Capítulo 6: Lucha contra Sanosuke Sagara

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Comentarios a los reviews:

Bueno, siento la tardanza en actualizar este fic, pero ya habéis visto que me entretuve en otra cosa (MAEC silbando inocentemente). Pero en fin, ya vuelvo y ya veis que no he tardado mucho entre el último capítulo del otro fic y la actualización de éste ^_^º.

Mirita: La verdad es que a todas nos gustaría haber podido saber más de cómo piensa Kenshin ante lo que le sucede. Por cierto, que pena que no se pueda cobrar comisión a Watsuki por las relecturas masivas que estoy generando con mis fics, jajaja. ¡Qué gracia!

Por cierto, te aviso que no me sacaréis prenda sobre dónde creo que Kenshin podría darse cuenta de sus sentimientos. Aunque preguntéis, mi teoría seguirá bajo llave ^o^

Sobre que todos sus oponentes siempre les manden a gente antes que él para pelear, no lo digas muy alto que la idea del autor con Enishi fue hacer justo lo contrario: que todo el Kenshin-gumi peleara contra Enishi y Kenshin le rematara (según un Free talk de Watsuki). Desde mi perspectiva, habría perdido la gracia, sobre todo por lo crucial que es el Jinchu. Si en el arco de superación y expiación, le gana con ayuda de todo el Kenshin-gumi debilitando a Enishi, me habría cortado el rollo. Puede que esté trillado, pero la verdad es que siempre es mejor pensar que el malo-maloso se aprovecha intentando ganar al prota debilitado tras anteriores combates, que decir que el prota haya ganado con esa treta, ¿no crees?

Guest: Pues en este nuevo capítulo vas a ver la presentación de Sanosuke. Espero que os guste, porque al ser desde la perspectiva de Kenshin, el trasfondo del pasado de Sanosuke no se ve ^_^º

Kaory: Me alegra que te esté gustando cómo está quedando esta versión «novelada» del manga *o*

Mariona: Lo dicho, que pena no poder cobrar comisión por incitar a las relecturas, jajajaja. Sobre la zanbato de Sanosuke, no he entendido. ¿A qué te refieres con lo de que no la lleva o si es cosa del anime? La primera vez que se ven no la lleva; es cuando le contratan para pelear contra Kenshin cuando va con ella.

Rogue: Sobre la «pimientita» pues sí y no, jiusjiusjius. Sí que quise mostrar cierta incomodidad ante la forma en que reniega Kaoru por las palabras de Tae. Pero a la vez es la típica cosa que te molesta incluso aunque esa persona no te interese. Esa reacción que te sale en plan: «¿estás diciendo que tengo algo malo? Grrr…». Es decir, que es algo que sí que le ha molestado, pero que no tiene por qué ligar necesariamente a que sienta algo por Kaoru.

Y bueno, os dejo ya con el siguiente capítulo, que es bastante más largo, no os quejéis XD. Gracias por los reviews, chicas :-D

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Capítulo 6: Lucha contra Sanosuke Sagara

Kenshin tenía que reconocer que esos momentos de tranquilidad que disfrutaba cuando Kaoru no entrenaba los atesoraba como un bien preciado. Habiendo sido vagabundo durante tantos años, no disponía de ratos como ése en los que podía relajarse con un té en compañía de otras personas.

Kaoru solía aprovechar esos ratos para leer sus libros en tanto que Yahiko solía buscar algo que picar a media tarde mientras ojeaba por encima del hombro de Kaoru. Era de los pocos momentos del día en que no se enzarzaban en una pelea.

Semana tras semana, la relación de ellos dos se iba haciendo más estable. Se peleaban continuamente, pero el cariz de las confrontaciones no se parecía ni lo más mínimo al de los primeros días. Ese conocimiento de que poco a poco la confianza entre ellos y su amistad se establecía, le aliviaba en gran medida. Cuando al fin retomara su camino, podría quedarse tranquilo sabiendo que Kaoru estaría acompañada y no volvería a hacer locuras recogiendo al primero que pasaba por la calle.

Apenas le había dado tiempo a servir el té, cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo. Pudo sentir que había alguien tras las puertas de la casa y además traía consigo un espíritu de combate muy elevado.

Kenshin dejó la taza de té en la bandeja y se levantó.

—Tenemos visita —anunció a los presentes.

Kaoru le miró desconcertada dejando a un lado la lectura del libro.

—Espera, Kenshin —le pidió saliendo tras él cuando el hombre se dirigió hacia la puerta principal—. ¿Qué ocurre?

—He sentido el aura de un guerrero; está esperando en el patio de la entrada —le informó.

En cuanto abrió la puerta de casa, en el patio —tal y como había dicho—, se encontró a un hombre en postura engañosamente relajada.

—No le preocupa ocultar su aura hostil —le dijo al hombre.

