Permanecieron la siguiente mañana en Infinity, desde muy temprano, conversando en el largo y ancho balcón de muebles de madera que se extendía por el ala este de la residencia, adornado con plantas colgantes.
Poco más tarde, la llevó a caminar por los jardines de la residencia. Hermione había retomado el atuendo con que llegó, y andaba al lado del adusto Snape, enmarcados por flores, plantas de papiro y una profusión de pétalos blancos, rojos, dorados y azules, así como plantas medicinales.
Él le mostró un altar de piedra, muy antiguo, envuelto en enredaderas y que debía datar de antes de la construcción de la residencia. Todavía podía verse un labrado en la roca, que semejaba lejanamente un rostro de dragón, como vestigio de un culto previo a la magia conocida por ellos, que no tomaba en cuenta creencias en seres invisibles o superiores.
Siguieron conversando en la columnata, sentados entre aquellas cinco pilastras de piedra blanca, cercanas y abrazadas de hiedra, rodeadas de hojas caídas y húmedas, que dispersaban un ambiente fresco.
Continuaban sentados entre las columnas, que ocupaban una pequeña elevación artificial del terreno, cuando el sol dio señales de ocultarse, al reducirse la luz entre las copas de los árboles y dispersar perlas de luz ámbar.
Aquellos últimos dorados rayos del día, en líneas a través de las copas de los álamos, tocaron el cabello y ojos de Snape, y la castaña le sonrió el ver su mirada brillar. Otros rayos acariciaron los labios de la castaña, y el director del colegio admiró esa belleza, sin hablar.
Antes de ocultarse tras el horizonte, el sol ardió de dorado en una enorme gota de luz y brazos luminosos desde las montañas, despertando destellos en las ramas de los árboles, iluminando con su oro a Snape, recargado en una columna, y a Hermione apoyando la nuca en las rodillas de él, que le acariciaba el rostro.
Y cuando la noche llegó y causó el encendido luminoso de las hojas de los sauces, las luces de la mansión se encendieron solas, no muy lejos se alzó el brillo del Boulevard y volaron luciérnagas entre ellos, entonces la luna dominó en el cielo, y Snape acarició el mentón de Hermione, anunciándole suavemente:
—Es hora de irme.
¡Tan pronto!, se lamentó ella. ¡Ningún tiempo basta para estar juntos!
—Está bien -asintió la castaña, sonriéndole.
Se pusieron de acuerdo sobre cuánto tiempo esperar, en cuál de las residencias del Boulevard estaría ella, a qué intervalos buscarse, cuándo volver definitivamente al mundo para evitar grandes desfases de tiempo entre ambos. Llegaron al acuerdo que si uno comprobaba que el otro faltaba, decidiría lo mejor para sí.
Cuando ya no quedó más por decir, se levantaron para despedirse.
En silencio, porque de ese modo ambos se sentían especialmente cerca el uno el otro, fueron a la reja, donde Snape iba a desaparecer.
Y Hermione no pudo evitarlo, y Snape no pudo negárselo.
—¡Espera -pidió ella-, te dejo lo más cerca de donde vayas…!
—Voy a Knockturn Alley. No es del todo seguro para ti.
—Nos despedimos ahí y regreso, rápido, lo prometo, ¿te perjudica?
Hermione quería alargar el máximo su estar juntos, aunque sólo fuera un hechizo y una calle más.
—¿Perjudicarme? Al contrario -respondió él.
Snape hizo el pase y aparecieron en la intersección del Callejón Diagon con Knockturn Alley, justo en su entrada, en una tarde gris.
Aquí era más temprano. Todavía no oscurecía, pero deberían ser las cinco de una tarde de nubarrones.
Y asombrados, casi inmediatamente identificaron más allá de las edificaciones, hacia el norte, a una distancia difícil de definir, pero que debía ser de varios kilómetros, una enorme y perezosa columna de humo negro en dirección al cielo.
Tan grande y alta que debería llevar ascendiendo varias horas. Y en el callejón, la soledad era patente. Pese a la distancia de aquella columna de humo, aparentemente debida a un gran incendio, el suceso parecía afectar al Callejón.
Estaba extrañamente silencioso. No había un solo transeúnte. No todos los aparadores estaban encendidos.
Una anciana encorvada cruzó frente a ellos, apresurándose en paso andrajoso y de vaivén, entrando a Knockturn Alley.
—¿Qué ocurre, señora? -se le acercó Hermione.
