para mí -explicó él-, porque equivalen a la mitad en nuestro mundo. Y tú no tienes prisa en regresar.
Él se recargó en los grandes almohadones, apoyados en la cabecera del lecho, adornada con arabescos.
Hermione, recostada del todo, giró hacia él.
El perfil romano de Snape, cabellos negros un poco sobre su cara, se delineaba contra la cortina.
—No tengo prisa -explicó-. O no tanta. No tanta como para volver a la esclavitud de inmediato. Y no debo estar mucho en Hogwarts o deberé aplicar castigos a los alumnos. Deberé regresar a la brevedad, pero no tengo prisa por dejarte.
Eso coincidió con los deseos de ella, que dudaba en decirle para no colocarlo en un predicamento. La castaña había decidido que ella necesitaba ocultarse por un tiempo. Por lo menos hasta saber si el conjuro surtió efecto. De eso dependía su siguiente proceder, mas era pronto para saberlo.
Él tomó una mano de ella, y sosteniéndola, la colocó sobre su tórax. Snape quedó pensativo.
—Eres tan importante para mí -afirmó, un poco ausente, sumido en graves pensamientos.
Ella se recargó en su hombro.
En la cortina de la ventana se sugería la luz del Boulevard.
—Me gustaría proponerte algo -comentó él, casi como para sí; volteó hacia ella y contempló los labios de la castaña, cerca de su rostro-. Me gustaría vivir contigo… algo más. Algo para lo que no hemos estado en el sitio adecuado.
Dicho con su seriedad característica…
—¿Y qué quieres? -quiso saber ella, o confirmarlo- ¿Qué quieres vivir esta vez?
Y era de noche. Y estaban solos.
Snape apoyó en un codo en el lecho y la sien en una mano. Acomodó unos mechones de la castaña, detrás de una de sus orejas.
Hermione entrecerró los ojos cuando Snape se acercó a sus labios. Los admiró, dejando los suyos rozarlos, sin hacer un gesto, insinuando la caricia en la penumbra... Se deleitó en el roce con los labios de la castaña… Tantos días de pensar en ella, de imaginarla, de preguntarse por ella… No era para comérsela de un bocado. Snape se le acercó un poco más, colocando sus labios entre los de Hermione, entreabriéndoselos un poco… El sentía la respiración de la Gryffindor, la textura levemente húmeda de su boca. A ella se le escapó un jadeo, frunciendo el ceño.
—¿Te gustaría jugar? -susurró él, apartándose lentamente.
—¿Jugar? ¿A qué? -entrecerró los ojos, cortada porque no se besaron.
—Granger, ¿tiene algo qué hacer esta noche?
Su corazón se aceleró y le faltó el aire al responder.
—¡No que yo sepa…!
—¿No que usted sepa, Granger? Tal vez yo lo sepa.
—¿Es decir que lo tiene preparado, profesor?
—No, pero se me ocurre ahora… ¡El órgano de perfumes! -lo señaló con la palma abierta- ¡No se lo he mostrado, Granger!
Se levantó del lecho, pero se detuvo como recordando, y giró hacia ella.
—No te he preguntado, Granger. ¿Qué te parece mi idea, finalmente?
—¿Pasar en esta residencia un día o dos? Me parece una gran idea -rio, divertida, sentándose en el lecho-. ¿Estás bromeando conmigo? Es la primera vez que te veo haciendo algo como bromear.
Snape no comentó, señaló arriba sacudiendo una vez el índice, como quien toma nota y fue al órgano de perfumes.
Al llegar al mueble, Snape sacó una pequeña pluma negra, de un bolsillo interior.
—Oh, no te he preguntado -le mostró la pluma, cambiando el tono-. El día del asunto con Morel encontré esto en el suelo del despacho, una pluma de cuervo. Pienso que ella o tú la llevaban consigo y cayó cuando estuvieron ahí. ¿Sabes de dónde?
—Yo no la llevaba conmigo, a menos que me cayera, o a ustedes, cuando el cuervo salió de tu despacho.
El la miró, intrigado.
—No tengo cuervos en mi despacho.
—Quizá llegó del bosque y bajó volando por la escalera. Al oírme acercar, decidió salir.
Snape hizo cara de extrañeza.
—No sé de esta clase de cuervos en el Bosque Prohibido -se guardó la pluma-, pero en fin, lo que ves, es la mesa de trabajo de un perfumista. Los frascos contienen esencias y materias primas.
—¡Desconocía que tienes esos conocimientos...! -se sentó el borde del lecho, frente a él
Ante la explicación de Snape, estilo profesor, la castaña tuvo la sensación que el Director de Hogwarts traía un propósito entre manos. En el caso remoto que él estuviera jugando, tuvo la sensación que con Snape sería un juego desconcertante.