—He venido a pelear contigo —replicó el luchador. Llevaba contra el hombro lo que intuía un arma y estaba envuelta en una tela.

—¡Pero si es el hombre del otro día en Akabeko! —exclamó Kaoru sorprendida.

—Es cierto, es usted —le reconoció Kenshin. Tenía delante al hombre que se había enfrentado hacía un par de semanas a unos maleantes que causaron disturbios en el restaurante—. Le dije que no quería pelear.

—Pero las cosas han cambiado desde entonces —comentó acercándose más a él—. Soy un luchador a sueldo y me han contratado para pelear contigo, por lo que no puedes negarte. Especialmente, sabiendo que eres Battosai, el asesino.

Kaoru jadeó en cuanto oyó que el hombre le había reconocido y sintió a Yahiko tensarse por sus palabras. El niño no sabía nada de su identidad, y teniendo en cuenta lo que se contaba de él, aquello le debía haber impresionado.

Sin embargo, en esa escena había algo más de fondo. El hombre no le había reconocido dos semanas atrás cuando se encontraron por primera vez. Además, le habían contratado para pelear contra él. De modo que alguien se lo tenía que haber dicho.

—Asesino de los monárquicos durante la Restauración —siguió diciendo el hombre—. Tu estilo de lucha es el «Hiten Mitsurugi Ryu». Fue tu destreza con la espada la que te dio el nombre de «asesino». Combatiste desde los catorce hasta los diecinueve años y fue en la primera etapa de tu carrera en la que ejerciste de asesino en las sombras. Pero después pasaste a ser un guerrero en primera línea ayudando a tus compañeros en sus batallas contra los leales al régimen. Fue aquí donde realmente te diste a conocer y donde obtuviste la fama que te precede. Sin embargo, tras la guerra de Boshin, desapareciste tras la victoria y nadie volvió a saber de ti. —El hombre hizo una breve pausa—. Hasta ahora. Una verdadera pelea empieza conociendo al rival. —Y Kenshin tenía que reconocer que el hombre se había informado, no había duda—. Es así como se puede escoger una forma de lucha. Tuve que ir a Kioto, al teatro de los sucesos de la Guerra de Restauración, para enterarme de tu carrera.

—¿Y ya ha decidido cómo luchar contra mí? —le preguntó Kenshin.

—¡La verdad es que no! —Pero no sonaba disgustado, más bien divertido—. Lo único que pude investigar de ti son datos teóricos sobre tu pasado, pero en ningún sitio pude averiguar en qué consiste tu técnica. Tampoco puedo imaginar qué demonios hizo que un asesino como tú se haya convertido en un simple vagabundo. Y como no puedo decidir la modalidad de lucha, he decidido venir aquí y ver qué pasa.

Kenshin suspiró después de la explicación del hombre.

—Hay algo que no entiendo —dijo el pelirrojo al fin—. La otra vez que nos vimos, dijo que no le gustaba enfrentarse contra los débiles ni cometer abusos. ¿Por qué entonces se dedica a pelear a sueldo? ¿Y por qué lleva el símbolo del mal en su espalda? Parece buena persona y noto ciertos ideales propios del buen camino, pero luego actúa de forma contraria. ¿Qué es lo que le hizo así? —le interrogó Kenshin con curiosidad.

—¿En serio quieres saberlo? —contestó, y supo que iba a seguir antes de decidir que no lo haría. Sonrió y añadió—: No te lo diré. Deja de preguntar tonterías y pelea. ¡Si quieres saberlo, lucha contra mí! —La actitud del hombre cambió por completo, y aunque intentaba aparentar tranquilidad, Kenshin sentía que se estaba alterando—. Lo único que tienes que saber es que odio a todos los monárquicos de la Restauración. Sois todos unos hipócritas. En nombre de la justicia y los derechos de los ciudadanos hicisteis lo que os dio la gana con el país. Incluso ocultasteis y manipulasteis la verdad para deshaceros de aquellos que os molestaban. Vosotros, que os hacíais llamar los defensores de la igualdad de las cuatro clases —escupió de malos modos—. Me da hasta risa. ¡Y por eso, no veo el momento de vencer al legendario asesino, el más fuerte de todos los monárquicos de la Restauración!

Para Kenshin, no hacía falta que se lo dijera más alto. A ese hombre no sólo le habían contratado para luchar contra él; además, lo hacía porque tenía un asunto personal muy poderoso contra los monárquicos, y contra él en especial por ser la figura más reconocible de su bando.

Nada que pudiera decir o hacer cambiaría su resolución de combatir contra él, de modo que no iba a perder más tiempo ni esfuerzo.

—Está bien, acepto el reto —dijo al fin—. Pero antes me gustaría que me respondiera algo. Imagino que los que le han contratado son los hermanos Hiruma, ¿cierto?

El hombre se acercó hasta ponerse frente a él. Parecía que tras declarar que lucharían, su animosidad se había reducido un poco.