—¿No lo sabes, muchacha?
—Dígame, por favor. }
—¡El Innombrable! -susurró, temerosa- ¡El Innombrable viene hacia acá! ¡Dicen que ha destruido Little Hangleton! ¡Es hora de que te ocultes! -enfatizó y siguió su carrera, entrando al gris callejón.
—¿Cuánto tiempo hemos estado fuera? -preguntó Hermione a Snape, extrañada.
—Dos días en la residencia, uno aquí. No entiendo qué puede estar sucediendo…
Acababa de decirlo cuando se le acercó una lechuza, llevando un mensaje que él tomó y leyó en voz alta, mientras el ave se alejaba; el ave mensajera debió haberlo estado cazando a lo largo de los callejones desde hacía horas:
Snape me dará mucho gusto si desertaste como nos jura Bellatrix, irás a hacerle compañía a Karkarov más los otros que ayer quisieron buscar la tranquilidad de sus conciencias como Avery. Te busqué debajo de las piedras mi último recurso es esta lechuza acude de inmediato con Quien Sabes a Hogsmeade. Amycus C.
Algo importante ha sucedido, se dijo Snape, cuando sopló una corriente de aire que anunciaba lluvia.
Contempló de nuevo la columna de humo en ascenso. Se preguntó si habría más. Qué otros sitios además de Little Hangleton podían estar en llamas y qué ocurría a estas horas en Hogwarts. ¿Avery, muerto? Tampoco fue un modelo de lealtad en estos años. ¿«Los otros»? ¿Amycus quiso decirle que ocurrían bastantes deserciones?
¿Acaso sería el…?
Pero entonces lo supo.
Se acercaba la hora. Su hora.
Podría salir del paso cuando se le cuestionara donde estuvo este día. Pero la columna de humo, el mensaje, indicaban que Quien-no-Debe-ser-Nombrado había iniciado la batalla decisiva, mucho antes de lo pensado. Tal vez estaba en gravísimos problemas como para adelantar la jugada.
De ser así, él, Snape, ya no tenía las oportunidades que había supuesto. No saldría del paso. Era el final del camino.
O tal vez Harry Potter había sido asesinado. Todavía peor.
Como fuera, esto no era asunto menor. Significaba -concluyó sin dramatismos, sin aspavientos- que con sucesos en contra o a favor, se acercaba la hora final. La suya.
La hora de morir.
Todo habia cambiado más allá de lo supuesto o lo esperado.
Y no había tiempo de despedirse largamente, ni de dar prolongadas explicaciones. Sencillamente aquello aceleraba absolutamente todo.
Uncuervo aleteó metros arriba, sobre Snape. Volando, ascendió hacia el siguiente edificio y desapareció sobre él.
—Regresaré al Boulevard -dijo ella, apresurándose, buscando evitar cualquier mala nueva-. Esperaré noticias tuyas.
—De eso debo hablarte, me parece -se colocó frente a ella.
—¿De qué?
—Del esperar noticias. Esto cambia las cosas -estrujó el mensaje de Carrow-. Es más, debes irte ahora mismo. Aparece exactamente en la entrada de Sortileges Boulevard, no sé si ya estén en Mould-on-the-Wold.
—¿Qué quieres decir?
—Que no esperes noticias mías.
—¿Qué quieres decir con eso? -alzó la voz; otra corriente de aire sopló.
A los lejos, sin que hubieran visto el relámpago, sonó un trueno.
—No voy a regresar contigo, Hermione. No volveré.
—¿Cómo? Severus… -ella se alarmó- ¿De qué me estás hablando?
—Escúchame, porque no tengo tiempo de repetírtelo. Olvida los planes que hicimos. No volveré. Ni contigo, ni a ningún lado
Alarmada, Hermione lo vio de un ojo a otro, abriendo más la mirada, respirando más rápido cuando el concluyó, tomándola de los hombros:
—Es hora de decirnos adiós -afirmó, en otro soplo del aire, un poco más fuerte.
Y si aquel cuervo fue un presagio de otra sombra, no lo supieron. Si el cuervo que ella vio en el despacho, en las escaleras y hace unos segundos, era un augurio, eso sólo lo supo el destino.
—¿Por qué..? -insistió Hermione, el viento agitó su cabello- ¿Por qué debes decirme adiós? El trato no fue que nos diríamos adiós deliberadamente, Severus, no entiendo, háblame…
—Lo he pensado mucho -afirmó él-. Y esto me lo confirma. Los sucesos no pueden cambiar. Me lo temía, pero no te lo dije. Yo también quise creer.