—Los negocios del Callejón Diagon no han sido todos siempre los mismos -afirmó Snape-. Hasta 1676 se levantó en él, la firma más próspera de perfumería, Cross & Holt, con el rótulo Pocioneros y Perfumistas. Pese a que esas artes fueron separadas por las autoridades en el siglo 18, la perfumería mágica obtiene sus componentes a partir de procesos de destilación, cocciones, sublimaciones y otros elementos logrados con manejo de sustancias, plantas, calor, hornos y calderos.
—¿Tú has elaborado perfumes?
—En teoría. Algunas esencias y aceites; en mi hipótesis, que no he comprobado, pueden obtenerse algunas sensaciones con grados de mezclas y combinaciones de aromas -buscó en los frascos-. Una vez que estuve aquí, descubrí que están casi todos los componentes que he estudiado.
Snape tomó una pluma color verde agua, usada por el perfumista para llevarse el aroma a la nariz, y de los frascos, le aplicó con los goteros, una y otra cantidad.
Cada pluma que usó, la sostuvo con el índice y el pulgar. Cada vez, podía distinguirse al agitarla, la formación de una voluta de leve dorado que se removía en la corriente de aire, pero que llegaba a Hermione.
Al hacerlo la primera vez, la castaña aspiró permaneció pensativa, hasta que Snape le adelantó:
—Te sentiste en Godric's Hollow.
—¿Cómo lo supiste -preguntó asombrada-, fue el aroma?
—Te di a oler una copia de la esencia del lugar.
Fue cambiando las combinaciones y Hermione, sintiéndose transportada a diferentes localidades del mundo mágico.
Snape esparció otra combinación moviendo la pluma de un lado a otro, pero todo rastro de anterior aroma, se esfumó.
—Veamos este -anunció lanzado desde lejos, la combinación hacia Hermione, quien supuso que vería otra localidad, pero no fue así.
—¡Oh…! -exclamó ella, poniéndosele por un segundo, un poco, los ojos en blanco, asombrada.
—¿Qué ocurrió?
—El aroma… -jadeó la castaña, recuperándose- Lo aspiré y lo sentí recorrerme la nuca, por el lado derecho de la espalda, hasta… Severus, qué invento es ese… Esto fue una sorpresa, me has hecho una trampa… oh…
Snape hizo otra combinación, lanzándosela. A Hermione le flaquearon los brazos.
—Severus… tal vez debas esperar un poco…
Él hizo caso omiso y espació otra combinación, shandan, sándalo, violeta y una esencia marcada como Mercurio.
Al respirarlo, un poco sin querer, la castaña soltó un suspiro y, sin fuerzas para sostenerse, cayó en el lecho, enervada.
—… qué… es… -murmuró, tratando de levantarse.
Snape se acercó al lecho, sin prisa, hacia una Hermione desfallecida, pero estimulada por el toque de los perfumes. Al querer alejarse, quedo completamente recostada en el lecho. El llevó tres plumas con combinaciones de esencias y aceites, nombres zodiacales, planetas y aromas naturales. Los esparció sobre la castaña, llevándola por un camino de sensaciones. Él usó Neptuno más Júpiter; Saturno más Luna;Venus más Mercurio; cada uno con añadidos de dos o tres gotas de otros aceites.
Dejaba caer la aspersión sobre Hermione, en quien la caricia de los aromas producía una reacción incitante, restándole capacidad para atender a lo que no fueran sus sensaciones, haciéndola removerse en el lecho, suspirando sobre las sábanas. Apenas alcanzó a decir:
—… Severus… esto es… es un placer debilitante, pero a la vez, es estimulan... mh…
Su exclamación fue porque él le esparció una esencia de Venus más Azul Turquesa y Menta.
Snape dejó las plumas en el secretaire y quitándose la capa de un movimiento, como si le estorbara, se acercó a Hermione, subiendo a su lado. La combinación de aromas desaparecía. Él ha de haber evitado colocarles algún fijador, para que se volatilizaran rápido. Con un pase, bajó las tres cortinas sedosas que protegían el lecho. Apoyó un codo en el lecho y una sien, en una mano, al lado de la castaña, que se recuperaba asombrada.
—¿Me preguntas que deseo? -le susurró Snape- ¿Qué piensas que desee hacer contigo esta vez? ¿Qué deseo por cuál hermosa Gryffindor, crees que me consume de qué forma?
