Capítulo 7: Kurogasa, el «Sombrero negro»

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Comentarios a los reviews:

Guest: Sobre todo, al principio del manga, los finales de los actos son buenísimos. Me encantan las escenas cómicas de Watsuki, jajaja.

Rogue: ¿Dices que aquí Kaoru le ve como un amigo maduro en quién confiar? Yo creo que a estas alturas ya está «echándole el lazo», jajajaja. Piensa que de aquí, a cuando aparece Megumi y Kaoru se vuelve territorial, no queda nada, jijiji.

Kaory: Bueno, sobre el tema de que Kaoru se quede paralizada cuando Yahiko no, es más mofa del niño que de Kenshin. Él entiende que Kaoru se queda así por la impresión que le había dado que le dispararan ^_^º. Y sí, es cierto que en un inicio, podía sorprenderle que Kaoru tratara de forma tan desprendida su pasado como si fuera la única, pero no se puede dejar de lado que a los demás les ocurre lo mismo, también.

Kathiusca: ¡Gracias! Me alegra que te guste la redacción *o*. Siempre intento mejorarla, así que se agradece el saber que las lectoras lo disfrutáis. Sobre cómo contactarme, en mi perfil tienes todo: email y Facebook. Si me agregáis al Facebook, os agradecería que me indiquéis que lo hacéis por FFnet, para etiquetaros adecuadamente (porque por defecto, cuando me llega una invitación os meto en el grupo de mi foro -porque es lo más habitual- y ellas no ven las cosas que pueda subir en referencia a los fics).

Y bueno, os dejo con el siguiente capítulo. Os voy avisando que, al igual que el anterior, irá en varios capítulos, pues es larguillo todo el asunto.

Por supuesto, gracias a todas por escribir :-D

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Capítulo 7: Kurogasa, el «Sombrero negro»

—Esto está malísimo —protestó Sanosuke después de darle un mordisco a su pescado.

Kaoru estaba cocinando y era la primera vez que el joven probaba su comida. Como solía ser costumbre, estaba quemado —o carbonizado— por fuera, mientras que seguía bastante crudo por dentro.

—Cocinas muy mal, Kaoru. Deberías dar algunas clases o algo. ¿Quieres que te enseñe yo? —le propuso una vez terminado con su parte de la comida.

A Kaoru no le estaba sentando nada bien la crítica. Podía verlo en la vena que le palpitaba en la sien.

—En realidad, va mejorando —la defendió Kenshin con una sonrisa.

Sanosuke, en cambio, le miró escéptico.

—¿Me estás diciendo que es ella la que cocina habitualmente? Vais a acabar enfermos —aseguró el joven sin dejar que le respondieran.

—Tampoco está tan mal —replicó Kenshin—. A medida que la comes, lo vas notando menos.

—No sé yo qué decirte —siguió malmetiendo—. Tiene un sabor peculiar a pescado podrido.

La vena de Kaoru estalló ante el comentario.

—¡¿Cómo te atreves?! —gritó ella lanzándole todo lo que encontraba a su alrededor—. Encima que vienes a gorronear, te quejas de cómo cocino. ¡Si no te gusta, lárgate!

—Sé más compasiva, Kaoru —dijo escudándose tras Kenshin, el cual se llevó la peor parte de las iras de la chica—. Desde que dejé las peleas a sueldo, no tengo ingresos.

—Entonces, ¡no te quejes de tu suerte! No todo el mundo está dispuesto a dar de comer a un zángano como tú.

La puerta exterior se abrió y entró un guardia.

—Perdonad si os interrumpo pero, ¿es aquí donde vive el señor Himura?

Kaoru se detuvo y miró al hombre.

—¡Señor comisario! —exclamó sorprendida—. Esto… sí, Kenshin está aquí —respondió Kaoru ante la indisposición de Kenshin para contestar por sí mismo.

El hombre se acercó hasta donde estaban comiendo y con semblante preocupado se dirigió a su objetivo una vez recobrada la conciencia.