—¿Cuáles sucesos?
—Él me ha convocado. Cuando hable con él, moriré.
La azorada y enmudecida castaña no daba crédito.
—Hermione, sé que esto te suena terrible y como venido de ninguna parte, pero entiéndeme, hay sucesos antes de ti y de mí que han determinado el presente.
Ella negó con la cabeza, frunciendo el ceño:
—Estás loco si crees que aceptaré esto sin entender…
—No me interesa lo que digas. Vete.
—¡Severus, suéltame! -protestó, zafándose, dando unos pasos atrás.
—Debes irte.
—¿Por qué? ¡Dime por qué!
Snape miró bajo, frunciendo los labios, y después la miró, serio, aunque sin conflicto.
—Porque no voy a salir vivo. Voy a morir más temprano que tarde. No tiene sentido que me esperes ni mucho, ni poco. Es mejor dejarlo ahora -Snape decidía así de rápido; debió hacerlo así siempre, hasta para fingir que nada sentía al ver morir a amigos.
Un destello y el trueno más cercanos. La lluvia se aproximaba. La castaña insistió:
—No, no, ¿de qué me hablas, estás loco?
—Debe ser así, Hermione. Algo ocurre, los planes han cambiado en estos últimos segundos, por eso te suena tan drástico.
Ella lo abrazó, con la mirada súbitamente anegada en lágrimas, mirando a todos lados sin mirar.
Aquello era algo que había vislumbrado en él. Intuiciones y temores cobraban forma.
—No, no, espera, espera, mi amor, qué me estás diciendo… eso no puede ser posible…
Él se acomodó los cabellos con una mano. Le explicó el problema de la varita de saúco.
—Voldemort tiene un enorme poder -añadió-, pero su inteligencia no va al parejo. Es asombrosamente torpe. Por ejemplo, piensa que yo no he hecho la deducción de él. Por años de conocerlo, sé que piensa hacerme la revelación y cree que me sorprenderá. Me conviene que me dé ese discurso.
—¿Para qué? Severus…
Otro trueno sonó. La lluvia estaba a un paso. Sería un chubasco.
—Porque necesito que se sienta seguro -afirmó, en las crecientes corrientes de viento-. Lo he visto mil veces cometiendo errores estúpidos porque se siente seguro. Varias victorias de Potter se deben a errores de Voldemort al confiarse. Si éste piensa que posee plenamente la varita de saúco, es decir, que es invencible, Potter no irá al matadero. Voldemort estará en la cuerda floja de cometer un error fatal del que se dé cuenta cuando sea demasiado tarde. Cuando sus esclavos se den cuenta que está más cerca de morir que de ganar, uno o más de ellos lo traicionará. Creo que eso ya ha empezado. Pero para hacerlo sentir confiado, para colocarle el cepo mortal, él debe creer que tiene el mayor poder del mundo mágico, porque mató al actual propietario de la varita. Yo.
Ella se soltó de él, sin saber si sentirse aterrada, cómo entender lo que él le decía, o cómo resolverlo, pero decidida.
—Iré contigo -afirmó.
—Jamás. Me ha llamado para matarme. No tengo duda. Si él ha adelantado sus movimientos y lo creo por este mensaje y las noticias de ataque, y lo que percibo ahora de los mortífagos, es así. No hay tiempo -señaló al Callejón- ¡Vete!
Centelló un relámpago sobre ellos. La castaña temblaba, en el viento. No podía creer que él le estuviera diciendo que iba a morir. Pensó que las penurias vividas por Snape, sus desilusiones y dolores, lo habían preparado para la idea de afrontar su eventual muerte. Y entonces el confiarle su estrategia para decirle que se fuera, era la mayor confianza tenida por él con nadie.
El crujido del trueno cimbró la tarde. Gotas aisladas comenzaron a caer, marcando el suelo y las paredes.
—Severus… te ruego… te suplico… Qué palabra puede llegar a tu corazón… no vayas… No nos abandones…
El golpeteo en la acera creció acompañado de frío, de las gotas de lluvia, tocándolos.
