Hola, Yetsavé, en verdad que ciertas decisiones drásticas son muy tristes, pero todos tenemos quien nos quiere y es necesario siempre recordar eso. Y sí, estaban metidos en una situación mayor, por lo que ella debe pensar cómo finalizarla, eso, además tomando en cuenta que pasa por ser incomprendida y ese problema aunque menor, sigue siendo grave. ¿Cómo ves a los profesores? Es verdad que sus amigos y hermanos la tienen diferente, y es que además se pudo ver que a los adultos en la saga original les costaba darse cuenta de ciertos sucesos. Saludos a gaby-scorpio, LateAtNight4 y Miru, que les he respondido por PM, muchas gracias a todas, saludos cordiales!

Hermione se desplomó en un oscuro callejón de la destruida Hogsmeade.

Ahogó un grito al caer al suelo mojado, entre dos muros por donde escurría agua.

Flotaba un aire húmedo, con olor a madera quemada... Acababa de llover y en la salida del callejón se distinguían grotescas siluetas móviles que cruzaban, alargadas por tener cerca un farol encendido.

Hermione quedó en el suelo, temblando por un enorme dolor en sus costillas izquierdas. En ramalazos el dolor mordiente la recorría de las costillas a la cabeza y a las piernas. Se escuchaban gritos feroces a lo lejos, más claros por el frío.

Trató de respirar a inhalaciones y exhalaciones rápidas y breves, pero el aire que tomaba no le bastaba.

El dolor le provocaba náuseas, el contacto del abrigo le ardía horriblemente en el costado izquierdo.

Encogiendo las rodillas, llevó una mano a esas costillas y al sacarla del abrigo humeante por el calor, lo mojado se convirtió en rojo al verse la mano temblorosa, que apenas atisbó al tensarse por el dolor y ardor de haberse tocado ese costado.

Sollozaba, pero se obligó a hacerlo en voz baja, aunque el esfuerzo contribuía a su sufrimiento.

Moverse era un suplicio. Como pudo se retiró la solapa de encima del costado sintiéndose desgarrar, y el aire aumentó su dolor al entrar con contacto con varias costillas rotas, visibles entre jirones de piel por haber perdido músculos en esa área, que sangraba abundantemente. Era una herida interna. La sangre se mezclaba aparatosamente con el agua.

Debió ser Ginny. Ella había salido de la línea de alumnos por el lado izquierdo. Le habría lanzado una Cruciatus al momento de desaparecer. Hermione no tenía deseos de analizar si el daño físico se debió a recibir la maldición durante un traslado o si el intenso deseo de Ginny por dañarla lo logró de ese modo.

Hermione sollozaba. Cada movimiento le dolía espantosamente, haciéndola temblar y forzándola a paralizarse, pero se obligó a meter la mano en el abrigo y sacar un frasco, a estremecimientos.

Lo había tomado apenas del despacho de Snape; lo desenroscó con dedos temblorosos, oyendo sus propios lamentos entrecortados.

Padecía por punzadas en latigazos, provocándole la necesidad de estallar en gritos y venía lo peor, porque el efecto era tanto o más doloroso que ciertas heridas en sí. Aun con eso, era mejor que la maldición le causara daño físico en vez del habitual, atacando todo el sistema nervioso.

Abrió el frasco y se dejó caer díctamo en la tremenda lesión.

La castaña estiró las piernas, temblando de todo el cuerpo por el dolor desgarrador que la bañó de pies a cabeza, intentando no tirar el frasco mientras su herida vaporizaba y crepitaba, mordiéndose una mano para silenciar sus gritos, sollozando desesperada.

¡… No puedo desmayarme, no puedo desmayarme…!

En eso, el vapor amainó.

En segundos, un alivio repentino y bienhechor le permitió relajarse y tomar aire a bocanadas, lastimeramente.

Permaneció bocarriba, con el frasco en la mano, recobrando la respiración, a mitad del callejón invadido de charcos de agua, viendo sin ver los muros a los lados, de ladrillo mojado, recibiendo la menguada luz de la calle; más arriba, tejados agrietados y en las paredes, ventanas oscuras, de cristales rotos.