—Verá, señor Himura. Vengo a pedirle un favor.

—¿Ehh?

—Siento lo que ocurrió el otro día con la policía —se excusó iniciando la conversación haciendo referencia al altercado con la policía armada—. Debo informarle de que la brigada ha sido desmantelada y no volverá a suceder algo parecido.

—Es un alivio saberlo… pero imagino que eso no es lo que le trae aquí, ¿cierto?

—No —corroboró el comisario preocupado—. Éste es un problema que afecta a la reputación de la policía por lo que os pediría discreción. —Todos los presentes guardaron silencio ante la expectativa que estaba creando el comisario—. Verán, desde hace unos diez años, un asesino al que se le conoce como «Kurogasa, el Sombrero negro» se dedica a mandar cartas a guerreros de la Restauración que actualmente tienen cargos importantes en el gobierno. En las cartas indica una fecha y hora, y se presenta a su cita para matarles. A día de hoy, no ha fallado ni una vez.

—Entonces —interrumpió Kaoru confusa—, si está matando a guerreros de la Restauración, es evidente que su motivación o es por venganza o por querer hacer una revolución.

—Es bastante probable, sí —le confirmó el hombre—. Como entenderán, si un hombre del gobierno es amenazado, la policía debe poner todo de su parte para protegerle. Además de eso, la víctima también utiliza sus propios medios para asegurarse su protección. Sin embargo, Kurogasa siempre pasa por encima de cualquier defensa y mata a todos los hombres sin piedad. Por eso sabemos que es un experto asesino al que no podemos pararle, y de ahí que nuestra imagen como cuerpo de policía esté en entredicho.

—Pero si es tan fuerte, imagino que pondrán policías armados con pistolas, ¿no? —preguntó Kaoru más confusa aún que antes.

El comisario suspiró resignado.

—Por supuesto, pero aún así, los mata incluso antes de que puedan hacer nada. Hace unos meses apareció en Shizuoka y mató a su víctima y a otros treinta y tres agentes. Además, cincuenta y seis personas más salieron heridas. —El hombre se llevó la taza de té a los labios y le dio un sorbo. Kenshin pudo ver que sus manos temblaban al contar la historia—. Una de ella dijo que Kurogasa les atacó antes de que pudieran sacar sus armas. Dijo que se quedaron como paralizados y que fue entonces cuando aprovechó para atacarles a todos. Es un gran espadachín, no hay duda —concluyó su relato desanimado.

Kenshin le observó por varios segundos analizando al hombre. Estaba muy perturbado con las circunstancias que rodeaban todo y era evidente que se veía sobrepasado por ese asesino.

—Podría ser el «shin no ippo» del estilo «Nikaido Hei-Ho» —informó Kenshin rompiendo el silencio, y matizó—: «Un lazo del corazón». Lo más seguro es que de tanto matar, haya perdido de vista su objetivo original y esté sediento de sangre. —Kenshin miró su taza mientras sopesaba la situación—. Es sorprendente que en esta época, diez años después de la guerra, todavía haya gente así —meditó más para él que para ellos.

—Kenshin… —susurró Kaoru preocupada.

Kenshin le dio un sorbo a su té, aferrándose a ese calor reconfortante calentándole el cuerpo.

—Si está aquí, imagino que ha enviado una nueva carta amenazadora a alguien, ¿me equivoco?

El comisario negó con la cabeza.

—Kurogasa se ha citado esta noche con el señor Tani a la una de la madrugada —informó el hombre.

Kenshin asintió ante la noticia, aún mirando hacia el líquido humeante de su taza.

—Iré con usted.

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Esa misma noche

—De modo que, ¿ya le conoces? —preguntó Sanosuke en el pasillo cuando el comisario entró dentro de la habitación donde permanecía Tani y sus guardias.

—En realidad, conozco a mucha gente de los que ostentan poder en el gobierno —contestó con tono resignado.