Snape se hizo más atrás:
—Cuando yo muera nadie creerá que eres inocente. Serás proscrita y perseguida. Debo vencer en esta jugada, ahora con mayor razón. Ahora debo morir para que al vencer, todo vuelva a la normalidad. Tendrás oportunidad de defenderte, al decir la verdad de lo sucedido. Debo vencer para salvarte, pero no puedo irme con inseguridad sobre ti. No me sigas. Sería mi peor pesadilla que cualquiera te capturara. ¡Vete!
Snape dio vuelta y quiso alejarse por Knockturn Alley, pero Hermione lo alcanzó en unos pasos. Trató de detenerlo, pero él la retuvo de las manos. Forcejearon. La lluvia los mojaba más. Él la hizo atrás y la soltó.
—Esto debe ser rápido, porque los hechos nos obligan. Lo siento, pero no lo repetiré. ¡Vete, Granger! -señaló hacia Diagon- ¡Vete!
El agua mojaba los rizos castaños de la Gryffindor. Ella insistió a la mitad de la ira y de la negativa a aceptar la realidad:
—… tú estás loco si crees que me dices que te vas a morir y yo correré a esconderme... Estás loco si piensas que me dirás que me vaya y yo te voy a abandonar…
Un relámpago alumbró el cielo. Snape se alejó dos pasos y tomó la varita, pensando que ella tenía razón, que aquello era terrible. Era demasiado para cualquiera aceptar algo así, de esa magnitud, de golpe y obligándola a aceptarlo. Pero necesitaba salvarla.
Sólo le quedaba borrarle la memoria.
Borrarle la memoria y dejarle el recuerdo parcial de ocultarse hasta que todo pasara.
Entonces un nuevo trueno, poderoso reventó, al mismo tiempo del destello del relámpago y la lluvia cayó en chubasco, con susurros de inundación.
Cuando él giró hacia ella, la castaña intuyó perfecto lo que él planeaba, porque se leían casi de inmediato al ser semejantes, y tomando su varita a la mayor velocidad que nunca, lo apuntó en medio de la lluvia, apoyándose en un pie al frente y proyectando el cuerpo hacia él.
—¡No te atrevas, Snape! -gritó Hermione, grave, desesperada y furiosa.
Hacia el Este lejano se conservaba en el cielo un área clara. Pero entre Diagon y Knockturn todo era penumbra y pérdida.
Hermione lo apuntó con la varita en la cortina de lluvia que ensombrecía la calle.
—¡Si quieres que te olvide, entonces mejor mátame! -gritó, en el aguacero- ¡Mátame, Severus Snape, porque va a ser lo mismo para mí!
—Hermione…
La chica seguía apuntándole, cuando sopló una fuerte ráfaga de viento en el aguacero:
—¡No puedes obligarme a olvidarte! -lágrimas brillaban en los ojos marrones de la chica- ¡No puedes obligarme a arrancarte de mí!
La lluvia goteaba por la cara preocupada de Snape. Hermione siguió, inflexible, entre las casas de Knockturn Alley:
—¿Crees que puedes arrebatarme nuestros besos y nuestras palabras? -le recriminó, con voz quebrada, pero firme- ¿Crees que puedes dejarme sin nada de todo lo que te he amado? ¿Arrebatarme el amor que tú me has dado? ¿Cómo se te ocurre? ¿Cómo te atreves a decirme que te tengo que olvidar?
—¡Te dicho el por qué! -insistió; la lluvia golpeteaba en la acera en torno a ellos.
—¡Pero tú no puedes imponerme que deje de amarte! ¡Haz que te olvide y también matarás mi corazón! ¿Cómo puedes creer que puedo olvidar lo que hemos vivido? ¡El amor no muere por decirlo!
—¡Puede ser tú única oportunidad! ¡O de los dos! O si yo me borro la memoria… -lo pensó, enfurecido, enfatizando con un puño- ¡Eso haré! ¡Si te olvido! ¡Si te olvido no iré a mi muerte con el dolor de pensar que estás sufriendo por mí!
Aquella era una pareja que tenía toda clase de intimidad. La lluvia martillaba incesante. Hermione bajó la varita y se señaló con el índice de la otra mano, yendo a él a rápidos pasos, desafiante.
—Y tú, ¿cómo puedes querer que yo borre la parte de mi vida donde tú estás? ¿O pensar que quiero olvidarte? ¿O que voy a perdonarte que me olvides? -sus lágrimas corrían como la lluvia en la melancolía- ¡Yo te amo, tú me amas, eso no se puede borrar!
Snape titubeó. Hermione se acercó del todo a él.