—Severus… tal vez se parece a lo que yo deseo…
El silencio de un segundo los hizo sentir hacia dónde iban sus días y sus secretos. Un segundo les pareció demasiado tiempo.
—Mh… -Hermione suspiró cuando él la besó en la boca.
Hermione tuvo los labios delgados de él en los suyos, cálidos, intensos... Snape experimentó la humedad de la boca fina y sedosa de Granger. Era clamor pese al silencio.
Snape, besándola, la presionó contra la almohada, formando columnas con sus rizos castaños.
Ruborizada, Hermione gimió, sonando un poco a sufrimiento. Sentía aquellos labios delgados y crueles en su boca, la calidez de los labios de Snape, su boca acariciando la suya.
Cuando ella le respondió, Snape soltó un leve suspiro.
Lento, él apoyó la cabeza en la almohada, quedando frente a frente, acariciando una mejilla de ella con el índice.
—Te amo, Hermione -susurró él, entre los velos del lecho y las velas encendidas.
La atrajo hacia él, abrazándola, y recostándola sobre su cuerpo.
—Mh… -ella suspiró de nuevo cuando él la besó.
Snape la acariciaba, suave, pero con deseo, con placer de tocarla; con sorpresa y maravilla de tocarla, pero con pasión creciente. Depositó sus caricias en el cuerpo de ella, y besos en su cuello perfumado.
La castaña sintió en su vientre el grado de necesidad de Snape por ella, y acariciándolo, experimentó las formas firmes de él, a través de la oscura ropa. Qué cuerpo, pensó ella, húmeda de saliva en los labios y también húmeda en sus deseos, sabiéndose anhelada por él.
Las caricias aumentaron, haciéndose más atrevidas y exigentes, tocándose las piernas, oprimiéndose uno al otro frente a frente, hundiendo los dedos en sus cabellos, Snape depositando caricias en el rostro de ella como quien paladea una piel fresca como sandía, jugosa como granada, tallada en porcelana, en terciopelo y de oros en las estrellas.
Suavemente él la llevó a recostarse de lado, frente a él y, sin decirlo, sólo puestos de acuerdo por su creciente necesidad, uno al otro se desabrocharon la ropa, como si se les terminara el tiempo.
Él le pasó una mano por la espalda; Hermione cerró los ojos. Vaya, está… buscando el broche de mi sostén…
Uno al otro se desabrocharon la ropa, quitándose mutuamente algunas prendas.
Snape, que llevaba el pantalón con el cinturón suelto y la camisa y mangas totalmente abiertas dejando ver sus músculos marcados, con las rodillas a los lados del cuerpo de Hermione, le quitó el sostén y en la penumbra, rodeados por las cortinas de lino donde se transparentaban las velas más allá, admiró a Hermione, que conservaba una prenda de ropa íntima y la blusa abierta.
—Eres una belleza -susurró él, con voz grave- y yo siento como si hubiera hecho esto antes y te deseara más que en un principio, pero todo eso sólo ocurrió en mi imaginación.
Ella se colocó las manos debajo de la nuca y le sonrió.
—¿Qué te parece la realidad? -pregunto, estirándose al notar el efecto que provocaba en Snape, el efecto de su cuerpo sin prendas, pero vestido de noche, vestido del ámbar de la luz de velas, vestido por los ojos admirados y amantes de Severus Snape.
—La realidad es increíble -dijo Snape, apartando los cabellos del rostro-. La realidad es muchísimo mejor.
Con ojos asombrados, él se recostó bocarriba, colocando a la sonriente castaña a horcajadas sobre él. Hermione se acomodó el cabello con ambas manos. Y de la sola admiración que la Gryffindor le causaba, Snape la tomó por las caderas y le dijo, maravillado, serio:
—¡Cásate conmigo…!
Seductora, Hermione rio suavemente:
—¿Sí? ¿Quieres casarte conmigo? -sonrió ella- ¿Casados hasta que nada nos separe?
—Hasta que nada nos separe.
La castaña se quitó la blusa, ahora ella recostándose en el lecho de blancas sábanas, sonriéndole y colocando las manos detrás de su nuca.
Snape la admiró, atravesado por una saeta de amor y de dolor. Bebiendo el licor de los sentimientos que, como un perfume, mezcla la maravilla de tener, con el dolor de saber que nunca podremos llegar al último reducto de la persona amada; que nunca llegaremos a su último secreto, a ese silencio íntimo que conocemos como alma... El cuerpo se acaricia, pero no es lo último. El alma se respira, pero no se toca. No estamos hechos para eso. Snape sintió estar con Hermione y no poder hacerla suya del todo, por no poder llevarla consigo por siempre y él mismo no ser para siempre; por no saber cómo tocar su espíritu y por eso amar la magia que podemos: Leer sus voces en el viento, respirar los encantamientos de sus palabras, amar el hechizo de su sonrisa y de su mirar. El conjuro de sus caricias… Eso es todo y lo más cerca que se puede llegar a la eternidad, y la eternidad para él era Hermione Granger, en la maravilla de su piel sin barreras.