—Así es —le confirmó—. ¿Cómo lo sabes?

—Poca gente conoce mi identidad en Tokio —contestó sin rodeos—. Además, desde hace rato puedo notar que al otro lado de la valla hay dos individuos desplegando un aura mezquina contra nosotros. —Miró hacia el lugar y suspiró resignado—. Salid de ahí —les ordenó.

El hombre que le había retado se sorprendió por su habilidad.

—Es evidente que tu reputación no es infundada —se complació, y miró hacia la valla—. Vosotros dos, salid. —No le hicieron caso—. ¡Os digo que salgáis! —les amenazó con voz autoritaria.

Con paso titubeante, los dos hermanos bordearon la valla y salieron de su escondite. En cuanto se acercaron, el luchador tendió la mano hacia ellos.

—Muy bien, dame lo que escondes. —Kiheh puso cara de inocencia—. No tengo la capacidad de sentir las auras de la gente, pero conozco muy bien a la gente de tu calaña y sé que tienes un arma oculta. Dámela —le exigió molesto. Con gran reticencia, Kiheh sacó una pistola escondida en la ropa y se la dio—. Tú me contrataste para esta pelea y, desde entonces, es mía. No permitiré que nadie se entrometa.

—Kiheh… —susurró Kaoru acercándose a él pero se detuvo tras la mirada que le envió el anciano.

—Este lugar será mío, niña —juró amenazante y Kaoru bajó la vista conmocionada.

Kenshin suspiró ante la escena. Quizás se estaba solucionando el problema de Kaoru acogiendo descarriados de la calle, pero seguía pendiendo sobre ella la amenaza de estos hombres.

—Aquí no tenemos espacio para luchar con comodidad —dijo de pronto el luchador interrumpiendo sus pensamientos—. Será mejor que vayamos a otro sitio más abierto.

Kenshin asintió y pronto los seis iban de camino hacia la orilla del río. Teniendo en cuenta que el guerrero llevaba a los hombros esa enorme arma tapada, no se podía evitar que la gente de las calles se les quedara mirando sorprendidos.

—Yahiko —le llamó queriendo apartar los pensamientos sobre la atención que estaban atrayendo de los transeúntes—. ¿Te ha sorprendido lo que ha dicho de mí? —Una suave forma de preguntar si le había incomodado enterarse de que había sido un asesino.

—Supongo… —contestó con ambigüedad mientras se pensaba mejor una respuesta—. Lo cierto es que es extraño. Te conozco desde hace semanas, así que no me hago a la idea de que de pronto me digan que eres el asesino Battosai. Claro que ahora entiendo por qué eres tan fuerte… —comentó abstraído y Kenshin sonrió al saber que el chico no se había alarmado por la inquietante verdad de su pasado—. Por cierto, ¿sabes ya qué vas a hacer con ese hombre?

—¿Ehh?

—Déjate de «ehh» —protestó Yahiko—. Fíjate en el arma que lleva. Es demasiado larga; seguro que es una lanza —conjeturó—. Dicen que si un espadachín quiere medirse a un hombre con una lanza, debe ser mucho más fuerte que él. —Yahiko le escrutó de arriba abajo y Kenshin estuvo a punto de reírse por su poca discreción evaluando su fuerza física.

—No es una lanza —le informó el joven luchador—. Es algo mejor —añadió en tono enigmático.

No volvieron a hablar en todo el camino hasta la orilla del río. El hombre se detuvo y Kenshin se colocó enfrente de él. Los hermanos Hiruma se quedaron a un lado cerca del guerrero y Kaoru y Yahiko se mantuvieron en una distancia prudencial en su lado.

—Bueeeno… —dijo el luchador aparentando desgana mientras cogía la tela que cubría el arma—. Todavía no nos hemos presentado. Me llamo Sanosuke Sagara, aunque todos me llaman Zanza —agregó dejando una espada gigante al descubierto—. Sanosuke, el de la zanbato… Zanza, para abreviar —aclaró divertido.

Kenshin miró el arma de lado a lado. No estaba en buen estado, pero aunque lo estuviera, lo más llamativo era la ligereza con que la manejaba. Cualquiera que le viese pensaría que esa espada no pesaba, pero Kenshin sabía con certeza que lo hacía y mucho.

—¡Una zanbato! —exclamó sorprendida Kaoru.

—Así que ésa es el arma inseparable de Zanza —oyó que decían los instigadores de todo aquello.

—Lo cierto es que es un arma muy antigua a la que no se ha afilado ni cuidado mucho desde que la forjaron. La construyeron con la idea de cortar a un hombre y su caballo, pero lo verdad es que ya no corta nada. Sin embargo, aún se puede aplastar a quien se ponga delante —concluyó amenazante.