—¡Si tú quieres dejarlo, déjalo, Severus! ¡Pero mi corazón es mío! -hizo un puño y lo apoyó en su propio tórax- ¡Mío, aunque tú ya no quieras estar en él! ¡Si los que juzgan deciden que voy a morir porque te amé, moriré sabiendo que te amé! ¡Aunque tú no me recuerdes! ¿Me oyes? -vociferó, con las lágrimas sin parar y sus labios entristecidos- ¡Aunque tú no me recuerdes!
Snape tuvo qué contenerse como nunca, contenerse y no correr a abrazarla. Si lo hacía, no podría soltarla.
—Nunca volveremos a vernos, Hermione. Nunca.
E hizo lo único que podía: Dar la vuelta, e irse.
Voluntariosa, determinada, Hermione se cubrió los ojos, sollozando, pero adelantó la cara y volvió a posarse el puño en el pecho, aunque él ya se alejaba:
—¡Quieres robarme el Sol y la Luna! -vociferó en la lluvia, llorando- ¡Pretendes morir solo y que yo te olvide! No lo haré, ¿me oyes? ¡Te amo! ¡Te odio!
Súbitamente, Snape dios tres pasos de regreso, casi corriendo a ella, y la abrazó. Entristecido y angustiado, pero con amor, la estrechó.
—¡No quiero que nos despidamos de esta manera, enojados! -susurró- Te amo, te adoro. ¡Perdóname! ¿Yo que más desearía, sino estar contigo por el resto de nuestras vidas? ¿Yo que más desearía sino amanecer contigo cada vez? Pero esto debe ser así. No te despidas de mí, enojada. Puedo afrontar el fin del mundo, pero no que no me ames.
Hermione lo abrazó, llorando. Y se estrecharon, enamorados, bajo el vendaval.
Sollozando, Hermione lo estrechó lo más fuerte, con gesto descorazonado, apretándose contra él.
Lo tomó de las mejillas y le dio repetidos besos en los labios, besos húmedos de lluvia y de llanto.
—No, no, mi amor, no sientas eso, no sientas que no te amo, yo no te odio, piensa en mí, piensa en mí a donde debas ir…
Ella le pasó los brazos por el cuello, Snape la observaba conmovido, como tratando de llevarse un cuadro de sus facciones.
—Óyeme, Severus, mi amor -suspiró-, porque a pesar de tus nuncas, a pesar de que te engañes diciendo que debes olvidarme, aun con eso tú tienes conmigo las deudas de nuestra pasión, y me las debes en el castillo donde nos amamos, y habrás de reponerme uno a uno cada segundo de tu ausencia, porque en otro castillo pese a todo yo te esperaré, amor mío, ¡yo te esperaré en el castillo de nuestro amor, para que me abraces cada instante que me debes...!
Snape le apartó un rizo de la frente, con una leve sonrisa, asintiendo. La besó en los labios largamente, la soltó y dio vuelta, alejándose por Knockturn Alley.
Un poco más allá se detuvo, pensando.
Hermione sintió que el paisaje cambiaba: Ya no estaba en la entrada de Knockturn: Los muros grises mojados de lluvia se alejaron, convirtiéndose en distantes montañas nubladas.
Snape era una silueta negra en un páramo de neblina a ras del suelo, de cara a una costa gris clara. A la orilla de un mar agitado se levantaba un castillo negro, sobrevolado por el cuervo. Y en la costa de ese mar de presagio se alzaban las formas curvas de un buque en una masa de sombra, en la que se removía un velamen raído. A la orilla del mar, un grupo de tres mujeres en capuchas, aguardaba.
Snape giró hacia Hermione, con la cara baja.
Exhaló un breve suspiro y alzó los ojos hacia ella. Entonces, le sonrió.
Snape sonrió a Hermione: Una sonrisa de labios juntos, sincera. Y sus ojos estaban tranquilos. Era una mirada amable, casi cándida.
Hermione escuchó los pensamientos de Snape para ella:
Te amo, Granger.
Esto no es porque yo lo desee. Perdóname.
Será necesario que manejes tu dolor. Será difícil, pero debes darle tiempo.
En cuanto a mí, no te angusties, mi querida Insufrible. Mi adorada Sabelotodo. Por mí no te angusties.
No llevo ninguna carga. Ninguna deuda. Mi vida está a mano con todo lo pasado. Nadie me debe. No tengo pendientes con nadie.
