Miru: muchas gracias por tus opiniones, wow, viniendo de quien conoce, es supervalioso para mí. Yetsavé: como sabes, es justo y muy claro en los personajes, podían y debían tener una bella primera vez. También con travesuras, ja. Esta forma del drama bonito y a la vez triste es muy propia del romanticismo oscuro, espero guardar una sorpresa hacia el desenlace, gracias mil por tu lectura y tus opiniones.
A dos kilómetros al Este del Valle de Godric, en las ruinas del abandonado castillo de Warwick, Snape aguardaba su hora.
Solo en la deteriorada Torre del Homenaje de la vieja fortaleza, entre sombras y ecos, de cara al foso relleno del agua de varias lluvias, Snape observaba a la distancia un bosque de árboles muertos, en la planicie grisácea por la ligera lluvia.
Voldemort no se encontraba en la humeante Hogsmeade. Al parecer, la ira y el pánico lo habían orillado a echar por tierra sus planes y se dirigía a Hogwarts con un ejército para acabar con todo de una vez. Cuando Snape llegó a Hogsmeade, los mortífagos ya habían pasado por ahí y la localidad era una ruina de llanto y desolación: Muertos y habitantes en histeria contra el fondo de las casas en llamas. Un desdeñoso Greyback, ignorante de que conservaba la vida sólo porque Snape ya no era un mortífago, le dio el aviso con sonrisa feroz:
—A Warwick, Snape -siseó-, el Señor está enojado contigo, pero tiene asuntos más importantes que atender por ahora. Cree que te has divertido demasiado con tu amiguita y querrá verla muy pronto. Deberás esperar su llamado. ¿Sabes? Creo que iré contigo para asegurarm…
La mirada de Snape lo hizo cambiar de opinión:
—… bueno, ¡ja!, como sea, supongo que te puedes cuidar solo, ¿ah? -trató de mantener el talante- Ya te requerirán, no creo que esperes mucho para volver aquí.
Obligado a recluirse en lo alto de la desgastada Torre del Homenaje, de brazos cruzados viendo por la ventana, Snape ahora contemplaba la distancia brumosa, quieta, cruzada por el murmullo de una llovizna sesgada.
Tal vez habría preferido terminar rápido, en vez de este juego de estar prisionero. No obstante, era obvio que Voldemort deseaba hacer patente su desprecio por él, tratándolo como un asunto menor, y por otra, querría posponer su conferencia para el momento adecuado. Además, debería estar en muy graves problemas como para justificar este movimiento.
¿El conjuro estaría surtiendo efecto? A Snape no se le ocurría otra posibilidad. ¿Y sería difícil que sucediera tan rápido? Se dijo que nada importaba que en el mundo hubiera transcurrido un día o dos. Para la Dominación invocada por Hermione pudo haber transcurrido mucho más. Meses. Invisible, sondeando los laberintos del tiempo, recorriendo paisajes del espacio, a los que arribaba por surcar la red que unía las estaciones de las épocas por venir, pudo haber pasado una larga búsqueda… Años. Una búsqueda en un lapso que para la Dominación eterna era nada: Horus, o el pensamiento y voluntad de Hermione corporizados en un halcón de luz que usaba formas y símbolos para interactuar con el mundo. El Wedjat en la oscuridad del Espejo, el Ojo que Todo lo Ve, quizá no era un dios, sino un eco lanzado por la maga ceremonial para arrancar otros ecos del vacío y obtener de él lo que deseaba.
Snape cruzó más los brazos, observando, adusto, la llanura desgarrada, poniéndose en orden para afrontar lo que venía, y para recordar.
La bruja de Ojo de Horus, Hermione Granger.
¡Excelente bruja había resultado! ¿Se lo había dicho? Sin duda, pero la admiración por ella se disparó en un soplo como el de ese viento que, venido desde fuera, recorría Warwick en sus salas mudas en hálito frío por sus torres desgastadas y sus salones vacíos.
La imagen de Hermione no venía sola en esa admiración, sino que se mezclaba con emociones y sensaciones. Lo primero al evocarla -su rostro pensativo, su mirada decidida-, era el destello de amor que él sentía por la Gryffindor, seguido por el placer de recordar su aroma, sus facciones, revivir la maravilla cálida de sus caricias y de su cuerpo… El placer de la intimidad entre ellos se resumía al recordar sus ojos, o su boca, o su voz. Con eso, venía en cascada lo demás.