Si Sanosuke pretendía intimidarle, no lo había conseguido ni un poco. Aunque a simple vista parecía que se manejaba bien con ella, el tamaño del arma era un gran inconveniente. Tendría que valorar lo diestro que era el hombre con ella.

—Soy Kenshin Himura y lucharé con mi espada de filo invertido. Aunque supongo que ya lo sabía.

Sanosuke sonrió socarrón y se puso en posición de ataque.

—Sí, pero déjame que te dé un consejo. Será mejor que te dejes de esas tonterías sobre no matar, porque de lo contrario, ¡serás tú el que muera!

Definitivamente, era más rápido de lo que cabría esperar de cualquiera con semejante arma. Sanosuke se lanzó contra él con un ataque vertical bastante previsible, pero letal. Kenshin se apartó y utilizó la funda metálica para evaluar el golpe y, con cierta sorpresa, vio que la partió. Era evidente que la zanbato no estaba afilada, pero la fuerza de Sanosuke le daba un peligro añadido a tener en cuenta.

Con un giro rápido, Kenshin le golpeó con el filo de su espada en el costado y Sanosuke cayó al suelo dolorido. La zanbato tenía un problema similar a su técnica de batto y no hacía falta ser muy listo para ver que no se había entrenado en ese aspecto. La técnica de desenvaine era muy poderosa y letal, pero necesariamente se tenía que golpear al adversario. Si no era así, la guardia baja que se creaba después podría suponer la muerte en el contraataque.

Sanosuke tenía el mismo problema. Era rápido manejando la pesada espada, pero su tiempo de reacción se dilataba mucho una vez asestaba el golpe, momento en que se hacía vulneraba a un contraataque.

Oyó que Yahiko y Kaoru hablaron, pero Kenshin no desvió su atención del luchador. Aunque había caído al suelo, su aura combativa no lo hizo ni un poco. Entrecerró los ojos estudiando la nube de polvo que se había originado en la caída esperando verle levantarse. Un golpe como ése podría dejar a cualquiera fuera de combate, pero era obvio que Sanosuke no era «cualquiera».

—Eres más fuerte de lo que esperaba —dijo Sanosuke incorporándose—. No me extraña que seas una leyenda —comentó divertido—. Pero soy un luchador. Una pelea no es igual que un duelo de espadas. Aquí no gana el mejor con la espada, sino el que más resistencia tenga —se jactó desafiante.

Kenshin no pudo evitar mirarle con suspicacia ante la fanfarronada. Si hubiera utilizado una espada convencional, Sanosuke yacería en el suelo abierto en canal, por muy grande que fuese la resistencia de la que alardeaba. Por supuesto, no tenía ningún inconveniente en contradecir sus palabras, de modo que abatiría su resistencia a base de golpes.

—Vuélvamelo a decir cuando acabemos —le provocó con toda intención colocándose de nuevo en posición de combate.

Sanosuke retomó la postura ofensiva y volvió a la carga.

—¡Segundo asalto! —gritó lanzando un movimiento horizontal tan previsible como el vertical.

Kenshin lo esquivó con facilidad y se colocó en su espalda.

—La zanbato pesa tanto que sólo puede hacer dos movimientos con ella: el golpe vertical y el horizontal —explicó desde atrás sobresaltándole por el imprevisto de tenerle en la retaguardia—. Ambos son demasiado previsibles para mí.

Sin más dilación, cargó hacia Sanosuke.

—Éste no es el segundo asalto… ¡es el último! —exclamó Kenshin golpeándole en la espalda. El luchador intentó contraatacar con otro golpe horizontal que esquivó agachándose—. Puede que no se le derrote con «un solo golpe», ¡así que pruebe esto!

Kenshin le aplicó una sucesión de golpes con la espada acertando en todos los puntos vulnerables. Poca gente podía igualar la rapidez del «Hiten Mitsurugi Ryu», mucho menos contrarrestar los golpes con una espada tan pesada como la que el joven llevaba.

Sanosuke cayó al suelo con un golpe sordo y Kenshin pudo ver que le había herido internamente cuando el hombre escupió sangre.

—Esta es la técnica «Ryusosen, el relámpago del nido del dragón» —comentó Kenshin más tranquilo. Esta vez, su espíritu combativo sí flaqueó—. No tengo nada contra ti. Es mejor que lo dejemos aquí y aceptes tu derrota.

Como no contestó, Kenshin empezó a alejarse de él creyendo que Sanosuke daba por terminada la pelea. Sin embargo, sólo había dado un par de pasos cuando la hostilidad menguada se intensificó incluso más que durante el combate.

—No puedo perder —masculló recobrando las fuerzas—. No ante un hipócrita de la Restauración; no después de lo que les hicisteis a los integrantes del Sekiho-Tai —declaró furioso—. No puedo dejarme vencer por alguien como tú.