Era un hecho que muchos de los hombres y guerreros influyentes en la guerra de Restauración, habían acabado con puestos de gran responsabilidad en el país. No en vano se había sentido culpable cuando Sanosuke le espetó en su cara mientras peleaban que los que ahora gobernaban, al final daba la sensación de que iniciaron todo sólo para cambiar el poder de manos, pero no para instaurar los valores por los que lucharon.

—¡Un poco más de respeto! —oyó que exclamaba un hombre enojado al otro lado de la puerta—. ¡¿Pretendes decirme a mí cómo tengo que hacer las cosas, cuando llegué hasta donde estoy tras sobrevivir a las flechas y las balas?! ¡No eres más que un simple comisario! —espetó el hombre.

Kenshin escuchó al comisario replicar, pero al no alzar la voz como el otro hombre, no pudo entender los murmullos.

—¡Precisamente porque sé lo que es ser un gran espadachín, he contratado a los mejores luchadores para defenderme! —contestó el hombre con aires de grandeza—. ¡Por algo soy Jusandro Tani, ministro de la infantería! —Kenshin no pudo más que resoplar mentalmente ante semejante despliegue de confianza a todas luces inmerecida—. ¡Además, debería darte vergüenza venir aquí a sugerirme que deje entrar aquí a vete a saber quién! ¡Ni que fueran más fuertes que todos tus agentes! —continuó recriminando sin un ápice de modestia.

Kenshin decidió que el comisario no estaba ahí para sufrir los desaires de Tani cuando encima sólo quería protegerle, de modo que abrió la puerta para encontrarse con él.

—Por desgracia —le contestó el comisario—, me temo que así es.

—¿Qué? —dijo el ministro desconcertado.

Era la primera vez que Kenshin le veía después de años y estaba muy cambiado. Se había descuidado mucho y no había que ser muy listo para ver que se había dedicado a vivir la buena vida. Que estuviera sentado en una silla como si fuese un trono con un montón de luchadores detrás, no mejoraba la imagen que se estaba llevando de él, y decidió que no estaría mal bajarle un poco los humos.

—Por lo que veo, ha ascendido bastante, señor Tani —dijo a modo de saludo—. No se parece en nada al hombre que durante la guerra tuve que defenderle de las constantes flechas y balas.

Tani se quedó petrificado y sin palabras en cuanto le vio. Sano entró detrás y echó un vistazo a su alrededor.

—¿Y se supone que estos son los guardias invencibles que van a protegerle? —se mofó sin pudor—. Pero si todas sus caras me suenan de haberles dado una paliza sin despeinarme.

Esta vez, fue el turno de los pretenciosos luchadores para quedarse de piedra ante Sanosuke. Por supuesto, no dudaba ni una de las palabras de Sano. Era muy consciente de que muchos hombres no eran capaces de hacer frente a la destreza y fuerza de su reciente amigo.

—Entiendo que pueda no agradarte que vengan a protegerte dos personas que «vete a saber quiénes son» —comentó con aire inocente Kenshin pero cargando en sus palabras una incuestionable mordacidad subyacente—. Pero por esta noche, sería recomendable que lo dejara correr.

—Esto… sí, claro… sería un gran honor —contestó descompuesto el hombre.

—¿Lo habéis oído? —les dijo Sanosuke a los luchadores—. Por esta noche dejaremos atrás nuestras disputas. Pero sólo por esta noche, ¿eh? —les incordió divertido.

—Señor Tani —comentó el comisario en su tono neutro—. He dispuesto además algunos hombres en la entrada, si le parece bien.

—¡Claro! Haz lo que quieras —contestó con más humildad esta vez.

Viendo que aún faltaba tiempo hasta la hora acordada, Kenshin y Sanosuke se hicieron con un tablero de shogi para entretenerse. Según se acercaba la hora, Kenshin notó que el ambiente se iba cargando entre los luchadores presentes. Cuando miró a su oponente en el juego, no pudo evitar sonreír. Sanosuke no estaba para nada preocupado; toda su concentración puesta en el juego. Era bueno contar con una persona que confiaba en sus aptitudes en la lucha.