Snape se quitó la camisa, acariciando el cuerpo de Granger para intentar decírselo, y ella se movía para colocarse donde quería ser tocada y besada por él… Los movimientos sensuales de la castaña se convirtieron en los de una cadenciosa serpiente… Ondulante, sonriente… Snape recorrió su cuerpo con labios y dedos en la media oscuridad. Una franja de luz de Luna entró por la ventana, cayendo sobre los ojos de la castaña, mirada de curvas felinas. El lejano brillo del Boulevard en sus durazneros batió afuera, surcando los labios de Hermione, elevados en las alas de una sonrisa: Alas conocedoras de los extremos del tiempo, como la mansión, dueña de la vida y de la muerte. Lectora de la vida de Snape por tocar la oscuridad de su corazón.
Sombras en el muro, moviéndose como ramas de árboles, dieron la impresión de que en las paredes colgaban hiedras o quizá serpientes sigilosas deslizándose sin pausa... Sus dibujos recorrieron la espalda de Snape.
Con un movimiento rápido y ansioso, sin prenda que los separara y cubiertos por la sábana de lino, ella fue al encuentro de la boca de él, se besaron casi chocando con sus labios, que sofocaron el gemido de ella al sentir el contacto de sus lenguas, enfrascándose en un vaivén húmedo y cálido, mientras Snape frotaba los botones rosas en el pecho de ella.
Los besos de Snape pasaron a las mejillas de la castaña, bajando a su cuello. Hermione sintió los jadeos de Snape, que le acariciaba las caderas.
El contacto húmedo de la boca de Snape con las elevaciones sonrosadas del pecho de Hermione provocaron un gemido en ella, y otros cuando él humedecía y acariciaba de arriba abajo y de lado a lado.
Ellase mordió el lado de abajo, con una leve sonrisa, al sentir que él apretaba un poco con los dientes, remordiendo delicadamente sus elevaciones sonrosadas.
El viento sopló más fuerte; el murmullo acompañó los besos deSnape en el cuello de Hermione, bajando a sus senos, que volvió a probar.
Los labios de Snape recorrieron el abdomen de Hermione, que subía y bajaba, pero que él abandonó para acariciar con su boca, las bien formadas piernas de ella, sedosas.
Los besos de él bajaron hasta las pantorrillas de la castaña, y fueron de regreso… Ella se colocó bocabajo, y al subir de regreso, Snape besó las elevaciones de ella, hasta llegar a la espalda, causando un escalofrío en la castaña que se colocó boca arriba, invitándolo a continuar con una sonrisa.
Snape le acarició los costados, yendo al centro de ella, que separó un poco las rodillas… y cuando él llevó sus labios al punto cálido del cuerpo de ella. Hermione experimentó un leve contacto húmedo en el botón de su cuerpo, pequeño, oculto, sonrosado y sensible… Llevar un tiempo deseando que él lo hiciera otra vez, junto con la fuerza del placer, hizo que a la castaña se le escapara un gemido ronco y su cuerpo se estiro y se tensó en cuerda de violín.
Hermione se sujetó de los lados de la almohada, viendo los labios de Snape a los que se entregaba separando las rodillas. Ella adelantó un poco la mandíbula, en una leve sonrisa de voluptuosidad por verlo actuar de esa forma. Viéndolo en ese punto donde lo tenía.
—¿Te gusta? -susurró ella, por pura picardía, moviendo las caderas- No te detengas. Tú no te detengas.
Y por sentirlo actuar de esa forma, la boca de Hermione adoptó un gesto semejante al de una queja, pero fue por el placer. Hermione suspiraba y sacudía la cabeza en la almohada. Al anunciar que se aproximaba, su gemido guió a Snape, que rápidamente besó de regreso su piel blanca y temblorosa, pero cuando pareció que tomaría su boca, hizo otro avance, que provocó un grito en Hermione, haciéndola fruncir el ceño, entrecerrar los ojos, enterrarle las uñas en los hombros cuando él la tocó muy cerca de donde la besara, y continuó, poco a poco, envolviéndose en los labios encendidos de Hermione, mientras de la boca de ella brotó un grito que la sacudió:
—¡OH…!