«¿Del Sekiho-Tai?», pensó desconcertado Kenshin. ¿Acaso Sanosuke era un integrante del Sekiho-Tai? Pero no podía ser; si su apariencia no le engañaba, Sagara tenía menos años que él. De hecho, no podía tener muchos más años que Kaoru. Era imposible que fuese parte activa de ningún grupo organizado en la guerra. ¿Quizás era algún familiar?

Y entonces, contra todo pronóstico, sintió la animadversión de Kiheh tan fuerte como si le hubiera golpeado.

—¡Morirás, Battosai! —gritó el anciano.

Kenshin le vio sacar otra arma escondida y su corazón se saltó un latido por el asombro. Vio cómo le apuntaba y, en un acto reflejo, adivinó la trayectoria del proyectil parándolo con la empuñadura de su espada.

—¡Kenshin! —exclamó a pleno pulmón Kaoru.

Podía dar gracias a que lo hizo después de que Kiheh le disparara o del sobresalto por la intervención, le habría distraído con su grito.

No era bueno tener espectadores, concluyó afianzando el pie para no caerse del impulso ejercido por la bala. Se mantuvo en pie con su espada en alto y, entonces, la tsuba se rompió por el impacto del proyectil. No es que creyera que su pelea se prolongaría mucho más, pero a partir de ese momento, debía tener cuidado al ejercer fuerza en un golpe si no quería acabar con su mano rajada con su propia espada.

—¡Eres el mejor! ¡Así se hace! —gritó pletórico Yahiko. Kaoru, en cambio, no estaba igual de jubilosa. La vio tambalearse y caer de rodillas.

—No puede ser —protestó perplejo el anciano—. ¿Ha parado la bala con la guarda? —Colérico, Kiheh apuntó con el arma hacia Yahiko y Kaoru—. A ver qué tan rápido eres ahora. Gohei, asegúrate de que los niñatos no escapan.

—¿Y qué hago? —preguntó el grandullón confuso—. No tengo cuerda con qué atarles.

Kiheh miró hacia atrás con inquina.

—Pues rómpeles las piernas —sugirió con desprecio.

—Por supuesto —se jactó el Hiruma—. Qué buenas ideas tienes, hermano.

—¡No te acerques! —gritó Yahiko poniéndose en guardia con su espada de bambú—. ¿Qué haces ahí parada? —le dijo a Kaoru—. ¡Corre!

Pero Kaoru no se movió ni un ápice.

—Estoy… paralizada —susurró angustiada, y por el rabillo del ojo, Kenshin vio que Sanosuke se levantaba aferrando el arma.

—Así me gusta, que…

Un fuerte golpe de la zanbato interrumpió lo que sea que fuese a decir Hiruma. La había lanzado en un alarde de fuerza digno de mención. Kenshin estaba bastante asombrado por la resistencia física del joven. Había recibido una cantidad considerable de golpes de su sakabato y no sólo seguía en pie, sino que presentaba batalla exudando energía por todos los poros.

—¿Cuántas veces os tengo que decir… ¡que esta es mi pelea!? —exclamó furioso sin remordimiento por haberle cortado en el brazo a Hiruma—. ¡No pienso darme por vencido!

El anciano apuntó contra Kenshin atemorizado por la represalia y empezó a temblar como una hoja.

—Kiheh… darme el arma —demandó Kenshin bajando el tono de voz a uno frío que sabía que ponía los pelos de punta a sus contrincantes.

—¡Que te crees tú eso! —se defendió atemorizado Kiheh sacando otra arma más—. ¡Disparándote seguido no podrás esquivarlo!

Kenshin clavó su espada en la tierra y, aplicando fuerza y energía, levantó una pantalla de piedras y arena dirigida hacia el hombre.

—Relámpago del dragón de tierra… ¡Doryusen!

Indefenso ante ese ataque, Kiheh cayó hacia atrás herido en multitud de zonas por las piedras lanzadas.

—He controlado mi ataque para que no pierdas la consciencia y sufras con las heridas. —Kenshin se acercó hasta el hombre caído, el cual sangraba por varios sitios—. Gente como vosotros sois los que deberíais llevar el kanji de «malo»… y quizás los defensores de la Restauración también —se criticó él mismo.

Sabiendo que el rencor de Sanosuke venía enquistado por el destino del Sekiho-Tai, no podía culparle por tener ese odio visceral contra alguien que peleó por la Restauración.

—Ya es hora de que zanje este asunto… —dijo Sanosuke cogiendo su zanbato y encarándole—, ¡con el mejor guerrero de la Restauración!

Kenshin le miró por varios segundos y suspiró con resignación.

—Está bien, Sanosuke Sagara. —Le dio la vuelta a su espada de filo invertido—. Terminemos con esto.

La hostilidad de Sanosuke se intensificó hasta un punto no alcanzado hasta ahora. Kenshin suponía que ese espíritu combativo era el causante de que se levantara otra vez incluso con las heridas infligidas por la pelea. Si estaba levantado, era más por fuerza de voluntad por acabar con el espadachín estandarte de la Restauración, que por resistencia física.