¿Qué era lo demás? Todo. A lo que debía renunciar en estas horas sin remedio, en el murmullo de la llovizna. Snape apoyó una mano en la orilla de la ventana, colocándose la otra en la cintura. El rocío de la lluvia tocaba su rostro romano. Hermione, pensaba. Hermione Granger… y repetirse su nombre, el nombre o los ecos del nombre eran una forma de explicar cada situación: El aire que soplaba, el horizonte, él mismo. El nombre de la amada se viste con la magia de invocar la vida.
Se recargó en el marco de la ventana, cruzando de nuevo los brazos, observando a la distancia lluviosa.
Cada cuadro de Hermione venía a él con placer y sorpresa. El recuerdo de los abrazos y sus rizos claros en su hombro, lo hizo cerrar los ojos. Recordó la forma de su cuerpo y su entregarse a los brazos de él, también tomándolo... La piel de sus mejillas, la húmeda comisura de su boca, las manos de la Gryffindor acariciándolo, los ojos cerrados de Hermione cuando él se acercaba a besarla, los labios cereza de ella uniéndose a los suyos en su calidez y dulzura… Qué maravilla, pensó Snape. Qué maravilla.
¿Cómo habría podido vivir sin ella? En otras circunstancias no se imaginaba alejándose de ella. O por lo menos llevando la situación mientras ambos fueran felices. No separándose por verse obligados, como ahora. Los magos, que no tenían creencias en espíritus ni dioses, valoraban mucho más el presente que los muggles. No pensaban en segundas oportunidades. Y siendo así, si no habría reencuentros y solamente tenía el hoy… ¿cómo podría morir sin ella?
La recordó en su llanto en Knockturn Alley al despedirse, su abrazo desesperado, el gesto desamparado de sus labios, y su indignación ante la idea de olvidarse el uno al otro, la porfía con que se defendió, sus reproches amorosos. La entendía perfectamente. Eran tan semejantes en el fondo del sentir. Con Hermione tenía una identidad que él no tuvo antes. El tesón y la seriedad con que ella llevó adelante el conjuro era la misma que a él lo animaba. Aquella experiencia por sí sola habría bastado para que Snape se sintiera atraído por ella. Cada vez que ella, al principio, le habló de lo que sentía, de lo que deseaba, en Diagon, en Hogwarts, y hasta sus discusiones, Snape sintió que se forjaban entre ellos, las vueltas de un lazo difícil de romper.
Quiso volver a oírla, sentir de nuevo sus manos frescas en las de él, mirar otra vez sus ojos inteligentes e intensos y escuchar su voz cristalina… pero no podía, y no debía…
¿Y si el conjuro estuviera resultando? Ya no tenía modo de confirmarlo con Hermione, pues no podía acercársele. Y, ¿dónde estaría? ¿Estaría a salvo? Imaginándola en aquella residencia del Boulevard, sintió alivio. Y pensó que si los horrocruxes eran destruidos a tiempo, tal vez él no debería hacer el sacrificio, lo que siempre fue para él la consecuencia natural de sus actos. Siempre pensó que lograda su misión, no tendría más razón para vivir. Pero ahora… con Granger… Hermione…
Bruscamente se apartó de la ventana. ¡Esos pensamientos eran los que no le gustaban! Lo orillaban a caer en la esperanza y no en los hechos. La esperanza en estas situaciones era muy riesgosa, podía resultar falsa y la revelación generalmente llegaba en el último momento. El conjuro era una parte del plan, una parte incorporada por él, Snape, a la estrategia, gracias a la idea de Hermione que suponía más de lo logrado por la Orden del Fénix en estos años. Y el que Voldemort cayera en la confianza fatal, todavía más porque la varita de saúco cada vez más se convertiría en su mejor arma, esa confianza frente al enorme peligro que corría, sería el paso final de su soberbia sin medida, del error cometido una y otra vez por ser incapaz de entenderlo, que lo pondría de cara a la muerte sin que se diera cuenta. El peor fetiche de Voldemort era él mismo. Adorarse a sí mismo. Creer que estaba más allá de todo. Que el mundo debería obedecerlo a fuerza de voluntad y de poder.