Sanosuke miró el reloj y volvió su atención al tablero.

—Faltan cinco minutos para la una. —Movió una de sus fichas y Kenshin estudió su jugada—. ¿Crees que vendrá?

—La verdad es que si no viene, mucho mejor para todos. —Hizo su propio movimiento.

—Imagino que Kaoru y Yahiko ya estarán durmiendo a estas horas —comentó sin mayor importancia Sanosuke.

—Supongo —contestó Kenshin—. Kaoru me dijo que nos tendrían preparado un baño a nuestro regreso.

Sano miró con detenimiento el tablero. Hizo el amago de mover una ficha pero lo reconsideró.

—Me sorprende que te hayas metido en esto. —Movió otra ficha—. Pensaba que este tipo de trabajo a tu antigua usanza no te gustaban.

—Y no me gustan —replicó al momento—. Pero no puedo dejar que un asesino actúe a sus anchas matando a gente. —Kenshin hizo su jugada y le miró con curiosidad—. En cambio, tú, ¿por qué has venido?

—¿Estás de broma? ¿Y perderme una buena pelea? —se jactó el hombre—. Y ya que estamos habladores, ¿tienes alguna sospecha de quién es ese hombre? Pareces saber de su técnica.

—En realidad, es más un rumor —le corrigió—. Algo que oí al final de la guerra, así que sí, se puede decir que tengo una sospecha de quién puede ser.

Antes de que pudiera decir nada más, les interrumpieron varios gritos procedentes del exterior.

—¡¿Qué ha sido eso?! —gritaron varios de los luchadores poniéndose alerta.

Kenshin y Sanosuke se movieron rápidamente a la ventana y buscaron al asesino. Sin embargo, sólo estaban los dos guardias de la entrada tirados en el suelo.

—¡Ya está aquí! —avisó Kenshin—. Sano y yo nos pondremos en primera línea; los demás, cubrid su espalda.

Todo el mundo se movilizó siguiendo la organización requerida y cuando Tani se empezó a poner nervioso por el ajetreo, acabó recibiendo el peculiar trato de Sanosuke.

—No te alteres, idiota —dijo dándole un golpe que le dejó semiinconsciente. Kenshin no debía olvidar que su amigo no era muy «agradable» con los guerreros de la Restauración—. Déjanos a nosotros mientras tú te quedas tranquilito.

Tras esas palabras, justo sonó el reloj indicando que era la una en punto. Los dos vigilaron la puerta a la habitación, pero pasaron los segundos y nadie entró por ella.

Uno de los luchadores resopló aliviado.

—Parece que sólo quería asustar.

Pero fue lo último que dijo, pues alguien le atacó por la espalda dejándole tirado en el suelo en su propio charco de sangre.

—Vaya, vaya… —dijo el recién llegado al ver a todos los que estaban allí—. Hay que ver la de inconscientes que quieren morir —se jactó entre risas, y empezó a contar—. En total, quince. Sois menos de los que esperaba.

El hombre que permanecía en el marco de la puerta tenía un aspecto curioso. Vestía un kimono; una prenda que no era la más apropiada para luchar pues limitaba los movimientos. Llevaba también el sombrero negro que le bautizaba, pero tenía parte de la cabeza cubierta. También llevaba una larga bufanda, así como las dos espadas reglamentarias de un samurái.

—¿Qué le pasa a sus ojos? —preguntó con desconcierto Sanosuke.

Y podía entender a qué se refería su amigo. Kurogasa tenía los ojos negros, no se le distinguía el iris, haciendo un efecto de vacío oscuro en ellos.

—Yo me encargo de él —le informó Kenshin—. Tú protege a Tani.

—¡¿Pero a qué estáis esperando?! —gritó alarmado Tani—. ¡Para algo os pago! ¡Cogedle! —Al ver que su asesino estaba ahí delante sabiendo que todas sus víctimas precedentes habían muerto, exacerbó el nerviosismo del ministro—. ¡Multiplicaré por cinco la paga al que lo mate y le daré un cargo de oficial!