Recuperándose físicamente, la pesadumbre ocupó el sitio como otra forma de dolor. O era que apenas pudo volver a sentir lo que traía.

Hermione miró al cielo, secándose los ojos; en lo alto, entre los tejados, brillaba la luna rodeada por un halo.

¿Severus, dónde estás? ¿Dónde estás, mi amor?

El silencio la llevó a añorarlo más.

¿Dónde estás, Severus?

¿Por qué no me buscas?

¿En verdad quieres abandonarme?

¡Yo no hago más que pensar en ti!

El dolor físico pasó y surgió la congoja en su corazón, de pensar en alguien que quizá la había olvidado.

Pensó: Es imposible que me haya olvidado. Y se añadió que no podía tener tan poca fe en él.

Él la recordaba. Él la necesitaba.

Con la mirada húmeda como el cielo oscuro, a Hermione le vino a la mente cada instante que había vivido con Snape, en cuadros que pasaron frente a sus ojos. Las miradas, los contactos, las palabras. La realidad de que en cada mundo y universo ellos se amaban. Aquello siempre eran decisiones. La historia siempre pudo terminar con su alejamiento, dejando que los hechos tomaran otro curso. Pero no fue así.

Ambos corrían en un laberinto circular, por estaciones y días. Era un solo laberinto, pero un laberinto que cambiaba sus puertas, modificaba la dirección de sus pasadizos, mutaba sus recintos interiores y escondía la salida, colocándola en un sitio diferente en cada oportunidad.

Lo único constante, pero que no sucedía igual, que no se contaba del mismo modo cada vez, era que Snape y ella se enamoraban.

Ninguna historia entre ellos era la misma. Nunca ocurría igual, pero el uno al otro llegaba con diferentes palabras, miradas y acercamientos que terminaban por reunirlos. Su amor, y el recuerdo de su amor, era el de naves distantes en un mar a oscuras, lanzándose luces mutuamente.

La imagen final de ellos dos en un trigal dorado representaba el deseo de liberarse del laberinto y estar juntos por fin.

Con la espalda mojada por el agua de la reciente lluvia, y la sangre de su costado, ya sanado, la invadió la tristeza y se cubrió los ojos con un antebrazo, obligándose a llorar en silencio; sus rojos labios, temblaban.

No lo voy a conseguir, se dijo. No lo voy a conseguir. Es demasiado difícil.

Aun así recordó las veces que conversaron en el castillo y en la mansión. El interés que tenían de conocerse de viva voz. Recordó la sensación de los besos, primero insinuados y después completos. Las caricias. Aquellos juegos eróticos extraños de tintes dorados y carmesíes con atuendos y perfumes. La locura de sus bocas, sus manos. Sus abrazos.

Las puertas de la residencia, en el tercer piso, abiertas a otros tiempos y posibilidades, con las combinaciones de acontecimientos que realmente no habían sucedid…

Entonces tuvo otra idea de cómo resolver el problema.

La idea apenas insinuó, pero no la dejó escapar.

Rápida se levantó, recargándose en la pared. Frunciendo el ceño, miró a un lado.

La solución se insinuó poco a poco… Brotando y delineándose contra un fondo de negrura… Surgió en su mente y en su ánimo igual a una imagen en un espejo mágico…

No, eso nunca lo había intentado.

En torno al callejón, el humo se elevaba desde muchas casas de Hogsmeade. No pudo atenderlas. No pudo pensar en Ron. No había tiempo de nada. Excepto para intentar salvar al hombre que ella amaba.

Con un pase, se trasladó a La Casa de los Gritos, acuclillándose de inmediato al aparecer, ocultándose tras unos muebles polvorientos.

La Casa estaba sola, pero los mortífagos cruzaban del otro lado de las ventanas; sus sombras se movían desfiguradas en el muro atrás de ella.