Snape se colocó las manos en la cintura y deambuló por la habitación. La espera no le molestaba en el sentido de alargar el final. Ni experimentaba angustia por el hecho de morir. Para él, morir era un momento. Morir era prepararse y cerrar los ojos. Se sentía listo para enfrentar el dolor y manejarlo del mejor modo posible. Incluso lo aliviaba el hecho de tener en mente a Hermione.
Sí. Ella. Pensaría en ella cuando llegara el final. En un recodo tan íntimo, tan suyo, que nadie podría tocarlo. Tan suyo como Hermione era suya, y cómo él se sabía de ella. Ese lazo nadie lo podría romper.
Pensaría en la sonrisa de Hermione y en sus besos, pensaría cuando él le enseñó el conjuro y parecieron danzar en el despacho. Pensaría en sus miradas y en sus preguntas, en los momentos de su sonrisa incitante, en los éxtasis juntos…. Pensaría en cuando ella le apretó una mano, al bajar de la oficina de Minerva… un contacto no borrado, sino acrecentado por las increíbles caricias de los siguientes increíbles días. Aquel contacto que llegó directo al corazón de él y abrió el camino para que pudiera aceptar, y sentir, y volar.
Una corriente de aire y llovizna se coló por la desgastada ventana, desde la tarde grisácea. Pero Snape sonrió un poco.
Se sentía tan feliz. Pensó que Hermione era fantástica, toda ella. Era un ensueño. Era un encanto.
Bajo por la escalera de piedra, al recinto inferior.
No importaba que al final, Hermione no fuera para él, se dijo al hallar otra sala desprovista de muebles, con fragmentos de piedra en el suelo y otra ventana inclinada deteriorada.
Fue a otras partes del desierto castillo de Warwick, que fuera de un Slytherin en el siglo 13... En corredores de arcos ojivales, góticos, por donde la llovizna mojaba un patio reseco y las baldosas del suelo, y después recorriendo una vasta biblioteca de estantes polvorientos y libros olvidados, destruyéndose de tiempo, lo que Snape hacía era despedirse.
Despedirse de la belleza, despedirse de las horas.
Despedirse de Hermione.
Aun así, Snape se sentía privilegiado, casi incrédulo de que le hubiera ocurrido a él. Granger era la locura más maravillosa que pudo haberle sucedido.
No, no se despediría con dolor. Se despediría agradecido.
Con las manos a la espalda, camino por otro corredor, que se unía a otro, en ángulo. Aquel castillo vio desaparecer a sus dueños; ahora él estaba ahí, en ese corredor de pilastras y nervaduras que seguiría internándose en los días, con sus recuerdos de fantasmas, cuando ninguno de los hoy presentes estuviera en el mundo.
Y mientras Hermione dejó el colegio para ir a Infinity Manor, Ron subía por las escaleras de la Torre Central de Hogwarts.
Nadie lo vio subir. El aquelarre continuaba en su esplendor malsano. La música y la gritería iluminadas por hogueras se diseminaban en los patios.
En las aulas a oscuras se suscitaban caricias y besos. Carreras a carcajadas por los pasillos, salpicados por libros destruidos y fragmentos de vitrales rotos. Muros mostraban grafiti contra Snape y los Carrow, pero muchos eran dibujos en sátiras y sarcasmos. En un salón, Hagrid sollozaba. En otra aula, se escuchaban los gritos aterrados de Slughorn.
Alrededor de las fogatas alimentadas con pupitres, bajo el techo de las nubes cerradas y oscuras, los alumnos danzaban en negras siluetas de bacanal. Error habrían cometido los Carrow de haber ido a Hogwarts esa noche.
Con el bullicio lejano, en la oscuridad de los peldaños, en la penumbra de la Torre Central, sola en sus alrededores, el chico pelirrojo sollozó, pero fue un sonido exhausto. Ya no tenía lágrimas. Su cuerpo buscaba obedecer al acicate de sus emociones, pero no le era posible.