Aquello fue un error de cálculo de proporciones incuestionables, a juicio de Kenshin. Provocó justo lo que todo asesino querría de su adversario: desestabilizarle. Y Sombrero negro no había tenido que mover un dedo. Los hombres, en su avaricia, se lanzaron contra Kurogasa sin ningún tipo de control; incluso entorpeciéndose entre ellos mismos, y por eso el hombre no tuvo problemas en deshacerse de ellos.

Sin embargo, la técnica que empleó corroboró las sospechas de Kenshin. El asesino utilizaba la técnica de «Nikaido Hei-Ho», lo que estrechaba mucho el cerco de quién podría ser la persona que se ocultaba bajo el apodo de Sombrero negro.

—Me encanta la sensación de abrir en canal a un inepto —se jactó el hombre—. Y ahora vosotros seguiréis el mismo destino.

El asesino canalizó su ki y paralizó a los luchadores. Puesto que estaba tras un montón de personas, Kenshin no sufrió el impacto del «lazo del corazón».

—¡No puedo moverme! —se quejaron aterrorizados varios de los hombres.

—Bueeeno… ya que todos tenéis tantas ganas de pelear y habéis desenfundado vuestras armas, ¿por qué no comprobamos quién queda en pie al final? —comentó ufano el hombre.

—¡Maldito! —exclamó Sanosuke furioso y, con mucho esfuerzo, dio un paso hacia delante—. ¿Se puede saber que me has hecho?

—Interesante… —comentó admirado Sombrero negro—. ¿Puedes moverte? Es evidente que no eres tan inútil como el resto.

Kenshin aprovechó ese momento en el que Kurogasa se centraba en Sanosuke para salir de su espalda y lanzarle un rápido golpe al hombre. Sin embargo, era muy diestro y pudo contrarrestarle y devolverle el golpe.

—Mis sospechas se confirman —comentó Kenshin, el cual sintió la herida que se abría en su brazo izquierdo—. Es la técnica de paralización del estilo «Nikaido Hei-Ho». En los últimos años de la guerra oí sobre ti; sobre un maestro de esta escuela que no era leal a ningún bando y que se dedicaba a matar por matar. —El hombre se irguió, pero no se giró—. Se supone que esta técnica se usa contra un rival que ataca, no para paralizar a la gente que quiere huir y matarlos sin contemplaciones. ¿No te parece ruin, Jine Udo?

El aludido se quitó el sombrero y se volvió para mirarle.

—Yo también he oído sobre ti —replicó con voz neutra—. Un guerrero de la Restauración con una gran cicatriz en la mejilla izquierda que usa el estilo «Hiten Mitsurugi Ryu». El asesino Battosai —declaró mandándole una ráfaga de ki.

Kenshin sintió la momentánea paralización agobiante del «lazo del corazón», pero utilizando su propia aura de combate, la contrarrestó.

—Tu técnica no es magia; sólo es una batalla de voluntades —explicó Kenshin que ya podía moverse libremente—. No puedes hacer nada contra alguien que te equipare en espíritu combativo. Entrégate, Jine —le exigió—, o me veré obligado a pelear contigo.

Muy lejos de considerarlo, Kurogasa se echó a reír.

—¿Luchar contra el legendario Battosai? Será un placer —dijo divertido—. Sin embargo… —se giró hacia Tani—, ¡primero he de acabar con mi objetivo!

Ese cambio de estrategia le pilló desprevenido a Kenshin, el cual, por la posición en la que se encontraba, no podría llegar hasta él.

—¡Tani, intente concentrarse en romper la parálisis!

—Este cerdo seboso no es como tú —se jactó Jine—. Esta gentuza que ahora denuncian que matar es un crimen, bien que antes contrataban asesinos para sus sucios trabajos. ¡Malditos hipócritas, moriréis todos! —espetó dispuesto a atravesarle con la espada.