El tenebroso sitio estaba vacío. Aun así en esta zona había más movimiento: Oyó el pesado y rápido paso en la calle de mortífagos que debieron quedar en patrullaje. No alcanzó a entender sus frases ásperas, pero era posible que estuvieran buscándola. Alguien de Hogwarts hace un rato pudo haber contado a algún sirviente de Voldemort lo sucedido en la Torre de Ravenclaw.

Bien, consideró la castaña, que el Señor Tenebroso conociera los sentimientos de ella por Snape no pasaría de ser un momento tan gracioso, que le diera más motivos para matarlos. Como si no sintiera tenerlos ya.

Al no estar en la Casa, Snape debería hallarse o en el Gran Salón o en el embarcadero. Localizarlo no sería difícil, mas simplemente ir así, era asegurar que todo comenzara de nuevo. O intentarlo con pocas probabilidades.

El dolor que acababa de padecer y lo cerca que estuvo de desangrarse hasta morir, le hizo considerar la situación en la forma fría como pensaba cuando lo necesitaba.

Se trasladó al Gran Salón, también a oscuras y con las mesas y sillas volcadas a causa de la bacanal.

Pero el relativo silencio de Hogsmeade aquí fue sustituido por un rasguido en el aire y un brutal estruendo en el techo de la construcción, que hizo caer fragmentos de roca.

Hermione se inclinó un poco, varita en mano, entre polvo de argamasa que caía, escuchando.

Un rasgar menos cerca y una explosión que conmovió la puerta.

Escuchó mejor. El sitio estaba vacío. En el aire flotaba, no muy lejos, el rumor de continuos estruendos y una gritería, no toda de personas.

Los estallidos, chasquidos y vociferaciones, así como un temblor en el suelo, le mostraron que Voldermort estaba atacando Hogwarts. El horror de sentir los horrocruxes rápidamente destruidos lo había apresurado a presentar batalla.

Recorriendo el estropicio en el salón, la castaña se repitió que esto fue provocado por los alumnos. Era la primera vez que ella presenciaba un motín estudiantil en Hogwarts. Quizá por eso Snape no estaba en este lugar.

Por la puerta entró un gran parpadeo luminoso, muestra que alguna parte externa de la cúpula de protección del castillo, resistió un embate.

Hermione repasó rápidamente sus consideraciones, dándose cuenta que Snape moría si llegaba a la cita con Voldemort. Ella había tratado de evitar ese final de muchas maneras, pero no lo lograba. Lo detuvo a punto de entrar e incluso lo convenció de no entrar. No obstante, Voldemort lo alcanzaba en otros sitios, o Snape mismo se negaba a hacerle caso, aunque le creía la historia. Eso era algo que tampoco fallaba. Snape nunca dudaba de la palabra de Hermione.

Carecía de sentido tratar de detener a Snape afuera del lugar, ni a unas calles. Esta vez, por la experiencia, renovó su conciencia de que le restaba una posibilidad, pues las otras combinaciones no servían: No era posible salvar a Snape si llegaba al escenario de la cita con Voldemort. No por lo menos si se centraba en evitarla, tomando eso como el eje natural del problema.

Un nuevo estallido cimbró el Gran Salón. No faltaba mucho para que los mortífagos y sus aliados entraran al castillo. ¿Cuántos horrocruxes faltaban a Harry por destruir? ¿Quién estaría ayudándole de cerca ahora, Luna o Neville o los dos?

Confirmó la única conclusión lógica que le quedaba.

La única combinación que le faltaba probar.

Se enfrentó de nuevo el final de su laberinto, pero con la opción que quizá fue la única, desde el principio.

Formuló el hechizo y apareció a unos metros del embarcadero.

Se tiró el suelo entre los árboles.

Aquí la gritería de los atacantes se escuchaba más fuerte, un duro y continuo murmullo.

Se arrastró para entrar, hallando el sitio más iluminado por los cristales de las ventanas, que latían al ritmo de las explosiones en el castillo.

Al entrar al embarcadero, arrastrándose, oyó la voz inconfundible de Voldemort, hablando con Snape.

El corazón de Hermione aceleró.

Una gran explosión no muy lejana sacudió al embarcadero, haciendo crujir algunos cristales.

