Capítulo 2: Un vagabundo en la ciudad
— * —
Notas de la autora:
Bueno, pues subo este capítulo hoy (sí, jueves, da la casualidad) porque como dije en el capítulo anterior, ya lo tenía escrito. Pero no he puesto ni una coma más y no creo que escriba nada durante una temporada pues… ¡esta mañana me han llegado mis conejillos de indias! ¡Yujuuuuuu! Pero qué bonitos han quedado los tres librillos de fanfics *o*. Como algunas me pedisteis fotos, las subo luego a Facebook *o*
Así que este mes, estaré metida en la maquetación de mi novela. Ainsss, no veo la hora de terminar con ella XD . Supongo que en un momento dado, para desconectar, escribiré algún capitulillo perdido que pueda subir, así que algo caerá de vez en cuando (¡no lo abandono! Hay que saber cuándo Kenshin llega a la conclusión de que está enamorado de Kaoru XD ). Pero no será tan a menudo como con fics anteriores.
— * —
Comentarios a los reviews:
Rogue: Por lo que veo, os parece igual de interesante que a mí la perspectiva de Kenshin. Espero no cargarme el personaje »_«
Kiranamie: Jajajaja, sí, a veces pasa que alguien tiene la misma idea que nosotros. Bueno, espero estar a la altura de la expectativa ;-) .
Kaoruca: Lo de los capítulos del anime ya ha quedado hablado en uno de nuestros emails kilométricos, así que lo dejo ahí XD. Del capítulo, no he metido mucho lo de su sexto sentido porque, hija, ¡no voy a contar todo en el primer capítulo! Jajaja… Tú tranquila que no me olvido ;-) . Lo del motivo que he dado para que se quede, ya te lo comenté: lo he hecho a propósito. En el manga se menciona varias veces que a Kenshin le preocupa la actitud bondadosa de Kaoru, mientras que no se menciona ni una vez que está cansado de viajar. Si aparece en el fic es porque yo lo he metido para que luego sea factible que le dé esa explicación como excusa para quedarse. Pero aquí quise darle ese giro y hacer ver que Kenshin se queda por Kaoru, no por él. ¿No es adorable? *o* Jajajaja.
Kaory: Perdona, no te he entendido, ¿sobre qué tema me querías sugerir tras mi último fic? ¿Sobre algo como este fic o algo que tiene que ver con lo del anillo?
De los capítulos… ¡Claro que voy a meter lo de Jinnei! ¡Es crucial! Pero reconozco que me impone mucho meterme en ese capítulo y en verdad me frena un poco. Es tan intenso para las emociones de Kenshin que me da una sensación de sacrílega por meterme ahí (igual que con la despedida, que ya mencionas ^_^º ). Pero bueno… u_uº . Tengo pensado, del arco de Tokio, novelar casi todo pues es cuando la relación de KK arranca de verdad. Posiblemente quite los actos de Raijuta, pero por lo demás, seguramente caiga todo del primer arco.
Sobre que el capítulo te hacía imaginar las viñetas, es que las voy narrando con el tomo al lado, jajaja. Y para más inri, encima me sé de memoria un montón de diálogos, así que se parecen mucho-mucho-mucho »_«
Estrella: Me alegra que te parezca interesante. Subiré más, no te preocupes, pero poco a poco…
Galatea: Nooo, si ya me he dado cuenta de que la perspectiva de Kenshin llama bastante, jijiji.
¡Gracias a todas por vuestros mensajes!
Os dejo con el siguiente capítulo. Es cortito pues, como ya indiqué en el anterior, el primero del manga tiene una extensión más larga de lo normal.
— * —
Capítulo 2: Un vagabundo en la ciudad
Hacía mucho tiempo que no dormía en un futón como era debido. Y sin frío. El primer día, una semana atrás, al levantarse, Kaoru había preparado un desayuno para ambos. El sabor dejaba bastante que desear pero era más de lo que había tenido en semanas. En épocas más cálidas podía permitirse comer dos veces al día de lo que se encontraba por el camino; pero en invierno, tenía que arreglarse con una comida al día y podía dar gracias. Más de una vez había tenido que pasar un día entero sin comer. A esas alturas del año no había mucho que cazar ni había frutos que recolectar. Por norma general, se ofrecía para hacer pequeños trabajos con los que le daban sustento o algo de dinero con lo que arreglarse durante unos días.
Pero durante una semana completa, había comido tres veces al día, dormido bajo un techo y en un cómodo futón. Y eso había hecho felices a sus huesos y articulaciones. Su maltrecho cuerpo le agradecía ese respiro.