Pero casi sin saber cómo, Sanosuke rompió la parálisis y, cogiendo una escultura, se la lanzó a Jine. Sin embargo, lejos de alcanzarle, Kurogasa le clavó la espada en el antebrazo atravesándolo.

—¡Jineee! —exclamó Kenshin que sintió cómo la furia le recorría, y cargó contra el asesino, el cual por un momento, se quedó desconcertado por ambas intromisiones.

Jine rio divertido por la pelea y rápidamente detuvo su ataque. Kenshin saltó ayudándose de la fuerza ejercida por Kurogasa al contrarrestarle e, impulsándose desde el techo, le acertó de lleno. En cuanto lo hizo, su control sobre los hombres de la estancia se rompió.

Jine perdió el equilibrio, pero con un hábil salto, se acercó hasta la ventana. Le miró con una nueva luz en los ojos.

—Desde el Bakumatsu no me había entretenido tanto en una pelea. —Se tocó la boca y miró su propia sangre. Pero en vez de preocuparle, aquello le hizo reírse—. A partir de ahora, mi próxima víctima serás tú, Battosai, el asesino. —Jine saltó por la ventana—. Espero que la próxima vez que nos encontremos, lleves una espada de verdad.

Kenshin suspiró y guardó su espada. Miró a su alrededor, comprobando las bajas y pudo respirar más tranquilo cuando vio que incluso los hombres a los que había atacado cuando entró estaban vivos.

—¿Te encuentras bien, Sano? —preguntó preocupado.

—Sí, es sólo una rasguño —respondió llevándose un pañuelo al antebrazo para taponar la herida.

Por supuesto, era un alarde, pues Kenshin sabía que no era una herida pequeña. Le había atravesado el antebrazo y si no se curaba adecuadamente, podría perder movilidad en la mano.

—Señor Himura —comentó titubeante el comisario—, ahora usted es su objetivo.

—Es mejor así… —susurró.

Mejor que se obcecara con él, que no contra alguien que no podía defenderse. Jine había demostrado una destreza inquietante. Ahora entendía que no pudieran pararle independientemente de la cantidad de luchadores que se enfrentaran a él. Y si no se le detenía, dejaría ríos de sangre a su paso, pues pocos podrían hacerle frente y salir vivos en un combate contra ese hombre.

Con cada víctima nueva, habría más cadáveres. Por eso, lo mejor que podía suceder dadas las circunstancias, era que se centrara en él.

—Kenshin… —le llamó Sanosuke suspicaz—, ¿acaso esperabas esto?

Kenshin le miró con cierta preocupación.

—En realidad, habría preferido acabar con esto aquí, pero es evidente que no va a ser tan fácil —respondió con cuidado—. Jine Udo no es un asesino cualquiera.

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Notas finales:

Lo sé ^o^. Vosotras queríais ver el capítulo siguiente donde secuestran a Kaoru y os he dejado a las puertas, jijiji. Pero tranquilas, que llegará ;-)

Por cierto, tengo la mala costumbre de que, cuanto menos tiempo tengo, más cosas me rondan para hacer. Ahora mismo, ando enfrascada en algunas cosas absorbentes (la segunda novela de mi trilogía, la elaboración de un cluedo en vivo para marzo con mis amigos, me he picado con «Los Sims 3» después de muchos meses sin jugar, y por supuesto, el ir actualizando por aquí. Eso sin contar con las cosas habituales de mi web). De modo que, como estoy súperliada, mi subconsciente sigue trabajando en mi contra y me está tirando para hacer otra cosa más.

Estos días atrás ha habido una chica que se ha leído todos mis fics del tirón O_O y me ha ido dejando comentarios. El problema es que eso a veces tiende a picarme y me pongo a leer escenas que me comentan. Pero eso deriva en que cuando me meto en uno de mis fics concreto, me dan remordimientos T_T. Así que estoy empezando a considerar seriamente «ponerle remedio». Supongo que porque he decidido que sería sólo lo justo y necesario.

Así que no sé… lo mismo os acabo dando una media-sorpresa ^_^º . A ver el tiempo que me queda para ello… »_«.