Se puso en cuclillas, lo más inclinada que pudo. Por el cristal de rombos distingió la silueta de Voldemort, de espaldas, y frente a él, la forma de un hombre de atuendo negro, largos cabellos, espalda recta…

Severus. Por fin.

Apretándose contra la pared, chocó con algo que no tenía medido, por ser nuevo.

Estaba por detenerlo, pero no hizo ruido cuando cayó a un lado suyo.

La castaña se sobresaltó. Sí, esto era nuevo.

¿Cómo llegó aquí?, se preguntó. Ella conocía que en varios universos, Voldemort hacía uso de él. Lo había visto porque en ellos era todavía peor, pues llegaba con Snape luego del final. Pero pudo sospechar, ahora, que en los repetidos tiros de dados de volver en el tiempo una y otra vez, ocurrió una nueva combinación de sucesos, minúsculos, acumulados, que condujeron a un hecho fortuito, a algún detalle de último minuto que hizo que ese objeto estuviera aquí. De saber más, pudo sospechar que esos hechos sumados hicieron que Voldemort lo tuviera en sus manos antes de ir a Hogwarts.

O ésta era la última dación de Horus propicio.

Lo último que pudo encontrar.

Lo dio a la Hija Predilecta de Gryffindor. Porque pese a lo que el colegio dijera de ella, Hermione siempre había tenido la razón. Su motivación fue la correcta desde el principio. Y en la base de sus actos estuvo la nobleza y la valentía.

Era la última entrega de la Dominación. Pero Hermione era quien debía decidir cómo utilizarla.

Snape tuvo que esperar a hablar con Voldemort. Lo retuvo en la retaguardia de las ruidosas huestes mal formadas frente a Hogwarts, vociferantes y sedientas de sangre, observando, hacía menos de media hora, cómo en el castillo se desplegaban los débiles encantamientos defensivos.

Solamente su férrea voluntad de colocar a Voldemort el cepo mortal en el cuello, mantenía a Snape sereno. Acechante como una serpiente.

Un observador externo difícilmente podría encontrar un golpe mayor contra Voldemort, que hacerlo creer invencible.

Hablemos, simplemente hablemos, se decía Snape, por otra parte con la mente tan cerrada a lo externo, que ningún pensamiento podía entrar a salir.

Y aun así, muy en el fondo de su mente, capas por debajo de los pensamientos normales -atender a los grupos de mortífagos, los ogros, el piso enlodado-, y por debajo de los pensamientos ocultos -Dumbledore, el colegio-, se movían otras ideas, generando otras fuerzas.

Hermione.

Hacía mucho que renunciara al intento de no pensar en ella. Después de la primera ocasión en Infinity Manor, tal vez sólo esa noche y eso a medias, lo consiguió. Pero después Hermione ocupó sus pensamientos, y cuando no pensaba directamente en ella, estaba en sus sentimientos. Ella se había hecho parte de su vida. Una parte crucial.

Y en esos pensamientos que corrían en un río subterráneo, se cuestionaba el hecho de tener que dejarla. O por lo menos, de dejarla sin haber buscado una solución, otra forma de enfrentar este hecho.

Eso se convirtió en una ira naciente. Para sobrevivir, la ira es un buen recurso.

Pensó en el mal personal que le había causado Voldemort. Lily Evans, las zozobras de estos años, el verse obligado a quitar la vida a Dumbledore, proteger a Potter, a Malfoy. Tener que fingir en cada momento.

¿Y ahora perder a Hermione? ¿Y dejarla sola en el peligro?

Maldito, pensó Snape sobre Voldemort. Maldito y estúpido arrogante, que destruyes todo lo que tocas.

Esa idea empujaba en su mente, tratando de hacerse consciente, cuando Bellatrix le comunicó, con sonrisa cruel y divertida, que el Señor lo esperaba en el embarcadero de Hogwarts.

Poco después que llegó, Snape no se dio cuenta que Hermione entraba, oculta, ni que ella ahora tenía en la mano el Sombrero Seleccionador.