Sólo tú, mi admirada Sabelotodo… Mi querida Granger. Mi amada Hermione Granger, sólo a ti te debo.
Te debo mis mejores momentos. Mis horas más felices. Te debo mis más bellos ensueños y mis segundos inolvidables.
Te debo la magia de cada instante, cada rincón de cada ensueño... Te debo las caricias de cada hermosa noche. Te debo los paisajes de cada mundo, con sus lunas.
Te debo el aroma de las rosas y el perfume de tus cabellos de oro.
Te debo tus ojos de relámpago y tu silueta entre velos de seda.
Te debo los besos de tus labios de zarzamora, para mí, más hermosos que cualquier tesoro mágico.
Perdóname. No voy a poder pagarte, mi amada Insufrible, mi adorada Hermione... No voy a poder pagarte el amor que me diste. No voy a poder pagarte tu presencia. No podré pagarte cada segundo de la maravillosa felicidad que obsequias a manos llenas. No podré pagarte tu hermosa magia, porque es invaluable.
Te debo todo, porque tú eres todo.
Tú has sido la llegada de algo que yo ya no esperaba. Una persona que trajo en sus ojos marrones las respuestas que busqué en los ocasos. Tú has sido el cumplimiento de mis sueños y eres todo lo que la vida me debía.
Por eso no podré pagarte el que me hayas hecho despertar a la libertad. No podré pagarte el que me hayas empujado a romper mis cadenas, a enfrentar mis fantasmas, a lanzar mis penas al río de mi viejo hogar, para ser conducidas al Mar del Olvido, donde se disolverán.
Con el fuego dorado de tu amor todo eso se consumió. Me bastaron tus manos para que el viento soplara, llevándose mis crepúsculos y dejando en su sitio, tus auroras. Aun mis pequeños dolores, aun los mayores, contigo se volvieron humo, y quedó el elixir de tus palabras de amor.
Contigo, Hermione, aprendí la dicha de conocer el amor, de hablar otros idiomas, de forjar otras magias. ¡Tantas veces dormí pensando en ti, y cuántas veces más desperté al ensueño de tus ojos!
No, amor mío, perdona, no podré pagarte eso. Todo eso me lo llevo a donde voy. Y perdóname el egoísmo de llevarte en lo más profundo de mi corazón, donde sólo yo puedo tocarte. Donde sólo yo puedo decirte que te amo.
No me debes nada, Hermione. Si acaso, me quedas a deber algunos besos. Pero como soy egoísta de tus caricias vendré por ellos y cuando eso sea me anunciaré en el viento, y cuando lo necesites a ese viento lanza las caricias de tus labios, y yo las tomaré.
No te pido que me recuerdes. Te pido que trates de olvidarme. No te hagas fantasmas amados. Nadie puede amar la niebla.
Y yo me volveré niebla, amada mía. Me volveré niebla para ti y no quiero serlo. Me volveré niebla y noche, y recuerdo, y llanto, y hiel, y yo no deseo eso para ti. Créeme, he recorrido ese mismo camino en este mismo puerto en la encrucijada de la noche. Amar la niebla no conduce a nada. Es un velo de llanto y angustia, bruma de ecos, jamás de miradas que se encuentren. Yo agoté calendarios y al final sólo quedan frías cenizas. No agotes tu sol cuando yo me haya ido. Abandona las cenizas, que se las lleve el viento. Y aunque hoy te parezca extraño, hallarás otra sonrisa.
Contigo me sucedió. A mí, el que no amaba, el extraño, el forastero… Una noche se hizo la magia y encontré al amor de mi vida. A ti.
¡Por eso, no pienses que por decir esto, no te amo, amada mía, Hermione! Te amo tanto que serás el último sol que yo vea! Cuando cierre los ojos, Hermione, sólo miraré estrellas azules. ¡Y cada una de ellas, amada siempre mía, cada una de ellas serás tú!
Y Severus Snape hizo lo que nunca nadie le vio hacer, o fue la primera vez en su vida que lo hacía: Se colocó un beso en los dedos, y lo envió a Hermione con un gesto de la mano.
La saludó con una inclinación de cabeza, y sonriente, dio vuelta y caminó a paso decidido, con su capa agitada por el viento de la costa, hacia el buque que lo llevaría a su última morada.
Cometas y estrellas fugaces recorrían el cielo nuboso; centellaron relámpagos mudos y el agitarse del navío que aguardaba.
Y Hermione, abrazándose, viéndolo alejarse, sollozaba.