Y era mucha fuerza de voluntad si, no sólo conseguía estar de pie, sino que además, le permitía alzar su zanbato por encima de la cabeza y empezar a girarlo creando una fuerza centrífuga considerable.

—Esta fuerza que he ido desarrollando con el paso de los años, ¡me servirá para derrotar al legendario guerrero de la Restauración! —declaró envalentonado, utilizando la fuerza de giro para asestarle un golpe más rápido y fuerte que todos los anteriores.

Kenshin le confrontó con el filo de su espada.

—No podrás ganarme con una fuerza tan ridícula —le provocó con toda intención de enfurecerle.

Su zanbato roma chocó contra el filo inmaculado de su espada y lo partió sin problemas, dejando a Sanosuke paralizado por la perplejidad. Kenshin giró su sakabato y aprovechó el descuido en su guardia para asestarle el golpe final desde arriba.

—Relámpago del martillo del dragón. ¡Ryutsuisen!

Le dio un golpe con todas sus fuerzas y, para gran asombro de Kenshin, Sanosuke permaneció de pie. Por supuesto, el estado en el que lo hacía era otro tema, pero seguía en pie.

—Tu resistencia es increíble. Eres el primer hombre capaz de seguir en pie tras recibir este golpe. —Kenshin se irguió relajando su postura; el combate había terminado—. Sin embargo, es evidente que te sostienes con dificultad. Espera aquí; haré que venga un médico y te cure.

Kenshin se dirigió hacia Yahiko y Kaoru para encargarles que alguno fuera a buscar a un doctor.

—¡Todavía no hemos terminado! —masculló Sanosuke a su espalda—. ¡Aún no he perdido!

Kenshin se giró y suspiró al ver la voluntad de Sanosuke. Era una tragedia que semejante fuerza se desperdiciara de esa forma: envuelto en el rencor y el odio. Pero en esos momentos, en él sólo quedaba eso: odio y rencor. Su espíritu combativo había desaparecido con ese último golpe.

Estaba de pie porque aún tenía su espada para sostenerse contra el suelo.

—No pienso dejarme vencer por un traidor como tú.

Kenshin se encontraba ya irritado por su actitud. Era absurdo; había perdido. A él no le había alcanzado ni una sola vez, mientras que Sanosuke apenas se sostenía. Tenía tanta rabia acumulada que no veía la realidad.

Se acercó a él con paso firme y le dio un puñetazo.

—Me temo que te equivocas de camino. ¿Es eso lo que te enseñaron en el Sekiho-Tai? —inquirió molesto—. ¿A intentar batir a todos los monárquicos de la guerra? ¿O más bien a alcanzar la Restauración?

—¡¿Cómo te atreves?! —exclamó furioso—. Os llenasteis la boca con palabras sobre la igualdad de clases, pero hicisteis lo que os dio la gana incluso sacrificando a los peones que os convenían en el proceso. Sólo fuisteis unos hipócritas que utilizaron esta excusa para alcanzar el poder. ¿Y os hacéis llamar «guerreros de la Restauración»? —se quejó con saña, y Kenshin sabía que tenía buenos motivos para pensar eso después de lo sucedido con su grupo. Pero el rencor no era el camino—. Os habéis conformado con una nueva era que se sustenta en vuestras mentiras —espetó con desprecio.

—¡Eso no es cierto! —le contradijo Kaoru desde el suelo—. Kenshin no es como dices. Él no se ha dejado comprar por un puesto en el gobierno. Sigue siendo un espadachín que vaga por el país ayudando a la gente con su espada. Tú no le conoces más que por el nombre de Battosai —recriminó duramente—. No tienes derecho a pelearte con él sólo por el bando que tomó en la guerra, ni a acusarle de cosas que no ha hecho después.

Kenshin se la quedó mirando perplejo. Decir que esa determinante defensa de su persona no le había impresionado, sería darle la razón a Sanosuke y convertirse en un mentiroso. No se había esperado esa enérgica defensa que le conmovió hasta lo más profundo. Hasta estuvo a punto de caérsele la espada de la mano por la sorpresa. Estaba tirada en el suelo; llevaba minutos sin poder moverse del sitio, pero estaba arremetiendo contra Sanosuke y dando la cara por él.

Obviaba su pasado y defendía su presente… Definitivamente, pocas veces iba a poder encontrarse con personas como ella.

—¡Y tanto! —se sumó a la protesta Yahiko. Tokio era una mina para él: había encontrado dos personas a las que les importaba bien poco su pasado—. Si tantas ganas tienes de pelear, yo, Yahiko Myojin, me ofrezco…

Kenshin le cogió al vuelo para que no se metiera en problemas. Incluso en el estado en el que se encontraba Sanosuke, no tendría problemas para vapulear el chico. Sanosuke era un luchador muy fuerte. El haber tenido una pelea en la que no le había alcanzado podía haber dado una falsa imagen de debilidad a los que lo presenciaran, pero no lo era en lo más mínimo. Dejaría para los restos a Yahiko sin pestañear, siquiera.