Había hablado con Hermione con escasas fuerzas por la exposición a los elementos y las carreras para huir, por la presión de ver aparecer los horrocruxes y buscar destruirlos, si bien también para eso les llegó una extraña ayuda. Sobre todo, estaba fatigado por la tristeza. Creyó no ver más a Hermione, pero le asombró distinguirla por la ventana borrosa por el agua, al final de su discusión con Snape, cuando quedó sola en la entrada de Knockturn.
Y no le alegró, porque verla le revivía el dolor, y era cansado. No obstante, bajó y aprovechó para decirle lo que más pudo. Excepto que su pelea con Harry fue por proponerle buscar a Hermione, idea que ante la negativa de su amigo, terminó en el reclamo de Ron sobre porqué Harry nunca le advirtió de nada.
Harry estaba muy contrariado, y muy asombrado por la aparición paulatina de los horrocruxes. Por eso no pudo explicarle que de haber sucedido con otro alumno, tal vez se lo habría dicho, pero que estaba horrorizado y por eso no pudo decir a Ron sus sospechas sobre que Hermione tenía una aventura con el asesino de Dumbledore. Harry ocultó su vergüenza con la ira, y Ron terminó apartándose de él.
Hablar con Hermione supuso para Ron no solamente un esfuerzo físico, porque además había pescado algún mal en los bronquios por pasar ese tiempo al aire libre y en ese estado de ánimo. Sumados sus males al del dolor de haber perdido a Hermione, trastabillaba en los peldaños de la Torre, por el enorme esfuerzo de subir.
Pidió a Hermione que se adelantara, para ya no verla. Temía dudar, volver a sentirse ansioso, cercano al pasado, perder el control y rogarle. Curiosamente, las expresiones de ella sobre su interés por Snape no le dolieron, quizá porque fueron la oportunidad de preocuparse por su bienestar. Fue su recuerdo de cuando Hermione le apretó el brazo, para decirle que se iba, y verla irse por el Callejón, lo que ahora arrancó a Ron aquellos sollozos agónicos, de un organismo casi fracturado por la pena.
No le interesó que lo vieran cruzando aquella bacanal ensordecedora, armada en buena parte de Hogwarts, y excepto los del Ejército de Dumbledore, alarmados por su estado, nadie se inquietó por su presencia. Sería diferente cuando vieran a Harry, que se preparaba a aparecer. Tampoco habían atendido gran cosa a Hermione, aun tomando en cuenta que a ella, la mayoría la miraba como a una enemiga.
Y ya no eran sombras en el muro de la escalera, o no sólo sombras sin formas. En el muro interior de la torre, siguiendo la ascensión del pelirrojo, se formaban siluetas con aspecto de varones encapuchados, señalando, ondulantes, al pináculo de la torre, guiando a Ron para subir con una voluntad espectral.
En los baños de los chicos, algunos habían visto a Ron frente al espejo, acomodándose el cabello y abotonándose el abrigo. Ahora subía por la escalera tratando de llevar un paso, por lo cual daba la impresión de seguir una marcha fúnebre.
Y una voz que venía de la Luna, atrapada en la garra de un árbol reseco, susurraba para él:
«Ron… Ven, Ron…. Ven, Ron…»
Una rosa en una copa y a su pie, una daga.
Marcha fúnebre por el amor perdido. Peldaños. Paso a paso. La cima de la Torre. Uno a uno. Olvido. Decepción. Incredulidad. Pena. Vértigo.
Abismo.
La luz de la luna en la ventana de ojiva lo iluminó al llegar a la almena.
Y en esa hora, cada cual tenía sus pesares.
Harry, entristecido por Ron, entrando al castillo a ocultas, experimentando la mordida cruel de la traición de Hermione y el abandono por parte de su mejor amigo.
Snape, en aquella torre de Warwick, entre ecos, esperando para morir mañana por mano ajena.
Hermione, reflexiva y hosca, caminando por el Boulevard, atravesando los halos de luz de los árboles y las construcciones cerradas, de formas complicadas, buscando una solución.
Malfoy, de la mano de Astoria Greengrass en lo alto de un pupitre traído de aula de DCAO, tomados de la mano, mientras a su alrededor otros Slytherin les lanzaban rosas negras, y Draco con gesto grave, cruel, detestando su prisión formada por los fetiches del Amo, del Miedo y del Odio.
McGonagall, en la Torre de Astronomía, con los alumnos más pequeños y profesores, quedó pensativa, y una lágrima súbita le corrió por una mejilla.