De modo que esa mañana Kenshin se encontraba con un humor estupendo mientras terminaba con la colada… que no era el caso de Kaoru, la cual se encontraba mirando impaciente la puerta de casa.
—¿Por qué no viene nadie? —se quejó a nadie en particular—. Ha pasado una semana desde que se demostró que la escuela no tenía nada que ver con Battosai.
Por la fuerza de la costumbre, a Kaoru a veces se le olvidaba poner el falso delante. Sobre todo teniendo en cuenta que su escuela, ahora mismo, sí tenía que ver con Battosai. No por los asesinatos recientes cometidos, pero era cierto que Battosai vivía temporalmente en esa escuela.
—Estamos en una era tranquila. El interés por las espadas se va perdiendo —explicó Kenshin sacudiendo la prenda que acababa de lavar para colgarla.
Fue un error táctico: el mal humor de Kaoru se concentró en él.
—¡Y tú! Debería darte vergüenza por mentirme así. ¡Tramposo! —le gritó enfadada—. No puedes tener veintiocho años. ¡Dime la verdad! —exigió en el mismo tono.
En su interior, a Kenshin le hacía gracia que Kaoru no pudiera creerse su edad. Sabía que aparentaba menos años y el hecho de haber participado en una guerra de hacía una década, sólo echaba más leña a la suposición de que debía ser mayor. Pero Kenshin se había inmiscuido en ella a la temprana edad de catorce años. De ahí que aún estuviera en la veintena a pesar de todo.
—¿Preferiría que tuviese más de treinta años? —preguntó él viendo que la chica se alteraba con el tema. Pero esa pregunta cortó de forma radical la animosidad de Kaoru.
—Bueno, no… —susurró ella cohibida.
—Entonces, ¿qué quiere? —cuestionó con cierta perplejidad.
Kaoru se moría de curiosidad y Kenshin era plenamente consciente de ello. No quería preguntarle por su pasado, pero eso no quería decir que no se le estuvieran acumulando esas preguntas a las que no daba salida.
Y podía asegurar que todavía le rondaban cuando salieron hacia el centro de la ciudad para realizar algunas compras que Kaoru le había dicho que necesitaban. Durante el camino, podía sentir fijos en él los ojos de la joven. Pero siguió mordiéndose todas esas preguntas y decidió poner fin a sus miserias.
—Tengo la sensación de que quiere preguntarme algo —se ofreció tendiéndole un pequeño puente.
En realidad, Kenshin no se oponía a ciertas preguntas. Por supuesto, había temas que no tocaría de su pasado y mucho menos, con una desconocida. Pero Kaoru no le conocía lo suficiente como para indagar tan profundo. Estaba convencido de que las preguntas de la chica girarían en torno a por qué se metió en la guerra siendo tan joven o qué motivaba que tuviera una espada de filo invertido. Preguntas que si bien no eran de dominio popular, tampoco eran un secreto.
Pero Kaoru tenía diecisiete años; no había vivido la guerra en el amplio término de la palabra y sólo le conocía por lo que lo hacía la gran mayoría: rumores. Por eso le faltaba información incluso de su vida conocida. Y no tenía problemas con hablar de ello, y menos con esa joven que tan desinteresadamente le había acogido.
Sin embargo, a dicha joven no le sentó muy bien la proposición.
—¡No quiero preguntarte nada! —gritó—. Es sólo que tienes que dejar de llevar esa espada. Estás llamando la atención.
Kenshin se mordió la lengua para no decirle que su temperamento llamaba más la atención que él.
—Hace un par de años la gente aún llevaba espadas, pero ahora no, y la gente ya no se fija en ello —explicó en voz serena para apaciguarla.
—Pero si te ven, ¡te detendrán!
—Si pueden… —se jactó inocentemente Kenshin y Kaoru resopló vencida.
—Entra ahí y compra sal, salsa de soja y miso —le indicó Kaoru.
—Iré muy cargado —se quejó Kenshin.
—¡No discutas! —gritó Kaoru. Era evidente que estaba llevando a cabo su particular venganza.
Cuando terminó sus compras salió a la calle pero Kaoru no estaba. Kenshin supuso que había ido a terminar con el resto de compras y se propuso ir a buscarla. Pero entonces, no sólo Kaoru se había vengado de él, sino que el destino también por abrir la boca. Un grupo de policías se acercó a él para detenerle por portar espada.