Sin embargo, el arrojo del chico no decayó y siguió zarandeando su espada intentando soltarse y atizar a Sanosuke, el cual se quedó perplejo por la actitud de sus dos amigos.

—Sanosuke —dijo Kenshin al fin—, la Restauración no ha concluido. Es cierto que con el fin de la guerra se inició la era Meiji, pero sólo se consiguió la Restauración de nombre. Aún falta mucho por hacer. Sigue habiendo gente que sufre y gente oprimida por otros más poderosos. Es por eso que sigo luchando, para poder ayudarles. —Kenshin se giró y anduvo hacia Kaoru—. No sé el tiempo que aún queda para que concluya; puede que incluso nunca lo haga. Pero ayudar a la gente que lo necesita es mi forma de compensar a los guerreros caídos que lucharon por la Restauración, y aquellos que murieron ante el asesino Battosai.

Kaoru seguía sin moverse y Kenshin le tendió una mano para ayudarla a levantarse.

—¿Está paralizada? —se preocupó él. Llevaba ya mucho tiempo así; desde que Kiheh casi había conseguido alcanzarle con su pistola.

—Menuda maestra de kendo… —se quejó Yahiko mortificando a Kaoru.

En realidad, tenía su gracia que el chico —que tenía mucha menos experiencia que Kaoru—, estuviera tan fresco con todo lo ocurrido mientras que ella no había podido reaccionar. Pero al parecer, se había llevado una gran impresión al creer que la bala había acertado en su blanco.

No debería agradarle tanto que alguien se preocupara así por él, pero era una novedad gratificante.

—¡Cállate! —le reprendió Kaoru por su falta de respeto.

Y fue entonces cuando Sanosuke Sagara, al fin cayó al suelo derrotado.

— * —

Al día siguiente

Kenshin notaba incómodo cómo Kaoru miraba su espada mientras cruzaban por la ciudad, pero intentó no hacer caso a su minucioso estudio, aunque sabía sin género de dudas que acabaría preguntando.

—¿Cómo has conseguido la nueva tsuba? —interrogó ella poco después dándole la razón; y si no fuera porque sentía petrificada la cara, se habría reído por lo transparente que era—. Eres un vagabundo, pero parece que siempre tienes dinero para estas cosas.

—Llevo años consiguiéndome las cosas que necesito. Sé cómo hacerlo.

Kaoru le miró con suspicacia.

—¿Lo has robado?

Ahora sí que Kenshin se habría reído si hubiera podido.

—No, ¿cree que lo haría? —Al menos, su tono de voz sí sonó divertido.

—No, pero es que yo no lo he comprado —comentó Kaoru ante la evidencia de los hechos.

—No siempre es necesario dinero para conseguir cosas. A veces, intercambiar un favor nos sirve igual —explicó Kenshin paciente. Aquello pareció contentar a Kaoru.

—En fin, espero que lo de ayer no se repita —comentó más relajada—. El médico dijo que Sanosuke está vivo de milagro. Teniendo en cuenta que seguía en pie, creía que no era tan grave. Pero el doctor se preocupó mucho por el estado en que llegó. Dijo que estaría tres meses ingresado, luego el asunto realmente fue grave.

—Lo cierto es que no esperaba el nivel de Sanosuke —confesó con un suspiro—. Está bastante por encima de los matones que suelo encontrarme por ahí. Así que al ver que no caía, tuve que golpearle cada vez más fuerte. Y aún en el estado en el que le dejé, no daba su brazo a torcer. Cómo no le veía un límite, al final no pude calcular bien la potencia de mis ataques.

—Ahh… —dijo Kaoru aceptando la explicación, pero no desvió su atención de su rostro—. Por cierto, ¿hasta cuándo vas a estar con esa cara de «no te acerques a mí»?

Transcurrieron varios segundos antes de que contestara.

—Pues no lo sé. Llevo así desde esta mañana —respondió sin rodeos—. Supongo que ayer tuve que concentrarme tanto que se me han agarrotado los músculos. Hacía mucho que no me ponían a prueba de esta manera.

Tanto Kaoru como Yahiko le agarraron de la cara y tiraron dolorosamente de ella.

—¡Hala!, arreglado —comentó muy ufana Kaoru frotándose las palmas—. Estás mejor con la cara del vagabundo. —Y cambió de tema tras un suspiro—. En fin, ya hemos terminado con esto, así que vayamos a comer al Akabeko.

—¿Otra vez? —preguntó Yahiko con sospecha—. Si sigues así acabarás poniéndote tan gorda como las terneras que comes.