Snape continuó, colocándose bocarriba y sentándose en el lecho, abrazando a Hermione, afectuoso y firme, para que la molestia fuera mínima… Ella se abrazó a él, moviéndose… Se le escapó un muy leve gemido. El momento pasó, y al estar plenamente unidos, se hicieron un poco atrás cada uno, mirándose a los ojos, jadeando.
—Te amo, Hermione…
—Severus, yo también te amo…
Ahora fue ella quien se recostó de espaldas en el lecho y completamente, enteramente unidos, lo rodeó con los brazos y le dio un beso que humedeció sus caricias, tanto como su unión ardorosa, y ella tuvo un pensamiento donde una extraña felicidad se mezcló con la ternura y con una sensación de poder: Lo tengo. Es mío.
Hermione lo rodeó con las piernas, negando con la cabeza, pero afirmando:
—Eres mío, eres mío…
Snape era de ella, totalmente de ella al tenerlo abrazado en su beso carmesí.
Enardecido, Snape hizo un movimiento de vaivén con la cintura, provocando en Hermione un gemido de placer, largo, casi doliente, vibrando con los ojos cerrados y moviéndose a su vez. Snape estaba en el encuentro de un ardoroso abrazo, estrecho y húmedo, íntimo, total. Hermione, vibrando, sujeta de las orillas de la almohada, le devolvió la mirada, ambos como quienes se hacen promesas.
Los cabellos de Snape enmarcaban su fuerte mirada conforme él continuaba uniéndose a Hermione, observando sus facciones, con temblor contenido al sentirse abrazado de esa forma nocturna en una sensación de placer que aumentaba. La suavidad, la dulzura de Hermione en ese abrazo, le hizo sentir que ella era de él.
Besó levemente una oreja de la chica, y después le remordió el lado de abajo. Snape suspiró al oído de Hermione, con un gemido entrecortado y ronco que acarició el oído de la castaña.
Snape ondulaba la cintura al hacerse adelante. Se retiraba y volvía. Hermione gritó en su cuello.
Hundiendo una mejilla en el almohadón, ella lanzó otro grito al sentir que él se tomaba camino de manera firme y prolongada. El cuerpo de Snape vibrabar. Con las palmas en el lecho, él le susurraba:
—Te amo… eres todo para mí… Eres más de lo que pude desear nunca…
Hermione, con sus rizos ocultándole un poco el rostro, tomaba a Snape de la cintura, también ondulándose rítmicamente.
Lleno de necesidad, él aceleró. Hermione lo sintió crecer más por el deseo, lo cual le arrancó un leve quejido. Snape jadeaba.
Al hacerse atrás y adelante con ese movimiento de ondulación, ella no pudo más.
Una marea creció desde el centro de Hermione y se dio cuenta que a él le estaba sucediendo lo mismo. Iban a llegar al mismo tiempo.
Juntos, ascendieron en una marea. Snape soltó un gemido más apremiante. Hermione separó más los muslos, Snape no dejaba de moverse, también arribando entre suspiros más acelerados. Ella se sujetó de la sábana con ambas manos, arqueó la espalda y puso los ojos en blanco.
—¡Oh…! ¡Oh, por…!
Hermione llegó con un grito, recorrida por un estremecimiento que reventó en el centro de su cuerpo, donde estaba unida con Snape, subiendo por su espalda hasta chocar en su cabeza y descender de nuevo en ramalazos, explotando en luces y placer sacudiendo su cuerpo en convulsiones y espasmos, invadida por Snape, trastornada por Snape, moviéndose al compás de los gemidos de ella.
Snape gritó a su vez, explotando en la calidez húmeda de Hermione, rendido, haciendo la cabeza atrás.
Ella lo rodeó con brazos y piernas, ocultando el rostro en el cuello de él, aspirando su aroma a lavanda.
Snape la estrechaba, convulso, cuidando de no lastimarla.
—… Hermione, Hermione…
Cuando bajaron de esa cúspide, entre jadeos, fueron serenándose poco a poco, quedando de costado, frente a frente.
Trastornados, uno al otro se tomó del rostro.
Snape la besó en la mejilla, y le susurró:
—No quiero nunca decir que hubo un después de ti…
—Para mí tampoco habrá un después de ti… Eso…. te lo prometo…
Recuperando la respiración, permanecieron abrazados, dejando pasar las horas, mientras afuera, los árboles batían.
Abrazados, pensaban en cómo llegaron a este momento, como quien se encuentra en el medio de un desierto, y juntos, aprenden cómo llegar al oasis.
Y los suspiros de ambos y la luna tuvieron el mismo sabor a plata. Y alrededor de ellos, la noche de sortilegios.