Mientras los cristales vibraban por el reventar de encantamientos en el castillo, Hermione hurgó en el Sombrero y de su fondo o de las profundidades del cosmos, he aquí que la navaja larga y afilada brotó, sostenida por la empuñadura en la mano de Granger: La Espada de Gryffindor.

La castaña aferró la espada con ambas manos, observándola, y con eso ancló la verdadera oportunidad de Snape de sobrevivir a su drama, y la razón última de que ella intentara una y otra vez, salvarlo y quedarse con él.

La solución de Snape era que un profesor o alumno de Hogwarts, no más, uno solo, hubiera dado la cara junto con él… Abiertamente. No haberlo abandonado en la hora de mayor peligro para él. No haber permitido que él se aislara, aunque dijera desear hacerlo. No abandonarlo conscientemente.

Si no era por amor, por lo menos por agradecimiento. Si no era por conocer la verdad, sí por lo menos al preguntarse por qué Dumbledore siempre defendió a Snape pese a las enormidades que ocurrían. Por qué pese a todo y contra todos, Dumbledore creyó en Snape; entender con eso que para Dumbledore, Snape era el mago más digno de confianza de los que había conocido.

Snape era para Dumbledore el mago al que podía contarle lo que fuera de sus más negras desesperanzas, sus secretos más íntimos, confiarle su vida y su forma de morir. A nadie más que a Severus Snape, el más veraz, el más entregado, el más comprometido, el más noble. Y seguramente el hijo que Dumbledore hubiera querido tener, el que lo habría hecho sentir orgulloso como seguramente lo hizo sentir al aceptar aquella encomienda monstruosa de quitarle la vida con tal de salvar a otro. Y entender que Dumbledore para Snape fue el padre que éste mereció tener… Habría bastado que sólo uno en el colegio hubiera sabido ver eso -profesores, para empezar-, entender que el grado de confianza y afecto entre Dumbledore y Snape fue el mayor que el que tuvo ningún otro amigo en Hogwarts, para entender que no era cosa de simpatías, ni de lealtades a tropezones, sino de hechos sostenidos y comprobados. Y se necesitó que quienes lo sabían se hubieran comprometido con quien estaba a dos fuegos, en la peor situación, sin pausa: El profesor Slytherin.

Fue lo mismo que sucedió con otros, con Harry en muchas ocasiones. ¿Y no había sido el problema de Draco? ¿No fue el problema de Dumbledore, cuando trató de alertar sobre el regreso de Voldemort, el problema de los padres de Harry, su último día? ¿Dónde estaban realmente los demás en las horas cruciales? ¿Dónde estaban, sin excusas? El problema más grave de los que habían sucumbido y de los que pasaron tragos amargos fue estar solos. El problema era la falta de solidaridad que está un paso más allá de lo que se puede pedir a nadie. La solidaridad con los demás que tuvo Snape, como la tuvieron Hermione, Harry y Ron.

Hoy no había nadie para ser solidario con Snape. Las cartas ya estaban echadas. En este día ya era imposible que alguien creyera en él. Y todavía aguardaba el final de que nadie lo supiera, que recibiera honras tan mínimas que resultaban ofensivas y se escribiera un libro en su contra.

Pero Hermione Granger decidió ser la persona que hiciera la diferencia, a pesar de todo y a pesar de todos… Y si no había alguien que por lealtad al profesor o al colega lo hicieran, en cambio Severus Snape ahora tenía a una persona con quien compartía el mismo corazón… Alguien que siempre actuó con el mismo tesón, inteligencia, capacidad de reacción, mente estratégica que Snape, y con idéntica valentía, y que lo amaba, como él a ella: Hermione Granger.

En caso contrario, Snape habría hecho lo mismo por ella, intentado liberarla una y otra y otra vez de ese laberinto y de la muerte, porque eran el uno para el otro, y la castaña, llevada por su amor a aquel hombre oscuro de corazón brillante, con el mismo corazón que ella tenía, se unían en una vastedad de silencio y soledad donde las almas que pueden amarse no siempre se encuentran, pero que cuando lo hacen, crean Magia. Así se dispuso a llevar a cabo la única combinación de hechos que le quedaba.