Los pasos de Ron subiendo por los últimos peldaños y, a ritmo de redoble, donde un hombre encapuchado señalaba al vacío con un elegante desplazarse de ambas manos, lento, una siguiendo a la otra; extendiendo los dedos hacia el horizonte de una noche donde llameaba un sol blanco, taciturno, espectral:
«Vamos, Ron… Ya no importa… Está bien, Ron…»
La pérdida y la añoranza. La herida abierta. El no importar.
Arráncame la tristeza. Sólo arráncame la tristeza.
La noche que Ron despertó de un sueño intranquilo, pasando frío cerca de Harry, pensó que la aparición paulatina de los horrocruxes no podía ser suerte, que solamente Hermione era capaz de lograr esa hazaña, pero eso era Alta Magia. ¿Cuándo pudo aprender a hacerla? Y recordó los días interminables que ella pasó con Snape, y con ese cabo suelto, comprendió que debió haber aprendido el método con Snape, y en esa convivencia ellos se enamoraron. Detalles, gestos, la misma actitud de Hermione, que no podía ser solo la de ocultar sus sentimientos, sino la de estar dedicada a un tema que no podía decir a nadie y contradictoriamente, menos a él y a Harry. Ron no podía conocer lo demás, pero ese razonamiento sencillo, como él era, le bastó.
Eso significaba que Snape era distinto de lo que parecía, pero la comprensión de eso se le escapaba. No podía abarcar un cambio tan drástico, y menos confiárselo a Harry, que odiaba a Snape. El mundo había dado una vuelta completa ante sus ojos. Ante eso, él, Ron Weasley, ¿que debería hacer, qué papel debía desempeñar? ¿Aceptar haber perdido a Hermione, con tal que ella hubiera logrado esta hazaña? Está bien, asintió, cuando pensaba solo, en The Leprechaun. Se dijo: Lo acepto, está bien. Y lo decidió.
Ron subía por las escaleras a ese paso metódico. Estaba claro. Si la guerra finalizaba con la muerte de Voldemort, todos tendrían algo, menos él. El futuro se le presentó en un camino agobiante de luz, atrapado desde el color para caer en el blanco sin detalles, inmóvil, sin aire. No entendió qué podía seguir para él, cómo podía él seguir. También estaba hastiado. Sus días futuros se le presentaron en un sol agobiante sobre calles incendiadas. Se arregló lo mejor que pudo y subió.
Estoy feliz, pensó, subiendo paso a paso. Su sombra quebrada en los peldaños se veía cómo él se sentía: definida, nítida. Me siento feliz, sonrió. No habrá más angustia, ni más ira, ni más celos, ni más de ese pesar que me consumía. Ya no necesito esperar, ni pedir, ni reclamar. Ya no tengo por qué llorar. Está resuelto.
El Prefecto de Gryffindor, que fue a buscar a quien se hubiera refugiado en la Sala o en los dormitorios, alzó una nota de Ron, soltándola sobre la cama, estupefacto. Dio unos pasos atrás y giró para salir corriendo.
Las estatuas en los nichos de la Torre, de piedra desgastada por el viento, mudas, inmóviles en la sombra, viendo el paso de Ron Weasley llegar al borde de la almena, de cara al vacío.
Filch, sonriendo al verlo, cargando su gato sucio, haciéndose atrás y despareciendo en un umbral oscuro.
Asomado por el borde la almena terminada en punta, Ron aspiró el aire helado, sonriendo, sosegado, complacido. Él había hecho una petición: Arráncame la tristeza. Sólo arráncame la tristeza.
Acariciado por el aire a sus costados, en sus ojos agotados, en su frente jovial y febril era acariciado por el viento en su sonrisa. Es un beso, se dijo, alegre.
Su sonrisa ensanchó, aliviado. Quizás únicamente esperaba dormir por primera ocasión en esos largos días. Tal vez esperaba encontrarse con las bellas imágenes de su recuerdo.
Si iba más alto, probablemente las vería.
Si hay lectores impresionables, y no tiene nada de malo serlo: ésta es una historia de ficción. Lo que se narra no son pensamientos que solucionen la vida real. Nadie está solo y todos somos importantes, para nosotros y para otros.