—Pues mejor ser gorda que no un mocoso de ojos rasgados —se burló Kaoru.

Y así, comenzó una nueva pelea entre los dos. Parecían dos hermanos dándose mamporros. Era increíble la energía que tenían para malgastar entre ellos.

—¡Mis ojos rasgados tienen mucho éxito con las chicas! —se quejó el niño.

—¡Eso es lo que tú te crees!

Kenshin decidió que era mejor que sacaran fuera el exceso de energía mientras él se apartaba del campo de acción.

—Creo que voy a ir cogiendo sitio. Vosotros venid cuando terminéis.

Pero estaba a pocos metros del Akabeko cuando un hombre salió despedido atravesando la puerta. ¿Otra vez pelea? Tae tendría que cambiar la política sobre servir bebidas si seguían así. La gente que entraba no parecía controlar lo que bebía.

Y tras ese hombre, aparecieron huyendo otros dos que reconoció al momento. Eran los alborotadores que pelearon contra Zanza.

—Ehh… pero si son los de hace dos semanas.

—¿Tú también? —se quejaron al verle, y Kenshin entrecerró los ojos por la confusión. Él acababa de llegar; no tenía ni idea de qué hablaban.

Y para su más completa sorpresa, Sanosuke Sagara salió del local por su propio pie. Estaba vendado por todos sitios, pero en pie y dando guerra.

—No me importa si es el alcohol el que os hace meteros en una bronca, pero por favor, no me hagáis perder el tiempo. Entrenad antes de meteros conmigo —recriminó condescendiente—. Esto es muy aburrido.

—¡Zanza! —exclamó alucinada Kaoru por verle allí—. ¿No se supone que tendrías que estar en el hospital durante semanas recuperándote?

—Bah… —chasqueó la lengua restándole importancia—. Mi fuerza radica en mi resistencia. Lo de ayer no fue nada para mí.

Ninguno de los tres pudo evitar acercarse a darle golpecitos para demostrarlo.

—Mi fuer…za radi…ca en la re…sinten…cia a los gol…pes —dijo con voz temblorosa y un rictus muy tenso en el rostro. Estaba disimulando como buenamente podía.

Cuando el joven se giró para marcharse, vio que seguía con el kanji en la espalda.

—Zanza, ¿no te vas a quitar el kanji de «malo» de la espalda?

Sanosuke le miró y sonrió.

—No. El Sekiho-Tai es parte de mi pasado y parte de lo que soy —explicó el hombre—. A mis diecinueve años, cambiar mi carácter ya no es posible. —Y le miró con fijeza—. Es muy fácil decir lo que dijiste ayer, así que voy a quedarme aquí una temporada y vigilar que sea cierto.

Kenshin le devolvió la sonrisa. No tenía ningún problema por que se quedara en la ciudad una temporada, siempre y cuando no se peleara con él. No le apetecía lo más mínimo tener que luchar de nuevo al nivel de Sanosuke.

—Y por cierto, ya no soy Zanza —continuó diciendo como si se acabara de acordar de ello—. No tengo mi zanbato y he dejado la vida de luchador a sueldo. A partir de ahora, seré simplemente Sanosuke Sagara, del mismo modo que tú ya no eres Battosai, el asesino —dijo emprendiendo la marcha calle adelante—. Y como te estaré vigilando, no puedes marcharte sin mi permiso, ¿entendido?

—Lo tendré en cuenta —rio divertido ante la sugerencia mientras le veía alejarse—. Bueno, parece que tendré otro elemento más del que ocuparme.

Dos manos le agarraron de nuevo de las mejillas y tiraron dolorosamente.

—¿Cómo que otro? —reprendió Yahiko.

—¡Y tú sí que eres un elemento! —criticó Kaoru.

Tae salió en ese momento corriendo a la calle interrumpiendo la escena.

—¡Anda! —exclamó atónita—. Sanosuke se ha vuelto a ir sin pagar…

— * —

Nota final:

Espero que os haya gustado cómo me ha quedado. Como os dije, no escribo muchas peleas para decir ^_^º.

PD: ¡Qué grande es Watsuki, en serio! El final de este acto es buenísimo. Entre Kenshin petrificado por la tensión del día anterior y Sanosuke dibujado con su mano izquierda aguantando el dolor... XD ... ¡Lo que me puedo reír con este manga! XD

PD1: No, no me preguntéis qué demonios hace Kenshin para conseguir reponer las cosas que necesita. Watsuki utiliza el método mágico de que aparezca en la siguiente viñeta sin más problemas ¬_¬º . Pero ya sabéis que soy tiquismiquis pensando de dónde sacan el dinero para reparar todos los desperfectos (entre ellos, la ropa que siempre acaba echa girones ¬_¬º). Así que no, me lo he inventado. Watsuki no menciona nada sobre ello u_uº