La única combinación de hechos que le faltaba probar.

Que ella muriera en vez de Snape.

Intercambiarse con él ante el intransigente Demiurgo del Tiempo.

La castaña no se lo cuestionó: Amaba a Snape y estaba dispuesta a morir con tal que él viviera.

Su amado mago Slytherin quedaría desolado, pero ella, bienaventurada.

¿La Espada apareció por esa decisión?

Entendió como nunca que las veces anteriores fueron la preparación para este momento. Todos los hechos gravitaban en torno al instante en que Nagini lanzaba las fauces contra Snape, no antes. En cada escenario era lo mismo. Enfrentarse a Voldemort siempre concluía en ser herida, para ver morir a Snape.

La determinación llenó el rostro de Hermione, en tanto los fuegos de la batalla se encendían en el colegio. Dejó atrás el último fetiche de todos, la idea más adorada y venerada que parece cobrar vida propia y colocarse sobre nosotros: El Destino. La idea de que las personas no dirigen sus vidas, sino que ya todo está escrito. Al contrario, Hermione pensó que únicamente hay decisiones y estas pueden modificar toda paradoja o encrucijada.

Ella usaría la espada para acercarse e intentar matar a Nagini… No, para intentar no, para matarla. Matar a aquel monstruo, aunque en ello le iría la vida porque no podría matar a Nagini y sobrevivir.

Tenía perfectamente claro cómo moverse para no ser vista.

La lucidez de Granger de que la solución a su acertijo de espejos podía ser intercambiar su vida por la de su amado, la llenó de fuerza.

Y quizá podría conseguir algo semejante a como vio hacer a Harry muchas veces: Que ahora Snape tomara las lágrimas de ella y las llevara al Pensadero.

Con suerte, sintió la castaña, en ese tornado de horas, de tiempos, de besos, de amores, de secretos, de pesares y de pasiones, ella podría explicar a Snape lo sucedido y pedirle perdón.

Pedir perdón a Snape por no poder quedarse por él.

Pedirle perdón por sólo hallar esta forma de liberar a los dos.

Pedirle perdón por no amarlo como ella hubiera deseado.

Por no alcanzar la eternidad de otro día de amor.

Por no recorrer el trigal dorado que soñaron juntos.

Destellos y truenos reventaban en el colegio. Hermione aferró la Espada y se acercó, paso a paso, ocultándose entre unos muebles desordenados que quizá fueron llevados por los alumnos aquella noche de caos: Ella podría caminar en ese sitio sin abrir los ojos. Las lecciones de Oclumancia rindieron fruto: Acaso fueron la preparación para este minuto, para ocultar su presencia al Señor Tenebroso.

Doy todo por ti, Severus, pensó la castaña, espada en las manos. Mi vida entera, como tú lo harías por mí.

Granger intuyó que esta vez, lo lograría: El que fuera a morir era su garantía. Eso le dio la máxima certeza y en el temor, la tristeza y el amor, se convenció que sería una muerte digna en éste o en cualquier otro universo. Porque el amor siempre es válido. Porque el sentido de su historia en ese laberinto se revelaba para Granger: Era la historia de la máxima dación: No la muerte, porque eso era o un accidente o un hecho inevitable. La máxima dación era vivir por un amor, entregarse a un amor para saltar barreras, como ellos hicieron en estas semanas de sentimiento y de locura. Enfrentar los temores, las dudas, los recuerdos dolorosos y vencer los obstáculos que impiden florecer. Y si al final de eso hay un ser amado, qué mejor.

Y eso les ocurrió a ellos.

—… no, Severus -sonreía Voldemort-… yo soy extraordinario….

La batalla de Hogwarts, con estallidos y destellos, reventaba no muy lejos.

La castaña, arma en las manos, cabellos castaños al viento y mirada decidida, a carrera firme salió del escondite velozmente y dio la cara alzando la Espada de Gryffindor.

Y en esa hora, con el fondo del castillo de Hogwarts en llamas, verdaderamente Hermione Granger fue la Dueña del Tiempo y del Espacio.