Kenshin suspiró viendo que no podría salir huyendo cargado como iba y dejó todo en el suelo. Rápidamente le rodearon.
—¡No se mueva! Está rodeado —le ordenó uno de ellos.
Los policías de esa ciudad tenían mucha suerte, tuvo que reconocer. Le habían cercado dos veces ya e igual que la vez anterior, se mostraron nerviosos al intentar reducirle.
—Me dejo arrestar —declaró Kenshin, y cogió su arma enfundada con intención de dársela para que vieran su predisposición. Uno de ellos, más confiado viendo que se dejaba arrestar sin oponer resistencia, se acercó a él.
—¡Apártense! —gritaron al fondo de la muchedumbre, y tanto Kenshin como el guardia que se le acercaba centraron su atención allí. Varios hombres se abrieron paso entre la gente—. ¡Somos la policía armada!
—Ayudante del comisario Ujiki —le saludó el hombre que se le había acercado.
—Podéis marcharos, la policía armada se encargará de esto —dijo el hombre al mando.
Kenshin les observó atentamente. No se había tropezado muchas veces con ellos. Eran la policía de élite y estaban autorizados a utilizar una espada. El uniforme era igual que el de la policía urbana, la única diferencia era que mientras unos llevaban un bo de madera, los otros llevaban una espada auténtica.
—Señor, no hacía falta que la policía armada se molestara; nosotros podemos encargarnos de él. El hombre no muestra agresividad y se ha dejado arrestar.
La respuesta fue un golpe en la cara con la empuñadura de la espada. Aquello sí era nuevo para Kenshin y se sorprendió de esa represalia sin fundamento.
—Si te digo que nosotros nos hacemos cargo, es porque nosotros nos hacemos cargo —espetó Ujiki al que estaba en el suelo. Después se giró hacia Kenshin—. ¿Y quién te crees que eres para pasearte con una espada? Debes de creerte un experto para permitirte llevarla. —El policía le apuntó con la espada—. ¡Desenfunda!
—No desenfundo inútilmente. Si llevo espada no es para mostrar mi fuerza. —El policía resopló y se generó otro pequeño alboroto entre la multitud que se abrió paso revelando a Kaoru.
—Kenshin —le llamó dirigiéndose a él y el policía miró desconcertado a la originaria de la interrupción.
—De modo que esta chica está contigo… —comentó el hombre con malicia.
—¡Kaoru, váyase! —le ordenó rápidamente Kenshin.
Sin embargo, dos hombres la atacaron con sus espadas con precisión milimétrica y la hicieron detenerse rompiendo su lazo en el proceso.
—La próxima será en el kimono —le amenazó Ujiki sin cambiar de posición—. Desenfunda el arma.
—¿Y se supone que representa a la ley? —recriminó Kenshin ante los actos desproporcionados de los hombres.
—¡Por supuesto! —se jactó el guardia—. Pertenezco a la policía armada; puedo llevar espada y estoy autorizado a matar.
—¡Esto es abuso de poder! —exclamó un hombre de la muchedumbre.
—¡Es un policía corrupto! —gritó otro más.
Ujiki resopló ante las recriminaciones de la gente y se envalentonó más.
—¿Os atrevéis a insultar a la policía? ¡Desenfundad las armas! —ordenó a sus hombres—. Detenedles a todos y matad a los que se resistan.
Fue todo lo que Kenshin estaba dispuesto a permitir. No iba a dejar que esa gente abusara de los civiles como los matones que eran. Desenfundando su espada, apuntó al líder.
—No se atreva a tocar a nadie. Si quiere un adversario, me tiene a mí.
El policía se regocijó cuando Kenshin por fin respondió a su provocación.
—Bien, ahora nadie podrá acusarme si le mato en legítima defensa. —Ujiki lamió el filo de su espada teatralmente y Kenshin tuvo que contener las ganas de poner los ojos en blanco por su dramatismo—. Un hombre debe permitirse matar de vez en cuando para no oxidarse.
Con el estilo propio de los cobardes, los hombres se lanzaron a atacarle a la vez; pero eran demasiado lentos para él, y tampoco eran demasiado diestros. Como suponía, simples matones a los que les habían dado un arma con la que les decían que podían jugar.
El líder no se había movido de su sitio y se quedó blanco al ver que todos sus hombres yacían tirados en el suelo en menos de diez segundos. La muchedumbre gritó eufórica por su victoria sobre ellos animándole a darle su lección al que quedaba.
—Si se disculpa ante la gente por su comportamiento despótico, dejaremos el tema aquí. Y podrá detenerme por portar espada y por las heridas infligidas a sus subordinados.
No hacía falta ser muy listo para ver que Ukiji se sentía humillado. Y en vez de retractarse, se enfadó más atacándole con rabia.
—¡Detente, Ujiki! —gritó alguien al fondo.
Pero era demasiado tarde. El hombre le atacó con la técnica de «Ninotachi irazu», la cual era poderosa pero no tenía nada que hacer contra su «Hiten Mitsurugi». Con un gran salto, le golpeó desde arriba dejándole inconsciente.
—¡Kenshin! —Kaoru se acercó a él en el acto—. ¿No te han herido? —preguntó preocupada. Kenshin sonrió y negó con la cabeza para tranquilizarla.
Y momentos después, se vio sorprendido por toda la gente de alrededor que le felicitaba por haber detenido el mal proceder de la policía.
—Al fin te encuentro —dijo una voz conocida por encima de los gritos—. Me ha llevado diez años dar contigo.
La gente se fue callando ante la nueva interrupción. Kenshin sonrió ante un fantasma de su pasado. Porque hacía diez años que no le veía.
—Se ha dejado bigote, señor Yamagata.
Kaoru se tensó al reconocer el nombre. Aritomo Yamagata era el jefe del ejército del Gobierno Meiji; uno de los hombres más poderosos del país.
—Comisario, disperse a la gente, por favor —le ordenó al policía que había llegado allí con él.
La policía urbana comenzó a arrastrar a la gente lejos de ellos, ante la gran resistencia de los curiosos. «Esto es un abuso de poder», decía uno; «jovencito, defiéndanos», pedía otro. Pero en cuestión de segundos, allí no quedaban más que Yamagata, Kaoru y él.
—El coche nos espera —dijo Yamagata tendiéndole una mano—. Todos los patriotas esperamos tu vuelta.
Sin embargo, Kenshin no aceptó el ofrecimiento.
—Por desgracia, yo no quiero volver —comentó con tranquilidad—. No quiero que me den un puesto en el gobierno en recompensa por mis asesinatos.
—¡Aquello fue justificado! Los crímenes que se cometieron ayudaron a restaurar esta nueva época. ¡No puedes culparte por ello! —exclamó ante la idea—. Es cierto que hay gente que aún teme el nombre de Battosai y te toman por un asesino, pero puedo arreglarlo.
—¿Cómo? ¿Mandando a su policía corrupta? —reprochó sin discreción Kenshin y Yamagata se retrajo en su disertación—. Es el poder y la impunidad los que crean a hombres déspotas como su cuerpo de policía —le acusó señalando a los hombres caídos—. Nosotros no luchamos en la guerra para alcanzar el poder ni la gloria. Lo hicimos para ayudar a construir una era donde los conceptos de paz y felicidad fueran un hecho. Si nos olvidamos del principio, sólo quedaremos en la historia como los oportunistas de turno, ¿no cree?
Kenshin se giró acercándose hacia los víveres que había dejado en el suelo, pero Yamagata no había terminado.
—Himura, los tiempos han cambiado. En la era Meiji los samuráis no tienen cabida. Han perdido sus privilegios y está prohibido que lleven espadas. No puedes seguir llevando espada a menos que seas parte del Gobierno. La espada ya no sirve para nada —terminó argumentando con vehemencia.
—Pero con ella aún puedo proteger a la gente que me rodea —replicó colocando su mano sobre Kaoru.
Recogiendo los cestos, Kenshin se puso en camino hacia casa con una Kaoru silenciosa delante. Si al ir hacia el pueblo, Kaoru debía estar sumiéndose en un mar de preguntas, en esos momentos debería estar nadando en un océano. Sin embargo, la chica siguió sin mediar palabra, lo que llamó la atención de Kenshin.
—Siento lo de su lazo, señorita Kaoru. —La joven se giró para mirarle—. Lo ha perdido por mi culpa. —Kaoru sonrió con un gesto que no tranquilizó para nada a Kenshin.
—No te preocupes —dijo divertida—, me compensarás haciendo la limpieza.
Kenshin sonrió afectado. No era una condena demasiado grave teniendo en cuenta que ya hacía limpieza en la casa.
—De acuerdo —asintió él. Se recolocó la pesada carga cuando sintió la zona dolorida—. Era realmente necesario comprar todo esto. —Podían haberlo hecho en varias tandas si no corría prisa.
Kaoru soltó una risita nerviosa y siguió hacia adelante.
—Pues no, la verdad es que no.
